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Full text of "Francisco Bauza Historia De La Dominacion Española En El Uruguay. Tomo 3"

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DOllINACION ESPASOLA EN El, ERDCUAV 





1 



vi rMfwf) 


FRAXCISCO BAUZA 


HISTORIA 

DE LA 

DOMINACION ESPAÑOLA 

EN EL 

URUGUAY 

SEGUXDA EDICIÓN 


TOMO TERCERO 


MONTEVIDEO 

A.BARREIRO Y RAMOS, Editor 

LI uRERf A N ACION A R 

1897 


Derechos reservados 







LIBRO PRIMERO 




HISTORIA 


DE LA 

DOMINACIÓN ESPAÑOLA EN EL URUGUAY 


LIBRO PRIMERO 

PRELIMINARES DE LA REVOLUCIÓN 


Reconocimiento de la Junta de Buenos Aires en el interior, — Acer- 
tadas medidas de la misma, — Falsa situación de las autoridades 
de Montevideo. — Sal a zar vindica su conducta en los sucesos de 
Junio, — Motín militar del 12 de Julio. — Reacción contra la Junta 
en campaña. — Maldonado permanece firme. — Misión de Contucci 
en nombre de la princesa Carlota. — Fusilamiento de Liniersy sus 
compañeros. — Nuevas insinuaciones de Doña Carlota. — Aparición 
de la Gaxeta. — Herrera, su fundador y primer redactor. — Vigodet 
ocupa el Gobierno. — Sus medidas militares y administrativas.— 
Nacimiento del Partido Jiacional. — Llegada de Elío. — Destierra 
á Obes. — D. José Artigas. — Sus antecedentes. — Se le destina á 
la guarnición de Colonia. — Rompe con Muesas. — Fuga á Buenos 
Aires. — Su huida es la señal de la insurrección del país. 

( 1810 — 1811 ) 

Mientras las autoridades españolas de Montevideo se 
negaban á reconocer la Junta de Buenos Aires, otras po- 
blaciones del país procedían de un modo contrario. Reci- 



B UBRO t. - PRr.UMlVAKKrtT)R LA RF.V<»LütMÓN 

l>¡ila por pilan la cimiljir •ip 27 d(i Mayo, pii <\xu* la Jimia 
íraiiá<T¡bía « I acta di* nu in^ialarion, sepelida drl ofli'io 
Jp C'inniTos diiiiiili ndo c»I ('a^^o y rppom pialando rl i n- 
vio de ílipiitiidois al Conp:n‘^ que ílobí.í inntalaive en la 
eapital del Virmnato, las jMiblatl mí m aludida-^ se aprenn- 
raron S res|M>nder de eonformidad con lu que w les ¡n»li- 
i*ahu. Eu i de Jniiio, eontesld ofie¡a]un*nte el l ^abildo de 
Maldonado, que acataba h1 nuevo íínbienio y dÍH|Mmdrín 
en breve la con vocación del vecindario jmm elegir el dqan 
tado i-oiTcsfiondiejitr. El Alcnlde d<‘ la Santa Hermandad 
de ( olonia reidioció incondicionalmi nte á la Jmiia « u 7 
de Junio, remitiendo á la vi / mía de« laiaeion es^erita de 
las más conspicuas |»ersonas de hi dudad, hecba dos días 
antes en igual sentido. Con dianostraeiones menos expan- 
sivas, proRtal>H tambid) su rei^onocimiento á la Junta el 
Cabildo de Suriano, eu 9 del mismo mes. Por último, < n 
Id de .Junio, I). licmabé Zermeño, comandante de Santa 
Teresa, reeonoeÍH á la Junta en *stos términos: Siendo 

yo un fiel vasallo de mi solierano el Sp, D. Femando VII, 
obodezco ilesde luego á cualquier autoridad constituidH que 
me mande <*n su real nombre. » ( 1 ) 

Esta divergencia ile opiniones entn* la capital del ("ru- 
guay y los |>iieblos sometidos á su jnriíHliccion, no pialía 
atribiiirsi* p»r entonces a otro motivo que á la diutlidad de 
]>row*<lcres de las mismas autoridades e>ipünolHS. Los ca- 
bildos y comandantes militHro que adherían á la Junta de 
Buenos Ain s, actuaban ante todo jwir orden expresa del 
Virn* 3 % primer tunríonario cuya sanción á lo establecido, 
desautorizaba cualquier resistencia. Considerada así la si- 


vJ ^ ¡*egi>fro (itiHal de In ¡ te p ubi ha Argentina, I. 



LIBRO I. — PRELIMINARES PE LA REVOLUCIÓN 9 

tuacion, había cordura en someterse á un nuevo orden de 
cosas que tenía el beneplácito del representante más di- 
recto del monarca; -y lar necesidad de unificar todas las 
fuerzas políticas en aquella crisis, hacía más imperioso el 
designio» Partiendo de semejante premisa, todas las apa- 
riencias de la legalidad favorecían á los pueblos (pie ape- 
laban á la fuente del derecho colonial para reemplazar las 
autoridades caducas; de modo «jue los españoles de Mon- 
tevideo, separándose de ese procedimiento, debían caer 
cuando menos, ante el criterio de sus propios compatriotas 
del interior,. en la nota de anarquistas. 

El resultado inmediato de tan falsa situación, contri- 
buyó á acrecentar el prestigio de la Junta de Buenos Ai- 
res, que dueña del poder y rodeada del respeto anexo á 
una legitimidad convencional, tildaba de insurgentes á sus 
opositores, descargando así con destreza sobre los adversa- 
rios, una condición que bien podía corresponderle á ella 
misma. Concurrían á robustecer el prestigio de la Junta 
en el Uruguay, dos corrientes de afecciones: la ima, insta- 
ble y fácil de torcerse, como que provenía de la ignoran- 
cia de las autoridades españolas subalternas, convencidas 
hasta entonces de serrir al Rey con su adhesión al nuevo 
orden de cosas ; y la otra cada vez más acentuada, que na- 
cía entre los criollos é iba creciendo con ímpetu en el trans- 
curso de todos los días. La Junta se daba cuenta exacta 
de aq.uel doble movimiento, que por otra parte asumía 
idéntica faz en todos los distritos del Virreinato, y con el 
fin de utilizarlo hasta donde fuese posible, invocaba el 
nombre de Fernando VII y la defensa de sus derechos, 
para afirmarse en el poder, mientras bajo mano propendía 
á destruir desde sus fundamentos el sistema político que 
afectaba patrocinar. 



lo uitRo I, PKKMuiy voc^ DR u\ nKvoi.urió:í 

Los osjfafioh’:' <le M«inírviil*n híiMmi trasluciiln deniU? el 
primor día os»' plan. \ jmr ím' quo '*e iii«*stTHron y onii- 
tinmdMni di iiR. M’ándnso niMisiion- á la Jiiuta; ju ro su>« 
orno pal riólas do iínuj»aña, sin p-mtnif'-o luisia entuno4>s 
dol lio4-lio. niiinlenían do luioii.; f<> una aotilud cavas tsin- 
^i'oiH in-ias doliíaii dcsi ii^anarlc- liicu pronto. ICutrc taiíln, 
ta\órcrld**- p**r C'-l¿i ilisjwridad. y axK'í-liando tmlas las ofior* 
I anidado fpic comí irríi rain al l»eiicíiriiir .su- pioj*ó^itos, 
minian y disci]»limdtan ios criollos sus clámenlos de ac- 
ción, para Mcniidar los traibajos de la Junta <k? Buenos 
Aires; trabajo.s ipic en último análisis, crai] una roinimia- 
ciún de los hiiyt^s. propios, iniciado- do- afu.- antes bajo Ioh 
auspicios de la crisis producida jwir el estubleci miento de 
la .Innm de Montevideo, y pros^.’^uidos dcsilc entonces con 

{dternalivas diversas. 

Pero por muy venlajosi que rcsultause á U itiusa ilc la 
einanciiiación la divergencia dominante en »*1 rriterjn de 
las íiutoridadcs española^, era ¡m|>olíi¡e<i liar.'C de una ví'ii- 
taja pnraineiiU' evenlual y tlestinada á desapan al pri- 

mer iíolpe que delinii-se las pnsiciOlies resf«‘Ctiva9 eiim 
criollos y penin.sulaivs. Ln tal oiiicepto, la Junta do Bue- 
nos Aires advirtió muy luego, que como base de domi- 
nio, sil diseulilde legitimidad para líubrogarse al Virrc} 
depuesto, era un título precario, si no «on-s-guía atraerst 
las simpatías |K)pulares jior víncidos más ctieaces. Hú^i 
que la convocación de un (^mgn'so comprnsíto de repr^*- 
«4‘Utanie- de todas las eiudailcs y villas qui- bieseii i-alK'za; 
de jiartido, 4*ra una p«'rs|Metiva bídagüeña para instas, lo; 
pueblos no (*ompri'inlido.- en dicha eomlición. y aun lo. 
mismos que teuiéiidida ii'járahau á resolver satisfactoria 
mente cuestiono ei‘Onóm¡eas ó admiuistnitivas siempr 



LJimO I. — PRELIMINARES DE LA REVOLUCIÓN 11 

(lifcritlas, lio encontraban en el nuevo orden de cosas, rea- 
lidades tangibles 4|Ue los apasionasen. Para remover la di- 
ficultad, se empeñó la Junta en atender con esmero las 
solicitudes de los cabildos, eomandantes militares v jueces 
pedilneos que ocurrían á su amparo, loncédiendoles el uso 
de los medios y arbitrios que proponían para la tutela de 
los intereses pul dieos en sus respectivas ¡uiisdicciones. 

Alentada por el buen efecto de estas primeras mediilas, 
so adelantó á tomar otra, que l)ajo todos los aspectos de 
una justa reparación, era un golpe asestado al sistema adua- 
nero de las autoridades españolas. Haliían hecho ellas d(* 
Montevideo el único puerto liabilítado para las grand(*s 
transacciones, siendo los demás, incluso IMaldonado, sim- 
ples embarcaderos sometidos a reglamentos, c*uva tirantez 
subía ó bajaba á cai)richo. La disidencia de Mald<niado 
con MonteWdeo, respectó al reconocimiento de la Junta, 
dando un motivo plausilde para proteger especialmente sus 
destinos, presentaba asimismo la oportunidad de abrir un 
desvío (pie debilitase el canal por donde circulaba la ma- 
yor riqueza rentística de la Metrópoli en (•! Uruguay, y 
aprovechando esa dolile coyuntura, con fecha '2 de Julio, 
la Junta habilitó á la ciudad disidente en calidad de Puerto 
mayor, precediendo el decreto con largas consideraciones 
de orden histórico, político y económico, que eran un pro- 
ceso indirecto del antiguo regimen. 

Mientras la Junta comunic'aba particularmente esta im- 
portante franquicia al Cabildo de Maldonado, provocando 
en la corporación y el vecindario favorecido las mas expre- 
sivas muestras de gratitud y alegría, la Gazeta de Buenos 
Aires lanzaba á la publicidad el (le<.*reto, haciendo sentir a 
las autoridades de Montevideo la nueva rivalidad que les 



12 


MURO 1. — PRKUMJKAUm PR IJi REVOM.’rióS 

había <Ti«du. R«ribifTnn Mas el con aimrcnte indi' 

ferenda, pen> iin dejanm do vak)rarb> on tiKÍa su oxtou- 
H¡ún; pUí s .'.i do ihmotHaio ora iudit-az jwra ¡mprovÍRar 
una ommrrenuia 4110 In natumloza y l<>s iiutUoH iK* acrión 
d¡S|M>n¡l)Iea debían frusti-ar |>or eiitnni'ts», d< «do el punto do 
vista |Mdítico, U’iiíu doblo signifH-adi'. o*mio programa de 
lÜHTtad cnmoroial, y cmno demoftlracidn práctioa dol celo 
do la Junta 011 favor de an pueblo qtio Irasbi allí liabía ro> 
clamado eo vano ol go<v <lo los henetíi*Íor< inberontoe ú hu 
situación marítima. 

Kilo no obstante, y aun (mando lo biibirnui «iKi iidn, no 
cataban laa autoridades do Mont< vid< o < u < imdidón do 
asumir una actitud más propioia á »w ínteTeeea. auda- 
cía con 4ue procedía la Junta de Buenoa Airea, y la ob(>- 
ilicncia necesaria u ciertas órdenes reservadas, les obligalai 
á mantenerse en una expectativa incomprensible ¿ loe ojos 
del vulgo, y hdstst sosjK-chosa ai so Cjuierí*. en presencia do 
los extraordinarios sm^esos pro< lucidos en la t-ipital dol Vi- 
rreÍDato durante todo c1 mes anterior. Kn do Junio 
habían sido do|M>rtados de Huenon Ain*s con destino á Ca- 
narias, el Virrey Cisneros y cintw oidores. Seguidamente 
Be refugió en Montevideo to<la la marín:i mÜitoi* hasta en- 
tonces desta(*n(la en Buenos Airee, demostrando así 4ue 
protestaba dcl avance contra d Virrey, y rompía cualquier 
vínculo de solidaridad con la Junta de (iobierno que lo 
había proscripto. La actitud pasiva de Montevideo á raí* 
de estos hechos, nxaía en desprestigio de las Hulóridades 
acusadas de inercia, tanto |K)r los que estaban dispuMo:- 
á .servirlas, como por aquellos que deseaban su ruina. 

Sin embargo, D. Joa(|UÍn de Soria, Gobernador militai 
interino del paíe, tenía razones especiales para protíder d< 



LIBRO I. — preliminares DE LA REVOLUCIÓN 13 

esta manera, y los miembros del Cabildo, poseedores del 
secreto de su inactividad, no podían menos de aprobar esa 
conducta. Desde el día antes de su expulsión, había es- 
crito el Viri’ey á Soria un oficio reservadísimo, en el cual 
le daba cuenta del peligi’o que se cernía sobre su persona y 
las de algunos otros funcionarios españoles, indicados para 
ser víctimas del atropello ( 1). «He creído propio de mi 
deber en tan críticas circunstancias — agregaba el Virrey — 
prevenir á V. S. que los oficios circulares que he librado 
sobre el reconocimiento de esta monstruosa Junta, son 
violentados y para evitar mayores males ; y que V. S. en 
el desempeño de sus deberes debe sostener los derechos 
augustos hasta derramar la última gota de sangre. » En 
el supuesto de consumarse el atentado previsto, autorizaba 
á Soria « para que como único jefe de la Banda Oriental, 
oficiara á los comandantes, cabildos y jueces pedáneos, á 
fin de que, bajo responsabilidad, guardasen la más estrecha 
sumisión á las legítimas autoridades, desconociendo un go- 
bierno levantado sobre las ruinas del verdadero que adoptó 
la Nación, y esperando de su celo, como el más inmediato, 
lo hiciera, entender así á los gobernadores y jefes del inte- 
rior, por sí las ociuTciicias no le diesen á él lugar á ejecu- 
tarlo. » Pero, hombre previsor, y de ningún modo dis- 
puesto al martirio aun cuando lo predicase á los demás, el 
Virrey concluía recomendando á Soria « que se abstuviese 
de hacer nada de lo dicho, hasta 'premeditar que sti per- 
sona no podía ser reconvenida. » 

Al mismo tiempo de saberse en Montevideo la expul- 
sión de Cisneros y los oidores, circuló la noticia de haber 


(i; MSS. del Arch de Maldonado. 



!,ir>i:o r. — dk i. a bevomtí lúv 

ilolejnMlo Vinvv ni S' rí-.i c ) iníindo siiprriTio <lel Uni- 
puiy, invisli'-mlüli- iainM<‘n mu !:i j »rcTinjfflij vh di’ iT-pre- 
sentsirK* ;mU* his aiitnntliiiJ*-f< <U*1 Virn iiialo, para 

a(li(]>t:)r <U* musmio In- prnvitlemias í-orn‘S|xnn]¡i*mi-:<- Kl 
caso, ni in¡!^iiio, no < ra uiirvo, <1. 'Ir ipir, duranu* la |»r¡- 
inna ÍTiva.-inn inj;lrMa. rl ( ’ahiMu Luthía nombrado dr pn»- 
pia volmilad á Kuiz Huidobro jrtf dt*l Virreinato, aun 
ruando no exií^tiwe la arefalía jirudmida ¡ihorH; i>f>r lo 
rnnl, í^i rnti aires tina riirpia-acióii subalterna jiudo atloptar 
Priiirjantr jimredlniiento, rii la artualidad. >•] dnrñi* d< 1 
ral”*», .-n|K'jiii( lulo qn*‘ rsinvirr.i habililadn i-Mia ir¡\iü<li- 
rar íimrú»iir- i'*‘nniiria*ia' -oleiiinrm* ntr. bien {lodía dede^ar 
|»anetlr * lias ni **1 más pndrmsu d** los gola ‘JTOS* loro» dr su 
jiiil^ílirriiai, 0*1 punto *le vi>ta *le l*»a iiitereso: esjuñolcia, 
*s!u era tan obvio, *pir ui im're* ía los honores drl deUilr. 
imirlio nn Ti*>s en Montrvickío, donde la Junt¿i *le laano- 
Aires no había >i*lo rrconocida, y rl \'im*y ojii^ervaba 
tisla la pbaiitud d*‘ su niitigiia aitiorídad. 

IVro la incmaiiinibrr r«-'|X*i-to á la rxist*'iiria p*»sitiva 
drj oliri*> di' Cisiirnis, y el »l''srnni**nt*i *lr lo3 rriollos, dir- 
rtin rábida ú mil l omnitarios. ( ’oim-iizó jmr diísrulirs** la 
aiiT<miridad d* l idlri*». alrgámlose qur debía de s* r a|x'»**nfo. 
S*' *lljo (|iir la> larn!ta*Irs ar«ii-d¡uIos A Soria, talrs romo 
trasriaidíiin basta *•! vnljíO, r*‘sultaban muv*>rr" á las usua- 
les ni un < iobi inaíbfr *Ir rn»vinria, pn*‘^ rl ia-rho dr tras- 
mil ir ónleiir- á los jrltsí ajtato»; á su jurisdiiM-iniU sonaloa 
una snp*TÍori«lad m'»|o admisibl*' **n lo> vim-v»>. A*‘usós»- 
al ( í*»l*rn»ador dr *H*»ltar prelrii.-iom s d*‘ tnand**. *|ii*TÍnido 
a|*r<»vei-liar el *lr'^*»nlni i rinant*- pan >alisbtrerlas, y apiiii- 
tiímlo-»* ron iinn]»*i á la ♦'Xp* rtaV»il¡dad. á íin *le *|Ur una in- 
ridrnria rualijuim le trajese dr Espuiia el nombramiento 



LIBRO I. — PRKLIMINARES DE LA REVOLUCION 15 

pura eniploo mayi>r ilc»! que tenía. iJoscle ese momento 

dicen dos contemporáneos — los partidos, á pretexto de 
medidas de precaucióu, comenzaron á perseguirse y abo- 
rrecerse: todo era exaltación, furor, engaños y superche- 
rías (1). 

Tan injustificable actitud, á propósito de im hecho que 
más bien refluía en honor del Uruguay por el aumento de 
brillo gubernamental concedido á su ¡efe, era signo evi- 
dente de existir otras causas, cuya acción oculta buscaba 
un pretexto para manifestarse. Esas causas venían de le- 
jos y eran un producto fatal de situaciones anteriores. La 
Junta de Gobierno establecida en Septiembre de 1808, 
había tenido, durante sus diez meses de existencia, tiempo 
suficiente para inocular el germen revolucionario, difun- 
diéndolo por las venas del cuerpo soí'ial. Cuando hubo 
conchudo aquella larga controversia cutre las auton<lados 
populares de Montevideo y el Virrey y la Audiencia de 
Buenos Aires, restableciéndose a¡)arentoniente el antiguo 
estado de las cosas, la base moral del domiuio español, es 
decir, el consentimiento de los puel)l<js para someterse á 
las autoridades metropolitanas, no existía como principio 
de fe política. A partir de aquella techa, los ejemplos su- 
cesivos que la Metrópoli presentaba, erigiendo en sustitu- 
ción del Key cautivo autoridades ]>opu lares que recípro- 
camente pretendían alzarse con el njaiido suprenuj, no eran 
el mejor estímulo á la fidelidad de las colonias, y mucho 
menos del Uruguay, qu(‘ ya había probado los beneficios 
del gobierno i>ropio, y basta los había difundido al Conti- 
nente, por el influjo del contagio. 


(1) Larrafiaí»a v OueiTa, Apunka h M icos. 



16 IJBRO I. — PRKLUIl^ARÉí) DK LA IlFVOLUnÓN 

F^ormado eJ üriu*n<> j>úl»H(-o :íoi>r(* o^tc uucvo cí^ncejjto 
que arf'üia !;i aspir<iri6n á in^juiefi ilestiiic«-, el «iUIíU-íí* 
mjpiito retipnte (U l:i .Junta áv línen«w Aires dalm el úl- 
timo golpe :il prestigio inor»! del aniignu r^meiL F)«pn- 
fiolea y ( ríollos lo eotn prendieron i«í, proviniendo dt* e«i 
apreciación uniforme la cxaltaciÓD ooneiguieim> que donii- 
uaba á unoe y otros, cuando al dí'batir aetofi oficiafes, 
los encaraban sin decirlo, por el cariz de sus aepiraciono 
y tcinoreH múe recónditos. Ivsa era la venbuleni causa del 
enojo producido por el aumento de autoridad >- n;t. 
que los es})üfioIcH reputaban necesario aphiudir y ctostener 
á todo trance, pues uo i.'oiitundo con otro arrimo que la 
fuerza organi/odu, cuanto ampliase el ]X><ler de su jefe na- 
tural, parecía como que duplicaba el número de aquólla. 
lüoficioso será decir que sua aiKeraurioa, por razón et> y 
conveniencias opuestas, prfKíedían de un modo cuutiaii.»; 
naciendo del cltO([ue de opiiiionc-s tan radicalcií, la exalta- 
ción dominante en los j»artitlos. 

Minar la íuerza era el medio más st*gurG <lc concluir 
con el tlominio metropolitano, y é*se íuc el problema que 
se planteó ^>or sí misino á tinlos los partidarios de la cman- 
cipaciun. Mas si era fácil <ju<‘ esto sucediera, tnitáudose de 
las conqtafiías de milicias y l)Iundeugues. maudadas casi 
todas fKír ofi<‘iales criollos y destacadas de un' modo in- 
coherente sobre el territorio nacional, no lo era lauto rc:j- 
peclü de los cuer[sis que guarnecían á Montcviileo, pues 
aun ctiando conipuestiís en su mayor parte de* elemento 
americano, estaban sometidos á la vigilancia de la aiitoriilad 
sujterior, y ncntnilizados |M»r la ¡nrtuciicia de la marina, cuya 
fidelidad á la c-ausa monárquica era tradicional. !C1 nervio 
de la guarnición de Montevideo lu constituían, como opor- 



LIBBO I. — PRELIMINARES DE LA REVOLUCIÓN 17 

tunamente se ha dicho, un regimiento de infantería de SOO 
hombres bajo el título de VoUuitaños dd lUo de ¿a Plata 
á órdenes del coronel Murguioudo, y un batallón de la 
misma arma comandado por González Vallejo, españoles 
ambos sujetos, que se habían distinguido en la guerra 
contra los ingleses, pero cuyo arraigo cu el país les equipa- 
raba á los criollos. Contribuía á aumentar ese vínculo fra- 
ternal la n^ativa tímaz de las autoridades imperantes á 
inscribir en los cuadros del ejército veterano á estos dos 
cuerpos, rehusando discernir siquiera despachos de línea á 
sus oficiales, con lo cual retenían dicha tropa en la misma 
condición de las milicias, provocándola á un descontento 
que se aumentaba con el recargo permanente de servicio. 
Un hombre astuto, y enemigo del gobierno español, tomó 
sobre sí la responsabilidad de fomentar y explotar aque- 
llos síntomas de rebelión. Llamábase D. Pe<lro Feliciano 
de Cavia, natural de Buenos Aires, aunque avecindado de 
largo tiempo atrás en Montevideo, y empleado como escri- 
bano en el Cabildo de la ciudad. De modales bruscos y 
genio irascible, Cavia era siempre de la oposición, aunque 
el aislamiento en que sus propensiones geniales íe mante- 
nían, evitaba que se trasluciese más allá de la intimidad, 
aquel rasgo peculiar de su carácter. Partidario <le la revo- 
lución de Buenos Aires por razón de temperamento y com- 
promisos de patria, quiso voluntariamente ser y fue su 
agente, eñtrando al efecto en correspondencia con algunos 
miembros de la Junta recientemente electa. Sus relaciones 
en Montevideo, aunque escasas, eran importantes. Las culti- 
vaba con González Vallejo, á quien estaba ligado por 
amistad y deudo, y conocía ile cerca á D. Prudencio 
guiondo, cuyas genialidades se avenían con las suyas. 


liou. £sp. — líl. 



I.IHtlO J. - PtlKlJMIN’.VnKH nK I-A RKVOU ' IÓT 


MaUaniHlo ^\i |»laii )>«)lítico. (^ivia e»tre<'hó ani¡f4ttt<k^< 
con ^^l y [larieiitc \ allL-jf», (íuyo liijo Lui«, ofinal 

la lníanícrí:i ü^í th, tenía gran iTcrlicamanlt) con el pH<lre. 
(rlcl>ránme<* con motivo varias confereDcia» en »«n 

casa, ¡í líH rúales íwiHtiú lamoiv' ’ MiirguiiuHlo; muí por cl 
momento súli» se tnitó en ellas de general i dtulcs. La con- 
duetii de íioria, arrogándose un mando mayor dH (jue le 
correspondía, la ingratitud para con los ouerjKXe de Mur- 
gniondo y Vallrjr\ y los privilegios de «juc gozaba ol 
cnerjK) du Marimi, fnemn cl rema sii-l nirial di l.i- . 
quios. Sin embargo, por iiKM-niK*': i|iir parrrii-t,en eslae 
lonvi't-sacioiies, ellas l ondin íati á exasporar U rivalidad 
ingénita entre las tropas fie mar y tierra, bien acentuada 
eutonee.s por las quejas de Murgiiiondo y Vallejo contra 
la pnstergiiciúii que sufrían sus respectivos cuerpoik V- 
sieiido el de Mariiiu la base en que se a|H>yaban Ji jh .-Íi - 
rencia las auU^ridades de Montr\ id»^>, cuanto mus se mal- 
quisUran con él las ti^opas del país, tanto más fácil era di- 
vidir la fuerza organizada y apoderarse de su mayor nú- 
mero. 

Con el pro|sVsito de ahondar aquella malquereíicia. Cavia 
ideé» fomentarla lamhiéii denle el «‘Xteríor, ayiubíiHlíKse para 
el I-Iecto de la f inzrfit ilc líuenos Aires j 1 ). A ese fia. y 
di'^l razado eoi» el seiiflóinmo de ( jt romrrréattir th Moh“ 
frriifru. eseiiltió |>ara dieho perítVlii'o umt relación dt' Ií»s 
acoiitn iiiiieutos prceiirMUcs del c^dáldn abierto (le 14 de 
.Tuni'i, y d(' la tempestuosa >esióii donde la ]>ropiusJta de 
iinii>e á la Chapita! había si<h» nrhaz^ula. El relato, maiío- 
sniieiite ealeiilado |M>r Cavia para estimularlos bríos de la 

(I ; Vicente F. LA|»ez, /A.'terin >lr la Jirpúbltm Arijtniina : Dt, iv. 



UBRO 1. — PRKLIMIXARKS DK LA REVOLUCIÓN 


10 


Junüi de Buenos Aires en favor do sus propios trabajos 
y azuzar los odifís dé la «iiarnición de Montevideo contra 
la Marina, presentaLa á Salazar, jefe do ésta, como árbitro 
de la situación política é irustigadur de todas las resisten- 
cias opuestas á los intentos rovolueionarios de la vecina 
orilla. Atribuíale, con una falta de verdad notoria, la falsi- 
ficación de las noticias traídas por el Filipino sobre cons- 
titución del Consejo de Regencia, como asimismo, el 
fracaso del diputadcj de la Junta, cuyo hecbo afirmaba 
haberse producido por las intimidaciones de Salazar al 
Cabildo y al pueblo, desembarcando artillería y soldados, 
defendiendo á gritos la necesidad de const i var sus smd- 
dos íntegros á los oficiales de marina para mantenerlos á 
su devoción, y escandalizando á todos con el atropello al 
Dr. Pérez, anciano ejr quien había cebado sus furores mo- 
narquistas. 

La relación apareció en la Gazcta de 5 de •Julio, lle- 
gando á Montevideo cuando la hostilidad entre marinos y 
soldados entraba en su [>eríodo álgido. No obstante ser 
falso para todos el eriterio que iitformaba acpiella publica- 
ción, á los soldados h's indignó (pie a[)areciese vn el exte- 
rior tan encumbrado el jefe de la Marina, y á los marinos 
les acabó d(* exasperar el veiv;e calumniados tan sin piedad 
en la persona de su j(d‘c. Por aquella propensi(m natiu’al 
de atribuir al enemigo inuiediatíj las ofensas (pie más 
duelen, los marinos atribu}vron a los soldados hi publi- 
cación que motivaba su disgusto, y Balazar, inqircsionado 
por esa actitud, resolvió vindicarlos y vindiearsí^ á sí 
misino. Poco trabajo debía costarle restablecer la verdad, 
tratándose do acontecimientos tan recientes cuyos actores 
y espectadores estaban a la mano, asi es que por medio de 



LinRO I. — PBKf.lMrSABKM J>B L.\ BRVOlAJClOM 

mi oficio íliripílo ]il ('til)ilil'i »'□ 1 1 (le Julio, dí-wíniTd Uw 
Cíir^o^ con sól ' nioncioDHrld.-. 

Pero kí jiilí (v-taha cU ntro <!'■ uim TOrrwMáón irre- 

])rocluil)le, cTi el modo de j» lir o\ de I& caliinmift 

se nmstn» tan npasionrtdc^ como ajeno á las ideas de hu 
til mi III. Con t;l Un de obtener wi desagracio personal, y el 
del ])ueblo niya fidelidad era ])uesta <>n duda, notíciUibe 
* que el Cabildo mandaw recoger el núniero de la O^ízcta 
y (jiK iiiHiio jxir mano del vwlugo, á la vez que sii oficio 
se tíjiiMC ni los ^Kirajes públicos, linciendu jtotnriii -ii nduii- 
ración jhir d pueblo de Montevldt**!, «pie jiara mostraTW 
liMd (‘11 todas tas ocasione- delicadas, no había neo^itado 
jíinils ningiin (‘stíniiilo, y mcuoH el suyo. » ( 1 ) Es probable 
(pie c] Cabildo liubiííra dejado pasar a<iDol desiüiogo, cal- 
mando Á lialazar de algún minio, y cvitáiidoae impnivisar 
á tíu jiedido el cargo de verdugo que oficialmente im> lo 
tenía nadie en la ciudml; p^ro los aeontirimii ntos extin- 
yeron semejaiili‘ solución, el día mismo en que feclmba su 
nota el jefe de la Marina. 

t*or secn tort que luesi-ti los manojos de Cavia con lo*i 
eomandantes de los nierpis, no (lasaron inapercibidoe al 
< íob( rnador, quii'ii, á fuerza de inquirir los motivos de la 
escisión, cada ve/ más bonda cntn* soldados y niaríuoe 
«lió eon s|| v(‘rdadera causa. Para proí*a vi*rse á todo evento 
había tenido varias c'onfeivncias con Solazar, y ambos si 
(Ximurii(*aron cii ellas los recípnxiíis temores que hií asal- 
taban. (.■onobiycTon pir fin |Kintóndose de aiaimlo sobre h 
ncc(*aidad de rlcstituir á Murgnioutlo y Volli*jo. para eiiv( 
L'feclo, en caso de rcsistenciíi, debía empicarse i4 rigitf 


1 1 .V* / en lüfi P. fie i*. 



LIBRO I. — PRELIMINARES DE LA REVOLUCION 21 

Aquellas conferencias, de muy nial agüero para que esca- 
pasen á lá persptcacTíi de militares descontentos, revelaron 
á los jefes coaligados el peligro que corrían. Decididos á 
afrontarlo, tantearon la opinión (.le sus oficiales, encontrán- 
dola favorable á la resistencia armada, y con esto empezó 
á hacerse pública semejante decisión, traduciriidose en las 
palabras jactanciosas y otros actos de indisciplina que pre- 
ceden siempre á los motines soldadescos, lün esta actitud 
unos y otros, llegó al puerto el 11 de Julio una zumaca 
española procedente de Santa Catalina, con mjticia de va- 
rios reveses sufridos por las tropas de Napoleón en la Pe- 
nínsula. 

Gran alborozo causó entre los españoles tan inesperada 
novedad. Echáronse á vuelo las campanas de los templos, 
se incendiaron cohetes y enqiezaron á hacerse preparati- 
vos para solemnizar la noche con fuegos y músicas. Cuando 
llegó la hora de las ocho, y el pueblo estaba más entregado 
al entusiasmo, corrió la voz de que se operaba un movi- 
miento de fuerzas, cuya noticia incitó á los curiosos á 
cerciorarse del hecho. En efecto, Sala zar con la tropa á 
sus órdenes, acababa de tomar posiciones en el Bdrracóu 
de la Marina, y el batallón de Milicias, apresuradamente 
citado, se reunía en su respectivo cuartel. Informados Mur- 
guiondo y Vallejo de lo que pasaba, se hicieron fuertes, el 
primero en la cindadela y el segundo en el cuartel de Dra- 
gones, esperando el resultado de la agresión que iba á 
ponerles á prueba. Sin embargo, la noche concluyó sin 
otra novedad que los preparativos ya dichos, y la inquietud 
cada vez más creciente del vecindario, cuyo entusiasmo se 
había trocado en desvelo y zozobra. 

El día 12 por la mañana, los comandantes de los cuer- 



}«>>< aiiintinínlos y h>s í I>. Luis (ioiizález Va- 
llcjo y h. >íiírtn^l Murillo. ¡«isíumm íiI ( 'ubiMo una intima- 
ción concebida en c-í<h tenninos; Lih ultrajes indebidos 
ctui qu(i se ha oh iulido mil v»*ecs uno- cuer])os que defen- 
dieron incesante mente la eausa <lel Rey y <le estí- fidelí- 
simo pueblo, b in cxeitjwlo su justo resentimiento, ai verlos 
reproducidíKs todos, en el insulto íle la noche de «ver. La 
Milicia (‘itada íí sus cuarteles, la Mariiw ocupando las azo- 
teas <lel Rarracón eii la nizis viva alanini. nos df ¡tfo en- 
trever lo que se conspira contra nn-:utrn-, y h i apurado 
nuestro sufrimiento. 1.a tropa enm)Ci- U gravedad del de- 
Síiire, que iid niereee, y nMml<lo.s á la cabeza los oticial**s, 
esp uitá 11 Cimiente, exigen unn reparación de i^ta ofensa. El 
peligro urge; y ih^ieaudo nosotros no caigan sobre el pue- 
blo lo.s males que le amenazan, lai nombre del R-y y de 
la Patria, baeeiuos ú V. S. responsable de la menor dc-»- 
graeia.rpie seguirá indefeetiblenieiite á la oposición que iii\ 
íí d<*struir el resultado <le lo (pie piMlimos al ( lobienio, en 
nomI*re de ambos cuerpos; á sd>er; que se reembarque Ifl 
Marina en este día. y se separe al Mayor interino di 
Plaza, s ( 1 ) F]ti idénticos términos y á la misma hora 
lea liaban de dirigirse los sublevados al QidxTiiudoT. 

Id Cabildo s(' reunió inme liatmuentc con asistencia di 
Soria, y para mejor iirovoer, convocó al Dr. I). Nicolá> 
Herrera, que desde el 1 Ó de Junio 0(*upaba el piit^sto d( 
asesor de la ooi jionieión, y al Dr. 1). Jusin de Zea, oid()i 
de la Real Audieneia. quien se liallaba ndugiado en la eiu 
lad. Mientras el Cabildo delilKTaba, emjiozaron á reuní rs< 
fuertes grupos al rededor de la casa consistorial y del *aiur 


. 1 > /.. C. •I»' iJeo. 



23 


LIBRO I. — PRELIMIXARES DE LA REVOLUCIÓN 

tel de Milicias, inquirieiulo el motivo dt‘ luiuellas alarmas. 
Al mismo tiempo iban y venían ayudantes á galope, tras- 
mitiendo ordenes que anunciaban haber llegado el mo- 
mento de la acción armada. Entre tanto, resolvía el Ca- 
bildo diputar á Herrera, acompañado de dos regidores, para 
que pasamlo á los cum-teles de los jefes insiuTet'tos, tratase 
de reducirlos a partido « (íon hi manile><tación del delito 
que cometían y sus consecuencias ineludibles, » e invitán- 
doles á una conferencia con todos los jefes militares <pu‘ 
les esperaban reunidos en la. sala (íapitular, á fin de discu- 
tir amigablemente la mejor solución del asunto. 

Sin sospechar la celada, y vencidos por los modales in- ' 
sinuantcs de Herrera, accedieron Muiguiondo y Vallejo á 
la propuesta, trasladándose al Cabildo, donde llegaron junto 
con los diputados á las .10 de la mañana. Pero apenas 
franquearon las puertas del edificio capitular, ya compren- 
dieron el error en que habían caído, abandonando el mandó 
de sus cuerpos, y constituyéndose prisioneros sin saberlo. 
Una gritería cada vez más creciímte, se alzó entre las filas 
del populacho que rodeaba la casa consistorial pidiendo la 
cabeza de los subhnados. Las puertas del Cabildo se ce- 
rraron, sonó la generala, y Soria, que liabía dado la señal, 
partió á ponerse al frente de las tropas, apareciendo muy 
luego en las calles con una columna de 280 Ü hombres y 
8 piezas de batir. La columna se dirigió al cuartel do Va- 
llejo, cuyo cuerpo, viéndose sin jefe, y amenazado por el 
Gobernador con tan imponente número de fuerzas, se rin- 
dió á discreción. Igual cosa sucedió con el regimiento de 
Murguiondo, aun cuando mediaron algunas contestaciones 
antes que depusiese las armas. Al asomar la noche de 
aquel día borrascoso, todo había concluido. Murguiondo 



IJRItO I. — PREUMINAREH PK RKVOUÍCIÓN 


hii' reuiitidi) ]>n?:ío ií IhmiIo «le lu Ínigaía Pt'fKirrffínn, qvie- 
<l:iinlo en .irn*stn Viillcjo, los niMynrí'a »le umlxv incrjjos y 
los oriíijUeH mas -«i nd i callos. 

No olislaiitp la ;íravi.i|iMl <I«I delito, el Cabildo reclamó 
que SI- hiciera ebrtivaa laa gnranlíuft j^nictadoa con loa 
insuiTrcios, al invitarlea á ífei)on€r Iuh arma», iK)r lo cual 
y Oria tuvo que aiostrartíe magnánimo nm dtoH. f^jos de 
a|ilicarlt*3 las leyes railibires jaTtlonó á todo>j, excepto Mur- 
guioHflo, que tnó remitido á Es|wña junto con el (npitán 
ÍVldón y L). Cíiis Vallejo, bijo del jete dr la i i damería 
ligera. En cnanto tí Cavia, principíd instigador de lo? su- 
«esos, consiguió ponerse en salvo, tugando para Buanos 
Aires, no sin dejar en manos de la autorídad, á causa de 
sn pr(>cipiUicióii, una correspondencia oon la Junta de aque> 
lia ciudad y varios planes escritos eobití lu dirección que 
debía darse ul movimiento. Así concluyó aquella oonapira- 
ción atrevida, cuyo autor se proponía íijH>derarsc de la 
fuerza militar, provocando el motín en sus tilas. La faci- 
lidad cOH qu«‘ ella fué desbecba, no tranquilizó ciertamente 
ií las autoridadí^s csj-Kínolus ; pues, si i-omo resultado inme- 
diato podía satisfacerles, como síntoma de maleatar era un 
i mi i cío de grandes perturbaciones futuras. 

La acción i Manifiesta de la Junta de Buenos Aires en el 
ultimo suceso, y la seguridad de que Cisneroa ya estUAiem 
cii sal\o, indujeron á S<iria ¡1 romper la reserva en que 
hasta entonces se había encerrado, sobre las iusltuceionee 
V facultades ex tr.i ordinarias d<‘ que era ¡Kiseedor. En 1 9 
le Julio, empezó por dirigirse á las autoridades de cam- 
[> ifni, transcribiéndoles la nota de C^sneros, que contenía 
.'1 repudio de las circulares en favor del rec«>not*imiento 
le la »Funta, y el aumento de ]Hxlcrcs con <iue él mismo es- 



LIBRO I. — PRELIMINARES DE LA REVOLUCIÓN 25 

tuba investido desde el 21 del pasado mes. Al anunciarles 
ambas resoluciones^ concluía el Gobernador ad virtiendo: 

« que no obedeciesen otras superiores órdenes que las ema- 
nadas de el, y las de las legítimas autoridades, cuidando en 
el todo.de su más exacto cumplimiento, y dándole de su 
conformidad el resjiectivo aviso, para los fines que pudie- 
ran convenir al mejor servicio del Rey nuestro Señor 
D. temando VII, y los de la soberana autoridad que en su 
Real nombre ejerce el Supremo Consejo de Regencia, > 

Esta comunicación debía arrancar la venda que cegaba 
los ojos de las autoridades civiles y militares del interior, 
respecto á sus relaciones de obediencia con la Junta de 
Buenos Aires ; mientras que constituía una declaración de 
guerra á todos los partidarios, conocidos ó presuntos del 
nuevo régimen. Inmediatamente se sintieron los efectos 
de la circular de Soría, por las respuestas que obtuvo. Los 
jefes militares se apresuraron á contestar de conformidad ; 
y el de Colonia, impulsado por motivos de malquerencia á 
Buenos Aires, que oportunamente se expresarán, llevó su 
celo hasta transcribir la circular á los cabildos y jueces 
inmediatos. El Cabildo de Soriano contestó en 81 de Julio 
adhiriéndose á lo prevenido, y las principales oficinas de 
la administración siguieron idéntica conducta ( 1 ). Sola- 
mente e! Cabildo do. Maldonado formó excepción á seme- 
jante uniformidad de pareceres, dando una réplica cuyos 
términos eran tanto más notables, cuanto breves por la 
sobriedad y energía. 

Llevaba fecha 30 de Julio la mencionada respuesta, y se 
limitaba á decirle al Gobernador estas pocas y significati- 

iX) L. C. de iSoí-ícno. — Larrañaga y Guerra, Apunies hisiórkos. 



26 IJBIIÜ I. - PAEJJMINARKK I>K LA lÓS 

V4W |«alfibnLM: S<- lia nrí’*iil‘' i*l oliao dv V. H. df líl dí*l 

pnwiiU', V |»Mni dar á su rontriiiilo la ront(‘.4;ir>ón suK- 
(‘H'iito, tú*iu‘ d<‘t(‘nii¡n:ido ('si<* CaliiMo para r\ día d<- nía- 
nana la coiivocarión <lc vrrimw <*ir su sala rapitular, y ili*! 
resultado so dará ononta á V. ís. . Cunlirmanilo aipR^lla 
actitud, <|Uo doi linalia on ol puolilo la sanción ó el ret^haw) 
lie una onlon HU[K*rior, la nota iba dirijíida al Softor Oo- 
bernador do la Plaza ilo Montevideo,» lo qm* importaUi, 
por parto dol Cabildo, baeor nwo omiso de hts nuevas y 
oxíñlon linarias faoultados delegadas on Soria. < n iii lo más 
urgente era su reeonooimiento. C’onio nKmite"taoión de 
sistenoia, el Cabildo lo había dicho todo en su mmunica- 
ciÓM brevísima, y aun cuando el pueblo no la eonfimiase 
oun su actitud j>osterior, la desol>ediencía de la corpora- 
ción municipal á la autoridad de Soria, quedaba vi-?imte 
en el bccho solo de la consulta. 

Tal vez j)ri‘sentía el Gobernador «pie no iba <í eneonirar 
en Maldoiiado la ductilidad presumida en las demás |»o- 
blaoiones dt*l país. DisiU* que la Junta de Buenos Aires 
liubilitara aipiel puerto, ssitisfacieado el niá^ acariciado 
ideítl de su vecindario, se tormo allí un poderoso partido 
á favor de la corporación, y era difícil que el entusiasmo 
prodiuádo por tan reciente bcneíieio, oetliera á las exigen- 
cias de fidelidad que el antiguo rí^imen pretendía formu- 
lar, con más inqierio y sin ninguna retribución, á medida 
(pie apremiaba (*I descontento genenil. En tal supuesto, y 
á raíz de haber pasado su circular de 19 de Julio, Soria 
nombró á 1). Francisco Javier de Viana comandante mi- 
litar de Maldonado, expidiéndole, con fecha 2ó, unas ins- 
trucciones en que le lUniía : Podrá V. 8. hacer entender 

al Cabildo y veiáiidario de Maldona(h), que su puerto goza 



27 


LIRRO I. — PREUMIlsr.VRKS DE LA REVOLUCIÓN 

de las franquicias que k* dispensó la Junta, no por ser 
parte de ese monuti'UQso (johiernOy sino porque nuestra si- 
tuación exige por su imturaleza, toda libertad justa á nues- 
tro giro y comercio, para dar vigor á una Nación y habi- 
tantes, que demandan mejor suerte 7 » c ¡a que han dis- 
frutado en ef antiquo (Hottierno! » 

Pero aun cuando estas instrucciones, no solainonte con- 
firmaban los procederes de la Junta de Buenos Aires ha- 
bilitando como puerto mayor á Maldonado, sino que hasta 
ratificaban el procest) histórico levantado por ella ii la de- 
sidia del Gobierno metroi)olitano, eran tardías, ineficaces y 
contraproducentes. Tardías, porqiie la concesión estaba he- 
cha, y no era posible revocarla sin chocar contra interéseos 
creados. Ineficaces, porque no aumentando nada á lo con- 
cedido, ningún motivo de giatitiid podía estimular aquella 
concesión; y contraproducentes, porque el nuevo Coman- 
dante militar nombj*ado era partidario encubierto de la 
Junta de Buenos Aires, por cuyo motivo trataría de 
reducir á sus justas proporciones, dado caso de no em- 
pequeñecerlas aún, las forzadas liberalidades de que era 
emisario. Así fue que en respuesta a su propio oficio, 
transcrilúendo el de Soria, recibió Viana en 20 de Julio, 
aviso escrito del Cabildo de Maldonado, advirtiéndole que 
el de Agosto tendría lugar un Congreso ó Cabildo 
abierto, donde se resolverían las cuestiones pendientes. 

De este modo, la corporación municipal se desentendía 
de la obediencia á Soria y de las insinuaciones oficiales del 
Comandante militar, remitiendo las pretensiones de ambos 
á la decisión dcl pueblo. No so hizo esperar ésta, luego 
que se reunió en I."* de Agosto el anunciado Cabildo 
abierto. Por unánime votación resolvió dicha Asamblea; 



¿n L.IHRU I. — PBELIM1NABRH UK LA REVOIXMÍJON 

« que hallámlose el jnu hlo do M:ilrloiiailo doiitru do la ju- 
rindicción tcn-itijrial dv Bnenn?* Aircís, manteiiíu su obe- 
diencÍH lí lu .Imitji iiistulada allí, pañi asegurar «‘í'toa domi- 
nif)H íí Fi numdo VI 1, á Mjernplo de las d untas similim^ 
oonatituídiis con el mismo d<ísignio l*ii España. » Agregaba ‘ 
en Boguálu: «que Imbiemlo hecho igual reeonocimimto 
todaí^ Ihb autoridades, el pueblo déla i^apital y varios otrtw, 
sin ofender la opinión de la ciudad d<‘ MonU’vidi'i>, cou 
quien siempre había de guanlanse la moj»>r armonía y cor- 
dialidad, debía Maldmtado no hai-or innovaeióu de ae- 
tüal constitución y dependencia dd todaemo de Bueno» 
Aires; con protesta de separarse de c3t« sistema, «i, lo que 
no es de es|H»nir»e, llegast* á entender otras miras oonti*- 
rius ií los fines que sancionó en su instalación. > Mas pre- 
caviéndose contra toila eventualidad posible, expresaba al 
concluir: « quf «i a^raviamlo lo* fuerm municipal*^ dt 
la chidatU persistiese el Gobií'rno de Moiitevidi*o en com- 
piderla á sujetarse á diehas deliberaciones, contra la ma- 
nilii'sta >'oluntad del pueblo, se sometía, ba}o la protesta 
fambu'u dv la fuerza, » ( 1 ) 

Semejante actitud exi^epcional, omtribuyó á definir la 
situación de criollos y ¡leninsularee en el peís. Pudo verse 
entonces que la repentina y calorosa adhesión de muchas 
autoridades del interior á la Junta de Buímios Aires, pro- 
ducida ií raíz de los oficios de Cisneros instando por el 
reconocimiento de la corpiiRición revolucionaria, había sido 
hija de un equivocado sentimiento de fidelidad al antiguo 
régimen, y no un acto de simpatía íí las nuevas ideas, como 
se ajuirentara creer. Ahora que la realidad tangible seña- 


( 1 ') dftl Arrh df, Maldonadn. 



29 


LIBRO L — PREfJMlNABES DE LA REVOLUCIÓN 

laba posiciones á cada uno, los españoles tomaban las su- 
yas en defería ile la Metrópoli, quedando los criollos sin 
otra base de resistencia que la protesta, manifestada por 
boca del Cabildo abierto de Maldonado, única autoridad 
destinada á formularla en nombre de todos. Cuanto la con- 
fusión y el arte habían logrado, dando un giro excepcional 
á las operaciones políticas durante dos meses de incerti- 
dumbres, se disipaba por efecto de esta nueva faz que asu- 
mían los sucesos. El deslinde entre los campos de penin- 
sulares y criollos estaba hecho, y sus respectivos elementos 
de acción futura podían señalarse desde ya. 

Esto no obsUmte, Seria y sus consejeros dejaron correr 
sin castigo inmediato el grito de insubordinación del único 
pueblo uruguayo que desafiaba la autoridad metropolitana. 
Tal vez determinaran esa conducta las graves preocupacio- 
nes que Ies absorbían en presencia del giro que iban to- 
mando las intrigas dinásticas. No apagado aún el recuerdo 
de las últimas tcntativa.s de Doña Carlota Joaquina de 
Borbón para ceñirse la corona de Fernando VII en estos 
dominios, repentinamente volvió á plantearse aquel pro- 
blema tan opuesto a los intereses peninsulares. La prin- 
cesa, tenaz y flexible a la vez en sus proyectos, sabía man- 
tener el propósito inicial, acomodándose a las circunstancias 
para encarar sus ambiciones. Derrotada en la primera ten- 
tativa por el abandono de Inglaterra y la oposición de los 
estadistas portugueses, a cuyo frente estaba su propio ma- 
rido, pronto urdió la levancha, yendo á buscar entre cier- 
tos magnates españoles el concurso que le negaban sus 
aliados y sus súbditos. Cuando hubo logrado formarse lui 
nuevo partido con elementos de aquella procedencia, vino 
en su auxilio el movi miento revolucionario de Buenos Ai- 



30 


rjnno i. — ('MEiJiirN.uiKH dk i.\ rkvoi l« imn 


rcH, (*uyos wHw «omlmiron \n irM|UÚ*tiKl «i to<Jo>* 1 <h 
tijw del Brasil, profíorcionandü h lii tolí’rmH ÍK'** y 

huHtfi simpatías oti v\ gruja i mismo :sus míís <ñu*amÍK«- 
dos (‘mmu'gos. 

El primero quo din de esa modificacáúii fue el 

príncijíe Regente, asusUultt, pegiln voz púbMert, por el (h>ii- 
tugio [K)sil»le de las nuevas ideas en «iw domininp iiineri- 
cauos. Bien que hubiera pronurtidn á Strangford, embíi- 
jndor de Inglutorra, no inn>isniirso para nada en los lu^o- 
eios del Río do la Plata, <íesde el día en que eont rila ly- ron 
juntos al fracíiSí) de Ih»ña Carlos, In l ii rtn e- <|ue no lu- 
bía cunijilido esa promesa, entilo Ii prueba el nrlamo \**^- 
teriordel mismo Strangford, adliertdo al embajador español 
marqués de ( usa Irujo, eontra la entnida de trujvis portu- 
guesas luista el ('uariám en el mes de Mayo rtltimotn; 
ptTO si s(‘mojante insistencia ijeniostnibH entonces un prn- 
pósito de <*ou|UÍsta, ahora, cualipiiiT tnntuliva contri la 
Junta de Buenos Aires usnuiía un :is|«rto diferente. J>< 1 
punto de vista de las ideas monurquiiMS, no ei a du«lo-o 
que el ]>ríncipe, como su representante más enuspicuo en 
América, tenía B( ñalado un puesto de combate iviitm la 
Junta: y así sus consejeros más íntimos, como los prinn- 
pales rc|»resent antes de la fuerza, le imitaban á tomar es4> 
pues! o, eon bando que xA jm^tigio de la c^siusa en euya de- 
fensa ostensible si* idzaha, alelaría la persjaíctiva de con- 
ilict»>s Clin sus aliados moiián|UÍi‘f>s. Á vistn de esta suii- 
ción que de todas parles U* venía, dio nuevamente de lado 
á .sus <*omproniisos, permitiendo que Doña ('arlóla expbv 
rase jsir W'guiida vez el ánimo d<* las poblaciom- del Plata, 


Of' ih Cu-<ii Irujtj al Cahihh •h- MonhvaUa uVreli (jen.i. 



31 


LIBRO I. — TREUMINARES DE lA REVOLUCIÓN 

partí restablecer en ellas el regimen monárquico bambo- 
leante. 

Dicho se está, y los sucesos vinieron á comprobarlo 
muy luego, que el Regente entraba en la combinación con 
las reservas mentales de siempre. La pose.sión del Río de 
la Plata era su ideal más acariciado, de modo que si la de- 
fensa de los principios monárquieo.s le daba un pretexto 
decoroso para terciar en la contienda, su intención final era 
aprovechar la coyuntura i*n beneficio propio. Ni -á Doña 
Carlota, ni al marqués de Casa Trujo, eni Via] ador español 
en Río Janeiro, podía ocultárseles el peligro que á pesar 
de sus generosas apariencias escondía en el fondo la deci- 
sión del príncipe; pero interesados ambos por diverso con- 
cepto en oponerse á los progresos de la Junta de' Buenos 
Aires, procuraban obtener este resultado, precaviéndose con 
tiempo á afrontar las ulterioridades. La princesa no tenía 
otro camino para realizar sus a m'hicio nes, que presentarse 
mediadora en los disturbios existentes, y no repugnando 
ningún recurso para conseguirlo, aceptaba cualquiera que 
le ofreciese la eventualidad. A su vez, Casa Irujo, repre- 
sentante de España, veía en peligro los dominios de su 
soberano, y entre permitir que se perdieran irremisible- 
mente, ó coadyuvar á que pasaran á un miembro de su casa, 
obligándolo á conservarlos en cierto modo bajo provisio- 
nal tenencia, optaba [>or esto último. Y respecto a lo que 
no estuviera pi*(' visto, tanto el marqués como la piincesa 
contaban con el tiempo, factor capital que aun no había 
pronunciado la última palabra en aiiuella crisis. 

Así dispuestos, se acordó que Doña Carlota, con anuen- 
cia del Regente, escribiese al Cabildo y autoridades mili- 
tares de Montevideo ofreciendo « cuantos auxilios necesi- 



H’J LIBRO L — rilKIJMíyARES PR LA niíVOI.UriOíi 

tase la riudtul para h4>ston<T ron la energía qu<* m-ontum- 
bmba, la juata rausa do 8U ¡lugusU) hormano 1). Fernando 
VI r. » El purtaJor del ufioio, que dolna ser I). Felijx^ Con- 
tiKMji, llevaría al mitínio tiompo instruccioiH*** j»ura negociar 
el tnisladü de la princesa h Montevidro, o uno nrurao com- 
|)leineiitario de la oferta y don ti natío á coní*lnir ron bia 
turbulencias revoliicionariafci «lue amenazaban á todos. Una 
vez aceptada la iwopuesta, noinbrurían las autorídudes mon- 
tevideanae una diputación, (jue, yt^ndo al enciientn) de la 
princesa en Río Janeinj, ultimaría ot»n ella los trámites del 
asunto. Quedaron ret lacladas las cn*<lrnri;des de ( \mtucci 
en de Junio, avisándosr al marqués de Uiiaa Irujo, para 
que <le acuerdo con lo tlispuesto, (‘omunicase ]>or su parte á 
las autoridades de Montevideo el se^ que tomaba la 
gociación. 

Casa Irujo aceptó, en cuanto le «meernía, el tcmjv'ra- 
mento acloptado, mas no sin cautelarse contra futura.'» 
(K^pciones. En el correr de Julio escribió al Cabildo jK>r- 
nicnorizando las ovolu(‘ioní^ del convenio, y aeousejún- 
dole las meilidíis precauciona les que en su concejito eran 
de ligor. « A pesar de (pie t<*ngo la más alta ojánión 
del honor y de la pureza «le S. A. — decía — creo dela ría 
exigirse en la s«demMÍda<! c-orrespom liento, la declar-.uión 
de cinco puntos esenciales. > Esos cinco pont«>s, dt'stina- 
dos it fonnnr «1 programa político de Doña ('arlota. «le^ 
bían establecer p«»r su onlen; 1.“ que Femando VII era 
el ómíco y Intimo ««íberano del Plata; — 2." «pie el C«>n- 
sejo de Regencia esta l>h*< -ido en la Pcníneriila em el verda- 
dero repnventimtc actual de su sobi'nmía ; — J.'’ que la 
entrada ilc tropas jK)rtugiu*sHs al territorio phitense, sólo 
Hc verifícarÍH en caso extremo y á pe<lido de las autorida- 



J^IBRO r. — PRELÍMIN^ARKS DE IJV REVOLUCIÓN 


83 


des de Montevideo ; — 4" que la princesa no pretendería 
extender su autoridad fuera del Virreinato; — 5.® que en- 
viaría á la Península todos los recursos pecuniarios acos- 
tumbrados y cuantos pendiera iU’bitrar por añadidura, » (1) 

Zanjadas las dificultades de momento, marchó el co- 
misionado. A su devoción por Doña Carlota, reunía Con- 
tucci cierta destreza adquirida en el trato de negocios 
políticos. Se presentó oficialmente al Cabildo en 13 de 
Agosto, siendo recibido por la corporación en su sala de 
sesiones. Hecha entrega de los papeles de que era por- 
tador, pronunció un largo discur.so, encaminado á poner 
dé manifiesto « las santas y leales intenciones de su po~- 
derdante; » sin omitir el cómputo de las simpatías que 
la princesa gozaba en España, y las ventajas de solucionar 
la situación peligrosa del Río de la Plata, con el acuerdo 
y bajo los auspicios de la heredera presuntiva del trono 
español. Llamó la atención sobre la conformidad del mar- 
ques de Casa Irujo en tan patriótico designio, y concluyó 
extendiéndose en consideraciones sobre la urgencia de rea- 
lizarlo, pues el c'outagio de la anarquía, subvirtiéndolo todo, 
enflaquecía las bases del dominio hispano en estas privi- 
legiadas regiones de America. 

Evacuada su comisión, pidió y obtuvo el emisario per- 
miso para retirarse, entrando á deliberar los cabildantes 
junto con su asesor D. Nicolás Herrera sobre las condi- 
ciones propuestas. A ninguno podía ocultársele la trascen- 
dencia de ellas, pues no había reticencia ó subterfugio en 
la manera de plantear la cuestión. Doña Carlota ofre- 
cía trasladarse á Montevideo con tropas, para pacificar el 

(1) V.o 2 en los D. de I\ 

DOK. Esp. — III. 


3 . 



31 


UURO f. — rRRLlMI?(ARRM |)K LA UKVl)LÜ<'IÓN 


Uíh de la Pinta, en mimbre de hwh derecho^ de h<Tedera 
eventual de la eorona española. Areptar la oferta, ¡mportali» 
dey Ufarse de los interese.^ de Fernando Vil ; rechazarla, en» 
fUíx i tarjes no «iie inicio tímiiMe. Fl talento de H<*rre.ra en- 
contró un térmiqo im-dio, <|ue no era deelai-aduinente luw 
ni otra oosa. mi rf^Mó el Cabildo cf>nte«- 

tar j>or separado :i i*ada uno de Ins reaiirentes, habhíndolea 
el h ‘ligua je adecuado á su representación en el asutUo. 

De.síle luego, la respuesta á Doña Carlota debía .ser 
breve, y más signifi cultiva pir lo que dejase Je expresar, 
que por su conteuidíí ese*rito. En ese projiósito, acordó el 
Cabildo contestar á la pnneesa « eon b civilidad y n speto 
(]ue se merecía, > agradeciendo sus generosos ofreiimicn- 
tos y asegurándole « la decisión de Montevidw en favor 
de Fernando Vil; > píTO lai euanto al d(*seo capital mani- 
festado jHír la regia solicitante, achirdaba c no referirse en 
nada al punb* de su venida, » De ese modo, »|Ut^laba sul>- 
entendido fjue el Cabildo permam eía firme al se rvicio de 
los intereses dcl Rey cautivo, y al mismo tiemj>o evadía 
todo eom promi Ho <lestinado á fomentar el éxito de las ambi- 
ciones <le su hermana. A no t*ntemh*rló ella así desde el pri- 
mer momento, siempre le quedaba tiemjHi para desengañarse; 
jH'io si, como era de pn-sumir, su nativa jienetración la in- 
< lucía á nii juirin contrario, la forma respetuosa y en cierto 
modo í^uave de la negativa, atemperaría sus ef(‘Ctos. 

Al manjiic'* de Casa Inijo se resolvió ctmtcstarle ma- 
nifestándole las 4lirn*nltades «pie se (q^mían á la v«iida d«* 
la j ai n cesa, jmes e.^tc )>aso, aun prescindiendo de la earen- 
ria de facnltaih*s dcl C-aláldo jxua allamir el camino, ^^ pn»- 
Inciría el resentimiento de los dianás pueblos del Virrei- 
Jato, como que no se Itabía explorado su wnsenti miento t 



LIBRO L — PRELLMINARES DE LA REVOLUCIÓN 


35 


y fomenta da la división, en perjuicio de los intereses de la 
patria, hallaría la Junta de Buenos Aires todas las pro- 
porciones de lleniu* sus pérliJos proyectos. » Á mayor 
abundamiento se le agi-egaba : « que no siendo aíín apu- 
rada la situación política de Montevideo y su campaña, 
sería mas prudente esperar la resolución soberana del Con- 
sejo de- Regencia, a quien había dado cuenta la princesa, 
y á quien únicamente correspondía actuar en un negocio 
de tanta gravedad y trascendencia. » Pero así como se 
omitía en la respuesta á Doña Carlota toda alusión sobro 
su venida a Monteviíleo, del mismo modo acordaba el Ca- 
bildo que en la respuesta al marques do Casa Irujo « se 
omitiese tocar la discusión de los derechos eventuales de 
la princesa al trono de las E-^pañas; de la posesión que 
pretende de éste territorio en virtud de acpiellos derechos ; 
de las declaraciones que hubiese hecho en el particular la 
Junta Suprema CVntral y que no habían sido comunicadas 
al Gobierno de ^Montevideo ; y de los riesgos que envuelve 
la introducción de tropas extranjeras en un país, en que no 
hay fiKírza bastante para contenerlas; » porque las contes- 
taciones de estos puntos, en opinión del Cabildo, « sobre 
correspondí*!* privativa y exclusivamente al Supremo Go- 
-bieruo (le la Nación, y sobre ser materias superiores á los 
conocimientos de im Cabildo particular, podían inadverti- 
damente ofender la susceptibilidad y opiniones de -fe. A., 
á quien era preciso (*ougratular en nuestro actual estado 
de cosas, hasta (pie las sabias providencias del Consejo de 
Regencia restablezcan, con el orden, la seguridad territo- 
rial de esta Provincia Oriental del Río de la Plata. ^ ( 1 ) 


r n Tj. C. de Moniecideo. 



.W» l.innO I. — l'KKMMINARKS 1>K UV RKVOLI CfoN 

C’aalqiiiiTa que fupg«* ol eriú'rio qm* «c apreciaran 
estas respuestas, <lns pinitos quedahaii en claro; h KaWr: el 
silencio del Caliildo para <?on Doña Carlota soljre la conve- 
niencia <le su vriiála íi Mimttívidw, y la nmuifesfáción sul>- 
sigaieiit(“ al marqués <le Casa Tnijo, pintííiulole el des- 
acierto d(* (‘sa venida, sin previa cmsiilta ¿í los d(>máK pue- 
blos <lel Virreinato, cuyo consentimiento no »e lialna 
explorado. A lo más, y ixir arraigaíbis <]m* estuvieran en 
li»s nego<‘iadorcs las ilusiones del éxito, no |H»dÍH oculuír- 
seles que el CabíMo formulaba una dilatoria, rc'initiéndob's 
MI éiltiino raso á explorar la opinión general, lo que im- 
portaba negarles la a<lqu¡sidón previa de un e< litro d<> 
opraeiones para asegunir el triunfo. Si Coiitucci, como 
inmcíliato actor en el asunto, dedujo este designio de la emi- 
(lu<‘ta reservada con que le trató el Cabildo, está p>r ave- 
riguarse; pero en t^iso afirmativo, es de supuieT que el di- 
simulo obligó H Doña C’arlota á fingirse satisfwlui, 
ocultar la decepción sufrida. 

Exacta ó no esta suposición, un luctuoso a< onte<*imient<i 
redujo entonces á secundaria impnlancia las tentativas dt 
la [ninet‘sfl. Montevideo fné conmovido |K>r la noticia de 
la ejeemión del general Liniers y i'uatro espectables fun- 
ción arios españob‘s. realizada pir orden de la Junta de 
Dueños Aires, en una mísera posta de la pixtvineia de Cór- 
doba, próxima al Io'LmI llamado Cahtza M Tüjrr. El he- 
dió tuvo lugar en 20 de Agosto, y sn niato se extendic 
con rapidez por todas partt's. Entre las víctiuiag se conta- 
ban, á más (Id esforzado caudillo cuyo nombre eni tan sim- 
pático á las ina>as, GutiéiTez de la Cmidiu, conocido yes- 
timado |»or su luillante particijiadón en la reconquista di 
Dueños Aires, v D. 8antiairo Allende. (x>rond de milicias 



LIBRO I. — PREUMI.VARES DE LA REV^^OLUCIÓN 37 

que al mando de las de Córdoba, había actuado en la de- 
fensa de Montevideo contra los inj^leses. Las vinculacio- 
nes adquiridas en la ciudad por estos individuos durante 
una época tan recente como gloriosa, lo trágico de su 
muerte, y la convicción de que la habían afrontado cre- 
yendo cumplir sus deberes, produjeron un sentimiento de 
estupor que embargó á criollos y españoles con igual in- 
tensidad. 

Al Virrey Cisiieros, propagador de la doctrina del mar- 
tirio para cuando el estuviera en salvo, corres})ondía la 
mayor responsabilidad de (?ste sacrifitáo. Apenas depuesto 
del mando, se había dirigido á Liniers, rogándole « que 
salvara al país de su ruina » y delegando en su persona, 
para ese efecto, « todas las facultades de que estaba inves- 
tido como jefe del Virreinato, » ( 1) Por humilde que fuera 
el tono de la suplica, saliendo del Virrey y dirigiéndose á 
un general sometido á su j\irisdicción, importaba una or- 
den, y Liniers no era hombre para eliminarse de su cum- 
plimiento. Además, aquella apelación á su lealtad, tintas 
veces puesta en duda por Cisneros, le resarcía de muchas 
penalidades, abnoudo á su espíritu generoso los horizontes 
del sacrificio, que es la pru(.*ba de los héroes. Aceptó, 
pues, el papel que se le designaba, entrando á desempe- 
ñarlo inmediatamente. 

Para darse cuenta de la magnitud del esfuerzo, es nece- 
sario penetrar hasta el estado de ánimo de Liniers, cuando 
acudía al llamado de su adversario de la víspera. Nadie 
mejor que el mismo puede traducirlo, con palabras que to- 
davía parecen vibrar cuando se leen. Desengañado de los 


(1) Torrente, Rev hispaiio -americana ; i, vi (notn). 



38 


UBIIO l. - rBBUMINARKS l»K l..\ KKVolJTí fÓN 


hom)>rc‘ji, y liarto tle inírratitmlt-s. u\ ilel insindo 

híibía i*iS(TÍto sil Kiy nníi MíMiioriii, vuriíH veeíM en 

í•^ítas dnnilc le al iría d e/n-a/ón i*n t<TmÍTifv< llenos 

lie (rí^tpyjt, que aminrialmu el |ire>íeni¡niirnu» de su próximo 
íiii. «J)(*b(i reprosintar sí V. M. — ileeía oa ella -que 
dospiK*^ (le haber ti iiido la satisíaet ]ón de eousprvarle es- 
toa dominios, viviendo mnebo titanjxi en la inr|uietnd, 
siendo el obji to de rejH'lidos huraeiines, voy á la (‘ain¡vtña 
para dirigir mi contemplación á lo que más m»‘ interesa, 
qu»' ea el principio y Km dí> mi de-tino, separando de mi 
espíritu las vanas ideas de "loria, (|Ue tal vez mahana para 
siempre no deji'n á la jxHtí ridad más obji^to fjar rl 
ofrecen ce/ií^rM frin^ n i/i /.Nrreó/c.v. » Y d(ísput% do 
extenderse en a;rradeciniienros solin la pensión anual de 
cien mil roah's que el Hey le había señalado para atender 
á hi subsistencia prO[>ia y de sii larpj faniilia. protestaba flii 
fidelidad á Kspafía, aun cuando había nacido trancó^, ju- 
rándola con estas palabras: Sólo T>io>, que desde lo alto 

de bis ciclos mira la rectitud de los corazones, puede saber 
lo «I no soy, las malas noches qii(‘ he pasado, y la ti r meza 
con (jue en cumplimiento de sn> divinas leyes he desem- 
peñado las obli^iieioncs «-auradas «h* mi honor y conciencia* ■> 
Ton estas ideas, marchó Liniers para Mendoza, lejana 
ciudad del Virreinato, donde á la espora d(' órdenes de la 
Pt'tiínsnla, debía sufiir un dotiorro siimdado. Pasando de 
tránsito p«a* Ca'rdoba, !o> ruedos de su faniilia, las ol)ser- 
vaciones de los a míeos que allí encontró, y el (K^eo de 
atender siis intereses, le indujeron á detenerse en este ííl- 
tiíno punto. Lo escribió así eoiifidcneialmente 6 . (usneros, 
•xplieá mióle al jiorinenor los motivos de su n solución, y 
[ádiendole (pie ddi riese á ellos. Pi ro el Vim'v. (]ue no se 



39 


IJBRO I. rRELIMINARKS I>E EA H EVOLUCIÓN 

consideraba seguro mientras Liniers estuviera en el país, 
todavía se creía menos si jujuél ac<)rtaba la distancia entre 
ambos, de modo que le contestó, a vuelta de correo, « que 
inme^liatamente eunqniese la orden recibida de trasladarse 
á Mendoza, si no quería obligarle íí tomar providencias 
para ser obedecido sin replica, pues a^piello no _cra juego 
de muelinclios, » Recibía laniors la comunicación á tiempo 
de llegarle otra del man pies de Casa Irujo, avisándole exis- 
tir luia benévola corriente de opinión á favor suyo en Es- 
paña, y tomando pie de ello, se decidió á responder ¿i Cis- 
neros, pidiéndole pasaporte .para la Península, hacia donde 
resolvía, dingirse sin más acompañamiento (pie el de su 
hijo Luis y cuatro criados, con promesa de no tocar en 
Buenos Aires, para lo cual se embarcaría por otro puerto 
de la costa. Algo debió meditar Cisneros, antes de conce- 
der el permiso, puesto que habiéndoselo pedido en los úl- 
timos meses de 1800, recién comunicaba el Virrey á las 
autoridades de Montevideo con fecha 24 do Abril de 1810, 
que en la corbeta Descuhicrfa anclada allí y pronta á zar- 
par para España, debía embarcarse Liniers, encargando se 
le tributasen los honores de ordenanza ( 1 ). 

La circimstancia de hallarse Liniers en Córdoba al ex- 
pirar Mayo de 1810, resulta explicada por estos antece- 
dentes, y de ellos también resulta, que la comunicación supli- 
catoria de Cisneros, pidiéndole salvase el país, le encon- 
traba contrariado y humillado por el mismo que ahora 
solicitaba su amparo y le inducía á la acción. Ello no 
obstante, aceptó sin vacilar el enorme compromiso que el 


( 1 ) Calvo, Anales ; i. — Of de Cisneros al Alcalde de 1" rolo er 
Montevideo (Arch Gen). 



-lU Limio I. *— l'UKMMINAUF.S I»K I>A REVOLCCIÓIÍ 

Virrey eclialw gtohro hus li(mil»rotí, y del 

egoísmo de Cisneroí<, ru nimilo u la» procjuirionen que 
deliíaii tomarse para no (‘ompromeler la sf^uridad de hu 
persona, las n spet*'* rscnipnlosiimeíite como inseparoMe^ 
dr las ór<lenes que debía riniiplir. (\m f^e W[Mritu de ul>e- 
dieneia, convocij en cstsa de 1). .luán (¡utiírrez de la Con- 
cha, (lohernador de CYmlnba, una junta compuesta de 
aquel funeionario, el obis^H) Orellana, dos oidores hono- 
rarios, el nu-onel Alh'iide, o\ asesor llodríguez. los alcaldes 
ordinarios de la ciudad, el tesorero Moreno y el deán Fu- 
nes, prestando tollos mmiilos juramento en manos del 
( )bispo, de guardar <>1 más i*senipuloso ¡^eeretu, liasta que 
se resolviese comunicar otieialmente lo convenido allí. En 
S(*guida se a lirio el debate sobre los medios prácticos de 
reponer en su autoridad al Vim*y. 

La pro¡H)sic¡óu inducía [>or impliomcia á controvertir la 
legalidad de la .Imita de Buenos Aires, que tenía en Funes 
un defensor convencido y ardiente. Abordado el tema jxir 
áste, agotó cuantos argumentos lo sugt-ría su palabra eb^ 
gante y fáeil, dejando traslucir sus entusiasmos que no 
estalla solo en aquella ciudad basta entonces tenida por 
adepta íd regimen metropolitano. Tan i ues [aerada revela- 
ción modificó las ideas de los conferentes, quienes, si con 
la jRTspectiva de una base de operaciones en C'órdobn, po- 
dían prometerM' ahmtar la reacción contra Buenos Aires, 
conmovida ahora esa seguridad, no les quedaba otro re- 
curso eficaz que |Hinerse de acuerdo con (*l V^irrey'de 
para n*cibir de allí los elementos o>uduc(Miti*s al logro de 
sus propósitos. l*arece que Liniers tuvo di*sde el primer 
instante e>ta mira, y la enunció como medida prcraucional 
pie debía t»onerse en pi*áotiea d(*sde luefío : ñero la reserva 



UBRO I. — l’REI.IMIN AR !;s DK í,A RKVOT.UCIÓX 


41 


encardada por Cisnoros, mientras! su persona pudiera ser 
objeto de ultrajes, no concordaba cmi la adopción de medi- 
das abiertas y frustraba todo jn’ocedimámto audaz. Así, 
piios, la conferencia no dio otro resultado (|ue poner de 
manifiesto el peligro, sin pro[>orcionar los medios de con- 
jurarlo, 

Sin embargo, Liniers pensó que la persuasión podía in- 
fluir aíín sobre sus antiguos compañeros de gloria, y al 
efecto escribió á D. Cornelio de Saavedra, Presidente de la 
Junta de Buenos Aires, á varios jefes de cuerpos v ¿í dis- 
tintos partí evd a res comprometidos en el movimiento del 2o 
de Mayo, reprobando con entereza ;i unos, con acrimonia á 
otros, la línea de conducta que seguían. Esta actitud, por 
las mismas contestaciones que provocó, se hizo publica 
muy pronto, llegando á oídas del Virrey, quien desde su 
forzado retiro la comunicó á la ]\íetrói)oli en lui informe, 
que las circunstancias no d(‘l>ían dejarle firmar ( 1 ). Ani- 
jnado con el ejemplo de los esi>anoles de Montevideo, in- 
fluyó también Liniers para (¡ue las autoridades de Córdoba 
reconociesen oficialmente al Consejo de Regencia, y asu- 
miendo la misma actitud de las montevideanas, juntasen 
tropas y recursos para oponerse á los progresos revolucio- 
narios. INÍientrns culminaba estos trabaja >s, le sorprendió la 
noticia de la deportación de Cisneros, y el avance de una 
columna de más de 1000 hombres, que a ordenes del co- 
ronel Ortiz de (!)campo, mandaba la Junta de Buenos Aires 
á propagar la revolución en el interior. 

Las tropas colecticias de Liniers, compuestas de milicia- 

( 1 ) Informe de Cisneros sobre la Revohidón de Mayo. (Hist dr. Bel 
grano; i, apénd.) 



42 


i.iimo I. 


í*Hi:UHINARF.H DK l.A IíFVo].C< l4.\ 

uoi* oric»ll(íí< i'f'tHtnctMitríHlos en ( or<l(*ba, no bien Cí>!i"ieron 
el avauoo de las de líiieiiow Aii-es, cuando enijM«íux>r A 
bai alarse basta dejar en complet*» abandono á suf» jefev^. Al 
saberlo Ortiz, destatM'i a sn Mayor -general Jíalraríx*, jmra 
que et)ii honda í^s j)ei si^oií'rC {i los ealM*zas, ijnÍOTes se 
habían pnesto (*n bej:a tomando la diitrción de la fnmtcni 
peruana. IVro l»al caree, con eximordinaria rajad ez, les fué 
al aleant e, cayeiidt) al anoeluHX*r del b di* Agosto S4>bre lá- 
niers, en nn punto tlt ntoninado las Pidrihf.'t, donde le hizo 
pr¡.«ionero: y al <lía sigiiientc suíriertm igual suerte C‘on- 
i lia. Allende, Rodríguez, Mt)rent) y el oliispi> ( >rellana, úl- 
timo de Itks a|)Tebentli<los. Entre la atlmi ración «leespañolej} 
y criollos, aj>areeió Ralcarce on Con loba con su imjDortante 
capturíi, dándose cuenta de ello inmtHÜjtamente á la Junta 
de Jbu‘n(»s Aires, tic cuyas órderu's quwlo pentlicntt* el 
destita > tío los prisioneros. La Junta no Itizo (“spen\r mu- 
cho su n spuesta: un e-urco extramtlinario trasmitió al co- 
ronel ( Iríiz <le <)cam|M» la th^-isión unánime <h‘ la corjtora- 
ción, maiidandtt ijue los prisioneros fuesen fucilados. 

Ija angn.-tia <*onsiguiente á tan inesperado tk^Teh:), le- 
vantó nn grito de liorror entre los habitantes de Córdoba, 
sin distinción de nacii » Lia lit latí ó clase. Procoiii míen tos an- 
teriores. daban cabitla á sujumerque la Junta tratase á Li- 
niers y sus adcjitos, como había sido tratado Sohremonte 
ó acababa de serlo C’isneros; jtero la inucrtc de tantas jht- 
sonas ilustres, ]>or motivos eípiivah ntea á los que se incul- 
paban á aquellos, sujieralin his cálculos de todos'. El deán 
Funes, que babía mcn cido la confianza de los prisioneros, 
■iiemh> cojiartícipe de sus seíTetos, fue el primero que se 
nterpnso á favor de ello>. I ..0 hicieron asimismo las fami- 
ias prim ijiales er>n quienes estaban ligados por deudo, el 



LIBRO I. — PREÍJMINARKS. PE LA RKVOLUCIÓNT 


43 


clero que temblaba ante el sacrilegio del fusilamiento de 
un Obispo, el pueblo, (pie sin participar de las opiniones 
reaccionarias de los caídos, les profesa l^a el respeto me- 
recido por su Condición y antecedentes. Todos estos cla- 
mores llegaron en con ¡indo hasta Ortiz de Ocampo y sus 
acompañantes civiles y inilitar(‘S, formando al rededor de 
ellos tan apretado círculo de inliuencias, que st* vieron obli- 
gados a ceder. La <‘jecución fue suspendida y los prisione- 
ros remitidos bajo segura custodia á Buenos Aires, mien- 
tras un pliego escrito adelantal)a la noticia y explicaba los 
móviles determinantes de aquella resolución ( 1 ). 

No bien se enteró la Junta fie lo acontecido, confirmó 
su anterior dictamen, aunque modificándolo en la parte co- 
rresjjondiente al ol)ispo Orel lana, condenado ahora á pre- 
senciar la ejecución de los d(*mís. Para evitar nuevas in- 
décisiones, comisionó .á uno de sus m¡emlu*os, el doctor 
D. Juan José Castelli, quien auxiliado de D. Nicolás Ro- 
dríguez Peña como secretario, y escoltado por el coronel 
French, debía salir al encuentro de los prisioneros y ^man- 
darlos ejecutar. Ifl medial a mente partió Castelli con su co- 
mitiva, y el 20 á las once de la mañana llegaba á inmedia- 
ciones de la Cabeza del T'ujyc, encontrándose con lo.s pri- 
sioneros que habían hecho alto para descansar allí. Sin 
preámbulo alguno, les comunicó el deci'cto de muerte, con- 
cediéndoles dos horas para disponerse á morir, y aun 
cuando el Olúspo suplicó entre sollozos y lágrimas que le 
permitieran eximirse de presenciar el espectáculo, Castelli 
permaneció inflexilile en que Fe cumpliera esa clausula del 
decreto- Á Liniers, Concha, Allende, Moreno y Rodríguez 


Funes. Ensayo; iii, 490. — Núfiez, J\ oficias; xni. 



U LIBRO r. -- IMIKÍ.IAIINAHK^ PP 1,A rRVOMTrióJf 

Icf» libraron con fm-rUís (‘oHcles lo¡^ hrazoi» í 1 la c^;|>íiMa. y 
cii ewa dÍKjioHÍcióii s< cí*nfrsaroii cíni el prei^bítero Alc-tn- 
tnra Jinióiicz, rajH'llaii dol < )l)¡spo, y del n^lato de 

atjiiol ( |i¡sodii» s.inj^t nío. ( ‘un ndn los |)r¡sjonenis hubieron 
cumjjlido 61 IS di UTes reliíriosns^, se adebuitó el ¡K'liytóa doe- 
I i nado ;í ni limarlos». Vrndármil» - Ioíí ojo:», tupdok it Linicrn, 
qu»* ye ne<;:ó jí iidiiiitirlo, j rompieron yobre tallos dos des- 
ea rgae: la primera le>» derrilió <‘n tierra, la segunda le» hixo 
exhalar el ültimo suspiro. Esa misma tarde querían »n se- 
j adiados sus restos en la aldea de la f'niz A/fa, y jsieos 
días tiespués apareció inscripta «*n iin árbol de lar vn inda- 
des, la pídabra <*f(tmor, forma<la con las primeras letras 
de l(ís apellidos del Obispo y las víctimas. 

La diinta de Ihienos Aires sintió antes rpie nadie el mal 
efei to producido por aquella ejeem ión wn forma de pro- 
ceso ni -sentímeia h'iíal, y quiso justificarla 4*n un MaidHesto 
riNlactado por su yei-retario el Dr. Moivno y pubiicailo cu 
la Gazrfa. A su ve/, los enemigos de Liniers agotaron el 
vocabulario de los cargos, pintándole como un ambiciono 
vulgar é insaciable, para contribuir á qac el Manifiesto de 
la Junta tuviera una base de opinión donde asentar sus 
atirma<*ioncs. iVro ni ai|uéiia ni éstos jM>dnín enguiñará la 
|K)rtciida<l. Liniers fue víctima ile sn propio prestigio y de 
sus compromisos ineludibles. A él, soldado de orden, mo- 
narquista convencido y español de ado|M*ión. no ]HKlíon 
exigírsele simpatías }><>r la canea revolucionaria, ni menos 
por la índependent ia americana. Su actitud re.sMelta y leal, 
desde (pie abandonó el mando hasta que cayó atravesado 
]>or las balas de sus antiguos compañeros de gloria, no 
deja lugar á la más remota sosjHH*ha de ambición en sus 
procederes. Pudo liaber (.ouser\ado la autoridad ahuyen- 



LIBRO T. — RREUMINARES DE LA REVOLUCION 45 

bando a Cisneros con una palabra, cuando aquél no se atre- 
vía á deseinliarcar en Buenos Aires, y lo rehusó del modo 
mas formal. Quiso irse a Europa, antes de que estallara la 
revolución de Mayo, y Le detuvieron hasta su víspera. 
Exhortado por Cisneros á que defendiera la causa del Rey, 
cedió contra todas sus conveniencias, cambiando una po- 
sición cómoda y las más halagadoras compensaciones que 
le ofrecía la J unta de Buenos Aires, por la adhesión á las 
autoridades peninsulares ( 1 ). Al revés de Ruiz Huidobro, 
que con un nombramiento inútil de Virrey en el bolsillo, 
murió al servicio de la Junta de Buemos Aires, extenuado 
por la enfermedad y el despechó, Liniers, en la plenitud de 
la fuerza y el prestigio, murió defendiendo la autoridad de 
un caído, que después de humillarle y comprometerle iba á 
esas horas en viaje á la Península, donde debía trillar el 
camino de las más altas posiciones. 

Si la muerte de Liuiers y sus compañeros produjo en 
Montevideo el efecto que se deja suponer, no menor fue la 
emoción producida en Río Janeiro al saberse la noticia. 
Mas, en este último punto, no era un sentimiento de com- 
pasión, sino una grande alarma política lo que alteraba los 
ánimos. Con su actitud del '20 de Agosto, la Junta de 
Buenos Aires había abierto un abismo entre España y 
ella, mostrando en los hechos lo (pie se esforzaba por ocul- 
tar con las palabras. Ningún estadista podía ya tomar en 
serio las protestas de la Junta en favor de los derechos de 
Fernando VII, cuando fusilaba á sus defensores más ab- 
negados y sornetía por las armas a los pueblos que int^- 
taban seguirles. El príncipe Regente de Portugal y sus 


( U NúBez, Noticias; xiii. 



4G UBItO r. — PRKIJMINAUKH DV. LA BKVOLUClÓfí 

c(ín.sojero 3 coiiiprentliernii Ji-Mtie luego los [iri»p^»sitoH fina- 
leí» de la cíorjM>nK-ion n*volurionari», y si eu (>revisióu ile 
u!terioritlad»‘s liabími wfi sentido dnnmte »‘l mes anterior 
<jue Doi\tt Cíirlotíi explorase el eani|K) en Montevideo, abijra 
(‘011 más ni/ón ia iiirliijeron á insistir sobn* lo inUna», aun 
euand(í (»sta vez deeid ida mente resueltos á vab'DMí Je tíu 
persona para realizar los planes (pie inaduiaban. 

La caneillería |H>rtuguesa no podía Jar la (‘ara de f nade 
en sus pretensiom/s de anexarse el Kú) de la Plata, }ionpi 4 ‘ 
se interponía la oposición d(‘ Inglaterra, sn aliada contra 
Najwleón, y los intereses comunes <pie la ligal>an á España 
en la guerra ixninsillar. Firme, sin embargo, en el propó- 
sito d(* obti ner ese gran ivsu]lad(» |x»lílieo, espialai todas 
las oportujiidadcs de (‘onsegiúrlor sin eneontrar luista en- 
tonet“s un recurso acomodado ú la exigencia de los tiempos, 
(pie favonx íese la obtención de tales miras, euandtt ines- 
perada inenti‘ la [K)sición d(* Doña Carlota, despuós de su 
doble fracaso en Buenos Aires y Montevideo, briiui) con 
aquel recurso. Dosahueiada para lo futuro, la princesa, si 
como gobernanre im[»osible del Uío de la Plata dcjaUi de 
ser un eiKímigo jVM|ero>o, como aspira nti^ des|>eclia(lo era nn 
iiislrn mentó ntilizable. Hermana mayor de FVruando Vil 
y sn bcrediTa presuntiva, al pi-esentarse en la escena eoii 
es<* (bíble título, |>ero sin segiuidades de éxito, arriesgaba 
pmvoear una eontii nda eivil entn* los eap;i fióles, mits bien 
(pie un eonriieto entre dos pueliios rivab s. Toda la lialali- 
(Lid consistía en lan/íiria á vangnanlia, para recoger á su 
ainiKim los beneficios de la jK*rturbación (pie ella debía 
sembrar. 

l'il prínei[Hí Reg(*nte de Portugal, que abo rn vía á la )>re- 
tendiente, como tsposo ofendido y como rival jiulítieo, se 



LIBRO I. — l*RELI>[INARES DE LA REVOLUCION 47 

propuso explotar en V>enefioio propio la situación de su 
consorte. Para el efecto, aprovechando la reconciliación en 
que, debido á los esfuerzos de los Ministros de la Corona, 
estaban desde algunos meses atrás, frecuentó el trato de 
DoSa Carlota, y lo hicieron taml>ién los cortesanos sus 
adictos, como era de esperar que sucediera. La princesa, 
sin embai-go, no se dejó adormecer por estos halagos, con- 
siderándolos un ardid político; y tan es así, que refiriéndose 
al conde de Linhares, á quien había puesto el sobrenombre 
de TorbelUuo, escribía en los primeros días de la reconci- 
liación : «c aunque hay pruebas de <|uc Torbellino está arre- 
pentido, no obstante, aqiudla reserva que hay para con- 
migo, me hace que yo desconfíe de su sinceridad: á más 
de que yo no me fío de arrepentidos. » ( 1 ) Pero como la 
intimidad con el Regente y sus consejeros puso á Doña 
Carlota en ai)titud de exigir y o]>tener ciertas medidas fa- 
vorables á su causa, no tuvo incomen i ente en cvdtivar ttm 
provechosas relacione?, atendidas las ventajas que sacaba 
de ellas. Así pudo perseguir, por medio de la policía, á los 
agentes se retos de la Junta de Buenos Aires que pulula- 
ban en Río Janeiro, y obtuvo además venia oficial para 
hacer las propuestas que llevó Contucci á Montevideo. 

Coincidiendo tan exactamente los intereses de uno y 
otro consorte en mantener la recnnciliación estaldecida, si- 
guieron, ella pidiendo lo que convenía á sus aspiraciones 
de momento, y el otorgándolo con cargo a sus convenien- 
cias de futuro. Por lo pronto, semejantes exterioridades <le 
influencia, acrecieron la de Doña Carlota en concepto de 
los que la rodeaban, siendo de ese numero el marqués de 


(1) Presas, Manorias ; viii. 



ID IJBRO J.— n«KI.IMI?ÍAiaJS DK. I^\ RKVOU'4’K»N 

Cana Trujo, á ijuieii la comiiciúu de Embajador español eu 
Kío, coloí'alm en una situarión exíM’pcíoiiaL (^asa Trujo em 
el centni donde eon vertían los retí) amos y exÍRetieías de 
laa aiitoridadeH de 8ud- América fielea ala Metr^jadi, y á 
au diligeiuia encargaban mueha>? de ellas la provisión de 
recurso» j>x;uinari(xs y militares. ííspañoles de M«mte- 
vidoíi estaban <*oniprendidt^s en primera t*aoala dentrt> de 
li»s ]H*tieionarios, y <J marqués se desvelal>a pjr satisfacer- 
les con algo más que buenas [)ala)>rae. Lb va<lo de ese pro- 
pósito, y para remitirles un su)>sidio ¡HH,*uuiario «jue urgen- 
temente le j)edían, apuró todos lo» uk*<1íoh de conseguirlo, 
¡xmiendo á concurso la iiiHucncia de Doña Carlota wm e»t‘ 
fin. Xo se hizo d<‘ rogar la princesa, pero á las primera» 
instancias, una negativa encubierta con la disculpa dé obli- 
gaciones pre<‘xistentes, le demostró, que si el Regente es- 
taba dispuesto á facilitar tropas, cuya fidelidad le garantía 
la con.<ecución de sus designios, no le sncetlía lo misnm con 
el dinero, cuyo empleo había de apli(‘arse por mauo ajemu 
Doña (’arlota se sintió of(*mlida euu la lugativa, y 
pretendió ilemostrarlo, i ngiri endose en el asunto como sí 
fuese cn>sa piMpia. Híími que las autoridades de Montevideo 
no se hubiesen dirigitlo á ella, dióse |Kjr notificada de sus 
apuros y quiso ocurrir á ri'mediarlo.s. Al cumplirse* justa- 
mente un iruís de haber presentado Contucci su carta de in- 
troducción, rcíábió el Cabildo ( 13 Septiembre) una remesa 
Je alluijas de uso particular de la princesa, estimada en 1a 
cantidad «le r>0.(H)0 ]>esos, para atender á la defensa de los 
derechos de su augusto hermano el rey D. Feruaiido VIL 
contra la» U ntativas de la pjuuta revolucionaria de Büenoi; 
Aires. » Aquel despreml i miento excejHíioual alarmó á lii 
LMirporaeíón tanto como las pi*oposiciones de Contucci, aaJ 



UKRO I, — rRELIMlNAlU:.'? DE LA REVOLUCION 


49 


és que reunida al día siguiente del arribo de la remesa, y 
después de meditar el asunto « con la seriedad y circuns- 
pección correspondientes, » resolvió de acuerdo con el ase- 
sor Herrera « que se eT?crñ)iese á la Serenísima señora una 
carta de gracias las más expresivas; » y por lo tocante á 
las alhajas « se custodiasen en un seguro depósito, p^i’a 
devolverlas cuando fuese oportuno, no pareciendo regalar se 
pusiesen en venta, siendo como eran de la pertenencia y uso 
de dicha señora : y que de todo se diese cuenta á S. M. con 
las respectivas copias, para que resuelva lo que sea de su 
soberano agiudo. » ( 1 ) 

Empeñada esta singular contiimda en que una de las 
partes deseaba vencer á fuerza de generosidades, y la otra 
pugnaba por resistir llamándola indirectamente á sus debe- 
res, era obvio que la necesidad decidiría el conflicto. Dona 
Carlota, á pesar de todas las intrigas opuestas al logro de 
sus propósitos, valoraba la importancia de su posición propia 
en los sucesos que se estaban desarrollando. Ocupada y de- 
vastada la Península, revolucionado el Virreinato del Plata, 
las autoridades de Montevideo necesitaban ya tropas y di- 
nero para defenderse. Ni lo uno ni lo otro podían venirles 
en número suficiente de España ó del Perú, canales únicos 
por donde habitualmente eran abastecidas. En tal estado 
de cosas, si la princesa conseguía inspirar confianza y su 
protección queda lia admitida, el giro de los acontecimien- 
tos haría el resto. De esta noción clara de las eventuali- 
dades posibles, sacó la idea de una insistencia creciente, a 
medida que se acentuaba el retraimiento de las autorida- 
des de Montevideo. 

(1) L. C. de Montevideo. 


Doar. Esr.— III. 


I. 



Va (|ue no |>eniiiiían su ]>reH<*ncÍM vn la ciudad, qniw» 
suplirla fK)r nn*d¡o de ilo?i:itivoa (jue la ^'UK<*itasen en la 
imaginm'ión del Siendo ííahiduy cotriente que Labia 

ofrecido el concurso armado paira apaj^ir los atrtualee dis- 
turbios, toda nueva iiiaiiifestMciuii de j^ernTOsidad su va, al 
despertar aquel recuenlo, sería rt.juo un aiitiiípo á cuenta 
de las anteriores j)ro mesas. Por otra parte, ligamlo el nom- 
bre dol príueipt* Regente á los donativos que hiriera, de- 
inosti-alía subsistir el acuerilo »le ambos para llirvar á la 
práctk*;i el projKÍsiio enuncbulo. Coa ose d<*H¡gtiio, y antt*s 
de hi Teinisidu de sus alhajas, había eiivia<b)á Montev¡d< o 
UJia impronta, cuya llegada st* retanló, deludo a las reda- 
maciones de lonl Stranglorl, que se oponía á la remesa. 
El olisequio venía precedidí) de una cirta (fecha 4 de 
Septiembre de 1^1 H), vn la cual exprivaba Doña Carlobi 
eque su augusto esin)so, haciendo justicia á la íklelidad y 
constancia de las autoridades inoutevidesnias, había tenido 
á bien darle osa imprenta, con la cual <*11 a obstsjuiítba á 
la ciudad, atendiendo la justa solicitud del manpiéH de 
Casa Trujo sobre la gran ue<*esida<l de eoutrari'estar, por 
la propaganda escrita, las j)cr lulas insinuaciones de loi 
facciosos de Ibienos Air<*s, » ( 1) 

Esta vez la j)rincesa había puesto <4 de<lo en la llaga. 
Inmediatamente de recibirse la imj)renta (‘J4 de 8i*j>tieiii- 
bre), el Cabildo resolvió: que sin j)éixli<hi <le instantes st 

pusiese la prensa <*n ejercicio, para publicar las noticias im- 
|H»rtantes en un perió<lico semanal, - que las j^sicetas se 
vendieran á un moderado pr<*ciopara proporcionar su lectura 
á todas las clases del pueblo, ■ - (|ue <1 producto de la iui- 


‘1 ' f arlo d( Jhña Carlula ( Aicb ( ieii). — M 0 tunrrnjt • tw 



51 


LIUKO I. PKEUMINAIlEíS DE LA REVOEUClÓy 

prcntíi, doduciilos los gastos iiecosarios á. su fonservacióii, 
se inviríiose i‘ii obras pías 6 on objetos de pública utilidad, 
sobre lo que S(‘ acordaría oportunamente con presencia de 
las circunstancias, — qtie la dirección de la impronta y re- 
caudación de sus productos se onourgase a uno de los Re- 
gidores, recayendo la elección en D. Juan Bautista Aram- 
buru, quien la aceptó inmediatamente por obsequio al mejor 
servicio del Rey y de la Patria, — que el Cabildo cuidaría 
se nombrase, de acuerdo con el Gobierno, un editor del 
peñódico en quien concurriesen las circunstancias de ilus- 
tración, crédito, ¡)robidad y aptitud para el desempeño de 
tan delicada comisión, — y, ñnalmente, que se enviase al 
Gobierno Supremo de la Nación un ejemplar de todos los 
papeles que so publicasen, dándole cuenta de este acuerdo 
en copia autorizada, para la resolución que sea del sobe- 
rano agrado de S. M. » 

Tardaba en hacerse oir la voz de las autoridades impe- 
rantes, por otros medios que no fuesen los habituales. Era 
ya imposible nfronUir, sin el c<mcurso do una opinión ilus- 
trada por la propaganda escrita, el descontento que brotaba 
doquiera, fomentado por las corrientes del exterior, y por 
las continuas tlifieultades de la situación interna. Los par- 
tidarios de la Metrópoli vivían febricientes con las noticias 
de la Península, cada vez más desconsoladoras, por mucho 
que se pretendiera atenuarlas; y sus adversarios, presa de 
igual intranquilidad, aunque derivada de aprensiones opues- 
tas, computaban el tiempo que debía durar aquella incer- 
tidumbre abrumadora para todos. Ademas, los papeles im- 
presos y manuscritos, gacetas, hojas sueltas, cartas, que 
venían de Buenos Aires y Río Janeiro, e<*haban nuevo com- 
bustible á la hoguera, sobreexcitando el ánimo de los crio- 



6 .» 


LimtO J. -- 1‘líKUMI.NAKKrt l*K l.A KKVOUKíÓN 


líos á la fwr íjue }iHii}i])aii In sii.^pieacia Je »l;;iinos 
eípañolcx Jel interior, im liimn Jole.s ;í la ailopcum Jr mc- 
diJu9 violentas. 

Soria refn iiMl)}! on lo |)Osli)lo ioioellas impruJinvias Je 
loa snyos, sfguio Je ijiie l^Ja ifrovoeaciúri había J<? Ví^lvcrH" 
contra el orden » stablorijó. 1"*»¡ otra parte, la condición 
excepcional de su g<d)¡enio le inij Minia un <*arácter conci- 
liador, como ijue sns faniltades se reb rían a la potestad 
militar, pues el mando |M)Utico lo e jercía el Alcalde de 
voto, y ambos di sem penaban sus funciones interina- 
meate. Mas por í sa ra/.ón misma, «|ui/.ú, no acerraba sirni- 
pre el Gobernador a conteiiei- los ímpetus de sus delega- 
dos. entre los cmdes Ib Harnón del l’ino, ÍAunandante 
militar dt' Colonia, aventajaba á todos. Kste jefe, hijo del 
antiguo Gobernador de su nombre, había sido uno de los 
primeros en reconocer ineondieionalrnente la Junta de Biu- 
nos A in‘S, acatando his órdenes de Cisneros que le conijM*- 
lieran á ello. Pasados lo? primeros momentos, empezó ú 
notarla Junta que era eoudicional la adhesión de Pino, así 
como ia de todos los jefes monarquistas del resto del 
país; y alcMitada por las relaeiones que tenía en Colonia, 
donde el Cura párroco y otros vecinos respetables emn 
pan i darlos de la ciuaneipa<ión, inició trabajos para ajK>- 
derars(‘ di* la <*¡udad, (*oidiando la empresa á cierto oficial 
llamado (‘ardoso, quien al frente de Óii bombns, fue <les- 
pacbado di‘ Pílenos Aires para ilar v\ golpe. Pero no bien 
desembarcó el emisario, y aun cuando lo hiciem sin la 
trojia, fueron |k*i letradas >us intencione?, obligándole Pino 
á n embarcarse. Para paliar (J ira<*asn, la Junta hizo Civ- 
rrer qui* sii propósito liabía -ido castigar una tra]«u*ena di* 
Pino, lingido adepto suyo, mientras esjxró el J^ago ile un 



ijimio I. rRKiirMixAnKS dk ta revóIíUcióx 


53 


crA3ito que la tesoreifa (fe Rueno>= Aires acababa de ha- ' 
cerle ( 1 ). 

Desde entonces quedu el Coinandante militar predis- 
puesto a los inayores sobresaltos. Vivía en continuo ace- 
cho, como que su pioxiniidad á Buenos Aiies era tan in- 
mediata, y no se cansaba de vigilar á las autoridades de su 
propia dependencia, y aun á las que no lo eran. Así dis- 
puesto, llegó á sus manos la circular do Soria, y si fue de 
los primeros en recibir el aviso, también lo fue en adoptar 
las meilidas adecuadas. Tomando pie de la agresión que 
había sufrido, intentó vengarla, presentándose á doble tí- 
tulo, víctima, de las agresiones del Gobierno cuya potestad 
se desconocía oficialmente. Por consecuencia. Pino exhortó 
á todas las autoridades civiles y militares de la circuns- 
cripción, á precaverse- contra nuevas maquinaciones de la 
Junta, y puso de sií parte el mayor cuidado en espiar los 
pasos de cuantos consideraba afectos al régimen revolu- 
cionario. 

Dominado por esta idea, llegó á traslucir que en Soriano 
se conspiraba contra el régimen imperante, aun cuando no 
aca*tase con los directores de la trama, quienes, por su po- 
sición y estado, eran los menos aparentes para inspirar 
sospechas. En efecto, D, Tomás de Gomensoro, Cura pá- 
rroco de la villa, y el dominico fray IMarcelino Pelliza, se 
habían constituido jefes del movimiento en aquella apar- 
tada región, donde se elaboraba la chispa que debía incen- 
diar todo el país. Oriundo de Buenos Aires, Gomensoro 
cultivaba relaciones secretas con la Junta, preparando den- 


(1) Niiuex, yotic¡((í>: xiiT. -- Col de AmHja.<i y escritos de Moreno 
( Introd ). 



f)4 UKKO I. — PREr.rMI>ARF:M I>K LA RKVuí.tfClÓ!» 

tro d(i Itt mayor ol terreiuj á Iti aet ión nnolucio- 

uaritt, pero ei osa íictitnd iilojalm <le <?iieíma <lc A totla 
«ospecha. rirrtoH MÍnt<miaH vagóos f>n.-«terún en guanliit á 
Pino, íláoilüle asiden» para ronlirtiiw’.sr en sum temoreH. Sin 
presumir de dótele venía el ¡iiipnlm», lo atribuyó más bien 
á personas civiles, cuya condición \ InncioncH espe<'iuleH 
eran a<lecua<laH para inniiscnirlea en swuntos polítii-os, y de 
allí dttlujo, no sin n»z6n, wino á su tiempo se verá, que 
D. Mariano Vega, juez i?<»inisionado de Mercedes, y Ib Ma- 
riano diuvtís, miembro del (abildo de S»riuno, conspi- 
ndiari contra d «lominio colonial, y delaan ser 'US|x iididos 
de sus empleos y cons<Tva<los en arif'sto, uiientnw ►Sjria, 
€ impuesto de los result ados de la oíiirrenna, > dictalia so- 
bre el particular - las pn> videncias (jue en ti mase mán con- 
venientes. > 

Apenas comunicó su resolución al (‘abildo de Sorinno, 
este, ya le moviese el espíritu <le cuerjío, ya estuviera con- 
vencido de lo que afirmaba i>or ignorar pormenores basta 
entonces setTet<rs, ealió ú la <leb nsa de ( liaves, abonando 
su inocencia en un olicio <li rígido á Pino, cuyo contenido, 
emjKT(>, tenía más aire de súplica qiic de protesta. El Co- 
maii<lant(‘ militar, sin nnbargo, no modilicó su primitivo 
dictamen, remiticinlo la solución did caso al Cfobernador 
d(“ Montevideo, s<*gún \n tenía prevenido y acordsido. lin- 
pueato o|K)rtunanu nte de todo, ^^or¡a no encontró juatiíi- 
cadas las aprensiones (b* Piras y declanmdo iuowntea á 
Vega y ('haves, les mandó restituirse á sus oisua, ¡xira 
donde fueron en lo- prinuaos días tb* Septiembre ( 1 ). 
Mas no obstante la carencia di* pruebas positivas para in- 


i' 1 i Of ih' Pino ol f \ <lf SorioH'i , Arrh 



XJBRO r. — PRELIMIXAKKS DE T,A REVOLUCIÓN 55 

culpar á personas determinadas, el ]>reseutí miento de todos 
era que existía una conspiración s( ‘creta en Soirano, alen- 
tada por el ejemplo de ]\Ialdona do y por las noticias que 
circulalian respecto al descontento dominante en otros pun- 
tos del país. 

Ese descontento, fomentado por la extrema vigilancia en 
que se tenía á los (*riollos, recibió un refuerzo de las filas 
del ejercito. El coronel D. Francisco (’aballero, nombrado 
para asumir el mando de los cuerpos de Murguiondo y Va- 
llejo, desplegó con esa tropa una conducta reprensible. No 
sólo trataba mal á los soldados, sinó que de intento les daba 
suma franquicia, impelióndoles á la deserción. De esto pro- 
vino que empezaran á huirse á la campaña, derramando por 
todas partes quejas y noticias adversas á la autoridad (es- 
pañola, que la distancia al>ultaba, y la mala voluntad tra- 
ducía en anuncio de agresiones inmediatas. El desacierto de 
Caballero, transformó, puesi en agentes revolucionarios á 
los instrumentos del abortado motín de 12 de Julio, y pre- 
paró sin saberlo, un núcleo de fuerza al levantamiento del 
país, cuyos autores se aprovecharon de él para incorpo- 
rarlo á sus filas en el momento oportuno. 

Mediando esta situación, del)ía aparecer la Gazcta de 
Montevideo, recurso que a los partidarios de la Metrópoli 
se les antojaba providencial, no sólo por la manera impen- 
sada como habían adí^uirido la imprenta, sinó por la ex- 
traordinaria y casual de tener en el Dr. D. Nicolás Herrera 
el hombre aparente para dirigir con brillo un periódico 
político. Por lo que respecta á la. imprenta, ya se sabe con 
qué fines la había regalado la princesa Carlota, mas no se 
ha dicho todavía cuál era el motivo de encontrarse en Mon- 
tevideo el fundador y director de la Gazcla. Diputado por 



ol Cabildo para llevar ú Kspaña el jwirte ofieial de la re- 
coD<]iiista (le Hílenos Aire.-, el Dr. D. NíwIíim Herrera, 
il(*Hpiu'>< (K imiehns» traba jos, lleg'» á su <K>tÍQo cuando la 
segunda invasión ¡ughMa arribaba al IMtita y íje bacía dueña 
(lela cajHtal uruguaya, 1 -jntorizado j>or esa catástrofe, 
siMo pudo obleiuT para Monte video umi parle de la» gracHa« 
íjue (‘staba encargado de gestionar; pero como el tiempo 
empleado en obtenerlas le dejase híii recursos para subsirttir 
deeorosamente, pidi(> y obtuvo eii ] so8 la AdminiRlracmii 
general de Ib -ni as d(^ (duaiiajuato en Méjico, Cí»n tre» mil 
jM ■•SOS" (le sueldo, s cusa, autoridad y (leeorieidn. ^ Al pre- 
partirse á jiartir. se pro<lujo la abdif-arióii tic la familia real 
en inaníjs de Jloiiajiarte, y la c(uivociici(Sn de un c<ingrí*HO 
españ(d(ai llayoiia, para el cual hu* electo diputado, á j>e8ar 
de sus e.'fucrzos j)or rehuir el cargo. De vuelta á liLidrid, 
fue jierseguido i>or las autoridades afrancesadas, hasta que 
pudo refugiarse al amparo de la Junta Central, á cuya 
consideración presentó varios jiroyectos sobre intereses ge- 
nendes de M(»nti‘vide0 y la Ameri(-a del Sud, (pie fueron 
atendidos. Nombrado suce-ivanieiite contador genend de 
Azogues y Ministro de Real flaeienda di; la provincia de 
Huam*av(/liea en el Pi-rú, marelió a (»cupar su jniesto, pero 
dirigiiáidose pr» vi límente á Montevideo, para llevarse con- 
sigo á su familia, y aíjuí b* tomaron los acontenmientos 
quí' debían obligarle á in-rmam^cer en el país ( 1 ). 

Con estos antecedentes y el ( urgo de asesor del Oibildo 
()ue oeujKiba desdi* nuvsés atrás. D. Nicolás Herrera se ha- 
bía transformado en mentor jiolítico de las autoridades 
espanola«;. Mc reeía jtor sus talentos ese puesto, y de haf>« 


■. 1 ) M'iniiifs(n ih llci inu ftl ('ahi/i!o ú\i‘rh (ieii ''. 



57 


I,IBRO I. - . IMÍK MMINaKKS DH Í.A KEVÓLUOIÓX 

tenido lo que nndie sospechaba entonces que le faltase, esto 
es, carácter, su país le rendiríji boy el aplauso que á justo 
titulo le niega. Kl ainineio de su aparición en la prensa, 
que el hizo por medio de un breve Prospecto impreso y 
fechado ou <le Octubre de ISjt), llenó de contento á to- 
dos. Encabezaba (.*1 Prospecto (mmi estas palabras, que si 
volvió á leerlas en el ocaso di> su vida, habrán debido pa- 
recerle el proceso de su personalidad: c Los pueblos como 
los hombres se hacen ilustres por sus virtudes. El amor de 
los ciudadanos á las leyes, á la Keligión, al ( íobierno, á las 
costumbri*s, y a las mismas preocupaciones do la Nación, 
forma el patriotismo, osa virtud eminente, fundamento de 
los pueblos libr(‘s Sin el amor á la Patria, ni Esparta 
habría dictado leyes á Grecia, ni Roma se hubiera titulado 
la Capital del mundo conocido. » 

Por lo demás, el Prospecto traducía la situación de las 
autoridades, deseosas de mantenerse fieles á Fernando VII 
y no reñir con su hermana Doña Carlota, de la cual espe- 
raban auxilios eficaces. Pero al hacerlo, parece que He- 
rrera dejaba ya traslucir su inclinación personal hacia la 
Junta do Buenos Aires, como lo prueba el siguiente pasaje, 
una de cuyas frases ambiguas conviene subrayarse: «La 
energía con que ( ^Montevideo) sostiene los derechos sagra- 
dos de su legítimo soberano el Sr. D. Fernando VII, y el 
carácter de su dignidad desde la rpoca dc>^grana(Ja de las 
conmociones populares de Buenos Aires, le ha adquirido 
el aj)recio de lá corte del Brasil: la Serenísima señora 
nuestra Infanta Doña Carlota Joa(piina, interesada en la 
conservación de los dominios de su augusto hermano y en 
las glorias de este pueblo, ha tenido la generosidad de pro- 
poráonarnos una impienta para que se baga pública su 



58 


UnKO I. — PIíEUMINAIH-!^ DE t-A BEVOLnc lÓS 


ooiidneta fiel y j^enoni'U. v iiiodrradun de lenguaje 

para (‘on P»nenort Aires, y In remirioÍH <lel cargo de director 
de la Uazf'ta liízo á las \mtn^ seinanas, indrm'ii á crecT 
que Herrera e«lal»a di<|»ne>to ;I jifia n donar la cansa es|»a- 
üola, laiandu trazafia el pingriMii < de su diario oficial. 

Omio quierji que sea, la publicación ta^ bien aceptada 
y viiHí iiiiiy á ¡»ro| Masito para preeíigiar al Mariscal Vigo- 
defi quien la fomentó jwr todos los lueilios li mu alcance. 
Xnrnfinvlo desde Cádiz, en 5 de Agosto, (jobernador de 
Montevideo, acafiafia de llegar á la ciudiKl en los primeros 
días de < fi’tufire ( 1 ). So nvifiió el -f de su puesto, p.juien- 
dose desde luego ú la «dua. Traía ónlenes de notmipU'íir la 
fuerza antes de hafier ageudo la persuasión; maa, por 
mucha que fuese su Imeua voliiutail, el estado de las coaaa 
era muy eoinprnrnetido. I^or el lado del Brasil, una cvh 
lumna de iLfiMt soldados pmtugiu^ses se aproxima fia á 
marebaa lentas, sobre las Misiones orientales, >iii que pu- 
diera traslueirse e! vt rdadero objeto de sus designios. Kn 
Buenos Aires, preparaba la .íiuita una e\pedieión militai 
sobre i‘l Paraguay, cuyas autoridades, siguiem lo el ejemplo 
de Montevideo, lialiíjii negado recono<*imiento lí los revo- 
lucionariííS. Y en *•] interior del país, ya se ha visto c*óm( 
brotaba ei <les(*onr<*ntí) al calor de las rindas de unos, d< 
las aspiraciom s ile f*ti(js y de la inquietud de torios. 

Sin (infijirgo, VigiMlr t ora im luuufire pn>fiado por si 
firmeza, y nr» hizo más rjue ratifi<‘ar la ojánión en «pie s< 
le t(‘uía. 8u primer cnirlarlo fue asrgurarse el dominio <1« 
los ríos, jjara enyr» efecto e< lió mano de D. Juan Angrd Mi- 
íli'lena, «•eh firc por la repulsa que sufriera un año antei 


' i I P>ir n iiir </> iui¡>rrttfa /" lnfr“ 


>!i> r Srfittt tuhrr. 



LIBRO r. — PRELIMINARES DE LA RRVOLC^'IÓN 


59 


en la ciudad. Bajo las órdenes do este marino puso una 
parte de la flotilla refugiada en Montevideo, y reforz^índola 
con 300 hombros, la mandó estacionarse en Paysandú, 
para cortar las comunicaciones del (^(‘ste con Buenos Aires, 
y prevenir cualquier movimiento subversivo. Partió Miche- 
lena á cumplir su comisión con la mayor diligencia, consi- 
guiendo el objeto deseado. Sus naves dominaron bien pronto 
el litoral dcl Uruguay, cortando las comunicaciones de 
la Junta por aquella parte. Además puso en jaque todas 
las poblaciones que se suponían dispuestas á insurreccio- 
narse, haciendo abortar el movimiento preparado en So- 
riano, cuyos dos jefes, el cura Gomeiisoro y fray Marcelino 
Pelliza, huyeron á la aproximación de la flotilla, fugándose 
del pueblo ( 1 ). 

Vigodet, entretanto, para (d mayor acierto de sus tra- 
bajos gubernamentales, procuraba auxiliarse de algunas 
personas expectables, convocándolas en forma de Junta 
Consultiva. Xo atreviéndose á denominarlas Junta de Go- 
bierno, por temor á esa designación harto sonada en los 
disturbios del país, y pensando, por otra parte, que sería 
inconveniente darles un título igual al que tenían los revo- 
lucionarios de Buenos Aires, discurrió designar liajo el 
nombre de Junta de Hacienda al nuevo elemento que 
llamaba á sus consejos. Al efecto, el día 22 convocó á 
D. Juan de Cea Villarrgel, oidor de la Peal Audiencia de 
Buenos Aires, detenido en Montevideo, á 1). Pedro Balles- 
teros, intendente honorario de ejercito y contador mayor 
del tribunal de cuentas de Buenos Aires, á D. Cristóbal 
Salvañach, alcalde de primer voto, al Dr. D. José Eugenio 

(1) Of de MiMcna rd C. (le Sor ¿ano (Ardí Gen). 



fio 


I IHllO I, — PI{fCl.lMIX4ltK<l DK I,A KKVnt.LH lÓN 


de EIíns, íi?>eHor del rínliierno. j1 D. Jad uto Figueroí», mi- 
nistro de Keal li¡icírinl;i, V al hr. D. Mateo Mtigariñon, 
abogado dí*J F'^eo; á íjuiem > in\is<iión)n el título de Junta 
de flaeiendH, aine^ue en realMad le» concedía facultades 
superiores, HHici;índob‘s de pl-nn» sí la resjHinsaInlitlad y «1 
la ejecución <le todas las opcracioiJo del (iobiemcu 

Decía Vig(nlet en el acta de instalación de lu Junta, 

€ que habiendo ainnentudo, con motivo de la se^wraeióii 
d'l tJobiernode Montevuho del déla Capital, el eonoci- 
mieato drí las eunsjts y negoeioj de toda clase, tomamlo 
por razón do esta universalidad, como poi la pría rogación 
de sus límiios, una exteinión á la rpie in> poílía atender la 
deílieadón, ai tivldad y c( lo del (Tobicmo. jirinci pálmente 
cuando las ronvulsiones )Hdítinis del Virreinato habían 
conducido al íbdúerno de ^Iimtevidect al punto de tomar 
imperiosamente las providencias concernientes á su conser- 
vación, como una parte excelente del patrimonio sagrado de 
nuestro soberano el señor D. Fernaiuht VIÍ, preservando 
simultáneamente la intaela lulelídad do sus habitantes <lol 
contagio y borrones de la guerra civil, jioniendolcs en es- 
tado, no sólo de roj)eler hostiles ó insidiosas tentativas, sino 
de restituir con la fuerza ('1 orden y tranquilidad general y 
particular, púMica y privada, objeto primario y el más noble 
de las leyes; y eiiyas tu cd i* las no |Midían tomarse, si el Go- 
bioriio. abs<ub¡il.i jn>r el despaebo de todos los vastos ramos 
que abraza, no dedicaba parte de su solicitud y vigilancia á 
poner su fuerza militar íui la mejor disciplina. Por todo esto, 
eoiiKi por<|iic la ¡neoiminieaeión píirlo interi<»rdel Ueino, <le 
cuya^ fuentes manaron en todo tiempo los auxilios con que 
se -osioiua la guarnición del [niís, Ii a l»i endose agí»tado lus 
recursos por la falta do cii’nüacióri del tliiiero, obstruido el 



MUiio I. ria:MMiNA«i:s de i.a kkv'olución (il 

comercio y el giro, era necesario en tan críticas circunst ni- 
cias, cuando la patria gemía y era el peligro inminente, 
encomendar parte de las fatigas 4110 oprim<^n al Gobierno 
Á varones de probidad, p;rtrioíismo, desinterés, c<moci ni len- 
tos y luces. » ( I ) 

Y luego anadia: « Como el principal olijeto de esta Junta 
es proporcioiinr los fondos y arbitrios para la conservación 
y subsistencia de esta IMaza y todo el territorio de su com- 
prensión, conoivrá dicha Junta de todo lo correspondiente 
y concerniente ¿i hacienda, arreglo de olicinas y lícsguardo, 
entradas y salidas de buques, cuenta y razón de todos los 
fondos públicos y particulares, sin aplicación y dominio 
por alguna razón; de los de comunidad, aumento ó dismi- 
nución de sueldos y salarios, y f/e todo aquello sin Ihni- 
(ación que pueda conducir d facilita)' las (jraees y cje- 
caiivas exiyencias del (lobie)'nOy cuya aplicación rcHuye 
en el bien general del Estado, dej Keino y de esta Banda 
OrientaL» Ya se ve, pues, que los cometidos de la Junta 
eran ilimitados, y bien que Vigodet se leservase la presi- 
dencia (le la corporación, no por eso d<qaba de ser ella una 
entidad nueva y superior á la existente hasta entonces. 

Con el conjunto de estos elementos, la causa déla autoridad 
pareció adquirir algún vigor, apalancada por la prensa que 
se esforzaba en prestigiarla. Los individuos de la Junta, 
así como los redactores de la Gazeta, pusieron de su 
parte cuanto les era dable para dirigir las operaciones ofi- 
ciales por el buen sendero. Lográronse algunas adh(.*siom‘s 
entre la clase inteligente d(*l país, con lo cual no apareció 
tan desairada la posición de los que mandaban. PJ doctor 


íl) L. C. (le Monieriiico. 



UHRO I. 


1‘KKUMINARKS DK LA HETV’OLUL ION' 


I ). Mu miel PíTcz Ciistrllíino. | »n*sbít4Tn ilustnuJo y jirrilío, 
f D. Fruneisco A* nñ,¡ lU- F¡;^utTun, (jur ya inmenzabn á 
lar tnizji-¡ dv |>»ota (iistinguiilo, lueruij dt‘ los quo roiUuron 
il (íoláerno, >ij \ irmlolr a)ii eob». La oausu esjuiñola «e rt*- 
liivriiíció al m rolar » n sus lilas Á bastaiiU^ hijo« <l«'l j>aí», 
|Ur unos por amistad, otros j». ,! «TUiípromisos de tainilia ó 
le emplro. la ac4'¡)tabun y defendían abierta menO». 

l'Veiite á este núcleo conservador, se levan tú otro más 
impacto y decidido, iníts jH>deroso por su iulluencia moral, 
•uvas vistas radical mente opuestas ú la situación ílomi- 
iiaqte, le daban caráctíT revolucionario. l>esdí- 1su',i y 
raíz Je Ui disolución de la Jiuita de < óiliirriin. liabía empe- 
gado á fnrmarse esa ajírupación. Sus primeros coustituyen- 
te.s fueron It. doaquín Suárez, 1). Ptnlro Celestino Bauza, 
I). Santiairo I'igueredo, Cura dt‘ la Florida, y D. Francisco 
Meló, quienes acordaron desale entonces trabajar por la in- 
dejH'ndencia, Mientnis formaban ojánión en la c^impuíiu. 
Qombraron ¡ícente en l>u<‘Uos Aires á D. Francisco Javier 
le Viana, encalcándolo de i nmunicar á los (TÍoIIus de la 
vecina orilla las esperanzas y los entusiasmos de todos. 
Perú advenido Klío de b» que se tniraba, dictó orden de 
prisión contra los <-onspiradori*s, oblicuándoles á retirarse á 
sus casas, en vista de la falta de un caudillo militar que 
Ims L^uiase. A|M'iias se insinuaron las turbulencias contra 
Cisiieros, vnl vieron á la aeción, reclutando cuantioisas adhe- 
siones. y lijando la dire<vión del movimiento en Montevi- 
di'i», domk' fundaron un club abierto á todos los americanos 
sin distinción de })roced< ncia, para discutir lo> negocio? 
relativos al Continente y al Uruguay ( 1 ), 

ili An/>iffio;/n.if(a (h Shki'i \ IriU Pvtpulnr, — Ai*tt>hit}grafi< 

<if Jiond^ati • cir 



LIBRO I. — PRELIMINARES DE I.A REVOLUCIÓN G3 

Al presentarse ahora en escena, contaba el grupo entre 
sus principales miembros, á I). Miguel Barreiro, I). Dá- 
maso Antonio Larranaga y D. Francisco Araucho en 
Montevideo, á D. Tomás García deZííñiga y D. Pedro Ce- 
lestino Bauza en Canelones, á D. Joaquín Suárez en San 
José, á D. h rancisco Aguilar, español de oiigiai pero uru- 
guayo de corazón, en !Maldonado, á D. Jorge Pacheco al 
Norte del Pío Negro, á los curas párrocos de Colonia, Flo- 
rida, Paysandu, Canelones y San José en sus respectivos 
distritos, y á los Artigas y otros oficiales, en diversos pun- 
tos de la campaña y en el ejército. La similitud de creen- 
cias y asi^iraciones, puso en contacto, i^or los medios ya 
enunciados, á todos estos hombres, muchos de los cuales 
cultivaban una activa correspondencia escrita entre sí, rela- 
tándose sus esperanzas y sus temores. ITabía también en- 
tre ellos quienes se correspoiulían con la Junta de Buenos 
Aire?, dando y oyendo oj>iniones, en el deseo de buscar 
un centro que imprimiese uniformidad á la acción armada 
que deseaban. 

Por más defectos que tuviera esta manera de organiza- 
ción de las opiniones, era evidente que ella anunciaba el 
nacimiento de un piu'tido nacional. Partido joven é inex- 
perto, abocado á todos los errores de las agrupaciones na- 
cientes, 2>ero sano y vigoroso por la naturaleza de sus ele- 
mentos y por los fines que perseguía. Las conexiones de 
edad y entusiasmo en unos, de posición é ideas en otros, 
fueron extendiendo la influencia del nuevo partido, bray 
José Benito Lamas, casi un niño, y que ya había ganado 
por oposición dos cátedras de filosofía en Buenos Aires; los 
Pérez (D. Pedro Pablo y D. Juan), los Vázquez (D. Ven- 
tura, ya fugado á Buenos Aires por sus compromisos po- 



(Í4 I.IHIIO I.— PltK[,IMJNAÍíKH in: U\ UK\ MU < !pN 

lític*oH, y D. SantÍM.ír<* 1: D. l*aI>lo Ziifriíiti giii, (jiio á lo;? 
veinte añojí de edad cniiíjiii<tara n ?»onihrf liarieialo el 
corno contra 1 <'<í ¡ngl(‘sún; I ». IVlix Uivcra. hermano del 
futuro general do c?a apí llido; Ii. íi liriel Percira y mu- 
chos otros, engrosaron las íi! i< de la mu va agruj»Hción. 
Con tal refuerzíj. se alnieríai paso < o todo el país las idetis 
revolucionarias. Los afiliados <lel cloro en Montevideo, ga- 
naron el claustro de San Franciscu, (jue tantos servM'iou 
prestó más tarde* ó la causa de la imh'peiidencía; los afilia- 
dos del ejenito ganaron los tdiciales y soldador dcl país; y 
los afiliados de la campana fuenm ganando :d pncldo llano 
de los camjms, nervio de todo inovimi; uto político. 

Entonces (pliso el nuevo partido darse un camlillo. Sin- 
ticnd(»s(‘ con ambiciones para serlo, «e ¡(rrsiaitó J>. Lucas 
José Ob(*s. joven alwigado (jriimdode llueiios Aireas, asesor 
del ( abildo de Montevideo y nnv.cladi» á todas las i ni ri ja- 
do su tiempo. Era < )bcs ]) 0 r su canal ir y dis|a>sicioncs 
pro])ias, uno de c¿os tipos apuntalo- al éxito en las é]i»M*as 
de grandes trastornos. Ambiriu-o é iníntigalile, -in gran 
fijeza d(* principios, pero con mucha [lerspicacia j>ara cal- 
cular de qué lado estaba el triunfo de una causa, corría 
desde tiempo atrás (*n Inisca de renombre, y se había j>re- 
scidatlt) en (*-ccna con toda la audacia de su juventud in- 
(j nieta. EmjKzó á ser conocido dcl pin blo cuando la insta- 
lación ílc la Junta do 1 sii'iido de los (pic aconsejó su 
creación c(ui más odor. Disuelta aquella Junta, prosiguió 
en r(*l ación (*sticcha con sus aiilia<li>s de una y otra banda 
del 1‘lata, conmnieá adose con ellos j)or ( -erilo ó de imla- 
bra, según la easualidad se lo permitía. X(> fué (‘xtraño á 
los trabajos monárquicos de Ihdgrano y Rodríguez P< na, 
50s[)ccbámloselc de haberse inclinado busíautc hacia las 



I.TBRO r. — PREUMÍN'ARKS DE LA REVOLUCIÓX 155 

pretensiones de la princesa Carlota, cuyo partido abandonó 
más tarde ( 1 ). Cuando la primera noticia de la instalación 
de la Junta de Buenos ^Vircs, fue de los que recibió con 
frialdad el anuncio, contribuyendo mucho con su consejo 
á que se esperase hasta el día siguiente para resolver, de 
lo cual resultó la ruptura entre ambas ciudades del Plata, 
y entonces Obes, deseaialo extremar la solución, pasó per- 
sonalmente á Buenos Aires para invitar á Cisneros á tras- 
ladarse á Montevideo; pero las indecisiones del Virrey y el 
temor de ser arrestado por la ,funta, le obligaion á reem- 
barcarse inmediatamente. 

Era esta su situación, cuando el descontento general se 
hizo sentir de público contra la autoridad. (,)bes redobló 
sus esfuerzos con tal motivo, y valiéndose de sus amistades 
y relaciones de parentesco, comenzó á sembrar las descon- 
fianzas doquiera, aumentando vigorosamente el partido de 
la oposición. Quería entonces, y lo buscaba, el rompimiento 
con la autoridad española. Xo simpatizaba con la Junta de 
Buenos Aires, ni trataba con los emisarios y amigos de 
Doña Carlota, por lo cual vino a creíirse una posición rara 
que muchos no comprendían. Pero la ambición que le im- 
pulsaba, su talento, sus modales abiertos y populares, sus 
relaciones personales considerablemente extendidas merced 
á la actividad que le era proi)ia, si no le liicieron cabeza 
principal del nuevo partido, le hicieron sin duda uno de 
sus jefes más importantes. La autoridad española comenzó 
á mirarle de reojo, y el sabiéndolo, no tu^"o reparo en pro- 
seguir sus empeños revolucionarios, que mas tarde habían 
de costarle larga y azarosa proscripción. 


(1) Menm ian de i, iií- 


T>om. Esp. — III. 



Uliuo I.— Pi:KLlMlNAIír,S M, l.\ KKVuLt riÓN 


lií» 

Corriumlo así Inr» lU'pihíi rn IMriemlm* <1 lier- 

;;antín d»* írucrni Sfutln ( \t .'(fia, ivíii do oficio jinuu- 

ciaiido la in.-f iImcÍóh do la> f.orícs ospüfiolan r-n la isla <lo 
Lísjii: la noticia innamó ánimo partidarios dol 

tiolácnio, _v este (|iiiso suii .,;ni/.arla c»>ii el mayor aparato 
olii-ial. Fné de.si^nado t.-l día Id para prestar juramento de 
ívhedioneia á las ( orles, mientras se implorada ol auxilio 
divino snl)re ella' eon tres días de roj;ativas publicas, y se 
pre]mral)an ihiminaeioiies y fe'.tividades noetiirnas en se- 
ñal de regocijo. Vigodel, acompañado do! ar*esor I >. Nieolás 
llemTa y del e>eril»aiio 1). Framase.i lgii:h-i>i Mánpie/., se 
presentó el Id al (’ablldo, juiando en la iorma prescripta 
])or Heab‘^ di‘cieti»s de i’ 1 y Jó de St^ptUaiibro del mismo 
año. Fn segu¡<la rt‘cidió el juramenlo del Cabildo, tlel clero 
regular y secular, y de las (•4)rpora<‘ioiies eivik*s y mililanrs. 
LiH‘go dt'spués. pa>anm todos á la iglesia Matriz, dimdt- 
.se eaiitó un Tedémn en aci'ión do gracias ( 1 ). T.a «jposi- 
cióii, emptro, no vio on este aeio más ijue im iiieideiiti* 
trivial ipie en nada nn'joraba lo-; negocios púl»lieíi.'. 

F1 año de 1S;1M concluyó .sin má.' expectativa para los 
criollos ipie sn pnipio desnmteiilo. ni otra eertidumbre 
para los gubei iiistas (pn* la llegada de Flío, nondjrado Vi- 
rrey del Kái dr la Plata, y esperailo cou refuerzo de tiv»pas 
y ean lai de resuliicioiies im|K)rtaiitt*s. Llegó efectivanuiitc 
i ii JCnero tie ISI 1, y prestó en 111 dt> ese mes. ;uite el CV 
b¡ld(í, el juramento de m-deii. Venía i-nvalentonado con su 
nueva posición, y el aspecto de los negocios en Munlevi- 
íleo le pareció mu ello mejor de lo «pK esjKraba. Firme- 
mentí- decidid*» ¡i ilevai adi laute sus proyectos, quería jus- 

' 1 » /-. * »íV riiii >t. 



j.u.iu. 1. — i'i!i-.i.i\u> AKKs 1U-: i.A iM:vor.U('i(.)N' \u 

tifioar la ivputac*i6ii a(l<piirida oii España cou motivo de 
sus predicciones sobre el desarrollo de los sucesos platen- 
ses. A pesar de la recomendación expresa que traía sobre 
agotar los medios conciliatorios antes de emplear la fuerza, 
lio era su carácter personal el más apropiado para seguir 
esa línea de conducta. 

í^in embargo, con tcciia 15 Enero, se dirigió á la 
Junta de Eiienos Aires, á la Real Audiencia y al Cabildo 
de la ciudad, en los t cían i nos más conciliadores que podía 
emplear, atenta su posición oficial y los intereses cuya de- 
fensa le estaba cometida. En el oficio á la Junta, procla- 
maba á nombre del (.Gobierno metropolitano y en el suyo 
propio, un olvido total de lo [)asado, y pedía v\ reconoci- 
miento de las Cortes reunidas en la Península, urgiendo 
para que con la mayor brevedad se enviajen allí los dipu- 
tados provinciales. A la Real Audiencia le manifestaba 
estar seguro de que ella enq>learía todos sus esfuerzos en 
favor del restablecimiento de la paz. Al Cabildo le pedía 
que reconociese su nombramiento de Virrey, no obstante 
provenir del Consejo de Regencia, « jurando por lo más 
sagrado, (pie sería mediador para restituir al ciudadano sus 
derechos, su lilDcrtad y sus franquicias, » pues habiendo 
acompañado á los habitantes de Buenos Aires en sus jor- 
nadas de guerra contra el extranjero, y viéndose reprodu- 
cido ahora en el Nuevo Mundo (aludía al hijo que aca- 
baba de nacerle en Alonte video), las glorias del Río de la 
Plata eran también singas (1). 

Con estas proposiciones, partió D. José Ace vedo y Sa- 
lazar oidor de la Audiencia de Chile que se hallaba en 


ri) (/alvo. Attfde.s: i. 



Monte vil lo») de paso p.ini hu destino. Pero aj>enas 
ú Buenos Aíres, la ríanla )i- urde no reemliarearse» asej^u- 
rúndole i]ue lo- otioios del Virn y serían oportiinanieutc 
eonte.*^tadoi?. Semeja nt o aetitnd impl¡eu))a un rechazo j)rc- 
vio, sej^ún so ooníirinn poco.- lías después. El ('Abildo 
y la Audiincia conteslarun en términos enériíicoH, aun 
cuando no desposeídos de tácrta cortesía; mas la Junta re- 
plicó de un modo íu-orho, ahogando que el solo título de 
Virrey con ijuc Elío se pn-seiitaba era una ofensa á la ra- 
zón y al buen senlido, > y ijae el verdadero niHio de con- 
solidar la telieidad de estos países era ipie .-.e disnudasí^ 
de una investidura sin carácu*r y propemlierfe á reducir al 
buen sentido al pueblo de Montevideo, peípicño resto de 
refractarios, que en la vasta demarcíación del gobierno de 
Dueno.s Aires era el único que resistía á conformarse á la 
voluntad general. 

El L' 4 conoció Elío tan provocativa respue ta, y acto con- 
tinuo se preparó á tomar med illas riguio-as. ( erró los puer- 
tos uruguayos para las procedencias de Kiiem s Aires, recla- 
mando y obteniendo dcl jeh‘ de las fuerzas navales inglesas 
en el Plata, que obligara á los bin]ues de su país á respetar 
e.-a clausura; eslalileeió cruceros que vigilasen los río.s,y re- 
forzó la guarnición de Colonia enviando a e.se punto al bri- 
gadier ] ). Vicente María Mnesas, ih*st inado |K)r la C^:»rte antes 
de la guerra c'ontra Napoleiai al gobierno de Montevideo, y 
que ahora se oneontraba en la ciudad con los gastos hechos 
y el pui'sto ocupado por otro. Todos tastos procedimientos 
ununciaban una resolución grave, cual era di'clarar la gue- 
rra á Ihienos Aires, < centro de una sedición formada por 
‘uatro faeeiosn.-s, como llamaba Elío á su Junta. 

El rniiK*»* 'í'> **0. • 



MBKO I. — rilKLIMlXAKKS DK I^A KRVOUJCIÓX fi9 

Montevideo, j^oniendo sobre aviso íí los jefes del partido 
nacional. Don Lucas Obes, sobre todos, comenzó á agitarse 
en previsión de lo queq^udiera suceder, y lo. hizo tan íí las 
claras que Elío dictó auto de prisión contra el. Una ma- 
ñana rodearon su casa, le aprisionaron y fue conducido á 
la cindadela. No tuvo mas tiempo, al marchar preso, que 
entregar á su criado la llave de los papeles que le com- 
prometían, y este, que era un negro bozal, los rompió y 
tragó ( 1 ). Seguidamejite fue desterrado O bes á la Habana, 
donde le persiguieron escaseces y eafermedades peligrosí- 
simas, hasta que pudo eml)árcarse de vuelta para Buenos 
Aires. 

Con este golpe quedó establecida la ruptura entre el 
partido nacional y la autoridad española. Ya no era posi- 
ble que mediasen contemplaciones por parte de los hom- 
bres de la oposición, hacia un gobierno que les perseguía y 
desterraba en sus cabezas visibles. Habían soportado el es- 
pionaje y las amenazas hasta entonces, resignándose para 
no precipitar los sucesos. Larra naga, Suárez y Lamas vi- 
vían en el país á fuerza de precaucione?, pues amonesta- 
dos por la autoridad, hasta se les había secuestrado co- 
rrespondencia escrita. Muchos otros esta])an en condición 
parecida, esperando á cada instante mayores molestias. 
Así, pues, de:<de <|ue la autoridad pasaba de las amenazas 
á los hechos, poco había que esperar de su continencia, y 
supuesto el caráctei* intemperante de Elío, la guerra estaba 
declarada á todo el que se le opusiese. Determino por lo 
tanto el partido nacional aprestarse á la resistencia, con- 
vencido de que el momento de la lucha había llegado, y 


íl') De -María, llmjos hhgrú fíeos; iir. 



70 


i.rimo I.- piii:uMi\A*Ks i»k la la voin ióv 


KÓlo esperó un protext** cpic K* «Hoso ocíiríión puní pronun- 
ciarse. 

EnviáruMM' por lus mIíIíjhIíjs íir Montrvitk^*» varioíü co- 
in¡HÍomi<Ins á loí4 dt* iw huT/.;.^ nm cnvít íidliCHión 

ri<‘ con tu ha, pinti1inloler< la -itii.i inn y Iiík iciulolcs s(>nsihle 
lo tirante do lay circuiHtaiicias. mente 1>. dosé 

Artij?Hs. capitán del lucimiento tic l>lamleneu,.s, <juc ^o- 
Zíil»a nuulio cr^^dito <n la eampaña, íiic i n>: la fio pañi rpie 
iliera la señal on el munuauo open tuno. litaba este oficial 
comprometido coii los rcvolm-ionarios de tiempo atrá-. Su 
primo hermano D. Manuel Arliíia- >e;\ ! i :i Í:í .Imiiude 
Kuenos Aires en un cuerpo Je tmpns (pie liahía invatlido 
el Paraguay, y el misino, ho^tieail»» en todo sentido |n>r 
agentes de la vecina orilla, súlo se miuitenía neutral espe- 
randu el proniincianiienlo de la opinión en el país, íjuc 
hasta entonees andaiia inderi-a ropoeto al mo4ln y forma 
ílc liHeer prácticas su^ prehensiones. l*'l pa)>el exir¡inidina- 
rio ijue va á desempeñar i-n la nue\a. >il nación, haec nece- 
sario ilctenerse ante el un instante, para trazar los ra-i:»i> 
de su perstmalidad. 

l*rovcnía Arligas de una antigua familia colniiial, radi- 
c;ula en el rruguay desde prineipios del sialo anterior. Don 
.luán Aiitoiiin .\rligas, natural di- Zaragoza, soMado «le <*ora- 
L*ero> d(‘ uiia de las e<unpañías de r.ilrdlía ía con rpie Zavala 
3 eupó Mímíevldi'o en 1 Tl‘ k <'ia <■! funda<lor de esa familia. 
Em l7Jh, á los treinta año- de edad, con luuji r y cuatro 
lijas peijueñas, go/.al»a ya tím!o de poblador, y dos años 
nás tarde (juedaha en posi>sión de una eliacra y una estan- 
‘ia. ipie junto (..ii uii solm* en k¡ riudad, eousiiniían «1 
•atrinionio de l«i> lumíador ■- de MoiUt \ Í-Íoi). «leelarados 
demás lujos-dalgos ile kiiaji' y sr.ilar e<itioeido. \\ 



ijnno r. — i’rklimixakks pk t,a np:v(»rAM’toN' íi 

constituirso el primer Cnbildo, recayó en l). Juan Anto- 
nio el cargo de Alcalde do la 8a tita Hermandad, ó jefe de 
la policio de cainpana,rintciandoí?e ayí en la>i mismas fun- 
ciones que debían servir de fundamento al prestigio de su 
nieto. Al desempeño frecuente de (‘ste cargo electivo, Za- 
vala agrégó en IT.'b) el decapitan de la com) tañía de caba- 
llos corazas, expresamente creada para la defensa del país, 
con lo que le habilitó al doble ejtavicio d(‘ empleos con- 
cejiles y militares que a la verdad se hermanaban (1), 

La familia Artigas llevó en Montevideo una vida de tra- 
bajo honesto y cristiana virtud (jue era común á las de su 
rango. Organizada severamente, no alteró sus costumbres 
á la muerte de su jefe, por mas <pie fuese numerosa en 
ese tiempo. Los enlaces d(‘ sus miembros con los de otras 
■familias pobladoi'as, aumentaron el patrimonio de los nue- 
vos gi'upos que se formaban a la somljra de un apellido 
ya ilustre en los fastos locaU's. De entre los varios hijos 
de D. Juan Antonio Artigas, dos se distinguieron desem- 
¡teñando como el padre magistraturas electivas, aunque 
D. Martín José, que par('ce halj(*r sido el primogénito, las 
ocupara con mas fre(*ucncia y [>or mas dilatados períodos 
que D. José Antonio, su otro hermano. Este D. Martín 
José, casado con Doña Francisca Antonia Arnal, tuvo seis 
hijos, siendo el tercero de ellos D. José (Gervasio, cuya 
personalidad nos ocupa ahora. 

Nacido en ^Montevideo el año 1704, D. José Gervasio 
debió adípiirir su educación en el convento de San bran- 
cisco, centro donde añitían los hijos principales de la ciu- 
dad. Militan en favor de esta suposición, el hecho de haber 



1JHRO r. 


I'IíKl.lMIN.VRKS DK i.\ RKVOLU< tÓN 


instituido SU silmclo iMutcfUn nnu Oíipclljuiía ]«ni y la 
[ircJilooción <K* su |«ulrt |Xjr!'k^ Irducisi-unfís, en cuya Or- 
ivu Trrrcrti < -tului iiiseriplo 1-01110 socio aelivo. Por otra 
parte, las eostumlín s de la éjtoea iurlinahan a imitar la 
radieión doiiiinaníi' ( iitre las l.onilias no!>iliarius’de la Pe- 
unsula. dejando el ejercic io de laíí armas al jirimof^énito, 
nientras dedi calían los otros hijos al sacerdocio ó al foro. 
A.dcm¿is, la circunstancia admitida ser condisdpulos de 
Articas, varios cnnt<'mj>uráneo^ ijm* hicieron estudios de 
mmanidadcs en U eiudad, parecí* comprohar (*1 alerto 
MuiMciado. I )c todos niOíliis, su cni n'spondcmia epistolar 
iitima, trazada íle imun* pmpia, denuie>ira que la ilustra- 
MÓn adquirida en su juventud no era dí-spreciable ( l ). 

En ed id íeinjirana todavía, le mandó su padre á híu^rse 
-argo di* un o>tahleci miento d(* cniiq>o, jienlida ya indiula- 
demeníe la esperanza de que tu viera vocaíión para «I sa- 
■erdocio ó las ]etra>. Allí crmienzó ;1 ejercitarsí* en las rudas 
aenas quí*deluaji hu talíM-er su cuerpo y cxtcmlersu influ(*n- 
ia jiersunal. La villa en d(*sjH)blado tenía por aquellos 
iemjins más d< un puntu di* contacto eon la sociabilidad 
irimitiva. El n.iror de la tem]M*ratuni, la solerlad, la multi- 
ud de fieras y animales salvajes, la incomunicación mn 
entros civili/.aílos, sí* eompi*nsaban apenas por el trato de 
hombros íurn stí'S, tan tcmii)lí*s como las fienis por 
US ¡ii-tinto- y costumbres habituales. En n-atro tan feroz, 
ue donde n*cihió Artillas las prii ñeras impn*sionesUcla exis- 
em ia independiente, comenzando á a[>rcciar á sus semejan- 
os por la faz más dí sconsoladora de su naturalí*za típica. 

Su juventud íue triste y selvátiea. Sin a mi, iros á qnic- 

\ 1 ; A.” ni IdK D. il^ I\ 



Lini») r. — I'IIKMMINAIJK^ DE I.A Ki:V()rjroiÓ>í 


73 


nos consultar, sin alicionos literarias, recibiendo de sus ins- 
tintos propios la inspiración y el consejo, forzado á impo- 
nerse ]>ara srr obedecido; solo, como lo está todo espíritu 
superior en medio de gentes que no le entienden, Artigas 
había vivido la parte mejor de la existencia sin ninguno 
de los halagos que sirven más tarde para enternecer el 
alma por el recuerdo. De tal vida debía nacer el tedio por 
las ocupaciones sedentarias, como nació en efecto, dupli- 
cándose su actividad personal en razón de la madurez de 
su espíritu. Necesitó correr aquellos campos desiertos que 
se extendían delante de los estable<amientos de su padn*, 
afrontar aqutdlas aventuras mortales con los gauchos y los 
indígenas que tanta fama derramaban sobre los que po- 
dían narrarlas; y salir también él de la oscuridad de su 
estado presente, para, levantarse á la consideración, á la 
fortuna, al hogar propio, á to<las esas cosas bm caras al 
hombre, tan indispensables á su corazón. Y así abandonó 
un día el hogar paterno, y se hizo acarreador de tropas de 
gann<lo y acopiador de corambre ( l ). 


( 1 ) Algwios hiftioriadoreft nrgnüint}S: utofln nos, afirman que Artigas si 
hixo contrahandi-'ifa en aquella rpura. J\o hay un solo dalo que lo com 
pruebe, y, por lo coulrario, aparte de que el oficio no eorrespoudia i 
sus antecedentes proiños, era casi desconorido á los hijos del país 
como lo consigna el general ¡{ondean en las siguientes palabras: «La: 
Operaciones de guerra de aquellos tiempos eran simplemente perseguii 
indios y ladrones cued reros que infestaban la eanijiaña, lo 7n¿smo qut 
ú los contrabandistas, tráfico que era más ejercitado por los. brasilero, 
que por los natu redes del pais, y aquellos como más diestros en el ma 
nejo de las armas de fuego, oponían i(ua resistencia vigorosa á las par 
ti das de tropa gae se les acercaban, atrincherándose con las cargas qu 
llcrahan, si eran atacados en camj/o raso, ó defendiendo sus interese 
desde las cejas de los montes, si tcuian tiempo de llegar á ellos , » (Auto 
biografía de Rondeau, 1." parte.) 



71 M 15 lío I. r-IíKUMfNAItr.s IIP (,A !íKV<ir,l’< íóv 

I fjUf* mloptó iiiK'Vd íiíií'io, fiiim ;í ilomí- 

namlo. Solía . *^ri(irnr:*<‘ (*1 ju irron ‘le tropiiM dfíjanadoha- 
tiiiulosr i'( Mitra las uuartüjiP porf rpií* sr imro<lumn 
f'lllirrjitit'iiinirntr lai ol jmís | ’»a ini|M-tIirIo. y existían con* 
tral>ain!lslas (jiiiriu'- enn ! • i-nupiTaeióii «le esas 

línanlias liahnni inoimpnlizadn rl tráíie<i. p««r «■] termr ipio 
iiifiiralían. Los eal)i]«l«is jnrisdieeioiaiif*' «lahan mii (*1 ma- 
ynr «;usto y íÍ pn‘VÍo annnotl-nli). lieriu'ias ««scritas :1 Í«»^ 
íu-arn*a«!nrc>, para «jm* liieaven tropas «le ganados «•«mtíIc*^, 
arroliataiido ese i-anio de e«nner(*i«) ¡1 1"- ' ■ mi ra.ii Midi-i 
portugueses y fonienlainlo el iriti-n'- l¡'' a!. Munido de su 
r«spe«‘t¡va auiori/aci«Mi, Artigas ¡]o vaeiit'» en ir al encuen- 
tro de los eontralíandistas. liumill!ln«l«»li-s en sus propias 
guavi«las y liaeiéii*lo>e n speiar «I«»tjui(*ra. La faina «pie es- 
tas hii/auas !«■ dieron. !!«‘g«'« hasta un haeenda«l«i«lp a(K‘lli«lo 
(diautre, Inerte ju-tipietarin «le gaiunlos en el í ¿ueguay, «hmde 
l«aiía nuil iunn«“r'*.sa peonada, ('haiiln .a-o' itVá Artigas a 
sus eniprt's.as «lumTi-iahs. y el íntiiif «Mudillo íinAd t^u«- 
guav, ein-argiiinlo^í' «!«■! vnhe«) de la liaei« tula «‘«riiáL lia jo su 
direeeiiMi apta, el iral>aj«i -*« duplii-»*», '•a« áudo-''Mle allí grau- 
«ies trozos i\r atiiuiale- íjiii' ' lii-r«iu hueiio> |>r«)\ eeh« «s. L1 gau- 
elaije «le aipiella- alturas, «pie pudo aipiilatar las jiptitiale.s 
«leí j«)veri acarreador, eonn-n/t'* á triliutjuii" resjK toy á exten- 
«ier .-u iioiulM-ailía por el Jiplau-o e«»n ipn’ Imhlalia «le «*l. 

l*iU‘ «‘Ulone«“-> hu-i’aha el t íolm-nio «*spahol ni«‘di«is elíea- 
ivs eou ipil' e«Mil«‘tHT •*! latrooitiio y }o^ .•xce'.ns'fle «pl«‘ era 
víctima la campaña. Lomo las fimit a^ uruguaya- «-ta- 
híin jtlii«'rla> á las inem-ioins «le los mailn‘<*lii«res d«‘l lira- 
sil, laitre-Kíos y ( '«u rii'iites. eran muy «-ouiuih's los r«*h«is 
y as«*siuat«í.s, agiV‘gátitl.t-< á elli« h‘- asrdli's do lo- in«líg» na.s, 

«jue pcriíMlieauiente \erili< th.aii iin ¡i-Íiun*.s. «ii «pie totio «'ni 



t.li:Ki> I. 


riíKIJMIX VIM-'S iw.' f \ TÍF'X'.W iTi.f/w. 



llevíi«lo ú s;ini*Tr y iuci^^o.. l[ju*í;ui !n policíji dt* la campaña 
vario.s ntii-ialcs ron parti.Ias volantes, entre ellos 1>. Jorge 
Paeheeo, tt‘vrii>le eapitán Tlt* quirii ya se ha hablado en es- 
tas páginas. Sin emhnrgf* <!<• lo<Io, ni las persecneíones ni 
los s\ijdieios eontonían a h)s expoliadores, «pie desaliamlo 
los peligros y rl rigor de las penas, se aventnralian eonti- 
lulamente al iiuerior drl país, hurlando las más de las ve- 
ces á la aiitorélad, pin- el conneimiento que tenían de los 
caminos riseosus y de los escondites de los montes donde 
no podía seguírsi'les. 

Artigas conoí'ía tan hien ó mejor que ellos sus guari- 
das y su táctica de pelea. Por menesteres de oficio, les ha- 
l>ía hecho frente conduciendo ganados; y por accidentes 
imjnevistos hahía tenido (jue refugiarse algunas veces en 
los montes, huyendo la .perseeúción de cuadrillas mayores 
en número que mis piM^nadas. Los propietarios de cam- 
paña sabían do sobra esto, y les era familiar por el con- 
senso universal <le las gentes del }iaís, el crédito que go^ 
zaha en to jas partes el animoso asociado de Chantre; con 
cuyo motivo, comenzó á acentuarse la opinión de cuán iieoe- 
sayio era poner á sus órdenes una fuerza organizada, para 
que disponiendo de ella, hiciese en pro de los intereses ge- 
nerales lo que hacía en favor de los suyos propios. Tocábase 
empero con k escasez de medios pecuniarios en que estalla 
el tesoro: mas para subsanar esta falta, los propietarios 
<lc] país reunidos acordaron jiedir al Cíoliienio en favor de 
Artigas el nombramiento de (ruarda ifnui'aJ <lc ¡a Cam- 
pa na, designándole un sueldo qiu* pagarían de su propif 
peculio. Aceptó d Gobierno, y con esto tuvo la campam 
una autoridad suya, reconociendo en el hombre que h 
inví'stía su nroteetor y su jefe. 



J0nlon(‘cs cohh uzó pjirn AríippiH una nueva existencia. 
S(‘ sintió res|)etailo y consiilerjnlo; tuvo la confianza de sus 
roin| MI t notas y rl aprecio de la niitori<lad. Kstimulado jx)r 
tales demostraciones ijin- aumentaron su audacia y su 
eneríjía, lle<;ó á s(>r rl terror di 1 vandalaje, si jamto de que 
los msis amlocs malheLdiores desíalh*cían íl su presen- 
t*ia. Acreditóse de tal suerte ante el Gobierno, que éste 
le abrió las filas del ejército, y él, que por vocación y por 
instinto amalla Isi earreiii militar, siceptó Isi oferta, entrando 
[>or <los meses en clase de soldado de caballoría < n el 
regimiento i le Blandengues, que hacía la policía de la cam- 
pana. para obtener en seguiila el nombnuniento de capi- 
tán de milicias, y poco después el cargo de Ayudante 
mayor <iel mismo cuerpo en que sentara plaza de soldado. 
Allí, bajo el riiror de la disciplina, adquirieron sus facul- 
tades mentales el dcsaiTollo sistemático que da la vida 
regimentada, enseñando á la vez á mandar y á obede- 
cer, doble operación que fdnna i'l carácter y metodiza las 
iíloHs. Sn carrera, por otra parte, tuvo desde un principio 
eiiTta imlepi ndeneia en la ejecución de los planes, que le 
preparó, sin sentirlo, jiara mandos superiores. Dept*ndía 
más direetamoMte ilel fiobermulor de ^lonb'video que de 
su propio corom l, siéndole trasrnitida.s las órdenes y expli- 
cada su inteligencia ¡xir el jefe del país, sin interme<lia- 
rios. Así se formó eoiKx-iendo de cerca á los goliernantes, 
midiendo el alcance dt* sus combinaciones, y adquiriendo 
por el tinto con ellos la conciencia de su valor intríii- 
-eco. 

Kn esta vida agitada y tenqn-stnosa le sorprendió la (nlad 
madura, y el corazón reclamó sus derechos á aquella natu- 
raleza de hieno. Tenía 41 años cuando las exigencias ín- 



LIJUÍÜ I. — l‘RKU MINARAS l)K LA RLVOLUC'IÓX 


77 


timas de la pasión so hicieron sentir en sii espíritu, susci- 
tadas por la belleza de su prima hermana Doña Rafaela 
Villagnín, hermosísima mtijer con (piien so casó en el año 
de 180 o en Montevideo, y de cuyo matrimonio tuvo un 
hijo. Cual si estuviera destinado á inspirar tan hondamente 
el cariño cómo el odio, su esposa, que le amaba mucho, en- 
loqueció un día de celos, por haber él dirigido galanterías 
y cumplidos en su presencia á varias señoritas que le 
rodeaban. Esto le hizo más cauto de allí para ade- 
lante en la vida íntima, porque en realidad tenía en su- 
bido aprecio el cariño de su familia. La escasez de su 
patrimonio no le permitía ser muy dadivoso con ella, y lo 
deberes de su cargo le obligaban á es lar gra n parte dcl 
tiempo ausente de su lado. Todas sus riquezas se reducían 
á su sueldo militar, á un campo en Arerunguá que había 
denunciado por realengo, y á un solar en Montevideo que 
le había dado%i padre junto con dos criados para su ser- 
vicio. Esta estrechez de situación solía inquietarle con res- 
pecto á los suyos, á quienes tenía siempre presentes en la 
ausencia. 

La ]:>obreza, la actividad forzosa y el trato con gentes de 
todas las procedencias sociales, dieron á su modo de ser 
una índole especial, que le hizo apropiado para desempeñar 
el papel complejo á que le llevaba la suerte. Era temerario 
con el gaucho indómito, amable con el hacendado pacífico 
y circunspecto con los hombres cultos ( 1 ), Hablaba á 


(1) Uefirióndoac á una entrevi^a que tuco con Arii(jaíi en Puri(ica~ 
cióiiy dice Robertsou'. Exccllcncu vosc froni hin scot and vccciced 
vie, not onhj u'ith conliaUlij, bul wdk irhat surprt.'íed me morCyCompU' 
raticebj ycnilemanUbc mannerfi, and reully yood breediny.- (Lettfcrson 
Paraguay, iii, vi.) 



áH jjiiku I. — r»M:uMiN.ViiF:s t>K i,.\ kkvoi t < lúx 

ca<la uno on :^u n*|no«íufMa sus nmm nis jn>r1v y 

tiTiiiinus »li' {•mivcrsafióti, <lrmo ir;íinlnl<'< jxir rsto)^ mcMins, 
así al ¡gtioriihi.' romo al al |H*rwrso como a! 

homlirc* de «jiH' li< rnicmlía sin t*slm*rzo. Sol»rc 

todo á los gaiiclios á •|uii‘iu‘.' ’'‘ii-aKa, y á los soldatlos. 
con «juitMio solía liromcarso de j>aso, Ies ¡ni'uiidía un res- 
<]ue sin separarse imielio del temor, proveealia en 
eiertus casos actos de al alegación. No era regalador ni 
amigo de larguezas, pero era laaiesto en el manejo de Io« 
lácues ajiaios, ihcapa/ di* aprovecliar'e «le po-ieión jiara 
all«*gar ri«|Uczas, y opuesto á «pw nadi« I ' li¡« i< la «ai su 
i)onila-e. 

De tinl:is estas cimdieiian*' reiini«ias naeii'i a«|U«‘l carác- 
ter, singulannenu* apr« «piado á 'ii «'p«‘ea, p«a* la divta'siilad 
<le tintes «pu* piesejUal«a según íueiM la o<*asióii. 'J'enía iin 
tacto <*\«[uisit«« para son«l«-ar á los homlires reserva-lo^, \ 
en el curs«) post«‘rior «1«- su \'i«la, Iratamlo «‘on lo- ageiite- 
de España y r»nenns Aires, deiimstrói lia-ui «pie jpiiiit»» le 
era ingénita la pem*tra« ión di* las Intí iieiimi- aieiia-. y « un 
«pié faíálidad at’eeltdía el aljainlon*» iiiá.-. ¡imeiaite para con- 
seguir eoutid«*ucias s¡n ha«-«‘rla> él «!«■ -u parte. KcspelaUa 
la iiit(*l¡gi-ne¡a y era apasioiia«lo «le la l«*aha«!, á [Mint«' «1«* 
tolerar ««lr««.s dele«*t««s á ai|Ut*lK>s «pie p«>seíaii estas ealida- 
d<*.s. l'iia. temlenciu irresistiMe de su esjáritu K* ll«‘val«íi á 
c«»nliar más en las (’ut¡ila«les eivii«‘s ipie en las militares, 
gustamlo «•«nnuniear c«ni las priniera> y Inc éisvles simpa- 
tle«): la! Vez |H>r.pií' m» puilieraii dispiitarli- ^u siipenori«lad 
soMa«lesea, ó lal ve/ |K«r«jiie eivyera «pn* pmlian ver razona- 
})leineiite y liajo otro> asp«‘ t«»s, las >iuia«áom's y ~ns ineon- 
venieiites. l*oeo á poe«) íu«Ton «•«unph iámlose lutlas estas 
«l«ítos «le su earácliT, eoii la so/ún «le la «>«la«l y la ex|»e- 



j.iiiiio I. — i‘Ki:uMi.\.\Ki:s ijK i.A líKVoíArcioN’ íJi 

rieneia do la vida, hasta prosonta r nn tipo do originalidad 
qu(‘ lia dejado hondas huellas en la liistoria ( l ). 

La naturaleza le había^hu'oreoido, adennis, oon un exte- 
rior adecuado á la posición que le daban los sucesos. Tenía 
la apostura firmo y el natural arrogante ([ue necesitan los 
hombres destinados á acaudillar multitudes. Era sobrio en 
sus eo.stumbres, sutrido contra los rigores de la intemperie 
y con.stanto para aiVontarlos. Tenía la mirada ardiente, el 
gesto dominador, hermosa y l)ion desarrollada la cabeza, 
ancho el pocho, Fuertes y pi'opoi’cionadus los miembros del 
cuerpo y elevada la estatura. En edad tempi’ana liabía (Mii- 
pezado á encalvecer, lo que dal)a á su fisonomía un aspecto 
meditabundo que mitigaba la dureza íle las facciones. Ves- 
tía con sencillez, casi siempre sin insignias militaros, y 
cuando las [>onía, apenas se reducían á la espada y un an- 
gosto viso rojo en la casaca. Prefería como traje habitual, 
aún después de haber ascendido á las mas elevadas posi- 
ciones, el traje de los estancieros del país, con su ancho 
sombrero de paja, el pantalón angosto, chaqueta burda y 
zapatos de cuero. 

Desde las iuva.siones inglesas, donde le hemos visto figu- 
rar, estrechó ainistailes c(^n todos los oficiales del ejercito, 
á. causa de haberlos juntado Ruiz Huidobro y Sobremonte 


ri) Kl ucurral Al t Fuik>s — rs7r hombre s¡nuuhr, qar khí 
utin scHsihilidml rxfrenio^n ó mm imltfrrem'm al parecer frío: une 
scficillc^, iusim<ante, á ima yraredad rcspelitosa ; una franquexa atre- 
vida , (( una familiaridad cómoda: nn jiairiohsnu) r:vaítailo, á una f nal 
dad n reee-^ sospccJfosa; mi ¡rufjnajc -siempre de pa r, d una inclinacnn. 
nafirn d la disrordnt,’ en jm, nn amor vu:o }>or la independencia de le 
patria, d nn cx'lrarío cldsicodr -su camino. { Círegorio luines, Lmsayo di 

- 7> Tnrunttíu : lom III. ho.s 



NU jjHRo j. — i*iif:uMiNAr{i;s m-: r.\ UEvoLuriÓN 

pañi ruwstir sí sujucllas rnntjuiststí!. y c*stu !<■ puso cmi con- 
tacto con la iuví'iitU'l iN' Monteviflí i). (pie luibísi roirido á 
alisiarac bsijo Isis I):in(lcraf<. Datan 'lestlií la mejor parte de 
sus relacionen con el elcmentíj nuevo de la ciudad, entre el 
cual coiujuisló sioipsitísin. A ju>a] de <pie no freiueiitaba 
Q^íiií siiuÍHtade.s, !?u renombre creciente contribuís! lí mantc- 
uerliis vivas; y el orgullo patriótico que nacía de ver con- 
nidorado y rcs|KHablc á un nficial del país, era causa bas- 
tí n te para sdb'iísirb* hasta el aplauso Je los «IcHconoeidos!. 
Pui' csto.s meilios vino ú Lsieersc una í'-iperati/s! para tnJ(í^, 

y su imiHirtaucia |)cráousil creció á di «la ipa el j>iro de 

los sucesos elUjHXírabil la ^'¡tuac¡ó:l [lulítica. 

Apenas comeu/aran las pers(*cueioiies, cuando todos los 
ojos se volM'eron baeia él. Muebos de los perseguidos se 
refugiaron cerca de su persona: otros le dieron aviso de lo 
(pie les [lasaba. Artiga> intercedió [>oi algunos, pero no 
bí/.o mueha ostentación de celo. Su |m>s¡cÍóu militar y sus 
conveniencias propias le inijionían una conduela reservada. 
Sin embargo, no iseajió al (íobiemn esta demanda de pro- 
tección becba á un oficial del país, y Artigas fué mirado 
desde entonces con cierta desconfianza que se Inidujo |)Or 
un poco de frialdad. l*or su [larle, no dejó él de [lenetrarse 
de lo vidriosa que enqH zaba a ser su posición, y de ahí 
que cada día se tomara más eircuiis|H‘ctu en la (‘misión de 
o[iiniones. S'ilo llortiguera, su teniente y amigo íntimo, 
obtuvo algunas confianzas en eoii versaciones absolutamente 
secretas. 

Pero los hombres dcl partido nacional, cada vez más 
acosados jior la autoridad, eoinenzaron á estrcnliarle c’on 
avisos y oorresjiüiK leticias para estimular su celo y sondear 
el (‘stado de .sii ánimo. Aril^^ms fué 



LIUUO I. — l*REMMIXAUr-S ÜE lA UEVÜÍ.UCIÓN 81 

pero las dió de tal manera que no cupo duda respecto de 
sus intenciones. Para él ora cuestión de tiempo la necesi- 
dad de un cambio político, pero no veía indicada todavía 
la oportunidad, ni fija la solución á que pudiera arribarse. 
Conocía de sobra la opinión del paisanaje, para no sabor 
que estaban latentes los celos y resentimientos contra Bue- 
nos Aires, por lo cual cí a arriesgado aventurarse en el pro- 
pósito de inducir a los campesinos á secundar el movi- 
miento de aquella ciudad, unificándolo á un levantamiento 
general. Por otra parte, no le parecía prudente empeñar 
una lucha por cuimta ])ro]>ia con el [)oder español, siendo 
éste tan fuerte aun por los elementos de* que disponía y es- 
tando en posesión de los principales' resortes del gobierno. 
Todo esto agravaba los temores é incertidumbres de su 
ánimo, reduciéndole á uua expectativa tanto más inquieta, 
cuanto que no tenía horizontes despejados. 

Y también el sentimiento local y el egoísmo personal, 
batallaban terriblemente en su ánimo para hacer más ne- 
gras las perspectivas de su posición embarazosa. Acep- 
tando la revolución de Buenos Aires, ¿qué hacía sinó su- 
bordinarse el Uruguay, siempre afanoso de independencia, 
á la capital del Virreinato, que á la vez de alzar la bandera 
de rebelión, reivindicaba todos los derechos de la autoridad 
combatida? Obedeciendo él á la Junta revolucionaria, ¿qué 
hacía sinó pasar de la condición de caudillo único, al papel 
de subalterno de hombres á quienes no conocía, para sacri- 
ficarse tal Vez oscuramente en su servicio? Por sus ante- 
cedentes propios y por los ejemplos que tenía á la vista, 
no estaba educado Artigas en esa escuela de abnegación 
personal que desdeña el brillo de los primeros puestos para 
servir una causa. La costumbre del mando, las considera- 


Dnii. Esp. — III . 



I.1BKÍ» L — IMiHUMINAIlfliS IH*. LA UK VOMU lÜ.N 


S2 

uionc*H de que (*ni olqeto \ el pn*st¡jrio re<il que tubfa tí^ 
iier, le liní»ian eiisoberlwcido. Conoem \m hombre» y huí 
( ttwionee y »e ereía sii|M?rior lí lo»- que 1(* nxleiában. Holdado 
fie |m)feMÍón y ]Mjr ¡iistiiuo, niiniba eon <-ierta ojeriza á 
liinisarioH civiles <le la Junta de lluenos Aire», agente» nii- 
Iwd temos de otra» entidades tHinbi(‘U eivile», que »e luil>íau 
emainunado al nmndo, iliscerniíiidoae alguno» de ello», tí- 
tulo» militares que no inere<*ían, K1 es]»íritu egoísU del 
rtoldmlo de earn*ra, se rebelaba en »u interior, al considerar 
cubiertos de honores á lo» jeíes Impiovi-ado- que di-^K*- 
nían Uin arrogantemente de la suerte del Uío de la PlaUt 
»í)) embargo, él eo nocía que no le era dable |>erma- 
ne<*er indifen*nte al m(t\ i miento de los sucreso». Arreciaba 
por todas partes el malestar, tradueiéndoHe en manifesta- 
ciones qu(\ eomo las dt* Maldíumdo y Soriano, abonaban el 
progreso de las ideas revolucionaria» en el jmí». liistaucias 
re[H'tidas de diversos jmntos, Ic hacían comprender la pro- 
ximidad posible de un momento en que la t xplosidn jK)pu- 
lar estallase, sin salx r (.Vano ni <*on qué medio», y entonce» 
la causa naciotud qiiedaria comprometida en aventura» »in 
plan preconcebido, sin tlirccción eficaz y »in bamlera. Su» 
escasos con i iden tes, c*on vertidos á t«ta opinión, le re))etíau 
en privado lo qiu* ya s(* dix.*ía tle. públieo, y él, aiarado por 
las diiicultades y las diulas, luchaiulo entre su» intere»ea y 
sus deberes, deeitlído una» ve<*es á n»niper y otra» atemo- 
rizado j)or la res| MU isa bi Hilad subsiguiente íc«3u actitud, 
meditalia sombrío en los misterio» de su suerte. Tal eni el 
estadí» di‘ su ánimo, cuando una comunicación urgente le 
llamó á CuIoiiíh, donde mandaba el brigadier Mueau». 

Era tste jefe el pivtotipo del antiguo soldado e»pahol 
adusto V lai'óniivt. Klío b> había escrito recomen dándole ú 



IJHRO I. — PKELlMINAltES PE r.A REVOr.UCIÓN' 83 

.Artigjis, y t*llo era una razón tlt* más para que le recibiera 
secamente. Aquel capitán a quien recomendaba un Virrey, 
y que mandaba una tropa escogida y privilegiada como 
eran los bland(‘iigues, debía sentir lo que valía la autoridad 
de un brigadier encanecido en el servicio. Cuando menos 
esta era la doctrina corriente y que Huesas había apren- 
dido en cabeza propia, cuando joven. Una reconvención y 
un arresto por vía do estreno, eran de buen tono para sen- 
tar fama de mecánico, como se decía en el lenguaje solda- 
desco de entonces. Y cuanto más notable fuera el oficial, 
tanto más sonado resultaba el hecho. 

Así sucedió con Artigas: llegado que fue al campo de 
Huesas, le recibió éste con acritud, ordenándole (pie cam- 
pase en las afueras de la ciudad. Con tal motivo, uno de 
sus soldados, apartándose del campamento, entró á la po- 
blación, donde probablemente cometió alguna falta, siendo 
preso en el acto. Artigas fue al alojamiento del general 
pai*a reclamar al preso, pero Huesas se negó á satisfacerle. 
Trabáronse en palabras, levantando un poco la voz el ca- 
pitán de blandengues, con lo cual perdió Huesas tobdinente 
la calma. « Silencio! — dijo. — He de mandarle á usted con 
una barra de grillos á la isla de San Gabriel, por insubor- 
dinado. — La réplica de Artigas, parece que fue tan enér- 
gica como la amenaza; y saliendo del alojamiento se mar- 
chó á su campo. 

Allí conferenció en el acto con D. Rafael Hortiguera, 
su teniente y amigo, conviniendo ambos en que la. situa- 
ción era difícil. Tiempo hacía que Hortiguera estaba dis- 
puesto á fugarse á Buenos Aires, de donde era onundo, 
habiéndole confirmado en esa resolución el cura de Colo- 
nia, Dr. D. José Haría Enríquez Peña, su compatriota. 



IJlíRO I.- rREUMINAHKh 1>K UKVOU'CIÓ.N 


HA 

En prt'H<*nciíi de la ju titnd a.<uini(la por Artigan, opinó 
Hortigneia fjue ne consultase el punto con l\»ña, reunién- 
dose los tres para deliberar. No hubo <lisoor<lancia en 
cuanto á la apreciación di I hecho y sus consecuencias in- 
defectibles. ]jiK amenaza de Míic^a.s .se eumjdiría de un 
momento :» otro, y preso Artiga.'^, no ttrdaría en sw^uir la 
.suerte de Obes, ó tal vez otra ]>eor, eomo «pie era soldado. 
Debían cesar, jmes, la.s indecLsionos, ponjue ti> lo estaba á 
punto de fnicasar en aquel momento suprcano. L<>.s tres 
amigos se complotaron desdo luego ú huir, y i-nli.ida la 
noche fiel 2 <le Febrero dr 1^11. un mísero barquichuelo 
les transjK)i‘tó á liueno-> Aires, sin sospechar sus tripulan- 
t<‘.s que eoiuluí'ían en aqtiella nave loa destinos déla Amé- 
rica del Sur ( l ). 

Poco tardó en saher Mucsas la fuga, circuí indo el país 
la noticia con pasmosa rapidez. Do un extremo ál o Lo del 
Uniguay, los hombres del y>artido mu ioiial supii ron que su 
caudillo militar había emigrado á Bueno- Aiivs, y m> fue 
dudoso para nadie que «1 momento de !a acción había lle- 
gado. Rompióse el sigilo por parte de los que i -itiban com- 
pro metí < los, y se dio la orden de apelar á las armas. Los 


> 1 ' iji f rrl/it ih l J i¡r Frl>r< nf Un suU> nrFullurU} pnr rl st fin/' í>/'-.]In- 
riu f tt sífs ¡Uisifii.s }iiiiijriifinií< i}f JI(/mUrr.\ i hU //, /y (n ihs¡nj- 

nvf/m lU 'ifu/i/o t(< f ¡iii'llifttfii/. rniishi tu }/( tu /i/' ÜuHiUan 

; pá.ir : /'M'»» ht rr/n'i itrin ¡¡J curtí ilr C'il'niin, l/nsffi Unft lU .-/r-t.mo/'/fl’i, 
/n'/ frn, / / ni /nT>lii(n'o /.t//nnii ;/m, cn/fn • l'.rjtn^/nnn n Ins On'írs rspii- 
ñtflns ¡rnlthrn/nits tu hnjnrritrrt sinniihctiti , f'.'n cunnUt <i -{tif ti Cj¡trc.<utUf 
rnm ilr t'nltnihl ¡nisr ti fh\ Kiniifii' ; /’•//</. !n 'Uiluriifttin ilr 

IfiiUrr sUiit t'l >¡nint /¡rtt)i>. rn .Ittn/u >h /.s/o, ¡n fn'iiiirrn n lht sir'nt Je n.¡m¡ 
¡mrUUt n la Jttnfn >h ¡Inrnij-"' .I'/'.'', // >f< <fut rrrisniin.s /m>- lilwi.is fmn'tt- 
t/ninlrs lU ('nUnttn, st tnft rrn;/ij’i ilUiU’ ’U lisp < hits :{■ >'tU l’''Ii> h/tsfn 
I i/rit ttth/'r tlr l'^!!,rn ’¡tn njim'i > > snslihtnln I Vpit ¡titl’ 1 1 ¡fr.lK h'i lvimin 
li‘/ttlrti/ti/i, if fit l'^l'l, rncit'i otrn // '. Ft ñn n ttcnjutr rl ('nrutn. 





LIBRO SEGUNDO 




LIBRO SEGUNDO 


LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


Artigas en Buenos Aires. — Conjuración fracasada en Pay Sandú.— 
Fernández, Benavídez y Viera en el Oeste. — El grito de Asen ció, 

— Ocupación de Mercedes y Soriano. — Victoria naval de los es- 
pañoles en el Paraná. — Alzamiento de los distritos del Alto Uru-- 
guay y del Norte. — Alzamiento y organización militar de los dis- 
tritos del Sur y del Este. — Actitud de Elío. —Decreta la horca 
contra los patriotas. — Rechazo de la flotilla española en Soriano. 

— Llegada de Artigas á Mercedes. — Sorpresa del Colla. — Acción 
del paso del Rey. — Asalto y toma de San José. — Capitulación de 
Minas, San Carlos y Maldonado. — Efecto producido en Montevi- 
deo por estos hechos. —Negociaciones diplomáticas subsiguientes.— 
Artigas abre campana. — Batalla de las Piedras. — Asedio de Mon- 
tevideo.— Violentas medidas de Elío. — Ocupación de Colonia por 
Benavídez. — Rechazo de un desembarco realista en Castillos.— Lle- 
gada deRondeau al Cerrito. — Bombardeo de Buenos Aires por Mi- 
chelena.— Los portugueses entran al Uruguay. — El diputado Zufrla- 
tegui en España. — Negociación y ajuste de un armisticio. — Retiro de 
las tropas de Buenos Aires. — Noble conducta de Artigas. — Abne- 
gación ejemplar del pueblo uruguayo. — Abandono del país. — Ven- 
tajas y derrotas de los portugueses. — Elío deja el mando.— Vigodet 
hombrado Capitán general. 


( 1811 ) 


Cuando Artigas ponía el pie en Buenos Aires, la situa- 
ción de la Junta revolucionaria era muy comprometida. 
Derrotadas sus armas en el Paraguay, sacudida la tutela 
de su autoridad por los pueblos de la campaña Oriental 



yu LIBRO n. — LEVANTAIÍIENTO DEL PAIS 

que en un principio se le ¡idhirieran, y dominado el Plata 
y sus afluentes por la flotilla espafirda, todos los esfuerzos 
de la Junta para eii.sanchar su acción bélica sobre aquella 
vasta zona, habían fracasado. \ estas dificultades militares, 
se unía la desmoralización jxjlíticH, engendrada por disen- 
siones internas, y llevada hasta los consejos del Gobierno, 
cuyos miembros, según su filiación respectiva, vivían divi- 
didos en dos bandos irreconciliables. Y por último, la 
amenaza constante de 10,000 españoles avecindadoe en 
Buenos Aires y dispuestos á promover una reacción que 
vengase la muerte de sus principales caudillos y devolviese 
á la Metrópídi el poder jKírdido, era un motivo más de 
ansiedad y zozobra, incorporado á los muchos que entra- 
ñaba el aislamiento propio y lu anarquía de los elementos 
dirigentes. 

Merecen completarse, aunque sea á largos trazo.?, los 
principales detalles de este cuadro, para apreciar mejor la 
oportunidad y^ la importancia del gran movimiento insu- 
rreccional <*on que el Uruguay salvó una situación, cuyas 
incoríidumbres de.sor¡entaban ú sus más firmes adeptos. 
La Junta de Buenoíí Aires, instruida de la disidencia 
existente entre las masas uruguayas y las autoridades 
españolas que las mantenían en forzada quietud, había 
rc-siielto desde Agosto del año anterior, que uno de sus 
vocales, el general D. Manuel Belgrano, pasase al frente de 
un núcleo de tropas á situarse entre los pueblos de Colonia 
y San José, con la mira de favorecer el pronunciamiento 
del país. En 4 de Septiembre de 1810 se formalizó el 
projiósito, encargando oficialmente á Belgrano que prote- 
giese los pueblos déla Banda Oriental y levantara en ellos 
nuevas tropas. Aun cuando aquel proyecto militar no estu- 



U lUR) I r. — LK V A NT A M l V. NT( > P K L PA (ü 


f)l 

viese exj>res;nnente autoi'¡za<l<> por el plebiscito del 2o de 
Mayo, como lo estaba la (‘xpedi(*idn que meses antes mar- 
chara en diix'cción opuestíi ü órdenes de Ocainpo, sin em- 
bargo la Junta cre 3 ’^ó imj>rescindible asumir esa actitud, 
no solamente con el fm di‘ cooperar a un movimiento que 
extendiese su acción revolucionaria á las costas del Plata 
y del Atlántic(^, sinó para desbaratar los planes de la Corte 
del Brasil, cuyos nía nejos en Montevideo había trascendido* 
El general Belgrano, muubrado jete de la expedición, 
cayó enfermo, manteniéndose durante varios días en el 
mayor quebranto. Mientras se n'ponía, una información 
errónea del coronel paraguayo Espinóla, influyó para que 
la Junta cambiara de plan, ordenando á Belgrano que to- 
mase el cauíino de Corrientes para invadir el Paraguay, 
donde confiaba que á la sola prescaicia desús tro]>as, iba. á 
insurreccionarse aípiella lejana provincia. Convaleciente de 
su enfermedad, el general de la Junta se hizo cargo del 
mando en Septiembre, para abrir la nueva campaña. En 
4 de Diciembre llegaba á la costa del Paraná, y quince 
días más tarde penetraba en el Paraguay, con una división 
de más de 10<M) homb]*(*s de las tres armas. Después de 
algunas ventajas parciales, fue derrotado en Farat/aarí 
(Enero 1811), á 90 kilómetros de la Asunción, viéndose 
obligado á emprender la retirada (1). Este fracaso, á raíz 
de las lisonjeras esperanzas que se habían concebido en 
el éxito de la expedición, consternó á todos, mucho más, 
cuando era el primer desastre que empañaba el brillo de 
las armas revolucionarias. 

fl) José M. Paz, Póshn)/n>i; i, Doo 2 ( filie ISo.»}. — Xu- 

V/./>V/(7v • viv — Aííh‘ 0 . iiisf df IkUii'XiU) ; l, I.K-. 



n. 


l.KVA’^TAMIKNTO l'AÍs 


.r linio ooü los <1(‘ i:J<'l^rano, llegaron ^\ih |KMlido>i 

(le refuerzos soslenersc. pues de otnj iiifHlo su* vería 
oMigudu í1 r(-p.i-=nr el l’araiuí, ufnindoiiando el terreno <'ii 
manos d»- un oneiuigo envjd(*ntonado con el triunfo. La 
igiioranria dt‘ lo- luicniliros dinita '^obrc la topogra- 

fía del país invadido, no fur [*oeo oljsUveuJo para que Be 
remitiesen al gcnenil los auxilios ípie m ceaituba, é instrue- 
ciones precisas sobre su conducta ulterior, l 'nos alegaban 
que el Paraguay estaba demasiado lejos pañi aventurarse 
(MI SU n»ii(|uista. Otros decían (pie esa compii-ita era indis- 
peiisablr ]»,ara (‘vitar la fusión de* lo- cli iie-nTo- di,- aquella 
provincia fon lo> de Mont- vidm. inqiidicndoK's constituirse 
on im ]>odcro-o núcleo de fuerzas enemigas. Por Hn se 
adoptó un tói inino nu'dio, rcdm*id(* a enviar directamente 
y por li(*rTa óuil infantes, mientras hv moviliza!>an 000 
con destino ó Santa -Fé, los cuali's irían [mr el rú* a (>.-p<- 
rar en dicho punto las órdcii(*s dclgeiiHral. l’ara constituir 
el primer rcfu(*i/o, r(‘eil>i '* (»rd( ii de marcha el comandante 
I). Martín (hdain, C(Ui su batallón di* <'a.<fns, (mi número 
de ir>0 plazas, hii'ii provisu» de miuncituie- y dinero. El 
segundo contingente s» proyectó embarcarlo en tres buques 
d<* gm*rra al maiidtMh* I). .luán Kantista Azopanl, Uama- 
d(»s Ainrr'h’if, ¡n t rurifijr y J.~) tfc Jfa¿fO, mirándose como 
un presagio Ü.-onjero, la combinación ea>ual ó forzada de 
los nonihre- de (--a> nav(‘S. 

Mi(‘j liras Keigrauo -e batía en í* 1 Paraguay. (;¡ gobierno 
de la .Imita entraba en plena crisi.s. dt-voradí» |K)I' disensio- 
nes inlei'iias, y e.unpnum'tidó por dilieultad(*s jmlíticas que 
él mi>nio >e liidiía eri'ado ^;iii prever su aleaiiec*. Oe.seaudo 
apre>uiar la eleeeión de dipuiadi»- al próxiim» ('(Uigi’i*so, 
y prevenir entre tanto re-éiitiuiientos lócale.- contra un gu- 



llJiKO lí. — - J.KX'ANTAMIKNTO iU:i. TAIS 


ü;5 

Uioriio constiíuulo por el voto oxclu¡^ivo de líiu-iios Aires, 
la Junta olieio desde el [uámcr momento á los demás pue- 
blos del Virreinato, manilostándoles que sus representan- 
tes, apenas llegasen á la Capital, solían incorporados al 
Ejecutivo, tomando una parte eíiea/, en el. Transcurridos 
los tipúros .'<ubsiguit‘ntes al [uánier (‘iisayo gubernamental, 
los autores de la medida se dieron ciUMita del error en que 
habían caído, sancionando un acto que no solo retardaba 
la reunión del Congreso, ]>or las funelones excepcionales 
de que incumbía á sus miembros, sino <jue mataba el ner- 
vio del Poder Ejecutivo, sustituyendo su acción rápida y 
uniforme por los acalorados d(*batc3 de un cuerpo tan di- 
vidido en opiniones como intereses rtqn'esentason los man- 
datarios de los pueblos. Asustada de su propia obra, la 
Junta se encontró en una pi^ieión fal.sa conforme iban lle- 
gando á la Capital los diputados de las provincias; pero, 
no atreviéndose á adoptar resolucioiu's extremas, quiso sal- 
var la situación por medio de un subterfugio, dando largas 
á la incorporación de los diputados, con el pretexto de que 
« el reconocimiento de la Junta hecho eii cada pueblo, sub- 
sanaba la falta de concurso á la instalación. » 

Esta evasiva debía surtir efectos transitorios y depen- 
dientes de la primera ulteriondad ofrecida á los diputados 
para que reivindicasen una prerrogativa adquirida de dere- 
cho, pues sus comitentes les habían electo á doble título de 
representantes al Congreso y miembros del Gobi('rno (‘je- 
cutivo imperante. La oportunidad se presentó al acentuarse 
la divergencia, hasta entonces oculta, entre el Dr. Moreno, 
secretario y alma de la Junta, y los amigos de 1). Cornelio 
de Saavedra, presidente de ella. ^loreno, deseando eviden- 
ciar que el Presidente no era la persona íinica bajo cuya 



94 


ÍJHRO II. - LEVANI'AMIK.M»- htf, I’AÍs 


(lireirinii girabim !(>.•> priMicns. s<*jruu in Iuicím pro- 

.smiiir i‘\ cíi.-iilo íjiir le riMloaliM \ ¡;i'^ cií.‘inostrjid<imíM ofi- 
(•¡nhs (h* que á naíiuTa de los aiilij^iiM-' s Ím-Yí^ifi eni olijctu, 
arranfú á la dmita, en lí di- Diririnln-e de 1^10. nii de- 
(•n*h> |H»r rl riial Ins Imiuire- dd l 'n -idciirí* i|ii(‘dalKni aU)- 
üdus. PrutundaineiiU* la.'^limado.s los amibos dr Saavedra, 
intentaron desliaense di.‘l Inualpre que así vulneralm el 
prestigio de su luToe. y ningún medio le.s ]>:ireeió más ade- 
cuado al etc<-to (jue iugi'iii- en la Junta á lo.'- re]>resentnn- 
t<-s de las provincia-», quienes im síplatii' níi pri l¡-- 

pucstos contra Moreno, por >cr i-l [ir itn i|' il i n aligador de 
su alejamiento, ^inó pori|ii( ^irielo iiiicw en número, a]>e- 
lías se le.- admitiese á deliUerar con voto en los acuerdos, 
ti-ndrían mayoría solin* una corporación compuesta en su 
tot 4 didad de .siete iiiiemhnps, i t’ordi'ciendo ;i este plan, el 
Is de Diciernlm' s»> prcsí-ntaroii los diputados en el ¡I* -p i- 
cho de la Junta á reclamar .<11 derceho de iucoi-jioraeión. y 
sometida la cuestión á voto-, ijin-dó lavoraMenienti- icsuelta 
|M)r gran m ay oda ( l ). 

.Moreno fundó su voto iiegativíi en qui’ la incorpora- 
ción de los di])U lados era contraria á den^cho y al bien 
graieraljlel Estaiío, » dimiti<*ndo inmediatamente su enrgo 
de Secretario, j>ues hala endose explicado le un modo 
.singular contra -u persona el descontento de los ipie inqíe- 
lieiaii aquella disi'usión, no podía -i r proveeho.sa al pú- 
blico la coiitinun(‘ii'*n de un magistrado dí sacn*< litado, jK)r 
lo cual renunciaba, sin ;MTe]>entir-<' del aeto de b de Di- 
ciembre, . La renuneia no fue admitida, pero todos com- 
prendieron que la presencia de Moreno en la Junta estaba 

II' I, _'is \ — l'uii.’-, í-iii'^^fifii: III, I9’J. 


. 1 \'nl„ >> .y,',, 



I.IHKO II. - I.KVANTAMIKNTO JUOi. l*AÍ8 ‘15 

(le más. 8e le eoinisioiio entonces p;initrasladm*.s(^ á Ingla- 
terra en carácter de Pk*n¡potciu*iariís empleo que nunca 
pudo llenar, piu*s lia b¡endosej?m ha rondo [lara su ilestino el 
24 de Enero <le 1811, murió el 4 <le Marzo durante el 
viaje. Su eliminación de la escena, política, proiluciendo el 
desequilibrio consiguiente á la repentina desaparición de 
toda gran personalidad, fue un motivo para que se lanza- 
ran á la lucha partidos sin fn*no, cuyo íinico norte era 
avasallar al adversa liq. Rompieron sus hostilidades dentro 
y fuera del Gobierno, los baivlos en pugna, y cuando en 
los primeros días di‘ Febno’o llt‘gó Artigas á la Capital, ei*a 
imposible decir si se odiaban más entre sí los revoluciona- 
rios venc(*dores, que todos juntos á la dominación recien ti*- 
inente vencida. 

El aspecto de semejante situación debió impresionar 
tristemente al futuro flefe de los Orientales, por muy cor- 
tés que fuera la acogida que le dispensaron las principales 
entidades en boga. Artigas no era un desconocido en Bue- 
no.s xA.ires, por muchas circunstancias que deben explicarse. 
Su nombre había sonado con gloria entre las clases mili- 
tares, durante la recomiuista de la ciudad, á causa de la 
honrosa comisión que le (liera Ruiz Huidobro y el modo 
como la cumplió. Recientemente, su primo hermano D. Ma- 
nuel Artigas renovaba las tradiciones heroicas del apellido 
junto á Belgrano en la (expedición del Paraguay. don(h‘, 
seguido de nueve hombre.s, había arrebatado al enemigo 3 
cañones y una bandera, ametrallándolo con su propia arti- 
llería. La fama de estas hazañas, cu}^) precio debía coti- 
zarse tan alto en tiempos de revolución y guerra, era exten- 
dida y divulgada por otros motivos, de ningún modo ajenos 
á las conveniencias del momento. líntre los varios monto 



ÍM) 


Mimo II. - LEVV^rAMIKNTO DUI. l AÍ.'^ 


videanoM rosideiit^ H rn límuos Aires, s<> (>iicontniI>si (*1 en- 
toncen teniente coronel 1). Nicohís flt* Vi*<lia, colabormlor 
inijKirtantc «!“ la revolución de Mavo y ariúiíuo condiscí- 
pulo de ArtiiíJis, í|ui(’n lialiísi jisejfurado desdi- el primer 
dÍH, fjue tanto éste como Kondi-an * abandonanan las ban- 
< leras enemigas de la Aniériea, y se incor|)Orarí:m á las de 
la Patiia. s. Es llano qin- jiara exhibir el fundamento do sus 
creencias, Vi'ília necesiniba evocar los antccoderitc^s de sus 
prohijados, realizando por metlio de osas biografías verba- 
les, una propaganda elittiz en favor de ambos. 

Bajo estos auspicios llegaba Artigas á líiu-no^ Aires, 
encontrándosí* pnvediilo de una reputación brillante. Visitó 
á los mii-mbros de la Junta, ofreciéndole.-? * llevar el estan- 
darte de la liiicrtad ha.sta los inuro' de Montevideo, .siem- 
jire (pie se ooneediera á sus comprovincianos auxilios de 
municiones y dinero. Pito sea que la seguriiLid del éxito 
dieni íí ^n.s palabras un tono ( infundible con 1(»> delirios- 
de la a Inei nación, sea que apremio- mayónos irapidie.'icn 
distraer fuertes rx-ursos, paree< que su> prome.sa^ surtUTon 
un efecto im-dioere, á juzgar por las afiniiaeiom*s del mi.smo 
Artigas, quien reíirieníbj el incidí nte, decía más tarde: el 

tamaño de mi proposición acaso podría calificarse de gi- 
gantesco, por aquellos que scjlo la conocían bajo mi [»ala- 
bra. Ello no obstante, la Junta no quiso desalentarle, así 

MOi> lo liabiÜtcj con 1“HI soldados blandengues y -tm 
l>esos, ]>ara que probara fortuna (1), Apenas recibido e.ste 
corto auxilio, emprendió mareha con dirixrión á Entre- 
Ivíos, desde donde debía lomcnzar una activa eorrespon- 

1 ‘ Mrjnorhf <h Vniia (C'>l í.ama- >. - < ,h .() //.# >.% .( U¡ ht.-i’t 
(fri a >» Stnniiru ((’t.l J-'n jivir«>, Xiv y xi.v . 



UBRO rr. — LKVANTAMIKN'D) PAÍS 


07 


ciencia con sus aniigos ele la Banda Oriental, noticiándoles 
todos sus pasos, á la vez que coadyuvaba al alzamiento de 
aquella Provincia hermana. 

Antes que el futuro Jefe de los Orientales llegase 
á Entre -Ríos, ya se dejaron sentir en el Uruguay los 
primeros' ’ síntomas h'volucionarios. La ciudad de Pay 
Sandii accidentalmente abandonada por el capitán de na- 
vio D. Juan Angel ]\Iicbelena, había estado guarnecida 
desde Octubre del ano anterior por ílOO hombres, entre ellos 
80 blandengues de Montevideo,’ ocupando su puerto una flo- 
tilla compuesta de varias embarcaciones ligeras. El cura 
párroco de Pay Sandu,D. Silverio Antonio Martínez, y su 
teniente D. Ignacio IMaestre, traha jaban desde tiempo atrás 
para propiciar adictos á la revolución en perspectiva. Ha- 
bían conseguido a Aliar á. sus propósitos á D. Ki colas 
Delgado, hombre de acción, designado desde el primer día 
para ponerse á la cabeza del movimiento, al vecino D. Ig- 
nacio Iglesias, al capitán retirado D. Jorge Pacheco, y á 
D. José Arbide, guipuzcoano, completamente devoto á los 
intereses uruguayos. En campaña tenían al hacendado 
D. Miguel del Cerro, dispuesto á llenar todos los cometidos 
que exigiese la situación, á su hermano ó pariente D. Sa- 
turnino, al brasilero Francisco Bicudo, y al joven entre- 
rriano Francisco Ramírez, futuro general, y ahora chas- 
quero de los patriotas. 

Las inteligencias de los conspiradores con el resto del 
país, se adelantaban bajo la más sigilosa cautela, cuando 
un hecho casual les abrió nuevos y vastos horizontes para 
intentar por sí mismos lo que ha^ta entonces dependía del 
apoyo exterior de ffus coadyuvantes. Corriendo el mes de 
Noviembre de 1810, llegaba id puerto do Pay Sandu, 1). José 

F!si' — II!. ' ■ ■ 



♦K 


MHIin U. 


l.l.\ WTAMIENTM 1>KI, l'AÍK 


Roiideau, antignci pri-íimitTO dn hw ¡ngloson, dentlnndo 
|Mn- Vigodct á servir on lan fucrzji.s <le Mirhek'iia, imis 
l)ien nin áiiiim» de íilrj:ir!c de- Montovidro. por his deneon- 
íiaiizas políticH,s ijut* iiisj>iral>a, <jih mu el tin de utilizar giu 
[XTsona. Aíjuellas desí'ontÍHnzus no cnmdaii de fundamento, 
pu(vs Ronde» n, vin*lto de Esfuifl» en Agosto, al poner el 
[>¡e en Montevideo, donde todavía iiiainlaha Soria, se halda 
afiliado al elnh revnluidonario exintonte, y su actitud y 
dichos posti riores le habían susc¡ía<li> la nialquerenna del 
Mayor de IMaza 1 ). Diego I’oncc, «juicn no n-crvalia de* 
llainarh* ht ¡¡amaro (de riipac - Amai u aiKj»h) con que 
empezaba á designarse á los partidarios do la emancipa- 
ción, para eijuipararles al príncipe anierieaiio de aquel 
nombre. Deseando Soria evitar reyertas entre el Mayor d«* 
I*laza y Rotideau, cmnisioiió á éste [«ara que se trasladase 
á Río-gr.snde en asuntos do servicio, y mientras cuiiqilía 
la orden rociláda, lb‘gó Vigc^let á Montevidei», recibiéndo.se 
<lel mando. Kran Rondt^aii y \*igod< t látenos jiinigo^ desde 
España, así es que, aun cuando el último entendiese noce 
sario un nuevo alejam¡í*nto del primero, quwo dar á au 
resolución un c< llorido decoroso, y en ese concepto remitió 
al futuro vencedor del (errito «i servir con MichclenH. 

Llegad») á I*ay í^andú, debía encontrar Rondeau un co- 
rreligionario político y amigo antiguo en el párroco Mar- 
tínez, con quien babía compartido en oü'Os tiemjms el 
aléctuo.so s(>ntimi<mto qm* siule vincular á b)s soldados y 
á los cléiigos. Xo tuvo, pues, o\ menor escrúpulo en eon- 
íarle sn situaeion, y los |)rov»íctos reví»lncionario8 <pie ma- 
duraba, corn spundicndole Martínez »-on revelaeiones simi- 
lares sobre los trabajos <juc tenía entre manos, Mny liusgo 
(Hieda ron entendidos y conformes los dos amigos, pero |h>- 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DE!. PAÍS 99 

eos días, sin embargor debían estar juntos. IMichelena se 
ha Haba con órdenes expresas para limpiar de partidas per- 
tenecientes a lá Junta de Buenos Aires la costa occidental, 
trasladando al mismo tiempo su cuartel á la Concepción 
del Uruguay, villa aparente y cercana. Al efecto, y poco 
después de la llegada de Kondeau, se hizo á la vela con 
todas sus fuerzas liada el punto designado, lo que produjo 
el abandono completo de Pa y Sandú por mas de dos meses. 

Alentados Martínez y los demás conspiradores por esta 
novedad que les dejaba libres, prosiguieron activamente 
sus trabajos. La noticia de la huida de Artigas á Buenos 
Aires les encontró en la mejor disposición, y desde luego se 
prepararon á acentuar, su propia actitud. Con tal propósito, 
concertaron reunirse en Casa Blanca, paraje situado en la 
costa y á unos 15 kilómetros de la ciudad, para dar forma 
definitiva á su plan. Pero mientras lo hacían, un incidente 
imprevisto les sumió en el mayor desconsuelo. Habiéndose 
hecho público que el coronel D. Martín Rodríguez, con su 
regimiento de Húsares incorporado á las partidas que re- 
cogiese en el tránsito, marchaba de orden de la Junta de 
Buenos Aires sobre la Concepción del Uruguay, Michelena, 
después de oída la opinión de sus oficiales, comunicó esta 
novedad á Elío, por medio de un correo extraordinario. La 
contestación del Virrey fue que se retirase inmediatamente, 
por mar ó tierra, como pudiese, al Sud del río Negro, de- 
biendo pasarlo frente á Mercedes, y que allí esperase órde- 
nes. Con toda actividad, se di(> Michelena á la vela, apa- 
reciendo de tránsito en Pay Sandú el 1 1 de Febrero, pre- 
cisamente cuando los conjurados acababan de reunirse en 
Casa Blanca. Sabiéndolo el comandante español, se diri- 
gió allí, y después de una ligera resistencia, aprehendió á 



loo LiHiio ir. — u;v\m.\mii:nto i»:i. i*aís 

todos, int'iios á Franrif-ro j;innlu. (j;ir lo^ó Imir, y á I). {Sa- 
turnino (Irl (.\ rro. cjuii n cnl>iorto il<- herida.'* se aho<^'» rn 
el río. Los prisioie ros fueron son k( idos á un rijínroso se- 
cuestro, oxeejurión lirclia ! pri sliílnii Martínrz y sus 
euniparuTu.s Arládc y Kainírez, t i»iMlnrid<)s más tard4* á 
MontevidiM) y (‘neon-adt)s en los ealaliozos de \n< Hóvcdas, 
<lomle liuhu de |M^rder la vida Ramírez, si al .sentirse presa 
<le una atW'ción pulmonar, no lo hnlue.se arri s*;ado tíaJo, 
fu^ántlose entre mil peí i»; ros ( 1 ). 

Ignorante aun 4 le lo aeontieiílo m I*a\ Saiidú. Idí-M.-taha 
j)roj)ará lidíase para adoptar iira\r> iiirdidas de fierra. Tiida 
sil ateneión < ra ahsorliiila por e,-e <lesi”'nio, no habiéndole 
distninkí «le él otra eontrarieda«l ha.stu ent« tices, la 
Imilla de Articas ú Ihieiios Aires, síntoma adverso, cuyas 
resultam-ias ideabti precaver, annlándolas |)or medio de nn 
j^ídpe íitrovidu. Ln 4*sta eonfonniíhul. asumió una <loble ac- 
titud n‘spt^to á la desaptiririiui «Id eaudillo, y á los n»- 
mentarios y rnmoiv.s subsi”nient« s. JÜ« n «pn‘ n su interi«»r 
lamentara t;in ¡n«‘sperado 5ieont«vimI«*nto y se -iutiera alar- 
mado ])or las i nrjui« tildes paralelas «leí puebhi eam]M^silio, 
otra eo.sa apanuitaba exteriormente. ['n fmrioso más,euand«t 
se prepara b;i á destruir el refugio «lelos prim ipal«*s fae«-io- 
sos, apenas engraiukvía «1 nihiien» <li* los ean«li«líitos al rigor 
de la l«y. En euanto á las romiiiuies «h* paisano,- «pie em- 
jH'zaban lí vCrifiearse « n eampana, «le« ía consideinrlas (-«uno 
« agruptieioms de bandi«los ■ y & niovim¡ent«>s de «“malla 
híii otra mira ti nal «pie la snbv«rsión del ord«n póblieo, 

1 Anlohín-ytiifta >1 }otn<Uini rir /imiy. }hsf «/» hi firnisn >iii 
l rui/na/t ; 1'. Manítn-z, hislmifs .<<>hn ht 

yirnriti*'in >k I '.nh t - Ufus ; n, v. 



LIMIÍO ir. — J.KVANTAMlEN'ro DEÍ. 1».\IS 


101 


para medrar á la sombra de la desgracia ajena. Un poco 
de actividad policial, en último resultado la horca, pon- 
drían fin á aquella perturbación transitoria, corriendo de su 
cuenta el resto. Y como si cpiisiera confirmar lo dicho, diez 
días después de la huida de Artigas, esto es, el 12 de Fe- 
brero de 1811, declaraba la guerra en toda forma á la 
Junta, de Buenos Aires. 

La actitud resuelta dci Virrey estaba apoyada en lo que 
el creía su derecho, y en la fuerza disponible. Poco podía 
valer la primera consideración, como que le había sido oficial- 
mente dcmegada por la Junta toda obediencia; pero la fuerza 
á sus órdenes era imponente, y él plan que había concebido, 
idéntico al que ejecutara Liniers cuando la reconquista de 
Buenos Aires contra los ingleses. Tenía aun á favor suyo 
doble número de barcos y de hombres del que había acom- 
pañado á su glorioso predecesor. Como elementos de mar, 
contaba con toda la antigua escuadrilla, reforzada ahora por 
algunos bu(|ues de alto bordo; y había organizado dentro 
de Montevideo un cuerpo expedicionario de más de 2500 
hombres, bi< n armados y disciplinados, cuyo destino era 
efectuar un desembarco en los Olivos, puerto distante de 
Buenos Airc.< 20 kilómetros. Aumentaba la confianza en 
sus fuerzas, el espíritu de laxitud que se había apoderado 
de los revolucionarios porteños, quienes, desde el destierro 
simulado de Moreno, querían, al decir de un contemporá- 
neo, « que las cosas se pioclujesen buenamente, sin mucho 
esfuerzo, ni acción ni compromisos de su parte, mante- 
niéndose siempre, al parecer, thspuestos á un acomoda- 
miento, según las cii’cunstaiicias se presentasen. » (1) 

ri ) Autohioorafia <lr Jarcio ('Col Lamas — Níiuez. i\on'eia.9 : xxi. 



IV- UHRO lí. — l-EVASTAMIKNTO TtKL l»AÍ8 

Mientras Elío se jjrcparaha á la guerra, cHrimulado poi 
Uin alentadores pivsagioH. (*m poza ron á eontiriiiar.se las no- 
tician sobre el anjHvto amenazador fjiie ot'nría la campaBa 
urugnuyn. Veí-indarios eiiterns eran presado una agitación 
convulsiva, provocada en algunos do ellos |>or sus cimíH 

párnu-os, y en otros |>or de la mayor significación, 

ó aún mismo jMir las autoridades conwjiUíí?. Kecogíunse 
a prest irada me ate caballadas y se improvisaba armamento, 
sin que las milicias á quienes estaba eometida la conserva- 
ción del ord(*n, opusieran el menor reparo. Al enterarst‘ de 
estas uoveda<les, Elío se encogió de boiubm-, í-onliadu en 
que el golpe mae.stro que premediiaba -obre Huenos Aires 
eonciniría e<m Unías las resisteneia.s. Son tí alboroU>s do 
lamdidos , rejK^tía sin cesar st los funcionario.^ que le ro- 
deaban, y cuyo conocimiento del caráeter nacional, Uís hacía 
[>rever en la imjuietud de las masas populares algo muy 
extraordinario, d(*stinado a eambiar la situación inqjeranie. 

Y así era. Obedeciendo los impulsos tanto tienqxi com- 
primidos, el país corría á las armas. DnnJi* primeramente 
.se manifestó aquella actitud fue en el distrito de Soria no, 
centro de una (*onspi ración activa, cuyos directores habían 
desaparecido (>n Octubre del año anterior, j)ero dejando su- 
cesores como D. Mariano Chaves, miembro del Cabildo 
jurisdieeional, y 1). Mariano Vega, juez eomisiimado de 
Mercedes, resueltos á desaliar las jiersecuciones de la auto- 
•idatl si el eastj lo re< pieria, como lo dianostraron. Abar- 
caba el ilistrito de Siria no una extensión favorable a las 
omunicaciones fin viales con totlo el Oeste, y Sinto Do- 
iiingo, su capital de entonces, había disfrutado siempre con 
rgullo el título de plaza de armas. Era presidente del Ca- 
ildo el eapitiín de milicias I). Cclcil.inl.. r i 



MURO II. - i.kvantamiknto ni:i. raís 


JO:^ 

ñol (le origen, y desoinpefinlia el cargo ele Comaiulante 
militar D. Benito López de los Ríos, autor ele la novelesca 
Memoria á Carlos oportunamente citada. Por efecto 
tlel malestar dominante, un núcleo veterano compuesto de 
22 hombres de (*aballería á onlenes del teniente de blan- 
dengues D. Ramón Fernandez, hijo de Montevideo, vigi- 
laba el distrito, habiéndose acuartelado en jMercedes. 

Este oficial, completamente mlicto á los revolucionarios, 
empezó desde el día de su llegada á cultivar relaciones es- 
trechas con D. Francisco de Haedo, rico })ropietario del 
pago, mientras se correspondía á su Vez con D. José Arti- 
gas, cuya fuga a Buenos Aires fue de los prí meros en sa- 
ber. La intimidad de Fernández con Haedo se hizo exten- 
siva á Chaves y Vega, compiometidos como ellos en los 
mismos trabajos, de modo que el momento de la acción les 
encontró unidos en idéntico propósito. Entre los elementos 
reclutados por los conspiradores, se contaban Venancio 
Benavídez, cabo de las milicias de Soria no é hijo de un 
vecino pobre del distrito, y Pecho José Viera, brasilero, 
avecindado en el L^ruguay desde largo tiempo, y á la fecha 
capataz de estancia. Benavídez no tenía hasta entonces 
otra base de prestigio en el reducido teatro de sus relacio- 
nes, que el crédito adquirido por sus modales abiertos y la 
suposición de valor y fuerza que dejaban entender su ro- 
busta constitución y casi gigantesca estatura. Viera, más 
conocido y nunor que él, había recorrido anteriormente el 
país en busca de trabajo, popularizándose por su destreza 
en bailar sobre zancos, lo que le atrajo el mote de Perico 
el hailaHn ( 1 ). 

(1) Antonio Díaz, Historia jwlHica y m Hitar de ¡as Repúblicas del 
Plata: xiii. 



Trnsinitida la coiisi^na <lr la ¡Krióii, Houavídcz y Viera 
('oncept liaron Ilrgado mi inonirrito. DÍH|>onían de un cen- 
tenar de hombre.-; mín inil¡ciínin>i y \ reinos, cuya fidelidad 
á la cauMi "ni inrunmovihie. y (‘U r-sa ceilidumbre, le« pa- 
Raron la palabra pañi i|uc rl día de Febrero, al ama- 
necer, se encontiaeen reunid en las márgenes del arroye 
de ^'i.'irncío, procura ndo concurrir cada uno con las armas 
y apn^stos qui* pudiera. Todo .salió como se había previsto. 
Apenas rompía el sol, empezaron á apar»‘cer «á caballo y 
en írrupos los conjurados, ostentando sus armas, en la dis- 
posición de hombres resuehos á emj>h*;irlas. La tradición 
asegura que cuamln si* coi n piel ó «-j número de ochenta, 
Begón algunos, de ciri¡t*i. -i gún niri>s. Viera y Benavídez, 
dirigiciuUisi' rcs)>ccti\ ámente á los siiu s, empezaron á 
arengarles ron palabras rntiHÍaslas, jaoclamando la caída 
del < íoliierno (‘spañol, y señalándoles MiTCedes wrao punto 
objetivo de un ataque inmediato. Larga > y rejieiidits mués- 
tra.s do asentimiento, mezcladas .con arlainaeioncs y vivas, 
manifestaron li ailbesióii Á !i> propuesli», y el eco ext»*ndió 
por los con tornos las mil notas o.n tusas «It* aquel jura- 
mento al aire lilm*. Tal fue el episodio ijue hi mañana del 
de Felu-ri-o ile 1 1 l, ha entregado á la historia bajo el 

nomljiv de yr¿7o </r tn io! 

1 >irigiénmse los eunjnrados á Mi reedes, donde fratenú- 
zarou con la |)cqueñ:i guarnición comanda da jw el te‘iiiente 
Fernándrz, jMi'^rsionandose inmediatamente de la ciudad. 
.\llí estaldeeieron su (‘U artel general, eligii'iuh) |X>r jefe al 
nismo Fei'iuíndez, y p »r >egimdo á Viera. <*n me<lio del 
nayor acuerdo de o[>iiiinm‘-. Los vivinos más resiMttables 
le Mere<*di‘s, eiieabezai!'>- por 0. M iriam* Vega, D. Fran- 
iseo llaedo, 1). Mariam* C'iiave- v D. Fraiieisro ('lo-iít...' 



LIBRO II. — Li.:vANrAMii:vro di:l país 105 

se incorporaron al movimiento, arrastrando consigo al pue- 
blo, que siguió el impulso, con excepción de los españoles, 
á quienes, para precaj^er cualquier resistencia, sé les apre- 
hendió, colocándoles bajo rigurosa custodia, fuese q pobres 
ó ríeos, autoridades ó simples vecinos. 

Posesionados de IMercedes, los revolucionarios acordaron 
extenderse hasta Suriano, ocupándolo militarmente. Al 
efecto, fue comisión ad<) Vi(n*a, quien recibió de Fernández 
un oficio dirigido al Cabildo del pueblo, y escrito con el 
designio de sembrar el terror entre aquellos de sus miem- 
bros que no simpatizasen con el movimiento, pues algunos 
estaban dispuestos á secundarlo. « Hallándome con órdenes 
rigorosas para atacar y destruir los pueblos de esta Banda 
que no quieran seguir la justa causa de Buenos Aires — 
decía Fernández en dicha comunicación — y teniendo ya 
mi cuartel general en la capilla nueva de Mercedes, que se 
me entregó en la mañana del día de hoy sin oposición al- 
guna .... se lia de servir V. S. franquear sin oposición 
alguna ese pueblo á imitación de éste, pues de lo contrario 
doy orden á mi segundo D. Pedro Viera, para que entre 
asolando y sin dar cuartel á nadie, » etc. Con este aviso 
conminatorio y un buen trozo de caballería, partió Viera, 
apareciendo sobre Soriano á las tres de la tarde de aquel 
mismo día 2S. El Cabildo, apenas recibió la intimación, y 
de acuerdo con López de los Ríos, comandante militar del 
punto, rindió el pueblo, exigiendo la seguridad de vidas y 
haciendas, que le fue prometida y escrupulosamente otor- 
gada (1). En el acto se nombró á D. Celedonio Escalada 
comandante militar de Soriano, y se incorporaron a la 


( l ) 4 en h-s D. de I\ 



Uimn II. — I.KVANTAMIKNTO 1>KI, VAÍü 


rovol lición, <*ntre otron múch'.'H, los vociimíj <lc jiqiicl jum‘1»1o 
I). Pcílro Pahlo y l>. ÍSHiitiiipo < ímlcu. 

Aun cumulo Iti smu*ión (li*l cxilo ]iiil>iusc sitio tiin ('om- 
pleta, y di ^piu's de los triiinlos «le Merf\f<k?s y Sorinno, su- 
lUJisiM) los revolu(*ion:inos unos 300 lioinl>n>s, Fernámlez 
Irinúi t|uc liis liierzMs oi j;.:nÍ7íHlas ilu ( Viloiiia ó Montüvi-. 
<leo, rayeran solire aquel 1 h grille colecticia, y la arrollasen 
y disliarat isen. Urgidti por tan razonable Holircüalto, ee di- 
ripió en el ilía á 1). José Artigas, que. como ya re ha di- 
cho, estaba <‘ii Xopttyá, pitliéndole armas, municionee y 
algún refuerzo de g»*nte. Kn los misinos tórndnos pedía 
iguales socorros al primer jefe tle las fuerzas argentinas que 
s»í hallara en la banda npiu sta. Al siguiente día se dirigió 
también á la diinta tle Unenos Ain‘s con igual peflido, ha- 
t i(*ndt» notar á la corporación ipu> si no extendía siLs ope- 
raciones de guerra, era ])or consitlcrarsc incapaz de sostener 
lo C'ori(|uistado, una vez que las autoridades españolas lan- 
zasen tropas n‘giilares sobn* él. Pero csios pctlido> de Fit- 
itándtz tropezaban con la ¡m|ntsibilidad material de ser 
satisfi>ehos de inmetliatn. pues los ¡(des á quienes se dirigía 
estaban lejos del teatro di‘ los suci'sos, ó nsleados de las 
mayores dificultades. No se diga nada de la Junta de Bue- 
nos Aires, ((lie iiltimamh» la organizacitui de la escuadrilla 
de A/.opard, procuraba hac(*r frente á las fuerzas navales 
dcKlío, j*ara ascgiu’arse sus coiminicaciones interrumpidas 
con Utdgrano. 

Desde Nogoyá, donde se hallaba Artiga-», hasla Mi-rce- 
dcs. (lond(* operaba Fernáiulez, medial laii cuando menos 
Ib MI kihhnetros de malos caminos, initreeptado.s }>or ríos 
di‘ p(>ligroso pasaje para vadearse con tropas. Mucho más 
l(‘jos otaba aún el gtauTal Uelgrano, (jiiicn supo el movi- 



IJBRO n. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 107 

miento de Mercedes y los pedidos de Fernandez, por inter- 
medio de D. Francisco Redruello, Comandante militar de 
Belén, ya pronunciado en esa fecha contra las autoridades 
españolas. Sin embafgó, el empeño de los solicitados de- 
mostró su buena voluntad. Artigas se despremlió inmedia- 
tamente de 80 blandengues, ordenándoles que marcharan 
en protección de Fernández, sin. perdonar fatiga. Belgrano, 
á su vez, aprobó la determinación de Redruello, que le avi- 
saba haberse movido en dirección al di^trito <le Soria no, y 
escribió á mediados de Marzo al comandante Galain, si- 
tuado en Entre -Ríos, que vadease el Uruguay con su ba- 
tallón de Castas, reuniéndose á los revolucionarios. Escri- 
bió también á Fernández, que no se expusiese á una acción 
decisiva, limitándose á engrosar el ejército con la gente 
adicta, y conservando la más exacta disciplina, liasta (]ue 
él se presentase allí, ó la Junta de Buenos ^Vires dispusiese 
lo conveniente. 

Al dar cuenta de estas medidas á la Junta, no podía 
Belgrano reprimir el entusiasmo que le embargaba en pre- 
sencia del alzamiento de los primeros pueblos uruguayos. 
« Siendo Montevideo la raíz del árbol — decía — debemos 
ir á sacarla: añadiéndose que, para ir allí, tenemos todo el 
camino por país amigo, cuando aquí (en el Paraguay), 
todos son enemigos. » Sin desconocer los esfuerzos milita- 
res que exigía el propósito, los daba por bien empleados, 
considerando las ventajas resultantes. « Pai*a esta empresa 
— agregaba — necesito fuerzas de consideración y los auxi- 
lios prontos; y aun cuando no se consiga más que desviar 
d EUo de todas sus ideas en contra de la Capital, habre- 
mos hecho una gran obra. » Pero reflexionando en seguida 
sobre las proporciones que pudiera asumir el movimiento. 



UHÍjn M. I.KVANTSMlKVrn I>KI. !V\fH 


1 OS 

í*e iiluúni ií su imagiriMfióii p(Tí;jMn*íivaH msi votes que las 
ilr mm siiiij)lr «livt r-inii iniHlar ocasiDiijula ni (;m*in¡go, y 
así li> <‘Xpn“'{ili:i ou estas p}ilal»nis linnles: rniéiiilosc A la 

santa cau>.. '"s liaiatantes «le t-nla aijurlla i'anipaña, cotuo 
lo e-jiero, nos sia a i'.e-il (rstnvliar \ eircunserihir A lo^ re- 

l)eM«‘s «le i ^ «Ir -us murallas, lo <jue ■ 

exa>|x'iurá 1*» án¡in«*s «K* jKjuel puelilo, y nniéiulose á no¿^ 
otr«)s, |nTee«-rá la unirá zaUiinla de eonlrari(>s al sistema, 
(jue se alimi ntan en siíjuel pneMó, // ■'<c ¡funden d rutng 
rcnudtfs 

A pe-ar de 1 1 Innaia voluntad dem««*<1rada « ii fav«ir «Irl 
L"rugnay, l»»s auxilios «letiían rn-Ilílr-*' al ini*^ de la fecha 
‘II <pie finaran pi-did«)-. y lo- do 11 Igrano en ctantidail infi- 
litanienle mi-nor de l*i - aperado: pues la suerte de Ins ar- 
ijas «lando una eomjileta viet««ria á los es|>aíioleH en el río, 
•lansmó aun iná< la ineoinnníeaeiini existente entre una y 
*ti‘a llanda. Kste eontratieinpo se dehii'í tant ) a1 esfuerzo 
nililar «U- los ronti-ari««s, ciuno al «'xito «!«■ sns j>es«piisari. 
^>r sus iníeligenrias eojj lo- «'spanolrs de Hílenos Aires, 
npo Ello oporlirnainentv «pa* la llatilla al mando de Azo- 
ard e.-talia para liaei-rst' á la vela, y íl«í-taeó <*n su perse- 
ne¡«ni a 1). Jarinto Koinarate eon siete Inupies de escsiso 
ort«', per«iMen i riptilad«)s. La llotilla revolucionaria zarp<5 
e Hílenos Aiir> i‘ii la noelie <lel «le Fehrero, entrando 
jn felicidad al (tirana, doinle navegaba sin estorbo, cuando 
i (>1 piKTio <!«■ San NIeolás supo (pie st' aproximaba Komu- 
ite e«)ii fiu r/as inayons. K«‘snelt<« {\ tomar una- posición 
inveniente para lia tirso, Azopar«l iiavcgij en direceión al 
aelio de Santa-1’\'. en enyas riberas pensaba atrincherar 
I gente de de-enibareo, eoinblnandi) de esem«;«lo una do- 
e re~isteneia ; p(‘i’o traici«*na«lo por el viento, tuvo que 



LI II [{O II. — I.K VANT A M I K \ f( ) DE L I ‘A ÍS 


lÜ}) 

retroceder á su punto de pnrtida, que era el puerto de San 
Nicolás. 

El 1.'' de Marzo se dejaron ver los buques españoles, 
avanzando á toda veta 'sobre la o •cuadrilla patriota. Azo- 
pard había adoptado como base de su línea defensiva una 
isla situada frente al puerto de San Nicolás, á cuyo ex- 
tremo oeste recostó el buque do su mando, acoderando los 
otros dos hacia el lado de tierra ririne. Al mismo tiempo 
improvisó en tierra una batería de 4 piezas, destinada á 
cruzar sus fuegos sobre los Iniques enemigos que embistie- 
ran 2 >or aquella parte de la línea. p]n esta posición le avistó 
Ro inarate el día 1.", permaneciendo en oliser vacien frente 
á él. Al día siguiente, 2 de Marzo, intentó el jefe enemigo 
un reconocimiento de las fuerzas de su contrario, para lo 
cual adelantó algunos de sus buques, emprendieiulo un vivo 
cañoneo que duró el .tiempo necesario para realizar la in- 
vestigación deseada. Poco después se retiraron los buques 
exploradores, y como á las tres de la tarde, Romarate, 
izando su insignia en el Belrn, entró al abordaje de la flo- 
tilla patriota. En el primer momento, los fuegos combina- 
dos de tierra y mar, lloviendo sobre los asaltantes, hicieron 
difícil su empeño, pero la resistencia no correspondió al 
empuje inicial. Los dos buques subalternos fueron aban- 
donados por sus tripulantes, sosteniéndose solamente la 
Invencible, donde Azopard hizo prodigios, ayudado de 
una compañía de Patricios y de sus propios marineros y 
oficiales. Cuando, cubierto de heridas, cayó postrado el jefe 
y muertas las dos terceras partes de los tripulantes, se rin- 
dió la nave capitana ( 1 ). 


en Núnez. Xoikkii^: xix. — Lúpoz, Ilist ik la ¡¿ej) An/nilina; lU, x. 



lio IJIiHO II. — LKVANTAMIKNTO UF.L PAÍk 

La esciiaílrilla española retomó triiinfaute lí MoiiU'vi- 
(leo, rcnioleamlo lo.- tres Km|uos patriobis, y car^íuda de 
prisiniK Podía sa lista ( er>e Klío con los resultados de 
esta vietona, tpie no solanieut» coiwaíraba su dominio im*- 
voealde en la zona íln\ ial del Virreinato, sino i^ue dejaba 
aislado á Pelviano en el Par.É;„niay. euya retirada ee bacía 
punto nienori <|iie imposible. En Jínenos Aire?, la impre- 
sión íiu' dolorosa, por mucho que la Junta procuraP<* ate- 
nuarla en una proclama donde llamaba « frájíiles vasos» 
jí los bañ os aprisiotmdo.s, y usf^uniba que sin ellos proae- 
guiría la carrera no interrumpida de sus triunfMr. Pero la 
jactancia era demasiado notoria para qm etigauase á nin- 
guno. T)os causas de púldica dispUecncia agitaron la opi- 
nión á raíz del dc.sastre naval de 8an Nicolíís: una gnin 
inquietud resj>ecto á la suerte de Helgnmo, y una decidida 
dcscoiilianza en el Gobierno, (niya organización viciosa dnlrtt 
mérito d que no predominase el secreto en sus resolu< in- 
nes más esenciales. Desde entonces ( inpezó á fraguarse la 
tNMispiración, que muy en breve debía iranliticar la fonna 
de la autoridad existente en Ihicnos Aires. 

Por serias que fuesen las ciuisecnencias de atjuel desastre 
nava!, no consigniemn, sin eml)argo, desalentará los ¡xitrio- 
las orientales. Toda la región <1(1 Alto ITuguay hasta el Nor- 
te. e.staba pre])arada y disjniesta á insurreccionarse, como lo 
demosiranm los hechos. El (Espíritu d*‘ í i ule |>end encía, favo- 
recido jiur el aislamiento en (pu‘ vivían aípiellas |x>bljH*iom^ 
y por la sobria rudeza de .sus hal)itant(‘s, tejjía un auxiliar 
poderoso que necesitaba |m>cos estímulos. A raíz del grito 
de Aseticio, T). Pedro X’icra, con un trozo de partidarioa, 
había invadido cldistrito de Pay iSandú, formando en hri*ves 
días una agru[»ación que remontó sus fuerzas á 400 hom- 



LIÜKO JI. — LKVANTAMIEXTO DEL PAÍS U1 

bre^. En los distritos qiu» hoy constituyen los Departa- 
mentos de Artigas, Salto, Rivera y Tacuarembó, bullía 
también la agitación ri'vohicionaria, fomentada por indi- 
viduos de diversas condiciones sociales, unos investidos de 
autoridad, oíros del simple i>restigio (jue les daban sus rela- 
ciones, siendo varios de estos últimos nacidos fuera del 
país. Ija procedencia nativa no parecía ser título exigido 
por las multitudes, para seguir á los caudillos que se pre- 
sentaban en escena levantando la bandera de la emane’ pa- 
ción. El primer ejemplo de ello lo hal)ían dado los de 
Asencio, y ahora debía seguirlo Belén, distrito del Alto 
Uruguay, cuyas milicias contribuyó á acaudillar un ex- 
tranjero. 

Gobernaba el pueblo de Belén, según se ha dicho, en cali- 
dad de Comandante militar, el teniente de milicias D. Fran- 
cisco Rech'uello, adepto a la causa de la emancipación, 
quien acababa de facilitar la fuga de Hondea u en su i>aso 
por aquellas alturas. Contando con semejante aliado, cuya 
disposición les allanaba el camino, D. Julián Laguna, fu- 
turo general de la República, y el brasilero D. Manuel 
Pintos Carneiro, hacendado influyente y bienquisto, suble- 
varon el vecindario, fraternizando en seguida los de cam- 
paña con los del pueblo. Cundió la chispa revolucionaria por 
entre los distritos más inmediatos, prosiguiendo hasta otros 
más lejanos. El de Lunarejo, en el Norte mismo, fué* su- 
blevado por Blas Basualdo (a) Blasito, santiagueño. El de 
Tacuarembó por Baltasar Ojeíla, paraguayo, futuro ba- 
queano mayor del ejército nacional, y ahora improvisado 
jefe insurrecto. El de Arroyo -grande fue sublevado por 
D. Miguel Quinteros, en consorcio con los hermanos para- 
guayos D. Baltasar y D. Marcos Vargas, conocido el pri- 



112 JJHItO 11. M’.VAM'AMIENTÓ 1>KI. l*AÍ^ 

mero »le ellos |>or //m/M- entre el jxñ>*ímaje. Todos 
estos «ludillos qnodaroii al trente do las ))aiidHs que lia- 
bíaii levantado, en eaJidail do jefes. 

Simulláneaineiití* se insurree< ¡onalKin !<»s distritos del 
Sur y del Elste, eneabezamlo el movimiento varios curas 
jwrroeos, y algunos hacend elnH y nfieialos de milicias co- 
nocidos y respetados, aun enamlo no faltasen tam[>oeo 
individuos oscuros cuya (*spoiiUlnea coojx raí ión con tril lu- 
yese a! éxito. Don Félix Rivera, liermano del futuro ge- 
neral de ese nombre, sublevó el vecindari<i de! actual De- 
partamento del Durazno, llamado cmtoines distrito de 
E>\tn‘ río.'c ) i y St';/ro, dando una lia-*' ¡in|> .r!;n>U' a la 
insurrección en el centro inisnni dil jaí.s. Ajkivó aquel 
movimiento en el Pinimln ó la Florida, el cura párroco 
del distiito D. Santiago Figneredo, cuyo nombre ba sonado 
ya en estas páginas. Don Manuel Fniiuáseo Artigas, ber- 
inano del Jefe de los < IriciitaJes, sublevó los vecindarios do 
Casupá y Santa Lucía, donde estatian los e^tablri imientos 
de su familia. Kl distrito i\v Cam iones, cuyo cura párroc<i 
D. Valentín Cfómcz ira im ferviente adejit») de la mnanei- 
pa< ión y eoo|K‘i*aba por íodo,-^ los mnlios á olitener su triunfo, 
fué sublevado por 1). Tomás García ileZúñiga. 1). Ramón 
Márqu(‘z y el capitán de milieia> D. Pedro (\ lestino Bauzá, 
quienes desde luego organizaron militarmente las bandas in- 
surrectas. Y para complementar este alzamiento general del 
Sur. D. Fernando < borgnés, primo de Artigas, y entonces 
cjqiataz <K la invernada del Rincón del Rey en el Cerro, 
sublevó el vecindario del Pantanoso, presentándose frente 
á Flío, en las puertas nii.sinas di- Montevideo! 1 ). 


.1 Nút'n’Z, .Vo/fV /ív; \!X. - Di.i/. Il's! ./ /í-.- /,'»./// /*m/< ; Mil. 



UBRO II, — IX V A NTA M ÍENTO DEL PAÍS 113 

Fuese por la pericia de la mayor parte de las personas 
que encabezaban la insurrección en el Sur, fuese por la re- 
lativa abundancia de recursos bélico?, se advirtió desde el 
primer momento una_ tendencia acentuada en las masas á 
darse organización militar, constituyendo un elemento com- 
pacto apenan se pusieron en acción. Lo mismo aconteció en 
el Este,, donde actuaban muchos vecinos respetables. Don 
Francisco Antonio Delgado, burlando los esfuerzos del co- 
mandante español D. Joaquín de Paz, sublevó el distrito 
de Cerro-Largo; y los distritos de Maldonado y Minas se 
alzaron con la cooperación de D, Francisco Antonio de 
Bustamante, D. Pablo Pérez, D. Francisco Aguilar, D. Pau- 
lino Pimienta, D. José Machado, D. Juan Antonio Lava- 
lleja, futuro jefe de los Treinta y Tres, y varios otros ve- 
cinos. 

Por estos medios, quedó el Uruguay sublevado contra 
la autoridad española, desde el mísero lugarejo de Belén, 
último punto donde la civilización tenía un centro urbano, 
hasta las chacras del Pantanoso, en cuyas cercanías se 
erguía Montevideo, albergue del poder central y de la 
fuerza. El movimiento fue tan espontáneo como unánime : 
un mes bastó para que se realizara. Ni una gota de sangre 
se derramó. Todo fue noble en esta circunstancia : la espon- 
taneidad de acción, la generosidad de procedimientos y el 
interés patriótico. Hombres de todas las procedencias so- 
ciales se encontraron prestigiando una misma causa: al 
lado del rico propietario formó el labriego, al lado del 
sacerdote, el gaucho desvalido. Ni la nacionalidad de origen 
fue un obstáculo á la expansión de los deseos populares, 
desde que algunos de los caudillos insurreccionados habían 
nacido en tierra extraña. Era un pueblo, en su representa- 


POM. ESP. — III. 


8. 



MURO ir. — LKVANTAMIEM'n 1>EI. FAÍS 


11 V 

ci6n máa geniiina, quien npan cía en carena para redaraaT 
aua derecb(H y fundar aii liberind. 

E! (b‘<piig:inu de Elío fm* grtUíde. cuando le llegaron 
nuevas dr tamo lujlto, á el qif Induii despreciado (»mo 
cosa indigna de intenuinpir sus cavilaciones políticaa, las 
priineniH operacinnes de los n Klncionarios. Al verse re-. 
j)entinainonte incoiniinicido con la (*íinipaña» Mnblevado el 
paisanaje, detenidos lo.s correos, en armas los principales 
hacíMidados del país, sintió el despecho consiguiente ú aque- 
lla sorpresa ( pie ridiculizaba su anterior desdén. Como todo 
caríícter atropellado, cambió la tranquilidad n;il ó tirtlcia 
en que basta entonces viviera. j>nr una impuetud colérica 
cuyas trazas denotaba el e>til'j de sus uticios, donde las me- 
didas urgentes para '*j)onerse al movimiento revolucionario 
iban acompañadas <le improperios contra sus factores. La 
aparición de los primeros jinetes criollo.s en las afueras de 
la ciudad, y el contento «píe se produjo entre la mayoría 
<le sus moradores, culminó ln.*^ iras del Virrey, quien se 
admiraba de no in-jiirar aquel profundo terror que sujionía 
complementario dv\ .solo atunuao «le nombre. 

En esta disposición de ánimo tomó las primeras metlidafl 
de guerra. Con el prfq»ó>iio de caer sobro los insurrectos, 
organizó un cnerpti de 4.")0 bombre.s, poniéndolo á órdenes 
de Vigodet, ípiií'ti ilió la vela para C’olouia (24 de Marzo), 
punto donde debía e-tancai'i* á p' .sar de su buena volun- 
tad y la arrogancia de sn- in<trne(*iones. Para reponer 
aquellos soldados, Elío llamó á las armas todos los co- 
merciantes y depenilieiire>. di' Moíiti‘vii!i:o, (‘onstitiiyéndolos 
en un batall'Ui qu>- ileMiuniiió di*l (\mn't'rio. Mandó asi- 
mismo (pie se li-vanlara una li >rei en la plaza mayor de la 
ciudaii, de-tinada á «pie en ella evpiasea e m [»rontitud 



LIBRO ir. - LEVANTAMIENTO DEL PAIS 115 

SU crimen los tro i clores a su Rey y lí su Patria. » ( 1 ) Se- 
mejante intemperanciíw sobreexcitó la opinión en Monte- 
video contra el dominio español. Por lo c¡ue respecta á las 
poblaciones de campaña, va á verse cómo recogieron el 
guante que les arrojalia el Virrey, 

Dejamos á Fernández situado desde últimos de Febrero 
en Mercedes, cuartel general de la insurrección del Oeste, 
cuyos progTOSOS se habían extendido á Soriano, reclutando 
allí adhesiones importantes, sin excluir la de D. Pedro 
Feliciano de Cavia, que al rumor del movimiento había lle- 
gado de Buenos Aires coa pretensiones de dirigirlo. Te- 
níanse, además, noticias deque D. Juan Francisco Vázquez, 
alias Chlqnitiny trabajaba por suldevar el vecino distrito 
de San José, como muy Luego lo consiguió, con la coope- 
ración del cura párroco D. Gregorio Gómez, poniendo á 
concurso ambos el crédito que allí gozaban. Sin perjuicio 
de apreciar ese concurso en lo que valía, Fernández conti- 
nuaba urgiendo ante la J unta de ]3uenos Aires por refuer- 
zos para sostener el terreno conquistado. Xo recibiéndolos 
de aquella procedencia, los pidió al comandante de Patri- 
cios D. Martín Galain, destacado en Entre -Ríos, y este 
jefe le mandó 25 hombres á órdenes del sargento mayor 
D. Miguel Estanislao Soler, para que acantonándose en 
Mercedes, protegiesen dicho vecindario, pues la salida de 
Viera para Paysandú, y una próxima excursión que medi- 
taba Benavidez al distrito de Colonia, amenazaban dejar á 
Mercedes reducida á sus propios recursos. Apenas llegó 
Soler en los últimos días de Marzo, cuando el vecindario 
reunido á instancias de Fernández le nombró jefe del dis- 


(1) V.® J en los D. de P, 



llü 


Uimo II. — rXVANTAMIKVTO JIKI. TAIW 


trito, no olwtaiito ^us rO'iisu tíriíis |»í»ni ocupar el car"o, cuya 
categoría roiiilnnanm á peJiMu suyo el 2 <lc Al>ril tcxlod 
los ülicialcs ele llena víilí'/, cncalKí/adus por éste, (ai uu cam- 
pamento (listante do kilómeii . ' de la ciudad. Acabaliaude 
condecorar á Soler ( Oii su nui*va investidura, cuando llegó 
uii ehasípie de J). Celedonio Escalada, Comamlante militar 
de Soriano, avisando (pie se avistaban en din*ceión ;t dicho 
puerto cuatro biujues de la ílotilla de Micheleua, contra 
los cuales |HMlía auxilio. Se resolviíj por todos los presen- 
tes prestar el auxilio piulido, á cuyo (Tocio [ui. deron en 
manos de SoUt la din-irión de la i‘inpivsa. 

No cuatro luiqucs. sino ^icte (mibarauáones de diverso 
}>orte, eo ni ponían la ilotilla de guerra laiva presencia en laa 
inmediaciones de Soriaiio (*ra debida á las ('»rdencs de Elío 
ya mencionadas al narrar el fracaso d<* la conjuración de 
^ Ví.'ífí /)Vo/ov/. Mirhelcna en p(Tsnna iba al frente de ella, 
y la formaban el bergantín (‘/sji., la zumaea Arntr./izti, 
l falnebo, 1 balandra, 1 laiuTión armado y ‘J bot(‘s, dis- 
]Uiesio> ;í aporii-rar-e dd pueblo, como paso previo para 
baeeilo emi Miaci-di'-, .-.in d' jar olistáenlos á retaguardia. 
Eran ’.i- i'rlm y ¡no ha do la iioe’ i*. cuando >oli r puso 
ai ii\nlo.¡.' Jtiij volnitt .rio- regulanmníí* armados y man- 
dados por ll-na\íile/, r»ieuii<» V Qnintoj-os, llegando C(m 
ello- á S riant* á las d¡('/ menos cuarto. Lueg(» de neuj>ar 
la pol)la«-.ii)ii, ailopíó las medidas d(T easu para roistir un 
deseiul(.ireo, y mandó partidi:' e\*[iloradoras jura cercio- 
rarse del rumln) d<- los Iniiprns emnnigns. P'í re^-to de la no- 
che Sí* pa-ó sin imvcihai. Al día :-igui(‘nte, .) de Aliril. toda' 
las ii((li las coiieiUiiaron en (jiie el eiu migo intenta!); 
desembarcar, por cuyo imuivo hizo Soler sus último; 
aprestos. Eiulio.-eó a Eeiiavídez ú la derecha del pueblo 



LIBRO II. — LK VA XTA MIENTO DEL PAIS 117 

sobre el puerto y fondeiulcro, eoii 50 hombres, v encare;o 
lie sostener la posición lujsta segunda orden ; reservándose 
para sí mismo el mando del eost:ido izcjuierdo con otros 
¡)0 hombres y una escolta de 0 soldados de su regimiento; 
y colocando el resto de la gente en el pueblo mismo, á ór* 
denes de Fernández, con 1 cañón de á cuatro montado so- 
bre ruedas a la brusca, esperó el ata (pie. 

Como se presumía, la escuadrilla entró al puerto al ama- 
necer del 4 de Abril, y apenas fondeada, desprendió un 
bote conduciendo la intimación de rendirse. Se le contestó 
negativamente, y en seguida empezó el combate. Desdólas 
diez menos cuarto hasta las doce y tres cuartos, dirigieron 
los buques españoles sus fuegos sobre el pueblo y las par- 
tidas de la costa, causando grandes peiju icios á la pobla- 
ción, y un herido grave á los artilleros patriotas. Conven- 
cidos de la inutilidad de soportar aquel fuego sin con- 
testarlo, Fernández y Bcnavídez resolvieron salirse fuera 
del ‘pueblo, donde los acompañó Soler, situando toda la 
gente en un bajo. A las tres do la tarde, y después de ha- 
berse cambiado nuevos oficios entre Soler y Michelena, 
cuya última replica por p'arte de los de este fue des- 
pedir al parlamentario patriota con un cañonazo á metralla, 
desembarcaron las fuerzas enemigas en número de unos 
200 hombres y 2 piezas de artillería volante, accmetiendo 
por tres puntos la población. Soler dejó entrar al pueblo 
la primera columna en número de 50 ó más hombres, y 
en seguida atacó toda la fuerza, cargándola por el centro 
con 00 hombres al mando de Bicudo y Quinteros, por la 
derecha con 40 hombres á, órdenes del capitán D. Ignacio 
Barrios, y por la izquierda con 50 hombres al mando del 
capitán D. Ensebio Silva. 



118 


Unno II. - I.EVANTA VIENTO DEL PAÍS 


El enornigo no juuln n 'i-ítir, y volvió canin .sin <losrar- 
gíir sus ji! /Ms. A jKHsir il^l fiir.i^o di- artilleríu do la ost-na- 
íhilhi, los so.I(l:iil.)s ])atrintn.« j)eisignii*roii á los de Miche- 
letia hasta poncrsí- á tiro df fusil, eansaiidoles 2 muertos 
y 2 heridos. Entre tanto la esni ’drilla protegía el recrn- ' 
hareo de los suy<»s, y haláéiidolo oonsi'guido, c<mtiiino sus 
fuegos sohre el jmehlo hasta las cinco de la tarde, aurnen- 
tando con el poder de sus cañones de grueso calibre los 
estnigo.s ya causados. Cuando cesó el fuego, reuniénmse las 
fuíT/as patriídas, acarupaiulo ó pM'O ni:í> dr medio kiló- 
rueti'o del puerto, en cuya actitml pa^aoui la noche. A las 
ocho y ní(‘d¡a de la mañana -Iguicnte se hicieron á la vela 
el faluchi» y la balandra, temando la dirección de Merce- 
des, cuya custodia le estaba especialmente enwmendada á 
Stder, aun cuand<> acababan de llegar allí los fio blanden- 
gues remitidos j»or Artigas desde la otra onlla. Esto no 
ob.staiite, marelió h'oler en sncoriM del [umtt) amenazado, 
con sus 2.") lunnbres, 12 voluntarios y 1 pieza, dejandn <*l 
rostid de la fuerza á ói’dem-sde 1 ). Venancio Ihaiavídcz ( 1 ). 

Pocos día.s estuvo inaetiv<> l>enavíd('Z, ni se lo hubieran 
permitido su temperamento individual y el entusiasmo (lo- 

1 Ln * M’ suím sn-rsn^ ilr nrm'!'- > n hi tjiurm t¡c bl 
m i’ }H n i- n' i'i '}> / -v f iriri'l ilrs (I.il •, n rstr rtu/l' 

, ,/<. i ; I r/< 'Y /,//(.//• ///r ’li in /riu'i.'i , S/Iitñ’iii .s tH Snrtittm, nro- 
sttMii't fl ’/ifC (í *<n tiltil /*. i l'\ Si'li l\ ib }u.^ h'n¡uts f/r 

¡bi! i,’>s .n'yv.v, '//í.vi in'.ltii •> V >l> :hhi !) inth(i S ji'U'l •¡>0' 
li fhsrn rt- ‘H ’¡ fiih hht > in'm/.;' i iiS’-'i/n >J> i>'.< ¡iiili'inii'IS fU b’S t>s • 

Af”i>>ni'¡<hiiitt t;h' ¡l•lr^l <! ./ /./.s n<' >¡<>ri >1 ¡tnrh: n¡¡rioi tic- 

<ii¡- r, ¡iitmln i •.‘■/•I i,i'n ///.>* 0'#.' ./,-.s/V /ssv y,,,,- ¡i .¡uslu M-tcsu, ’jnr 

/.. I-. -.i/ 7 'I ./» h »/. .líV'v i ,1 .v,< //'e-,. i .US ¡irttm rus 

/.ilt i>!iis f >)/■ ff’l'i < , 7 -Ihl '<■/,;/'/> >//'■ jrifiJfH // sriin ti <f/ iwiif 

b’th , r-’lii'itt i >'< ris s ’i¡ni ¡lif tisii' mu ruhoK- 


Uin.'-U. 



LIBRO rr. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 119 

minante entro los suyos. T^n presentación continua de vo- 
luntarios había engrosado sus fuerzas hasta 500 hombres, 
con los cuales resolvió Tn temarse en el distrito de Colonia, 
donde le aguardaban nuevos lauros. De este modo los 
caudillos de Asencio, propagando con las armas el movi- 
miento que habían iniciado, tomaban al mismo tiempo una 
actitud estratégica, pues entrado ya Viera al distrito de 
Pay-Sandú, cuya capital liabía sometido un mes antes Mi- 
chelena, é internándose ahora Benavídez por las cercanías 
de Colonia, donde se acuartelaba Vigodet, las comunica- 
ciones de Elío con el Oeste iban cerrándose cada vez más. 
Esta circunstancia, que ya había obligado al Vii’rey á des- 
membrar una parte de los contingentes preparados contra 
Buenos Aires, le convenció d(í no estar lejana la necesidad de 
acudir al mismo recurso para oponerse al aislamiento en 
que iba quedando, á pesar de su numerosa escuadrilla. Au- 
mentaba las dificultades de su posición la carencia de me- 
dios pecuniarios, cuya falta no podía suplir, sino apelando, 
como lo hizo, á imponer contribuíáoues, recurso antipático 
que le enajenaba hasta las simpatías de los suyos, y con 
el cual no habría podido sostenerse, si una remesa extra- 
ordinaria de 300.000 duros y 500 (j^uintales de pólvora, 
enviada por el Virrey de Lima en la fragata mercante 
Resolución, no le hul)icse llegado al concluir Marzo. 

Burlado en sus mejores planes por la reducción á ima 
defensiva que le desesperaba tanto más cuanto que había 
contado con la seguridad de entrar triunfante á Buenos 
Aires apenas desembarcase en los Olivos, la exasperación 
del Virrey no tenía otro reverso comparable, que el jubilo 
dominante en las autoridades de la Capital y sus derrotadas 
huestes. Aquel estado de satisfactoria placidez había llegado 



120 i.nmo il — ijívÁn tamien ro r»Ei. i»Afs 

iínulu;ilm(“nti‘ ¡í va úiiiuíi' iKaíodo, ]>or ntiu s(*rl(‘ tU* oom- 
]»:aisín*¡i ;' Ñ riiy.i rf-íi iiviil ni j*iri*cí:i praviilíun'iiil. Eti lo¡< 
ji|-Í!iKi‘ns MiiHiJ :il'>s, í*l i¡ ‘ y !a ofupiición 

.-iilí'iuuirmf de Mtant’d' y Suriniio, lii/o <uponcr (pn* los 
rsíiii •?'/**■: di* 1^1 íu roiilrn ilinn-»- Vin-s qucdiirían paral i- ' 
y;»dos (‘ii!>iii;índi»n- íiilí rl osjMrítu ¡)rd>lín> ron esa conje- 
tura. l*ucos días tlesj)urs, el di*sastrc naval do San Nicolás 
piunía i'ii la cnnstcnMcióri al piulílo porteño, de mes lo que 
las noticias paralelas solav el progreso obtenido por lu 
itiHUTí-cción unigiiava, produjeron dnhli- - ti i-ii', e hiim t riiinlo 
propio y n-vaiiclia necesaria. Más hn di , la derrota defini- 
tiva de r»i Igrano CM l'in'imr'. y su eoinjáeto abandono del 
Paraguay, luvicrnii por eonipen-ación la segnriílad de que 
la Panda Oi-i< !)tal sr Iialpia al/ado en masa, nulilicantlo las 
ventaja^ de los e>pañole>: sobre Prlgniiio y la fKJsible 
fusión de aquellos eleinentuS <‘ull les d<' Kilo. 

Examinando lo' doeumenin- d>- la ápeea, pueden pul- 
sai'se las ]» dpitaeiouc-i dr a<piel entusiasmo gr:nlual, <|Ue 
empi; za ron j>;d:d>ras de aliento p:nu \n< lueliadores uni- 
gna' o<, y eoueluve por |l■.m^io^mal•se en esperanza jmsitiva 
<le ^'alvaeión eomúu. La piáinera mani tentación de ese gi'- 
i tuvo I*; lí en la- enlumnas de la frazt fa de Ibienos 
Aire-, diario olí -Íal de la Junta, domle se tiáliiitaban ealo- 
ro-os elogins ;d j)Uehlo d(* Mcpeíjles cuyo patriotismo, 
aymi ado del la- oleo v¡d u* «le un conjunto d<‘ hombres 
animados de sii- miónos vi-niimientos, había '^alíixlo arrojar 
«le -u SI no á los tiiMti's i|tu' lo oprimían,'^ por lo cual, 
otaba llamado á uiipar ,-ieuipre «un lugar muy distin- 
guido en lo- le ello- lu l eieos de la Amóriea En |h)s de 
e-l«i. 1 I Junta di-er i-fiió ilc-paelios de teniente coroiu-l »le 
lilamh Á Ib Jo.-e Artiga-, cuando aun estaba en 



LIBRO II. — liE VA NT AMIENTO DEL PAÍS 


121 


Entre -ríos (8 de Marzo), elevando en igual fectui á ca- 
pitán del mismo cuerpo á I). Ramón Fernández, y á sub- 
teniente de Granailcra^Xlc Fernando F//á D. Ensebio 
Valdenegro (Marzo 14), mientras se reservaba ir graduando, 
como lo hizo, a los demás caudillos revolucionarios, con- 
forme á sus méritos adquiridos en la lucha. Por ultimo, el 
general Belgrano, batido y deshecho en Tacuarí, escribía 
á su contrario estas palabras: « ^Mientras V. se preparaba 
á atacarme, nuestros licrmanos de la Capilla Nueva de 
Mercedes y Soriano han sacudido el yugo de IMontevideo; 
á ellos se han seguido los del Arroyo de la China, Pay- 
Sandú y hasta la Colonia, habiendo tomado en el primer 
punto cinco cañones, barriles de pólvora y fusiles: esto 
puede probar la falsedad de los seis mil homln’es traídos 
por Elío ; pronto los .nuestros se acercarán á, las murallas 
de aquella plaza, y también verá, el Paraguay la falsedad 
de que los montevideanos iban á destruir la Capital.» (1) 

La Junta de Buenos Aires había visto cumplidas en 
pocos días las predicciones de Artigas respecto al Uruguay, 
por cuyo motivo ya no creyó iluso al arriesgado oüeial que 
en aquel instante cruzaba el tenitorio de Entre -ríos con 
150 soldados y 200 pesos por todo auxilio. Contagiada 
del entusiasmo público, se apresuró á incorporar sus pro- 
pios elementos de acción entre las filas de los insurrectos 
uruguayos, adquiriendo de paso, por el número y calidad 
de la tropa organizada, la dirección del movimiento. Con 
fecha 7 de Marzo, oficiaba á Belgrano para que uniendo 
las reliquias salvadas del Paraguay á los batallones y 

(1) Gcixcta de Bncuoa Aires (S de ^ñirzo ISÍl). IiCjisiro O/lckti 
de la licp Anj, i «"Apénd — Calvo, Anales; i. 



122 


Linno II. — LKVANTAMIE.VIO UEI. PAÍ« 


regimirntOH iloKtíua<!os fii Kn tro -ríos, ¡nvjoHose la Randa 
Oriontíil, ;i niniomln ol niando i-n jof<‘ ilctíHliis jan fuorzsiH. 

1 losíináliitio cfnno >(‘Lrnndo á lí. Jo?i' Uondraii, ngraoiado 
con d(‘spaclio^ de tenienir cnroncl en la minina feclia que 
Arl¡»;a's; y s'í este último lo nomi ivdía jefe de todos lo» 
vnluntnrins en armas y los demás que })or sí mismo pu- 
diese* reunir. 

El iioinbramionto do Bel^rano so explicaba, por su alta 
posición do miembro dol ( Jobienio y su jenirqiiía do bri- 
gadier; pero la preferencia otorgada á Rondoau -nbre Ar- 
tigas obed(H'ía á otro eritorio, basadlo en lo- antecwlontes 
originarios d< l favorecido, y en la apacibilidad de su ca- 
rácter. Jlon José Romlean había nacido en Buenos Aires 
el ano l77o, t)Oro so había chineado disio niño en Monte- 
video, cursando la carrera de las letras hasta examinarse 
de teología,á cuya altura, y teniendo veinti- años, abrazó la 
])rofesión militar, desdi* laclase de cafleíe, en un regimiento 
d(‘ la guarnición. A.<eondió :i alféivz 4 anos más tarde, á 
teniente 0 años después, y á capitán en Febrero de 1807, 
todo ello por constantes servicios prestados contra las 
incursiones de los ])ortugucses, los asaltos de los indígenas 
y las <.'iim*ría.s di* los contrabaiuli.stas y ladrones que infes- 
taban el interior del paí-'. Prisionero di* los ingleses duntnte 
la invasión de Aucliinuty, fue, .según se dijo oportuna- 
mente, con (lucillo á Inglaterra, donde estuvo cinco inest's, 
basta (jue la capitulación de Wliitelock le comprendió entre 
los qni* debían ser devueltos á España, facilitando su trans- 
porte allí. Destinado á la guarniciim de ( ’oruña (*n (ialicia, 
pivstaba servicio, cuando se declaró la iuvasión najK)- 
leónica. A órd(*nes de Black, di*l marqués di* la Romana 
y del diKjUe del Parque, se encontró en diversas acciones 



UBIIO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 123 

do guerra, aseemliomlo a capitííii del regimiento de caba- 
llería de ('tudad EodrufOy de cuyo empleo le sacó un 
decreto, que debía proporcionar á la causa de la indepen- 
dencia americana el contingente de sus principales hom- 
bres de guerra. Apurado el Gobierno peninsular por la 
escasez de recursos, dio orden á todos los oíicialcs ameri- 
canos de trasladarse á sus respc'cti\'os países, y con este 
motivo, Rondeau se embarcó en Cádiz, arribando ii Mon- 
tevideo tres meses y días dcíspués. 

Ya se ha visto cómo, apenas desembarcado, se inscribió 
en el club revolucionario de IMontevideo, atrayendo.se una 
persecución, que gracias á la amistad dcYigodct, se limitó 
á alejarle hasta Pay - Sandii, desdo donde, a órdenes de Mi- 
chelena, pasó á la Concepción del Uruguay, desempeñando 
algunas comisiones que le pusieron al habla con los pa- 
triotas argentinos. Decidido entonces á incorporarse á las 
filas de la emancipación, emprendió una correspondencia 
activa con el Dr. Día//Velez, Comandante de milicias des- 
tacado en Entre -ríos, el cual, trasmitiendo á la Junta de 
Buenos Aires las miras d(í Rondeau, indujo al Presidente 
de ella á que le hiciese proposiciones concretas. El emi- 
sario elegido no podía ser más tentador ni más seguro, 
pues fue la misma esposa de Rondeau, que trasladándose 
á Montevideo, pidió á Vigodet pasaporte con destino al 
punto donde se hallaba su marido. Antes de dárselo, y sa- 
bedor como era de la misión de la señora, Vigodet escribió 
á Rondetm narrándole los pormenores del hecbo, en una 
carta donde, al incitarle á, permanecer firme bajo las ban- 
deras del Rey, le aseguraba que como prueba de confianza 
en su fidelidad y honor, i])a á otorga]' el pasaporte pedido. 
Puesto en la alternativa de encañar á Vigodet, ó dejar á 



124 


un lio II. — I.KV ANTA MI i:\TO DEL I’AÍH 


SU íspos;! y im:i |U‘i|iu t.a en ivlicnos, rl priuuT im- 

pulso (1;‘ !oní‘! MU Tur ticsu larsi' sin «Irrir pri1a1>r:i: poro 
muy luego enml)ió d opinión, routosl imlo á Vigtxloi en 
tórniiMí*^ (Ic-iiuíulos ii (••niíinn..;- sn «-iTÓnoa iToencia. Por 
O'lo luoilio. ijiu* ól mismo ««mfesaba iqm*ns¡i>l<‘ más hirdo, 
consiguió juntarse con su csjmisu C liija, iiniM.uuóiulosc de 
las comunicaciones y dcst'Os di‘1 Presidente de la Junta <le 
IJuenoS Aires. 

K1 jtnripitadi» ivt<imo de Miela lena á Pa v Snndú le 
jiroporeionó (►portunidad segura ile abandoiiiir ! i- tilas es- 
pañolas. InvíKMiidii añil- a-jiiel jel- el pretexto dé arreglar 
viajé con su l'amilia, olaiivo tpic le dejase jHir veinticuatro 
lloras en la ( ’< híccjh íóu de! rniguay, lieencia i]ue apiiive- 
clió para eriijirender marolia á Santa -Fé, y <l‘-‘ allí á I5ue- 
nos Aires, dmide llegó el 1 ó 1 (t de lA-brero, «lías de-piié- 
<le haberlo hecho Artigas ( I K T^a Juma h* rceibió euu 
agradt», cindinnainlo su Pi.-idiaiti' (d juieií» iavorable que 
va sobre él tenía. Conveneiia-onsc toilo- que <*n aquel hom- 
bre de apostura modesta, de eucrjm delgado y pequefio, de 
culis blanco y Uno, de lugncs y rasgados ojos, cuya expre- 
sión ilciiiostralia un gran haido de laindad, no había in- 
clinación ni talla, para un caudillo, mientras (juc sus hcclio.s 

1 }■'! 'I' . -I »• a III >11 "fi ,\ ’i! il-i’ , «!rr!-’r>t Imftf r ¡i>'ij>i>¡o 

li //////• ■.^ .I"'. V .// .'.N- ■!.'>*<'.' >¡n> A' '///' I 'Hf(r>i.h‘-( f>is iihi ut‘í~ 

I fit;» s •}> </os r :I>¡I >, ■>,». O'i, ) ■'}>( fi A ¡•U>'U> X nji7li*>nt *'.>//- 

/f .v/, ,//,-■ II- ; > (/ f.-. >1, s, M , .- . IH I fs >(n>>f>JfinH>S 

>1 ¡>f M I ’ /.' / . •'< ‘ fl iit l. ' 11 / í(s> '/ifr.l ifHi U’jo'i Uur- 

II, .s .(/I-. .V .Aí.v n >' . ’i/i/ y ,¡,i, /-< - y/'í/ -.s- ¡i>/ > ,,,H¡ilr¡,i)nnifi 

i, <1 yf, Ii;l.¡. , 'i .-h ,,,l>, ll ¡ 1-1,1 »/•• yif ¡!, .•/•/■/ >i li) Cifitil <//W#-»COía, 

y--;>,ii ■/ iii.y/N" }>/ > .-I.J,!. . . , ,! I', ¡H <lr f-', h./ ,, Ai- 

}:•!'<> hifl.r -: . ,/!h ,¡ n ¡H -!> M.rii -it /n-M» r'>H.yl>t 

.,/» JS ./, I-'J., 'l> 10, Ir. rl u ,t. 

AU/J ¡.nnn, / ¡./•. M 



Mimo II. — LKVANTAMIKNTO DEL PAÍS 125 

nnliTÍon's, juTodiínmlole <lo priulcMite sin ílaqiu*z¡i y do arro- 
jado on v\ |H‘lij;‘ro, proinclíím un j;‘on(‘r;d en (juion pudiera 
conliarso. primera impresión produeida por Koiiílean, 
uniéndose a la lUHH'sidad de eonl rabal a ucear el prestigio 
do lo.s caudillos uruguayos (jue la Junta di* lluenos Ain*s 
empezaba a. lianer, lijó la suerte del futuro vencedor del 
Ci’ItíIo. 

ivas tropas ilest ¡nadas poi* la tilinta de Unenos Aires 
para invadir la Uaiida. Oriiaital, eonslituían un el'eetivo tle 
MOO ¡í IñOO hombn's, compuesto di* 4 euerjios de infan- 
tería ( (tranaift ros tír íu'rnando ) 7/, Pa/ricios^ Jít/- 
hríioa y I regimiento de caballería, titulado />m- 

l/onm di' la ¡*nir¡a^v\\\a mando tenía, el mismo Kondcan, 
siendo su teniente coronel ],). Nicolás de Vedia, y 10 pie- 
zas de artillería de varios calibres. Uero soldados y gene- 
rales estaban lejos <lel teatro di* la, ai*ción. Uclgrano llegaba 
en los primeros días di* Abril á las proximidades dt* la 
Concepción del Uruguay, con las r('l¡(pii;is de su ejército 
vcnciilo, y Ivondcau venía en mareba desdi* Unenos .Aires 
con el completo de las t'ui'r/.as. Los re\olnc¡oiiar¡os uru- 
guayos no contaban por el momenti» con auxilio inmediato 
alguno para ri'sislir las d¡\ ¡siones ligeras (pie Klío empe- 
zaba á cebarles encima, pues deseimtailos los lío infantes 
con ipie Soler s(* acantonaba en Meri'c.b's, y los SO blan- 
dengues remitidos ¡»or Artigas al mismo punto, ningún 
otro refuerzo li*s liabía V(*nido d(*I (*\lei‘ior. 

(A)rr¡eiido así los sucesos, Artigas desembarcaba, en la 
(\di'ra (/<' las J/iiñ’fauas dnraiite los primeros días di 
Abril, y se dirigía ilc.-di* allí ¡i Mi'reedes, para formar su 
cuartel ¡nlaj'ino. 101 día. 1 I del misiin.» mes, lan/.éi una 
t>roclama á los vuluntarios en armas, elogiando la con- 



121 


unno II. — i.rvANTAMir.N'To i>ri. r.KÍa 


sil (‘-íposa y una hija ]M'(jm.rui en reliení^, el primer im- 
pulso (!<■ Ih'!i(lrau fur (Irsertaiv;' sin fli eir ¡ulalini; jkto 
muy luei^o earnl>¡ó Ji- opinión, eiintrí«tjmilo íí Vij;o«li’t en 
términos «lest intuios ú eimtininr su iTrónea <*reoiK’ia. Por 
est(' rneJio, <pie él mismo i-onl'rsaha reprensible m;1s binle, 
eonsiiíiiió juntarse eon su es|>osa é hija, imjioniérulose de 
las eoinnnii ;i<*iunes y deseos del l*res¡dent(‘ de la Junta de 
Ihaaios Aires. 

Kl pr(‘í'i|>itatló IV (orno de ^lielieleua ¡i Pay Sandíi le 
propóreinnó oporinnidtnl s< !^nra di* tihamlonar las lilas es- 
pafioltis. Invoenndo ;mte a'[iie! jeó- '■! pretexto de arreglar 
viaje eoii -w ramiliti, olituvo <jue ledejjise }>or veintieuatro 
horas en la (’oueepeión del rruguay, lieeneia «pie aprove- 
ehó para empn*¡nl;'i- mareha :í Santa -Fé, y cK* allí ;1 Une- 
nos Aires, donde llegó el 1 .ó ó 1 h de Fehrero, días después 
de liaherlc) heeho Artigas ( 1 ). La Junta le reeihié) eon 
agrado, eoníirmaiido su iVesidenu- el jni<*io favorable ipic 
ya sobre él tenía. Conveneiéroiise todos que en aipiel liom- 
bre de apostuin imxlesia, <le ein-i-po «lelgado y [>equeño, de 
cutis blanco y lini», d<* negi-os y rasgtidos ojos, cuya expre- 
sión deniosirtdiíi un gran fondo de bondad, no Iiabía in- 
clinación ni talla, ptira un (‘¡imlillo, mientras <jue sus hcel ios 

l /'.Y '}> II //' <;Y. ni > n su . I ■ /r’»//e .íhrh'in hii¡t<'i‘ lli'gmlo 

<1 lili /.• >• i/ts :III*'-.' -Jiii ,\/li;i^: In (/;/. r'.ntiihlirr his nfirtlhi- 

rtnni •/ x,'"s f I' ó» .7 A'/''’., ■/nn'in-s afu’in-lii fHH- 
/, sfi s ¡II. U;i> I-I ¡fin is il. is i¡< si'in s. Mis n-l< lnnh\ > H f-is <tH'‘(arii*nr,'i 
</ /'/ Mitln-I it .!' IV-//, , ■ / DiissKi ¡,’iil / ni,isijin.i<¡n( il'ilf'iii lilif- 
ims 'l is lili ■■ ■■ Iihf.s .¡ n . | ,,v, h, ri/.fl s /» f i >fiti¡t{i ¡•nni Ith' 

»/<.'•< .. n'i //. '»/' , ¡i.ns s,' nu" ¡'I {' - li-l su I!, •'{,/,i -i ¡<i ( ’.ij.ifnl nnji Htiinl, 
s ¡lili •/ i.nsiii't l't l^flll.!'l|, il /,* n li¡ ih' í'i/n.ii'. n siiífifnn f¡uf .Ir- 
l.'í'is /n:ln'. ' ti sil n : /A /e./w nlH <1 ¡ ~ << hi <l< ,lh/il, ••inurii nmshi 
.¡n. _'S .!. lil'ni-i mi ishii.., ,h nh.niii C.iín-iinm^ ;¡ d II .ir 

.Vn'il l'W:i(l'i sn ¡iriiinri ¡.r,rl'i,ill -h sJi M> iff i/i s 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


125 


anteriores, acreditándole de prudente sin flaqueza y de arro- 
jado en él peligro, prometan un general en quien pudiera 
confiarse. Esta primera impresión producida por Rondeau, 
uniéndose á la necesidad de contrabalancear el prestigio 
de los caudillos uruguayos que la Junta de Buenos Aires 
empezaba á temer, fijó la suerte del futuro vencedor del 
Cerrito. 

Las tropas destinadas por la Junta de Buenos Aires 
para invadir la Banda Oriental, constituían un efectivo de 
1400 á 1500 hombres, compuesto de 4 cuerpos de infan- 
tería ( Granaderos de Fernando VII, Patrldos^ Arrí- 
bciios y Castas ), 1 regimiento de caballería titulado Dra- 
gones de la Patria^ cuyo mando tenía el mismo Rondeau, 
siendo su teniente coronel D. Nicolás de Yedia, y 10 pie- 
zas de artillería de varios calibres. Pero soldados y gene- 
rales estaban lejos del teatro de' la acción. Belgrano llegaba 
en los primeros días de Abril á las proximidades de la 
Concepción del Uruguay, con las reliquias de su ejército 
vencido, y Rondeau venía en inarclia desde Buenos Aires 
con el completo de las fuerzas. Los revolucionarios uru- 
guayos no contaban por el momento con auxilio inmediato 
alguno para resistir las divisiones ligeras que Elío empe- 
zaba á echarles encima, pues descontados los 25 infantes 
con que Soler se acantonaba en Mercóles, y los SO blan- 
dengues remitidos por Artigas al mismo punto, ningún 
otro refuerzo les había venido del exterior. 

Corriendo así los sucesos. Artigas desembarcaba en la 
Calera de las Huérfanas durante los primeros días de 
Abril, y se dirigía desde allí á Mercedes, para formar su 
cuartel interino. El día 11 del mismo mes, lanzó una 
proclama á los voluntarios en armas, elogiando la con- 



126 


LIIIRO II. — Li:v VVr.VMIKXTO DF.L PAÍ 8 


ducta de In Junín di y recoriKiidúiidoloM la 

9ubordinari«»Ji 1 íiis j( ít s y la unión onírf* sí mismoH. Su 
estado do ánimo, á vi-fa d<‘l oiituí^iasmo dominante, puede 
juzgjiivo por las siguientes ji il-dM-as, trasmitidas algunos 
meses después ú una autoridad lejana: «No eran paisanos 
« sueltos — decía n'iiriéndose á los voluntarios que erai>e- 
« zaron á rodearle desde su arribo á Mercedes — ni aque- 
« líos que debían su existeiuia éi su jornal ó sueldo, los 
« solos que se movían; vecinos establecidos, posetdores de 
« buena suerte y de todas las eomoditlüdes (pie ofrece este 
< suelo, (>ian los <pie se < <ni vertían n'pcntinaimmU' en sol- 
<vdad(»s, los (pi(“ abandonabaJi sus inten^scs, sus casas, sus 
* familias, l(»s ipie iban, acasn por [>rimerd vez, á presentar 
t su vida á Itís riesgos d(> una guerra, los que dejaban 
« acoin]»anadas de iin triste llanto á sus mujeres é liij"-; 
«en lili, los (pie soidos á la voz de la naturaleza, oían sé»Io 
« la de la Patria. ^ | 1 ) Kntre e.-t(js acaudalados vecinos, 
estaba I). Joaquín Suárez, di^piu'sío á <lefcnder e(Hi las 
urinas, el ideal polítii'O que junto eon unos cuantos eítmpa- 
fiero-, había propagado de pal a lira y por escrito dos años 
antes. 

A tiempo que Artiga.s lanzaba su proeJama, IJenavúlez, 
internailo en el distrito de Colonia, se dirigía sobre el pue- 
blo del Colín ( boy posario ). eon ánimo de reilucirlo p>r 
la fuerza, (fiiarneeían dicho punto IJli hombres, entre 
ellos 4D soldados al mando d(‘l alférez D. Pablo MartíiH‘Z, 
y ÍHt milicianíM á órdenes del alcalde del pueblo, eoutáu- 
ilose entre estos últimos bailantes hijos del país. Bena- 
vídez se movió el día 2tl de Aliril de las orillas del río 


(1 ) Of tk Ardyt-i á la Juitfo </</ Parajnny icil}. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAIS 127 

San Juan, con toda su división, que pasaba de 500 hom- 
bres, y cuyo entusiasmo era muy satisfactorio. Ese mismo 
día, como á las 5 de la tarde, llegó á los suburbios del 
Colla, intimando rendición á sus defensores. El alférez 
Martínez, atenta la composición del personal á sus órdenes, 
juzgó desde luego que la resistencia era difícil, por lo cual 
quiso negociar una capitulación. Al efecto, se dirigió per- 
sonalmente al campo de Benavídez, para proponerle que le 
permitiera abandonar el pueblo con todos los honores de 
la guerra, y exigir garantías eficaces en favor de los vecinos 
españoles obligados á permanecer allí. El comandante pa- 
triota se negó á todo, formulando la alternativa de un so- 
metimiento á discreción, ó el asalto con sus consecuencias 
ineludibles. 

Dispuesto á cumplir lo dicho, Benavídez cometió á 
D. León Díaz y al ayudante ele órdenes D. Tomás Torres, 
que organizasen las columnas de ataque. Entre tanto, Mar- 
tínez insistía en sus proposiciones, cuya denegación le fue 
confirmada por intermedio de los ayudantes D. José An- 
tonio Ferreira y D. Juan José Ferreira, parlamentarios 
instruidos para el caso. La expectativa crecía por ambas 
partes, porqüe aproximándose la noche, sitiadores y sitia- 
dos arriesgaban á librar un combate en la oscuridad. Pero 
viendo Martínez la resolución inquebrantable de Benaví- 
dez, le ofició al fin que se rendía, entregándose con toda su 
tropa á discreción. El vencedor respetó escrupulosamente 
la vida de los prisioneros, remitiéndolos bajo lista y con 
segura custodia al campo de D. José Artigas, acto que 
también realizó con varios españoles residentes en el pue- 
blo, y cuya desafección á la nueva causa era notoria, Al 
mismo tiempo incorporó á sus huestes buen número de 



128 


UORO II. —LEVANTAMIENTO I>EL PAÍS 


TolnntnríoFi, qnp á 8einejan/>i de lo acontecido en Mercedes 
y SoríanOf pidieron el ingreso á lan filas patriotas. De ma- 
nera que mientras Elío condenaba á la horca todo indivi- 
duo insurrc^cto 6 sospechoso de serlo, los jefes revolucio- 
narios daban público testimonio de civilizacnón, respetando 
la vida de huh enemigos, cuando las perspectivas de la vic- 
toria estaban lejanas y no dominaban el suelo ejército* 
regulares capaces de iin}>oner la disciplina y el orden ( 1 ). 

En condiciones similares al Colla, se encontraban lo* 
principales pueblos del interior, cuyas milicias había con- 
vocado Elío, |K>niéndolas á órdenes de lo» cabildo* respec- 
tivos, ó de alguno que otro oficial de confianza, entre los 
pocos capaces de inspirársela. Para robustecer esa actitud 
defensiva, el Vin-ey no quiso omitir recurso moral 6 ma- 
terial, desde las cartas suplicatorias á lo» párrocos exbor- 
tiíndoles á conmover la religiosidad de sus feligreses, liasta 
las apretadas órdenes á los ¡irelxistes, dif ahorcar todo 
(TÍoIIo que tomustm con las armas en la mano, dándole 
una hora de phiz<^ para prt^pararse á morir. Con este úl- 
timo designio, lanzó á campaña variíis partidas, provistas 


1 1) La ' Mf'ntorin • sai, re ¡os sueraos <¡r nrotns duranlf la guerra tie U 
Imieprnelenf^ia de ios Orieriiales, esfnhleee que la sítqu rsa del f 'oUntum Itt 
gar el J.S de Julio, y frausfiere tus fechas de los eomlntes deJ huvt del Re¡, 
>f San José, que rnn d ser narrados, ai J n ni C de St ¡Uu mhrc respectiva 
nunte. Si ello fuera rierto. todas esos fuarumes ¡sUeus perderinn xh m 
r>fcter de eirtorins iniciales, u el lut rifo de los vetu-rdores ser/n muq exenso 
fjtu s huhriau operado >i es¡iaidas de }iu fuerte rp re ii o que siiintxt á Monte 
rideo dr.siJr dr Junio, en m di haherle ohierto el minino, eouto h lU 
veroii. Kl se flor Múñer, ni sus • yofiria.t-, rrcfifirei, sin pretenderla 
una jiarle de esa tnul inteuriuriada rrouologia^ y J), Justo Afocjfo, ei 
9u •Arf lijas- ftomill.i, la puso donde merece, repriAuciendo de h 
• ffa\ei,n dr fíanios Aires h/s partes oficiales de B'uarldett Quin 
teros, etc. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 129 

de capellanes á quienes estaba cometida la prestación de 
auxilios espirituales á los sentenciados. Una de ellas, man- 
dada por su propio edecán el teniente coronel D. Joaquín 
Gayón y Bustamante, llevando de preboste á D. Diego 
Herrera, y de capellán al de marina, presbítero don Ga- 
briel Lóbrega, tenía orden de avanzar hasta San José, 
reforzando la guarnición del pueblo, si el caso lo requería, 
ó manteniéndose en observación por aquellas alturas, para 
interrumpir las comunicaciones de Ips revolucionarios. 

Sabedor de lo que pasaba, D. José Artigas ofició desde 
Mercedes á su primo hermano D. Manuel, mandándole in- 
corporase á sus fuerzas todas las partidas de los distritos 
inmediatos, y con el ma^^or numero de gente disponible 
ocupase San José á toda brevedad. Don Manuel Artigas, 
entonces, ofició ásu vez á D. Baltasar Vargas, que operaba 
en el distrito de Porongos, é incorporados aquél y éste, for- 
maron una división de COO voluntarios. Con esa fuerza, 
avanzaron resueltamente sobre San José, defendido por un 
corto número de realistas. Guarnecía la población el ayu- 
dante D. Isidro Casado, quien apenas supo el movimiento 
de los patriotas, pidió y obtuvo de Bustamante un refuerzo 
de 20 hombres, y la promesa de que el mismo Bustamante 
iba á unírsele al día siguiente. Pero la rapidez del avance 
de los revolucionarios, no dió tiempo á que se efectuara 
esa combinación. Casado se encontró envuelto al amanecer 
del día 20 de Abril, y tuvo que rendirse, no sin que diera 
lugar esta conducta á la imputación de connivencia con los 
insurrectos ( 1 ). 

Bustamante avanzaba, entre tanto, para unirse á Casado, 


(1) 6 en los D. de P. 


Don. Esp.— III, 


• 9 , 



m 


UnRO II. — I-KVANTAMIENTO ÜKL l'Aie 


como ao lo teiiÍH proniotido. El día 21 á las 0 de la ma- 
fíana, llega Im á nnoa !S kilómetros de ¡>an .losé, cuando 
distinguió una fuerte eolumna (pie venía sobre en aire 
de ataque. Eran los veneedore- del día anterior. Para (X>a- 
tenerlos, tomó posesiones sobre el Pa«o de! Retj, ocupsíu- 
dolo con 1 20 hombres y 1 cnftón. Los patriotas iiitentarou 
forzar el paso, y siendo recibidos con un vivo fuego de arti- 
llería y fusil, contestáronlo sín vacilar, no ol>stante la inf(^ 
riorúlad de sus armas. El tiroteo duró largo tienqn», con 
pérdidas para um>s y <itros, hasta qu<- al lin Bustamante 
inició la retirada, tf miando el camino del pueblo, formado 
en cuadro, y perseguido de cercíi por la caballería pitriota, 
que leiíbligó á acantonarse dentro de la jMtbIacióu. 

Dueños los sitiailores de las afueras del jmeblo, no pu- 
dieron impedir que Bustamante organizase la defensa. Le- 
vantó algunas trimdierasile carretas, abrió varios fosos, co- 
locó en la plaza dos cañones de qiu- disponía, uno de á 24 
en la bocacalle del NorU‘ y otro de á 4 en la del Sud, y 
ocupó las principales azoteas y puntos avanzados á su al- 
rededor. Al misnu.) tienqio, hizo chasques á una partida 
de o 7 lujinbres que tenía en las inmediaciones, y distri- 
buyó convenientemente el servicio de guerrillas para evitar 
cuabpiier soiq*resi. Los patriotas, d su vez, tomaron twlas 
las medidas que el caso ae‘onst*jaba, y la más urgente fue 
exi>etlir aviso á Benavídez, pidiéndole que se les ineorj^ortíse 
(‘llanto antes, para intentar el asalto. Mientras esto aeon- 
tccía, guerrilliilKinsc diaria mente sitiadores y sitiados, con- 
siguiendo lus últimos una ventaja el día 2d, con la entrada 
(le la partida de hombres que tenía u en campaña, cuyo 
jefe arrostró lidbilmente los obstáculos opuestos á su trán- 
sito. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 131 

Veuía entre tanto BenavTdez por el cíimino del Colla á 
San José, con su división, que va pasaba de 600 liombres, 
sumando las incorporaciones íiltiinas. IJegó el día 24, é 
inmediatamente tomó el mando de las fuerzas sitiadoras, 
según le correspondía por su graduación. A poco de haber 
llenado es la formalidad, pasó al jefe de la guarnición si- 
tiada, por intermedio del ayudante D. Tomás Torres, una 
intimación concebida en términos sangrientos, que, como 
de costumbre, debían desmentirse después de la victoria. 
Le conminaba á que se rindiese «en el plazo de doce mi- 
nutos», pues de lo contrario procedería al asalto, «pasando 
« á cuchillo indistintamente á todos los habitantes del 
« pueblo. » Bustamante contestó en el acto, que habiendo 
jurado á Fernando VII, en cuya defensa estaba allí, « no 
« rendiría las armas hasta que la suerte le obligase á ello ». 
Sorprendido por esa resolución, Benavídez tuvo el impulso 
de atacar sóbrela marcha, pero contemplando la proximidad 
de la noche, defirió la ejecución de su pensamiento para el 
día siguiente. 

Después de haber dividido sus fuerzas en 4 columnas, 
destinadas á atacar el pueblo por sus cuatro costados, á las 
8 de la mañana del día 25, rompió el fuego sobre las trin- 
cheras enemigas, sosteniéndolo sin intervalos durante las 
cuatro horas que duró. A pesar de las ventajas de su arti- 
llería y la condición veterana de mucha parte de su trojDa, 
los españoles llevaron la peor parte en estos preliminares 
del ataque. Tuvieron 3 muertos y 10 heridos, mientras 
los patriotas sólo tuvieron 9 heridos, si bien entre ellos y 
de bala en un pie, el capitán D. Manuel Artigas, cuya 
lesión no se consideró de gravedad por el momento. Ese 
eiTor de diagnóstico, mantenido por la entereza de ánimo 



132 


LIBRO II. — LKVA.VTAMIKNTO PEI. I'AtH 


del doliente, hizo tíd vi*z que so le doHCuidara, ó quiza la 
e?e«s€z de rcoursos dis|«jnihlos, impidió á I). Gaspar Gon- 
zález, cirujano do los ¡)jitriotHs, atajar el mal á tuinpo. 

A las 12 mandó Benavídez el asalto. Echaron pie á 
tierra las columnas, avanzamlo con impetuosa ilccisión, 
electrizadas por el ejemplo de sus oficiales y las exhorta- 
ciones dcl capellán 1). Manuel Antonio Fernández, que re- 
corría la línea. El enemigo levantó handera dr parlamento, 
jH‘ro no se hizo caso de ella. Prosiguió il avancr, y á paao 
de carrera, se apoderó aquella caballería dtísmontada, de 
las azot(*as y demás puntos principales, encerrando á los 
sitiados en un círculo de fm^o. La defensa de la guarni- 
ción quedó entonces circunscripUi á la iglesia y lax-acallcs 
de la plaza. Bien ¡pronto fué inutilizada su artillería y do- 
minados sus fuegos de fusil : ocho minutos después, eran 
desalojados los españoh-s de sus cantones, y revueltos ven- 
cedores y vencidos, entraban á la plaza, apoderándose los 
patriotas de las dos piezas de artillería, (pie habían re- 
ducido al silencio jioco tiempo antes. Bustanianie se rindió 
á disen ‘ción, quedando prisitmero de guerra, junto con el 
capellán D. (.Tabriel Lóbrega, los tenientes conmeles 1). Gas- 
par ^anipiero y 1). Diego Herrent (preboste), el ayu- 
dante D. Juan ( atalá, los tenientes D. Manuel Cresjio y 
D. Miguel Bilebes, el cadete D. Francisco 'Cea, 2 sargimtos, 
2 cabos, 23 s»)ldados y 4S paisanos. Los restantes, se in- 
corporaron voluntarios á las lilas patriotas. 

Benavídez encargó al capitán de milicias D. Bartolomé 
Quinteros la custodia de los ¡)ri.siom*ros capturados, en tanto 
se pi’eparalía á remitirlos al cuartel general, piu nunlio del 
tenieute D. Francisco Kedruello, comandante militar de 
Belén, que se había distinguido en la última función de 



LIBRO II. — LEVANTA>[IENTO DEL PAÍS 


133 


guerra. Mientras la remesa se efectuaba, Quinteros apro- 
vechó su comisión accidentat para pasarle á Artigas, con 
fecha 2G de Abril, un parte, atribuyéndose las dos victorias 
obtenidas, aun cuando no es seguro que estuviera en la 
primera toma de San José, y su participación en la se- 
gunda hubiese sido la de un subalterno ( 1 ). « Tengo to- 
mado y ocupo hoy por segunda vez — decía Quinteros — 
este pueblo de San José, por el rigor de las armas en am- 
bas ocasiones. » En seguida narraba confusamente los he- 
chos, haciendo una embrollada descripción de los combates 
habidos; luego recomendaba al portaestandarte D. Juan 
Gregorio Góngora, y á varios vecinos y sargentos como los 
que más se hubieran distinguido en el ataque al pueblo; 
y por último, descubría su verdadera posición subalterna 
con estas palabras: « Concluido todo, ha tenido d bien el 
comandante D. Venancio Ben avidez, me hiciese cargo yo 
de los prisioneros de guerra ; y asegurados en la iglesia de 
este pueblo, me hallo de guardia de ellos con la partida de 


(1) Quinteros no debió eneouirar se en la primera toma de San Josc^ 
lo que él mismo se enrarna de probar en su parte, pues asegura que en 
dicha acción fué herido I). Manuel Artigas gravemente. Bcnaridez, en 
el 2 f(irte oficial d la Junta de Buenos Aires, inserto en la ^ Gavieta > 
de aquella ciudad (23 Mago 1811), afirma que D. Manuel Artigas fué 
herido en el ataque del día 25 de Abril, y el siguiente docimiento 
lo comprueba: En la villa y 2 )arroquia de San José ú 25 de Mayo 

de 1811, ante el cura vicario lh\ Gregorio José Gómez, di seqjultura 
eclesiástica de oficio mayor, cantando cuatro posas y vigilia y misa á 
cuapo qy.'esenie, al cadáver de D. Manuel de Artigas, capitán del Regi- 
miento de América de Buenos Aires, marido y conjunta persona de 
Marta Ana Fernández, residente m dicha Capital; murió el dia 
antecedente de resultas de la herida que recibió en el combate dado en 
esta Villa el 25 del ppdo. Abril; recibió todos los sacramc7itos é hizo 
su disposición testamentaña, en laque declara cuatro hijos, de que cer- 
tifico.— Doctor Gregorio José Gómez.» 



134 


LlimO II. — LKVANTAMIKNTO ÜBL PAÍS 


mi mauiio. ^ Publinulo i.sti* inirie fU l;v </a?f/a de Ui 
nos Aircfj, contri) myo |K>r imiclio tieui|Mi sí («taiilcrcr 
torno de QninteroH la rc|mtíteiún ili* factor principal en 
dos jornadas <le San Josí*. 

A la víspera d<* prestai tarso Benavídez sobn* San Ji 
donde la familia Artigas dclna recoger nn laurel enluta 
otro miembro de ella, 1). Manuel Francisco Artigas, si 
de Casupá con dirmión á Minas, guiando una 
división de voluntarios. El día iM de Al»ril ll<-gó frcnti 
pm blo, ¡níimándol(‘ naidición. 1 )e'5pmís de un breve cain 
de ideas con el parlameutario instituido al efecto, las aut 
dades de Minas capitularon, [irostando juramento de obeili 
eia a la nueva causa y entregando algunas armas dispond 
Entonado por el éxito, y reforzada su división [Mir <1 r 
tingente de varios veciims del pueblo y sus afueras «jin 
le incorporaron, I). Manuel Francisco Artigas cmprei 
marcha con destino á San Carlos. 

ím el tran.«ito, encontró al capitán I). Juan Corrwi 
un grupo de vecinos patriotas, ípiieii le impuso de la bi 
disposición en ipie se ballalia el vecindario de 8an Caí 
y juntos marcharon ainlios solire diclio pueblo. El día 
de Al»r¡! ll<‘garon á sus puertas, jxmet raudo sin la nn 
resistencia. Si' posesionaron de cierta cantidad de ar 
mentó, recluta»Mlo á la V( z un número de voluntario.s 
rresjiondiente á la decisión «pie dominaba en la gene 
dad. Don Manuel Framisco Artigas, ya rei*ünocido por 
superior, distribuyó á cada uno su puesto. Al ca| 
1). Juan Correa lo bi/.o comándame militar de San Ca 
y proveyó en otros sujetos los cmpleiis de milicia 
eran indis]iensal»l(s. Organizado todo en aqvn l niL^ino 
al siguiente mandó á 1). Pablo Pérez de parlainen 



IJBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 135 

Maklonado, para proponer que se rindiese la ciudad (1). 

Mandaba allí D. Francisco JíTvier de Via na, adepto se- 
creto de la Junta de Buenos Aires, pero cuyo carácter or- 
gulloso no le permitía subordinarse á ningún compatriota. 
Hijo del primer gobernador de Montevideo, y dedit^ado desde 
su juventud á la marina de guerra, en cuyas filas había 
hecho su carrera, Via na aceptó como un retiro su vuelta al 
país, donde tuvo ocasión de distinguirse contra los ingleses. 
Nombrado por Soria desde Julio del .año anterior, coman- 
dante militer de Maklonado, su condición de jefe de las 
armas había sido propicia al desenvolvimiento de los tra- 
bajos del partido nacional, y Jas connivencias ya existentes 
entre muchos vecinos de la ciudad de su mando y la Junta 
de Buenos Aires, se robustecieron por el impulso que sigi- 
losamente les daba él mismo. Mas al producirse el levan- 
tamiento del Este, recibió con sequedad las primeras noti- 
cias, y de un modo análogo las insinuaciones subsiguientes 
que D. Pablo Pérez estaba encargado de liacerle. Esta di- 
ficultad prolongó las negociaciones, hasta que D. Manuel 
Francisco Artigas, avanzando sobre Mal don ado; tomó po- 
sesión del punto. Inmediatamente nombró comandante mi- 
litar al capitán D. Juan Correa, quien reuniendo el vecin- 
dario en el Cabildo, le exigió y obtuvo en 5 de Mayo jura- 
mento de fidelidad á la Junta de Buenos Aires, con el 
compromiso complementario de negar á las autoridades de 
Monte\ddeo toda obediencia ó auxilio. Viana, á pretexto 
de la enfermedad que le aquejaba, abandonó el mando de 
la guarnición. 

Brillante había sido la campaña, pues en pocos días y 
(1) •‘Gazeta» de Buenos Aires. (.Extraord 24 Mayo 18J1.) 



IJBRO ir, — T.EVANTAMIE5TO DEL PAÍH 


im 

Hu\ disparar un tiro, D. Manuel Francisro Artigas ntaibaba 
de someter Minas, San Carlos y Maldonailo, pPovey<*íidosc* 
de todo el armamento di."p(>nil>le en sus iiarquee, y levan- 
tando su división ií 3fMí hombres. Á raíz de ello» despa- 
chaba UQ trozo de caballería para posesionarse del fuerte 
de Santa Teresa, mientras «jue con el n»sto se movía en 
dirección á Pando, interrumpiendo por ese medio las co- 
municaciones de Elío con el E^te, y torla probabilidad de 
avituallar á Montevideo por aijiicl lado. Con gran satis- 
facción ofició el jefe vencedor al general Ih'lgrano en 5 de 
Mayo, liándole cuenhi de esto.s sucesos; pero dicha comu- 
nicación debía llegar á su destino cuando el general do la 
Junta ya no ejercía su efímero mando. En la noche del o 
al 0 de Abril había estallado en 'Buenos Aires un movi- 
miento revolucionario, que separó á Belgrano de la Junta 
y le llamó á dar cuenta de su conducta en el Paraguay; el 
general recibió el oficio que le anunciaba estas resoluciones 
el l.° de Mayo á las S de la noche, y lo trasmitió abierto a 
D. Jiísc Rondean [>ara que se hiciese cargo del ejercito, 
marchándose para Buenos Aires al amanect^r del siguientt 
día. El nuevo general en jefe, al entcr«ijse de los resul- 
taílos de la campaña del Este, expidió despacho provisio- 
nal de teniente coronel de milicias á D. Manuel Franciscc 
Artigas, y la Junta de Buenos Aires i*onfirinó csíi resolu- 
ción, dándole la efectividad del «irgo un mes después ( 1 ) 
Los reveses de las armas realistas, sabidos unos tra? 
otros eii Montevideo, produjeron la mayor desazón eiitn 
las autoridades. El ('abildo, que hasta entonct*s permane- 
ciera á la exjK'ctativa, resolvió asumir una actitud más con« 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


137 


digna de las circunstancias. Sus ocupaciones extraordina- 
rias durante el correr de Abril, habían estado reducidas á 
la elección de un Diputado á Cortes, cuyo proceso fue di- 
fícil por distintos motivos. El 8 de ese mes, formuló una 
terna compuesta del Dr. D. Mateo Vidal y de los presl)í- 
teros D. Rafael Zufriat^ui y D. José Antonio Fernandez, 
recayendo la suerte sobre este último, á quien el Cabildo 
expidió su patente, y dos días después le acordó 4000 $ 
para sus primeros gastos en la Corte, y el pago de sus ero- 
gaciones de viaje, á deducirse todo ello de los fondos reco- 
lectados por concepto del derecho 'pcUnótlco, contribución 
impuesta para afrontar los gastos de la guerra. Pero habién- 
dose enfermado grave y repentinamente Fernández, se hizo 
nueva terna con los dos anteriores y el Dr. D. José Ellauri, 
joven abogado cuyo nombre debía vincularse á nuestras 
instituciones fundamentales/ resultando electo de entre los 
tres, á la suerte, el presbítero D. Rafael Zufriategui. 

Mentras se le expedían sus instrucciones, tan amplias y 
complejas como oportunamente lo demostrará el cúmulo 
de n^ocios abordados por él, y la expectabilidad adquirida 
con ese motivo ante las Cortes y el Gobierno central, se 
conocieron las ventajas obtenidas por Benavídez y D. Ma- 
nuel Francisco Artigas, y la llegada de la vanguardia de 
Belgrano á nuestro territorio. Desconcertado por semejantes 
novedades y ante la perspectiva de un próximo asedio, el 
Cabildo, « en presencia de los acometimientos que inten- 
taban hacer contra la Plaza los rebeldes de Buenos Aires 
y atentas las ventajas que iban tomando los insurgentes so- 
bre la Banda Oriental », quienes « por la escasez de tropas 
y gente con que se hallaba Montevideo, se habían apode- 
rado de la mayor parte de la campaña y de los pueblos 





I.IBRO II. - LEVANTAMIRNTO DEL PAÍS 


de esta jurindifción^'x rcr<olvi6 c*d 28 de Abril comi^‘i(ni«r, 
con acuerdo del Virrey, ni Alcalde de 1.*^ voto 1). 

<le ChopiUíu, jiara «pie abnstociíHc de víverex la Plaza, 
aditptniido.lae medidas rímdiiceiite» á cll(> ( 1). 

Al uiíhiho tioiiijM), Elío no defecan naba, prociirándoKC 
aiix¡lioí< dí*l exterior. Ya que no jxidía obtenerlos del Perú 
ni de la Península, «Kurrló á la princesa Doña Carlota, 
cuyas disixisiciones favorabb^s le constaban de un nuxlo ¿)f)- 
sitivo. Tres meses antes había hecho sondmr el iínimo de 
la [irincesa j)or Vigodet, en una consulta destinada tí poner 
en claro sus vistas y las de la Corte del Brasil subíx^^ la si- 
tuación ix)lítk*a. La princesa tras mi lió d .ilidn dr Vigodet 
al Regente, y este, previo didarnen del conde de Linbares, 
autorizó á Dona (,'arlota, en 111 de Febrero, para replicar; 

« que el prínciix^ atendieudo su propio interéí, estaba dia- 
jíuesto á socorrer los gobernadorea de Montevideo y del 
Paraguay, á cuyo efecto npetiría las órdenes al Capitán 
general de Rú»- grande, para que < Hese tod<> auxiliíi de tro- 
pas peilido por los exprcsadc)s gobematlores ó el Virrey 
Elío; poniendo diebos eíuitingentes militares al mando de 
generales españoles. > La noticia de tan resuelta actitud, 
fuc sabida cuando los dcsc-a labros de Bclgnino en el I*ara- 
gnay y el triunfo de Romarate en laa aguas <lel Paraná 
hacían resplandecer la estrella de la Metrópoli; así es que 
Elío no se avanzó hasta [ndir la realizaeióu de las ofertas 
del Regento, sea jKir temor á complicaciones, sea por la es- 
jK^ranza de vencer sin auxilio extraño, 

Pero, dos meses después, el asperto de las cosas había 
cambiado tan radicalmente, qnc el Virrey echó de lado 


( 1 ) L. C. fif Montrriiin». 



LIBRO JL - IJíVANTAMIENTO DEL PAÍS 


139 


todo osoríípulo. Lo animaba á proceder así la evidencia del 
peligro, y el apoyo moral del Cabildo de Montevideo, orá- 
culo de los españoles de ambos hemisferios en todo lo re- 
lativo á las emergencias platenses. No mucho hacía que la 
conducta del Cabildo, en sus relacionen con Doña Carlota 
y la Corte del Brasil, recibiera la más calorosa a[)robación 
de parte del Consejo de Begencia, cuyo primer Secretario, 
confirmando la actitud adoptada, agregaba en nombre del 
mismo Consejo, « que no siendo en ningún modo conve- 
niente el que las tropas portuguesas (Mitrasen en territorio 
español, bajo ningún pret(*xto, ni aún el de sujetar los re- 
volucionarios de Buenos Aires, por manera alguna debía 
el Cabildo llamar ni convidar en su auxilio semejantes tro- 
2 >as. » Ahora bien: si á pesar de la advertencia antedicha, 
muy conforme con su propio sentir, el Cabildo adhería ac- 
tualmente á llamar los portugueses eñ su auxilio, no podían 
las autoridades militares, sin grave responsabilidad, rehu- 
sarse á adoptar aquella medida extrema. Fortificado en sus 
propósitos por semejante raciocinio, Elío escribió con fecha 
I."" de Mayo á Doña Carlota, manifestándole « el estado la- 
mentable de la campaña uruguaya, » sublevada en masa por 
los insurrectos que se dirigían sobre Montevideo, principal y 
casi único refugio del poder español en el país. Pedía con ur- 
gencia tropas y auxilios de toda clase, avisando á la princesa 
que ya se había dirigido con una solicitud análoga al general 
comandante de las tropas de Porto- Alegre — cosa que re- 
cién hizo en 8 de Mayo — y esperaba le fueran expedidas á 
dicho jefe órdenes confirmatoria? de aquella solicitud (1). 


(1) Presas, Memorias secretas; xv.— Pereyra de Silva, Hisí da fun- 
daeao do Imperio; iir, v ; Doct 13, 



14U 


UnRO If. — I.EVAN'TAMlEVrO DEL I'AÍH 


Sin einbMriro, I¡i eficiu lrí i\v es^fon mixilio^ era reinol;i, 
piir‘'í meíliiiban jrríiinli '» ili-l;moÍMíí ,<',ntro lan futTzaM [K^rtu- • 
guessifi y imeíítrart fronUTiH, inieíiints íjiie in>tum*cto.s 
e.-ítaban Jurños i\c la c*ami) iñiU tenían sitiadn á Vigadet i*n 
Colonia (• ilmn r duei^-o lo ú Elío lí mm situación ¡mrc- 
( ¡da. Necesitaba, pue.s, el Virrey romper la incomunicación 
que le circundaba por todas partea, (.'un ese propósito (Qui- 
cen tró las milicias de caballería que le quedaban en el 
0(‘ste y oíros distritos cercamos, vii número de GOO jinetes, 
y |)oniendo á concurso lus divci^ns ruri p'i- *1- la g\ianil- 
ción de Montevideo, sacó de ellos (iijq hombres de lu.sil y 
un tren de ó p¡<v.as <le artill<TÍa. Esta división de 1‘JOO 
hombres, al mando del eapit ín de fragata IK José Pítsadas, 
recibió ord(‘u de acuartelarse en las Pie Iras, fortificándose 
allí si fuera nec'csario, en previsión de las merma ^ que iba 
á sufrir por la naturaleza de sus eometidf>s. reñía eiu'íirgo 
Posadas de mantener libres las <-omunií m iomas del Virrey 
con el centro del país y reslaMecvr las del Este, cuya iii- 
terru|x*ión privaba á Montevideo de víveres frescos. 

No obstante el designio belicoso (pie acusaban estos 
preparativos, Elío dc'seaba la paz, convencido de su impo- 
tíMicia para vencer una insurr(*eción cuyos adeptos estaban 
en todas part(‘s. El andamiaje de su sistema terrorista se 
había vcMiido al suelo, á pe.^ar de la prosop>jx"ya c*on que 
lo levantara. Al desprecio con que habían contestado sus 
amenazas de horca Jos vecimlariod 'enteros, acababa <le 
unirse un hecho d(‘ alta significación moral, pañi aquilatar 
la diversidad de criterio dominante ('utre él y sus conten- 
dores. Considerando lícitos todos los nu cios de ahogar la 
insurrección, Elío abrió las puertas del presidio de Mont(‘- 
video á un malln^dior de andlido Mena. c«»ii la nuidición 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


141 


de que saliera de partida á la campaña, y aquel individuo, 
ganando los montes del Yí, se juntó á otros sus iguales, 
para ejercer de cuenta oficial los delitos que particular- 
mente tenían por costumbre. Al saberse esta novedad, un 
simple magistrado, D. Vicente Báez, juez comisionado de 
Isla Sola, en nombre de la lej^ convocó al vecindario de 
su jurisdicción, y con 150 vecinos salió en persecución de 
Mena, demostrando á Elío (pie no porque el país hubiese 
empuñado las armas para reivindicar sus derechos, la jus- 
ticia ordinaria había perdido la noción de sus deberes. Co- 
municada esta -resolución al general Rondeau, pudo dicho 
jefe trasmitirla a la Junta de Buenos Aires, con la misma 
fecha que avisaba los triunfos obtenidos por D. Manuel 
Francisco Artigas y el pronunciamiento definitivo de Cerro- 
Lai^o; haciendo posible á todos establecer el cotejo entre 
la conducta de los revolucionarios y la del representante 
de la Metrópoli, que invocaba la legalidad ( 1 ). 

Agotados, pues, todos los medios de imponerse por el 
terror, y muy dudoso el éxito definitivo de las armas, Elío, 
que como se ha dicho, deseaba la paz, encontró oportu- 
nidad de hacérselo sentir á la Junta de Buenos Aires, 
aceptando un recurso inesperado. Lord Strangford, Emba- 
jador inglés en Río Janeiro, acababa de j)resentarse como 
mediador entre la Metrópoli y sus colonias, y Elío aceptó 
la mediación, dando aviso á la Junta de ese hecho. Al pro- 
ceder así, el Virrey ignoraba que la Junta se les había 
adelantado á los dos, y negociaba por cuenta propia un 
acomodamiento con la Corte de Río Janeiro, para sacudir 
la infiuencia de Strangford- y la tutela de España, echán- 

( 1 ) Of de Rondeau á la Junta ( Gaxeta de B. A., cit. ) 



U2 


LIBRO IL — I.EVANTAMÍESTO DKL PAÍM 


(lose* en brazos l)i»nn ('arlota <le Borlmn, cuyo antiguo 
pivstigin había renaeiiln entre la msiyoría de lo» direí*torc*M 
del moví miento rcvoliieioiiario argeiiíinn. Esta eniiducta de 
elh)s respondíu al j)ro|HHÍto de oltteiier la independencia 
bajo los aus]neioM d<* un gobieino inomírfpiico ctDnstitucio- . 
nal, usjaraciún que seeretainente les trabajaba, y cuya 
marcha j progresiva, contenhla el ano anterior por las ener- 
gías de Moreno y sus adeptos, no eneon traba ahoni otro 
obstílculo que la política ingh-sa, decidida en favor de la 
integridad de los dominios españoles, por eau-a- y iiinii\n- 
explicables. Aprovechando esta libertMil de a* cidii interna, 
la Junta, con el propósito de realizar sus planes, tenía 
iioínbrado agente en Kío Janeiro, desde principios de A!»ril, 
íí J). Manuel de ¡r?arratea, con instnieeioucs dobles cpie w* 
avenían jx^rí'eetamente á su carácter de una dupliei<la<l sin 
límites. En 2'2 <lc Abril entregó Sarratea su caria de pre- 
sentación al conde de íáiibares, y de>dí* esa b eba emp zó 
á procurar el cum|)l i miento de su c >iuetido. 

Nada más lisonjero para el jeh* de la eancillería jportu- 
gucsa, que aquel mi^nsajo auspieioso, ¿portador dt‘ las segu- 
ridades del triunfo. Al fin fi nía en su mano la suerte dcl 
Rfip do la Plata, ensueño |M>lítieo, realizado ¿w im con- 
curso <le circunsUmeias (jue fcc adelantaban á sus detSMPs y 
á sus medios disjponibles. Protegido pie Inglaterra y aliado 
á Es¿paña, n<p había j^pdido avp iiturarse Portugal hasta en- 
t( pnces en cosa alguna al respes to, que no fucsp' « on el 
ficuerdo de ambas nacipuie.', ó la amenaza de su b(pstilidad 
si pretendía contrariarlas, agregándose á estas dificultades 
la ¿pcrspeetiva de las resisteneias que iban á oponer! p* los 
pueblos platenses. Ppto resuelta la Junta de Rueños Aires 
á echarse en su» brazos, todo cambiaba de faz, porque la 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 143 

conquista estaba de antemano asegurada por el dominio 
efectivo del suelo, y la acción de Inglaterra podía parali- 
zarse por la concesión de amplias liberalidades comerciales. 
Las instrucciones de Sarratea daban base para fundar estos 
cálculos. Ellas, como }'a se ha dicho, eran dobles; redu- 
cióndose éñ su parte ostensible, á pedir la mediación de los 
gobiernos portugués y británico para el cese inmediato de 
la guerra civil y el estaldeci miento de la libertad de co- 
mercio con Buenos Aires: ohligáb;ise la Junta á promover 
una susi^ensión de armas, y adniitía la obligación de hacer 
propuestas destinadas á reincorporar dentio de la monar- 
quía española, las provincias sujetas á su dominio propio. 
La parte reservada de las instrucciones habilitaba al ple- 
nipotenciario para cosas bien diferentes : iba autorizado á 
negociar la erección de. una monarquía constitucional en el 
Río de la Plata bajo el cetro de Doña Carlota de Borbón, 
quien, luego de ceñirse la corona, debía resignarla en el 
príncipe D. Pedro de Braganza, su hijo ( 1 ). 

Se concibe la premura con que Linhares acusó recibo á 
la nota de la Junta, reforzada por las aclaraciones comple- 
mentarias del agente diplomático. La solución propuesta 
no podía ser más satisfactoria, pues entregaba los pueblos 
del Plata á Portugal, cuyo prínci])c heredero, de 13 años 
de edad, venía á quedar dueño de ellos en último resultado, 
por la abdicación exigida á su madre. El mismo día 22 
escribió Linhares una respuesta, basada en el fundamento 
más artificioso que pudiera imaginarse. Asentaba, como 
mii*a esencial de la política del príncipe Regente, su fideli- 


(1) Pereyra da Silva, Hisi da fundaedo do Imp ; iii, v; Doc 16.— 
López, Hisi de la Rep Arg ; m, xii. . 



U4 


LIBRO II. — LFVANTAMÍBNIX) DBL PAIH 


dad á la íilianzn i'h tal decid a entre Enjañu y Portugal, y el 
inter^ coiiHiguiente en mantener la integridad d(^ la Mo- 
narquía es|uiíiola; agregando que por eso migrao estaba 
decidido á « conn^rvar y asegurar los derechos eventuales 
<le la princesa Doña Carlot¡i di* Borbón, esposa de S. A. R. ^ 
Sobre esta base hacía el ofrecimiento de todo su concurso, 
para negociar un armisticio con Elío, satisfaciendo así loe 
deseos del agente argentino. La Junta contestó en 10 de 
Mayo, dando á Linhares las más expresivan gracias |X)r 
sus ofrecimientos, y avanzándole, en cuanto al armisticio, 
«que ace])taría desde luego iotla projins¡riún t¡tu por me- 
dio de S. .1. lí. le fuera propursta, y (pie no comprome- 
tiera los intereses (pie se le habían confiado. > En todo lo 
demás, ratificaba las instrucciones secretas ex|)edidas á Sa- 
rratea, acentuando su rompimiento con el Gobierno espa- 
ñol, € doloroso rompimiento, ya (/c/?/u7/r o, irrrmrditifdr, 
que hacía, ptreiao, indiKjH'tmifdc buscar la indei>enden(áa 
bajo la adopción y el vasallaje de n/ro¿( ^nhcrafiu.s (jtir lo¡f 
de la rasa csjnutola. 

En este punto estaban las negociaciones, cuando se pre- 
sentó Lord Strangford ofreciendo sus buenos oficios. La 
m (‘diación dcl Embajador ingk's respondía á conveniencias 
indiscutibles de su país, pues aliadas Inglaterra y España 
contra Bona]>artc, era apremiante para el Gabinete britá- 
nico remover todo obstáculo que debilitara las fuerzas opues- 
tas al formidable enemigo de la estabilidad, europea. En 
esc prop(>sito, la pacificación de las colonias del Plata, ó 
cuando menos la suspensión de sus hostilidades contra la 
Metrópoli, constituía un objeto de primera necesidad para 
aliviar el jieso de las cargas de la Península, permitiéndola 
concurrir desahogada mente á la lucha contra el enemigo 



IJBRO II. — LEVANTA.^[|£JJ.J.Q del PAÍS 


147 


comiln. No podía extrañarse, entOr^ta exacta de ellas, sin 
de la diplomacia inglesa se encaraina.fos. Analizando las 
solución pacífica en la contienda hispano v^abía protestado, 
la oportunidad de enunciar ese deseo fuesir,, e^tar firme- 
apenas se presentai-a. » el general 

El bloqueo establecido por Elío y aceptado poi^u Bre- 
gleses, (lió mérito á la primera insinuación. La Juii'3i Iqs 
B uenos Aires, quejándose contra aquella medida precursoi^ 
de inconvenientes y vejaciones continuas, había elevado 
sus reclamos en 24 de Febrero á Lord Strangford, llamán- 
dole de paso la atención sobre la ilegalidad de la investi- 
dura de Elío, y pidiéndole que trasmitiese al Gobierno 
británico sus observaciones y qm^jas, Strangford contestó 
con fecha 20 de Abril, que cumpliría gustoso el encargo, 
aun cuando anticipaba que el oficio de la Junta sería reci- 
bido por el Gobierno ingles con el más profundo senti- 
miento, aumentando « los que no podía menos de inspirar 
la desgraciada contienda entre Buenos Aires y sus depen- 
dencias. » Entraba luego á analizar la conducta política de 
la Junta, que si en principio merecía sus más calorosos 
aplausos, por cuanto había adherido públicamente á la 
causa común de los aliados contra Francia y prometido 
conservar estos dominios á su legítimo soberano, en la 
práctica presentaba la dualidad de que sus resultados apa- 
recían disconformes con aquellas declaraciones, desnatura- 
lizándolas por la prolongación de una guerra civil que ab- 
sorbía enormes recursos y ponía en peligro los intereses de 
la coalición. Refiriéndose en seguida á la ingerencia posi- 
ble de la Gran Bretaña en la contienda, afirmaba que « co- 
nocida la escrupulosa buena fe de la Corte de Londres, la 
naturaleza sagrada de los vínculos que la ligaban á Es- 


Dok. ESP.--1II. 


10 , 



144 


UBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


<lail á la alianza ostalilerida <*ntre Ee[mAH y Portncal, y el 
inter<*a consijíulente en mantener la integridad de la Mo- 
narquía e^ijañnla; agregando que ])ur e»o mismo estaba 
dwidido á « eonnervar y asegurar los d<*reehos eventuales 
do la princesa Doíla Carióla tle HoriMui, esposa de S. A. R » 
Sobre esta base hacía el ofrecimiento de tralo su concurso, 
para negociar un armisticio con Elío, satisfacáendo así los 
deseos del agente argentino. La Junta contestó en 10 de 
Mayo, dando á Linbares las más expresivas gracias por 
sus ofrecimientos, y avanzándole, en cuanto al arinistit in, 
«que aceptaría desde luego toda prñj)nyir¡ón *j,n por me- 
dio di' S. ^í. A\ le fuera prnpur^ta, y que no comprome- 
tiera los intereses que se le habían coníiado. » En todo lo 
demás, ratificaba las i nst mociones secretas expedidas á Sa- 
rratea, acentuando su rompimiento con el Gobierno espa- 
ñol, € doloroso rompimiento, ya ífe/í a irrcmrdiafd,-, 
que hacía, prcciao, iudi,y}nifintdc buscar la independoníia 
bajo la adopción y el vasallaje de otma x( du ra nos (juc los 
de la (•((.<(( española. > 

En este punto estaban las negociaciones, cuando se pre- 
sentó Lord í^trangford ofreciendo sus buenos oficios. La 
mediación del Einliajador ingles respondía á conveniencia.s 
indiscutililes de su país, pues aliadas Inglaterra y í^paña 
contra Bo ñaparte, era apremiante para el Gabinete britá- 
nico n inover todo obstáculo que debilitara las fuerzas opues- 
tas al formidable enemigo de la estabilidad eurujxía. En 
ese propósito, la pacificación de las colonias del Plata, ó 
cuando menos la suspemsión de sus hostilidades contra la 
Metrópoli, constituía un objeto de jirimera necesidad para 
aliviar el jieso de las cargas de la Península, j>ermitiéndola 
concurrir desaliogadameutc á la lucha contra el enemigo 



UBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAIS 


145 


comvln. No podía extrañarse, entotices, que las corrientes 
de la diplomacia inglesa se encaminásen al logro de una 
solución pacífica en la cojUienda hispam>^latense, y que 
la oportunidad de enunciar ese deseo fue^aprovechada 
apenas se presentai'a. \ 

El bloqueo establecido por Elío y aceptado pot;los in- 
gleses, dio mérito á la primera insinuación. La Junte de 
Buenos Aires, quejándose contra aquella medida precurs^55a 
de inconvenientes y vejaciones continuas, había elevado 
sus reclamos en 24 de Febrero á Lord Strangford, llamán- 
dole de paso la atención sobre la ilegalidad de la investi- 
dura de Elío, y pidiéndole que trasmitiese al Gobierno 
británico sus observaciones y qm^jas. Strangford contestó 
con fecha 20 de Abril, que cumpliría gustoso el encargo, 
aun cuando anticipaba que el oficio de la Junta sería reci- 
bido por el Gobierno inglés con el más profundo senti- 
miento, aumentando « los que no podía menos de inspirar 
la desgraciada contienda entre Buenos Aires y sus depen- 
dencias. » Entraba luego á analizar la conducta política dé 
la Junta, que si en principio merecía sus más calorosos 
aplausos, por cuanto había adherido públicamente á la 
causa común de los aliados contra Francia y prometido 
conservar estos dominios á su legítimo soberano, en la 
práctica presentaba la dualidad de que sus resultados apa- 
recían disconformes con aquellas declaraciones, desnatura- 
lizándolas por la prolongación de una guerra civil que ab- 
sorbía enormes recursos y ponía en peligro los intereses de 
la coalición. Refiriéndose en seguida á la ingerencia posi- 
ble de la Gran Bretaña en la contienda, afirmaba que « co- 
nocida la escrupulosa buena fe de la Corte de Londres, la 
naturaleza sagrada de los vínculos que la ligaban á Es- 


DOM. Esp.— III. 


10 , 



14« 


UBKO II. - LEVA:ÍÍTAMIEJíTO DEL I»Al8 


pafla, j elgrandr y universal monte importante ohjeto de su 
alianza, «lobín i>en*naclir8e la Junta de que Inglaterni « sin 
violar aquella fe, sacrifiosir aqm llos emjxíftos y abandonar 
aquellos objebOvS, ♦ iium-a )XKlría aprolwir medidas prwluo 
tivas de la deHunióii entre los aliados, cuyo feliz éxito de- 
pendía de una coojieración cordial, y de la buena inteli- 
genciti entre sus miembros constituyentes. » Y por (lítimo, 
terminaba ofreciendo los buenos oficios del Gobierno inglés 
para facilitar una composición amigable entre la Junta y 
las autoridades metropolitanas. 

El golpe era contundente, y la Junta c|ui'H devolverlo 
en un oficio «jue revela l)a á las claras su resolución de no 
tratar con Ksj)aña, rehusando cuanto Inglaterra propusiese 
al efecto. Escrito ese documento en 18 de Mayo, dos días 
después de haberse entendido con Portugal, la Junta, sin 
decirlo, confirmaba los compromisos contraídos, cuyo prin- 
cipio de ejecución empezaba ella misma á realizar. Po- 
niendo á (‘oncurso alternativamente la ironía, la vehemencia 
y la reflexión, deslizábanse sin alce en el oficio mencionado 
los argumentos favorables al repudio de la mediación bri- 
tánica, cuyas causas impulsivas, examinadas á la luz de un 
análisis sutil, colocaban á Strangford, no en la posición 
sinipáticíi de mediador, sinó en la de agente decidido de la 
política española. Después de aquella demostración incon- 
testa I de, no se entreveía otra alternativa que la sumisión 
absoluta al antiguo régimen ó la remineia á toda coopera- 
ción inonil de parte del Gobierno inglés; y la Junta, com- 
prendiéndolo así, aceptaba con todas sus consecuencias los 
peligros del almiulono, antes que traicionar la causa > en 
c\iya defensa decía estar comprometida. 

Tan capiude.s fueron las dc'claraciones de este docu- 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 147 

mentó, que es imposible darse cuenta exacta de ellas, sin 
conocer ai menos sus principales párrafos. Analizando las 
consecuencias del bloqueo^contra el cual había protestado, 
decía la Junta á Strongfard : « Puede V. E. estar firme- 
mente persuadido de que el bloqueo puesto por el general 
Elío, más es en perjuicio de los intereses de la Gran Bre- 
taña y de la España misma, que de los nuestros. Si los 
escrupulosos miramientos de su Nación llegan hasta disi- 
mular tantos agravios, la Junta no puede prometerse de 
estos pueblos este genero de humillación. En ellos no se 
experimenta otro pensamiento que el de resistir las em- 
presas atrevidas de un jefe que sin más título que una 
simple carta del secretaria Bárdaxi su pariente, se le mira 
como un Virrey hostensil. Esta circunstancia es la que ha 
precipitado la aversión con que se hallaba de antemano 
cargada su memoria, y la que ha hecho que los pueblos de 
la Banda Oriental se levantasen en masa. Ellos pidieron au- 
xilios á esta Junta y son los que han contenido sus agre- 
siones hasta encerrarlo en las murallas de Montevideo. » 
Planteada la cuestión de este modo, la Junta deducía 
sus rigorosas consecuencias. « En este estado de cosas — 
continuaba — el armisticio que el genio conciliador de 
V. E. nos propone, no producirá otros efectos que frustrar 
una empresa tan avanzada, poner en manos de la ven- 
ganza de Elio la suerte de imcchos compatriotas^ excitar 
una convulsión universal de estas provincias, y abandonar 
. nuestro crédito d las fluctuaciones de la opinión. Esto, 
s^uramente, sería obrar contra los principios de nuestra 
institución, y volver á levantar el sistema colonial que 
hemos destruido con nuestras manos. » Pasando de las 
consideraciones relativas al armisticio, á las que inspiraba 



148 


UBRO II. — U2 VA NT AMIENTO DEL PAÍ» 


la mediación ofrecida, decía tambión : « Para que el Gvabi- 
nete inglOíS pudiese hacer los oficios de un mediador im- 
parcial, era preciso reeoncKñese la recíproca independencia 
de estos estados. De otro modo, ixweído el Gabinete bri- 
tánico con la idea de nuestra degr:i dación, no seria extraño 
que fuese el fruto de esta negociación dársenos por favor, 
mucho menos de lo que se nos debía por justicia. ...» 

« A más de esto — pro?eguía — V. E. enlaza en su plan, 
la ocurrencia de esta mediación con la del armisticio. Si 
óste se verificase entre tanto se daba curso á la in'gocia- 
cióü, debería quedar el ffeneral Efút (sí lo menos en la 
parte que ocupa) con toda la inveMídura de Virrey que 
le dió la Junta de Cádiz. Pero ya debe conocer V. E. que 
esto envuelve una contrariedad de principios. Elío y el tri- 
bunal ilegítimo de donde deriva su autoridad, vendrían d 
quedar triunfantes sobre nuestros derecftos, antes de ter- 
minarse la disputa ( 1 ). 

Todo esto era verdad, pero lo eini tanto rcsj^ecto á las 
ventajas que Elío pudiera obtener, como á las que le re- 
sultasen á Portugal si Elío y Strangford quedaban bur^ 
lados por los npgociadores argentinos. No había otra dis- 
yuntiva en este debate, que aceptar la mediación inglesa 
permaneciendo españoles, ó aceptar la ingerencia portu- 
guesa con la coronación subsiguiente de Dofia Carlota ó 
su hijo. La convulsión universal de las provincias que la 
Junta temía en el primer caso, debía fatalmente producirse 
en el segundo ; porque en ambos procedía ella contra los 
principios de su institución, que no eran nego<‘iar acomo- 
damientos de carácter peixlurable, sino someter al dicta- 


(1) López, Ilisl ds la Rfp Arg; iii, Apénd iv. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 149 

men de los pueblos del Río de la Plata, libremente repre- 
sentados en un Congreso soberano, la decisión sobre el 
modo y forma en que deseaban ser gobernados. La misma 
lógica aplicada á sostener el repudio de la intervención in- 
glesa, podía servir y sirvió más tarde contra la intervención 
portuguesa, cuando los pueblos del Uruguay y del Paraná, 
viendo frustrar una empresa tan avanzada cual era la 
conquista de la independencia nacional y la libertad interna, 
interrogaron indignados al Gobierno de Buenos Aires, cómo 
podía prometerse de ellos ese género de humillación. 

No le tomó de nuevas á Strangford la respuesta de la 
Junta, y aun cuando así hubiera sido, ella venía tarde para 
obstaculizar sus planes. Era Strangford dueño de la si- 
tuación en Río Janeiro, á cuyo efecto se había allanado 
todos los inconvenientes. El primero que eliminó fue Sir 
Sidney - Smith, protector más ó menos entusiasta de la 
princesa Carlota, haciéndole sustituir por el almirante De 
Courcy, con quien pudo contar sin reservas. Mas como la 
princesa, mientras maduraba nuevos planes sobre el Río 
de la Plata, prosiguiera sus intrigas y trabajos para hacerse 
aclamar Regente de España, Strangford, coadyuvado por los 
gabinetes inglés y portugués, la puso en la disyuntiva de re- 
nunciar aquellas pretensiones, ó de aceptar la Regencia sin 
moverse de Río Janeiro, nombrando desde allí, con acuerdo 
de la Gran Bretaña, funcionarios escogidos para gobernar la 
Península, y entregando á Lord Wéllingtonelmandodelos 
ejércitos españoles con la administración de las rentas des- 
tinadas á pagarlos ( 1 ). Es inoficioso decir que Doña Car- 


(1) Pereyra da Silva; Hisi da fundando do Impi in, v. — Presas, 
Memor ias secretas; xvu y xvui. 



150 


IJDRO II. — IJíVANTAIIIEírrO DEL PAÍH 


Iota rechazó tan humillant<*f< condicionen, demoetrando una 
vez más (jiio no eran las e\teriori<ladc8 del poder las que 
tentaban MU ambición; pt^ro por mucho que esta actitud, 
sabida más tarde en la lV*níiwula, le gauase bastantes par- 
ti<larioH y adbereutes, la retluju ile inmudiato á la impo- 
tencia. 

Luego que neutralizó á Dofia Carlota, el Embajarlor bri- 
tánico se propuso neutralizar al marqués de Casa Irujo y 
al conde de L¡ ollares, señalándole al primero los peligros 
(pié corría con su atolondramiento, y al st gundf» l;i- consc- 
cuencins (jue debían rr^ultarle de su audacia. Casa Irujo 
era un semi-partidario dt* Doña Carlota, y veía sin cuidado 
el avance p>sil)le sobre el Uruguay del ejército portugués 
acantonado en Río -grande, wn cuya cooperación contaW 
restablecer el dominio español en estas regiones; pero 
Strangford le demostró, apelando á los antecedenus sn n- 
lares d(‘ la jiolítica lusitana y á los datos utbiuiridos dr 
pr(‘sente, que la proU*cción ostensible del ejérein» jiortugués 
á Ello eni una añagaza para apalerarse de Montevideo, 
(‘xtender én seguida igual dominio sobre el Uruguay, y de- 
jar burlada á España: con cuyas st^guridatles quedó el mar- 
(juéá para no voIvit de su espanto en mucho tieniix). Por 
lo (pie resi>ccta al conde de Linhares, Htmngford prt^scin- 
dió de los medios i>ersuasivos, amenazándole c*on retirar al 
Regente la protección británica, cortar las relaciones di- 
plomáticas con su Gobierno y reídiazar jx>r la fuerza toda 
tentativa contra las colonias pía tenses. Esta doble actitud 
con españoles y portugueses, surtiendo todos los efectos 
deseados, eonsolidó de un modo irrevocable la jxisición del 
Embajador inglés. 

Sometido Linbares, convino con Strangford en dirigirse 



OBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 151 

á la Junta de Buenos Aires, hacinándola perder toda espe- 
ranza de cooperación á sus proyectos. Tomó pie para ello 
de la nota de 16 de MayóTen que la misma Junta se había 
avanzado á aceptar anticipadamente ctialquier jyToposíción 
que le hiciera la Cancillería portuguesa en el sentido de 
promover un armisticio; y la contestó con fecha 30, del 
modo más inesperado y brusco. Empezaba la mencionada 
respuesta asegurando que el príncipe Regente veía « con 
real sensibilidad, los infelices acontecimientos que desola- 
ban el Virreinato de Buenos Aires, particularmente el Pa- 
raguay, y ahora mismo el territorio del Uruguay. » Agre- 
gaba, que aun cuando S. A. R. estimara el asentimiento 
de la Junta á la mediación ofrecida por ól, « con todo, ha- 
llando sus fronteras expuestas á la horrible anarquía re- 
volucionaria que infestaba la provincia del Uruguay, y 
teniendo pedido el Virrey Elío aquel socorro que el prín- 
cipe Regente debía á su aliado S. M. Católica, no podía 
S. A. R. negar dicho auxilio, á menos que la Junta se 
mostrase inclinada al restablecimiento de la paz y cesación 
de todas las hostilidades. » Para el efecto, proponía el prín- 
cipe su mediación en estos términos: 1.** que el territorio 
del Uruguay quedase sujeto á Elío; — 2.° que se levan- 
tara el bloqueo de Buenos Aires y se reconociese la liber- 
tad de comercio; — 3.® que el Paraguay quedase sujeto al 
Gobernador Velazco y el resto del Virreinato á la Junta 
de Buenos Aires; — 4.® que se nombrasen comisarios mu- 
nidos de plenos poderes para tratar con España, á cuya 
aprobación debía someterse el proyectado ajuste ( 1 ). 

Declaraba al mismo tiempo el príncipe Regente que, 


(1) Pereyra da Silva, Ilist da fundando do Imp; m, v, Doc 9. 



152 


UBRO II. — LEVANTAMIEm'O DEL PAÍS 


accediendo la Junta a osIma pro|>oM¡ doñee, las tropas por- 
tuguesas iH* auxiliarían al A'irrey Elío, pues dicho auxilio 
sólo tendría electo en el caso de una mgativa. Juzgando 
de su obligación proce<ler € bajo tan justos y moderados 
principios esj)erabiL por lo tanto, el príncipe, que la Junta . 
tomaría € en seria consideración » sus indicadones, y no 
despreciaría unas ofertas dictadas « por la amistad y alianza 
que unían á S. A. R. con S. M. C.,» á la vez de repre- 
sentar <' la mayor prueba de los sinceros deseos de S. A. R. 
pVr la prosperidad de los vasídlos de su aliado, cuya ar- 
monía y buena inteligencia promov«TÍa siempre., en cuanto 
lo fuese jKisible. » Om mano convulsa debió firmar Linha- 
r(‘3 esta n<)ta, que era un cruel repudio de sus^ás acari- 
ciados proyectos. Ello no obstante, la amargura y el dis- 
gusto producidos por esa contrariedad, exacerbaron sus 
bríos como se verá después. 

Abatidas todas las resistencias, no que<laba otro obstá- 
culo de momento que la Junta de Bueims Aires; jiero 
Strangford nada temía jior ese lado. Conocedor de los pla- 
nes más secretos de la Junta, sabía que al cortarle las alas 
á Linbares, se las había cortado á ella, im¡x)sibi litándola 
para adelantar sus pr«>y(*ctos de coronación de Doña C’ar- 
lota, dcstle que tfxlo a^xiví^ en Río Janeiro le sería uegíido 
para el caso. Además, la Junta estaba advertida [>or el 
mismo Strangford del pensamiento dominante en el Gabi- 
nete ingles, cuyo pnqwsito indeclinable era la ¡mcifi(‘ación 
de las colonias americanas, con el reionoeimiento expreso 
de los derechos de Fernando VII, actitud que excluía va- 
cila cione.s solare ese punto lapital. Por otra |>arte, los pla- 
nes de la Junta no tenían defensor, pues su propio agente 
I). Manuel de Sarratea, se había entregado |)or entero ¿ 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 153 

Strangford, convirtiéndose en una adherencia de la Lega- 
ción británica en Río Janeiro, bajo cuya protección actuaba, 
escudado en sus debiesen strucciones, que así le habilita- 
ban para promover los intereses de Doña Carlota, como 
para defender los de Fernando VIL 

Habiendo optado por este último papel, Sarratea se 
obstinó en desempeñarlo con un celo adecuado á las sim- 
patías que ansiaba granjearse. No solamente defirió á la 
proposición del armisticio indicado por Strangford y acep- 
tado á la fuerza por Linhares, sinó que se hizo partidario 
entusiasta de la solución, dando por admitido que la Junta 
de Buenos Aires la ratificaría oportunamente. No contaba, 
empero, con una grave dificultad que opuso el marqués de 
Casa Irujo, negándose á reconocerle personería oficial; pero 
Sarratea, inspirándose en los consejos de Strangford, creyó 
posible remover el obstáculo con la declinación de sus in- 
cumbencias diplomáticas en manos del Embajador inglés, 
á quien habilitó á negociar por los dos ( 1 ). Después de 
esto, el asunto tomó un giro expeditivo, atenta la presteza 
con que el agente argentino se acomodaba á las exigencias 
de los demás. Sarratea comunicó á Strangford que la Junta 
de Buenos Aires estaba dispuesta á celebrar un armisti- 
cio, cuyas bases fundamentales eran el reconocimiento de 
los derechos de Fernando VII y la sanción de la libertad 


(1) San'atea — un escritor argentino — em el hombre mandado 
hacer jjara que el Embajador' inglés hiciese cera y pábilo de él. Cor- 
tesano y iriviab de una movilidad perlática en las ideas, intrigante por 
el solo gusto de se^do^ sin respeto por los principios ni por los compro- 
misosy mansísimo y dúctil en el fondo, medio saltimbanqui, medio ca' 
ballero de alcurnia, con modales elegantes y sueltos, delicados, ¡¡ero sin 
dignidad, á todo estaba pronto con tal de hacer figura entre grandes, 
fuese para lo que fuese. (López, Hist de la Rep Arg; iii, xii.) 



154 


LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


de comercio. Stranji^ford trnsmitió á Casa Trujo y al Re- 
gente las prnjK)8Íc¡ones anteilichiiB, con cargo de que el pri- 
mero las remitiese á la Península, y el segundo las acep- 
tase y propusiese á la Junta de Buenos Aires, dándola 
o|)eión de soineteree á «‘lias ó atrontar la hostilidad portu- 
guesíL Reconocióse al Gíobiemo inglés su carác.'ter de me- 
diador, cometiéndole la ultimación de los trámites defini- 
tivos del asunto ante el Grobiomo central de España, y así 
convenido, se aconló que en todo el correr de Mayo se tras- 
ladase el negociado á Eurojw. 

El Embajador ]>ritiínico había consc-ínido, como so ve, 
entor|K*cer el buen acuerdo entre los portugueses y la Junta 
de Buenos Airea, paralizar la acción de la princesa Carlota 
y dejar Ubn* la suya propia para proteger los intereses de 
España, que era su objetivo principal. Las causas de esta 
actitud han sido apreciadas de diverso modo, atril my en- 
dose á oscuros cálculos de hostilidad comercial ó al pérfido 
deseo de abatir secretamente el jx)der español; pero ni una 
ni otra intención i>redominaba en la diplomacia inglesa por 
aquel tiempo, ni sus conveniencias primordiales podían 
aconsejarla semejante proceder. La asiduidad de Strang- 
ford obetlecía á las apremiantes instrucciones de sn Go- 
bierno, cada vez más em}>eflado en adelantar eficazmente 
la guerra contra Napoleón, para Hbrarst* del bloqueo con- 
tinental. Inglateira necesitaba totlos sos recursos y los de 
sus aliados, á fin de arrostrar aquella hostilidatl sin prei'e- 
dentes, y mientras España no pusiera en manos de la Ad- 
ministración británica sus tesoros, como ya había puesto 
sus soldados, era iiiq)Osible contar con una cooperación 
completa. Para lograrla, se imponía la pacificación de las 
ct^lunias americanas, fuente de los principales recursos de 



LIBRO II.- LEVANTAMIENTO DEL PAIS 155 

la Metrópoli y rico filón para el comercio ingles, en cuanto 
le fuera concedido explotarlo libremente. De manera que 
Strangford perseguía, á nombre de su Gobierno, una doble 
ventaja en las negociaciones entabladas, sin que esta vez 
entrara para nada en ello el menor deseo de hostilizar á 
España, ni simpatía alguna por los pueblos americanos, 
como muy bien lo había traslucido la Junta de Buenos 
Aires al contestar, en 18 de Mayo, las primeras insinua- 
ciones del Embajador inglés. 

Casi á la misma fecha supieron, Elío y la Junta de 
Buenos Aires, los preliminares de esta negociación. Casa 
Irujo, desde la primera conferencia con Strangford, había 
informado de ella al Virrey, incitándole á que aceptase la 
mediación inglesa y entrara á tratar una suspensión de 
armas ; mientras Strangford lo hizo con la Junta, por 
medio de las proposiciones cuyo alcance queda analizado. 
Elío, que deseaba procurarse un respiro á cualquier precio, 
no puso obstáculo á la recomendación, escribiendo á la 
Junta por medio del capitán Heywood, comandante de la 
fragata inglesa Nereus, portadora de los pliegos para unos 
y otros. De este incidente provino la iniciativa pacífica del 
Virrey al promediar el mes de Mayo, desdiciendo en cierto 
modo sus alardes belicosos, producidos con la reunión de 
tropas en el campamento de las Piedras. 

A todo esto, ignorantes de lo que se tramaba en las es- 
feras diplomáticas, los insurrectos uruguayos, al mando de 
D. José Artigas, acababan de abrir una campaña cuyos re- 
sultados iban á cubrirles de gloria. Con la sustitución de 
Belgrano por Rondeau, había quedado vacante el cargo de 
segundo jefe del ejército, que luego recayó en D. Martín 
Galain, mandándose reconocer á D. José Artigas por co- 



150 


LreRO u. — levantamiento del país 


mandante primij'al di* la milicia patriótica. 8 e componía 
ella, en 7 de Mayo, de iniU ile 2000 hombres, así díntri- 
buídotí: 084 411 c, al mando de Benavídez, tenían su cam- 
pamento en el CoUíi, jireparándotíe ú sitiar la Colonia; 1500 
bajo laH ónlíMies de D. Manuel FrancÍHCo Artigas, en ca- 
mino de Pando; 100 cou el capitán D. Baltasar Vargas, 
re(*orriendo el trecho aímprendido entre Canelón Grande 
y el Colorado; 200 al mando de D. Antonio Pérez, en ob- 
servación del cam|)aniento de las Piedras; óO con Otor- 
gues sobre la Estancia del Rey, procurando ajMxliTarse de 
la caballada y ganados para (juitarle los víveres á Posadas, 
y 400 hombres á órdenes del mismo Artigas sobre el río 
Santa Lucía, reunidos en campamento á la banda del Sur 
de dicho río. 

Siendo diminuta la base de 400 hombres de caballería 
para emprender operaciones decisivas sobre Posadas, rpic 
contaba 11 n níímcro igual de soldados de esa arma, sin in- 
cluir 000 infantes y ."i cañones, Artigas, animado, sin em- 
baían, á tentar fortuna, pidió y obtuvo de Hondean que le 
ref(»rzase con 2 compañías de Patricios, cuyo total era de 
27>0 hombres, y 2 piezas de cañón. Desmontó en seguida 
00 blandengues, agregándolos á la infantería, y con ésta y 
jineti‘s, se puso en marcha hacia Canelones, donde 
llegó <1 día 1 2 de Mayo, estableciendo allí su campamento. 
InmediaUimcute destacó partidas de observación en todas 
direcciones, sabiendo por ellas ()ue los realistas ocupaban 
el pueblo de las Pietlras, donde habían comenzado á forti- 
ficarse. En seguida ofició á su hermano D. Manuel Fran- 
cis(,*o para que se le iiieori^rase ( 1 ). 


( 1 ) 7 en los D. (k V. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 157 

El tiempo, empero, dificultó la pronta realización de este 
propósito. Una lluvia copiosa empezó á caer desde la no- 
che del 12 durando hasta ^1 día IC por la mañana, con lo 
cual se imposibilitaron los caminos, sufriendo mucho los 
soldados por causa de su mal equipo y del frío. Posadas, 
por su parte, apenas cesara la lluvia y temiendo que Arti- 
gas se reforzase con la división de su hermano, destacó una 
columna sobre aquél para impedir la incorporación. La co- 
lumna llegó hasta el Sauce, sintiéndola D. Manuel Fran- 
cisco Artigas que estaba en Pando, quien ofició en el acto 
á su hermano pidiéndole 300 hombres para hacer fí ente á 
los españoles. Artigas con este aviso convocó junta de ca- 
pitanes, y después de acordar en ella que debía cortarse al 
enemigo, ya entrada la tarde, movió su campo en di- 
rección al Sauce, haciendo alto en las puntas de Canelón 
Chico al cerrar la noche. Al día siguiente 17, amaneció 
lloviendo, por lo cual no se prosiguió la marcha, y á la 
tarde se incorporó D. Manuel Francisco Artigas con 304 
voluntarios. La columna española, que había llegado hasta 
el Sauce, viendo frustrados sus designios, se echó sobre la 
estancia del padre de Artigas, de la cual extrajo unos 1000 
animales vacunos, que fueron despachados para Monte- 
video. 

Hecha la junción de los dos cuerpos patriotas, las fuer- 
zas revolucionarias venían á sumar 400 infantes y 600 
caballos, incluso el cuerpo de reserva mandado por D. To- 
más García de Zúñiga. Componíase la infantería de 2 com- 
pañías de Patricios de Buenos Aires al mando de los ca- 
pitanes D. Benito Álvarez, graduado de comandante, y 
D. Ventura Vázquez con 250 hombres; 1 compañía de 
Blandengues desmontada con 96 hombres, y la compañía 



158 


UBEO U. — LEVAlrt-AMIENTO DEL PAÍS 


(Icl capitán I). Francisco Tejada con 54. El armamento de 
estaa dos nimpañías era ton malo, que apenas disponían, 
entre ambas, de M6 escopetas. La cal)a!lería estaba com- 
puesta de 2 compañías al iimndo ile ios capitanes D. An- 
tonio Pérez y D. Juan de León 2ÍI0 soldados^ y de la 
división de D. Manuel Francisco Artigas con 304: muchos 
de ellos armados con cuchillos metidos en cabos de caña 
él guisa de lanzas. La artillería corría de cuenta del te- 
niente D. Juan Santiago Walcalde, compuesta de 2 piezas 
de ;t 2. Formaban en el Estado mayor bps pn sl.ítofns 
D. José Valentín Cirómez, cura de Canelones, y 1). Santiago 
Figuerodo, cura de la Florida, c^aj^cllanes voluntarios de las 
fuerzas patiiotas. Tal era, por su efectivo y oiganización, 
el pe<jueño ejército jx>pidar que iba á medirse con un nú- 
mero igual de tropas realistas, sujícriores, sin embargo, por 
el exceso de su infantería y artillería, por su organi/aeién, 
disciplina y armamento ( 1 ). 

Hermoso, como un presagio de gloria, amaneció el día líS. 
Artigas despaidió algiiuas partidas de observación sobre el 
campo enemigo, <]ue distaba unos 10 kilómetros del suyo, 
y á las 9 de la mañana tuvo aviso que las wlumnas de 


r l ) Eíi rl parte n íiomieau, ferhn 10 de Mayo, Artigas declara qut 
los realistas truian 40^ á áOO hambres de infantería^ 04 artilleros cot, 
4 picuis, .‘iOif jinetes, y más 30 hombres con l cañón, acuarlelfulw 
en la capilla de las Piedras, lo q^ue suma una fuerza de S44 d 04-, 
ifidiriduos. Con mejoreji informes, en el parte detallado á ¡a Junta dt 
Ifurnos Aires, fecha 30, asegura que las fuerzas de Posatlas se rom 
ftfmian de 1330 lutmbres, muchos dr los cuales se dispersaron al pro 
nunriarse la derrota. Por úlíitmu en su oficio de 7 de Diciembre á h 
Junta del Paraguay, dice t¡ue P>00 })atriotns ideron á sus pies á 9*3 
realistas. Com iliando estas difereudas, es que computamos á nuestn 
te\ tn lOOO hombres la fuerza efectiva tU Posadas. 



IJBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


159 


Posadas se movían buscándola En el acto destacó á 
D. Antonio Pérez á vanguardia, para que llamase la aten- 
ción de los españoles, poniéndose fuera del alcance de su 
artillería y atrayéndoles hacia sí para que abandonasen 
una loma donde habían venido á colocarse á distancia de 
5 kilómetros del campamento patriota. Seguidamente orga- 
nizó su línea, confiriendo el mando de la izquierda á su 
ajmdante D. Eusebio Valdenegi-o, tomando para sí el de la 
derecha, y dejando de reserva á D. Tomás García de Zú- 
ñiga con las municiones. Don Manuel Francisco Artigas 
fué destinado con su cuerpo á cortar la retirada del ene- 
migo. Eran las 11 de la mañana cuando esto acontecía. 

Los españoles, engañados por el movimiento de la van- 
guardia, desprendieron una fuerte división para darle al- 
cance, empeñándose en un tiroteo sostenido con el capitán 
Pérez, que lo contestaba retirándose siempre. Artigas, qué 
vió esta desorganización de la fuerza enemiga, cuya mayor 
parte había abandonado la posición ventajosa que tuviera 
en un principio, ordenó una carga general. Entonces los 
españoles, advertidos del error en que cayeran, se reple- 
garon rápidamente sobre la loma ocupada por su ejército 
al comenzar la acción, y formando en batalla colocaron 2 
obuses de á 32 en el centro de su línea y un cañón de á 4 
en cada extremo. En esta disposición rompieron un fuego 
muy nutrido, que hacía más mortífero lo bien servido de 
su artillería y la superioridad de los cuerpos de infantes 
que guarnecían su frente de batalla. La infantería patriota 
desplegó en la misma formación que el enemigo, con sus 2 
piezas de artillería al centro, y empeñó gallardamente el 
combate. Al primer choque perdieron los españoles un ca- 
ñón, y viendo aparecer por su retaguardia á D. Manuel 



100 


OBRO n. — I^VARTAMIFNTO DEL VAl» 


Francisco ArtigsiH cnu el designio de cortarles la retiratla, 
alíandunaron la posesión que tenían, ponióndose en marcha 
hacia el puel'I" de las Pieilras cfm el mayor orden. 

Éste eni el momento decisivo. Artigaa ordenó entonces 
que los capitanes Leim y Ft'je/ con sus respectivas com- 
pañías, y D. Manuel Fnmcisoo Arügaa con su cuerpo, es- 
treclianin al enemigo, impidiéndole la retirada, mientras él 
con los infantes y tres cañones Ies acosaba. Quedaron loa 
realistas eucerrados ix)r todas partes, y tuvieron que hacer 
alto, batiéndose con desventaja fuera de posición y sin 
abrigo ninguno. Sin embargo, la acción ir;d>6 con la ma- 
yor viveza, y si el ataíiue fue bien llevado, la resistemia se 
liizo con vigor. Pero, después de haber perdido 97 hom- 
bres muertos y (U lieridos. Posadas, envuelto y desmorali- 
zado, levantó bandera de parlamento. Tan próximos estaban 
unos de otros, que Artigas le gritó se rimbese á discrf'ción, 
prometiéndole respetar la vida de tmlos. Aceptada la oferta, 
se entregó el jefe español junto con 22 oficiales y 2>42 bi- 
dividuos dt* tropa, dispersándose el resto. L:is fuerzas j»íi- 
triotas no tuvieron más pérdida que 1 1 muertos y 28 heri- 
dos, cntn* éstos < \ subteniente D. Marcos Vargas. 

Qucilaba, empero, una gran guanlia de 140 hombrea en 
el j)ucblo de las Pie^lras, con 1 cañón de á 4, atrincherada 
y dispuesta á defenderse. Encargó Artigas á D. Eusebio 
A'ablenegro íjue se dirigiese allí con una pequeña fuerza 
paja rendir cuanto antes a la española. Valdenegro mart*hó 
al lugar indicado, llevando consigo al oficial D. Juan Ro- 
sales, uno de los prisioneros, por medio del aial intimó la 
rendición. Dicen que Valdenegro, mientras la capitulación 
se negociaba, dep>sitó dos cuñetes de jjólvora, que expresa- 
mente había traído, bajo el pórtic*o de la iglesia de las Pie- 



UBRO ir. — LEVANTAMIEIÍTO DEL PAÍS 161 

dras, donde estaba acantonado el grueso de la fuerza espa- 
ñola, y haciendo un reguero hasta la pl^, encendió una 
mecha y se puso á blandiría, en aire de p^aHe fuego. Pa- 
rece que esta actitud fue más persuasiva paik el oficial 
acantonado en la iglesia que todas las palabras deNm pai- 
sano, y se rindió sin más trámites, á pesar del auxili^v^ue 
le ofrecía un cuerpo de 500 hombres salido de Monte vidíjM? 
en su socorro. Valdenegro, que era poeta, improvisó unos 
versos sobre este lance, siendo muy del gusto del ejército 
patriota cantarlos después en los fogones. 

Terminado el episodio en momentos de ponerse el sol, 
concluía también aquella memorable función bélica del 
18 de Mayo de 1811. Sus resultados materiales fueron la 
destrucción de una columna de 1000 hombres de las tres 
armas, que dejó en el campo 152 individuos fuera de com- 
bate, 482 prisioneros con sus jefes y oficiales y 5 cañones. 
De los prisioneros, 186 se agregaron voluntariamente á los 
patriotas, entre ellos 14 que habían sido tripulantes de la 
escuadrilla de Azopard, y el resto hasta 296 fué remitido 
por Artigas á la Junta de Buenos Aires, junto con Posa- 
das y demás oficiales. En la dispersión precursora de la 
derrota fugaron, retirándose á sus casas, muchos vecinos 
que formaban la columna realista, y otros se extraviaron, 
tomando la dirección de Montevideo, para ser los primeros 
noticiadores del desastre. La división vencida en las Pie- 
dras era la única tropa movilizada con que contaba Elío, 
por lo cual se vió reducido desde aquel momento á una si- 
tuación tirante. Su único personal disponible eran 500 
hombres que guarnecían á Montevideo, y otros 500 bajo 
las órdenes de Vigodet en Colonia. 

Concluida la batalla, campó Artigas en las inmediaciones 


doh. ebp.— m. 


11 . 



II. — NHí i>ki, i 


1«2 

il(*l pueblo <U* Ins l*u HMjnin ni ¡unióse <1<* nl^uim tí-nta- 
tiva «lc«eB|X'r!Hla ípu' an itm'Í:íÍ»!i )>nr partí* ile la j^nrni- 
fión «le Mni<1'*v¡<lcn ; p< n> la tiitrlii* nr j' isó *>in uoveíbhl.Tjl lU 
lb‘«*aron las pai ti<i a- «i'- nb^crvai lnii «Ir \t>^ patriotas baata 
el Arre, yo «1«* Sc«-o: n'rila- "I'» i‘l v<*nr. «|i»r pro| tosí i -iones 
íle la, l'lrtza para • ^la) >)• -«-.•r «*anjr o»- ])nsiouen>s. |*nr una 
in ijiía «lí- la ^u^■rí(^ ol oiie-ial <-nearj;ailo »lc liaeórselas íiií ol 
liriga<lii-r J). Vi«<'iilr María «le Mie sas. jete aroúlemal «le 
la guarnición. « I)c«u'ib-n «ir S. !v — decía Mucsas — tengo 
la cíuiiian/.a <lc preponer á \M.. íiadt) en las roLda-: di* la 
Innnanítlad y de la costiniibi’i- en « I nul>l. . i - i- i. lo de la 

gucrni. qm* s«- sirva í< n*i la la.| <li-.;injear lo.s lieritlos 

que linl»¡i‘-e de resnlt;i' de ¡a i unción, jíor igual nnm<‘ro de 
los (pie del ejercito de 1)11» ñus Aires se han remitido pri- 
sioneros del l*aragnay y »itn»- »jiie existen en esta IMaza; 
así mismo, si \M. tnvi(*se á lamí y quiere extender el < inj“ 
á los demás pr¡s¡onero> sano>, n (ífr iale- p<>r idiciidcs y 
soldinlos |M>r s»p|dado", est»»y antoii/a-i»i para acordarlo y 
convenirlo,» etc. Artiga- eunle-ló el <lía Jo á (*.-tas dnl/ai- 
ra>, aceptando el canje e»)n n*speetu á los heridos, siempre 
que se le remiti(se á su hermano Ib Nicolás, preso en 
M»ailevideo; y »-n cuanto á l»>s ofieiales prisioneros, como 
»jiie mareliahaii á disposición »le la Junta de Binaios Aires, 
indicó á M tiesas ipic >c dirigiiTa á i-lla para gestionar el 
canje. 

Ks(í mismo día, ac*>r»l»- »-on los múrnfo.^ innuano^ 
(¡Hc /(• nhumdmn. y »leseo>u de evitar ■ una clnsióii »le 
sangre, í/oh^ntsa y tal ve/ inútil, •> Elío propuso una sus- 
p(‘nsión de arma-, mientras íes* >| vía la .¡unta d»- Buenos 
Aires síihre las prop»).-Íeione- paeiíicas prcst-ntatlas jK>r 
los ingh ses y por el. 'ran a»lmirahh* rasgo de misericor- 



j.utKU ii. — i.ia AM'AMJJ:NT<^ DEL PAIS 


163 


(lia r(?spon<lía al dospo de jíanar tioinpo, })Oi'qu<.' palpando 
la de^moraIiza(‘i()n pi'odiuáda <miUv los suyos, estaba Sí'guro 
de ser vt'iieido si era ataeadít en aquel momento. Artigas 
lo compreudió así, ]V[)licaiido ipa^ sólo suspendería las hos- 
tilidades « luego que la autoridad de la Junta de Buenos 
Aires fuese iveonocáda por Elío; » pues toda otra solución, 
no tendía más (]Ur á ju'olnijgar el pc^so de las cadenas del 
despotismo « sobr.,- los desgraciados ciudadanos encerrados 
tras de los muros de ^loníevideo. Agregaba « (jue la 
causa de l<»s pueblos no at bu i tía. la, menor demora, y ai 
Elío deseaba evitar la cfn.-ión de sangre, tan contraria á la 
humanidad, entrase cu iicgociaeiones con él, que, bien 2 )e- 
netrado de b>s deseos de la Junta, sabría dará Montevideo 
una nueva 2 ’>i'Lieba de las miras generosas y 2 >acíficaB de 
aquélla, reducidas á rc^^íall]eeer i'a fraternidad eoii Buenos 
Aires, y mandar allí un dii>utado [uvivincial que se incor^ 
2 >orase al Gobierno estableei<lu. . 

El 21 trasladó Artigas su campamento al Cerrito, desde 
donde intimó rendición á Elío, quien contestó verbalmente 
de un modo negativo, ordenando al [Parlamentario que se 
retirase en el acto. Seguidamente, y para dar muestras de 
ánimo, hizo el Virrey algunas salidas bajo la protección de 
los fuegos de la Plaza, [hto fue rechazado en todas partes, 
contentándose su tro[)a con saquear, por represalia, algu« 
ñas casas de los alredcflores. En pos de esto, i\j’tigas se 
dirigió á Ron dea u, haciéndole presente la desmoralización 
cfel enemigo, y pidiéndole que apurase las marchas ó le en- 
viase refuerzos [Para atacar la ciudad. Por sus inteligencias 
con los patriotas encerrados en la Plaza, sabía que el Vi- 
rrey, escaso de mmiiciones y de víví^'es, contaba apenas 
con 500 infantes y una dídación estricta de artilleros para 



164 


MBKO II. — 1-KVANTAMIKNTf) DKI- PAIS 


servir las baterías, <le inoilo que el asalto esUba Índica<lo 
para dmdir la situación. No fue <lel mis mu pareLvr (*1 ‘ge- 
neral en i«‘fe, y Articas tuvo que resignarse á ver mali>- 
grada una empresa euyu óxito creía seguro ( 1 ). 

Kas añagazas de caridad v arre|K'iitimíento con que 
se propusiera Elío disfrazar sus sanguinarios instintos, se 
tnxiarou muy luego en iracundas mwlidas contra los crio- 
llos que sos|iechal)a ailictos á la iiisurrtH'ción, y las familias 
de los que estaban conqinunetidos en ella. Hacía liemjK) 
que miraba de reojo h 1 Convento dr ?iiii ri:iii< i-< ". c< mro 
de ilustración y sociabiliílaíl. donde la ju\í nlud se iniciaba 
en los dominios dcl saber, y los hombres principales se 
reunían cii núcleo selecto pañi espaciar el ánimo durante 
las lloras libres. Antes qin* la insurrcct'ión estallara, ya se 
había hec'lio sos])cc‘bosa aquella tertulia habitual, dondij 
fray José Bimito Lamas, futuro Prelado uruguaya, d. -ña- 
maba tollos los encantos de t-u elocuencia juvi iill, hablando 
de la libertad y de la Patria: ini«'Mlras fray dnsó Gervasiu 
Monterroso. en sus eortas estancias, interrumpiilas por ex- 
cursiones ó misiones religiosas continuas, solía hac*erle coro, 
usando el estilo torvo y decía mador aprendido en los íís- 
critos de los revolucionarios fnineese>, tan leídos entonces. 
La ojeriza de Elío contra el claustro fnmeíscano, aixn- 
tuada desde sus jirimeros reveses militares, se culminó con 
la llegada do Artigas al Cerritn, y la alegría subsiguiente 
que supo haber causado entre los frailes -patriotas. 

El 21 de Mayi». cierto níieial de ajH*llido Pam pillo, al 
frente de un piqin te armailo, penetró en el ( ’on vento de 
San Francisco, aprehendiendo, de orden de Elío, á nueve 


i I '; O/' de Artiyas <i ht ./nn(n >i(¡ ¡\uiiijvity n-it .. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 165 

religiosos, entre los cují les se contaban los PR Lamas, 
Pose, Santos, Fleytas, López y Farainifíán: sin darles 
tiempo á tomar equipaje alguno, ni aun el breviario, Pam- 
pillo les condujo al portón de la Cindadela, arrojándolos al 
exterior, dcspuós de gritarles en son de burla, « vayan á 
juntarse con sus amigos los gauchos. » Tras de éstos fue- 
ron expulsadas 40 familias de las más conocidas por sus 
conexiones coa los patriotas, entre ellas la del mismo Ar- 
tigas, sin darles permiso tampoco para llevar consigo equi- 
paje alguno. Entrado en ese (‘aiuinq, quiso el Virrey seguir 
hasta el fin, no respetando individuo que le fuese sospe- 
choso ; así es que muy pronto siguieron la suerte de los 
anteriores D. Kicolás Herrera y otras i>ersonas espectables. 
Artigas reclamó contra proceder tan violento, insinuando 
al Cabildo de Montevideo el deber en que estaba de inter- 
ponerse para habilitar á los expuLsos con una parte de sus 
efectos; pero Elío, asumiendo personería en esta emer- 
gencia, contestó que sólo á él debía dirigirse cualquier re- 
clamo, y que no estaba dispuesto á entregar nada. La in- 
dignación producida por semejante conducta, le atrajo la 
animadversión general, y favoreció notablemente la causa 
de Artigas, quien recibió en su campo multitud de jóvenes 
escapados de Montevideo á engi*osar sus filas. 

Puesto que desaprovechando el terror producido en los 
priiheros momentos, se perdía la oportunidad de apoderarse 
de Montevideo, quiso Artigas compensar de algún modo 
tan grave falta, fomentando un alzamiento entre los pue- 
blos de Misiones, cuya antipatía á la dominación portu- 
guesa estaba apenas reprimida por el rigor de las armas. 
Con ese designio, escribió varias proclamas y manifiestos, 
pidiendo la cooperación de los mencionados pueblos á la 



100 uuHo n. - To in;i. v\ía 

obrw que (h*l)íii ilustrar ' I píilriotisiim i)r tofluH lob urugua- 
y(»B. ln\U;il»H tamhitaj ;1 lus . ^i lüvn^ lí surinlir su:? (?;ule- 
lias, nimo (iiiicu iim'iIÍíi ile r» . upi r aí íinvrhos delinin- 
bres. Kntn^ú p.ip 'li s ¡j duí isns orráhlí's de con- 

flunza, quierips h 1 ín-nlr dr* jn l¡;^rras, ]KMu*1ran.)n pii 

Misiones, osparciéndolos pndusMinnité I 1 ). Así |>r«>[>ariib:if 
con nu tino «jue el |inrvenir justiíi» ó. la (itiuiavión del \ h >- 
deroso núcleo destinado á purn r ( u jaque las tuerzas lUs- 
jxmiblüs de Portugal m Amérim. 

Por lo prorKo, los uiHuiliest > ^ :• ’ d- 1 '** i. 

dor de las Piedras iio fliemn . \- > -pi-.- inquietar 

á las autoridades pnriimih -a-. >iempre temerosas de una 
rebelión de sus for/ydn- súliditos. Sabían ellas que toda 
ineitaeiüii á la libertad, em -oí i traba el r erren (► aUuiado en 
aquella zona, así es que duplierinm la vigilain ia babiíutd, 
y provi'veron á reforzar la< trop i> cxisteni. ! . ! . .uis- 

eurrido algún tienqm, ♦■mptvai.Mi :¡ -•■nd: - = ’ !>■' <•! f‘tos del 
llaniainiento lieebo p*-r .Viii- i <-n !.i d -m i .dl/.a» i<'<n ile 
ios soblíldos qne des. rlal'an d- I'-s < ii< i !---. v ii 1< 's esela vo?í 
que s<‘ buían para len-itorio oriental, en i.i aerntiiaeion de 
la mala voluntad demo-trada p¡>r lo- indígenas á sus do- 
ininadore.s. Trasmitida- esta- novedade- liasta el eauipa- 
monto di’l Cerrito, Artiga- n dobló su- e-íuer/n-. tirdenando 
á los oHeiales de-ia'-ado- ' ti la IV. m:. ra que internasen 
cada vez más en Misiom*-. pat a i mular la aí'idrm de los 
pueblos descontentos. 

Si los portugnesrs an'lal.Mi: 1 ’ i 'M np.t' It,w c,,|i Artiga.-, no 
lo estiba ineiici.- Idío, !|ui' n vi. a-lelt' em umbrarse tan des- 
niesvirudainente, intent»'» "bt. la t p.:.r¡:i eornipeión lo que It 

/. ■ hnj . ; ni V. Sin- 11. 


1 } P*'n-yr» «la Silva, ih.-r ■>" 



LIBRO II. — LKV.VXTAMIKNTO I)KL PAÍ9 


1(37 


era imposible conseguir con la fuerza. Autorizado como es- 
taba por el Goliierno de la Regencia para agotar los medios 
conciliatorios, entre los cuales iban comprendidos premios 
y dádivas, quiso emplear ese recurso con su afortunado si- 
tiador, á ver si se lo atraía. Llamó con ese propósito á dos 
miembros de. Ja familia del caudillo, D. Antonio Pereyra, 
rico propietario \ eciuo espectable, }’ D. iManuel Villagrán, 
doblemente einjia renta do con Artigas por sí mismo 3’ pol- 
la es})0sa de este. Ambos comisionados recibieron encargo 
formal de ofrecer al vencetlor dt* las Piedras una gruesa 
suma, de dinero, el grado efec*tivo de general y el gobierno 
militar de toda la campana uruguaya. Don Antonio Pereyra 
escribióla carta en que se consignaban estas proposiciones á 
nombre del Virrc3% y 1 ). Manuel Villagrán la condujo. Arti- 
gas contestó á Pereyra que recibía su carta « como un insulto 
hecho á su persona, tan indigno de quien la escribía como 
de ser contestada ; » agregando, que en cuanto al comisio- 
nado D. Manuel Villagrán, « marchaba ahora mismo á 
Buenos Aires, con la seguridaLl córres}>ondiente, para ser 
juzgado por aquella Excma. Junta. » ( 1 ) 

Esta actitud de Artigas desmontó á Elío de todos sus. 
cálculos; y pude» servir de parangón entre las }>rodigalida- 
des ofrecidas por la causa realista v la economía con que 
la Junta premiaba á los insurrectos uruguayos. Mientras 
el vencedor de las Piedras era tentado por Elío con el em- 
pleo de general, el comando tle la campaña y una gruesa 
suma de dinero, la Junta se limitaba á mantenerle en un 
puesto subalterno, discerniéndole despachos de coronel y 
una espada de honor. Menos que Artigas había hecho 

(I) López, Hi'it de la Rep Anj: iii, .\in. 



168 


LIBRO n. — LEVANTAJUESTO DKL PAÍ8 


Bcl^rano en v\ Paniguay, y .salió condecorado con el em- 
pleo H<* brigadier. No linbía sido más importante, por 
BUS resultailos morales y miitenales, la batalla de Snipa- 
cJia que la batalla <le las Piedrsi.-:, y sin embargo Balcaroe 
fue elevado á general, mimtras Artigas ascendió á coronel 
solamente, <juedando reducido á un puesto secundario en 
el ejército. La Gazeia de Buenos Aires y aun el (>obiemo 
mismo, como si sintiesen necesidad de rejiarar la injus- 
ticia, llamal>aii á Artigas (jencral desde la jomada de las 
Pieilra.-^, supliendo así de palabra la omisión padecida en 
los 1k*c1ios. Conviene tener prrseníes e-ios pro<v<ler«B, que 
explican la aglonicnición de rcscutimientos destinados á 
estallar un día. 

Los resultados de la victoria de las Piedras se liadan 
sentir moral y materialmente. En Buenos Aires llevaron 
el contento á su máximo grado, porque las antipatía- «dd- 
tra Elío y el dolor de los reveses del Paraguay y el Paraná, 
encontraban ]>lena satisfacción con \m triunfo tan completo. 
No era menos intenso el entusiasmo des[)ertado en el Uru- 
guay, cuyas masas insurrectas veían conñrmados sus más 
atrevidos pre.sagios. Un hecho nuevo vino á estimular el 
ánimo de los independientes. Después de la sorpresa del 
Colla, Benavídez se lial)ía adelantado hasta la ciudad de 
CoKmia, cerciindola estrechament<‘. El mariscal Vigodet, 
que allí mandaba, sostuvo con finueza los repetidos avan- 
ces de los patriotas; |kto jisesorado de la victoria de las 
Piedras, decsiyó su ánimo al verse en peligro tan inminente 
como el que le colocaba la situación. A efecto, pues, de 
combinai- algún meilio hábil de salvarse, se traslado [perso- 
nalmente á Montevideo en una zumaca de guerra, llt^ando 
el 21 de Mayo. Conferenció con Eho, pintándole la verdad 






Brigadier Generad D. José Rondeau 



LIBRO IL — LEVANTAraENTO DEL PAÍS 169 

de la situación, y visto por el Virrey que era imposible sos- 
tener el punto indicado, expidió orden al segundo coman- 
dante de la Plaza, para que la abandonase con toda su 
guarnición, clavando la artilleria. Así se hizo el día 27, re- 
tirándose la tropa española por el río á Montevideo, en 
tanto que Benavídez ocupaba la ciudad con las fuerzas pa- 
triotas y comunicaba este hecho á la Junta de Buenos 
Aires (1). 

Casi al mismo tiempo se supo otro descalabro sufrido 
por las fuerzas españolas. En su urgencia por adquirir re- 
cursos comestibles, había despachado Elío algunas peque- 
ñas expediciones marítimas, aprovechando su dominio de los 
ríos, con orden de proveerse de ganados en las costas. Ar- 
tigas no dejó de advertir esta medida, y á efecto de con- 
trarrestarla distribuyó varias partidas en las costas más 
próximas á su alcance. El capitán de dragones de la 
patria D. Adriano Mendoza, fue destinado á guardar la 
ensenada de Castillos con una fuerza de su regimiento. 
Aconteció que estando en esa facción, un día de los de 
Mayo se aproximó una de las expediciones de Elío á dicho 
punto, tomando tierra en busca de provisiones. Mendoza 
acometió á los expedicionarios, obligándoles á reembarcarse 
con pérdidas y sin poder llenar su objeto. 

Entre tanto, D. José Rondeau, jefe de las fuerzas auxi- 
liares de Buenos Aires, venía en marcha con rumbos á 
Montevideo, para donde se puso en camino luego que supo 
los primeros triunfos de Artigas sobre los españoles. De- 
seoso de contribuir en algo al brillo de sucesos tan felices. 


( 1 ) Larrañaga y Guerra, Apuntes históricos. — Parte de Bcnavtáex 
á la Junta. (Gaxeta de B. A., Junio 1811.) 



170 


unno II. — levantamif:^’o okl i’aí« 


tomó pfWiucionos psira nirtar cnulquifT ¡iHt iiionH del em^ 
migo liH< ¡a la cninpaiHi; peni \n rapidez de las n[HTHCione8 
de loH urugUHvoM no le dejó iutcrvenir e.imo desinlia en 1 a 
lucha activa. Ctuindo en 1." dedtmio llegó mJ ( 'errito. donde 
Artigíia tenía m c^inpament<i, ya cstahan reducidos loe «a- 
¡laflolcs al recinto de Ihm tortiíieaeioneri de Muntevideo* 
óni(*o terreno <jue puseían en el país. No liahicndole ca- 
bido pjírte en la victoria, Rondeau an^ialia señalarse jior 
actos qu(‘ justiíií*asen la eontianza tl<‘|H>sitada en él. Desde 
luego, t<unó el mando en jefe de las fuerzas ‘•ilindoraft, 
ordenando algunas providencias para inconmdar á los rea- 
lista a. 

Bin endiargo de la impaciencia de los uruguayos, (|ue 
en número de fiMOO voluntarios acompaunban al ejército 
auxiliar, y <1< las rc|M^tiila.- instancias llegadas desde la 
Rlaza ni cuinpo sitiador, para (pie se libnise la decisión 
de In eonlienda á un asalto, Rondeau, escudándose unas 
veces en la carerieia de instrucciones ]jositivas de la Junta 
de Buenos Aires, y otras en la iiieonsistencia de los 
planes combinados por Artigas, se limitó á niantt*ner el 
asedio. Di'sde el fuerte ile Santa 'l'eresa, distanh- unos 
kilómetros de Montevideo, hizo conducir *J cañones, 
i’l uno de á y el otro de á *J4, (]iie eolocó en batt*- 
ría, poniéndolos bajo la dirección dcl Sargento mayor 
D. Juan RamÓm Roja^. «piien los montó y proveyó de 
proyectiles. Rara ote último i teeto. Rojas pagaba 1 real 
por cada bala «pie arntjaban los sitiados y ei.m recogi- 
das por gentes de los alretledores. La batería Rojas di- 
rigió por elí'vaeión sn> tin»- tlurante varios días á la 
Plaza, hasta que fue desmontada j^tr el enemigo. Lnton- 
ces la hizo suplir Rondeau por ’J obuse- de que dis|nmía, 



LIBRO II, — LEVANTAMIKNTO DEL PAÍS 171 

moleBtniulo á los sitiados en distintas direcciones con sus 
fuegos. 

Reducidas las operaciones del campo sitiador á estos ca- 
ñoneos y á las guerrillas diarias, EHo recobró bien pronto 
su ánimo, decidiéndose á tomar la ofensiva. Sabiondo que 
el puerto de Buenos Aires estaba desmantelado, se propuso 
bombardearlo, con el fin de iniponerst‘ á la Junta, devol- 
viéndole en su propia casa agresión por agresión. En tal 
concepto, dió orden á ISIichelena (pie se aprestase á partií 
con los mejores buques de la escuadrilla, Pero no bien se 
traslució el hecho, las autoridades españolas de Montevi- 
deo levantaron una protesta clamorosa. Tomó la iniciativa 
el Cabildo, sugestionado por algunos jefes militares, chri- 
giéndose á Vigodet en 5 de Julio, para manifestmde hiciese 
presente al Virrey los peligros que correi’ía la escuadrilla 
con motivo de los temporales frecuentes de la e,stación in- 
vernal, y el desastre que ocasionaría á los defensores de la 
Plaza la pérdida posible de la fuerza, sutil. Sin esperar la 
resjmesta, al siguiente día reiteró su oficio, asegurando 
constarle extrajudicialmente que la expedición estaba para 
darse á la vela ( 1 ). 

El Virrey, asumiendo una actitud concorde con sus de- 
beres militares, contestó en el acto á Vigodet para que éste 
lo hiciese saber al Cabildo: «que eran muy laudables las 
intenciones demostradas por la corporación; » pero al mismo 
tiempo, « que nada tan perjudicial en las operaciones de la 
guerra, como la intromisión de varias personas, mucho más 
si eran escasas de conocimientos sobre el particular.» En 
pos de esta advertencia saludable, reasumía el concepto de 


í 1 L. O. dé Montevideo. 



172 LIBRO II. — LEVANTAMIENTO OEL l'AÍfl 

BU8 obligttcioiiea propÍH«, dici*.*n<lo; « que 6\ tenía tanto in- 
terés como el que más, cu la suerte de la Plawi deMonte- 
vldiK), y ninguno tanta responsabilidad. » Para calmar los 
temores manifestados, advertía que la Plaza no resultaba 
ind(‘foiisa por la salida de la exjieílicidn, pues sin contar la 
dotaeinn de artillería, íjiiedaban más de 1 dOb hombres de 
fusil, contra un enemigo, que, dueño de una artillería des- 
preciable, píidía rmnir á lo sumo 2000 fusiles malos. » 
Rí^cordando que el modo de i?nj)oner al enemigo no era 
sufrir piLsivainente sus ataques, se dirigía á los miedosos en 
esta forma: * ¡ojalá, que los clamores de eso que llaman 
pueblo, no sea efecto del (Egoísmo de algunos que temiendo 
el ataque di* sus propie<lades en la Capital, quieren que su- 
fra Montevideo insultos y fíanos de la chusma; 6 de otros 
de quienes la envidia y la inacción son su venladero ca- 
rácter. » Y pani cortar todo nuevo debate sobre el punto 
<‘ontrovert i do, concluía manifestando; «que la expedición 
estaba proiiti:., y liabienilo u»stado mucho aprontarla, sería 
una vergüenza el dejarla de realizar. » 

Después ile esto, Mieheb'na partió con .■) buques á es- 
piar en Jíarfiu f tarda una Ottisión propicia. Al cerrar 
la noche d( l 1 ó de Julio, favorecido |M>r el viento y la cre- 
ciente del i'ÍM, abainlonó aquel fondeiulero, dirigiéndose so- 
bre liuenns Aires, d(uule llegó sin ser sentido. Eran las 
1 ó y la ciudad estaba entregada al descanso, cuando el 
jefe español rompió si>bre ella el fui'go, prísluciendo la 
pavorosa impresión que put^le «dcularstL El lx)mbardeo 
duró liasta la \ de la noche, habiendo disparado eu ese 
tienijK) la escuadrilla di bomlais y d balas rasas. A la 
mañana siguiente, Michelona ¡uisó una intimación á la 
Junta, proponiéndole que levantara el asedio de Montevi- 



LIBRO ir. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 173 

deo, Ó se resignara á sufrir bombardeos continuos como el 
de la noche anterior. La Junta respondió con altanero des- 
dén al oficio, y mandó cubrir la ribera con gruesa artille- 
ría, visto lo cual, y temiendiL las bajantes repentinas del 
río, Michelena, después de algunas evoluciones frente á 
Buenos Aires, se retiró para no presentarse más por el 
momento (1).. 

Á la misma fecha que la flotilla de Michelena bombar- 
deaba Buenos Aires, los españoles de Montevideo sufrían 
un descalabro, originado por otra flotilla menor, que las 
necesidades de momento obligaron á improvisar á los si- 
tiadores. El general Rondeau, acosado por la falta de pól- 
vora, que en vano reclamaba de la otra orilla, resolvió 
quitársela al enemigo, para cuyo efecto se propuso asaltar 
la isla de Ratas, almacén de municiones de Elío, situado 
bajo los fuegos de la fortaleza del Cerro y al habla con la 
ciudad. Estaba la isla artillada con 10 piezas de artillería 
de buenos calibres, que barrían sus puntos accesibles, y la 
guarnecía el capitán de milicias D. Francisco Ruiz, oficial 
valeroso. Como preliminar indispensable para el ataque; 
Rondeau hizo conducir en carretas, desde el Miguelete, al- 
gunos botes particulares, hasta cierto fondeadero de la playa 
dominado por los sitiadores. Don Miguel Estanislao Soler, 
Mayor general del ejército, á quien el proyecto parecía 
inmejorable, recibió orden de sortear gente voluntaria para 
llevarlo á cabo, encontrándose con un número exubei-ante 
de oficiales y soldados que se disputaban tomar parte en la 
empresa. El general en jefe escogió de entre ellos al capi- 


(1) Torrente, Rev his2?ctno’ americana; i, xni. — Núnez, Noticias 
(2.* parte).— Funes, Ensayo, etc; m, 49G. 



174 


MURO n. - M:VANTAMIK!íTO UKL I’AÍM 


Uín lie <lrngon(*H I). .hiaii José ]mru <*1 in;iu<lo ile 

la tropa, coiiIísiimIo 1m «lin*< rÍMn >\r ti>^ln j!í I), PaUo Za- 
friatogni, qia- va sr bahía ronm marino y (“omo 

BrtiliiTo. DeHÍgniW la tíorhc <lel 1 í d( para «lar el 

poljK*, tx*ro un nrio temporal (b‘r«« iicadenó niamlo la 
tro]»a ¡i)a á emi>an:arNe, (»l»li}i;unilo iíniilriite á jKwter- 
par la oj>era(áón. E;^a nnela* zalaron ib* amurraa vuriau 
embarcarioncH, entre ellas <lo- Ianeb:i> :;ri rales de la t ra- 
pa ta de puerni EHnihin, <)ne (*1 vejidaval arrastró hasta 
la playa dominada jujr los sitiadores, aiimeiitúiidob's, [K»r 
acaso, los elementos navales euva jíosesión les era tan ne- 
cesaria. 

Compuesto el tiem|M\ se lijó la empresa |aira la niM’be 
del 1 ó. riiendo las dns lambas de la Ep'fi'uin muy siqie- 
riores á los Iiotes tmídos del Mipuelete. se resolvió utili- 
zarlas, aprepándoles mejor de aijuellos, y tripulando las 
tres embarcaciont"^ eon unos ^S() hombres entre marineros 
y soldados. Hien adelantada la noche del ló, Znfrintegui 
puso proa á la isla, remando v ¡porosa mente. Dormía la 
guarnición rúa mío ati acamn los ]>atrintus al ilesemharcir- 
denr que éntrenla la Comandancia: jM*ro al tomar tierra, 
fueron sentidos ]>or I). Kranciseo Uuiz, quien salió de su 
hahitaeión eoii una impelía taicendida, á ilar fuepo al niñón 
que enliialui la estrecha parpama de |>islrepnllo i>or donde 
dchÍHU entrar. Los primeros dcHi*mb¡ircantes iJe nharon 
solire Rui/, arrancándole la im*elia y matándole á puñala- 
das, En sepuida se preeipitaron á las cuadras, haciendo 
prisionera lu puarnieión sin resistencia \ clavando la arti- 
llería. Al amanecer, Zufriatepui volvía triunfante con sus 
ianehones á la <*nsta. tra\a*iido la puarnieión prisiouera, 
20 (juintales de pi'ilvi >ru y ha>taiues eorreajea. El ejér- 



rjlíRO ir, — LICVANTAMIENTO DEL PAÍS 


175 


cito patriota recibió sí los expedicionarios con dianas ( 1 ). 

Elío no ?e dcssdentó por siquol reves, )>repariíndose á 
contestarlo con nnsi salida efectiisKla algunos <lías más tarde. 
Entre tanto, nutría esperan;^ de próximo auxilio por la 
parte del Brasil, doinle sus rociamos habían surtido el efecto 
previsto, Al despuntar el mes de Junio anterior, la prin- 
cesa Carlota le había esci ito una carta llena de expresio- 
nes tocantes, entre las cuales se leían estas frases: «los 
españoles merecerán siempre de mí, cuanto ellos pueden 
esperar de una huena madre ; y por consecuencia, yo no 
podría mirar con indiferencia vuestra solicitud, dirigida á 
que alcanzase de mi augusto esposo los auxilios que pre- 
cisáis, para sustentar contra las incursiones de los faccio- 
sos de Buenos Aires la muy fiel ciudad de Montevideo, 
puesta bajo vuestra dirección y gobierno, » A esta declara- 
ción maternal, seguía una seguridad positiva que debió de 
halagar más al Virrey que las melosidades transcriptas. 
«No estaba satisfecho aun el afecto con que deseaba au- 
xiliaros — proseguía la princesa — y reiterando en conse- 
cuencia mis justas reclamaciones, obtuve del príncipe la 


(1) La Autohiognifia de Ñondeau señala este hecho como acontecido 
durante el segundo sitio de Montevideo (ÍSÍ2-Í4), sin recordar el 
autor que, según su propio parte oficial publicado en la « Oaieta* de Bue^ 
nos Aires ( Ip Agosto 1811 ), g según el certificado expedido también por 
él á Zufriategui (De -María, Hombres Xofables; ii, 141 ), la sorpresa 
de la isla de Ratas tuvo lugar en 15 de Julio de 1811. Coirobora?i esa 
fecha, Funes (Etusago, ii:, 497), queriendo sacar part ido del suceso en 
favor de luta j f roela ma de la Junta de Buenos Aires, datada elmisuio 
mes u año; Núñcr„ (Noticias, 2.^ Parte), c?i sus efemérides ame^'ica- 
nas; y Larra naga y Guerra (Apuntes históricos). Éstas yotms inexac* 
t iludes comprobadas en la Autobiografía, demuestran el enflaqxieci- 
miento de la memoria del general Hondean, cuando evocaba sus rer 
cuerdos müUares desde el lecho de muerte. 



176 


UBBO n. — LEVA5TAMIKNTO DEL TAÍ8 


orden inclusa, la cual hoy mismo se expidió por expreso á 
Río -grande, y creo que cuando recibáis ésta, ya estarán 
en marcha lan tropas portuguesas, si ya no han marchado 
en virtud de órdenes anteriores, y de la requisición que 
hicisteis al general de Porto -Alegre. » Concluía después 
Doña Carlota rogándole que exhortara á loe habitantes 
de Montevideo á conservarse firmes, en la confianza que 
nunca les faltarían auxilios de au parte, y viviendo segu- 
ros de que ella no intervendría jamás en o^sa alguna c ca- 
paz de dañarles directa ni indirectamente, ó que fuese con- 
traria á los intereses de su querido hermano ( Femando VII ), 
ni á los de su propia Nación. » 

La orden á que se refería la princesa era una prueba 
del resultado obtenido por Lord Strangford, en sus impo- 
siciones al Conde de Linhares y á Doña Carlota, obligán- 
doles á inclinarse ostensiblemente del lado de la política 
británica, para conseguir la pacificación de las colonias pla- 
tenses. Iba dirigida á D. Diego de Sousa, Capitán general 
de lÜo -grande y jefe del ejército acantonado allí, conte- 
niendo dos clases de cometidos: el primero, la remisión 
urgente de un oficio pjira la Junta de Buenos Airea, en que 
la invitaba Linhares, á nombre del príncipe Regente, para 
acej)tar la mediación negociada con Sarratea, y traer de ese 
modo las desavenencias con Esi)afia á un arreglo pacífico. 
El segundo cometido que se incumbía á Sousa, era fran- 
quear siu pérdida de tiempo las fronteras uruguayas, y pa- 
cificar el país á toda costa, « dando, para el efecto, los gol- 
pes más decisivos, á fin de que dicha resolución fuese acom- 
pañada del más glorioso éxito. » Encargábase, asimismo, al 
general portugués, que antea de pisar pertenencia uruguaya 
< publicase un Manifiesto, asegurando que el príncipe Re- 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


177 


gente no quería tomar parte alguna del territorio de S. M. C.; 
y que retiraría inmediatamente sus tropas de él, una vez 
que el territorio de esta banda de las márgenes del Uru- 
guay se hallara pacificado. » 

Pero al proceder, así, ni Linhares ni Doña Carlota ha- 
bían abandonado sus primitivos proyectos. Si las circuns- 
tancias les sometían á la dictadura de Strangford, nimca 
menos conformes que entonces aceptaban aquella tutela 
perturbadora del acuerdo secreto con la Junta de Buenos 
Aires, inopinadamente conseguido bajo auspicios tan hala- 
gadores. Para dar pruebas de ese estado de ánimo, resol- 
yieron que fuese portador de la intimación á la Junta, 
D. Felipe Contucci, hombre de confianza de la princesa 
Carlota, á quien ya hemos visto figurar como su plenipo- 
tenciario ante el Cabildo de Montevideo, en Agosto del año 
anterior. A semejanza de Sarrateá, llevaba Contucci ins- 
trucciones dobles, destinadas á constituirle de un modo pú- 
blico en correo de gabinete, para entregar la intimación ya 
mencionada ; pero habilitándole como agente confidencial 
para asegurar á la Junta « que estos dominios no volve- 
rían al yugo español, aun cuando Fernando VII recupe- 
rase el trono de sus padres. » 

La doble actitud asumida por la Cancillería portuguesa 
en Junio, encontraba á la Junta de Buenos Aires prohi- 
jando un plan de estrategia análogo. Sabedora del predomi- 
nio de Strangford en Eío Janeiro, y de las bases de pacifica- 
ción proyectadas por él, no le cupo duda que toda maniobra 
llevada á efecto con acuerdo del Embajador inglés, im- 
portaba la derrota común. Cediendo á esta convicción, ha- 
bía escrito en 5 de Junio una extensa nota á Linhares, 
apuntándole los riesgos que todos corrían. Después de tra- 


Dou. ESP.— III. 


12 . 



178 


UBBo II. — LEVAirrAMiEirro dbl país 


zar el cuadro de k situadAn de E^ío, batido en í«mpafia 
y aitiado en Monteviileo, decía la Junta: «to<k empresa en 
la Banda (Oriental, infitil para wjuzgar esta parte de Amé- 
rica, uo liaría más que encender una hoguera, cuyas chis* 
pas desprendidas, es probable que produzcan un incendio, 
en que arda ¿wa mijima Capital (Río Janeiro), y abrasen 
la mano que lo encendió. La América ha levantado el grito, 
y habla ron iodos los qne nacieron en su sudo. . . . 
Siendo esto así, la Jimta croe que nunca se halla más en 
su lugar, que cuando exige de 8. A. R. el prindpe Regente, 
emplee su poderoso influjo, no ya para promover un ar^ 
misil do Injurioso d Buenos Alre^it y perjudicial d la 
causa pública, sinó la en tera sujeción del pueblo de Mon- 
tevideo. » 

Conocidas las secretas inteligencias mediantes entre la 
Junta y el Conde de Linhares, nada más expresivo que esta 
nota. Ella era una ratificación de las propuestas anterior- 
mente hechas, y al mismo tiempo un grito de alarma sobre 
la oportunidad de proveer á su cumplimiento. ¿Cómo era 
[Kísible pensar en la creaciün de una monarquía constitu- 
cional bajo los auspicios de la casa de Braganza, si Portu- 
gal mismo cooperaba al triunfo de Fernando VII, su ene- 
migo obligado en Améric;i? Al jwnerse bajo la protección 
del príncij>e Regente, la Junta había manifestado sin amba- 
ges en 16 de Mayo, cqne ac*eptaríu desde luego toda pro- 
posición que^íor medio de S. A. R. le fuese -propuesta, y 
que no comprometiese los intereses que á ella se le habían 
confiado.» Entre esos intereses prevalecía ck necesidad 
indispensable de buscar la independencia, bajo la adop^ 
clún y el vasallaje de otros soberanos que los de la caso 
española. » Hemejanie solución extrema, decía ser el pro- 



LIBRO n.— LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


179 


ducto de las antipatías provocadas en el Río de la Plata 
por el Gobierno peninsular y sus delegados, especialmente 
Elío, cuya odiosa política había conducido la indignación 
pública á su colmo; y en tal concepto, la Junta estaba per- 
suadida de que « ni los españoles de ultramar, ni el general 
Elío, ni sus secuaces los europeos de Montevideo, podrían 
merecer jamá^ la protección del Gabinete portugués, en 
perjuicio de la causa de la Junta.'» Ahora bien: la ines- 
perada actitud de ese mismo Gabinete, proponiendo un 
armisticio « injurioso » á Buenos Airea, y « perjudicial » á 
la causa pública, importaba decidida protección á los espa- 
ñoles de ultramar, á Elío, y á sus secuaces los europeos de 
Montevideo ; quedando la Junta burlada en sus proyectos 
de monarquía constitucional y modificación dinástica, desde 
que el príncipe Regente repudiaba una y otra solución, 
declarándose fiel á los compromisos contraídos, con Fer- 
nando Vn, su pariente y aliado. 

Mas, para los que no estaban en el secreto de esta in- 
triga, la nota, de la Junta, por la ambigüedad de ciertas 
proposiciones y la arrogancia de sus términos, resultaba un 
documento honroso y adecuado á la solemnidad de las cir- 
cunstancias. Era noble y altivo decirles á los que se pro- 
ponían detener el progreso revolucionario con negociaciones 
diplomáticas, « que la América había levantado el grito, y 
hablaba con todos los nacidos en su suelo; » amenazando 
de paso al negociador portugués « con que las chispas del 
incendio, al abrasar la mano que lo produjera, harían arder 
su Capital americana; » y exigiendo, por último, del Re- 
gente, que emplease su poderoso influjo en someter á Elío 
y sus secuaces europeos, en vez de promover « un armis- 
ticio injurioso á Buenos Ames, y perjudicial á la causa pú- 



lOU 


LIBRO II. — LEVANTA MIKNTO DEL PAl8 


blica. > Con esta ailítud habilidosa, la Junta salvaba su 
posición ante el vulgo, apareciendo fiel á sus juramentáis. 
Tal era la política de doble juego (jue informaba las rela- 
ciones internacionales entre la Junta de Buenos Aires y. la 
cancillería portuguesa, y cuyos auteí-edentes, truncados de 
proposito, han jxxlido reconstruirse después de tantos años, 
á fuerza de paciencia y trabajo ( 1 ). 

Cruzáronse en el tránsito la intimación del Regente, 
suavizada por las instrucciones secretas de Contucci, y las 
protestas de la Junta, acomodadas á su cauti'losa conducta 
del mes anterior. Pero todo llegaba tarde para contener la 
acción de Strangford, que vigilaba desde Río Janeiro el 
cumplimiento de lo convenido, y lo exigía sin ahorrar ame- 
nazas. Cooperabíí en favor suyo la circunst;incia de que el 
Rúente, por dignidad propia, una vez sometido al com- 
promiso, debía mostrarse interesado en apoyar con la fuerza 
lo que imponía por escrito, testificiindo así, que era una 
iniciativa ]>ersonal, y no la presión del Embajador inglés, 
quien le impulsaba. Por otra parte, el general destinado á 
cumplir aquellas órdenes no deseaba otra «tsa que llevar- 
las iv la práctica Don Diego de S<msa había tomado en 
serio la defensa del orden monárquico contra los revolu- 
cionarios, á quienes odiaba sin distinción de procedencias. 
Debido á este nidicalismí» de miras, el anciano general apa- 
gaba en su i»eoho la instintiva animosidad, que como buen 
portugués, sentía contra loa españoles, y el menosprecio 
que particularmente le inspiraba Elío, resignándose á toilo, 


(1) Pereyra da Silva, Ilijti da fundarño tío Imp; in, v, Doc 12 y 13. 
^ Re V do Jn.at, xlí, 3Í3. — Funes, Kmayo, etc; ill, 498. — López;, //w 
i£ la Reí) Ara: iii. xiii. 



UBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


181 


con tal de restablecer la autoridad regia en América, aun 
cuando fuese ú beneficio de E^aña, por cuya culpa andaba 
emigrada la dinastía lusitana. Linhares le aplaudía en esos 
propósitos, con las reservas mentales que son de suponerse, 
elogiándole á nombre del príncipe Regente por sus acerta- 
das medidas militares y las continuas noticias políticas 
transmitidas en sus notas, á lo cual correspondía Sousa, cur- 
tiendo mentalmente á besos la mano del príncipe, y reite- 
rando al conde las mayores seguridades de éxito, apenas 
llegara el momento de la acción. 

Tenía Sousa, como oportunamente se ha dicho, orden 
de acudir al primer llamado de las autoridades españolas 
del Plata, y con motivo de la nueva faz asumida por los 
sucesos, aquella orden le fué reiterada de un modo urgente. 
Así es que el oficio de Elío,‘ expedido en 8 de Mayo desde 
Montevideo, pidiéndole socorro de tropas, le encontró en 
18 de Junio á dos jornadas del campamento de Bagé, donde 
había mandado concentrar 3000 hombres, con 2 baterías 
de artillería montada. Sousa, empero, no replicó al oficio 
del Virrey, por creerlo « una colección de despropósitos 
políticos y militares ; » pero lo remitió en copia á Linhares, 
para que aprovechase las noticias contenidas en él sobre 
la política de Strangford, « quien procuraba desviar las 
provincias españolas de la dependencia de una sola volun- 
tad, pretendiendo arreglar un acomodamiento destinado á 
establecer tratados de comercio entre ellas é Inglaterra, 
como se practicó en ocasión á las desavenencias de Ca- 
racas. » 

Bajo estas impresiones, el general Sousa, después de 
haber reunido en consejo sus principales jefes, quienes acor- 
daron la marcha para el 15 de Julio, si los recios aguace- 



182 LIBRO Df. — LEVANTAMIKXrO I5EL l’AÍS 

POS invernales lo permitían, levantó campamento el día 1 7 
de ese mes con rumbos á Yaguarón, buscando la entrada 
por aquella parte de nuestra frontera. En el tránsito reci- 
bió un oficio delictuowj de D. Joaquín de Paz, Comandante 
militar de las fuerzas de Cerro -Largo: anunciaba el ofi- 
cÍAnte §er partidario de Dofia Carlota, y en tal ( oncepto 
no tenía escrúpulo en revelar los órdenes de guerra que le 
mandaban evacuar la villa de Meló y pegarle fuego, pi- 
diendo á Sousa que se adelantase á impedirlo. Con este 
aviso, una dirisión de caballería portuguesa marí‘hó á ocu- 
par Meló, prosiguiendo el resto del ejercito tras de ella 
lentamente, combatido por los rig»>res de la esta/*ión, única 
resistencia encontrada hasta entí)ncea ( 1 ), 

Sousa había roto su marcha el 17, es decir, <los días 
después del bombardeo de Buenos Aires por Michelena, 
donde aun duraba la mala impresión redundante de aquel 
hecho. El 19, una noticio abrumadora cundió inopinada- 
mente por la ciudad. Era el aviso del desastre de Huaqui 
ó del Desaguadero, donde Balcarcc y Castclli fueron irai- 
doramente deshw'hos á la sombra de un annisticio vio- 
lado, perdiendo para siempre el dominio del Alto Perú, y 
sin salvar apenas del brillante ejercito á sus órdenes, 300 
hombres reunidos. Sabida en Buenos Aires aquella enorme 
derrota, produjo la más violenta excitación. La Junta pre- 
tendió calmarla con una proclama de corte clásico ; jvro 
la opinión, cada vez más adversta á los horabrtis did Go- 
bierno, se alzó contra ellos, echándoles en cara sus mane- 
jos secretos con Portugal, y el abandono en que, por esa 


(1) liev fío Infit, XLi. :W7 y sigLs. — S. Ixx)poldo. Á»naex da Pro- 
vinoia de San Pf'drn: xvi. 



UBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 183 

y Otaras razones, tenían los verdaderos intereses de la 
causa pública. 

Acentuóse con tal motivo el desprestigio de la Junta, 
ganando mayor terreno cada día la aversión que provocaba. 
El ejército sitiador de Montevideo no debía ser insensible 
á aquellas displicencias de la opinión, que penetraron en 
sus filas, contaminándolas del disgusto general. Con los 
portugueses á retaguardia y al frente Elío resuelto á todo, 
no era envidiable la situación de aquel ejército, despro- 
visto de artillería de sitio, escaso de municiones, y luchando 
contra la desnudez bajo el rigor de un invierno crudísimo. 
No faltaba, sin embargo, presencia de ánimo á su general, 
para precaverse en lo posible contra los peligros que le 
rodeaban. Apenas sospechó el avance de los portugueses, 
escribió con un pretexto cualquiera al mariscal Manuel 
Marques de Sousa, enviándole la carta por mano de un 
oficial de confianza, quien llegó en Julio á su destino, en^ 
cargado reservadamente de inspeccionar la actitud y las 
fuerzas del enemigo, Becibida por Marques la carta, fue 
trasmitida á D, Diego de Sousa, quien la remitió á su vez 
al conde de Linhares, reteniendo al primitivo portador 
para que no se apartase más de las tropas portuguesas, en 
la persuasión de que era un espía de guerra. Paralelamente 
á éste y otros recursos precaucionales, Rondeau destacaba 
partidas de observación sobre las fronteras y costas de los 
ríos más próximas al enemigo, daba órdenes á los coman- 
dantes de los puestos avanzados, y urgía ante la Junta de 
Buenos Aires por refuerzos y artillería de sitio, para ha- 
cerse dueño de Montevideo cuanto antes. 

Con la prosecución del avance de Sousa, cuya vanguar- 
dia había ocupado la villa de Meló en 23 de Julio, empe- 



184 


URRO IL — U-:VANTAMIE3ITO DEL l'AÍR 


zaron á manifeRtarHe los pri meros síntoma» de resistencia 
j)opular. Grande apuro tuvieron los jiortuguííseB para mu- 
ñirse de caballos y ganados, buscándolos á pleito en loa 
escondrijos, donde los vecindarios en fuga habían dejado 
loa raá» flactos é inútiles. El 27 de Julio escribió Souss 
desde Meló al general Rondeau, procurando allanarse in- 
convenientes ; pero la comunicación del general portugués 
encontró al jefe del ejército [latxiota [ireparado á la resis- 
tencia. Así es que al mismo tiempo de contestarle, refor- 
zaba con dos divisiones de caballería, á órdenes de D. Pedro 
Pablo Pérez y D. Baltasar Vargas, las fuerzas de observación 
sobre el invasor, y para suplir aquel vacío, ordenaba á Be- 
navídez que bajase de Colonia a)ii su división á úicorpo- 
rarse al ejército. Desgraciadamente, Benavídez, ensoberbe- 
cido por sus anteriores triunfos, y soportando mal toda 
obediencia que le mantuviese en condición subalterna, li- 
cenció las fuerzas de su mando, y se presentó solo en el 
campamento del Cerrito, cual si buscase pretextos para la 
actitud que ya tal vez se disponía á asumir. Allí obtuvo el 
})ase con destino á Buenos Aires, llevando consigo á sus 
hermanos D. Manuel y D. Juan, con los cuales se incorporó 
al ejército de Bclgrano, para desertarse de.spués al campo 
enemigo, y morir con un heroísmo digno de mejor inspi- 
ración combatiendo contra la causa americana en la ba- 
talla de Salta ( 1 ). 

Rondeiiu mantenía una activa ctnrespcjndencia con la 
Junta de Buenos Aires, enterándola de las necesidades del 
ejército y reclamando medidas imprescimlibles para su- 
plirlas; pero no obstante la viveza de sus representaciones, 


(\) Paz. Memorias: 1. 79-8Ü. 



LIBRO IL — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 185 

ni la artillería de sitio, ni los refuerzos tantas veces pro- 
ínetidos por la Junta, llegaban al campo sitiador. En cam- 
bio, dentro de la Plaza perfeccionaba Elío las fortificacio- 
nes, alentaba á los defensores y difundía entre el círculo 
de sus íntimos las seguridades de prontos auxilios. Aquella 
actitud de los sitiados empezó á desmoralizar á los patrio- 
tas, quienes, por decididos que estuviesen, no podían menos 
de caAilar en el abandono inexplicable de que eran vícti- 
mas. Había creado Rondeau, con algunos centenares de 
negros reclutados en las estancias y con los emigrados de 
Montevideo, dos nuevos cuerpos de lanceros, y se esforzaba 
por revivir el entusiasmo en todas partes, sea multiplicando 
los pequeños combates de guerrilla con los sitiadores, sea 
difundiendo por la campaña cartas y proclamas, cuya re- 
dacción confió á D. Nicolás Herrera, refugiado en Cane- 
lones después de la expulsión sufrida. Mas si esto hacía 
tolerable la espera, no resohua en ningún modo la dificul- 
tad de apoderarse de la Plaza, único y definitivo premio 
de los sacrificios soj^ortados hasta entonces. 

Ignoraban los patriotas que la Junta de Buenos Aires 
estaba lejos de pensar como ellos. La derrota de Huaqui 
había consumido sus bríos militares, reduciéndola á buscar 
toda salvación en una defensiva estrecha. Al mismo tiempo, 
la duplicidad de sus trabajos diplomáticos, conducidos con 
una ligereza que los había puesto en evidencia ante Strang- 
ford por medio de Sarratea, dieron pie al Embajador inglés 
para atizar las desconfianzas siempre latentes de la canci- 
llería portuguesa, haciéndola entender que era víctima de 
una intriga al confiar en las deslumbradoras promesas del 
Gobierno revolucionario. De esto resultó, que de un día 
para otro, la Junta se encontrara enemistada con Inglate- 



166 


LIBBO n. — IJEVANTAMIKSTVÍ VKL, fAi» 


rra y Portugal, cuando contaba babor neutralizado á la 
primera y tener }K)r aliado al Hogondo; y samando aquella 
hostilidad al odio irreíluctible de Elío y á su propio dee- 
prestigio ante el pueblo iH>rtefio, a<l virtió que pisaba un 
terreno faleo. En tal situación, «e propuso reHwionar, de- 
jando que españoles y portugueses dirimiesen la cueatíon 
del Uruguay como pudieran, siempre que ella salvase las 
tropas auxiliares comprometidaM en la contienda. 

Buscando un pretexto de apariencias decorosas para lle- 
gar á ese resultado; treyó encontrarlo con la iniciativa de 
una negociación doble, que le fadlitara el concurso del 
Paraguay, recientemente sublevado contra la autoridad de 
la Metrópoli, y que dispusiera el ánimo del ejército sitia- 
dor de Montevideo á entrar en arreglos con los españolee. 
El fundamento de la ni^ociación debía basarse en la con- 
veniencia de unir los esfuerzos comunes contra la mvesimi 
portuguesa, cuyas miras ocultas enin Um perjudicifllee al 
dominio de España como á las aspiniciones de las colonias 
plateiises, amenazando j>or igual á Elío y al Paraguay, á 
Buenos Aires y á los insurrectos uruguayos. Planteada así 
la cuestión, entraban en juego los intereses de Uxlos, y ai 
la Junta logntba combinarlos según su deseo, jxxlría reco- 
ger el fruto de la obra, presentándose como forzada á adop- 
tar su propio plan, que resultaría entonces un producto de 
las ideas é inspiraciones trasmitidas del exterior. En este 
caso, como en el de Sarratea, la .Tunta usaba su duplicidad 
habitual, contando w»n engañar y no ser engañada; pero 
aquí como allí, le suc-edió todo lo t«ntrario, pues no sola- 
mente fueron burlados sus negociadores, sinó que, á fin de 
cuentas, ella misma cayó envuelta entre las redes de su 
laboriosa intriga. 



UBRO II. — LEVANTAMIENl’O DEL PAÍS 187 

Para poner en práctica su plan, la Junta envió al gene- 
ral Belgrano y al Dr. Ech^ema como negociadores á la 
Asunción, mientras oficiaba al general Rondeau que inten- 
tase un avenimiento con los sitiados de Monte^^deo, de- 
mostrándoles el peligro con que amenazo ba á todos la mar- 
cha invasora del ejercito portugués. En las instrucciones 
expedidas con fecha 1.® de Agosto á los comisionados ante 
el Gobierno del Paraguay, se les prevenía manifestarle 
« que el medio capaz de contener en sus límites al príncipe 
del Brasil, no era, ni podía ser otrO que el que la pro^dncia 
del Paraguay conformara su opinión, conducta y movi- 
mientos con el Gobierno de Buenos Aires, ¡mra pedir que 
la Plaza de Montevideo se libertase de la premura y 
asedio d que la tenían reducida nuestras tropas, pues el 
cálculo político debía prevenir el peligro de que dicho prín- 
cipe obrase con todas ó con la mayor parte de sus fuerzas 
contra la nuestra, y que disipada ésta, se apoderase de la 
Plaza de Montevideo, calculando después atacar con ven- 
taja la provincia del Paraguay, á la que en aquel caso no 
podrá absolutamente socorrer la capital de Buenos Aires. >> 
En cuanto á las instrucciones expedidas á Rondeau, pare- 
cen haber sido menos precisas, y meramente destinadas á 
tantear el ánimo de los sitiadores, proponiéndoles unirse 
con Buenos Aires y marchar sobre el ejército de Sousa (1). 

Como se ve, la Junta contaba con el candor de los pa- 
raguayos para alborotarlos contra el príncipe Regente, ha- 
ciéndoles pedir al mismo tiempo el retiro de las tropas 
auxiliares del sitio de Montevideo, y pretendía explotar el 


(1) Mitre, Hist de Belgi'ano; ii, Apend 26. — LarraRaga y Guerra, 
Apuntes históHcos, 



ino 


LJUKii II. — UKVAJrrAJ<IK5TO DKI. I’AÍB 


patriotismo do los espafiolos pura lanzarlos contra los por- 
tiipieaes. Nunca hc mostró niáU candortm ella misma que 
alentando semejantes ilusiones. El nuevo Gi>biemo del Pa- 
raguay, inspirado por el Dr. Francia, sin conceder nada á 
los plenipotenciarios argentinos, les arruncó cuanto qtfíso: 
inde|Kíndencia aduanera, demarcíición d»‘ límitea y eatalde- 
cimií^nto lie un lazo feilerativo pañi los eaiios de peligro 
mutuo; con lo cual adquirió de un golpe su independencia 
aquella ¡irovincia. En cuanto á los esjvdnoleft de Montevi- 
deo, no se mostraron menos aptos para comprender sus 
conveniencias. Nombrado por Rondeuu, entraba á la Plaza 
en los primeros ilías de Agosto el Intendente del ejército 
sitiador, D. José Alberto Calcena y Echeverría, con ánimo de 
hacer jirojxjsiciones. Elío ordenó que le reiñbiese Vignilet, 
quien a. sí lo hizo, abriéiulose una conferencia entre ambi> 8 . 
Pero a[>enas insinuara el Intendente la 1*011 veniencia de 
unirse unos y otros para batir á los portugueses, Vigodet 
le despidió con acritud, asegurándole qu(^ no aiiraitía otro 
arreglo que la .sumisión al Ri*y ó la guerra á todo trance. 

Dispuesto á mantener su actitud belicosa, único medio 
de salvación que le restaba, Elío, á raíz de la amenaza for- 
mulada por su teniente, se preparó á renovar las hostili- 
ladcs en toda la línea. Mientras despachaba á Michelena 
:*oii encargo de bombardear nuevamente á Buenos Aire*i, 
dlanaba en lo jtosible las diíicultadcs de trans|H)rte encon- 
tradas en su camino [>or las columnas de Sonsa, y no omi- 
tía metlio paia convencer al ejército sitiador que era irre- 
vocable su d(‘cisié)u de combatir lí toilo trance. Consiguió 
por estas artes b*vantar el ánimo de los sitiados, euya si- 
tuación de momento era bien dcploralile, con motivo de la 
[carencia de víveres frescos v Je la Jolorosa mortandad 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 189 

que se experimentaba entre los vecinos de Montevideo, no 
acostumbrados á tuntas privaciones. La persistencia del 
Virrey surtió sus efectos en Buenos Aires mismo, cuya 
Junta, bajo la am^za de los cañones de Michelena, pidió 
y obtuvo del comandante de la estación naval inglesa surta 
en dicho puerto, sirviera de intermediario para contener el 
bombardeo, mientras tres comisionados pasaban á tratar 
con Elío. 

Becayó la elección de la Junta en los doctores D. Gre- 
gorio Funes, D. José Julián Pérez y D. Juan José Passo, 
miembros de la corporación, quienes llegaron al puerto de 
Montevideo el día 14 de 'Agosto, con miras y projíósitos 
muy distintos de los que dejaba presumir su cometido. La 
Junta no les enviaba como negociadores de im avenimiento, 
sino como heraldos de la discordia entre españoles y por- 
tugueses. Para el efecto,, tenían orden de exhibir ante las 
autoridades de Montevideo la correspondencia aportada 
por Contucci, y en la cual daba Linhares seguridades con- 
cordantes con las exigencias y promesas que la Junta le 
tenía hechas en meses anteriores. Munidos de tan formi- 
dable recurso, lo pusieron inmediatamente en práctica, mos- 
trando á los jefes superiores de la guarnición y algunos 
miembros del Cabildo los antecedentes expresados, cuya 
glosa, acometida con esmero, abultaba todavía su impor- 
tancia. Semejantes revelaciones mataron de un golpe toda 
confianza de las autoridades españolas en las tropas portu- 
guesas auxiliares, á las cuales miraron desde ese momento 
con mayor aversión que á los mismos revolucionarios ( 1 ). 


(1) Torrente, Rev hispano- americana ; i, xm, — S. Leopoldo, Án- 



190 


T.IBRO II. — IJvV ANTA MIENTO DEL PAÍ« 


ílubieni bí<1o c«>mpli*to el triunfo de los emisarioB <le la 
Junta, á no hal>er reoibido Elío, por el minino banN> que 
les condujo, líi noticia oficial del desastre de Huaqui, y el 
fK)rmenor del efecto producido en I-luenos Aires por diclia 
calamidad. El Virrey se entonó de tal modo con las aus- 
piciosas nuevas para su causa, que ni (juiso oir hablar de 
airólos pacíficoM, recl tazando toda proposición en ese con- 
cepto.' Los comisioiiHílos tuvieron <jue n^embarcarse des- 
pués de haber presenciado las fit^tas, repiques y salvas oon 
que Elío mandó solemnizar la victoria de las armas rea- 
listas, al mismo tiemjw que ordenaba ó Michelena activara 
contra Buenos Airí‘S las hostilidades suspendidas. Entre 
las baterías de Montevideo y ol cam|>o sitiador, se rompió 
un fuego activísimo que doró todo aquel mes, soportando 
la Plaza grandes estragos. 

Esta recnidescencia de las operaciones de guerra no im- 
pedía que las negociaciones diplomáticas, cuyo complicado 
giro se ha podido apreciar en el momento oportuno, siguie- 
sen su cui-so, c*on temlencia á solucionar los conflictos exifl- 
tentes. La mediación inglesa, que no eni ya un misterio en 
el Río de la Plata, mcnon lo era en España, donde se sabía 
que el (jolúemo central la aceptaba bajo estas dos princi- 
pales condiciones: reconocimiento de las Cortes por los 
pueblos del Plata con el envío consiguiente de diputados á 
ellas, y comercio libre para Inglaterra durante quince me- 
ses. Planteada en esta forma, encontró la cuestión al arri- 
bar á la J’enínsula, el diputado por Montevideo, presbítero 
Zufrintegui. monarjuista irreductible, como era republicano 
y partidario de la e man (i pación su hermano D. Pablo, (jue 
se batía laavamentí- eu las lilas putriuta.s. Ajienas llegado 
á Cádiz, advü tió que el debate iKudiente solare la meiliacioD 



LIBRO II. — LEVAJíTAJnENTO DEL PAÍS 


191 


propuesta por el Gobierno inglés para pacificar las colonias 
americanas, excluía de inmediato todo nuevo auxilio bélico de 
la Metrópoli en favor de elTas; pero eso no impidió al di- 
putado montevideano que gestionase la remesa de hombres 
y armas, para salvar su patrio suelo « de las iras de los 
facciosos. » En 4 de Agosto presentó, con tal motivo, á las 
Cortes una larga exposición, cuyo contenido dio materia á 
dos sesiones consecutivas, después de las cuales fué auto- 
rizado Zufriategui para tratar dh'ectamente el punto con 
la Kegencia del Reino. 

La exposición del diputado montevideano, es para nos- 
otros, uno de los documentos más interesantes de su tiempo, 
por cuanto expresa y resumo las ideas de los uruguayos 
adeptos á la dominación española, y abre juicio sobre las 
calidades de los hombres qúé encabezaban el movimiento 
insurreccional. Descartados los calificativos hirientes á la 
masa popular, y la exageración de los juicios sobre las me- 
didas revolucionarias que exigían la expropiación de armas 
y caballadas en los distritos de campaña, junto con el apri- 
sionamiento de ciertos españoles conspicuos en los centros 
donde su presencia constituía un foco permanente de rea% 
ción, el escrito de Zufriategui es vindicatorio, puesto qu^ 
reconoce la importancia política, militar y social de Arti- 
gas, el buen concepto que gozaba Rondeau, y el apoyo en- 
contrado por ambos en las filas del ejército y del pueblo, 
para adelantar la liberación del país. Al mismo tiempo de- 
muestra el documento aludido, que el régimen puesto en 
práctica por Elío, no era una . extravagancia nacida 
del carácter de aquel mandatario, sinó una consecuencia 
lógica de la disposición de ánimo de todos los partida- 
rios de la Metrópoli, cuyo aplauso tenía el Virrey, y con 



192 LIBRO II, -- LEVANTA3ÍIEXTO DEL PAIS 

cuya conformidad Pe ponían en vigor am mtídidan ( 1 ), 

Sobrií esto último tópico, es ins^tructiva la narración de 
las dificultades con que se encontró Zufriategui, ¡mra ven- 
cer la oposición suscitada á Elío en las regiones oficiales por 
los diputados americanori (jue le habían ])re(*edido en su in- 
greso á las Cortes, ó p^r otras informaciones llegadas de 
Ainórit'a, y pnjvenientes algunas, de rivalidades que el Vi- 
rrey se había suscitado entre sus propios coni patriotas. Bajo 
el j>eso de estas contrariedades, fue discutida la legalidad 
de la elección del diputado por Monterideo, se traspapela- 
ron sus paleros, y no hul)o recurso que n(^ se opusiese para 
quitarle autoridad. Pero vencidos todos los inconvenientes, 
Zufriategui hizo una públic'a apología de Elío, pintándole 
como el mejor de los mandatarios para el Río de la Plata, 
y consiguió restablecer el crédito del Virrey al más alto 
punto. Desde entonces, en continuo trato con la Regencia 
y la mayoría de los hombres importantes de las Cortes, 
adquirió gran influencia, empleándola no solamente en sos- 
tener á su poderos4) amigo, sino en proi>orcionarie á Mon- 
tevideo las simpatías del Gobierno central, que .se compro- 
metió á dotar la ciudad de nuevas instituciones, y á la 
Banda Oriental de autonomía administrativa. 

Pero el doble obstáculo para la realización inmediata de 
estas promesas, estaba en los apremios de* (jue eni víctima 
el Gobierno cc*ntral, y en el sesgo que habían tomado los 
negocios pdíticos con moiivn de la mediación británica. 
Respecto al primer punto, era imposible á la Regencia dis- 
traer de inmediato caudales, buijues ó soldados para soco- 
rrer á Montevideo; y siendo c*sto así, pensaba que todo au- 


(1) J\> b en los 1). de ¡\ 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO BEL PAÍS 


193 


xilio de orden moral resultaría extemporáneo, pues no pu- 
diendo asegurar lo existente contra los reveses de la guerra, 
estaba por demás intentar xrambios y reformas cuya dura- 
ción no podía garantir. En cuanto á la mediación britá- 
nica, entraba en el interés del Gobierno español atenderla 
y concillarse con ella hasta donde le fuera posible, lleván- 
dole semejante actitud á una tácita suspensión de esfuerzos 
bélicos en el Continente americano, como preliminar in- 
dispensable para tratar la pacificación intentada por Li- 
glaterra. 

Quedaban, por tanto, los españoles de Montevideo li- 
brados á sus propios esfuerzos, mientras aquella situación 
excepcional no se resolviese de un modo claro. Así fue que 
al saberse en Cádiz la victoria de las Piedras, se acongo- 
jaron las autoridades, y lo. hubieran creído todo perdido, á 
no conocer simultáneamente el llamamiento anticipado he- 
cho desde Montevideo á los portugueses del Brasil, en 
quienes veían ahora la única tabla de salvación. Fúé apro- 
bado con muestras de r^ocijo por las Cortes y la Regen- 
cia, aquel acto previsor, deseándole únicamente que no re- 
sultase tardío para reparar los males producidos. Despun- 
taba el mes de Septiembre cuando recibían tan alta san- 
ción las medidas adoptadas por Elío en connivencia con 
el Cabildo de Montevideo, y mucho antes de llegar esa no- 
vedad á noticia de ambos, el ejército portugués franqueaba 
las fronteras uruguayas, y era despedido á mitad de ca- 
mino por los mismos que le llamaran con tanta prisa. 

El hecho había pasado de un modo bien singular. Can- 
sado Lord Strangford de los obstáculos que le oponían 
Linhares y Doña Carlota con sus intrigas en Río Janeiro, 
provocó una conferencia reservada, á la que asistieron, Sa- 


BoM. Esp.-m. 


13 . 



194 


LIBRO II. — LBVAlfTAKIEBTO ML PAÍR 


rrateo en bu carácter de ájente de BuenoH Aírw» el mar- 
qué» de Casa Inijo como repreaentante de Espafla, y 
Linhares como jefe de la cancillería portuguesa. La actitud 
del Embajador inglés en tmti conferencia asumió ol carácter 
de un ultimátum , exigiendo el retiro simultáneo de los ejérci- 
tos portugués y argentino que pisaban la Banda Oriental, la 
cesación del bloquefi de Buenos Aires, el abandono en manos 
deElíodetíslo el territorio uruguayo y la suspensión de hos- 
tilidades entre Buenos Ain^s, el Paraguay y ol Alto-Peréi, 
concediéndose en cambio á los puel)los del Plata algunaa 
cláusulas ventajosas, entre ellas, el libre comercio intenia- 
cional ( 1 ). Aviniéronse á todo los conferentes; Sarratea, 
en virtud de sus instrucciones dobles, Tasa Irujo jsirque 
nada había más c*on veniente ]>ara su país, y Linhares por- 
que. ante el Embajador inglés nt> |>odía resistir. Se convino, 
en consecuencia, que Sarniten [rartiese inmediatamente para 
Buenos Aires, a fm de conseguir la íulhesión do la JuntA, 
mientras Linhares oxjH^lía ordenes a Sonsa para retirarse 
de la Bainla < Irientid, y ( asa Trujo daba conotá miento á 
Elío de los términos convenidos. Ofició lánharee al Era- 
V>ajador portugués cu Ijondros j>ani que se entendiese con 
el Gobierno británico sobro la mo<Hación común ante la 
Regencia de Es])aña, y Strangford lo hizo á au vez con la 
Juntíi de Buenos Aires, incitándola á cooiienir á la ¡Micifi- 
cación, micntnis desjmchal>a pañi Montevideo al almirante 
De Coiircv c^m instrucciones esjxíciak^. 

En los primero.ri días do Septiembro, anclaba De Courey 
frente á Monto vidc*o. y su primeni medida oficial em diri- 
girse á Elío, con fecha 5 del mismo mes, saludando el p«- 


(1) Perorra da .Silva, Ihui da fúndanlo do ímp; m, V, sccc IL 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 195 

bellon español, y expresando al Virrey, que pendiente entre 
las cancillerías inglesa y española una discusión para el 
restablecimiento de la- armonía de España con sus colonias 
americanas, « el príncipe Regente de Inglaterra miraría la 
continuación del bloqueo marítimo de Buenos Aires como 
un si.stema injurioso á los subditos ingleses, y no querría 
8. A. R. consentir sufriera ninguna molestia su comercio 
hedió d ^ un modo ordinario y con artículos inocentes. » 
Mal comienzo de negociación pacífica era esta declaración 
imperativa, cuando tal vez no estaba puntualmente aseso- 
rado el Virrey de lo convenido en Río Janeiro ; pero, de 
todos modos, la respuesta de Elío, expedida el día 6, fue 
tan precisa como hábil. Se reducía, en sustancia, á con^ 
signar que el almirante inglés aparecía como un mediador 
entre los intereses de España y los de Inglaterra en estos 
países, y por consecuencia, le preguntaba « si traía consigo 
alguna orden credencial del Gobierno español, sin cuya 
autorización no podía él tratar cosa alguna en materias tan 
trascendentales. » Obligado por la pregunta, manifestó De 
Courcy que no se presentaba bajo ningún aspecto político, 
y mucho menos en el carácter de mediador ; agregando, que 
su único propósito era « librar de humillaciones la bandera 
británica é impedir toda detención á los comerciantes in- 
gleses;» pero añadía, al concluir, «que las órdenes de 
S. A. R. el príncipe Regente de la Gran Bretaña debían 
ser cumplidas. » 

' La discusión, como se ve, tomaba un cariz desagradable, 
por las amenazas encubiertas que se desprendían de las 
notas del almirante inglés. Elío contestó el día 8, esfor- 
zándose por cerrar el debate. Reproducía y confirmaba en 
un breve oficio, cuanto expresara anteriormente sobre la 
/ 



]96 


IJHBO II. — LEVANTAMIENTO DEI. l'Alf* 


impon ibilidad de abordar materiaa pjira <¡ue no e.ntaba au- 
torizado, y mucho menos jiarecía estarlo su rontendor. 

« V. E. de su (lobiemo, y yo del mío — decía el Virrey — 
debemos recibir el reglamento de nuestra conducta ; cual- 
quiera otra discusión que no venga i»or estos precisos con- 
duelos, sobre ser infructuosa, no podrá ocasionar sino tro- 
piezos, que V. E. y yo debemos evitar, A la citada 
comunicación, replicó De Tourey con fecha 10, acentuando 
nuevamente que carecía de investiduni jiolítica, y no pre- 
tendía mezclarse en los negocios de España, siéndole indi- 
ferente la exclusión de todos los demás buques del uni- 
verso, con tal que los ingb'ses no sufrieran esta suerte en 
él* Plata; mas, al terminar su oñcio y después de haber 
dicho qu(í estimaba mucho á Elío y amaba á los españoles, 
se producía en esta forma ; < Las órdenes de mi príncipe 
deben ol>ede<'crsc ; — liadla ahora no he dado ningunaa ins- 
trucciones á los buques que componen mi escuadra; — 
aguardo la decisión de V. E. : — del>en adoptarse algunas 
metlidas. • 

Semejante modo de expresarse, planteaba el conflicto; 
pero resuelto Elío á afrontarlo, c-ontestó con fecha 11, en 
términos muy ajenos á su chabacanería habitual, y que de- 
mostraban el consejo de inteligencias suj tenores á la suym 
Empezaba el Virrey negándose en absoluto á tratar sobre 
la suspensión del bloqueo existente desde un año atrás con 
pleno conocimiento de los gobienios esjtañol é inglés, fjuie- 
nes nada habían observado al res[>ecto. Hasta el momento, 
no tenía órdene.s de la Metrópoli que le mandasen innovar 
cosa alguna en el régimen imperante, y j>or el contrario, 
existía el precedente de la repulsa sufrida el año anterior 
por el mismo De Courey, cuando pretendió exigir lo que 



LIBRO n. — LEVAÍÍTAMIENTO DEL PAÍS 197 

ahora pedía nuevamente. Mas no era este tópico agotado 
lo que le incitaba á la prosecución del debate; eran las 
amenazas del almirante ingles las que movían su pluma. 
« Las órdenes del soberano de la Gran Bretaña — decía 
Elío — las debe V. E. obedecer ; pero yo debo obedecer las 
del mío ; me precio de saberlas sustentar, y en este con- 
cepto, seguro de que V. E. jamás obtendrá de mí otra res- 
puesta, V. E, mismo será responsable de las medidas que 
piensa tomar. '> 

Acorralado en sus últimos atrincheramientos, y puesto 
frente á las responsabilidades que el mismo se había aca- 
n*eado, De Courcy cambió de método y de tono. « Con la 
mejor buena voluntad y sin la menor reserva, » contestó, 
como si la noticia le cayera de nuevas, « que estando san- 
cionado por el Gobierno español, según lo manifestaba Elío, 
el bloqueo de Buenos Aires, dejaba de pedir su abandono, » 
esperando, sin embargo, que el Virrey « lo haría suspender 
á lo meuos respecto á los intereses ingleses, hasta saber el 
resultado de la mediación de Cádiz. » En cuanto á las me- 
didas cuya adopción había insinuado, expresaba: « que como 
el Gobierno inglés no consentiría en interrumpir comuni- 
caciones con la América española, hasta saber el resultado 
de su mediación ( medida necesaria para hacer posibles y 
aun practicables sus amistosos oficios), toda tentativa para 
interrumpir dichas comunicaciones debía resistirse por los 
buques de S. M. B. — No hay en esto — agregaba — nin- 
guna amenaza, pero yo puedo sentir infinito las consecuen- 
cias que pudieran seguirse. » El nuevo giro impreso á la 
discusión por el almirante inglés, permitió á Elío cerrarla, 
con un oficio que eliminaba las susceptibilidades recíprocas. 
« Si no está en mi deber el alzamiento del bloqueo de los 



iUW LIBRO II. — LKVAVTAMIKW r«í UIC.L. J'AI.13 

imposibilidad de abordar materias para que nu estaba au- 
torizado, y mucho menos ]>arecía estarlo su contendor. 

V. E. de su Gobierno, y yo del mío -- decía el Virrey — 
debemos recibir el reglamento de nuestra conducta : cual- 
(juiera otra discusión (jut* no venga por estos precisos con- 
ductos, sobre ser infructuosa, no podrá ocasionar sino tro- 
piezos, que V. E. y yo debemos evitar. A la citada 
comunicación, replicó De ('ourcy con fecha Hb acentuando 
nuevamente (jue carecía de investidura iK>lítica, y no pre- 
tendía mezclarse en los negocios de Esi>aña, siéndole indi- 
ferente la exclusión de todos los demás l>uquew del uni- 
verso, con tal (jue los ingleses no sufrieran esta suerte en 
el Plata; mas, al terminar su oficio y después de haber 
dicho que estimaba mucho á Elío y amaba á los espafloles, 
se producía en esta forma ; Las órdenes de mi príncipe 
deben obedec-erse : — hasta ahora no he dado ningunas ins- 
tnicciones á los buques que comjxmen mi escuadra; — 
aguardo la decásión de V. E. ; — deben adoptarse algunas 
medi<las. . 

Semejante modo de (*xpresarse, planU*aba el conflicto; 
]>ero resuelto Elío :í afrontarlo, contestó con f eolia 11, en 
términos muy ajenos á su chabacanería habitual, y que de- 
mostraban el consejo de inteligencias sujaíriures á la suyiu 
Empezaba el A’irrey negándose en absoluto á tratar sobre 
la susiiensión del bloqueo existente <lesde un año atráa con 
pleno conocimiento de los gobicnios español é inglés, (juie- 
nee naila habían observado al resj>ecto. Hasta A momento, 
no tenía órdenes de la Metrópoli que le mandasen innovar 
cosa alguna en el régimen imperante, y por el contrario, 
existía el precedente íle la repulsa sufrida el año anterior 
por el mismo De Courcy, cuando jiretendió exigir lo que 



LIBRO n. — LEVANTAMIENTO DEL PAIS 197 

ahoni pedía nuevamente. Mas no era este tópico agotado 
lo que Je incitaba á la prosecución del debate: eran las 
amenazas del almirante inglés las que movían su pluma. 
« Las órdenes del soberano de la Gran Bretaña — decía 
EIío — las debe V. E. obedecer ; pero yo debo obedecer las 
del mío ; me precio de saberlas sustentar, y en este con- 
cepto, seguro de que V. E. jamás obtendrá de mí otra res- 
puesta, V. E. mismo será responsable de las medidas que 
piensa tomar. » 

Acorralado en sus últimos atrincheramientos, y puesto 
frente a las responsabilidades que él mismo se había aca- 
rreado, De Courcy cambió de método y de tono. « Con la 
mejor buena voluntad y sin la menor reserva, » contestó, 
como si la noticia le cayera de nuevas, « que estando san- 
cionado por el Gobierno español, según lo manifestaba Elío, 
el bloqueo de Buenos Aires, dejaba de pedir su abandono, » 
esperando, sin embargo, que el Virrey « lo haría suspender 
á lo menos respecto á los intereses ingleses, hasta saber el 
resultado de la mediación de Cádiz. » En cuanto á las me- 
didas cuya adopción había insinuado, expresaba : « que como 
el Gobierno inglés no consentiría en interrumpir comuni- 
caciones con la América española, hasta saber el resultado 
de su mediación ( medida necesaria para hacer posibles y 
aun practicables sus amistosos oficios ), toda tentativa para 
interrumpir dichas comunicaciones debía resistirse por los 
buques de S. M. B. — No hay en esto — agregaba — nin- 
guna amenaza, pero yo puedo sentir infinito las consecuen- 
cias que pudieran seguirse. » El nuevo giro impreso á la 
discusión por el almirante inglés, permitió á EIío cerrarla, 
con un oficio que eliminaba las susceptibilidades recíprocas. 
«Si no está en mi deber el alzamiento del bloqueo de los 



198 


UBRO ri. — XJEVAÍn’AMrE.'fTO DEK TAÍfl 


puertos sujetos ü la Junta Uc Buenos Aires expresaba el 
Virrey — lo está el causar las menos extorsif)nes posibles á 
los individuos y propiedades inglesas. ^ Aludía, en seguida, 
á su conducta observada con algunos barcos británicos, de- 
tenidos, aunque no multiulos, á ^lesar de habérseles sorpren- 
dido vendiemlo artículos de guerra á Buenos ^Viren: lo que 
era prueba anticipada de las consideraciones que seguiría 
dis]>ensando, en cuanto U* fuera posible, á los individuos 
é intereses de la generosa Nación inglesa. - Por fin, concluía 
derla ramio que nada le era más at>eh^*ible que la par y la 
prosperidad del Río de la Plata, á euyo pnqKwito tenía 
entabladas m‘gociaeiones .siguiendo los sentimientos de su 
(‘orazón y las miras paternales del Gobierno esimñol. ( 1 ) 
En efecto, las negoeiaeiones se liabían abierto á inicia- 
tiva del mismo Elío, impulsado j»r los peligros que le ro- 
deaban. La actitud dcl Paraguay, deponiendo á su ( rob«T- 
nador espaftíd y nombrando una Junta revolueionaria, que 
según ya se ba dicho, ol)tuvo la independeneia de aquel 
país, privaban a! Virrey de un aliado; y el a vanen* de los 
portugueses, cuya lcalta<l tenía inotivoripara |Huieriai<luda, 
aproximaba un eneiiíigo al corazón de sus (lumiiiios. Por 
cireunstancia.s que aún no se han explicado satisfaetoria- 
mente, G oyen cela*, el veiunnlor de Huafpii, había esterili- 
zado su vietoria. j)erdi( ndo la oj>ortunidatl de ma reliar so- 
bre P>LieiiOs Aires, de nmdo que en los primeros dí;ts <le 
Septiembre, la situación de Elío era muy apremiante. No 
tenía otra ]iersj>e(‘tiva de salvación que los arrc^glos ]u<- 
eílieos negociados en Río Janeiro bajo la influencia de 
Strangford, y de los cuides estaba eiiti^rado p«>r Ca>a Trujo 

(1) Olivo, Awtl/ 'i: r, 33<í y sÍj:. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 199 

que le incitabu á aprovechaba oportunidad. Bajo el peso 
de estas circunstancias, era que d Viney había comisio- 
nado para entenderse con la Junta de Buenos Aires á 
D. José Acevedo, D. Miguel Sierra y D. Antonio Garfias, 
enviándoles á la vecina orilla, casi á la misma fecha que 
De Coimíy fondeaba en nuestras aguas. 

Pero mientras la tíirea de los comisionados seguía su 
curso en medio de complicaciones que al fin debían llevar- 
les á una ruptura, el general Sousa, al frente de las colum- 
nas portuguesas, se internaba en el Uruguay, produciendo 
á su paso la desolación por doquiera. En vano había sido 
que, atentas sus instrucciones especiales, lanzase una pro- 
clama prometiendo garantías á los habitantes del país, y 
dándoles las mayores seguridades de no traer miras de con- 
quista. En vano había fijado edictos, exhortando la com- 
parecencia de los que hubiesen suministrado auxilios de 
t^ualquier clase á sus tropas, para indemnizarles inmedia- 
tamente. Excepción lieelia de D. Joaquín de Paz, nadie 
se había presentado al Cuartel general de So usa ofreciendo 
ó reclamando nada. Cual si temieran su contagio, las pobla- 
ciones vecinas huían ante el invasor, como se huye de una 
epidemia, incendiando sus rancherías y trebejos, arreando 
;us ganados si podían hacerlo, y ocultando entre los escon- 
■ Irijos del tránsito los animales de servicio que postraba el 
cansancio. Por mucho que al emprender la marcha, se hu- 
)iera jactado el generalísimo portugués de las favorables 
(isposiciones del país que debía invadir, cuyas autoridades 
vecindarios de campaña suponía le esperasen alborozados, 
llegar á Cerro -Largo había cambiado de opinión, trans- 
rando desde entonces sus comunicaciones oficiales el dejo 
un profundo desengaño. Enflaquecido su ejército por las 



IJBRO n. - - !.EVA?»TAMIEVrO DEL I»AÍ» 


¿W 1 

(lesorcioneja, trocada en hostilidad persistente y unánime la 
venturosa acogida que softam, fue anotando á diario, y sin 
quererlo, los síntomas de aquella resistencia suprema, que 
despu(*s debían ser con fi miados hasta por ios más acerbos 
detractores del pueblo uruguayo ( l ). 

La invasión se verificaba por dos punton extremos, ha- 
biendo salido el grueso de bis fuer^Jis portuguesas del cam- 
pamento de Ibigé en diremóii á ( iTi o-I^irgo, mientras que 
numerosa H partidas organizadas en Misiones, descendían 
liasta el Norte del río Negro, para dividir la atención de 
los patriotas. En cuanto era posible conciliar el orden con 
las exigencias <le la guerra, la tropa sonietula al inmediato 
mando del general en jefe, oljservaba una conducta regular; 
mas no sucedió lo mismo con las partidas provenientes del 
Norte, las cuales, des<le su entrada al país, no habían he- 
cho otra cíisa que señalarfs^ jior atrojH'llos vandálicos, sa- 
(pieando las estancias <lel tránsito, cuyos ganados transpor- 
taban al oti'íi lado <lc la frontera, y cometiendo toda elaae 
de injurias contra las pcTSüiias. El coronel Juan de Dios 
Mcniia IlaiTcto, que guarnecía Misiones con fuerzas disci- 
plinadas de las tres armas, empezó jMir organizar esas par- 
tidas con un personal mixto dt* veteranos, milicianos y vo- 
lunta rio.=, ] ion i tildo! as ú órdenes de oíiciales de línea; pero 
las |KTspcet¡vas del pillaje, seduciendo á los contrabandis- 
tas y matreros existentes en Río -grande, lej< estimuló á 
empandillarse para caer también solire la zona abierta á 
sus depredaciones. 


(1 I Ofiritis (/(' Si/ftso, /s t'rhrrrn, J'J 1^11, // Mano 7<S/- 

( 1 ¿a: (/<> ífixt. rii — A I). »1«‘ !*,, iin/otru imt'o 1,1 nivtm'in ///• In fírr\ií§. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


201 


Empujándose unas á otras, infestaron las ¡lartidas in va- 
loras todo el territorio escogido para teatro de sus desma- 
nes. Una de ellas, á órdenes de Bento Manuel Riveiro, hizo 
alto en el paso de Yapeyíí sobre el río Negro, tal vez por- 
que fuera ése él límite designado á su avance. La precedían 
varías familias, que habiéndose puesto en fuga para librarse 
de vejámenes, denunciaron anticipadamente Ja aproximación 
del audaz partidario. Al frente de una fuerza patriota, mar- 
chó contra Riveiro el comandante Oj^eda, decidido á batirle. 
Pronto chocaron, trabándose un combate reñido. Los por- 
tugueses fueron derrotados por Ojeda, sufriendo serias pér- 
didas, entre ellas su jefe Riveiro, herido y tomado prisio- 
nero. 

Otra partida, en número de ‘200 hombres, avanzó hasta 
Paj-Sandú, rodeando la población. Guarnecían la naciente 
ciudad, 50 hombres de caballería á órdenes del capitán 
D. Francisco Bicudo, cuyo valor y servicios se han men- 
cionado más de una vez en estas páginas. En cuanto el 
enemigo inició su ataque, Bicudo se atrincheró en la plaza, 
rompiendo un fuego vivísimo hasta quemar el último car- 
tucho. Los portugueses, bien provistos de municiones, y 
más fuertes en número que los sitiados, consiguieron asal- 
tar los cantones, pasando sobre los cuerpos de sus defen- 
sores. Sólo 8 hombres quedaron con vida por parte de los 
patriotas. Bicudo y sus demás compañeros murieron bi- 
zarramente, defendiendo la ciudad que se habían propuesto 
custodiar. 

Alentados por el suceso, los portugueses vadearon el río 
Negro, derramándose por los distritos de Mercedes y So- 
riano, con ánimo de llevarlo todo por delante. El clamor 
de los vecindarios agredidos llegó hasta el campamento del 



Í03 IJBRO !l. — I.EVAJTTAMnCífTO DEL PAW 

Carrito, Aumentando l:i animadversión que hervía allí contra 
loe in^-Bsores. Romleau dispuso que el capitiÍM de dragones 
IX Ambroei<i Carranza marchase al frente de un destaca- 
mento, á retomar Tay-Handú y limpiar los distritos, oir- 
cunvet'inoH. En los primeros días de Sqvtiembn*, aparei-ió 
Carranza sobre Pay-Síind6,embÍ8tién<lolo con el mayor de^ 
nuedo. Des|>uÓ8 de doa ataipioe «•onsecutivos, se hizo diiefk» 
de la ciudad, con pónlida de mós de 100 hombres. Lue^ 
•hu>'ent6 en varías direcciones, á los dejuTíladoTes jH>rtu- 
guoses que saqueaban las eatanciaH ( 1 ). 

En el extnmio opuesto del país, se hacían sentir tam- 
bién los hostilidades, llevadas mídante por Bousa ¡>er?i>Dal- 
monle. Marchaba el geiuTalísimo en tres columnas, cuando 
á la altura de Mdo recibió un ofteio <le Hondean, oonoe- 
bido en términos alarmantes para d. Por totla tontesUción, 
ordenó ¿í jmis dos columnas laterales que vatleastm el río 
Taottarí, y juntas s«* dirigii‘sen sohn» Banta Teresa, antes que 
las fuerzas del país obstasen á la ocii|>aci6n tle dicho fuerte, 
eonsitierado eomo base esencial de las operaciones del ejér* 
cito inATísor. A la api'oximaeión <le las coluninaH enenngas, 
los i>aíriotas, que en número de :ir>0 hombres ocupalian A 
ftierte, lo alíandonai'on, después de haber intentado inútil- 
mente volarlo, incendiaron las casas de los alreiUdores y 
emprímdieron la rdirada en dirwvión ú Rocha, seguidos de 


1 ' f na rt •: nots (}rlmno.'< ¡tonrr en duro ¡as inejneHiude^ y swé 
,'fÍ4nns ti' In 'Mrnhn ia suhre los ltcrh}S de armas fhiranic ¡a ¡jnerra ih 
la h»de¡tcndrnna de los Orirtitales, que ha inducido rn error d tantos 
esnd tares. JMdni Menu/rirt. nfinnawlo ittej-ademrmte <ine Um fxyrinfae- 
se.s i nrn.d ierran rl í’rutfuay d fu'inripios de Sm'^mhn\ tln eterno aroHÍ-e- 
ridos > n dd ho no s ¡os comlsitrs dr Ya¡in/ú // Poy- Scuidu, y ufuüe 
mencionar la vietodosa rampaHa del ca¡fitdn Córranla. 



LIBRO II. — USVANTAMIENTO DEL PAÍS 203 

todas las familias del pago, con sus ganados. Apenas lo 
supo, se adelantó con 300 bombiv^ de caballería el Maris- 
cal portugués Marques, ocupando Santa Teresa en 5 de 
Septiembre, desde cuyo momento empezó á destacar par- 
tidas de caballería sobre sus antiguos defensores. Las fuer- 
zas patriotas sostuvieron con mal éxito varias escaramuzas 
contra dichas partidas, cayendo prisioneros los capitanes 
bordillo y Castillo, con 10 soldados y ün trozo de caba- 
llada. 

Mediando estos acontecimientos,, la dmección política del 
Gobierno central había aflojado notablemente. La Junta de 
Buenos Aires se hallaba sin prestigio y sin fuerzas para im- 
poner una solución pacífica en la contienda armada, cuyas 
perspectivas visibles amenazaban tanto al Uruguay como 
á su propia estabilidad. Fracasadas las últimas negociacio- 
nes con Elío, ya no se atrevió á intentar cosa alguna, pre- 
firiendo ceder el campo á quien buenamente quisiera reem- 
plazarla. Con este designio, > promovió su propia sustitución 
por un Trimivirato que representase el Poder Ejecutivo, 
mientras ella, reservándose el título de Junta Conservadora, 
asumiría funciones legislativas, para templar los avances 
posibles del nuevo organismo. El 23 de Septiembre, püe.s, 
íué creado un Triunvirato, compuesto del coronel D. Feli- 
ciano Chiclana, D. Manuel de Sarratea, vuelto reciente- 
nénte de Río Janeiro, y el Dr. D. Juan José Passo; te- 
liendo por secretarios sin voto, á los doctores D. José Ju- 
ián Pérez, D. Bernardino Rivadavia y D. Vicente López, 
•ncargados de las carteras de Gobierno, Guerra y Hacienda, 
[espectivamente. 

j El Triunvirato, al recibirse del mando, lanzó una pro- 
jlama haciendo disimuladamente el proceso de la Junta, 



?04 LIRRO II. — LEVANTAMIEJÍTO OKI. I*AJ» 

las j>roines;i9 con que ncentunba sus vibUs. «TíhIos loe 
ramos rio la Aihiiiiiietración — deíía — recibirán nueva 
^orwm ó nueva direc-ción. Los ejércitos de la Patria se or- 
ganizarán bajo un pie de ri</orona di^ripUna. No liabrá ya 
uun difrrchcin con nuestros hermanos los europeos, sobre 
la particip;ición do los bicnee sociales. í^lo el crimen será 
objeto díí castigo, como la virtud de premio. La libertail de 
[>ensar xe rr^príard cuino el don ináe precioso de la natu- 
raleza, y el (.fobiemo no será menos reconocido al ciuda- 
danía que le ilustre con^ sus luces, que al que le maniñeste 
los (Trores d<* sus dcHiretus. » ( 1 ) Bien claro se enunciaba 
en e>tas projxisieiom^ que la Administnuión estaba des- 
organizada, sin disciplina los ejércitos, privados de sus 
garantías tutelares los españoles eurojieos, y coacta la li- 
licrtad lie [K'iisar. 

Es del (‘aso hacer presente, que en <*1 inliTit^gno de diez 
y seis meses, á contar del 20 de Mayo de t<SlO al 23 de 
Sc])tiembre de ISl 1. el tiohienio rcvolueionario llevaba ya 
nutridas tres modiíieacion&s turnia mentales. La primera de 
ellas, ocurrida en ] s de Diírieinbre de provocó la 

caída lie Morenu, incorporando los diputados de las pro- 
vincias al Poder Ejecutivo, y dando vida ii dos partidos 
irrecomüiahles. La segunda mixlificación se pnxlujo en G 
de Abril de bajo la presión de un movimiento sol- 

dadesco, qiK' mutiló la Juntii, arrojando de ella á Peña, 
Vieytís, Azeuénaga y Larrea, desterró varios ciudadanos 
espectables, y susjHaidió á Belgrano, al mismo tiemjx) que 
le destituía del mando del ejército en el Uruguay, llamán- 
dole á dar cuenta de su pairada conducta militar. I^a ter- 


n,,ln Kitrha 1 Inm los Niños Exn4'*sÍtos ), 



LIBRO II, — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


205 


cera modificación acababa de verificarse en 23 de Septiem- 
bre entregándose las funciones ejecutivas del Gobierno á 
un Triunvirato, mientras los cirputados de las provincias 
asumían el título de Junta Conservadora, para suplir la 
falta de Legislatura, en tanto se procedía á elegirla. Estas 
mutaciones continuas demuestran hasta que ¡junto es injus- 
tificada y trivial la acusación hecha posteriormente á los cau- 
dillos revolucionarios de campana, y con especialidad á Arti- 
gas, de ser los promotores de la anarquía frente al enemigo. 

Con decir que Sarratea formaba parte del Triunvirato 
constituido en Gobierno, dicho se está que la influencia de 
Strangford prevalecía en los consejos de la nueva situación. 
Por consecuencia, fue comisionado el Dr. D. José Julián 
Perez para trasladarse á Montevideo en los primeros días 
de Octubre, y ajustar definitivamente con Elío un Armis- 
ticio sobre las bases convenidas en Río Janeiro, avisando 
de paso á Rondeau que preparase el retiro de las tropas si- 
tiadoras. Elío recibió al comisionado con toda deferencia, 
nombrando á D. José Acevedo y D. Antonio Garfias para 
ultimar de su parte el asunto, Rondeau, á quien no cabía 
otro recurso que obedecer, se preparó á cumplir las órdenes 
recibidas; pero Artigas, en sus conversaciones con el Dr. Pé- 
rez, le manifestó « que se negaba absolutamente á interve- 
nir en unos tratados, inconciliables con las fatigas de los 
orientales, muy bastantes á conservar el germen de las an- 
tiguas disensiones entre ellos y la Corte del Brasil, y muy 
capaces por sí solos de causar la dificultad en el arreglo de 
nuestro sistema continental. » ( 1 ) Dentro de estas pocas 
palabras, iba sintetizada toda la historia del porvenir. 


(1) Of de Artigas al Gobierno del Paraguay (c¡t). 



206 


I.TBBO U. — LKVANTAMIENTí) I)El> PAIÍ5 


Lii« idaB y venidas del Dr. P^re* (í uno y otro oampo, 
indujeron á sospi^char lo que we urdía. De tiverij^ación 
en averiguación, se supo fínal mente cuál era la í«encia 
del convenio; y entonces los orientalen reclamaron el den*- 
cUo de liat'crse oir, pues se trataba nada menos que do la 
suerte de su país. Para ese efecto, finnaron una representa- 
ción colectiva dirigida á Kondeau, quien, al cendorarsí^ do 
ella, no puso reparo en congregar una asamblea compuesta 
dü los principales ¡x^licionarit)8. ( oncurrieron tambión á la 
reunión, Artigas y el Dr. Pérez, cada uno en el carátíter que 
respectivamente investían. Traída á tela de juicio la mate- 
ria íjuc preocupaba á todos, manifestaron los peticúmarioi 
cuán triste era la alternativa abierta á su elección, puesto 
que amenazados jx)r los [>ortugueses y en víspera de ser en- 
tregados nuevamente á Elío, no lea quedaba otro remedio 
que afrontar la lu<*ba sin auxilio alguno, para vencer ó mo- 
rir en la contienda. ConU^stó el Dr. Pérez, oponiendo como 
argumento capital á estos i-aciocinios, la necesidad de le- 
vantar el asedio de Moutevideo, j>or la |*osición comprome- 
tida que tenía el ejército sitiador, estrechado entre dos fue- 
gos. Como semejante respuesta dejase entender una medida 
estratégica, convinieron los orientaUv en que se levantase 
el sitio, al solo objeto de tomar una posición ventajosa con- 
tra los portuguesí's, y en lo demás, jimpusieron (|Up Arti- 
gaa resix)ndíe8e |>or tdlos del éxito de esta nueva campaña. 
IntertK'lado tan á fondo, Artigas empezó p<>r escudarse con 
sus deberes militares, que le inqs)nían ante todo la obe- 
diencia al Gobierno central: ]>ero seguidamente hizo el 
análisis de las cláusulas del Armisticio, concluyendo \yor 
manifestar cuánto le rt‘})Ugnaba, como ciudadano, el al>an- 
douu en que iban á quedar su (tais y sus compatriotas. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


207 


Aquello era poner el dedo en la llaga. Inmediatamente 
expresaron los peticionarios, « que de ninguna manera 
podían ser admisibles los artículos de la negociación,» 
agregando «que el ejercito auxiliar se tornase á la Capital, 
si así se lo ordenaba aquella superioridad ; » pues ellos, 
nombrando como nombraban en aquel acto, á Artigas por 
su general en jefe, « protestaban no dejar la guerra en la 
Banda Oriental, hasta extinguir en ella á sus opresores, 6 
morir dando con su sangre el mayor triunfo á la libertad. » 
El Dr. Pérez, convencido de su impotencia para reducir 
ánimos tan exaltados, determinó se tratase el asunto en una 
conferencia especial, donde concurrirían Artigas, él y un 
ciudadano particular. Tuvo efecto de allí á poco la confe- 
rencia, desplegando en ella el comisionado de Buenos Ai- 
res sus más insinuantes dotes. Declaró que nada era tan 
agradable al Gobierno central como coadyuvar al logro de 
los deseos de los orientales; hizo presente haberle dado 
cuenta de la actitud de la ultima asamblea, cuyas miras, 
estaba seguro, merecerían su completa adhesión; y ofreció 
em nombre del mismo Gobierno, toda clase de socorros para 
llevar adelante la guerra. Calmadas las inquietudes con tan 
solemnes promesas, se resolvió por acuerdo unánime levan- 
tar el asedio, iniciando su retirada á San José el ejército si- 
tiador en 12 de Octubre, con gran contento de Elío, quien 
á esa fecha sólo tenía víveres frescos para 15 días, y 200 
pesos por todo auxiUo en las arcas publicas ( 1 ). 

El 14 marcharon los orientales. Componíase el grueso 
de sus fuerzas de unos 3000 voluntarios, después de ha- 
bérseles incorporado el comandante D. Pedro Pablo Pérez 

(1) L. C. de Torrente, Uev hispatio- americana; i, xm. 



208 


LJBRfí U. — 1J5VAJITAMIKNTO I»FX l'AÍH 


y el cíipitnn I). Ilal tasar Vargas, qui(;nes con sus respecti- 
vos cuerjíos vinieron [»or el camino tle S. Carlos, domlc ya 
se Imeía sentir la vanguardia de 8<>usa en número de 1000 
liombres. Artigas y los voluntarios á sus órdenes, iban per- 
suadidos deque se trataba de eondiatir. Recf>rdando bis pro- 
mesas del I)r. Pérez, sceretario de Estado y representante 
del Gobierno de Buenos Aires, mantenían tinne espenuiza 
en que las cláusulas ominosas del Armisticio propuesto, 
no serían ratificadas, librándose jsjr consecuencia la solu- 
ción final del asunto al éxito de las armas. Les halagaba 
aquel extremo, por cuanto era el único que p<jdía salvarles 
del díible yugo de Elío y de los portugueses, y liabiciido 
sido hasta entonces vencedíires en la contienda belicosa, 
ciintial»an en que la suerte no les volvería la espalda. Con 
estas ilusiones lleganjn á San José, pimto designado, según 
se creía, para Cuart<*l general del ejército unido. 

El día les sorprendió la nueva de que el Armisticio 
estaba firmado desde el *JM jx^r el Dr. Pérez y los diputa- 
dos de Elío, con la seguridad de que el Gobierno de Bue- 
nos Aires lo rafificaría sin escrúpulo alguno. Eran sus ba- 
ses principales, el rceunoci miento pleno de Fernando VII 
y sus b;gít irnos succ sores y descendientes, y el de la unirkd 
i mli visible de la Nación española, de la cual formaban parte 
integrante las provincias dcl Río de la Plata, quienes jamás 
acatarían otro soberano que Fernando VII y su de.scen- 
deneia legítima. Aplazábase basta la reunión del Congreso 
general de las |»rovincias del Plata, el reconocimiento délas 
Corles generales de la Monarquía; mas ello no obstante, 
<‘l Gobierno de Buenos Aires ofreta'a á la Metró]«>li toíia 
clase de auxilio jiecuniario en la guerra peninsular. Se pac- 
taba que las tropas de Buenos Aires desocuuarían inmole- 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 209 

tameiite la Banda Oriental hasta el río Uruguay, compren- 
diiíndose en dicha desocupación los pueblos del Arroyo de 
la China, Gualeguay y Gualeguaychó, para que Elío res- 
tableciese su autoridad de un modo exclusivo en los terri- 
torios y pueblos, mencionados. Los demás pueblos del Vi- 
rreinato, sujetos á la Junta de Buenos Aires, quedarían en 
la condición en que se hallaban. Estas enormes concesio- 
nes, que eran el triunfo de España, las compraba el Virrey 
á precio muy ínfimo. Ofrecía que las tropas portuguesas se 
retirarían á sus fronteras, dejando libi*e el territorio espa- 
ñol. Establecía el cese de toda hostilidad y bloqueo en los 
ríos y costas de las provincias, así como el restablecimiento 
de las comunicaciones particulares y comerciales entre Bue- 
nos Aires, Montevideo y sus respectivas dependencias; de- 
volución recíproca de prisioneros y restitución de la artille- 
ría aprehendida por los cruceros españoles. Se comprometía 
á no variar el sistema de gobierno imperante, hasta que 
las Cortes de la Península declarasen su voluntad, en cuyo 
caso lo manifestaría oportunamente á Buenos Aires; y en- 
tre tanto, ambas partes contratantes quedaban obligadas á 
prestarse recíprocamente auxilios, para la eventualidad de 
invasión de una potencia extranjera (1). 

Como se ha dicho, el Armisticio quedó definitivamente 
ajustado en Montevideo, á 20 de Octubre de 1811. Elío lo 
ratificó el 21, y el Gobierno de Buenos Aires el 24. Sousa, 
que se hallaba con su Cuartel general en Maldonado, había 
recibido antes de esa fecha pliegos de Elío, comunicándole 
la tramitación de un convenio entre el y los sitiadores, de 
modo que el ajuste definitivo del Armisticio no le sorpren- 

(1) Reg Oficial de la Rep Arg; Doc 258. 


Don. Esp.— m. 





210 


LIBRO IL — I^VA-NTAMIENTO DKl. PAÍK 


dió en manera alguníu iSolanieiite ú Ioü orientuicí*, «indoro- 
samentc confia<loF en Inn promesas <lel I)r. Pérez, les tí>- 
mnba de nuevas aquel ajuate, cuya ratificación nunca hasta 
entonces cn*yerüii fswible. Mas, p<ir lo mismo rpie había 
BÍdo tan acentua<1a la ihnla, fué imlescripiible la indignación 
que les embargó al conocer la realálad. Contempláronse 
víctimas de su propia confianza, conducidos con falssvs i)n>- 
mesas hasta Han José, y allí, abandonados ;í la suerte qm* 
el majulatario español quisiera fijarles, pues el ejército auxi- 
liar, llamado á Buenos Aires, se daba prisa á cumplir la 
orden. 

Es ley de las situaciones extremas, |x)ncr á prueba el 
temple de los defensores de una causa. Hasta aquel mo- 
mento, los revolucionarios uruguayos habían tenido como 
estímulo <le sus sacrificios, la victoria, y como esjx'ranza de 
éxito definitivo, la cooperación del ejército auxiliar. Poro n*- 
{>cn tina mente, cambiaba la situación, presentándoles esta al- 
ternativa inespíTada: someterse al enemigo, ó iniHar una 
giiemi de recursos donde sus familias pagarían anticipada- 
mente por ellos, y o «ibía forjarse ilusiones al res|^to. Ni 
Ello, ni los portugueses, en sus actos y proclamas, conside- 
raban á los insurrectos uruguayí>s dentro de la.s leyes de 
la guerra, así es que en (*aso ile ¡x'rsistencia, su exterminio 
estaba decn‘tado, fuese por uno solo, fuese {>or amfíos ene- 
migos. Ademá.s jK*rdida la ojxirtuuidad de tomar Monte- 
video, abandonados de Buenos Aires, y <-on un ejército in- 
vasor dentro del país. Artigas y los voluntarios á sus órde- 
ne.s no palian jaetarse de emprender una campaña victo- 
riosa, á raíz del enorme contratiemj)^) sufrido. Militarmente 
a] preciados los sucesos, el dilema de rendirse ó iniciar una 
gueiTH á muerte, se planteaba de suyo. 



IJBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAIS 211 

Entro estos dos términos ineludibles, la inspiración del 
patriotismo sugirió una idea. original. Cuando las perspec- 
tivas de futuro eran mas líegras, partió de la multitud 
congregada en San José, esta palabra heroica: Emi(jvcmos ! 
Quien fuese el primero en pronunciarla, hasta ahora se ha 
sabido; pero ella debía estar en el corazón de la mayoría, 
por la repercusión instantánea que alcanzó. Repitiéronla 
con igual acento de firmeza, el oficial y el soldado, la mu- 
jer y el anciano, dándole de ese modo la uniformidad de 
ima consigna. Las familias fugitivas.de Santa Teresa y Ro- 
cha no la encontraron extraña á su disposición de ánimo, 
ya que anticipadamente habían hecho el sacrificio de sus 
hogares y sus bienes. Tampoco resonó con extra ñeza, en 
los oídos de las poblaciones del Norte y Oeste, víctimas de 
las partidas de Menna Barreto,' cuyas injurias no podían 
soportar. Todos, en fin, sancionaron acordes la grandeza de 
aquel proyecto, encaminado á dejar rasa la tierra, para que 
el antiguo déspota y el invasor presente no saciasen en 
ella sus instintos. 

Admitida la idea, empezó muy luego el movimiento con- 
fuso y extraño de un pueblo que abandona el suelo natal. 
Las familias de los voluntarios que rodeaban á Artigas, 
fueron las primeras en romper la marcha, buscando la in- 
corporación de sus parientes. Tras de ellas, siguieron otras, 
que seducidas por el ejemplo, debían i*ef orzar con süs ele- 
mentos viriles las huestes de los patriotas. El desfile de las 
columnas emigi-antes, emprendido sin orden ni concierto, 
hacía hormiguear por todos los caminos, caravanas de 
gente, convoyes de carretas, y tropas de ganados que arrea- 
ban sus propios dueños. Grandes fogatas se advertían de 
trecho en trecho, denunciando que las antiguas viviendas 



¿r* 


IJBRO II. — IJ-:VANTAMlENTO DEI. PAÍ8 


de los prófugos liabían sido entregadas por ellos mismos 
á las llamas. En merlio de esta confusión, los portugueses 
avanzaban siempre., obligando í 1 iimcliaH familias á refu- 
giarse entre las divisiones del ejército auxiliar, para liuir 
bajo Hu amparo á Buenos Aires, mientras otras se incor- 
pt>raban á las partidas volantes del país. El generalísimo 
portugués, adminido de aquella emigración en masa, escri- 
bió á su Gobienio que el l'ruguav resjjoudía por entero á 
la Revolución, y más tarde tuvo oportunidad de confirmar 
ese dicho { 1 ). 

Artigas se hallaba perplejo ante las res¡x>nsabilidades 
de .su posición, frente á un movimiento social que él no ha- 
bía provocado, j>ero cuya ilirecíáón no pmlía abandonar al 
acaso. Vino á librarle de incertidumbres, un oficio del Gro- 
biemo de Buenos Aires, constituyéndole jefe principal del 
pueblo en armas y de las familias dispuestas á abandonar 
el paí.s. Para el efecto, dejábase á sus órílenes el cueqxj ve- 
terano de blandengues y S piezas de artillería, se&alándole 
l>or residencia el Departamento de Yapeyó, donde poilía 
transportarse- En el acto, despachó chasques y partidas á 
todos rumbos, para que indicasen á los interesados el punto 
de reunión, y cooperasen á obviarles dificultades. El exceso 
de celo con que algunos de estos emisarios apuraron la 
marcha de los rezagados, dió cierto tinte de nolencia á sus 
oiK-raciones, (Explotado más tarde, para em|)equeñei*er aquel 
arranque patriótico, sólo comjíarable á las peregrinaciones 
bíblicas, en que los pueblos emigraban u tierras descono- 
cidas, buscando la libertad. 


(1) Of de Aiiiga^i al iJoh del Paraguay ( cit)- ” <U Vedia, 
púg Of de Sousa (Rev do Insf \-i.i 1 



LIBRO II. — IJEVANTAMIENTO DEL PAÍS 


213 


Cuando aquella enorme masa de familias, ganados y 
vehículos pudo adquirir una organización, empezó á arras- 
trarse pesadamente tras de los voluntarios armados, cuyas 
columnas ligeras custodiaban su retaguardia y flancos. Su- 
cesivas incorporaciones engrosaban el numero de los pere- 
grinos, ofreciendo cada una de ellas su aspecto peculiar. Á 
veces eran ancianos, quienes por la muerte de sus cabalga- 
duras habían debido cruzar largas distancias á pie, los que 
venían á embeberse en las filas. Otras veces eran muje- 
res, que rodeadas de una prole infantil, aparecían guiando 
la única carreta disponible, mientras en lontananza, deste- 
chado por sus propias manos, asumía ya formas ruinosas 
el rancho que les sirviera hasta entonces de mansión. Por 
último, las tribus indígenas se presentaron á ocupar el sitio 
que creían corresponderles, realzando con su grotesco ata- 
vío guerrero, los vividos contornos del cuadro. De los la- 
bios de todos, cristianos y salvajes, partía la misma pro- 
testa contra el despotismo, como si al renovarla de palabra, 
quisieran confirmar todavía el testimonio aducido por la 
evidencia de los hechos. 

Poco antes de moverse Artigas, le había precedido Ron- 
deau al frente del ejército auxiliar, yendo á embarcarse 
por el puerto del Sauce, con destino á Buenos Aires, donde 
en pos de un recibimiento entusiasta, debía entregar el 
bastón de general en jefe, previo juramento prestado á las 
nuevas autoridades ( 1 ). Al mismo tiempo, los portugueses, 
viéndose dueños del campo, proseguían sin reparo su mo- 
vimiento de avance. Oficialmente notificados del Armisticio, 


(1) Gazeta de Buenos Aires (26 Nov y 3 Dic ^Autohiogi'a'^ 
fia de Bondeau (cit). 



214 


LIBRO II. — LBVAirrAMlENTO DEL I’AÍS 


«fectaban doftwnoi‘cr que ^ tuviera reliwión con sus pro- 
pias operaciones. CircunsUincian «liversus informaban í3»ta 
conducta, cuyas p(^rsp<>ctivas íiiiaUíS in» eran extra ñaM al 
desc^> <le procurarse un desfjuiti*. Sonsa estaba instruido de 
la duplicidad de procederes de la extinta Junta <le Buenos 
Aires, y ardía asimismo en dt*M^^M de vengsin/.p. cMutra Ar- 
tigas, por los gérmenes rovnlueionarios que suseitarun en 
Mision<*s los manifiestos y proclamas drl caudillo. Por otra 
parte, y según ya se lia visto, el generalísimo ]KU*lugués 
tenía en gran ilesprecio las condiciones }H(líticas y militares 
de Elío, lo que le llevaba á prc-cindir de la aquiescencia 
del -Virrey para sus combinaeioie s de futuro, Hcritlo atle- 
imls en su amor propio, á causa «le la negativa inopinatla 
con que se le des]>edía, después de haberle llamado en tér- 
niino.s tan apremiantes, estaba resuelto Sonsa á no abando- 
nar el territorio que invadiera de onien de su ( iobieruo, 
sin previa revocación «le la minina. 

Coincidían estas i<leas, ('oii las que muy pronto «lebían 
manifestar el Ucgentc y Doña Tarlota: aquél, d<-scubriend«i 
la inmensa pena «pie le pnalujera el triunfo de la j>olíti<-a 
de 8trangfor«l, y la prim esa bramamlo contra el fracaso de 
sus antiguos proyectos. Por razones de otro «ínlen, tambitii 
«rntre los «lef«*nson*s «le Montevideo germinaba el «lisgusbL 
Habíase formatlo un partiílo, bajo la «lir«*<rión de fray Ci- 
rilo Alame«la, redactor «le la (tuzrfa, «jue «leseaba venetT 
á fod«> trance ó sucumbir en la d«*inan«la. La (í?tultac¡ón de 
id«‘as con que se había iniciado en la vida política, contrajo 
á esta agrupación el nombre d«* partiílo c/npei‘uut(h. El 
calor «le sus disputas ll«.*gó á c«.»nta minar el ánimo «le nm- 
ehos, comprendiéiulo.so el niaris(*al Vigoilet entr«“ ellos. 
Cuauilo supieron que v\ Armisticii» s«* trataba, l«>s eiui>ei*i- 



LIBRO II. — I^VANTAMIENTO DEL PAÍS 215 

nados estuvieron á punto de sublevarse, y no poco contri- 
buyó su actitud al retardo del ajuste definitivo. Luego que 
la convención fuó pública, la--atacaron con destemplanza, 
demostrando así la cortedad de sus vistas y la inconscien- 
cia de los peligros que les circuían. 

Cansado Elío de todo esto, vió complacido que lo rele- 
vaban, poniendo fin á im mando cuya posesión asumiera 
con tanta fama, y del cual salía tan mermado de crédito 
entre los suyos. En 8 de No\dembre comunicó al Cabildo: 
« que el Supremo Consejo de Regencia había resuelto su 
regreso á España, nombrando de Capitán General de las 
Provincias del Río de la Plata al Mariscal de campo 
D. Gaspar de Vigodet ; noticia que le anticipaba para su 
respectivo cumplimiento , » prometiendo que oportunamente 
le avisaría la fecha en que el expresado general hubiera de 
recibirse del mando. El día 17 volvió á dirigirse á la cor- 
poración pidiendo testimonió autorizado de una «incitación 
á la Real Audiencia de Buenos Aires, hecha por él como 
Presidente del cuerpo mimicipal de Montevideo, contra 
D. Santiago Liniers en 1808.» Como si no esperase otro 
recaudo, el 18 entregó el mando á Vigodet, embarcándose 
al promediar Diciembre para la Península (1 ). Allí le es- 
peraba la muerte sobre el cadalso, donde le llevaron sus 
ideas despóticas, que no había podido cimentar en el Río 
de la Plata, á pesar de la jactancia con que lo ofreció. 

En tanto que el presuntuoso Virrey iba á abandonar 
las playas montevideanas, Vigodet se estrenaba reclamando 
del Gobierno de Buenos Aires el cumplimiento de algunas 
cláusulas del Armisticio,. aunque sin obtener contestación. 


(1) /j. C. de — Larranaga y Guerra, .Apuntes históricos. 



216 


UBRO IL — I-EV ANTA MIENTO OKI, l'AÍS 


Ello no obstant*^, este primer paso debía abrirle o|»ortu- 
nidad para provocar un rompimiento, que los manejon de 
la Corte del Urasil venían preparando. Niínca como hasta 
entonws había sentido dicha Corte gravitar con mayor 
fuerza el peso de la {>olítica inglesa sobre sus decÍRÍonefli, 
así es que c.spiaba la oportunidad de sacudir el yugo á 
cualquier precio. Burlados por Strangford, á un mismo 
tiempo, el conde de Linhares y Doña C’arlota, ambos con- 
trajeron sus esfuerzos para atraerse al j>artiiK> empecinado 
en el Río de la Plata, cuya torpeza s<‘ proponían explotar 
en contra de la ¡>olítica británica. La manera ideada jiara 
conseguir su objeto, consistió en mostrarse acérrimos de- 
fensores de los derechos de Ft*rnando Vil, presentándose 
resueltos á afrontar to<lo peligro am tal de cfuitener los 
progres<^s revolucionarios qu(* socavaban su autoridad en 
los dominios americanos. Tomaron á estí efecto }>or blanco 
de sus ataques, el Armisticio de Octubre, criticándolo con 
l>alabras que anunciaban todo el concurso deseable para 
esfiutular su rechazo. 

Rompió el fuego antes que nadie, Doña Carlota, con su 
habitual presteza para anticiparse á todo acto que redun- 
dara en favor de sus intereses. Dirigióse á su secretario 
Presas, mandándole escribiese una cjirtn n «servada á Elío, 
por medio de la cual desaprobaba el Armisticio, c ajustado 
entre Linhares, Strangf<ird y 8arratea, sin que ella fuera 
cíente. » Agregaba que su conducta había sido siemprt* de- 
recha, y (pie le interesaba llegase á ('onoc*imiento de todos 
su ignorancia de lo acontecido hasta después de ir las ór- 
denes <*n candno. Con fecha de Noviembre, escribió 
también á Goyeneche. desatándost« en improjvrios t^ontra 
el Armisticio, v rogándole « que emplease todos sus es- 



LIBRO II.— LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 217 

fuerzos en Ilegíir cuanto antes á Buenos Aires, y acabar 
de una vez con aquellos pérfidos revolucionarios, con las 
mismas ejecuciones que hahíor^empleado en la ciudad de 
la Faz. » Por su parte, el conde de Linhares escribía en 1.® 
de Diciembre al general Sousa, comunicándole de orden 
del Kegente, que se pusiera de acuerdo con Vigodet y Go- 
yeneche, para demorarse ó salir del Uruguay, según acon- 
sejaran las circunstancias ; y más tarde, el mismo Sousa 
oficiaba á Goy eneche, incitándole « á que apresurara sus 
marchas, para coronar la carrera de sus triunfos en la ciu- 
dad de Buenos Aires, á cuyo efecto le ofrecía una parte de 
las tropas de su mando. » ( 1 ) La obra de pacificación de las 
colonias rioplatenses, intentada por Strangford en favor de 
España, y coadyuvada al fin por Elío, fracasaba con aplauso 
de los empecinados, en el momento de dar sus frutos. 

Semejantes disposiciones, precursoras de un conflicto 
inevitable, redundaban por entero en favor de los portu- 
gueses. Así se explica la impunidad con que las tropas de 
Sousa proseguían su avance dentro del territorio uruguayo, 
apareciendo nuevamente sobre Mercedes, Paysandú y otros 
puntos, para hostilizar á Artigas durante su marcha por 
el interior del país. Desde que el Armisticio era combatido 
por los mismos españoles, poco respeto debían inspirar 
sus cláusulas. Dispuesto, sin embargo, á sufrirlo todo, an- 
tes que ser causa ocasional de un rompimiento. Artigas, 
con sus huestes remontadas ya á más de 5,000 voluntarios, 
llegó á las orillas del Daymán, desde donde escribió en 7 
de Diciembre su célebre oficio á la Junta del Paraguay, 


(1) Presa?, Memorim secretas; xv. — Mitre, Hist de Belcfrano; ir, 
Apénd 29. 



L'l» 


LIBRO II. — LKVANTAMIKNTO JJKL FAIM 


narmntlo \oi^ suo<?308 n*volucionarioH luista !;i fecha en que 
tomaba la pluma. Habida rúenla de la analogía de HÍtua- 
ciones cutre la Banda Oriental, cuya campaña ocupaban 
los jiortugiu'ses, y el l'aiiiguay, sobre cuyas fronteras em- 
¡KíZiiban á extenderse, Artigas manifestaba en dicho oficio 
al Gobierno paraguayo, ' ser a(|uéllos los momentos pn> 
cisos <le consolidar la mejor preraurión. » Para demostrarlo, 
trazaba en |h)cus frast s el cuadro d<* los peligros iumi- 
nentes con (|Ue la invasión lusitíina amenazaba ii todos. 
Yo no me d<*tendré en reflexiones — dK'ía — sobre las 
ventajas <jiie adquirirían los j>ortugues( s. si una vez ocu- 
pasen la ]>laza y puíTlo de Montevideo, y la eamjmña 
oriental; — V. >S. conocerá c<>n evidencia que sus minis 
entonces serían extensivas á mayores empresas, y que no 
habrá sido en vano el particular i leseo (jue ha <lemostnulo 
la Corle del Brasil, de introducir su influencia en tan in- 
teresante provincia: dueños «le sus límites j»or tierra, se- 
gur >s de la llave del Río «le la Blata, Uniguay y demás 
vías fluviah's, y aiinnaitaiKlo s«i tuerza con exe*e.so, no 
sólo debían prorm-terse un suceso tan Inste }»ara nos««tros 
c«uno lialagüefn» i>ara ellas, sobre «*ste punto, sinó que cor- 
tainlt) al«soliitament«' las relaci«uu> exteriores «le todas las 
«lemás ]«rovincias y a|»o«lerán«lose de los im^lios «b* hosti- 
lizarlas, tiKlas ellas entrarían en los cálculos de bu ambi- 
eiíui, y todas ellas estarían «b masiad»» expui'stas á sucumbir 
al yugo más terrible. ^ 

Fm' « ‘Ileo m« ni lado «*1 «dÍeio al capitán f). duan P'rancisc'o 
Arias. <jui«ai llevaba al mismo tiemp) instnic*ciones reser- 
vadas, para ampliar las noticias é inf«>rmaeioiK*s i*onteni- 
«las en el. Aut«‘s de partir el emisario, recibió Artigas una 
ei^munieación «leí (íobiernode Bu«*no.s Aires, fechada en 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAIS 219 

21 de Noviembre, estimulándole bajo los siguientes tér- 
minos, á adoptar la conducta asumida ya : « Está en el 
plan de política, y aun interés de “este Gobierno, el que V. S. 
guarde la mejor armonía con las tropas del Paraguay ; y es 
de suma importancia que Y. S. proceda de acuerdo con el 
jefe de ellas, para afirmar sus deliberaciones en orden á 
los portugueses, que lejos de hacer movimiento alguno re- 
trógrado, se sabe que lo han hecho progresivo, — en inte- 
ligencia que del nombramiento de Y. S. para teniente 
gobernador del Departamento de Yapeyú y fuerza que se 
halla á su mando, se ha comunicado lo conveniente al ci- 
tado Gobierno del Paraguay. » Tan amplia aprobación de 
sus procederes, no quiso Artigas que permaneciese desco- 
nocida al Gobierno paraguayo, y se la trasmitió en copia, 
adjuntándola al extenso oficio de* que ya se ha hablado. 
Produjo ese acto un resultado satisfactorio, puesto que al- 
gún tiempo después, era cordial la correspondencia seguida 
entre la Junta del Paraguay, el Tríunvirato y Artigas, so- 
bre las imprescindibles medidas de gueiTa que los tres 
proyectaban adoptar de consuno contra los portugueses ( 1 ). 

Aproximábase, entre tanto, la hora en que los orientales 
debían franquear los límites de su tierra nativa. Oportu- 
namente fue dicho que Yigodet se había estrenado recla- 
mando del Triunvirato la ejecución de algunas cláusulas 
del Armisticio, á fin de restablecer el giro comercial y pa- 
cificar la campaña. Con tales propósitos, pedía que se 
hiciese práctica desde Buenos Aires la libre exportación 
de numerario á Montevideo y la Península, y que el terri- 
torío uruguayo quedase limpio de revolucionarios cuanto 


(1) Col FmjeirOy xvi, xvu, xxiv y xxv. 



220 I.IBRO n. LKVASTAMIKinX> DEL PAÍH 

antos. Estv último tópico, eapecialmente, provocaba mig 
(les velos, en presencia de la híi^ida despoblíición que decía 
lialier reducido la JWda Oriental ' á menos de la quinta 
]>íirte do 8UH monidores. Culjíaba de ello á Artigas, que 
en vez de oinbarcjirso por C’obmia, « había tomado una di- 
rección extraña, arrastrando consigo todo gónero de pro- 
pie<lades del vecindario, con manifiesta transgresión del 
pact ) vigente; >; y exigía f|uo se impusiese al caudillo la res- 
titución de esos bienes y el embarque con sus tropas por 
el mismo local designado á Rondeau para transportar las 
suyas. No habiendo obtenido contestación á estos primeros 
reclamos, los repitió en 14 de Diciembre, amenazando con 
hacerse justicia contra el Cioliiemo de Buenos Aires, á 
f|uien manifestaba que la pennanencia de Artigas en la 
Banda Oriental eni demasiado escandalosa y ¡lerjudicial, 
y rebajaba el concepto y el decoro del Gobierno mismo,» 
mientras (jue refiriéndose á Artigas, le llamaba « indi\n- 
duí( universa luiente despreciable por sus envejecidas malas 
costumbres. » 

La actitud d(^ Vigodet respondía al deseo de provocar 
un rompimiento. Avenido «m los portugueses, le urgía 
aglomerar motivos, reales ó ficticios, que justificasen antici- 
padaiiieníe su aspiración final. En eÍK-to, el r^men prohi- 
bitivo de la exi>ortaeión de numerario no podía sostenerse 
frtaite á las cláusulas d(*l Armisticio; pero el embanque de 
Artigas con sus voluntarios por Colonia, c^a una exigencia 
absurda. Sin haber cesado en sus marchas, los voluntarios 
patriotas y las familias que les seguían estaban ya en el 
Daymán, sufriendo las asechanzas de partidas portuguesas, 
(jU(‘ ahuyentadas jX)r ellos de Mercedes y Pay-Sandú, pro- 
seguían su hostilidad, matando á los rezagados y apode- 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 221 

rándose de los animales de consumo. Si esto era así, cuando 
la protección de Artigas cobijaba á los emigrantes, bien 
puede suponerse cuál sería la ^erte de ellos, una vez que 
el caudillo -les abandonase, retrocediendo á embarcarse por 
Colonia con sus tropas. Quedarían á la merced del invasor, 
pues la campaña estaba en manos de los portugueses, quie- 
nes habiendo llegado con el grueso de su ejército á la 
Calera de Garda, 80 kilómetros de Montevideo, exten- 
dían á todo viento las fuerzas destinadas á consolidar su 
dominio (1). En tal situación, la maniobra de Vigodet, 
llamándose á víctima, era demasiado grotesca ¡^ara pasar 
inadvertida; pues si el Gobierno de Buenos Aires no cum- 
plía con lo pactado respecto á ciertas liberalidades comer- 
ciales, tampoco habían cumplido las autoridades españolas 
de Montevideo el compromiso de intimar á los portugueses 
que desalojasen el país, estimulándoles por lo contrario á 
posesionarse de él. 

Amparado en estas razones, fundó el Triunvirato sus 
respuestas al Gobernador de Montevideo, según el orden 
de urgencia que traían los reclamos de aquél. Fechada la 
primera en 28 de Diciembre, empezaba expresando que el 
retardo en satisfacer los reparos de Vigodet respecto á la 
desocupación del Uruguay, había dependido del tiempo 
empleado para adquirir informes de Artigas sobre el parti- 
cular; pero obtenidos éstos, sabía ya el Gobierno: «que el 
general Artigas seguía sus marchas con destino á situarse 
en el territorio de la jurisdicción occidental, aunque el cre- 
cido número de familias que espontáneamente le acompa- 
ñaban, temiendo la dominación portuguesa, ó resueltas por 


(1) Áutohiogi'afía de Rondeau (cit). 



222 


LJBKO n. — LtVANTAJUK?íTO OFJ. PAÍH 


Opinión á no mmietíTso jamás á las antoricladí-s d«> Monte- 
video, ini|KNUa se liiei<*ran mjiiellas marebas oon la rapidez 
que fuera de dew*ar. » En cuanto al itinerario aduptaálo jK)r 
el caudillo, decía la nota: F^l general Artigíis no s<‘ em- 

barcó en la CVdonia p<trque el Gobierno tuvo [>or conve- 
niente enviarlo sin dilación á la cn>=todia de los jaieblíís <!(> 
Misi(Uies y demás d( su jurisdicción, qm» í^e bailan inipti- 
mauentc insultidos por las paiiidas jHntiigiiesas, y ^>onpie 
en los írata<los no bay una sola expresión que <^tablezca 
la mct'sidad dcd nufnu f o de las tropas. Argumentamlo 
sid)re el cunipliniieiito de las cláuí^ulas d(*l Armisticio, de- 
cía tamiuén: El artículo 17 «leí tratado contiene una obli- 

gación recíproca tb* ambos Goluernos en pr(*starse mutiui- 
iúente todos los auxilios necesarií)s pura rM-lia/ar cualquier 
invasión extranjera, y no vh fácil eoncelár <*1 motivo que 
cnqH'na á V. S. á exigir el <*nibarco <lc la división del gt*- 
nerai Artigas, y la más pi-onta evai-uación de la Bamla 
Orb'iital, mientnis que t<áera la permanencia en las puertics 
de la ciudad, de un (jército ptutugues, cuyas explicaciones 
y procM*d¡niic*ntos no sólo tna ni fiesta n miras de concpiista, 
^inó una continuada agresión al territorio español.» V bt- 
mando finalmenu* la defensa personal de* Artigjis, la enca- 
raba (‘11 c'stos términos: << Lu< infurmos qm* bandado á 
V. S. sobre la conducta hostil cU‘1 general Artigas, no tie- 
nen edm prin('i[iiu que* la satisfacción de particulart^s resen- 
timicnto.s, ó el dc*s(X) de ([lu'sc rompan nuc*stntft relaciones, 
<*n lo íjiie se interesa •goí.'^mn de algunos hombres, que 
halagados de la cs|M ran/a de nu jor suerte . pre te nden asc*- 
gurar en nuesim división el triunfo de una j>otcu(’¡a ex- 
tranjera, de cpiien se han declarado partidario» dcci^ 
dido ». » 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍ8 


223 


Tres días más t^irde (31 Diciembre), fue contestado el 
otro oficio de Vigodet, que reclamaba la libre exportación 
de numerario. Los términos de la respuesta denunciaban 
ya el ánimo prevenido con que el Triunvirato entraba en 
polémicas de ese género. Dictada la proliilñción subsistente, 
según decía, á impulso de « graves y urgentes motivos, » 
entre ellos el de proveer á la defensa de las necesidades 
comunes, conteniéndola emigración sin límites de capitales, 
el Gobierno se creía dispensado de cumplir la cláusula alu- 
dida, « porque todas las leyes y tratados, en tanto obligan 
á su observancia, en cuanto no sé compromete la seguridad 
pública. » Que esa disyuntiva extrema se presentaba á su 
elección en este caso, no era discutible á juicio del Triun- 
virato, pues « ocupadas las provincias del Alto Perú por 
una fuerza enemiga (el ejército realista), y obstruidos los 
canales 4^ la/iqueza, el Gobierno no podía contar sinó 
con el dineiy de la circulación para contener ¡os ]) regresos 
de aquel ejercito, constituirse en estado de observar, y 
aún resistir á los portugueses si llegaban á realizar las 
miras hostiles que indicaban todos sus procedimientos, y 
desempeñar las gra vísimas atenciones que reclamaba la li- 
bertad y la seguridad de los pueblos que habían confiado 
á la vigilancia del Gobierno la conservación de sus dere- 
chos.» Por lo demás, si esta conducta pareciese objetable, 
el Gobierno creía que le era fácil justificarla, « sobre la 
falta de cumplimiento por parte de Vigodet y su predece- 
sor, á otras condiciones expresas y no menos importantes 
del tratado, » como la no devolución de la artillería apre- 
sada á los buques patriotas, y la permanencia del ejército 
portugués en la Banda Oriental, cuyo ejército, «lejos 
de haber retrogradado una línea, continuaba sus escanda- 



losas usurjwciones t*ii las haciendas tU* esa campaña. » ( 1 ) 

No palia calier dudti, cjiie después de estas contestacio- 
nes, el ^Vriixistício estaba roto de hecho. l"ii suceso de ar- 
mas, cuya noticia se tuvo á raíz de la íUtima nota del 
Triunvirato, puso el sello á esa mjitura. Las partidas |X)r- 
tuguesas provenientes de Misiones, n*puestas de los últimos 
golpes, y alentadas por la pDtección ejue les concí^dían los 
esiiaíioles, habían caído sobre Gualeguay, Arroyo de la 
China y HcOén, entregándose como siempre á toda clase de 
exc-esos. En sus correrías, llegaron ha.sta los alrededores del 
campimento de Artigas en el Salto, incendiamb» los [msti- 
zales, y asesinando á los que síilían á carnear reses para el 
cdnsunio del ejército. Vistas aquellas hostilidades, que di- 
rigía al frente de 8u0 hombres un mayor Manuel dos San- 
tos Pedroso, vulgarmente conocido por Manteo, Artigas 
desprendió en 18 de Diciembre al rapitán de blandengues 
D. Manuel Pintos Carneiro con una división de r>0O hom- 
bres de caballería reforzada por 4 ó 2 indígenas, ordenán- 
dole íjue intiraani á Maneco el abandono de la jurisdicción 
de Helén, donde se hallaba á la cuenta. Para que el resul- 
tado se consiguiese sin tdusión de sangre, llevaba el oficial 
patriota triple número de fuerzas que el enemigo, é ina- 
trucciíjncs iirecisas de no enq^eñar combate siuó en último 
tranc-e. 

Al siguiente día de haberse puesto en marcha la divi- 
sión, rtH^ábió Artigas j>or medio del comandante de Man- 
disoví, un oficio de Maneco, inculpindo á las partidató 
í)ríent;des « enormes crímenes que no |Kjrmenorizaba, é 
intimando á Artigas la pronta desocupación del pms, en 


i'1> Cn¡ Frroriru. rx-Klll. 



LIBRO II. — LEVANTAMIENTO DEL PAÍS 225 

nombre de varios artículos del Armisticio vigente. Añadía, 
que si el Jefe de los Orientales se negaba á contribuir 
con la retirada de su ejér<^o « á la paz y tranquilidad que 
el corazón piadoso del Virrey ofrecía á los pueblos, » él 
(Maneco) se vería en la precisión de tomar ese negocio á 
su cuidado, y finalmente, que no creyera « que el número 
fuese capaz de decidir la suerte. » Dentro de ese oficio 
conminatorio, venía otro del comandante de Mandisoví, 
avisándole á Artigas que una partida portuguesa había he- 
rido un individuo de los suyos, como si con esto se le qui- 
siera excitar á que atacase cuanto antes, y sin reconven- 
ción previa. 

De todos modos, la división de Pintos Carneiro, que 
había continuado sus marchas, se puso frente á Maneco el 
día 21, sin haber logrado que este cediera álas intimacio- 
nes que le dirigió. Pero no obstante sus anteriores alardes, 
una vez acometido, Maneco abandonó el campo en fuga, 
debiendo su salvación al cansancio de los caballos de los 
orientales. Hasta que pudo ocultarse en las sierras del Ya- 
rao, no se consideró seguro; mas luego aparentó aires de 
vencedor, á juzgar por las informaciones basadas en sus 
propios relatos. Artigas remitió á su vez im parte circuns- 
tanciado del hecho, que el Gobierno de Buenos Aires hizo 
pubhcar oficialmente. La sinceridad de la exposición del 
Jefe de los Orientales puso de manifiesto que él había sido 
provocado, mientras que los portugueses se afanaban en 
demostrar lo contrario, para exhibirse fieles acatadores del 
Armisticio ( 1 ). 


(1) Gazeta de B. A. (Suplem 3 de Enero 1812). — S. Leopoldo, 
Annaes; xvi. — O/" de Sousa (Rev do Inst, xli; 363). 


Dom. Ebp. — III. 


16 . 



Íf2(l ti. - fJCVA«l4llIKrn> :»W T4U 

Ahí i^íitdiiró ik{U( 4 nfti> ii«‘ 1^11, tUU>i^ hnt*istt 

MÚiti Util pn'wtjuni*. KJ ti* H icnu» 

firiH'unior «it- U d*^l |«iU, v iU «W Uirv^i»> 

bn« rl t<raunW^Mtlf* uiart4kMÍHi |ifiMH'fi|ifi« al 

tni «U‘ liiH M’lvHH, (}iK> un (.THtvmjo t|í|»toiiUCK‘«* |«mi« |4ir 
Hiiiitr tfíilrr tH y •*|m^irt- . Vi'nwlMr *-n U lu- lia 
mtultaltH vi-niitlo |H»r ia iii<'p(ilu«l |nilího« 4r la i \tm- 
.liinta <!»' lltMiMw Airt'^ t IV^fn» »4 

iinlmHrio u;>íii>‘r2i> ■!(' HlinffcurnVii á a«|u») 

•M»Íu vipirÍAMr mi 1í-iii|íÍ*' lUitniJ. mfuti«ÍM>ilub’ 
iiufv»»i» iiríiw |«m lit'ftiHivras 



LIBRO TERCERO 




LIBRO TERCERO 


LA LIGA FEDERAL 


Orígenes del federalismo en el litoral argentino. — El campamento de 
Ayuí.— Ultimátum de Sousa.— Vigodet declara la guerra á Bue- 
nos Aires.— Planes militares de Artigas y de Sousa. — Desolación 
del Uruguay.— Los primeros caudillejos locales. — Misión de Eloy 
á Montevideo.— Fiasco de la política portuguesa.- Fundación de 
la logia Lautaro en Bueuos Aires. — Nombramiento de Sarratea 
para la Banda Oriental.— Armisticio Rademaker.— Situación de 
Vigodet en el Uruguay.— Retirada de Sousa. — Conducta de Sarra- 
tea con Artigas.— Actitud subsiguiente del Jefe de los Orientales.— 
Transacción propuesta por si Triunvirato á las autoridades de Monte- 
video. — Entusiasmo de Entre-Ríos y Santa Fe por la causa federal. — 
Culta pone sitio á Montevideo.— Llegada de Rondeau al Cerrito.— 
Auxilios que recibe Montevideo. — Batalla del Cerrito. — Sarratea 
y Artigas se aproximan al asedio.— Amenaza de Artigas. — Comisión 
que da á D. Fructuoso Rivera. — El Ejército de Buenos Aires de- 
pone á Sarratea.— Proposiciones de Vigodet á Artigas. 

(1812 — 1813 ) 


La actual provincia argentina de Entre -Ríos, simple co- 
mandancia militar dependiente de Santa Fe por los tiem- 
pos en que vamos, no aceptaba de buen grado su posición 
subalterna. Pronunciada por la Revolución en los primeros 
meses de 1811, merced á los trabajos de Artigas j el ca- 
pitán D. Bartolomé Zapata, con quienes se unieran D. Fran- 
cisco Ramírez y D. Ricardo López Jordán, bien pronto se 



ijhko iir. — i.a uüa fkdekaj, 

v¡6 ROinetida á la dictadura de jefe» nombrados por el Go- 
bierno de Bueno}< Aires ó sus delegados militares ( l ). Las 
Facultades extraordinarias do estos jefe», y su des<lén hacia 
las personas importantes de la jurisdicción, muy luego le» 
hizo objeto de la auimadversión páblicíi, con perjuicño del 
Gobierno central, sobre quien refluyeron tollas las antipatías, 
como causante de los nombramientos que provocaban el 
disgusto preindicado. De esta manera fuó inclinándose el 
ánipio de los entrerrianos contra el Poder establecido en 
Buenos Aires, cuyas tendencias centralizadoras chocaban 
contra sus aspira<*iones más vehementes. 

Concurrió á extender y fortificar aquella actitud precur- 
sora de una hostilidad abierta, el ejemplo práctico exhibido 
])or los orientales. Ellos eran las primeríis víctimas del cen- 
tralismo imperante, arrojadas al destierro por efecto de tra- 
tados y combinaciones en que no habían tenido parte al- 
guna. Semejante situación, (jue podía ser en díii no lejano 
la de todas las provincias del litoral, igualmente amenaza- 
das [Kir los elementos marítimos de España y la codicia 
de los portugueses, despertaba en los entrerrianos el deseo 
natural de la defensa. Una vez puestos en ese camino, no 
ora raro que aspirasen á darse autoridades locales suyas, 
para organizar bajo su amparo y con el asenso comfin, la 
nsistencia al desp>tismo interno y á los j>eligros exteriores, 
Si estos preludios de federalismo carecían en su propia in- 
cipiencia <le una base científica, no por eeo dejaban de ser 
la expresión de cierto impulso previsor, en que no tenían 


(1) Oftrio dé Bflgríum á O^ñan (Calvo, Analeé; i, 31 d ). — Antonio 
Zinny, Wftforui de Ion gfjbernadoreé de la^i prurincvis ar^enttíiaé¿ i, 
440. — Martínez. Avuntes sobre Enlre-Hios: n, v. 



LIBRO III. — LA LIOA FEDERAL 


231 


puesto secundario, ni el patriotismo ni las ideas republi- 
canas. 

No más dichosa que larsituación de Entre -Ríos, era la 
de Santa Fe, á pesar de la mayor jerarquía de sus autori- 
dades. Desde qué dicha tenencia de Gobierno se pronun- 
ciara en Junio de 1810 a favor de la Junta de Buenos 
Aires, no había logrado ver á la cabeza de sus destinos un 
gobernante bien quisto. En vano los propuso algunas veces, 
ó trabajó por otros medios para obtenerlos, pues inflexible- 
mente se le negó desde Buenos Aires tal concesión, invo- 
cando las conveniencias públicas ó los nombramientos ya 
recaídos. El disgusto de los santafesinos fué aumentando 
por grados, ante aqiiel predominio insistente de la Capital, 
que menospreciaba sus aspiraciones más lícitas, imponién- 
doles personas inadecuadas ó incapaces de gobernarlos ( 1 ). 
Comprendieron sin tardanza, que ol Gobierno de Buenos 
Aires pretendía mantener sobre ellos una tutela idéntica á 
la que trataban de sacudir emancipándose de la Metrópoli, 
así es que el deseo de organizar autoridades locales propias, 
les acometió en la misma extensión y por idénticos moti- 
vos que á los entrerrianos. 

Artigas, pues, al cruzar en los primeros días de Enero 
de 1812 la costa occidental, campando en el Aytti, se en- 
contraba dentro de una jurisdicción trabajada por aspira- 
ciones similares á las de sus compatriotas. Víctimas tam- 
bién los orientales del centralismo que subyugaba á Entre- 
Ríos y Santa Fe, aventajaban, sin embargo, á dichas pro- 
vincias, en el conocimiento de las formas institucionales 


(1) Ramón J. Lassaga, Historia de López; cap i. — ZInny, Hist de 
los gobernadores; i, 334. 



4¡új: 


LIBRO III. — LA LUIA FEDERAL 


que ollas buscabiin á tientos. Ninguno de lo» pueblos del an- 
tiguo Virreinato tenía entre sus clases ilustradas, nociones 
más claras sobre el gobierno -propio local, que el pueblo 
uruguayo. Los esfuerzos de las clases dirigentes para im- 
plantar ese régimen, al través de largos años de resistencia 
cívK'a címtrH las jiotestodes coloniales, les había dado, junto 
con algunos progresos positivos, la posición completa de la 
doctrina. 8in extvpción de pn)cedeiicias políticas, hasta el 
momento de instalarse la Junta Gubernativa de 1808, los 
criollos sustentaban el deseo de conquistar una autonomía 
contrapesada únicamente por la autoridad del Rey, com- 
partiendo idéntica aspiración los españoles avecindados en 
el país. I)i‘sde esa fecha en ailelante, las opiniones se divi- 
dieron, adquiriendo prestigio ciertas ideas cuyo radicalismo 
debía conducir á la emancipación ; mas no i>or ello reaccio- 
naron los adversarios de ésta, en cuanto á trabajar por la 
autonomía local. Si los lUputados que el Cabildo de Monte- 
video comisionó en ISIM> para noticiar á España la recon- 
quista de Buenos Aires, t(*nían encargo de pedir el estable- 
cimiento de uiiTriliunal consular y un Gobierno intendente, 
iguales, si es que no mayon*s facultades, se concedieron al 
diputado /ufriategui, iio obstante las angustiosas rircune- 
tancias que aquejaban á los realistas del Uruguay en 1811. 

Partiendo de estos hechos, <jue determinan las aspira- 
ciones de la opinión conservadora, puetle calcularse dónde 
se detendrían las vistas de la opinión radií*al. Para hacerlo 
con acierto, es necesario tener presente el vuelo adquirido 
por los estudios constitucionales en los albores del siglo xix, 
y la repercusión de ese movimiento en Montevideo, por 
medio de Herrera, Lamas, Ellauri, Larrañaga, Ches, Zu- 
friategui y otros, poseedores todos ellos de nutridas biblio- 



LIBRO III, — LA LIGA FEDERAL 


233 


tecas, y llevados por su disposición y sus gustos á encau- 
zarse en la corriente política. Los trabajos de los consti- 
tucionalistas europeos y'-norte- americanos, eran pasto de 
lectura entre los hombres ilustrados, y habían sido fecundo 
tema de discusiones entre lo5 conventuales de San Fran- 
cisco y sus visitantes. Junto con las victorias militares de 
la Revolución francesa, se estudiaba la índole de la le- 
gislación promulgada por sus asambleas, cotejándola con 
aquella otra de procedencia americana, que los Estados Uni- 
dos acababan de presentar al mundo, veintidós años hacía. 

Durante estas controversias de salón ó de bufete, adqui- 
rieron monarquistas y republicanos una noción exacta del 
significado de ciertas palabras en la terminología institu- 
cional corriente. Las voces «federación», « gobierno -pro- 
pio » y « soberanía », perdieron su ambigüedad, entrando á 
representar para unos, un castigo del cielo, y para otros el 
ideal supremo del porvenir. Los encargados de divulgar es- 
tas opiniones, explicándolas á su modo entre los auditorios 
respectivos, popularizaban las palabras del nuevo credo 
constitucional. Así es que cuando más tarde se inauguró la 
primera Biblioteca pública en Montevideo, estaba tan di- 
vulgado el afán de ilustrarse sobre los sistemas de gobierno, 
que se creyó imprescindible crear una sección especial de 
libros adecuados ( 1 ). Como los promotores de este movi- 


(1) En su discurso inaugural de la Biblioteca^ enumera La-irañaga 
los principales libros de esa sección^ que eran : « Comentarios de BlacJcs- 
tone* sobre la Constitución inglesa; * Constitución norte- americana* 
con las actas de sus congresos hasta esa fecha; *PrinrÁpios de Gobierno 
y constituciones provinciales norte ‘americanas* por Paine; <^Constitu- 
ewn española con sus diarios de cortes*; ^Constitución de la Repú- 
blica italiana* por Napoleón, (Op in 8", 1816.) 





LIBRO in. — T.A 'moa FEHEBAL 


miento liabínn on sn mayor parte adicto» á U crnan- 
(ripacidn, llevaron d<>iHde un principio á la» fila» populare» 
el prestigio de la» idea» nueva», con el vocabulario de la» 
palabra» fjue la» caracterizaban. Por manera (jue Artiga», 
al abrir correspondencia coil el Gobierno del Paraguay, 
projxmidndole establecer lazos fedcnitivo» re< í}u*ocoH, sabía 
de antemano loque buscaba; juies, á jx^ar tie lo afirmado en 
contrario, no coía por vez primera», la jialabra federación 
y su significado político. 

PlCstablecidn de este modo el proceso de las ideas, ee 
exfilica la adhesión del Jefe do los Orientales al sistema 
fcdcml, y la simpatía con que lo» pueblos del litoral argen- 
t i nrt' a cora pan aban una iniciativa, erróneamente atribuida ó 
las ambiciones de caudillos semi-bárbaros, cuyo prestigio 
había nacido, sogiin sus detraetore-s, halagando instintos de 
pillaje entre las masas. Por sor todo lo oontnirio á la ver- 
dad este pn»tendido axioma iiistórico, se comprende fácil- 
raonto la recepción entusiasta que tuvo Artigas en Entre- 
Kío», donde le estaba designado el cam (lamento de Aifuí 
como primera etapa de su jKTegrin ación lai suelo extraño. 
Vencedor hasta entonces, no eran los revese» de la guerra, 
sino la» inclemencias de la lev, quienes le obligaban á bus- 
car pn^stado asilo, al frente de 14 6 Ui.OOO personas de 
toda t*<lad y condición. Rodeado di- multitud tan heterogé- 
nea, -emejaba mas bien un a¡H>.stol (jue un genond, y la 
imaginación del pueblo donde iba a ho»j>e<larstí, »<‘dncida 
por aquel es|H*ctaciilo, ansió desde el primer día imitarlo 
de algón modo. Fue jior esto que su prestigio, asumiendo 
proporcion(*s indecildes en el corazón de los entrerrianoe, 
concurrió á romj»er los últimos vínculos que basta enton- 
ces jaidierdi! unirlas con el (iobierno de Buenos Aires, cu- 



IJBRO ni. — LA LIGA FEDERAL 


235 


yos procederes levantaban la enérgica protesta destinada á 
cundir muj luego por todo .el litoral. 

El aspecto singular deb campamento de Aijui, no sólo 
entusiasmaba á los entrerrianos, sino á cuantos franquea- 
ban sus límites, aun cuando llevasen previo designio de re- 
peler todo contagio. La primera impresión que hería al ob- 
servador, era el número considerable de familias, asiladas 
sobre la orilla occidental del río Uruguay, « unas bajo ca- 
rretas, otras bajo los árboles, y todas á la inclemencia del 
tiempo; pero con una conformidad y gusto que causaba 
admiración y daba ejemplo, » al decir de un testigo espe- 
cialmente encargado de relatar la verdad. Traspuesta esa 
primera zona, penetrábase en la región militar, donde acam- 
padas en posición simétrica, vivían las tropas. Escaso era 
el armamento de éstas, pero lo suplían para los ejercicios 
de fusil y carabina, con palos recortados al efecto. Diaria- 
mente distribuían su tiempo en aquellos ejercicios y en 
las maniobras proscriptas por la táctica. Una inflexible dis- 
ciplina mantenía el orden y regulaba los deberes recípro- 
cos. Era inmejorable el espíritu dominante entre los solda- 
dos, así como la decisión de las familias, esperando todos 
la oportunidad de volver á la lucha contra los realistas ( 1). 

Con semejantes ejemplos, la propaganda estaba hecha. 
El entusiasmo desarrollado en Entre -Eíos, cundió á Santa. 
Fe, contaminando las masas populares. Artigas sentía las 
vibraciones de este movimiento, y lo estimulaba, previendo 
de paso que la hostilidad del Gobierno de Buenos Aires 
trataría bien pronto de cruzar sus trabajos. En efecto, aquel 


( l ) Of del comisionado de la Junta del Paraguay ( Col F regciro, xxrx ). 
—Memoria de Vedia (cit). 





IJBRO III. — I.A LIGA FEDERAI. 


Gobierno, que n peaar de toilo su disimulo, no habla yisto 
am buenos ojos 1 k emigración en masa de los orientales, 
¡)or el crédito que de ella refluía sobre el caudillo puesto á 
su trente, mal ptMlía lisonjearse ahora con el acrecenta- 
miento de ese mismo prestigio. 8¡ la neoeeidad le había 
obligado á confirmar la elección de Jefe de los Orientales 
en Artigas, inclinándole asimismo la actitud de los portu- 
gueses á autorizar las n*l aciones del «ludillo con la Junta 
del Paraguay, no había cu ti>lo ello más que una con cesión 
al iilíbijo de las circunstancias. La oligarquía imperante en 
Iluenos Aires, celosa de todo prestigio ajeno, lo era mayor- 
mente de los qiu‘ consagrase el auni popular, pues siendo 
rcptililicano el instinto de las masas, y monarquista el suyo 
propio, doquiera se levantase un caudillo, se alzaba por la 
fuerza de las cosas iiu adversario. 

Pero las eoinplicaciones de momento, imponiendo al 
Gobierno central una c“<mducta reservada, le inducían á 
mantener el disimulo. Aliados los portuguese'í con Vigodet, 
y secretamente en t(*n didos con lo.s españoles de Buenos 
Aires, quienes pretendían reconquistar el antiguo dominio, 
toda empresa <lel Gobierno destinada á enajenarse elemen- 
tos (b* aeción, debía redundar en Ixiieficio del enemigo co- 
mún. Partiendo de semejante seguridad, el (xobierno, que 
tenía minis d(' resolver por medio de un goljie atrevido 
aquella siluacióu de i neertii lumbres, rcsolvió explorar las 
ideas de Artigas al resjM^*to y atraerse su eooj leración, si 
era |x)sible. Con tales prt)pósitos, eomisiouo al tenienU* 1 * 0 - 
ronel 1). Nicolás de Vedia para que trasladándose al cam- 
j lamento del caudillo, se penetrase de sus intenciones y 
examinase sus elementos de guerra. Vedia se dio prisa á 
eumnlir su cometido con bxla actividad, dciá-iidonos en la 



LIBRO Iir. — TJGA FEDERAL 


287 


Memoria tantas veces citada^ y tan llena de contradicciones 
respecto á la apreciación de las dotes de Artigas, un resu- 
men de la conferencia haWda, Nada hubo en ella que no 
le contentase respecto á las disposiciones del Jefe de los 
Orientales y los voluntarios á sus órdenes, notando sola- 
mente la falta de armamento, que era fácil de suplir. Muy 
halagado, retornó Vedia á Buenos Aires para dar cuenta 
de su comisión ; pero cuando quiso referirse á Artigas con 
cierto entusiasmo, advirtió que el Gobierno le oía muy dis- 
plicente ( 1 ). 

Sin embargo, la situación no daba espera, así es que 
reprimiéndose en cuanto pudo, el Gobierno escribió á Ar- 
tigas con fecha 2 de Enero, « que estaba satisfecho de sus 
conocimientos, actividad y celo por la causa de la Patria, » 
y como quiera que se preparaba á auxiliarle con tropas y 
pertrechos de guerra, le recomendaba situarse en un punto 
conveniente, para evitar las presumibles agresiones de Vi- 
godet, y proteger la marcha, de los auxilios prometidos. 
Provenían estas precauciones y apuros, de la alarma pro- 
ducida por el choque de la división dé Pintos Canieiro 
con las fuerzas de Maneco en el Arapey, y las negocia- 
ciones iniciadas por causa del hecho. A raíz de conocido 
el parte del Jefe de los Orientales sobre aquella acción de 
guerra, y mientras se ordenaba su publicación en la Gazeta 
de Buenos Aires, el Gobierno se dirigió, con fecha l.° de 
Enero á Vigodet, haciéndole presente el proceder de los 


(1) La viveza — dice Vedia— con que innié al Oobie/iyio las. buenas 
disposiciones que yo fiabía notado en Artigas y en la multitud que le 
circundaba^ fue oída con sombría atención^ y después supe que el Go- 
bierno no gustaba qmse hablase en favor del caudillo oriental. (Mem cit.) 





LtltRU riL — I.A IJUA FRnRUAL 


portupue«eB» que le obligaba ú. acudir en hocoito de Arti- 
gas, lÍ80njetínd<íso <jue el Gobernador de MonWideo fnm- 
quearía los auxilios necesarios al mismo objeto; « (i no ser 
que el |w>der de su indujo j)U<Íicra conseguir del general 
portugués que, suspendiendo to<la liostilidad, dejase á Ar- 
tigas en lil>ertad j»ara pasar el Uruguay, y situarse en la 
jurisdicción occidental, i^)mo estalla estipulado. » 

Vigodet contestó en (> de Enero, manifestándose dis- 
puesto, « no solamente á dejar obrar al ejército portugués 
contra el rebelde Artigas y sus secuac'es, jw»ra «cortar el 
progreso de los enormes |>erjuicios que habían ocasionado; 
sino también á im|>edir, con tcalos sus arbitrios, el ¡)aso á 
la.l^da Oriental de los auxilios que <1 Triunvirato ha- 
bía acordado remitir, con manitiesta transgresión del ar- 
tículo 7," del Armisticio. » Este párrafo de la nota, que 
por sí mismo era una declaración de guemi, se complemen- 
taba con este otro, que hacía gala del acuerdo existente 
entre bis autoridades esj)aftola8 y el ejército portugués : 
c 8in liacer un agravio manifiesto u lu amistad y alianza 
(jue reina felizmente entre nuestra nación y la portuguesa 
— agregaba Yigfnlet — no seré yo capuz de dutlar como 
V. E,, de la buena fe con que han venido las tropas de 
ésta á auxiliar á la fiel Montevideo, y en cuyo concepto 
me afianza, entre otras pruebas jH>sitivas, la pronta dispo- 
sición en que me ha protestado hallarse el genCTul D. Diego 
de iSousa para dejar enteramente libre el territorio español^ 
al momento <]ue yo le avise estar allanados los tropiezos y 
dificultades que le han obligado á pennanmT, dt; mi con- 
scntlmicnío, en esta jurisdicción ( 1 ). 


fn Col Frf.neiro. xix. — Calvo. AttaU^: ii. 4:¿-51. 



LIBRO líl. — LA LIGA FEDERAL 


239 


Coincidiendo con tan arrogantes palabras» recibía el 
Triunvirato desde Maldonado, un oficio de Sousa, escrito en 
2 de Eneró, y cuyo tono imperativo tenía todos los carac- 
teres de un ultimátum. Manifestaba dicho general, que la 
demora injustificada de Artigas en territorios de la cam- 
paña uruguaya, los choques trabados con víala fe por las 
fuerzas de su mando contra algunos destacamentos portu- 
gueses desprevenidos, y la dirección de sus marchas á di- 
versas vecindades de la Capitanía de Río -grande, eran 
objetos poderosos que le obligaban á rogar al Gobierno, 
« si Artigas obraba en virtud de sus órdenes, » á que le 
expidiese inmediatamente otras, por conducto del mismo 
Sousa ó de Vigodet, compeliéndole á pasar á la jurisdicción 
occidental en brevísimo término; mas si era lo contrario, y 
Artigas procedía de propia voluntad, « tuviese el Gobierno 
á bien declararlo rebelde é infractor del Armisticio pac- 
tado. » Exigía Sousa, que se tomara en cuenta su propo- 
sición « sin demora, restricción, ni equívoco, » pues de otro 
modo no podría menos de convencerse que el Gobierno 
toleraba los procederes impugnados, contra los cuales es- 
taba él decidido á oponerse « hasta por medio de la fuerza, 
siempre que resultase ineficaz el moderado recurso inter- 
puesto. » 

No paraba ahí, el reclamo del general portugués. Am- 
parándose de la celeridad con que Elío había ajustado el 
Armisticio, pretendía obtener declaraciones especiales que 
fuésen como un complemento de aquel pacto, en lo rela- 
tivo á los derechos de Portugal no mencionados en sus 
cláusulas; y con ese designio, formulaba seis artículos, 
cuya aprobación debía ser solemnemente ratificada por los 
gobiernos contratantes. Dichos artículos imponían á las 



240 


URRO IJt. — L/L UUA FRDRRAI> 


autoridades d(> Buenos Aires y Montevideo una de<’laración 
reconociendo el dc9Ính'r<^^, dignidad y justicia con que el 
Regente tomara parte en la última campaña militar Con- 
traerían, asimismo, dichas autoridades el compromiso de 
no intentar agresión alguna contni los dominios de S. A. R.. 
salvo orden expresa venida de España, y resolverían por 
últiiiKj, mantener el 9tatu quo cu todas las cuestiones de 
límites, pendientes desde ISOI. Los concordatos existentes 
entre las coronas española y portuguesa, sobre entrega de 
esclavos y desertores, y devolución de propiedades, se apli- 
carían sin rójilica á los casos concretos de actualiflad ( 1 ). 

Lkígaron á Buenos Aires con escasa diferencia de fechas, 
el capitán de caballería riograndense Manuel Marques de 
Sousa, ¡X)rtador del oficio citado, cuya contestación tenía 
onlen de esperar basta el tercer día de la entrega, y el ca- 
pitán <le fragata D. José Primo de Rivera, comisioiuulo 
por Vigodet para entregar el suyo y glosarlo verbalmente. 
Estaba el Gobierno (ícujíado de remitir á iVrtigas los' so- 
corros prometidos, que constaban del regimiento de Caitas 
y im tren de artillería, bajo el cromando este último de 
D. Pablo Zufriategui, con abundante pro\'isión de mu- 
niciones y útiles de esa arma, cuando se encontró con la 
doble reconvención hecha á su conducta. Antea que tuviera 
tiempo de contestarla, apareció en aire de guerra sobre el 
puerto de Buenos Aires y sus dependencias fluviales, la 
escuadrilla española, revelando así (jue las amenazas de 
Vigodet y Sousa obedecían á un plan convenido y resuelto 
de antemano. El Gobierno, que también tenía el suyo, re- 
solvió tomar una actitud consecuente con sus anteriores 


n) Perevru da Silva, liist da futulai-nu do ¡mft : ni. v, Doc lf>. 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


241 


declaraciones, y arreglada á la conducta de sus opugna- 
dores. Mientras proyectaba contestar, como lo hizo, al ul- 
timátum de Sousa, « reconociendo y admitiendo el origen 
razonable de sus reclamaciones, parte de las cuales estaban 
ya satisfechas, y el resto lo estaría tan pronto como el 
ejército portugués desocupase la Banda Oriental, » con- 
cedió audiencia á Primo de Rivera para debatir los puntos 
más salientes de la nota de Vigodet. 

Parece que fueron varias las conferencias liabidas con 
tal objeto ; pero ellas eri vez de aplacar los ánimos, contri- 
buyeron á exasperarlos de un modo-definitivo. El Gobierno, 
profundamente ofendido por el tono de la nota de Vigodet, 
cuyos conceptos ratificaba la aparición inopinada de la 
flotilla española frente á Buenos Aires, manifestó su dis- 
gusto á Primo de Rivera ; y las explicaciones de éste, con- 
traídas á justificar la conducta de su jefe, dificultaron más 
la situación. A fin de cuentas, el Gobierno declaró al co- 
misionado realista, « que el insulto de Vigodet amenazando 
oponerse al embarque de tropas con destino á la Banda 
Oriental, lo contestaría con 5,000 hombres lanzados por la 
Bajada de Santa Fe. » Seguidamente escribió un largo 
oficio al Gobernador de Montevideo, echándole en cara su 
complicidad con los portugueses y aceptando la guerra 
provocada por ella, siempre que el retiro del ejército de 
Sousa á sus fronteras no se verificase de inmediato, á 
lo cual correspondería retirando las fuerzas de Artigas á 
la línea de demarcación. Manifestaba también, que envista 
del bloqueo establecido por la flotilla naval, había ordenado, 
en represalia, « la requisición ó indagación interina de todas 
las propiedades españolas, » para habilitarse de recursos 
con que sostener la guerra. 


Dom. Esp.— m. 


16 . 



UBBO in. — 1>A UGA TEDUUL 

No deseílba Vigodet otra cosa, para entrar á U acdón 
armada. Inmediatamente de recibir el oti<*io del Triunvi- 
rato, que llevaba fecha 1 r> ile Enero, re<lactó uii Manifíesto 
con fecha 10 del mismo, tlirigido a his montevideanos, ex- 
presándoles ' que tmloH loH esfuerzos de la moderación 
liabían sido inútiles para conservar cun el Gobiemf» de 
Buenos Aires la j>az y e<nTesp<indencia amistosa,» por lo 
cual, viendo des])reeinda su propia autoridad y la de la 
Nación, algunas veces con disfraz, y últiraameutc con des- 
Cíux) y desvergüenza, » aceptaba la guerra, asegurando que 
« nunca se acabaría, mientras durasen los enemigos de la 
Nación. » Dirigióse con fechíi 17 a t^dos los habitanUw de 
la Btuida Oriental, en el mismo stmtido, aunque agregando 
estar dispuesto ^ á proteger á tovlos los buenos; j»ero al 
mismo tiempo á no disimular el menor delito de infiden- 
cia. » En seguida tlió un Bando, prohibiendo toda comuni- 
cación ó trato con Buenos Aires y los demás pueblos de 
aíiuella d(*pt‘ndtMicia, bajo rigt>rosas {>enas á los infnuttorea, 
fueran de la dignidad ó clase que fuesen ; incurriendo en 
iguales castigos m.|uellos que por tímh) de parentesco, 
amistad ú otros, no los delatasen, í'onstándoles existir la 
mencionada coiminrcación. Poco después, el inisiiu) Primo 
de Uiveni, investido ct)ii el mando ile la escuadrilla que 
bloqueaba á Buenos .Vires, rompía sus Jiostilidades contra 
dicha ciudad ( 1 ). 

El Triunvirato, al verse atacitdo tan de improviso en su 
propia sede, a[)resuró la remisión al campo di* Artigas de 
los refuerzos que le tenía prometidos. Asimismo, le con- 


(1) Uti'.da d(' Monti-yúho i'‘Jl Eiuto l-Sl-V — Núnez. Xotiriaa (2.* 
Partí- V 



LIBRO m. — LA LIGA FEDERAL 


243 


firmó en el empleo de general en jefe del ejército de ope- 
raciones, título que desde entonces empezó á ostentar el 
caudillo, firmándose en los documentos públicos « coronel 
de Blandengues orientales, Teniente gobernador del De- 
partamento de Yapeyú y General en jefe del ejército pa- 
triótico destinado á la Banda Oriental. » Las facultades 
derivadas de posición tan conspicua en tiempos de guerra, 
acrecieron su prestigio, sometiéndole por obligación, aque- 
llos elementos que ya no lo estuvieran por simpatía. De 
manera que el Gobierno central, mientras urdía su abati- 
miento, lo colmaba de honores, como si pretendiera hacerlo 
caer de más alto. 

Una de las primeras medidas de Artigas, fué procurar 
la remonta del ejército á sus órdenes, para cuyo efecto 
lanzó una proclama indultando á todos los desertores de 
él. Luego después, y con igual propósito de aumentar las 
filas, impuso el servicio obligatorio á los españoles y por- 
tugueses avecindados en la costa occidental del Uruguay y 
sus inmediaciones. Al dar cuenta de esta resolución impla- 
cable al Gobierno de Buenos Aires, pretendía justificarla 
en los siguientes términos: « Si en la instalación de nues- 
tro sistema pudo hallar disculpa la diversa opinión de los 
europeos, ahora que un enemigo extranjero (el ejército por- 
tugués) profana los hogares de todos, yo no veo algo ca- 
paz de sustraer á nadie de la obligación de concurrir á 
arrojarlos. » Pero admitido que el caudillo procediese co- 
rrectamente respecto de los españoles, cuya instintiva dis- 
posición no contrariaba obligándoles á batirse contra las 
tropas de Portugal, carecía de acomodo el raciocinio, apli- 
cándolo á los vecinos portugueses, que debían considerar 
con muy diverso criterio la obligación impuesta. El Triun- 



^44 unso lu. — LA LrOA FEDERAL 

virato, sin embargo, no opuso reparo ni al indulto de los 
desertores, ni al servicio obligatorio decretado, como lo de- 
muestra la publicidad que hizo diir á los documentos rela- 
tivos ( 1 ). 

I)ÍHpue-.to á emprenderlo todo, Artigas no bien se le in- 
corporaron los refuerzos mandados de Buenos Aires, con- 
cibió un plan de campaña «lestinado á piralizar la acción 
de Vigodet, arrancándole el concurso <le los portuguesen, 
único auxilio o»n que [Kalía contar. El punto objetivo de 
ese ]>lan era la ocupación de las Mi.sioues orientales, pora 
cuyt» efecto debían combinarse con el gnieso <le las tropos 
de ArtigHs, las fuerzas reuifnlas en Cíorrientes y Yapeyú, 
y una división paraguaya do 1,000 hombres, pedida á la 
Junta de a (piel país por el Triunvirato, desde principios del 
año. Mientras dichas fuerzas avanzasen S4>brelas fronteras 
portuguesa-s, Artigas debía situarse en Santa Tecla, posición 
central, que permitiéndole conservar la libertad de sus mo- 
vimientos, facilitaba su proUn-ción á las tropas auxiliares. 
La uniformidad de esta ofensiva, provocaría el abandono 
de lo.s pueblos ocupados jx)r los portugueses, y para que 
sus guariueiones no pudieran refugiarse al interior del jiaís, 
ó reunirse al ejército de Sonsa en Maldonado, se corta- 
ría la retirada por la boca del Monte -grande á las orillas 
del Brtcacay ; después de lo cual, puesta una buena guarni- 
ción en San Míirtín, Bato vi ó el arroyo Caciquí, se lison- 
jeaba Artigas (le estar pronto á emprender cuanto le dic- 
tase su deseo. 

Reducidos á este aprieto los portugueses de Misioues, 


I 1 • Juflo Mae.«o, Lf>s prim/ros ¡hüriolas orifntalrs de ISll: pág‘J26. 
— MHrlínez. .tutinirs . //i..» • •» «-»» 



LIBRO IIL — LA LIGA FEDERAL 


245 


el ejército de Sousa podía optar por la triple disyuntiva de 
moverse sobre Artigas, retirarse para su territorio, ó per- 
manecer donde estaba. En el primer caso, la posición ven- 
tajosa de Santa Tecla, penniliría al Jefe de los Orientales 
acudir donde asomasen las tropas de Sousa, hostilizándolas 
con éxito. En la segunda eventualidad, es decir, si resol- 
vían abandonar el territorio uruguayo, no les quedaba otra 
retirada que Santa Teresa, pues el camino de Yapeyú les 
sería cortado, desde que Artigas podía salirles por Cerro- 
Largo, atajándoles el paso. Si se decidían, en fin, á per- 
manecer en Maldonado, la estrechez á que proyectaba 
reducirlos, les obligaría á reembarcarse forzosamente. Este 
plan fué propuesto por Artigas al Triunvirato en 15 de 
Febrero, y trasmitido también al conocimiento de la Junta; 
del Paraguay, con ánimo de estimularla á poner cuanto 
antes sus tropas en campaña. Esperaba el Jefe de los 
Orientales, que si el Gobierno de Buenos Aires mantenía 
el propósito de atacar á los portugueses, ningún otro plan 
sería preferido al suyo, por las facilidades inmediatas de 
ejecución; contando con que el interés de la defensa pro- 
pia, empujaría al Paraguay á prestar todo el auxilio reque- 
rido. Sin aferrarse, empero, á las ideas manifestadas, y en 
el supuesto de que el Triunvirato adoptase otros proyectos. 
Artigas le advertía serle necesario entonces un refuerzo de 
1000 hombres más (1). 

No parece que el plan favorito de Artigas fuese repro- 
bado por el Triunvirato, pues tuvo hasta un principio de eje- 
cución, cómo que el Jefe de los Orientales emprendió mar- 
cha á Curuzú - cuatiá en la provincia de Corrientes, aproxi- 


(1) Col PregeirOy xxvi-xxxr. 



246 


UBBD IZL LA UUA rVDKBAL 


toándose á las fronteros portuguesaa. Pero no hubo re- 
flexión ni súplica que indujese á la Junta del Paraguay 
á cooperar al movimiento, pretextando unas vecee la falta 
de armas con que aj^estar onntingcutes militares, y otras, 
el número de enemigos que asediaban sus fronteras. Al p^ 
dido de una diviííión de 1,000 hombres, formulado por el 
Triunvirato, respondió ofreciendo 1,000 arrobas de tabaoo> 
que al fui declaró serle imposible iiian<lar por causa del 
bloqueo de loe ríos : y cuando Artigas insistió en que le 
facilitase cualquier contingente, respondió « que le sería 
bochornoso despacharle únicamente 200 ó más hombres 
con las manos vacías, á ser meros espectadores,» La acción 
poritLva de la Junta del Paraguay en este intento, se re- 
dujo á comisionar a D. Francisco Bartolomé Laguardia, 
para que pasase al campo de Artigas, sin otro propósito 
que imponerse de los recursos del caudillo y cambiar bue- 
nas palabras con él. 

Muy distinta conducta observó el general 8ousa, quien 
fuese |)or puro instinto militar, ó fuese que advirtiendo la 
dirección emprendida |X)r las fuerzas de Artigas, dedujera 
lo.s planes ulterá^res de éste, se preparó á contrarrestar su 
ofensiva con un movimiento audaz. Para el efecto, había 
pedido íl Río Janeiro, junto con algunos refuerzos, la pronta 
exjXHlición do barcas que no calasen más de 0 á lÓ piea 
dt* agua. Estas ban-as, convenientemente artilladas, debían 
facilitar el rápido tran.sporte de tropas al través de los 
ríos que daban accesí) á las Misionen occidentales, asegu- 
rando el dominio de los pueblos costaneros, como paao 
previo para H]X)derarHe de todos los demás. Conseguida la 
ocupación de las Misiones occidentales, proseguiría la con- 
(juista hasta el Paraguay, eu cuyos Umitas eaoontradan 



LIBRO III. — SJl liga FEDERAL 


247 


los portugueses nuevos refuerzos. El Gobern«ador de Mato- 
groso, prevenido por Sousa, estaba pronto á trasponer la 
frontera, dándose la nianrreon los invasores que por la vía 
del Parauá irían á encontrarle en el territorio de las Mi- 
siones paraguayas. « De este modo — decía Sousa — me 
parece practicable, no solamente librar de la jurisdicción de 
Buenos Aires los territorios situados entre el Uruguay y 
el Paraná, sino también restablecer el antiguo Gobierno 
del Paraguay. » ( 1 ) 

Mientras así coincidían ambos generales en sus planes 
de ubicar el teatro de la guerra sobre las Misiones, los 
sucesos debían señalarles otro campo de actividad. Perdido 
para las tropas revolucionarías, el momento propicio de 
invadir el territorio portugués, fue sustituida la empresa 
pór otra de más alcance. El verdadero centro de las ope- 
raciones iba á ser la Banda Oriental, sobre cuyas fron- 
teras empezaban á convergir los voluntarios al mando 
de Artigas, reforzados por un núcleo respetable de tro- 
pas regulares. Apenas se informó Sousa de aquella no- 
vedad, y sabiendo serle imposible evitar la junción délas 
tropas veteranas de Buenos Aires con Artigas, resolvió 
oponerse á que vadeasen el río Uruguay ; para cuyo objeto 
destacó al coronel Tomás da Costa en observación del ejér- 
cito revolucionario, y se puso en marcha él mismo desde 
Maldonado, donde tenía su Cuartel general. Pero tanto 
uno como otro llegaron tarde para realizar sus propósitos, 
quedando reducido Costa á librar algunas escaramuzas con 
las partidas sueltas de Artigas, y viéndose obligado Sousa 
á buscar un atrincheramiento conveniente sobre la con- 

(1) Of de Sousa á Galveias (Eev do Ins(, xli, 363*65), 



746 


lÁUmO in. UUA. nEDMUf. 


mándove á la« fronterM portuguesas. Pero no hubo re- 
flexión ni súplica que indujese á la Junta del Paraguay 
á cooperar al movimiento, pretextando unas vecee la falta 
de armaa con que aprestar contingentes militares, y otraa^ 
el número de enemigos que aaedialmn sus fronteras. Al pe- 
dido de una división de l,0UO hombres, formulado por el 
Triunvirato, respondió ofreciendo 1,000 arrobas de tabaco^ 
que al íin declaní serle imposible mandar por causa del 
bloque» » de los ríos ; y cuando Artigas insistió en que le 
bicilitase cualquier contingente, respondió « que le sería 
bochornoso despacharle únicumeiite 200 ó más hombrea 
con las manos vacías, á ser meros espectadores. ^ La acción 
po-'^itLva d(* la Junta del Paraguay en este intento, se re- 
dujo a comisionar á D, Fnmcisoo Bartolomé La guardia, 
para que pasase al campo de Artigas, sin otro propósito 
que imponerse de los recursos del caudillo y cambiar bue- 
nas palabras con él. 

Muy distinta conducta observó el general Sousa, quien 
fuese jK)r puro instinto militar, ó ñiese que ad virtiendo la 
dirección empreiidiílu por las fuerzas de Artigas, dedujera 
los planes ulteriores de éste, se preparó á contrarreetar su 
ofensiva con un movimiento audaz. Para el efecto, había 
pedido á Río Janeiro, junto con algunos refuerzos, la pronta 
cxjKHÜción de barcas que no calasen niás de b á 10 piea 
(le agua. Estas barcas, convenientemente artilladas, debían 
facilitar el rápido transporte de tropas al través de los 
ríos que daban acceso á las Misiones occi<lentales, asegu- 
rando el dominio de los pueblos costaneros, como paao 
previo para apoderarse de todos loa demáa. CJonaeguida la 
ocupación de las Misiones occidentales, proseguiría la con- 
[juista hasta el Paraguay, en cuyos Umitas enoontraiian 



LIBRO III. — JJV LIGA FEDERAL 


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los portugueses nuevos refuerzos. El Gobernador de Mato- 
groso, prevenido por Sousa, estaba pronto á trasponer la 
frontera, dándose la manmcon los invasores que por la vía 
del Paraná irían á encontrarle en el territorio de las Mi- 
siones paraguayas. « De este modo — decía Sousa — me 
parece practicable, no solamente librar de la jurisdicción de 
Buenos Aires los territorios situados entre el Uruguay y 
el Paraná, sino también restablecer el antiguo Gobierno 
del Paraguay. » ( 1 ) 

Mientras así coincidían ambos generales en sus planes 
de ubicar el teatro de la guerra sobre las Misiones, los 
sucesos debían señalarles otro campo de actividad. Perdido 
para las tropas revolucionarías, el momento propicio de 
invadir el territorio portugués, fué sustituida la empresa 
por otra de más alcance. El verdadero centro de las ope- 
raciones iba á ser la Banda Oriental, sobre cuyas fron- 
teras empezaban á convergir los voluntarios al mando 
de Artigas, reforzados por un núcleo respetable de tro- 
pas regulares. Apenas se informó Sousa de aquella no- 
vedad, y sabiendo serle imposible evitar la junción de las 
tropas veteranas de Buenos Aires con Artigas, resolvió 
oponerse á que vadeasen el río Uruguay ; para cuyo objeto 
destaicó al coronel Tomás da Costa en observación del ejér- 
cito revolucionario, y se puso en marcha él mismo desde 
Maldonado, donde tenía su Cuartel general. Pero tanto 
uno como otro llegaron tarde para realizar sus propósitos, 
quedando reducido Costa á librar algunas escaramuzas con 
las partidas sueltas de Artigas, y viéndose obligado Sousa 
á buscar un atrincheramiento conveniente sobre la con- 

i\) Of ie Sousa á Galveias (liev do InsU xli. 363-65), 



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LIBBO III. - LA’ LIGA FEDRRAL 


fluencia del arroyo Han Francisco, en Us proximúladee de 
Pay* Sandú, donde* al fin detuvo, admirado de no bailar 
otro rastro de seres humanos, <|UO un casal de indios viejoa. 

La rápida concentración de las fuerzas de Artigas sobre 
las fronteras de la Baiula i >ripiital, dejó libre el camino de 
las Misiones occidentales. ^luy luego, provistos de las bar- 
cas |M*d¡da"i iK>r Sonsa, se entregaron los portugueses á laa 
mayores crueldadt*s con los pueblos de aquella jurisdic- 
ción. Una partí tía de SO hombres CAyó sobre Yapeyá, ea- 
<ju('ándulo .‘^iu piedad. Otra de .‘5oo embistió á SaiitoTomó, 
y vencida la re.sistencia opuesta j»or lóO hombres de la 
guarnición, que murieron todos, robó 6 incendió el pueblo, 
lanzando al río más do .‘0010 animales, que no quiso ó no 
pudo llevar (íonsigo. Casualmente, el ejército revoluciona- 
rio, después de haber canqiíulo en la orilla oriental del 
l’ruguay, acababa de repasar á la orilla otícidental, con 
cuyo motivo le fué po-ible pn)teger los pueblos de Misio- 
nes, destacando sobre ellos algunas fuerzíis. Pero aquel 
súbito movimientíí de retroceso, favorable á los agredidos, 
perjudicó las partidas patriota.^ que se habían internado 
en la Bamla Oriental, dejándolas sin ninguna protección, 
('o m prendida en <1 número il>a la del valeroso capitán 
D. Uamón \'idademoms, á quien los portugueses designa- 
ban con el título de o raiidUfio Villa dv Mouro¿. Discurría 
este ofiriíil p«ir los alrededores de CVrro-Largo, cuando le 
atacaron fuerzas de í?^oiisa, ante las cuales sólo iesgó, des- 
pués de haber |K‘rdid<> o7 hombres muertos, y ÓG heridos 
y prisioneros ( 1 


I 1 ) Ofirhs >Ir Sousa, }íario }/ 17 Ah/ il I I^r do InM^ cit). — 

•í. [.OMlnliln Oi». • '• • • 



LIBRO líl. — LA IJGA FEDERAL 


249 


Con todo, escasa resonancia inmediata tenían aquellos 
hechos de guerra en un país cuya situación excepcional pre- 
sentaba el más triste aspecto. Casi desierto el Uruguay en el 
interior, ni viajeros ni noticias cruzaban sus caminos. En un 
extremo del territorio, estaba Vigoclet encerrado tras de las 
fortalezas de Montevideo, y sobre las riberas del Ayuí cam- 
paba nuevamente Ai’tigas con todas las fuerzas de la Revo- 
lución y el núcleo de familias más decididas por la causa po- 
pular. Era extraña la apariencia ofrecida por la inmensa 
zona mediante entre ambos jefes, y tétricas las ideas que 
inspiraba tan insólita desolación. Los moradores délos pue- 
blos encerrábanse con. recelo en sus casas al despuntar la 
tarde, atemorizados de la soledad que les circundaba por 
doquiera. Los pocos estancieros que habían quedado al 
frente de sus establecimientos, armaban sus peones en tren 
de guerra, influenciados por el sobresalto que originaba 
aquella quietud abrumadora. Habían contribuido á ella, los 
realistas, extremando todos los medios conducentes á des- 
poblar la campaña, con el propósito de producir una emi- 
gración hacia Montevideo que concentrase los paisanos en 
la ciudad, para sustraerles á la tentación de seguir las hue- 
llas de Artigas, ó incorporársele uua vez que este volviese 
á pisar el territorio patrio. 

A raíz de celebrado el Armisticio de Octubre, empeza- 
ron aquellos trabajos de los enemigos de la emancipación. 
Las fuerzas realistas que se replegaban sobre Montevideo 
tuvieron cuidado de sembrar entre los vecindarios del 
tránsito, gérmenes productores del terror, con la falsa 
especie de que el ejército patriota venía persiguiéndolas, 
precedido de tribus de indios que se entregaban á todos 
los desafueros. Vigodet, por su parte, lanzó á campaña di- 





LIBRO m. — LA LIGA FEDERAL 


vorfiafl pnrtidaK, la? cuales pi-etextando proteger las gentes 
jmeíflcHs, arrancaron de sus hogan's multitiul de hombres, 
para lineinarlos cmi los ealalKizos tle las fíórvdaft. En medio 
de esto, mi eabeeilla indígena, de nombre Sandú, se des- 
prendió jxir sn menta del ejército de Artigas, y con un 
grupo de los suyos, sjcpieó el [meblo de la Florida, lleván- 
dose en su retirada algunas mujeres; |>ero inmediatamente 
mar<*hó (‘ontra c! una fner/a patriota de 10i> hombres, (jue 
le alc-anzó y batió en San José, fusilándole sin más trámite. 
Lo.s realistas difundieron la nolieia del atentado de Sandyiy 
absteniéndose de mentar sn castigo, (Hin lo cual se ro- 
bustecía el crédito de los desmanes atribuidos u los patrio- 
ta?. De esa manera, hostilizados por las partidas de Vigo- 
det y temerosos de (.*íier en manos de bandoleros como los 
de Savdú, se relugiaron en Montevideo de d,rd>0 á 4,000 
individuos dtd í.*amjK) ( 1 ). 

Seflueúlo jx»r ostos desórdenes, un nuevo elemento de 
perturbación se presentó en escena. La solidad de los cam- 
jH)s y la ausencia de autoridades en los pueblos, asegura- 
ban impunidad á ttala tentativa atrevida. 8iem[)re liabía 
habido en el rmguay un numero no est-aw) de bandoleros 
y gauchos malos í|ue (juitaban el sueflo á la autoridad es- 
pañola, y (le entre estas gcntoi comenzaron á alzarse indi- 
vi dual ida d<*s aisladas, (]ue reclutando sus afines de vida y 
costumbres, formaron partidas para ixdcar ile cuenta pro- 
[)ia. Algunos de estos bonibies no eran sanguin itrios, j>ero 
otros lo eran y mnclio. I^os bahía »]ue tenían una noción 
oscurecida del patri(dismo y combatían á su modo jior la 


1 ' Díaz, Ilisi lie hí.s repúllicaa Jd Piala; xin. I.— Larroftair» v 



LIBRO IIL — LA LIGA FEDERAL 


251 


causa de la Revolución; pero en cambio otros aprovechaban 
el desorden para dar suelta á sus instintos' de ferocidad, 
persiguiendo igualmente á todos los habitantes que tuvie- 
ran arraigo en los vecindarios por donde pagaban. Este mal, 
ingénito á los trastornos sociales, en que la rebu Ilición de 
las pasiones saca á la superficie los elementos más opues- 
tos, no podía dejar de producirse en el Uruguay, cuya ci- 
vilización tenía tantos defectos. Lo extraordinario es que 
no tomara proporciones mayores de las que tuvo, dada la 
situación y el medio ambiente en ,que se producía. 

Los caudillejos que salían de la oscuridad para ligar en 
cierta manera su nombre á la historia, eran el testimonio 
de las lepras sociales que el \igor de la autoridad española 
había tenido ocultas en el fondo de nuestro organismo, pero 
que necesariamente debían aparecer en ocasión oportuna, 
como aparecen y se desarrollan los achaques en todo cuerpo 
cuyo aspecto sano esconde gérmenes de gi-aves dolencias. 
Sin instrucción, sin religión, sin hogar, aquellos gauchos que 
se alzaban al calor de los trastornos de la época, tenían el 
instinto salvaje de la independencia propia, modificado en 
algunos por cierta bondad natural, y perturbado en otros 
por la maldad que suele ser nativa en los temperamentos 
agrestes. Eran en su mayoría, antiguos perseguidos por la 
justicia ó desertores de los cuerpos militares, que se creían 
agraviados por la sociedad, á quien culpaban de haberles 
torturado con sujeciones y castigos; que unos vengaban 
peleando contra la autoridad española, y otros contra los 
hombres pacíficos. Las grandes causas,, sin embargo, tienen 
la virtud de redimir muchos culpables que la casualidad 
pone á BU servicio, y esto aconteció con varios de los cau- 
dülejoB de entonces, 



¿ifá 


LIBRO III. — LA LKiA FEDRaAL 


Ocupa el primer lugar entre todos, Jos<? Culta, cabo del 
regimiento de Klandengues, quien acosado por la miinería que 
se sufría en el campamento «le Artigas, de.sert<), fugando á 
loa montes. En ellos encontró algunos otros desertores y 
hmidoleros habituados á la misma vida que é\ se proponía 
llevar, y conm tuviese mayores dotes, se les impuso ha- 
ciéndose i’ccíjnocer por jefe. Formó entonces una partida 
de d4 individuos, y am ella comenzó á recorrer los distri- 
tos ubicados entre el Yí y Santa Lucía. Una noche m 
conviniiTon tíxlos en asaltar la estancia de la Calera, pro- 
júetlad de D. Tomás <f arcía <le Zuñiga, que no había se- 
guido á Artigas al Ayuí, pretiriendo permanecer en su casa, 
y ;rl efect*» tomaron las medidas jirecursoras de aquel atro- 
pello. La jactancia, iMn|Kao, que i's tan común á las gentes 
de esta el a si*, lii/.o (pie Culta y los suyos anunciasen anti- 
cipadamente (‘1 1 lecho á algunos vecinos, quienes avisaron 
á Zúñign lo que se maquinaba, dándole tiempo á armar 
sus j>eon(‘s y estar prevenido. 

Lh^ó Culta á la Calera, y en vez de sorprender, fue sor- 
prendido y rodeado |H>r los que le esqieraban. Fingió 
entonces ser comi.sionado de Artigas, [üira entregar á Zú- 
ñiga una carta que había |>erdido en el camino; pero 
éste, <pi(' no tonía motivos para cret*r tal superchería, 
1(* descubrió en el acto la falsía lad del aserto. Turbado el 
gaucho, , confesó de plano la verdad de su situación, 
disculjiándose con la desnudez en que estaban él y sus oom- 
pa fieros, y asegurando que ante todo eran jiatriotas y esta- 
ban dispuestos á siTvir la causa revolucionaria. Zúñiga apro- 
vechó estas disjx)sic*iones jmra proponer á Culta que se 
transformase de salteador en soldado, aceptando el comando 
de varias partidas sueltas y mal armadas que vagaban por 



UBKO III. — LA LIGA FEDERAL ZÚÍS 

los alrededores, á fin de hostilizar á los realistas. La pro- 
posición fue aceptada, y de allí á pocos días, José Culta, 
al mando de cerca de 200 hombres, aparecía en Canelón 
grande como uno de los jeíes patriotas. Ya le veremos más 
tarde sitiar á Montevideo, y recibir del Gobierno de Buenos 
Aires honores militares. 

Por estos mismos tiempos aparecía en el distrito de So- 
riano un cabecilla de peores disposiciones que Culta, y 
completamente indócil al buen consejo. Llamábase Encar- 
nación, y era mulato: había sido peón de estancia, matrero 
y hombre temido por sus fechorías. Al considerarse im- 
pune por el abandono en que estaba el país, salió de sus 
guaridas habituales con una partida de gentes de su calaña, 
y empezó á infundir el terror doquiera que pasaba. Se ti- 
tulaba Protector de siete pue]>los, aludiendo á los infortu- 
nados vecindarios donde* ejercía su terrible influencia ( 1 ). 
Encarnación llegó á engrosar fuertémente su partida, inter- 
ceptando las comunicaciones de los españoles y matándoles 
chasques y correos. Su fama, extendida por todo el país, 
le granjeó la admiración de los facinerosos, que se le junta- 
ban con gusto, encantados de tener un jefe que les superase. 

También floreció por la misma fecha, un tal Gay, otro 
forajido, mulato de origen, y que debía adquirir celebridad 
montando con espuelas sobre los prisioneros españoles, á 
quienes atormentaba de esa suerte. Este era uno de tantos 
matreros, que juntó partida y se puso en armas para hacer 
correrían de su cuenta De estos capitanejos de partida como 
Gay había muchos, aun cuando no se pueda saber de cierto 


( 1 ) Apuntes para la Biografía del general Bauid, recolectados por el 
general D. Melchor Pctcheco y Obes. 



2b4 iJBRO nr. uoa fedebai. 

qué número de hoin!)res coiuandalmn y ruáles eran Uu ope- 
ruriones en que intervenínn. Ca«avalle, Gari, Pedro Amigo 
y otroft, a|)enafs ><ii han dejuíJu el recuerdo de nombre». 
De algunos, como Auiigo, ae sabe el Hn trágico que tuvie- 
ron muriendo en el patíbulo, pero de otros ni eso se sabe. 

Siendo ésta la situación del )>;us indicado jmra teatro de 
la gin*rra, w llano que los realistas habían perdido su do- 
minio en ál; porque excepción hecha <le Montevideo, cuya 
conservación de[K*ndía del auxilio que loa p>rtuguese8 pu- 
dieran prestar á Vigodct, no tenían en el resto del territCK 
rió, ningún pmitf) de ujM>yo para sostenerse. Ijos piquete» 
militares que accidentalmente ocupaban Colonia y Mer- 
cedes, lo hacían bajo la protetriou de las arma» portugue- 
sító, cuyo avance les garantía una seguridad rclativay mu- 
cho más j)re<‘íiria de lo imaginado |)or ellos. En efecto,* 
cuando las ostentaciones de Sousa anunciaban la resolu- 
ción de cooperar al triunfo de Vigmlet, era el momento 
preciso (ai (pie la diplomacia inglesa desbarataba todos lo» 
planes del Brasil relativos á esc* supuesto designio. Falle- 
cido cu Ib de Enero el conde de Liuhares, director de la 
grande intriga para apodcrars(‘ d( l Río de la Plata ñngiendo 
tutelar los der(.‘(.lios de Fi rnando VI í, fm' sustituido Ln- 
teriimn lente jior el conde de Galveias, quien adoptó un 
sistema |>olít¡co opuesto al de su antec*esor. De grado ó por 
fuerza entregóse á ^trangford, (piien exigía á todo trance el 
cumplimiento estricto del Armisticio pactado en Octubre 
de líSl l, llevando (se propósito tan lejos, quebanta no verse 
desembarazado de adversarios, no paró el diplomata inglés, 
í^in embargo, antes de roni]>er con los empecí nadoa de 
Montevideo, quiso el coridt' de (jralveias cereiorarse de los 
(áemeiitos con que contaban, diputando al mariscal de campo 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


255 


Alejandro Eloy para que se avistase con Yigodet y to- 
mara cuenta de la situación positiva en que se encontraba 
éste. Llegó Eloy en los primeros días de Febrero, partió 
con destino it MaldonadíTel 7, llevando noticias y cartas 
de Vigodet para Sousa, y regresó de allí el 15. La realidad 
de las cosas no le dejó concebir muchas ilusiones. Vigodet 
reducía toda su actividad á mover sobre Buenos Aires los 
barcos de que disponía, los que it su vez se contentaban con 
arrojar sobre dicha ciudad algunas bombas. Todos los refuer- 
zos que Montevideo había recibido de la Península suma- 
ban SO soldados recientemente traídos por la fragata Aep- 
Uino; y las necesidades de Yigodet eran tales, que su co- 
rrespondencia con la Metrópoli constituía un enojoso expe- 
diente por peticiones de dinero y soldados. El comisionado 
portugués vohdó á emprender su marcha para Maldonado 
el 24, habiendo advertido el día antes qu6 partían á Lima, 
en comisión de Yigodet, su secretario Esteller y D. Agus- 
tín Rodríguez, solicitando auxilios pecuniarios. 

Semejante \ista de ojos, trasmitida al conde de Gal- 
veias, debió descorazonarle, si alguna esperanza mantenía 
en la cooperación de los empecinados. No sucedió lo mismo 
con la princesa Carlota, que entendiendo ser un golpe 
mortal para sus planes el retiro de las tropas destinadas 
á auxiliar á Vigodet, puso en juego cuantos medios tenía 
á la mano contra la influencia inglesa. Pero Lord Strang- 
ford, más poderoso que Doña Carlota, y tan obstinado como 
ella, rompió con toda consideración, señalando los agen- 
tes que debían intervenir en el ajuste de un nuevo Armisticio 
destinado á promover la desocupación del Uruguay por las 
tropas portuguesas, y humillando á Doña Carlota hasta 
arrancarle su secretario Presas, cuya expulsión pidió y ob- 



LJBRO ni. — I..A LIGA FEDERAL 

tuvo allí á poro. DrHtruídofl j>or swmej«nte actitud tofloí- 
los iiu'onvrnirntew, huj>o el Gobierno de BiienoR Ain*« r^uc 
la diplomacia inglcna prejwraba á la Cbrte del Brasil vin 
estrucnduao fiasco eii la jxílíticii del Río de la Plata ( 1 ). 

Mientras este movimiento político se pnwlucía en los 
dominios aniericanos del Regf'iite, otro de orden nectario 
tomaba cuerpo en Buenos Aires bajo la |»rotceci6n del si- 
gilo. Maso ut ría, hasta cnUnices reUgada á una («adi- 

ción subalterna, empezó á adquirir vineulaciouos poderosas. 
Importadas [K)r los ingleses v jaiestas al .‘servicio de su ac- 
ción cotujuistaílora, las logias masónicas habían chocado 
desde el primer día i*ontra el seiitimurnto patriótico y las 
creencias religiosas del pueblo. Esta doble circunstancia las 
obligaba á mantenerse en la mayor reserva, reclutando sus 
afiliados cutre el ccmiercio extra njenD de las ciudades, y 
una parte exiguo de la juventud criolla, «pie buscaba á 
tientas el camino de la acción. Pero como el inierós pecu- 
niario de los primeros y las aspiraciones iiujuiotas de los 
últimos no sumaban fuerzas bastantes para ton‘er los 
rumlxis de la agitación social, cuyas iniciativas se promo- 
vían y resolvían basta entonces excluyendo se<.Tetos y 
misterios, la propaganda masónica parecía condena4la á 
un estacionamiento rayano de la impotencia, en cuanto 
pretendiera actuar como factor polítii-o. embargo, el 
declive de la.-^ i<leas exaltadas la llevó, cuando menos lo 
pensaba ella mi.^ma, a tomar un puesto prominente en la 
dirección de los negocios públicos. 


(1) Percyro dn Silvn. flú*t (h fandornodo lm¡K iii, V, ii.— Larra haga 
r GiuTra, Aimnica /<í.víá/'<Vy.'í. — Prrsas, Mfmvriax .wrf/u.<í; xx. — 
Mitre, llUt de Itrlí/mno: ii. xix 



UBRO OI. — LA LIGA FEDERAL 


257 


Parte de los elementos revolucionarios que bullían en 
Buenos Aires, influenciados ¡xu- las doctrinas del jacobinismo 
francés, habían constituido círculos políticos, cuyo objeto 
era defender y propagar los derechos del hombre, tal cual 
los concebían sus maestros del viejo continente. El padrón 
de aquel fos círculos era la Sociedad Patriótica de la Capi- 
tal, donde al decir de un contemporáneo insospechable de 
españolismo, «se hablaba mucho de los derechos naturales, 
y se votaban sacrificios contra los que negasen su legitimi- 
dad. » Los afiliados de la Sociedad Patriótica hacían gala 
de su despreoc 2 ipación, término equivalente en esa fecha á 
la profesión de ideas anti - católicas, derramándose por las 
l>oblaciones que las armas revolucionarias sometían, para 
dar pruebas prácticas del sentimiento que informaba sus 
planes. Los pueblos del Alto Perú, donde llegó victorioso 
en 1810 el representante Castell^ueron teatro inicial de 
aquellos ensayos, que impulsaba y protegía el Dr. Montea- 
gudo, famoso mulato tucumano, incorporado como secreta- 
rio á la expedición militar. Bajo tales auspicios, en la 
ciudad de la Paz, los despreocupados, imponiéndose á la 
muchedumbre, la obligaron á quemar una cruz. En el pue- 
blo de Laja, entraron al templo, se revistieron sacerdotal- 
mente, y cantaron misa, subiendo al púlpito el Dr. Mon- 
teagudo, para predicar un sennón cuyo texto era : « La 
muerte es un sueño largo. » Después del desastre de Hua- 
qui, Monteagudo volvió á Buenos Aires, tomando la redacr- 
ción de la Gazeta, al mismo tiempo que reorganizaba la 
Sociedad Patriótica ( 1 ). 


( 1 ) Núñez, Noticias; xxi. — Mariano A. Pelliza, Ilisioria Ai'gen- 
tina; u, vii. 


DOU. ESP. — ui. 


17 . 



200 


LIBRO m. — LA LIGA PEnRRAL 


Aventajaban, puefl, los deífpreocvpadon argentinos, á 
BUfl oougénerea los jacobinos franceses, en que deade el 
principio de su carrera tenían va un programa, cuyos dos 
puntos capitales sólo pudieron establcct*r aquóllos, mediando 
largos años de labor. El jacobinismo francés, dun>ate sus 
transformaciones sucesivas, liabía sido doctrina filosófica 
primero, aspiración política en seguida, y programa guljer- 
namental por fin. Mientras fantaseaba en la región de las 
ideas, el folleto y el libro bastaron á sus tendencias de ex- 
pansión ; pero cuando quiso adquirir la compacidad indis- 
pensable á todo partido que pretende el po<ieT, procuró la 
organización de sus adeptos dentro de formas definidas. 
Después de haberlas buscado sin éxito en el prrK«di miento 
usual y corriente de las asociaciones publicas, advirtió que 
la Masonería le presentaba ventajas insustituibles, |)or la 
naturaleza de su mecanismo, y el misterio de signos, fór- 
mulas y juramentos que se pn*st;iban á reflejar solemnidad 
sobre una empresa tan nueva, como destituida de influencia 
entre los estadistas de la época. Pidió y obtuvo entonces 
el concurso de las logias, llevando á ellas su temperamento 
Ix)lítioo, pero infiltrándose al mismo tiempo del espíritu 
sectario (jue impulsaba los procederes finales de esos cen- 
tros ocultos. 

En posesión los dexpreompadoj* argentinos de las ideas 
extremas del jacobinismo francés, su connivencia con las 
logias, estaba indicada de antemano. Así es que apenas 
promovieron Monteagudo y sus compañeros la idea de 
unirse para la acción, emi)ezaron á reorganizarse paralela- 
mente las logias masónicas, constituyendo el punto de 
apoyo de esa iniciativa. En O de Marzo de 1812, la llegada 
á Buenos Aii-cs de la fragata inglesa Jorge Canníng, tra- 



LIBRO lU. — LA LIGA FEDERAL 


259 


yendo á su bordo al teniente coronel D. José de San Mar- 
tín, los capitanes Vera y Chilabert, los alféreces Zapiola, 
Alvear y Arellano y el barón de Holemberg, dió un vigo- 
roso impulso al movimiento. Estos oficiales se habían afi- 
liado en Europa á una sociedad secreta cuyos orígenes se 
remontaban al siglo xvur, y sobre cuyo programa corres- 
ponde adelantar algunas noticias. A fines del mencionado 
siglrv, el general Miranda, con el propósito dé revolucionar 
á Caracas, fundó la sociedad denominada Gran Reunión 
Americana^ esbozando las bases y designios para que se 
formara en los primeros años del siglo xix otra sociedad 
secreta, mucho más vasta, que pronto debía generalizarse 
en España bajo la denominación de Sociedad Lautaro 6 
Caballeros racionales. Aunque por su índole predominase 
en ella el personal americano, la sociedad Lautaro contaba 
también entre sus miembros algunos- títulos de la nobleza 
española. Reconociéndose filial de la Gran Reunión esta- 
blecida en Londres, diWdíase la acción secreta de ambas en 
la siguiente foinia: desde Londres partían todas las comu- 
nicaciones para América, mientras en Cádiz existía el centro 
director de los trabajos de la Península, donde se afiliaban 
todos los americanos transeúntes por aquel puerto. El pri- 
mer grado de la iniciación de los neófitos era el juramento 
de trabajar por la independencia americana; el segundo, la 
profesión de fe del dogma republicano ( 1 ). 

Con este programa de apariencias seductoras, llegaron 
San Martín y sus compañeros á Buenos Aires, promoviendo 
inmediatamente la fundación de la logia Lautaro. Poco 


(1) Mitre, Hist de Belgram; ii, xx y xxiv. — Núuez, Noticias; 
(2.» Parte). 



260 


LIBRO in. — LIGA FEDERAL 


trabajo lea coató conaegviirlo; [»ero el régimi’n establecido 
para las op'racíonw ultcriorca del nuevo organiamo, fue de 
loa más dejilorables. La fuaión del elemento masónico 
con el político, subordinó eatc ííltimo á la táctica y natas 
de aquél. Loe miembros de la Logia resolvieron designarse 
recíprocamente con una H ( hermano ), y en sus referen- 
cias á la generalidad, aludirse con el dictado de Ion amigos. 
Para significar que un tercero estaba afiliado, decían de él 
que era afecto á ¡as matemáticas. En sus comunicaciones 
escritas, la Logia usaba esU- signo jiara carac'terízarse á sí 
misma: 0-0; y en las comunicaciones solemnes, este 
otro 0-0.; refundiéndose su leyenda mística en las tres 
letras U. F. y V, ; á sal>er : Unión j Fe y Virtud ó Victoria. 
No ix)día ser admitido ningún español ni extranjero, ni 
más eclesiástico que uno solo, aquel que se considerase de 
mayor inq)ortanc¡a por su influjo y relaciones. Los indivi- 
duos de ideas opuestas á las suyas, recibían de la Logia el 
nombre de Bichos. 

Siendo el objeto primordial de la logia Lautaro ajKxle- 
rarse del Gobierno, y dirigir los destinos de la Revolución, 
aplastando todo obstáculo que contrariase sus secretos pro- 
pósitos, decía el Reglamento ado])tado por ella: «Siempre 
que alguno de los hermanos sea elegido para el Gi>biem(* 
Supremo, no pslrá deliberar cosa alguna de grave impor- 
tancia, sin haber consultado el parecer de la Logia, á no 
ser que la urgencia del negocio demande pronta providen- 
cia, en cuyo caso, después de su resolución, dará cuenta en 
primera junta ó por lueilio de su secretario, siendo her- 
mano, ó por el de la Logia. » Agregaba además, refirién- 
dose al gobernante: « No poflrá dar empleo alguno prin- 
cipal ó de influjo en el EsUido, ni en la Capital ni fuera 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


261 


de ella, acuerdo de la Logia, entendiéndose por tales, 
los de enviados interiores y exteriores, gobernadores de 
Provincia, generales en jefe^e los ejércitos, miembros de 
los tribunales de justicia superiores, primeros empleos ecle- 
siásticos, jefes de los regimientos* de línea y cuerpos de 
milicias, y otros de esta clase. » Para el cumplimiento de 
sus propios decretos, estatuía lo siguiente : « Todo hermano 
deberá sostener, á riesgo de la vida, las determinaciones 
de la Logia. » Era implacable la sanción penal con que 
amenazaba el Reglamento á los divulgadores ó reveladores 
déla existencia déla asociación: «Todo hermano — de- 
cía — que revele el secreto de la existencia de la Logia, ya 
sea por palabras ó por señales, será reo de muerte, por los 
medios que se halle por conveniente, » ( 1 ) 

Organizada la Logia, recayó el nombramiento de Presi- 
dente de ella en Alvear, confiándose, la vicepresidencia á 
San Martín, y la secretaría á Zapiola, cuyos tres estaban 
destinados á ser núcleo atrayente de la clase á que perte- 
necían. La recluta de elementos civiles quedó á cargo de 
Monteagudo, quien la emprendió entre el personal masónico 
cuyas condiciones correspondían á las aptitudes exigidas 
por el Reglamento de la nueva asociación. El número de 
logiarios aumentó con rapidez en cantidad, aunque no en 
calidad ; por cuyo motivo, á medida que se acentuaba la 
influencia de la Logia, mayor número de hombres desco- 
nocidos ó mediocres ascendían á los primeros puestos ofi- 
ciales. Destituido de explicación satisfactoria para el pue- 


(1) Benjamín Vicuña Mackenna, El Ostracismo del ffral D. Ber- 
nardo O'Riggins ; cap x, § iv.— Bartolomé Mitre, Historia de San 
Martin y de la emancipación Sud' americana; ii (Apénd 17). — Vi- 
cente F. López, La Bevolmión Argentina; i, págs 18, 91 y pássim. 



LIBRO ni. — LA UOA FEOnAL 

blo este hecho, la tenía muy natural para loa afiliados. 
Desde ({ue ellos se preparaban u simular en el Gobierno 
los procederes imprescindibles al ejercicio de la autoridad, 
mientras Hecretsmonte desvestían al gobernante de toda 
iniciativa, cuanto más ignorante ó flexible fuese el inatru- 
mentó, mejor servidos quedaban sus impulsores. C'omo se 
ve, era imposible concebir nada más despótico en su forma, 
ni más anti-republiciino en su esencia que esta creación 
audaz, destinada á bastardear la Kevolución, entregando 
sus destinos al voto setTeto de unos cuantos corifeos. 

En tanto que la logia Lautaro proseguía sus trabajos, 
el Triunvirato se preparaba á actuar en la Banda Oriental, 
deshaciéndose de Artigius no obstante la ostensible defe- 
rencia con que le había tratado en los óltimos tiempos, al 
reforzarle con más de 1,500 hombres de tropas veteranas, 
un poderoso parque de artillería, vestuarios y dinero. La 
anulación del Jefe de los Orientales era cosa resuelta en 
los consejos de Gobierno, y solamente se había retardado 
á la espera de un sesgo favorable en los negwiiw interna- 
cionales, (pie fieriiiitiera destruir sin peligro, el prestigio de 
un caudillo cuyas ideas nquiblimnas y federalistas contra- 
riaban las miras <le la autoridad superior dominante. Pero 
r|uebrada por Inglatemi la influencia portuguesa en el 
Plata, podía coniarse de seguro con la dtísocupación del 
Uruguay perlas tropas de 8uusa, disminuyéndose así la 
importancia de Artigas como elemento resistente á la in- 
vasión lusitana. Alentado de este modo á j)Oner en práctica 
su antigm> proiM')sito, el Triunvinito nombní en 5 de Abril 
á su Presidente de turno D. Manuel de Sarratea, para repre- 
sentarlo en la Banda Oriental y sustituir á Artigas en el 
mando del ejército. Las instruccionea secretai del nuevo 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 263 

jefe le autorizaban á proceder como quisiera contra la 
persona del caudillo, con tal de eliminarlo de la escena ( 1 ). 

No se apresuró Sarratea Ji recibirse del mando, ni le 
convenía hacerlo, por muchas razones. Desde luego, le era 
necesario esperar el efecto producido en Artigas por un 
nombramiento, cuya noticia debía llegarle en forma ambi- 
gua, El Triunvirato, al dirigirse al Jefe de los Orientales 
anunciándole la partida de Sarratea, se había limitado á 
expresarle que su objeto « era consultar con él, las medidas 
más conducentes para abrir la nueva campaña. » De este 
modo, no solamente pretendía neutralizar cualquier arre- 
bato del caudillo, al verse sustituido por persona tan des- 
acreditada y ajena á la profesión militar, sinó también 
ponerse en guardia contra el descontento posible de algu- 
nos jefes argentinos, amigos particulares de Artigas, quie- 
nes por esa razón, agregada á la amenaza de caer bajo las 
órdenes del sustituto designado, podían crear serias dificul- 
tades al éxito de la medida. Por último, se imponía tam- 
bién la espera, en vista de la anunciada intervención inglesa, 
á favor de un Armisticio que provocara la retirada del 
ejército de Sousa, para dejar expedita la acción del Triun- 
virato en la Banda Oriental. 

Esta última expectativa se realizó muy luego. El 26 de 
Mayo quedó ajustado y firmado en Buenos Aires, por el 
teniente coronel Kaderaaker, agente de Portugal, y D. Ni- 
colás Herrera, secretario del Ejecutivo, el Armisticio cuyas 
cláusulas principales se reducían á lo siguiente: 1.® Cesa- 
ban inmediatamente las hostilidades entre el príncipe Re- 
gente de Portugal ú otros cuerpos armados portugueses, y 


(1) Memoria de V^ia (pág 97).— Pregeiro, xxxn, 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


las tropas íi otros coierpos armados del Gobierno provisio- 
nal del Plata. — *J.‘* So observaría un Arniisticio ilimitado 
entre los dos ejércitos, y en el caso de que por algunas cir- 
cunstancias ilesgratáadas 4 imprevistas, fuese necesario re- 
ciu-rir á las armas, quiduhan obligados los generales de 
loa ejércitos opuestos á pasarse los respectivos oficios de 
nipiura, tros meaos antes de eiiipremler las hostilidades. 
— 3.“ Luego <lc recibida jx>r ellos la noticia de la conven- 
ción, loa generales do los ejón*itos darían bw órdenes nece- 
sarias para evitar toda acción de guerra, arí como paru 
retirar las tropas tle su mando á la mayor brevedad posi- 
ble, dentro tic los límites de los Estados respectivos ( 1 ). 

Rademaker había íinnadíJ la antetlicba estipulación, con- 
traviniendo sus instrucciones (íx presas. Desigmulo más bien 
l>or Strangfi )i tl que por el Regento, para promover el retiro 
de la intervención armada en el Uruguay, pudo el negocia- 
dor |K)rtugucs elegir, entre las exigencias del Ministro bri- 
tánico, que ansiaba ultimar el asunto á todo trance, y las 
recomendacinnes del Regente que aspiraba á darle largas en 
previsión <le ultcrioridades. Rademaker optó ix>r lo primero, 
poniéndose al servicio de la influencia inglesa, con una pre- 
mura, que vino lí desconccilar tndo plan de resistencia. Hasta 
el mismo Gubi<‘rnu de Bueno.s Aires fue sorprendido de la 
presteza (‘un que el emisario ac(‘edía en firmar y publicar 
á las pocas littras de su arribo, las cláusulas de un conve- 
nio, dccidifla mente adverso á la j>olíiica de portugid. 

Causó mucho desfalle<*i miento entre los españoles de Mon- 
tevideo, este arreglo (jut* les privaba de aliados seguros, 
cuando su jefe, el mariscal Vigoilct, descoso de extirparla 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


265 


semilla revolucionaria en el país, se entregaba con el ma- 
yor entusiasmo á medidas de rigor, igualando, si es que 
no eclipsaba á Elío en muchas de ellas. Con el propósito 
de restablecer sus comunicaciones internas, Vigodet había 
confiado á uno de sus oficiales el mando de una partida de 
30 hombres, con el título de « Tranquilizadora de la Cam- 
paña » y orden de recorrer los distritos de Minas, Maído- 
nado, San Ramón, Perdido y otros, recogiendo todos los 
caballos sin dueño que encontrase y todas las armas que 
hubiera, sin distinción de propietario. La partida hizo una 
colecta grande de animales y armas, y varias ejecuciones 
sangrientas dé cuatreros á quienes cortó la cabeza, colgán- 
dolas en altas estacas á la entrada de los caminos. Engreído 
el sedicente jefe tranquilizador por estos resultados, comenzó 
á ejercer con más severidad las facultades que tenía, despa- 
chando cabos de partida á diversos lugares, para que per- 
siguiesen sin alce á' los sospechosos de adhesión á la causa 
revolucionaria. Las instrucciones de esos cabos eran ha- 
cer una nueva requisición en los vecindarios, imponiendo 
á sus moradores pena de la vida si en el plazo de 24 ho- 
ras no entregaban cualquier arma ó elemento de guerra 
que tuvieran. Por estos medios se desarmó totalmente á la 
campaña, y muchos vecinos que tenían escondida alguna 
canoa ó bote para utilizarlo en sus estancias, así como otros 
á quienes se les encontró lejos de ellas, fueron aprehen- 
didos por culpables, remitiéndoles á Montevideo, donde 
Vigodet les encerraba en los calabozos de la cindadela. 

Quedaba, empero, otro elemento más considerable que 
vencer, y eran las mujeres del país. Ha sido siempre reco- 
nocida la firmeza de carácter de la mujer uruguaya, dán- 
dose casos de superar en ese concepto al hombre. Por una 



1^00 LIBKO m. — U( IJQA FEDEBAL 

combinación de circunatanciaa felice»» en medio de los gran- 
des dedastres nacionales, ella ha sabido conservar el fuego 
de los instintos patrióticos ul lado de la sencillez que Le es 
ingóuita. Las mujeres de la campaila en tiempo de la Re- 
volución, eran casi t4Klas partidarias de la «lusa popular, 
y mientras sus maridos, sus hermanos ó aus hijos peleaban 
contra la dominación española, ellas alentaban sus pro- 
pósitos auxiliándole» en todo sentido. Servían de correos 
á las partidas patriotas, avisaban los movimientos del ene- 
migo, albergaban en sus casas á los heridos y enfermos, 
pirtían el |)an con los menesterosos, y propagaban en sus 
conversaciones, entre sus amistades, y aún delante de ene- 
migos, lo» princijúo» déla Revolución. Esta conducta peli- 
grosa no podía menos de llamar la atención de los rea- 
listas, y bien pnmto fue combatida j)or ellos. 

En 20 de Mayo, el comandante de la Partida Tranqui- 
lizadora expeilía un bando á loa comisionados de su de- 
pendencia, que se fijó cu lugares ptíblicos, y el cual de- 
cía : sí Por cuanto tengo noticias ciertas que algunas per- 
sonas de muchas villas y partidos producen expresiones 
denigrantes contra las disposiciones del Gobienio y de su 
íligno Jefe; sicialo el mayor número de estas alí/un as aire- 
vidas mujeres, (jiie fiadas en lo preferido de su sexo, les 
pareee que tienen alguna particubu- liljertad para expre- 
sarse de cualquiíT modo: — mando y ordeno á nombre del 
señor Capitán General de ( sta.s Prorincias, por el que me 
bailo plcnanuMite autorizado para poner el mejor orden y 
.sosiego en esta eampann, que b»s jueces y comisionados 
(le las villas y partidos celen á dichaa personaa si siguen 
en tal modo de producirse, y convencidos de su reinciden- 
da, procedan á su inmediata a prehensión, fro^iufo/oi como 



UBKO III. — LA LIGA FEDERAL 


267 


á reos de Estado y haciéndolas conducir bajo segura 
custodia á la Capitanía General^ para que el Jefe dis- 
ponga lo que sea de su superior agrado. » Esta declara- 
ción de guerra á las mujeres produjo un efecto contrario 
al que esperaban los realistas. Ellas soportaron los rigo- 
res de la persecución sin amilanarse: algunas fueron pre- 
sas, otras expulsadas de su hogar ó confiscadas en sus 
bienes ; pero ninguna cedió, estimuladas por la firmeza de 
las familias de Montevideo, á quienes Elío arrojara fuera de 
la ciudad durante el primer sitio, y que compartían con sus 
deudos la proscripción en el campamento de Ayuí ( 1 ). 

Después de autorizar estas medidas de persecución, se 
líabía dedicado Vigodet á poner algún orden en las finan- 
zas. Estaba el tesoro público exhausto, á causa de los dis- 
pendios que originaba el mantenimiento de tropas de mar 
y tierra, sostenidas solamente por fondos del Uruguay. 
Además, originábanse también nuevos recargos, con motivo 
de auxilios y prestaciones que se daban á empleados y fa- 
milias provenientes de Buenos Aires, huidas de allí por 
sus opiniones, y que el Gobierno no podía dejar abandona- 
das á su suerte. Todo esto aumentaba sensiblemente el 
desequilibrio entre las entradas y salidas del tesoro, á 
punto que hubo de adoptarse algún medio extraordinario 
para atender á la penuria fiscal. 

Desde el mes de Mayo, había convenido el Cabildo en 
recabar del comercio y capitalistas de Montevideo, un 
empréstito mensual, bajo el nombre de Empréstito Patrió- 
tico. Se fijaba por cuota general de contribución un cuarto 


(1) Diario del Comandante de la Partida Tranquilixadora (Revista 

del Plata, Montevideo). 



LinRO iri. — Ck IJOA FEDERAL 


por ciento 8obre Ion cnpital(*s araoneilados, hw ñucan y lew 
neijocios cii giro. La>» condiciones de ree'mbolso eran eeifl 
inescá de plazo por lo conirin, ó reintegro inmediato í cam- 
bio de cuabjuicT pago que los prestamlstaa tuvieran que 
hsu-er al tesoro píiblico. El tiempo (jue debía durar la co- 
bninza de este impuesto mensual, estaba fijado hasta que 
llegaran caudales esi»erados de Lima \\ otro conducto cual- 
quieni, que habilitasen al f Jobierno para hacer frente á «Ufl 
necesidades. Quedaban liq>otecadas en garantía del emprés- 
tit<>; todas las rentas íisc*ales administradas en Montevideo 
y su jurisdicción. Dos regidores nombrados por el Cabildo, 
?ran encargadu.s ile recamlar la.s sumas mensuales que 
A empréstito ajiortasc. 

La organización de la cobranza fué dificultosa. Mientras 
:c ]mice<lía á las tasaciones periciales y se recibían las de- 
•!aracioiu‘s exigidas, iba corriendo el ticmjX). Vigodet, que 
¡staba apurado por fondos desde que se hizo cargo del Go- 
íicnio, cmiK*zó a nrlanmr del Cabildo la ejecución de loe 
on tribuyen tes, y al íin pudieron realizarse algunas cuo- 
as. Por más que se titulase mensual el empréstito, no pudo 
er cobrado en esa forma, siendo necesario que se guarda* 
en sucesivas contemplaciones con los contribuyentes. El 
>tal de su jíroducto fué |iesos, 1 real, lo que mués- 

a d<- ]»asü el estado de la fortuna ])ública en Montevideo 
or aquella feclia. Esa suma se descomponía en los siguien- 
‘s rul>n»s: por fincas, I .‘ÍIO |k*sos. 7 \ reides; p$>r capitales, 
7<) pesos, (i ¡ reales; j>or tiendas, Olb'i pesos, 2 reales; por 
maeenes, 1^4<1 |k.*sos, 1 J reales. La moneda de aquel en- 
mees se ca leída l)a á ley de ocho reales Cíida j)C 80 (1). 


(1) Eiu¡>r(.aiitü ¡Kitriófico me usual (le li>12 (MS en N Archi. 



UBRO in, — LA LIGA FEDERAL 


269 


- Se deduce de todo esto, que si la situación de Vigodet 
antes de ajustarse el nuevo Armisticio era apremiante, des- 
pués del ajuste resultó más comprometida todavía. Sin 
embargo, comunicaciones reservadas del general Sousa, le 
hicieron entender que no le abandonarían sus aliados de 
la víspera; y esta promesa era leal, no porque mediase sim- 
patía hacia Vigodet ó España, sin ó porque la negociación 
Rademaker culminaba el vasallaje portugués. La Corte del 
Brasil no podía aceptar de buen grado aquel pacto, que 
subordinaba su política á exigencias tan imperiosas cual 
pocas veces las soportara hasta entonces. Estrechado el Re- 
gente por Strangford, había convenido, como se ha dicho, 
en poner fin á la intervención armada que mantenía en el 
Uruguay, acreditando un negociador cuyas instrucciones 
llevaban el sello de las incertidumbres de su espíritu. Mien- 
tras hacía entregar á Rademaker un oficio para Sousa, fe- 
chado en 19 de Abril, mandando á dicho general - ponerse 
en marcha reversiva para las fronteras de Río- grande,» 
expedía igualmente ordenes al enviado para no abrir nego- 
ciación alguna, sin previo acuerdo con el generalísimo ; á 
cuyo efecto debía desembarcar ante todo en la Colonia, 
procurando comunicarse por allí con Sousa. 

Entraba en los planes del Regente, prolongar las expec- 
tativas de ésta y cualquier otra negociación, á la espera del 
arreglo que Inglaterra había propuesto á España desde el 
año anterior, y en el cual se lisonjeaba de obtener su parte. 
El procedimiento no era nuevo en la Cancillería portuguesa, 
y el tiempo había acreditado serle convenientísimo. Ingi- 
riéndose en los tratados generales, casi siempre al arrimo 
del Gobierno inglés, Portugal había logrado todas las ven- 
tajas deseables, y ahora que el conjunto de sus intereses 



270 


LIBRO ni. — LA’ UOA rJTORRAL 


estaba nuevamente comprometido, ae esforzaba por no sa- 
lir de las tradiciones \igentes, temiendo perder en conce- 
siones aisladas, lo que le era |>osible salvar en un grande y 
definitivo arreglo. Mas para conseguirlo, necesitaba conser- 
var BU disputada posición en el Uruguay, que le daba per- 
sonería propia en el concierto de los intereses comunes. 
Ella le permitía tener en jaque á españoles y argentinos, 
suscitando las esperanzas y temores de aquellos con la pres- 
tación ó el retiro de la fuerza armada, y poniendo á raya 
las miras de éstos con su actitud agresiva. Por tal manera, 
quedaba Portugal dueño del fiel de la balanza política en 
las cuestiones rioplatenses, y cuanto más robusteciera di- 
cha actitud, mayor iba il ser su importancia en las solucio- 
nes do futuro donde le fuese requerido intervenir siguiendo 
las huellas de Inglaterra. 

Dados estos ¡ireoedentee, se comprende que las instruc- 
ciones de Rademakór adoleciesen de cierta vaguedad, muy 
explicable para quien supiera leer entre líneas. Pero contra 
toda.s las espenmzas, el emisario portugués no había que- 
rido hacer esa lectura. Prescindiendo de una cláusula ex- 
presa, Kademaker omitió consultar á Sousa, yéndose direc- 
tamente á Buenos Aires, para ajustar y firmar el mismo 
día de su arribo, un Armisticio por tiempo Üimiiado. Sin 
atender á que el ajuste no estaba ratificado aún por ambos 
Gobiernos contratantes, consintió en su publicación, y exi- 
gió su cumplimiento inmc<liato al ejército portugués acan- 
tonado en el Uruguay, despachándole correos extraordina- 
rios con la noticia. Semejante conducta, que revelaba en el 
negociador un menosprecio completo á las órdenes recibi- 
das, concurría á trastornar los planee fundamentales de 
la CV)rte del Brasil, ceñidos á revestir de carácter pro^uio- 



TJBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


271 


nal todo convenio en que entrase con España ó sus colo- 
nias americanas, hasta que el ya mencionado arreglo 
propuesto desde el año anterior por Inglaterra, fijase las 
bases de un tratado general definitivo. 

Quien primeramente rompió en declamaciones y protes- 
tas contra el nuevo Armisticio, fue Sousa, escribiendo á 
Río Janeiro sobre las inconveniencias y peligros de aquel 
pacto. A pesar de su ordinaria mesura para manifestarse, 
el príncipe Regente no se excusó tampoco de hablar en 
alta voz contra el ajuste. Hasta se asegura que intentó 
eludir su ratificación, fundándose én las informalidades co- 
metidas por el negociador, y en la obligación que le indu- 
cía á él mismo á declarar y sustentar la preexistencia del 
convenio de 20 de Octubre de 1811, en cuanto determi- 
naba el estacionamiento de los beligerantes sobre sus res- 
pectivas fronteras, y concedía á los españoles el Paraná 
por límite divisorio. Mas, estando de por medio Strangford, 
poco éxito debía alcanzar la protesta, si se hizo ; pues la 
inusitada publicación del nuevo convenio, antes de ratifi- 
carlo una de las partes, y los apremiantes avisos expedidos 
por Rademaker á Sousa noticiándole el caso, denunciaban 
que la cancillería inglesa había* pronunciado la última pa- 
labra. Ésta era la ley de entonces, y á ella debía someterse 
el Regente, por mucho que le costase ( 1 ). 

Ignoraba el gaieral Sousa que fuesen tan opresivas las 
influencias dominantes sobre su soberano. Enfermo, casi 
postrado, el viejo general, mientras hacía capítulo de ese 


(1) Tive de pessoa fidedigna — óice S. Leopoldo — ouvira a El 
Rei D, JoáOf que os dois suecessos, que mais o magoaraoy durante sua 
residencia no Rio do JaneirOy forao a morie de seu sobrinho o Infante 
D» Pedro Carlos, e este d^xairoso armisticio. ( Annacs, xvi. ) 



LIBRO in. — LA LIOA FRPERAL 


mal estar fÍHÍi*o para cHípiivar la retimda, abundaba <n ra- 
zone« á fm do conseguir la anulación del rK'icnte pacto. 
Nunca so había sentido durante lu campa IU l militarmente 
más poderoso que en aquel momento. No que confiaw en 
auxilios <lel exterior, pues ya no creía en 1» eticacia de la 
oxp<Mlición de (íoyenechc, « por lo menos j paralizada, y 
con la eual no había de contarse, > según sus propiíis pala- 
bras, sino que habiendo eon< ‘entrado sus tropas disponibles 
y de reftierzo en el Cuartel general de S. Francisco, hallá- 
ba.se al frente de unos ó.íMH) hombres c*un .T6 piezas de 
artillería, roi<mtras una flota naval de ."íí» buques de todo 
porte acababa de entrar al Plata, trayéndole municiones y 
víveres de conserva. El ejército d(> la Revolución, que en- 
tusiasmado en el primer momento, vadeara <*1 río Uruguay, 
se había visto ])recisado á repasarlo, temeroso de provo- 
car un eho(jue ctiyos resultados fueran la ruptura del nuevo 
Armisticio; y Vigodet, reposando en la protección de 
Sousa, escribía al generalísimo palabras que le estimulaban 
á perseverar en su actitud. 

No era extraño, pu<‘s, que Sousa insistiese en permane<*er 
dentro del territorio uruguayo, impulsado por los motivos 
expuestos, y otros <*uyo jwrmenor honraba sus previsiones- 
«Los verdaderos punt4>s de defensa de nuestras fronteras 
— decía — existen en la Banda ( Iriental; — 3l)0 hombres 
en la fortaleza de Santa Teresa, que ahora debemos aban- 
donar, nos ahorrarían 4,00 que es prec‘iso apostar en laa 
guardias del Cerrito, Tahim y Albardón, para poner el 
Río -grande á cubierto de iiiviisiones ; — un destacamento 
de r>00 plazas en Cerro -Largo, patrullando Tacuarembó, 
Btipliría ú otros cuatro indispensables para guarnecer la lí- 
nea desde Yagua ron hasta los cerros de Santa xinsi; y un 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


278 


ejercito de 3 á 4,000 hombres, apostado en la margen 
oriental del Uruguay desde el Salto hasta el Ibicuí, en 
Cuanto los buques de guerra 'tle Montevideo obstasen al 
pasaje de las tropas enemigas río abajo, cubriría toda la 
grande extensión de cerros de Santa Ana hasta el Ibicuí, 
y protegería las Misiones portuguesas, que además tienen 
su guarnición particular. » Considerando que todas estas 
ventajas no podrían conseguirse con 7 ú 8,000 hombres 
acuartelados en la frontera brasilera, á más de los crecidos 
gastos que debiera originar su manutención, Sousa abogaba 
por la imprescindible unión con Vigodet, y al efecto, pro- 
ponía que no se ratificase el nuevo Armisticio sin com- 
prender cuando menos al Capitán general en sus cláusulas, 
dejándole una jurisdicción hasta la margen del Paraná ( 1 ). 

Tenía casi por seguro el. general portugués, que sus 
observaciones iban á ser atendidas. Cuando no contribu- 
yeran á ello las informalidades con que Rademaker se 
había extralimitado, prescindiendo de consultarle en el úl- 
timo ajuste, pensaba que las razones militares aducidas, 
bastarían á inclinar el ánimo del Regente en favor suyo. 
Por eso era que, desobedeciendo los mandatos del flamante 
emisario, en vez de iniciar su retirada, Sousa persistía en 
mantenerse firme, á la espera de lo que resolviese el Prín- 
cipe, cuyas últimas órdenes alegaba no haber recibido. Esta 
actitud expectante, que mientras alentaba á Vigodet y los 
españoles de Montevideo, contenía la marcha de las tropas 
revolucionarias, vino á justificarse con el éxito de las últi- 
mas operaciones militares. Desde principios de Marzo, 


(1) Oficios de Sousa ú G alce las, 21 Mayo y 13 Junio IS12 {Hev 
do Insf cit ). 


DOM. ESP. — III. 


18 . 



¿(t LIBRO 111— LA LIGA FEDERAL 

littbúi autorizmlo Sonsa una exjM.‘<licióii contra los cho- 
rró as y mi mía ncH, cuyas p;irti»las avanzadas operal mn 
Im-c 1«»s p<irtugiicsea, incomodándoles día y noche. A jx-sar 
del tiempo tnmacurrido y las órdenes especiales, ninguna 
noticia reciliicm <lurante tres meses, Intsta fjue iiuwpí^rada- 
incntc le ll<*gó el parte de una victoria. 

KI hecho se hahía producido en lli de Junio, por sor- 
pri^sa, junto al arroyo <lc Tjanrcleg. Ca.si invadeable j>or lo 
escarpado y agreste de sus p;isos, el arroyo comlucía á 
unos tlesfiladeros que apenas daban entrada de frenU* á un 
hondire á caballo. Ocultos entre miuellas defensafl natum- 
le.s, tenían «lispuestos sus toldo.'í los indígenas, mientras 
una }>equeria guardia, situada en la loma ó barnnica más 
prominente de la orilla, vigilaba la llanura. De las varias 
divisiones <lestaciidas con el fm de procurar su encuentro, 
cui)0 á la <Iel tenienU‘ coronel Ignacio dos Sant^js Pedroso, 
compuesta de las tres armas, la suerte de lograrlo. Con 
aviso seguro del paraje donde se hallaban los indígenas, e;i- 
minó ea utilosamente hasta él, y á las ó de la mañana del 
de Junio, guiado por los inciertos clarores del alba, 
cayó sobre su campamento. Cuatro horas duró el fuego, 
oponii‘iido le.s asaltados una nsisteneia digna de la euijK'- 
ñosa teiiaeidad de los asidtanU's. J)ÍS|iersáronse por último 
los indígenas, después de haber ilejado en el cam|)o 4 jefes 
y su soldados muertos, 04 mujeres y niños prisioneros, 
y linos á .‘IJIOO caballos, que el .enemigo apreso. 

Los jiortugueses, con su sos|XH*hosa wonomía de cos- 
tumbre, sólo .so atribuyeron la [xVdida de J muertos y 
heridos { 1 ). 


(1/ i/r iijco >22 V .To .íiiiiín 



JJBRO JII. ^LA LIGA FKDERAL 


275 


Dueño ele la campaña uruguaya después do aquel golpe, 
porque las ti ibus indígenas eran á esa fecha el único grupo 
considerable de las fuerzas deda Revolución en el país, todos 
los hechos visibles deponían en favor de Sonsa para justi- 
ficar sus negativas a retirarse del suelo ocupado. Razones 
de otro orden, confirmaron el acierto de semejante actitud. 
Los españoles de Buenos Aires, bajo la dirección de Don 
Martín de Alzaga, habían comenzado á tramar una con- 
juración, no ignorada de Sonsa, y á la cual en cierto modo 
cooperaba el generalísimo, alentándola con su presencia en 
el Uruguay y las buenas disposiciones demostradas á fa- 
vor del restablecimiento del antiguo régimen en las colo- 
nias platenses. Admitido el testimonio de los enemigos de 
Alzaga, existía entre Sousa y los conjurados un compro- 
miso, por el cual se obligaba el generalísimo á desembarcar 
en Buenos Aires luego de consumado el plan, para cuyo efecto 
se había levantado entre los españoles una suscripción de 
500,000 pesos, destinada á costear el viaje de las tropas 
portuguesas. Pero sin que pueda haber la menor duda de 
que una vez derribado el Gobierno revolucionario. Sousa, sin 
necesidad de ofertas pecuniarias, habría marchado sobre la 
Capital, como ya tenía orden de hacerlo apenas asomara 
Goy eneche, es muy verosímil que la pretendida suscripción 
de 500,000 pesos, y otras indicaciones de esa magnitud, que 
se propalaron en el primer momento, ó que arroja el sumario 
instruido por Chiclana, Irigoyen, Monteagudo, Vieytes y el 
fiscal Agrelo, no fueron más que fantasías destinadas á co- 
honestar 41 fusilamientos, 10 expatriaciones, 17 condenas 
á presidio, 7 multas y 1 destierro con su respectiva confis- 
cación de bienes, llevados á efecto sobre los seglares y clé- 
rigos que resultaron comprometidos en aquella intentona. 



1.1 Mm> III. — LA LIGA F^.DERAL 


Máií liai-fdero y CToíbh», [X)r eiiniatlnirs<' on lo niníuial, 
vr.\ quo loH cniijur.ulos contafien con óOO honibret^ de de«- 
enilmrco, Humini^<t^HdoH por la fíicuíidrilla eupaflola que vi- 
j^ilaba el puerto de líuenoa Aire>* d<*rfde la nula exterior. 
Knte auxilio, aunque hoy parezcíi mezquino, no lo era en 
verdad ; puef* la guarní eión de la Capital w» eoni ponía en 
aquella feeha, de algunos artilleros, dOo soldados escasos 
del regimiento níimero ‘J, y un ixdolón de reclutas que disci- 
plinaba I). .Tosí d(“ San Martín, Imno de sus eílebres 
nrufi rot; d ralmlio. ranibién es admisible sin esfuerzo, que 
las coiniinirju ioncs de loa conjurados con la ílotilla naval, 
y di'sde ésta con Vigodet, se efectuasen ¡nir algunas quin- 
tas de e.spañoles situadas (*n las orillas de Buenos Airc^, 
dntide podían entrar y salir tic iim^ignito oficiales de la 
marina realista. Y por último, ninguna duda ofrecíc tam- 
poco, el que se llevara á efectn un reclutamiento de adhe- 
rcntcs entre diversas cbiaes de la societlad espaflola, pues 
el alzamiento no jx)día producirse careciendo de semejante 
núcleo. 

El Triunvirato, como que estaba interesado en abultar 
estos indicios, los cla.sitici) desde el primer momento, cual 
síntomas ])reeursore.s de una pavorosa reaeciún inonárquúii. 
Sintiéndose im]M»pular y rotlcado de emanigos, vio abierto 
el camino de reciqvrar prestigio propio 6 inqioiier silencio 
a sus contrarios, desde que asumiese la defensa del interés 
común, abogando i‘ii g(*rmcn un mo^imiciitQ.que se BUjxmía 
ansioso de verter á torrentes la sangre tle todos los ojxisi- 
tores al antiguo régimen. El desprestigio del Triunvirato 
había nacido junto emi la designaeiún de Sarratea jatni 
¡efe del ejército de operaciones en la Banda <driental, y 
?on fin naba aeentiuíudose ]>or efecto de las metlidas subsi- 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 277 

guien tes it aquel raro nombramiento. Al cambiar sus fun- 
ciones de triunviro por las de general en campaña, Sarra tea 
fue interinamente sustituido jior Kivadavia, cuyo carácter 
de Secretario de Estado le daba esa prerrogativa constitu- 
cional ; entrando á ocupar la secretaría vacante, D. Nico- 
lás Herrera, quien muy luego pasó á ser Secretario general 
y único. Rivadavia y Herrera se completaban, pues lo que 
sobraba á aquel de imperativo y obstinado, tenía éste de 
inteligente y flexible, así es que unidos, constituyeron uiia 
fuerza. Eran dueños del Gobierno, cuando aconteció que 
los poderes del Dr. Passo, otro de los triunviros, cayeran 
eu caducidad, y desde luego se propusieron subrogarlo con 
persona de su satisfacción. 

Preceptuaba el Estatuto Provisional, ó sea la Constitu- 
ción promulgada y jurada por el.. Triunvirato, que los vo- 
cales del Gobierno debían removerse cada seis meses, 
empezando por el menos antiguo en el orden de nominación; 
y para elegir al reemplazante, debía convocarse una Asam- 
blea General compuesta del Cabildo de Buenos Aires, las 
representaciones que nombrasen los pueblos, y un número 
considerable de ciudadanos, que el Decreto reglamentario 
de 19 de Febrero de 1812, tenía fijado en ciento (1). 
Cautelándose del predominio de sus adversarios en una 
Asamblea electoral tan numerosa, Rivadavia y Herrera 
indujeron al Gobierno á derogar administrativamente lo 
preceptuado por el Estatuto, reduciendo á 33 el número 
de electores clasificados. Con semejante maniobra, se hizo 
posible el triunfo de la candidatura de D. Juan Martín de 


(1) Estatuto Provisional de ISll (Col Vai’ela). —López, Ilisl de la 
Rei) Aro: iv, iii. 



U ( o 


í.inUO Iir. n- I*A I.IOA FEDERAL 


PueyiTcdón, blanco en enos moinentotí de Ir i^io^idad jw- 
pular. No obnliiiite Ihm vinculacioin» ma«óiiica8 do Puey- 
n-edóii, creció la reaintencia al Gobierno, nacida del aeno de 
las logias niisinas. Adunábanse para avivarla, laa quejaa 
contra el nionoj)olÍÉ) de todas las secretarías de Elsttiio por 
HeiTcra, el misterio que prevalecía en la gestión de los 
asuntos internacional^, y el menosprecio inspirado por 
Sarratea, cuyo noinbrainicnto de general en jefe, ridiculi- 
zaban á coro militares y civiles 

Ajiista<lo el Armisticio entre el Triunvirato y Kade- 
niaker, se modificó un tanto esta malqucTcncia general. 
Pero muy pronto, con motivo de las resistencias de Sousa 
ii desocupar el Uniguay, la enunciada ventaja diplomática 
se consideró perdida, y las cosas volvieron á su antigua ti- 
rantez. El personalismo dominante en los actos del Go- 
bierno, que todo ht sometía á su capricho, sin resiMitar le- 
yes, costumbres, ui antoct^tlentcs individuaU's, hería en lo 
más vivo el amor projáo de la opodción. Estimulada esta, 
de.sdc el fondo tic la logia Lautaro, pí>r Al vea r y San 
Martín, que ambicionaban apoderarse do los grandes man- 
dos militares, y explotada en la prensa jxir Monteagudo, 
que parodiaba {\ Miirat para hacerse un jiedestal jxdítico, 
había estrechado al ( íubierno de tal suerte, que todos los 
lecnrsos de Herre ra j>ara distraer la ateneióu póbliea hacia 
el lado <le las reformas orgánicas de la Administración, 
redactando proyectos y documentos donde por primera vez 
lucía, dcsfle la ausencia de Moreno, el vigoroso estilo de 
un estadista, se estrellaban contra el criterio en boga. 
No era extiani», pues, que a set! i a do entre el descontento de 
los suyos y la amenaza permanente de una reacción por 
[)arte de los corifeos del regimen colonial, el Gobierno 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


279 


maguificRse las proporciones de la conjuración de Álzaga, 
haciéndola servir de ese modo en beneficio propio. 

Sea de ello lo que fuere^ volviendo á la intentona 
realistíi, aconteció que en los últimos días de Junio, un 
esclavo llamado Ventura, manifestaba á su ama, haber 
recibido invitación del capataz de la quinta de D. Martín 
de , Alzaga eu Barracas, para entrar en una conjuración 
de españoles contra las autoridades revolucionarias. De- 
nunciado el hecho por la señora al alcalde jurisdiccional, 
este formalizó y remitió al Gobierno las indagaciones 
del caso, sin merecer que de inmediato se tomaran en 
cuenta. Pocos días después, se presentó á la autoridad 
la suegra del español Recazéus, que deseando salvar á su 
hijo político, comprometido en la conjuración, la denunció 
con mayores detalles, pidiendo por recompensa, la vida del 
indiciado. Dueño de semejantes datos, y combinándolos con 
la advertencia que ya le había liecho Rademaker, de estar 
acechada la autoridad revolucionaria « por enemigos muy 
poderosos que la hostilizaban de cerca, » no vaciló el Go- 
bierno en adoptar una actitud tan generosa con los denun- 
ciantes, como feroz con los conjurados. Mientras concedía á 
la suegra de Recazéns la vida de éste, y se preparaba á com- 
prar la libertad del negro Ventiu-a, premiándole además 
con un escudo de honor y un sable, ordenaba se procediese 
á un ruidoso y ejemplar escarmiento con todos los que 
resultasen directa ó indirectamente comprometidos en la 
conjuración ( 1 ). 

Sin levantar mano, empezaron las prisiones, y las sen- 

(1) Aulobiografia de Agrclo (cit). — Niuiez, XoUctcis Piirtc).— 
Ijópez, Hisi de la Rep Arg ; iv, in. 



, t-.tr 


LIBRO rri. -r; LA LIOA FEDEILVL 


tenriuH dt* muertt* hi re!)el<líiL Cbiclaiia, lrigoy<*n, Monle- 
agialo, Vicytcs y Aprlo winio fiscal, se rejwrtieron el tnihajo, 
¡MMtruyernlo Pt‘Hpeeti vilmente sumarios sepsiradon, que w 
guían la dirección aHiimida {>or cada una de laa denunciaM. 
jSemejantc imitación de los procedimientos del tribunal re- 
volucionario f raneen, halagaba loa instintos de Monteugudo, 
y se avenía muy bien con los de Agrelo, el Fouquier-Tia- 
ville de las circunstancias, que debía reivindicar puní sí, 
algunos años más tardi-, los laureles de aquella jornada 
páílica, llevada a efecto, sigun sus palabni«, c con orden, 
criterio y decisión; recordando cimiplacido el ascen- 
iliente que su firnu'za le había granjeado entre los hombres 
espectables de la éjioea, y el terror con que dewle entonces 
le miraron los re.distas. A las doir de la noche del '1 de 
Julio, corrió la voz de que los conjurados, al sentirse des- 
cubiertos, se preparaban á vender caras sus vidas. Con 
esto creció el afán de aprehender á D. Martín de Alziiga y 
sus de|K‘ndicnti*s y allegados, procu ni n< lóseles con toila 
instancia. Mandáronse alzar varias hon*as en la plaza ma- 
yor, y se <lcr tilló i‘l día siguiente para emjH.‘zar las ejecu- 
ciones, 

A las II de la mañana del expresado día )í, fueron fu- 
silados y colgados en la horca, el capataz de .Úzaga, el 
yerno de este L). Matías Cámara, y el comerciante D. 

< 1ro de la Torre, después de habérseles dado una hora de 
término para disponerse. El domingo 4 de Julio, á las 1*J 
de la noche, se aprehendió ai mismo A Izaga, qm* ya estaba 
senti neiado á muerte en lelx ldía; el cual, liahiéndose eiici- 
rrado i*n el más absoluto silencio ante sus acusailon^s, fué 
puesto en capilla y eji'cutíido y colgado á la mañana si- 
guiente. El dái II be ejmiló á D. Fciijie Seutenaeb, iKim- 



LIBRO III, — LA IJQA FEDERAL 


281 


pañero de Alzaga en los trabajos de la reconquista contra 
los ingleses; el 13 fue fusilado fray José de las Animas, 
bajo la acusación de ser uno de los agentes principales de 
la conjuración tramada, y de ahí en adelante siguieron las 
ejecuciones, deportaciones y confiscaciones con una insis- 
tencia, que provocó serios disgustos entre Pueyrredón y 
Kivadavia, empeñado aquél en que cesasen las crueldades, 
y éste en que prosiguiesen hasta el fin. Muchas de las víc- 
timas eran inocentes, sobre otras sólo recaían moras sospe- 
chas, y todas fueron castigadas con un rigor y menosprecio 
de los procedimientos tutelares de la justicia, que deshonra- 
ron al Gobierno central. El espanto de los españoles fue 
tan grande, como la indignación de la parte sana de Buenos 
Aires, que protestó dolorida contra aquella carnicería ( 1 ). 

A raíz de fracasada la conjuración de Alzaga, escribió 
Kademaker á Sousa, con fecha S de Julio, urgiéndole para 
que se alejase del Uruguay, en cumplimiento del nuevo 
Armisticio convenido. La devoción de Rademaker por 
Lord Strangford, sólo comparable á la de Sarratea por el 
mismo personaje, le había llevado á desempeñar en Buenos 
Aires im papel análogo al que. desempeñara en Río Ja- 
neiro el agente argentino. Al igual de aquél, Rademaker 
no había tenido escrúpulo en revelar al Gobierno ante el 
cual negociaba, las intimidades y secretos que podían difi- 


(1) Los españoles - Lópaz — quedaron aterrados para siempre 

en Buenos Aires : los padres de fa)nília hiCSrahan como por favor hi- 
jos del país con quienes casar sus h^jasy para que les sirvieran de ga- 
rantía en sus bienes y en su quietud personal El general Bcigrano, 
según su bien informado biógrafo^ reprobó con dolor la demasía inú- 
til y cruel de esta represión. La parte sana dcl país no se mo tró 
tamqyoco satisfecha con la inmolación de tantos habitantes conocidos^ 
muchos de ellos muy estimados (loe ck). 



LiHBO rri. — yi liga fedkral 


cultjir su situneinn, y (íq eso concepto, abriéndose particii- 
Inrraeiite í-on alguno de sus miembros, o dirigiiTidog<‘ con 
me<iias jw labran á todos ellos, los denunció loB proyectos 
de Alzaga, y se esforzalm en romper to<la combinación 
entre el ejército de Sonsa y aquellos tnibajos reaccionarios. 
lA>grada la jírimera parte de su objeto con el exterminio 
de la ^conjuración, no quería abandonar Buenos Aires sin 
que el generalísimo se pusiera en retirada par¡t Río -grande, 
demostrando en este último pinito nn empeño que agotó 
la paciencia (le Sonsa. 

Recibido el olieio de S de .íulio, contestó el general ¡lor- 
tugnés a Radeniaker, (pie juzgaba de su deber desligarse 
del Aniiistieio, mientras ignorase si el Regente (] nenia ó 
n<> ratiliearlo, y aún en el primer supuesto, onlenarle lo 
observase en la forma concebida. Al trasmitir wipia de 
esta respuesta al conde de Galveias, decía Sousa : Empero 

que mi cauteloso procedimiento será aprobado ¡H>r V. Ll, 
visto (jue no embaraza tu nada la.s ulteriores determina- 
ciones de S. A. K., á (juien V. E. se servirá hacerlo UkIo 
presente. (bn nueva insistencia, sin embargo, prt»s?guió 
acosando Uademaker al generalísimo para que se pusi(*ra 
en retirada, y aun eaaiulo su|>o que la Corte de Río Ja- 
neiro le I labia enviado al íin esa orden, no excuts'» de 
escribirlo, en Ibi íK* Ago.-to, un último oíioio, ix>r conducto 
de Sjirratea, haciéndole cargos tan graves, que Sonsa no 
pudo menos de calificarlos ante su Gobierno t*on el duiado 
de insolentes ( 1 ). Así eoneluyó atiuella inopinada gestión 
del agente [Ku tugués en favor de la jiolítiea inglesa, oue al 



LIBRO lir. — LIGA FEDERAL 283 

cimentar el triunfo de Strangford, favoreció la exi^ansión 
revolucionaria en el Río de la Plata. 

Libre de trabas el Gobierno de Buenos Aires, apenas 
tuvo seguridad de que el Armisticio sería ratificado por el Re- 
gente, ordenó á Sarratea que avanzase sobre territorio uru- 
guayo. Llegado en Junio á las proximidades del campa- 
mento de A3-UÍ, el triunviro había encontrado, dé parte 
de Artigas, un cordial recibimiento. Después de rendirle 
los honores militares debidos, el Jefe de los Orientales 
pasó á su campo con muestras de la mayor deferencia. Sin 
aparentar hasta entonces otra misión que la de cambiar 
ideas sobre un nuevo plan de campaña, Sarratea afectó 
tener en mucho al caudillo, fingiendo prendarse de sus de- 
mostraciones. Habló de la necesidad de un avenimiento 
perfecto entre todos, y del sincero propósito que le ani- 
maba para coadyuvar al triunfo común, con cuantos medios 
estuvieran á su alcance. Pocos días más tarde, se le in- 
cor j)oró el coronel D. Francisco Javier de Via na, con 
un séquito de oficiales destinados á componer el Estado 
Mayor, rodeándole desde aquel momento con el boato de 
general en jefe. No tardó mucho en que el reconocimiento 
del cargo fuese exigido á nombre del Gobierno, por medio 
de una orden general, y así resultó que Sarratea, sin previo 
aviso ni consideración alguna, sustituyese á Artigas, arran- 
cándole el mando del ejército de operaciones. 

Artigas reconoció al nuevo jefe. Asimismo, trasmitió la 
comunicación recibida á las fuerzas de sus inmediatas ór- 
denes, aunque, según sus propias palabras, « sin usar la ar- 
bitrariedad inicua de exigirles su'obedeci miento. » Esto era 
apartarse de las reglas militares, correspondiendo á un ve- 
jamen con un principio de sublevación. Pero, en vez de 



284 UBRO m. — LA LIGA FEDERAL 

aplicar el com*<*tivG com^HponíIicnte á la fultíi, Harrat(?a, 
fpic e¿»pial)íi toila oi>ortu nielad imíhi dc^hacen^e de iin rival 
odiado, resolvió promover el desbande de las fuerzas de 
Artigíis, trabajando con ese fín á los subalternos que ro» 
Jenban al caudillo. El más s(‘ñalado de todos» era 1). Ven- 
tura Vázquez, compañero de Artigas en la jomada de las 
Picílnis, V á (jnien ^ste j>rofesaba especial wnsidención, 
habiéndole entregado v\ mando <lel regimiento de Blanden- 
gues, su cuerpo preililccto. Sarratea se dirigió á Vázquez 
incitándole á abandonar las fílas de Artigas, para dirigirse 
id Caiartel geiHTal. Aceptada la proj menta, el jefe se<lucido, 
!il frente de su n^imiento, salvó de sorpresa In distancia de 
5 kilómetros que mediaba entre los dos campos, poniéndose 
á órdenes <le Sarratea, quien bautizó á los Blandengue» con 
el título de batallón numero 4 de infantería de línea ( l ). 

La imj>resión causada por el hedió fué tan ¡x*nosa para 
Artigas, como desmoralizadora para .su prestigio. Sarratea, 
satisfecho del gol|M* que le había infligido, no se <lió punto 
lie rcjJOso en continuar estimulando la disgrt^ción de las 
fuerzas orientales. l‘mtonado jmr las noticias que recibía 
de Buenos Aires sobre el éxito de la misión Rademaker, y 
desea ndi) cumplir en cuanto le fuera jKisible, las instruc- 
ciones con que se encontraba para desliaciTSe de Artigáis á 
cualquier precio, extendió sus trabajos disolventes, de los 
jefes con mando de fuerza, á las familias emignidas. Ma- 
nifestaba á los primeros, la escasa recompensa (jue ¡xidíao 
obtciRT al servicio de un (“audillo oscuro y pobre, mientnw 
les cs|HTaba el honor y la fortuna poniéndose á ónlencí: 
dcl Cíobierno central. A las familias les hacía deí*ir, (jut 


! I i AtiUHÍf '1 hontntítrtfs (¡rl nmtHi'l IJ. Ventura rrhwf i K’ol ^ 



UBRO III. — I.A LIGA FEDERAL 


285 


las angustias ilo la situación á que se veían reducidas, oran 
oí producto do las nmqui natrones do Artigas, pues in ion- 
tras la }H'rsona del caudillo ^estuviese de pió, no podrían 
retornar á sus hogares. 

Pi-odujeron efecto estas razones en tro la gente do ar- 
mas. Don Podro Viera, que mandaba una división do 8lH) 
hombros, y D. Baltasai- Vargas, que mandaba otra do OlM», 
so encaminaron con sus fuerzas al campo d(‘ Sarratea, si- 
guióndoles inmediata monte algunos oficiales do partida, 
arrastrados por el ejemplo. A poco andar, D. Ensebio Val- 
denegro, que ora el Mayor-general' do Artigas, tomó el 
mismo camino. Este oficial, dotado de talento distinguido, 
poeta y orador, debía toda su posición al Jefe de los Orien- 
tales, que del unís humilde estado le había traído á la os- 
poctabilidad. Educado iior un religioso (pie le ensebó lí 
leer y escribir, ajíonas sacudiera aquella tutela, al denegro 
se hizo gaucho pendenciero, de cuya vida le arrancó Arti- 
gas para transformarle en sargento <le Blandengues, y una 
vez estallada la Revolución, lo nombró ayudante de campo. 
Hombrt‘ sociable y culto en aquella fecha, como que so 
había corregido de sus antiguas malas costumbres, Valde- 
negro sintió desarrollarse en su alma ambiciones que hasta 
entonces habían estado dormidas. Bajo la intriga experi- 
mentada de Sarratea, esas ambicioiu'S tomaron formas 
¡nqíeriosas, y mareado por la adubuión y las promesas de 
una alta fortuna, dió la espalda á sus compañeros, para 
sei* desde el día siguiente su enemigo más cruel. Artigas 
lamentó este golpe, con mayor anqdiliul que ninguno de 
los que hasta entonelas le habían herido ( l ). 


fl) Menhfrias im ditas dcl conmt't />. línmón d* ('tnrirs 





IJBno IIL LA UGA FEDERAL 


Aniargíido por contrarieclíKlc**?, el Jefe de Ion Orien- 
tsiles pi‘ dirigió ii Sarratea, afeándole Iob procetliTOH obncr- 
vados cf)ii ól. Íaí hizo Hontir la extruñeza de verse tratado 
como enemigo, cimiido estaba dispuesto á servir una causa 
cuyos elementos de guerra habían obedei-ido sus órdenes 
hasta poco tiempo atrás; y le (^*hó en csira el malestar 
que semejante conducta producía, dividiendo las volunta- 
des en presencia del adversario comón. I*oca mella hicieron 
al triunviro las obsiTvaí-iones del csiudillo, interesado como 
estaba en aniquilarlo; pero no sm*edi6 lo mismo con algu- 
nos jefes di*l ejército argentino, quienes, disgustados de la 
preponderancia que empezaba á tomar la intriga en las filas, 
no se reportaron de manifestar su displicencia. Este des- 
agrado inicial, que no advirtió ó no su[x> interpretar Ba- 
rra tea, era el comienzo dol movimiento que debía barrerle 
de la esct'iia. 

Meditando sobre su extraña situación, Artigas compren- 
dió al lin, que los manejos de Barra tea no eran caprichos 
sugeridos jK)r la soberbia del mando, sino un plan conc*er- 
tado en t‘l seno del Triunvirato, para suprimirle ii él y do- 
minar sin obstáculo el país. Con semejante* seguridad, se 
abstuvo de dirigir sus quejas al Gobierni»; pero en cambio, 
creyó oportuno trasmitir á los hombres sensatos de Buenos 
Aires una relación de lo acontecido. Al efecto, escribió á 
varios amigos de su mayor confianza en la Capital, entre 
elh )s el T)r. 1). Francisco Bnino de Ri varóla y D. Felipe 
Caldoso, narrándoles circunstanciadamenU' los hec'hos, y 
cometió la cntrt^ga de esa corresiiondencia á 1). Vicente 
Fuentes, oficial de tanta entereza como criterio. Mas antes 
que el emisario llegara á su destino, tenían los hombres 
dcl Triunvirato conocimiento cabal de cuanto había pusado 



UBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


287 


entre Artigas y Sarratea, y habían emprendido una nego- 
ciación diplomática con las autoridades españolas de Mon- 
tevideo, para desembarazarse de obstáculos y dejar burla- 
dos á los orientales. 

A la verdad, y debe declararse en honor suyo, Sarratea 
no se había portado ala altura de sus instrucciones. Urgido 
para que se apoderase de la persona de Artigas, retrocedió 
ante la responsabilidad del asesinato, fuese por repugnarle 
ese recurso, ó porque le asustase la calidad de la persona 
que se le indicaba como víctima ( 1 ). Proceder tan vaci- 
lante, echaba por tierra los planes de los miembros del 
Triunvirato y sus amigos, quienes, antes que el aniquila- 
miento de las fuerzas de Artigas, iban buscando la supre- 
sión del hombre, cuyo prestigio trascendía á los pueblos 
más apartados de su influencia personal. Desaparecido el 
caudillo, quedaba sin dirección ni arrimo, el poderoso nú- 
cleo de opinión republicana formado bajo sus auspicios, y 
entonces era factible disolverlo por la corrupción ó la ame- 
naza. Pero mientras existiese frente á la oligarquía enca- 
ramada en el mando, una personalidad con fama suficiente 
para atraer sobre sí las miradas del vulgo, induciéndole á 
hacer comparaciones, estaba abierto el proceso de la situa- 
ción y no lejano el día de una sentencia que podía ser irre- 
vocable. Puesto que no encontrase instrumento adecuado á 
sus propósitos de exterminio, el Triunvirato no desesperó 


(1) En esta época — dice V e.dia— recibió el general en jefe I). Manuel 
de San'alca, varias comunicaciones reservadas, en que se le instaba á 
que se apoderase de la persona de Artigas ; pero esto no lo verificó el 
dicho general, porque temió que recayese sobre él la responsabilidad, 
atentando contra un sujeto que ya entonces gozaba de un renombre 
glande entre lodos los pueblos de la Unión ( MemoHa, oit ), 





IJBnO Hí. — LA LIGA FEDERAL 


H¡n emiisirjro de miiil;ir íi Articas, y mn ci^U* óltinio fin» «f 
hiihía dirigido A Iuh nutí^ridadefl cspaflolaa de Montevideo, 
Hegíiii quetla i‘xj)re3aílo más arriba. 

Su plan en» raptarfie las voluntades del Gobernador y 
Cabildo de la ciudad, para firmar un tratado provisional 
de paz bajo los auspicios de Inglaterra y con la garantía 
d<* esta potencia. La duración del pacto debía tener por 
límite el de la guerra continental europcM, quei lando entre 
tanto Montevideo romo en depósito, para ser entregado á 
^s])ana, si ésta triunfaba do Napoleón, y en <‘nao contrario 
correría el albur de los demás pueblos riopla tenses, sobre 
cuya suerte no se estatuía nada, en ninguna de las dos 
eventualidades previstas. Elsmerábase el Triunvirato por 
garantir el predominio de los realistas sobre Montevideo y 
el iTuguny, comprometiéndose á mantener los empleados 
civiles, políticos, militares y (H'lesiásticos en la tranquila 
posesión y goce de sus empleos; devolver sus propiedades 
á los ex patriados, á (juienes la contienda imperante había 
hecho caer en despojo; pagar sus sueldt>s- íntegros á todos 
los jefes y ollciales sueltos que se hallasen al servicio de 
España en el [)aís, mientras no prefiriesen trasladarse, j)or 
cuenta deí Estado, al paraje de su elección; ofreciendo, en 
fin, á los marinos, la disyuntiva de qutslarse con sus bar- 
cos, ó marchar libremente donde mejor Ies acomodase. 

A estas ofertas de urden personal, se juntaban otras do 
orden comercial y |*olítico. Prometíase establwer el comer- 
cio libre con todas las naciones, al igual que en Buenos 
Aires, y asimismo, era entendido que en los deimbi bene- 
ficios y ventajas, serían e<ju¡ parados bis habitantes del país 
con los de la orilla opuesta. Mientras su destino final jier- 
maiiceiese indeciso, el Uruguay tendría cumo provincia» su 



LIBRO IIL — LA LIGA FEDERAL 


289 


repi’esentacioii en el Congreso, en la Constitución y en el 
Gobierno que se estableciese. La Plaza de Montevideo 
quedaría bajo la custodia de un Gobernador militar y una 
guarnición de 1,500 veteranos. Formuladas en trece artí- 
culos, el Triunvirato encabezaba estas bases con el epígrafe 
de «Condiciones que se obliga á observar inviolablemente 
el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata 
con respecto á la Plaza de Montevideo y sus dependencias, 
en el caso de que se una á esta Capital, rejonociendo como 
los demás pueblos su autoridad.» (1) Dos copias de un 
mismo tenor fueron expedidas, una para Vigodet y otra 
para el Cabildo, y con las respectivas notas de remisión, 
fechadas en 28 de Agosto, partió el capitán D. José María 
de Echauri á entregarlas á sus títulos. 

Ni una palabra á favor de los independientes en armas, 
contenían las condiciones antedichas. Al igual de lo prac- 
ticado cuando el Armisticio de 1811, sé prescindía de ellos, 
sin dejarles otra perspectiva que la emigración ó el some- 
timiento á las autoridades realistas, destinadas á quedar en 
tranquila posesión de los cabildos, de las milicias, de los 
curatos eclesiásticos, de las reparticiones militares y de la 
marina de guerra, mientras la contienda europea decidía si 
esa posesión se transformaba ó no en propiedad definitiva. 
La Banda Oriental, en concepto del Triunvirato, no había 
salido de la condición de bien mostrenco, á pesar de los 
esfuerzos de la mayoría de sus hijos en el Colla, Paso del 
fley, San José, Piedras y Colonia ; á pesar de la emigración 
en masa al Ayuí; á pesar de la personería adquirida en el 
concierto de la Revolución sud- americana, cuya fórmula 

(1) Gaxeía de Montevideo (14 Septiembre 1812). 


Dou. Esp. — ni. 


19 . 



Aort I4BBO nr. — r.ir.A ffdi?bat. 

había díido y cuya muerte había contribuido A fijar. La 
única porción privilegiada y digna de acogerw al derecho 
de gentes, eni el gruixi de enjpeciiiados y reaccionarios, 
criollos 6 españoles, que uiimban en las hornis levantadas 
por Elío, 6 en las parlitía^ (ranquilizfuioran de V’^igodet, 
el ideal de la justicia humana. 

Pero aquellos exaltadlos, dis[)uestos conío oslaban á ven- 
cer ó sucumbir en la demanda, no debían encontrar acepta- 
bles las proixísic'ioiies referidas. Tomaron personería jx)r 
ellos, Vigodet y el CabiMo, contestando en 4 de Septiembre 
al Triunvirato, con la más enérgica repulsa. « Las absurdas 
proposiciones de V. E. — decía Vigcnlet en su respuesta — 
las desecha el honor, las undena la justieia, y bis execra 
el carácter español, que no sabe, sin eiivileeerHd.*, [»ermitir 
se le propongan traiciones á su Rey y á su Nación.» A su 
vez el Cabildo, luego de extenderse en calificaciones }>are- 
cidas, concluía manifestando al Triunvirato que «si desealm 
a|rart»r de sí la nota de ¡>ertinaz, y ¡Kmerse en la senda de 
conciliar la quietud y la prospi^idad de estas provincias, 
reconociera las autoridades legítimas y soberanas de la 
Nación, jurase la Constitución ya sancionada de la Mo- 
narquía, y llamase á su seno el jefe que debía regir y go- 
}>oriiar el reino. ' Por último, Vigodet dio á la publicidad 
todos los documentos de la negodación, acompañándolos 
con una proclama en que decía á los montevideanos: 
V M¡(‘ntraH yo teng:i el bon<*r de mandaros, no se tremolará 
sobre nosotivs, otro paU-llón que el nacíonUl : ó no cxUlird 
Montevideo, ó xvrd cxpaiiot y veneerd d mint enemigos! 'i» 
l>e este modo se frustró la negociación emprendida, sin 
re]K)rtarle al Triunvirato otro resultado que evidenciar su 
menosprecio por la euCTte de loe revolucionarioe urugua- 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 291 

yofl, Pero al mismo tiempo que así procedía el Gobierno 
central) las simpatías condensadas en favor de los pros* 
criptos del Ayuí, transformándose en una poderosa co- 
rriente de opinión, conmovían ya el litoral argentino. La idea 
federal, acariciada en los primeros momentos como Una 
vaga aspiración de futuro, se había hecho carne entre las 
masas, y era la aspiración suprema de pueblos y caudillos. 
En Entre -Ríos, contaba por adeptos á Jordán, Zapata, 
RauiíriZ, Hereñó, Samaniego y otros, cuyas relaciones con 
Artigas habían influido en su decisión. Santa Fe hervía 
en idénticas aspiraciones, buscando incansable el modo de 
realizarlas ( 1 ). Existía de hecho una Liga entre orientales, 
entrerrianosysantafesinos,para la defensa de la autonomía 
local, cada vez más amenazada por los desbordes del cen- 
tralismo ; y era cuestión de oportunidad, como se víó mUy 
luego, que dicho pacto popular asumiese carácter oficial, 
tomando formas definidas en las operaciones de gobierno. 

El Triunvirato se dió cuenta de aquel obstáculo que le 
salía al camino, para aumentar las dificultades de la cri- 
sis en perspectiva. Amenazaban su existencia peligros de 
muerte. En el interior, la logia Lautaro, habiendo adquirido 
un poder incontrastable, le reclamaba -el mando. Las noti- 
cias del teatro de la guerra por el lado del Alto Perú, eran 
desalentadoras, pues Salta había caído en poder de los 
realistas, y el pequeño ejército del general Belgrano, único 
obstáculo entre el enemigo y la Capital, se consideraba 
poco menos que perdido. Para reforzar á Belgrano, po- 
niéndole en condiciones ventajosas, necesitábanse 2,000 


(1) Mairtíncz, ApurUcíi sobre Entre -R íos; ii, vil— Lasaga, Hist de 
López; cap i. 



UBBO III. — LA LIGA FKÜKRAI. 


soldados, y no había dt* dondr Haca ríos que no fiUTu del 
ejértúto de la Banda < )riemal, t?n ciiyaH tilas h<- eiicontmban 
los cuerpnfl veteranos disjMHiiblca. Mas la dc~meml)racióii 
de ese ejercito inqx)i‘tiil)a el desarme de Sarratea frente á 
Artigas, y los hombres del Triunvirato no sabían cómo 
elegir en tan estrecho dilema. 

Mediando tales circunstancias, llegaba á Buenos Aires, 
bien adelantado Septiembre, el teniente Fuentes, que con 
las cartas de Artigas para Kivarola, < ‘ardoso y otros ami- 
gos, conducía seguridades do paz por parte del caudillo. 
Úi varóla y Gardoso, poniendo á concur¿o todas sit.s rela- 
ciones, llevaron hasta el Gobierno, con pniebaH fehacien- 
tes, la convicción de que Artigas, á jK*sar de las pasadas 
ofensas, proseguía dispue.sto á servir la rausa común. El 
Triunvirato entornes les comisionó á ellos mismos, [lara 
que mediasen c*on el Jefe de los Orientales, expn'Sítndole 
cómo los proct'deres disgustantes para con él. habían pro- 
venido de informes equivocados; y pidiéndole pnsieni por 
escrito el jioruicnor de sus agravios, ron el (rom probante 
indi.spensable (pie los atestiguara. Debían incitarle, tam- 
bién, á que declarase que jamás había pensado abandonar 
la causa de la Patria, sino morir por ella y hi ella. En 
fin, se les indicaba lo aconsejasen que pidiera al Gobierno 
la dcsigní.ción de uno ó dos sujetos i tu parciales, quienes, á 
modo de jueces pesquisantes, avocarían en la Ihmda Orien- 
tal los antec(‘dcntos del litigio; y que concluyese su repre- 
sentación cs(TÍta, ofrecii'ndose coii sus voluntarios para re- 
chazar á fos realistas dcl Perú. sieuq)re que se eonsiderase 
necesarioy so lemixiliara con lo nspicrido para el efecto ( l ). 


(1) Col Cnu^iro, XX XIV. 



LIBRO irr. — LA LIGA FEDERAL 


293 


Los hombros del Triunvirato, ni inspirar estas cartas, 
no eran llevados de ningún sentimiento afectuoso por Ar- 
tigas, ni menos del arrepentimiento de sus pasadas ma- 
quinaciones. Cedían ante la necesidad, aprovechando las 
seguridades presentadas por los amigos del caudillo, y con 
el fin de explotarlas á beneficio de sus nuevos planes. Ha- 
biendo creí(ío hasta allí, que Artigas les conservase un odio 
irreductible, se maravillaron de encontrarle dispuesto en 
sentido inverso, lo que Ies daba cabida para desmembrar 
el ejército de la Banda Oriental, sin temor de ulteriorida- 
des. Decididos á realizar este propósito, querían muñirse 
previamente de testimonios escritos capaces de comprome- 
ter al caudillo ante sí mismo, obligándole á echar un velo 
sobre lo pasado y ponerse á órdenes de quien ellos dispu- 
siesen, en tanto que el Uruguay debiera quedar casi en sus 
manos, por el retiro de una gran parte de las tropas de 
línea. No de otro modo se explica el Cíimbio de procederes 
observado de un día para otro, con el Jefe de los Orien- 
tales. . 

Tranquilo el Triunvirato sobre las buenas disposiciones 
de Artigas, y á la vez que los amigos de éste le escribían 
en los términos acordados, se dirigió á Sarratea con fe- 
cha 22 de Septiembre, consultándole la mejor forma de 
proceder al retiro del ejército á sus órdenes. Le decía en 
dicho oficio, « que vacilando sobre el modo de hacer menos 
gravoso el ineviüible abandono del territorio Oriental, y 
dejar en confiicto á Montevideo y sus dependencias, el 
Gobierno deseaba que, con conocimiento de la situación del 
país, de las miras del coronel Artigas, y demás que debía 
tenerse presente, consultase Sarratea el arbitrio que con 
menos inconvenientes pudiera adoptarse: bien fuese de- 



3B4 


UHiin rir. ^LA lh;a pedhral 


jando un jefe autorizado para que of>ntinuare loi hoatíli- 
dadea 4 Montevideo, hatíiendo correrínH en au campana, 
oon loa cuerpos de milicias y paisanaje; ó bien tomando 
otra medida que, al piwo que sostuviera las privacionee de 
aquella placa, dejase abierta lu puerta para llevar oportu- 
namente A au fln IflH empresas contra ella. * Tan apremiado 
estaba el '^Trinnvirato por dar solución al asunto, que con- 
cluía su oficio con las sigiiientes palabras: «El Gobierno 
espera que a vuelta de este expreso, le abra V. E. su dic- 
tamen oon toda extensión, |>ara tomar las providencias 
consiguientes. > ( 1 ) 

A un mismo tiempo llegaron A sus respectivos destinos, 
el oficio del Gobierno para Harratea, y las cartas de los 
aniigos de Artigas, pro<lueiendo efe<*tos muy distintos. En- 
soberbecido jK)r el óxito de las últiinnH maniobras, í^arra- 
tea creía haber anulado al Jefe de los Orientales, lison- 
jeándose de que el Triunvirato diera por consumado un 
hecho tan evidente en su concepto jwrsonal. Con gran 
soq>rcsa, pues, se informó de que acontecía lo contrario, i 
juagar por las indieatáones del óltimo oficio, donde léc le 
inslnuaha que pidiese la cooperación dcl caudillo, sondeando 
sus miras para decidir sobre un vasto pía ti de guerra. Las- 
timado en su vanidad, se propuso declinar á todo trance 
esa consulta, A cuyo efecto echó mano del comandante Ve- 
dis, quien á su enemistad gratuita por Artigas, unía la 
condición de ser oriental, y haber militado descIe sus más 
tiernos afloi en el suelo patrio. Requerido el dictamen de 
Vedia aobre los tópicos que abrasaba el oficio del Gobierno, 
contestó aqu^l á Sarratea, opouióndose decididamente á la 



LIBBO III. — I.A MOA FEDERAL 


295 


defiocupación del Uruguay, con la advertencia de que bí se 
insistía en llevarla á efecto, quedase al frente de las fuer- 
zas revolucionarias en el paísí D.José Rondeau con el regi- 
miento de Dragones y el de infantería número 4, compues- 
tos de orientales, y á cuyos cuerpos debían agregarse todas 
las milicias uruguayas, « sin la menor intervención del co- 
ronel Artigas, quien, x\\por sus conocimientos, inteligencia 
militar, ni firmeza, había dado una prueba capaz de in- 
clinar la razón á concederle parte alguna en esta nueva 
medida de cosas. » Este dictamen fuó remitido al Gobierno, 
como la prueba más satisfactoria que Sarratea pudiera 
exhibir de sus previsiones militares y de su imparcialidad. 

Artigas contestó de un modo bien distinto. Para hacerse 
cargo de la abnegación de su respuesta, es necesario re- 
montarse al trance en que la daba. Perseguido y agobiado 
por las intrigas de Sarratea, preocupábase en aquel ins- 
tante de atraerse al Gobierno del Paraguay, para incorpo- 
rarle á la Liga que ya tenía establecida con Entre- Ríos y 
Santa Fe por medio de sus principales caudillos. Al efecto, 
en 21 de Septiembre había remitido á dicho Gobierno una 
exposición sucinia de los procederes de Sarratea, sobre los- 
cuales llamaba su atención, poniéndole por juez de ellos. 
« Los orientales — decía Artigas en el mencionado docu- 
mento — pudieron esperar ser derrotados por sus enemigos, 
y dejar sólo en sus cadáveres la señal de su odio eterno á 
las cadenas que habían roto ; pero nunca pudieron figurarse 
hallar su desgracia en el seno mismo de sus hermanos, no 
podiendo jamás estar á sus alcances, que el auxilio con que 
volvía á socorrerlos Buenos Aires para la gran consolida^ 
ción, presentase á su vista la alternativa execrable de un 
desprecio el más ultrajante, ó de una esclavitud muy nueva, 



Uimo líl. L\ LIGA FEDERAL 


¡imy singular, y muy nuts odiusíi que la primera. Ext^n- 
(llénduse sobro estfM t6piw)s, resumía <l»*s|més sus j>ropó- 
sitos del siguiente Diodo: Si 1 h adversidad nos persigue, 

ai no se halla un medio deliido entre el oprobio y la 
muerte, y si el carro del <le^potismo ha de marchar de 
nueve 1 delante de nosotros, V, ^ 5 ., en la dignidad de su» 
sentimientos, halla el cuadro de \o< nuestros: fiiirntra 
unión hará nuestra fuerza, y una lif^a inviolable jiondru 
el sello á nuestra regeneración jHilítica. Entro tanto, V. S. 
tenga la dignación de manifestarme sus ílctemiinacioncs y 
los proyrcfoíi d qur h drritlan sus mirns liberales. r> 

No obstante el ]>ro fundo resentimiento <jue ilenotaban 
^stas ] nial iras, y el designio formal enumúiulo en ellas de 
ultimar el pacto fcd)‘rativo. Artigas, una ve/ recibidas las 
cartas de sus amigos do Ihienos Aires, no so hizo violencia 
en acceder ;i lo fjuo le p(‘díaii. Exceptuando el nombra- 
miento de j ñecas jiesquisantes, recurso inadecuado eu 
nsuuto de aquella magnitml, todas las demas cláusula* á que 
a ludía u Ri varóla y Cardoso, liicrou llenadas por él de un 
modo satisfactorio. Aglomeró en veintisiete copias, los tes- 
timonios que, explicando su conducta, ponían eu endencia 
la de Sarratea, y envió todo ello al Triunvirato, acompa- 
ñándolo del res|K^elivo oficio de remisión, donde manifes- 
taba <juc el (f.)l)Ícnio podía haber tcnalo informes muy 
contiaríos, pero que ya era ticmjx) de rcs|>etar la presencia 
de la v(Tdad y dar el triuui'o á la inocencia;., agregando 
qm» S IS pretensiones fueron sinupre sólo extensivas al 
rcst:ii>lc;*imienti> de la lil)erUid de los puebh^. Ofretáa su 
persona y las de los volmitarios á sus órdenes, para la 
caiiqiafia del Perú, si el (iobierno lo tenía por conve- 
niente; advirtiendo á la voz, que necesitaba municiones. 



LIBRO Jir. — LA LIGA FEDERAL 


297 


vestuario y dinero, para socorrer la miseria que agobiaba á 
los suyos. 

Inculcando sobre la pure;Mi de sus propósitos, asentaba 
estas reflexiones, dignas de ser reproducidas : « V. E. sabe 
muy bien — decía — cuáles han sido mis proporciones para 
realizar unas miras ambiciosas . . , Todo estuvo siempre 
en mi mano, el Ínteres de la América era el mío. 
Yo tuve á mis órdenes toda la fuerza que V. E. destinó á 
esta Banda: prescindiendo de mi ascendiente sobre algu- 
nos de aquellos regimientos, yo pude haberlos hecho servir 
á mis intereses personales, liasta el último instante de 
nuestra separación. Pude impedir la llegada del Exemo. 
Sr. General D. Manuel Sarratea; haber excusado su reconoci- 
miento de general en jefe, y asegurado y garantido todas 
mis medidas al efecto, en mis recursos y venganza de mis 
ultrajes ; pero yo, á la cabeza de los orientales por el voto 
expreso de su voluntad, aspiré sólo á preservar su honor, 
y se habría precisamente sofocado toda desavenencia, si, 
sin dividirlos, hubiese yo marchado con ellos como su jefe 
inmediato. » Por último, y después de referirse á los vejá- 
menes subsiguientes á aquella disensión, proclamaba el ol- 
vido de lo pasado, sellándolo con esta frase : « de todos 
moáo^, yo soy siempre un esclavo de la libertad ! y> {!) 

Mientras seguían su curso las negociaciones entre Arti- 
gas y el Triunvirato, diversos acontecimientos se aglome- 
raban para cambiar el aspecto de las cosa-^. Por lo pronto, 
Sarratea:, teniendo desde el mes de Agosto, seguridades 
positivas de la re lirada del ejército portugués, resolvió des- 
tacar algunas partidas sueltas, que iban internándose en la 


(i) Coi Fi'egeiro, xxxn-xxxv. 



298 


LJDnO Iir. ^LA MOA PKr>RRAL 


Banda Orienta] jw>r vía de exploración. El hecho produjo 
lii mayor inquietud entn» loa realistaK de Montevideo, ya 
alarmadoa |¥>r loa movimieiitoe de Johó Cnlta, el caudillejo 
patriota de quien oportunamente ae habló. Culta, que ha^ 
hía remontado su partida á míí« de 800 hombree, armándo- 
loá y vintióndoloK con el concurao abnegiulo y diligente de 
D. Podro J. Sierra, señorea ba loe vecindarioa de Santa 
Lucía y Canelones, haciéndose pasar f)or la vanguardia del 
ejértáto revolucionario. Intercepta bu las eomunieacionea dol 
enemigo, esparcía noticias desfavorables á la (íaupa monár- 
quica, y ora embistiendo con el grueso de su cídumna 
algún puesto militar cuya guarnición era obligada á ren- 
<li.rH(*, ora fraeciomíndose en j>equeños grupos y apareciendo 
(*n diversos puntos á la ve/., mantenía en perpetua agita- 
ción ií las fuerzas cncargjidas de observarle. Don Benito 
Chain, al mando de un cuerjK» de eaballería de Montí^video, 
oáquivalr.i hacer frente á Culta, »c*a que tuviera órdenea al 
respK;tií, sea que ignorase el número de sus elementos dis- 
pon i bhís, exagerado.^ de projwÓsitít por los vecinos ú fin 
de librar al cabecilla <le un revés. En esta situación, or- 
denó Vigodet que se concentrasen sobre Montevideo to- 
das las fuerzas reali-^üis, previendo la posibilidad de .ser 
atacado por el ejército patriota. 

Xt» se cjeeuió la moilida si ti los habituales preliminares 
de rigor. K! jefe de la Partida Trampiiliz;alora tomó sobre 
8Í estos detalles odiosos, expidiendo im Bantlu, con fecha 
25 de Agosto, por el cual encargaba á los comisionados 
do distrito: 1.'* Enviar partidas de vecinos y conocidos 
honrados, adictos á la verdadera y sola causa del Rey, por 
!a costa de las Vacas y Víboras, con terminante orden y 
dn e.Kcepción alguna, de quemar ó inutilizar tenia í*la¿w» #ln 



LIBRO Iir. — LA LIGA FEDERAL 299 

embarcación menor, fuese canoa, bote, piragua, etc.; prohi- 
biendo asimismo que lancha alguna estuviese atiacada á 
tierra donde se recelase sorpresa de insurgentes. — 2.® Pro- 
mover sin pérdida de tiempo la retirada de las haciendas ó 
ganados hacia la Colonia, ó más bien á Montevideo, donde 
ee abonaría á sus dueños el justo valor de ellas. — 3.“ Si 
encontrasen alguna gavilla de rebeldes con las armas en la 
mano, debían tratai'les como á reos de Estado; y sí las 
urgencias ó escasez de gente no les permitían enviarlos á 
Montevideo ó puerto más inmediato de donde con seguri- 
dad pudieran remitirlos á dicha ciudad, les formarían el 
más breve sumario, y convencidos de tal hecho, les ha- 
rían pasar por las armas, dejando las cabezas de los tales 
colocadas en los lugares más visibles y transitables ( 1 ). 
Con esto, quedaban fuera, de la ley, tratados á par de sim- 
ples forajidos, los individuos que componían partidas re- 
volucionarias. 

Para escarnio de la causa monárquica, por el mismo 
tiempo en que se dictaban esas bárbaras medidas, llegaba 
á Montevideo un ejemplar oficial de la Constitución for- 
mada por las Cortes de Cádiz, en la cual se garantía la li- 
bertad y la vida de los ciudadanos, se prohibía arrancar 
á nadie á sus jueces naturales, y se decretaba la tole- 
rancia política. Vigodet, obedeciendo órdenes supenores, 
mandó que la Constitución fuese solemnemente promul- 
gada. Erigiéronse tres tablados, uno en la plaza mayor, 
otro en la de S. Francisco, y en la plazoleta del Fuerte el 
tercero. IJl día 24 de Septiembre, todas las tropas dispo- 
nibles vestidas de gran parada, con vistosos uniformes y 


(1) Diario del jefe de la Partida Tranquilizadora (cit).' 



.ÍUU 


IJBRO IIL'— I.A UílA rEIíKRAL 


trenes, el ( Tohernador y el CubiMo prccedidorj de heryldos, 
y rodejnlos del clero, erapliNidos y pueblo, se dirigieron á 
la plaza mayor pañi eseAJcbar la lectura del nuevo cóiligo 
político. La ceremonia fué im[K>nente, realzada j>or esa sen- 
cilla grandeza con <jne siempre lian sabido revestir sus ma- 
nifestaciones (‘splendon>sas las autoridades españolas. Le- 
yóse la Omsíitución á las corporaciones y pueblo reunidos, 
quienes la aclamaron, tronando srguidamente las salvas de 
artillería y repartiéndosr (aitrc los concurrentes medallas 
simbólicas en conmemoración de la íiesta. 

Dirigióse despiuVi el cortejo á la Matriz, para oir la 
misa de gracias. Fray (’irilo Alamnla quiso lucirse en 
ocasión tan propicia, y pronunció la oración inaugural^elo- 
giando el (‘ódigo que autoridades y pueblo acababan de 
aceptar como pauta de su futura conducta y recíproí-as 
prerrogativa-. KI discurso del director de Ln (inzvta tuvo 
por tema unas palabras truncadas del capítulo xni del 
Éxodo, vers. 3, S y 9, sobre las cuales se extendió larga- 
mente. Expresó que debía reputarse el día solemnizado, se- 
mejante lí aquel otro en que fue promulgada la ley de Dios 
en el Sinaí, <■ y que la Constitución como signo y precioso 
monumento, debía conservarse on las manos y en los la- 
bios de la actual gcnenición española y sus progenies, para 
perpetua memoria del instante en que la Xación salió ile la 
esclavitud. ( 1 ) Concluida la ceremonia religiosa, retirá- 
ronse las autoridades íÍ presenciar el desfile .dií l«í^ tropas, 
y la íiird<‘ 8(* pasó entre las impresiones ag^*;ulables que 
deja siempre una fiesta á la cual se mezclan el aparato mi- 

1,1) A. C t¡,' Mmirr¡i¡o). - Larrarmiía y (fUt'rra, .laayí/r.s- hiaíon’ 
• ús, He. 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


301 


litar, las manifestaciones populares y los cánticos sagi’ados. 

En tanto que la ciudad se libraba á estas expansiones 
de índole pacífica, serios peligros amenazaban su propia se- 
guridad. La concentración sobre Montevideo de las fuerzas 
españolas que liabíau arrastrado consigo las pocas fami- 
lias restantes en San José y Colonia, estimularon á Culta 
á situarse en el Penarol con su partida. Allí, aumentándola 
todavía con desertores de la Plaza, llegó á contar en 28 
de Septiembre, 350 hombres provistos de caballadas nu- 
merosas y regularmente armados y e(|uipados, adquiriendo 
la importancia de un jefe divisionario. En esta nueva po- 
sición, el antiguo cabo de Blandengues, redimido por los 
consejos de Zúñiga y alentado por la cooperación y adver- 
tencias de Sierra, se mostró digno de la causa cuya de- 
fensa abandonara en un momento de extravío, para cu- 
brirse posteriormente con la gloria de un acto, tan singular 
como inesperado. 

A impulsos del entusiasmo que le dominaba, Culta se 
decidió á emprender de cuenta propia el asedio de Monte- 
video, adelantándose á las iniciativas de Rondeau, que ve- 
nía en marcha con el mismo objeto. Firme en la resolución 
adoptada, el cabecilla patriota movió su campo de las in- 
mediaciones del Peñarol, pi*esentándose el 1.® de Octubre 
sobre las cumbres del Cerrito, en una actitud que debía 
conmover el ánimo de los realistas. Hasta entonces, las 
tropas revolucionarias enarbolaban la bandera española en 
sus filas, dando á la lucha emprendida las exterioridades 
de una contienda civil. Culta quiso romper con aquella 
mistificación, levantando audazmente la bandera celeste y 
blanca, símbolo de la nueva Patria que los orientales se 
afanaban por constituir. La pequeña división patriota, al 



308 


UBRO !U. — ÜA UüA Í^BPBBAL 


ileBpleffAr «obm ol Cerrito, tremoló la insignia bicolor, mi- 
ludándola con aclaíiiacioncf» y df»cargah<. Üespué» recorrió 
el frenU* de la línea en toda mu extensión, haciendo flamear 
por primera vez, ante los realistas absortoa, aqmd lienzo 
HÍmbólieo, destinado á cobijar bajo su» pliegues, las espe- 
ranzas y los esfuerzos <U' un pmiblo ( 1 ). 

Oino si el bautismo de sangn* debiera s^^uirsc á la 
presentación de la baiideni, salió lu caballería de la Plaza, 
bajo el mando de Chain, Albín y KamoH, al encuentro de 
Culta; pero despuóa de una ligera escaramuza, fué obligada 
á retirarse, con pérdida de 2 heridos, dejando el campo á 
los patriotas, quienes bajaron hasta el Onihú, en el Arroyo 
do. íSeco, para establecerse allí. Esa tarde misma, fuó sor- 
premlido un paisano, portador de pliegos j>am Culta, con- 
tenitmdo revelación h .sobre la situación de los rííilistnB. 
Sometido el reo á un consejo de guerra, se oonc»lió á su 
defensor (pie eligiesi* entre la horcti ó tn*scientos ¡wlofl. 
Habiendo opta<lo el defensor por Li aplicación de la ó 1 tima 
de las «los jamas, al día siguiente fué entregada la víctima al 
verdugo, quien, prometiéndose sacar partido del acto, sus- 
pendía á ratos el suplicio, ofreciendo al flagelado perdonarle 
si delataba íi sus mandanttís. Con gran entereza de ánimo, 
res|K»ndió constantemente el reo; - quiero morir antes <pie 
decirlo, > y así salvó á costa dol martirio, aquel eampcHino 


U * ¡y ida de la fpvca, cantó cfttc ejnwdw en los siguie.niM veraOé: 

lint/ cf infrqióh ('alta ~ <vincl ternble arfvjuista —i¡uf: dtfundündo 
el esimifo — el rampt» en Urrnv domina : — de quien huyendo axora- 
dan — guarniciona // familias — con hipñiioles pomUran — la fisrrxa 
y In asadia, — ya del Cerrito la cutnbre — recorre, y á nuestra vista 
— por primera ie\ presenta - • la blanca y cekste üisignia^. — \Yruxi' 
cisco A. de Figueroa, Diario histórico del sitio de MíoUevideo: t, 25.) 



LIBRO IIL — JA LIGA FEDERAL 


303 


heroico cuyo nombre se ha jierdido, los secretos de la causa 
revolucionaria. 

Asetiiada la primera Phiza^ militar sud - americana por 
un grupo de partidarios oscuros, cuyo prestigio moral cre- 
cía en razón de su propia audacia, los realistas, confusos y 
corridos ante aquel hecho deprimente para la causa mo- 
nárquica, siguieron empleando medios indignos. No bas- 
tándoles la horca, ni el rigor de las parí id as tranquiliza^ 
doras, apelaron al asesinato para combatir á los indepen- 
dientes. Un miserable, curtidor de oficio, fuá de los encar- 
gatlos de ejecutar empresas de semeja nt(‘ laya, apostándose 
en cierta encrucijada por donde transitaban chasques, para 
ultimarlos á mansalva. Fue la primera de sus víctimas, un 
joven Montes, liijo de Maldonado, quien iba para aquel 
destino, conduciendo dos proclamas firmadas por Sarratea 
y su secretario D. Pedro Feliciano Cavia, en las cuales se 
anunciaba la aproximación del ejercito auxiliar. Consumado 
el asesinato, en la noche del 4 de Octubre, mandó el curti- 
dor aviso, con ánimo sin duda de recoger el precio, saliendo 
inmediatamente en busca de los papeles, para incautai*se 
de ellos, el capitán D. Luis Larrobla con 40 soldados. Al- 
gún tiempo más tarde, el asesino de Montes fue ultimado 
á su vez en los buques del carneo ( 1 ). 

Si esto era así, en cuanto á la situación militar, no me- 
nos complicadas andaban en la orilla opuesta las cosas polí- 
ticas. Lejos estuvieron de haberse engañado en sus presen- 
timientos los hombres del Triunvirato, cuando, al sentirse 
oprimidos por la logia Lautaro, intentaron resolver pacífi- 
camente sus disensiones con Artigas, reforzar el ejército de 


(I) Fiffueroa, Diario histórico; i, 2S. 



3U4 


LIOSO III. — LA UOA FEDERAL 


Belgrano, y [MíiierHO á cubierío ult«‘ri(>njR4les (‘xternoo, 
para acudir mejor á hu propia dcfenaa. 'l'al vez por aque- 
Uua artes liubiesen etmaej^uido dominar la crisis, ai un liecho 
inevitable no la hubiera planteado. Presidido interinamente 
el Gobierno por Pueyiredón, á mérito d<- la ausencia de Sa- 
rratea, cumplíase en btl<* Octubre el rnanilato "ubernamentaJ 
de esU* último, y era necesario tjue la Asamblea elect4jral 
prevista por la Constitución, le designase sucesí>r. El Go- 
bierno presentó [mr cand¡<lato suyo al Dr. D. Pf^lro Me- 
diano, y la Ijogia á Monteagudo, quien ú la vez había sido 
electo miembro de la Asninblcni por una <le las pruvíncias 
del interior. Uniformando sus adeptos en el Cabildo de Bue- 
nos Aires, consiguió el Triunvirato que diclia corporación 
reemplazase de su cuenta uiu) de los diputados, múmtras 
la Asamblea misma excluía á otros dos, resultando de 
esas maniobnis que se formase una mayoría hostil á los 
lautarinos. La Asamblea se reunió el b de (Octubre, j>roela- 
raando al Dr. 1). Pedro Medrano eomu nuevo miembro 
del Poder Ejeeutivo destinado á subrogar á Sarratea, y 
con esto (juedaron Imrlados Monteagmlo y sus sostene- 
dores. 

Acontecía el caso á raíz de saberse en Buenos Aires la 
victoria de Tueumán, obtenida por el general Bel grano 
cjiitra los realistas, cuando nadie esperaba tan venturoso 
acontecimiento. Desconccrtiinmse los lautarinos en el pri- 
mer instante, pero reanimad«>s [»or Alvear, que veía esca- 
pársele el mando de los ejércitos, si otros seguían aníici- 
pándoscíe en la vietoria, resolvieron lanzarse á las calles. 
Sostenía y preconizaba aquella solución, Monteagudo, bra- 
mando al contemplarse des|K>seído de la parte que ya 
creía corresi>underIe en la trilogía gubernamental. Concur- 



UBRO IIL — LA LIGA FEDERAL 


305 


des los jefes de la fuerza armada, San Martín, Alvear, 
Pinto y Ortiz Ocampo, aparecieron durante la mañana del 
S de Octubre al frente de su& cuerpos en la plaza de la 
Victoria, seguidos de un grupo de lautarinos á quienes 
acompañaban otros logiarios conocidos con el nombre de 
liberales. Inmediatamente presentaron al Cabildo una re- 
presentación cubierta por más de 400 firmas, donde pe- 
dían: que se diese por disuelta la Asamblea electoral del 
día 6, y se reputasen anulados sus actos; — que se erigiese 
un Gobierno Provisorio compuesto del Dr. D. Juan José 
Passo, D. Nicolás Rodríguez Peña y D. Antonio Alvarez 
Jonte; — y que dentro de tres meses á contar desde ese 
día, se reuniese una Asamblea general de la Nación, con 
todos los poderes que quisieran darle los pueblos, para que 
fuera el Supremo Tribunal de residencias, de los ciuda- 
danos que hubiesen ejercido el Ejecutivo desde el 25 de 
Mayo de 1810. El Cabildo accedió á todo, y el derrumbe 
de lo existente fué un hecho ( 1 ). 

Ésta erada segunda vez que los cuerpos de la guarni- 
ción de Buenos Aires, amotinados por sus jefes, esgrimían 
las armas para suplantar gobiernos constituidos bajo los 
auspicios del nuevo régimen. El primer ejemplo se había 
dado en 6 de Abril de 1811, sublevándose los regimien- 
tos de « Patricios », « Arribeños « Castas », « Artillería», 
«Húsares» y «Granaderos» para imponer la mutilación de 
la Junta de Gobierno y el destierro de varios de sus miem- 
bros; y ahora se reproducía el episodio en mayor escala, 
eliminando todo el personal gobernante, y dictando las bases 


(1) Núñez, Noticias (2."* Parte).— Gaxeia de Montevideo (20 Octu- 
bre 1812). 

POM. Esp. -'IIL 


20 . 





URRO 111. — IJi UOA KRDERAL 


lie un sistema nuevo, precursor de itiHenHatas venganzas, ya 
esbozadas en la constituciiSn de un Tribunal de remiden- 
riag, que bajo el disfraz de Asamblea general, debía tener 
pendientes de su capricho, á cuantos hubieran formado 
parte de los anteriores gobiernos revolucionarios. Prece- 
diendo al primero de estos pronunciamientos soldadescos, 
y preparando el segundo, se bal>ían producido: la modifica- 
ción de la Junta que provoco la caída de Moreno en Di- 
ciembre de 1810, y la creación del Triunvirato que acababa 
de ser barrido de la escena |X)r medios tan repn)bables 
como los que ól mismo empleara para sostenerse. Conviene 
tener en cuenta semejantes atentados, para sefialar los 
verdaderos orígenes de la anarquía, tan maflOBamente atri- 
buida más tarde á los caudillos populares, víctimas casi 
siempre, de este deslíen la miento de pasiones, ó arrastrados 
por ól, en el peor de los casos. 

Los veni^edores del 8 de Octubre no supieron reprimirse 
en la extensión que hubiera sido menester. Mientras los 
cuerpos militares volvían á sus cuarteles, dividióse la gente 
ciríl en grupos que recorrieron las calles, asustando al ve- 
cindario pacífico con sus gritos y desmanes. Las viviendas 
de luuchos de los vencidos pagaron wn sus vidrios, rotos 
a píHlradas, aquel desahogt» intemperante. Fué del número, 
la casa de un hermano de Pueyrredón, hasta cuyo duefio 
llegó, con el eco de los golpes y destrozos, la vociferación 
de mil denue,stos contra el que pocas horas antee presidía 
los destinos del país. Atribuyóse esta particular venganza 
á D. José de San Martín, presunto instigador de tan ino- 
pinado agravio á la fraternidad ma.sóuica. Ofendido por la 
injusticia del cargo, San Martín escribió en i'2 de Octubre 
á Pueyrrwlón, sincerándose de tener participación alguna 



UBBO iri. — L/V LIGA FEDERAL 


307 


en las demasías imputadas, lo que dio mérito á que Puey- 
rredón le contestase con la misma fecha, de un modo satis- 
factorio para ambos ( 1 ). 

A todo esto, las gestiones de los amigos de Artigas en 
Buenos Aires habían suscitado grandes simpatías y espe- 
ranzas, y por más que aún no estuviera de vuelta el te- 
niente Fuentes con las comunicaciones confirmatorias del 
Jefe de los Orientales para el Gobierno caído, se daba por 
hecho el avenimiento entre el caudillo y la autoridad cen- 
tral. El nuevo Gobierno, en los apremios de su instalación, 
no podía ser indiferente á un arreglo que cortara toda disi- 
dencia por aquel lado. Abierta por su antecesor la vía de 
las soluciones conciliatorias, entro en ella, y sin esperar las 
respuestas pendientes de Artigas, resolvió acreditarle un 
emisario, que munido de instrucciones precisas, se aperso- 
nase en su campo y lo arralara todo. Estudiados los docu- 
mentos relativos á dichas instrucciones, se desprende de 
su contexto, que ellas habilitaban al comisionado para tratar 
la retirada de Sarratea y del Mayor - general D. Francisco 
Javier de Viana, reponiendo á Artigas en su antiguo cargo 
de general en jefe del ejército, con el rango de briga- 
dier. La forma y plazo en que debían moverse las tro- 
pas destinadas á reforzar el ejército del Alto Perú, y el 
plan que consiguientemente adoptaría Artigas para pro- 
seguir la guerra en la Banda Oriental, serían determina- 


{!) Le aseguraba que no había entrado jamás en su ánimo cfreer 
que pudiera ser autor de tropelía tan grosera, un hombre que, como San 
Martin, además de pen'tenecer á la familia y de saber los deb&i'es 
q%(A ella imponía, gozaba una reputación honorable y un rango en el 
ejército, que lo hacían superior á toda sospecha de actos senujantes* 
(López, Hist de la Rep Arg; iv, v. ) 



3U8 


UBBO LIGA FEDERAL 


do8 entre el emisario del Grobierno y el cauililh» uruguayo. 

Recayó la elección para el (ieHemfHjno del cargo en Al- 
vear, quien luego .se puno en camino á cuíiiplir «u comisión 
del modo que ae verá. Entre tanto, y inientnts Alvear se- 
guía viaje., llegaban á Buenos Aires dos comunicaciones de 
Artigas, fechas Í1 y 17 de Octubre, conteniendo la primera 
de ellas su expresión <le agravios contra Sarratea, con el 
subsiguiente ofrecimiento del concurso <le los orientales 
para la guerra del Peni, y ratific'andu la segunda idéntica 
oferta de concurso al nuevo Gobierno establecido. Fuen- 
tes, portador de ambas, obtuvo de las personas especta- 
bles de la ciudad, y del Gobierno mismo, el recibimiento 
más lisonjero. A raíz de su llegada, era voz corriente en 
Buenos Aires, que Sarratea y Viima se retiraban del ejér- 
cito de la Banda Oriental, cuyo mando en jefe debía re- 
caer en Artigas, junto con «*l ascenso de brigadier otorgado 
en premio de sus servicios. Dábase todo por concluido del 
modo má.s satisfactorio, puesto que adelantándose la inicia- 
tiva del Jefe de los Orientales al espíritu dominante en las 
instrucciones de Alvear, apenas se avistara éste con aquél, 
forzosamente quedaría ultimado el arreglo definitivo. Así 
pensaban, cuando menos, l<»s amigos de Artigtus, y aán 
aquellíjs hombres sensatos, que, apartailos por su )>oaición 
ó carácter, de las tenebrosas maquinaciones en boga, sólo 
sabían discurrir con el criterio de las conveniencias pá- 
blicas. 

Pero las cosas debían producirse tle un modo muy dis- 
tinto. Alvear llegó al Cuartel general de Sarratea en el 
Arroyo de la China, y desdt* allí, con fecha 25 de Octubre, 
escribió á Artigas, incluyéndole la credencial del Gobierno 
que atestiguaba su comisión y facultades. Excusábase de 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


309 


ir á su encuentro por impedírselo una rodada de caballo 
sufrida el día anterior, con cuyo motivo le indicaba el 
pueblo de Pay Sandú como punto de cita, rogándole con- 
curriese á la mayor brevedad, « para tener el gusto de co- 
municarle cosas que le serían satisfactorias, » y asimismo, 
para calmar « el ansia de conocer á un patriota como el 
general Artigas. » Ni el tono zalamero de la carta, ni el 
cebo de las ofertas, influyeron en que Artigas defiriese al 
pedido, pues como intriga para separarle de su campo, era 
harto burda, y como pretensión de superioridad, muy can- 
dorosa. Contestó, negándose á concurrir á Pay Sandó, bajo 
cuyo concepto podía adoptar el emisario los medios ade- 
cuados al lleno de su comisión con la actividad exigida por 
el Gobierno, bien entendido que el (Artigas), «considerada 
la situación de la Patria, se f restaría gustoso d todo, re- 
movidos los obstáculos que habían suspendido sus sacrifi- 
cios y los de sus compaisanos. » Al mismo tiempo, le 
orientaba en algunos detalles sobre lo pasado, para facili- 
tarle el entable de comunicaciones, si persistía en retenerle 
quieto, la dolencia que le aquejaba. 

No replicó Alvear á esta insinuación. Parece que en loa 
primeros momentos, Sarratea y él anduvieron desavenidos, 
ó cuando menos procuraban aparentarlo, lo que en uno ú 
otro caso, bien pudo motivar el silencio. Pero muy luego, 
puestos de acuerdo ambos, desarrollaron un plan cuyo» 
pormenores los retratan de cuerpo entero. Por pronta pro- 
videncia, detuvieron un oficio del Gobierno para Artigas, 
contestando probablemente los que el caudillo había diri- 
gido por intermedio de Fuentes, y que tan favorable 
impresión produjeran en el ánimo del pueblo porteño. Des- 
pués de esto, Sarratea escribió á Artigas con fecha 2 de 



310 


umto 111. LA IJQA FEDKRAL 


Novienibret diiúéndole (jue para el 4 ee Imllaría Alvonr en 
el Salto, fleede donde eontiiiuarfa hanta encontrarle. Paad 
eaa fecha, sin que tal aconteciew?, y entoiicea, con vencido 
quizá de haber dado baatantea largas al asunto, Sorratea 
volvió á escribir al Jefe de los Orientales, avisándole que 
Alvear había resuelto marcharse á Buenos Ain*s, ^ can- 
sado de aguardar contestación. » A qué contestación pu- 
diera referirse, cuando no había ninguna pendiente, es dato 
(jue demuestra la evidencia del subterfugio. Pero, admitiendo 
que Artigas fuera deudor de alguna respuesta escrita, ello 
no obstaba á que Alvrar se le apersonase, como lo impo- 
nía BU credencial, dondi* claramente se leían estas {>aU- 
bras, dirigidas por el Oobiemo á Artigas ; < El sargento 
mayor de granadero,s á caballo D. Carlos Alvear, se pre- 
Hcntará en esa, autorizado por esta Superioridad, para 
act rrarAi' a V. *S'., y tratar ¿Nmediaíatiteníe con arreglo á 
las instmcciones que se le han confiado. » 

De todos modos, al dirigirse de retomo á Buenos AireSj 
Alvear llevaba un plan completo. Veinte dma habían trans- 
curri<lo desde h auspiciosa llegada de Fuentee á la Capital, 
cuando se presentó él con las noticias más desconsoladoras 
é irritantes. Empezó por asegurar al Gobierno, que una 
partida de Artigas le había arrancado \dolenta mente los 
pliegos de que era portador para el caudillo, y en sí^ida 
entregó un oficio colectivo del mismo Artigas y sus co- 
mandantes de división, no w* sabe si forjado en el Arroyo 
de la China ó en líucnos Aires, jM>r medio del cual los 
orientales negaban toda obediencia al nuevo Gobierno, re- 
husando entrar en ning^ma composición con él. Se com- 
prende el efecto (lue jmxlucirían contra Artigas, unos 
testimonios cuya auti-íiticidad nadie se atrevía á loner en 



LIBRO IIL — LA LIGA FEDERAL 


311 


duda. La actual conducta atribuida al Jefe de los Orien- 
tales, después de sus anteriores protestas de fraternidad y 
paz, indignó tanto al Gobi^o como á los círculos polí- 
ticos, no haciéndose esperar la reacción. El teniente Fuentes, 
portador de las notas de 9 y 1 7 de Octubre, fué arrestado 
con aplauso general, y los amigos de Artigas no sabían 
cómo entenderse en su propio desconcierto. 

Sin embargo. Fuentes, seguro de la inculpabilidad de su 
mandante, pidió con instancia ser oído del Gobierno, para 
demostrar la falsedad de cuanto se afirmaba. Era imposi- 
ble negarse á una solicitud como aquélla, cuando la opi- 
nión actuaba en el litigio, y lo seguía en todos sus trámites. 
Accedió el Gobierno, recibiendo al oficial uruguayo con 
una solemnidad capaz de aturdir á quien no tuviese plena 
confianza en su causa. Minuciosa y severamente interrogado, 
Fuentes respondió sin vacilaciones, contradijo con sincera 
vehemencia las argucias de Alvear, y llevó el convenci- 
miento á todos los que no estaban prevenidos. Contábanse 
en este numero, Rodríguez Peña, miembro del Gobierno, y 
Larrea, individuo de la antigua Junta, quienes dieron un 
digno ejemplo, ofreciéndose á tratar personalmente con Ar- 
tigas, en la convicción de que todo se arreglaría de un 
modo honroso. Pero se les contestó que no podía el Go- 
bierno rebajarse nuevamente, desde que Artigas había des- 
preciado á su emisario, y aun cuando ellos alegaron « que 
la certeza de aquel desprecio era la cuestión, » fueron 
obligados á soportar la repulsa, oyendo de los labios del 
Dr. Passo, colega de Rodríguez Pena, la insistente afirma- 
ción de que Artigas « sería tratado como enemigo. » 

La parte sustancial de la disputa, trascendió al vulgo, 
cuyo buen sentido se puso nuevamente en favor de Artigas, 



312 UBRO Iir. — LA LIO A rKIíKR.U, 

alentado por la BÍnceridad de Fuentee, j por el ^emplode 
Pella y Larrea, autores de la única propoaicíÓD atendible 
en aquel conflicto de opinionen. Valido» de la oportunidad, 
eiD(>ezaroD Ioh amigos de Artigas á pedir en alta voz, que 
el Jefe de los Orientales volviese al generalato del ejercito, 
desde que no aparecía nmtivo alguno para separarle de él; 
dando así la base de una solución que al momento se ganó 
el asenso general. Pero como la efectividad de semejante 
medida importaba la exclusión de Sairatea y Viana, nunca 
menos dispuestos (juc entonces á aceptarla se mostraron 
Alvear y sus secuaces. No atreviéndose á contradedr de 
frente la opinión pública, apelaron al recurso de mistifí- 
cíirla. Cuando más fermentaba el descontento, circularon 
cartas fraguadas de Sarnitea y Viana, avisando que cel 
brigadier Artigas .se había unido ya con las tropas del ejér- 
cito auxiliar, y todo que<.laba transado. La noticia aplacó 
desde luego las iras del vulgo, que entregándose á una ale 
gría tan ruidosa como lo había sido su anterior descontento, 
dejó al Gobierno libre de temores. 

No sucedió igual cosa á los amigos de Artigas, quienes, 
estando en el secreto de la trama, pudieron formarse idea 
del alcance de sus i)royeccioiics. Si el cinismo con que se 
habían forjado notas y episodios para }>erder al caudillo, 
demostraba el encono de los hombres empeñados en esa 
tarea, la presteza con que acababan de consumar el nuevo 
ardid de las cartas circuladas, argüía su persistencia en el 
mismo propósito. Fuentes, como testigo intacHable, opinó 
que lo más acertado era huir al campo de Artigas, para 
informarle de todo. La precipitación de su marcha le im- 
pidió llevar consigo otro antecedente escrito, que una carta 
anónima, cuyo autor, agente confidencial del Jefe de loa 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


318 


Orientales, narraba en breves términos lo acontecido, pre- 
viniendo de paso que el asesinato de Artigas y sus princi- 
pales tenientes estaba decretado, y adelantando consejos 
que creía oportunos ( 1 ). 

Contrastaban estas manifestaciones tumultuarias de los 
partidos en la Capital, con la apacibilidad que mantenían 
Sarratea y Artigas en sus relaciones de momento, carteán- 
dose sobre operaciones militares y otros asuntos de servi- 
cio. Las circunstancias imponían ese disimulo, pues ambos 
esperaban por instantes, una solución satisfactoria que les 
permitiese deshacerse del adversario. Para Artigas no po- 
día ser dudosa la inmediata remoción de Sarratea en el 
mando del ejército, porque despojado ya legalmente de la je- 
fatura del Poder Ejecutivo, no tenía título alguno para man- 
tener el gobierno de las armas. Seguro del buen éxito de las 
intrigas fraguadas, cuyo ulterior desarrollo reputaba en ma- 
nos idóneas, desde que Alvear se había hecho cargo del 
asunto, Sarratea pensaba de otro modo, y con esa confianza, 
procuraba dar nervio á las operaciones militares contra los 
realistas. Éste era el tema de su correspondencia con Arti- 
gas, á quien se esmeraba en hacer presente, que, mientras el 
Gobierno central zanjaba las diferencias producidas, el inte- 
rés público exigía la mancomunidad de los esfuerzos bélicos. 

Se sabe ya, con cuánta repugnancia miraba Sarratea el 
desmembramiento proyectado por el Gobierno anterior en 
las filas del ejército á sus órdenes. Deseando comprometerlo 
á desistir de ese plan, ah mismo tiempo que remitía á 
Buenos Aires la consulta de Vedia sobre el particular, 
apremiaba á Rondeau, su jefe de vanguardia, para que to- 


( 1 ) Col Fregeiro, xxxvi-XLiii 



314 


LmBO III. --Kjk lioa pedbhal 


mane á mapcha» forzadua el caunino de Mmiteviileo, con el 
deaiji^io de poner sitio á la ciudad. Para el efecto, «e a<le- 
liintrt dicho jefe, al frente de una columna Cfimpueata de 
2 piezas de artillería volante, coníindíin á I). Bonifarío Ra- 
mos y D. Pablo Zufriategui, y el 1.", 3.*’ y 4." escuadrones del 
regimiento de Dragones, que sumaban unos ÜOU hombres, 
todos orientales, respectivamente A órdenes de los coman- 
dantes D. Jopó M. Escalada, D. Rafael Hortiguera y 1). José 
Blas Pico, teniendo por capitanes á D. Pedro Cortina, 
1). Francisco Monn*s Larrea, D. Antonio Suso, D. Juan 
J. (¿ueeada, D. Juan J. Balderrama, D. Adriano Mendoza, 
D. Pablo Perez, 1). Francisco y D. Pwlro Oriondo; por 
ayudantes it D. Josó A. Bianqui, D. Juan G. Igarzábal, 
D. Miguel Blanes y D. José Percira Lerena; por teniente® 
sí T). Ptnlro Sierra, D. »íosó Caparro/, D. Pedro Orona, 
D. Diego Beláustegui, D. (íregorio M. Mons y D. Manu^ 
Antonio Mendozsi; |) 0 r subtenientes á D. Gregorio Pérez, 
D. Domingo Sáenz, D. Francisco Palas, D. Joaquín Iz- 
quierdo, D.'^Iiguel Rodríguez y D. Agustín Murguiondo, 
siendo D. Camilo AULima portsiest andarte. El 2t> de Sep- 
tiembre, R<jndeau había hecho alto en San José, á la es- 
pira de refuerzos, que debían venirle del Cuartel general. 
Casualidatl ó intento, ('I j>ersonal designado para (.‘onati- 
tuirlos, exce|>tuamlo un batallón, era compuesto también de 
soldados orlen ules, que como los Dragones y loa volunta- 
rios (le Culta, esUban destinados á libraren su Patria na- 
tiva, una nueva y gloriosa batalla jn^r la indejiendencia 
sud -amerieana. 

Constaban los expresados nJuerzos, del número 4 de in- 
fanUría,ó sea los antigu(»s Blandengues, (‘on un efectivo de 
.VH) plazas al mando de Vázquez, teniendo ¡>or capitanes 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


315 


á D. Ramón Fernández, D. Francisco Mansilla, D. Ma- 
riano Acha, D. Bartolomé Quinteros, D. Manuel de Acosta 
Agredano yD. Rufino Bauza; por tenientes á D. JoséRo^ 
mero, D. Mariano Cejas, D. Manuel Lima, D. Apolinario 
de la Llama^ D. Gabriel Velazco, D. Francisco Villagrán 
y otros cuyos nombres se mantienen desgraciadamente en 
el olvido ; por subtenientes á D. Pedro Lenguas, D. Ga^ 
briel Pereira, D. Domingo Gatell y D. Abrahán González; 
y por cadetes á D. Manuel Lavalleja, D. Eugenio Garzón, 
D. Bernabé Rivera, D. Sandalio Carrasco y D. Manuel 
Pisani; constituyendo esta oficialidad un plantel de ilus- 
tres hombres de guerra. Al número 4 debía preceder la di- 
visión de D. Baltasar Vargas, que las deserciones al campo 
de Artigas tenían reducida á la mitad de su personal, cuyo 
2.® jefe era D. Marcos Vargas, siendo capitanes D. Juan 
Pablo y D. Julián Laguna, D. Baltasar Ojeda y D. Patri- 
cio González, secundados por los tenientes D. Miguel Quin- 
teros, D. Santiago Caballero, D. Domingo Blanes, D. Luis 
Maz, D. Hermenegildo Aliendre y D. José Astuez, con 
un personal de 300 hombres. Complementaba el contin^ 
gente destinado á reforzar la vanguardia, D. Miguel Esta- 
nislao Soler, ya conocido en el país, cuyo batallón de Cas- 
tas, ó sea número G de línea, sumaba 600 soldados argentinos, 
teniendo por sargento mayor á D. Hilarión de la Quin- 
tana, por ayudantes á D. Francisco Celada y D. Anací eto 
Martínez, y contando entre sus capitanes, al graduado de 
teniente coronel D. Mateo Silva, y á Videla, ambos capa^ 
ces de honrar los galones que llevaban ( 1 ). 

(1) Autohiogmfía de Hondeau (cit). — Figiieroa, Diario histórico: 
I, pássini. 



316 


LIBRO III. — LA’LIfiA FEDERAL 


Luf^o que tuvo la división Vargas á pocas jornadaa, 
Rondenu se puso nuevamente en marcha. Ansiando resar- 
cirse de la espera, y liviano cfimo iba, avanzó ya sin vaci- 
laciones. El 20 de Octubre avistaba Montevideo, apare- 
ciendo sobre el Cerrito con arrogante aparato militar. Des- 
plegó en batalla sus escuadrones, hizo una salva, y ileepués 
campó, empleando en estos movimientos la consumada re- 
gularidad del veterano. Dos días después se le incorporaba 
la división Vargas, deHcal>ezando la línea al galope, para 
irse 5Í campar al saladero de Zamora, entre una nube de 
polvo. InmediaUimente se destacaron grupos de Culta y los 
Dragones hacia el campamento de los ri^ién llegados, para 
darles la bienvenida. Con esta incorporación, las fuerzas 
del asedio adquirieron un aspecto cada vez más imponente, 
dejando lu Plaza incomunicada con el interior del país. 

La situación de Rondeau, sin embargo, no era muy des- 
ahogada, pues sus ventajas dependían del tiempo que du- 
rase el efectn moral producido. Así es que pasado el pri- 
mer momento, los jefes de la guarnición se dieron cuenta 
de lo que Kuce<lía, y la tropa recuperó toda su entereza. Día 
á día empezaron á desplegar los sitiados con algazara sus 
avanzadas y guerrillas, y hasta salían airosos en pequefios 
lances y escojieteos. Rondeau, utilizando el entusiasmo de 
los soldados de Vargtis, y sirviéndose de los de Culta, á 
cuyo jefe había condecorado con el empleo de capitán, 
afrontaba aquellas escaramuzas, mientras il» piadurando 
planes de mayor alc-ance. Pero los realistas, cada vez más 
envalentonados por sus éxitos parciales, se adelantaron á 
lo.s designios del jefe sitiador provocando dos fuertes en- 
cuentros el día 1.® de Noviembre. 

Como de costumbre, las avanzadas de la Plaza, al ama- 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


317 


necer de ese día, salieron bajo las órdenes de D. Benito 
Chain y D, Mariano Fernández, en número de 100 jinetes, 
apostándose á la altura del Arroyo de Seco. El coman- 
dante Hortiguera, jefe del tercer escuadrón de Dragones 
y antiguo confidente de Artigas, mandaba las avanza- 
das patriotas, disponiendo de 100 soldados. Advertido 
de la aproximación de los realistas, ordenó á sus propias 
guerrillas que simularan desbandarse para atraer al ene- 
migo, y una vez conseguido el objeto, cayó sobre aquél con 
el grueso de la fuerza, poniéndole en fuga, después de perder 
varios hombres, y los realistas doble número. Las cañone- 
ras fondeadas en la playa, proponiéndose sostener á los 
dispersos, rompieron un nutrido fuego de metralla, que 
D. Pablo Zufriategui contestó desde la altura. A la tarde, 
otro choque tuvo lugar eu las Tres CruceSy donde los Dra- 
gones, reforzados por gente de la división Vargas, recha- 
zaron 300 infantes mandados por el coronel Gallano, 
obligándoles á retirarse en desorden. Las pérdidas de ese 
día, en ambos encuentros, fueron de 9 muertos y 3 heri- 
dos patriotas, y 14 múertos y 15 heridos realistas. 

Pocos días después, tuvo lugar otra refriega de parecida 
suerte para los sitiados. Rondeau había dispuesto que tres 
partidas de 30 Dragones cada una, montados en buenos 
caballos, amanecieran ocultos detrás de los edificios más 
inmediatos á la línea que formaban diariamente las guar- 
dias avanzadas enemigas, y estuvieran prontas á cargar 
luego que él diera la señal convenida con sus comandantes. 
Preparadas así las cosas, salió á batir el campo de mañana 
una columna enemiga de 200 soldados, para apostarse de 
avanzada, y en ese momento mismo, Rondeau hizo la señal. 
Los 90 Dragones cargaron á rienda sueltaj poniendo en 



318 


UnRO m. - -ÍA LKiA FKOEHAL 


fu^ ¿ MUM contrarío^ ha»ta las puertas de la Plaza, con la 
sola p<^rdida de 1 muerto y H heridos. JJespuós de estos 
dos golpes empezó á <lesmoralizarse la guarsición sitiada. 
Hallan sus avanzadas en la persuasión de que iban á ser 
MorpreodiduM, así es qu<> poeo se aventuraban al campo, 
recogiéndose muy temprano h cuarteles. 

A raíz de estos sucesos, recibía la Plaza algunos w»co- 
rroa de importancia. Ya en Agosto debió haber encerrado 
en sus mundlas al 2.” batallón del regimiento Albuera ; 
pero el naufmgio en Maldonadu del navio San Salvador, 
que lo conducía, liizí» que sólo escaparan de aquel desastre 
1 1 0 personas, pereciendo casi toda la oficialidad y tropa 
del batallón. Ahora, más feliz que en ese caso, arril)ó en 
.'10 de Noviembre la fragata Apodaca por vía de Lima, 
conduciendo 100,000 j>e 808 , porción de pólvora, cartuchoa, 
balas, jarcia, plomo, cabh^, remos y cacao, como auxilio por 
cuenta del Rey, y 04,000 pesos por cuenta de porticula- 
res ( l ). Con esto pudo atender Vigodet al pago de los 
presupuésteos, y al socorro de muchas familias que perecían 
á causa de las necesidiules originadas en la Plaza jíor la 
aglomeración de gente traída de la campafia. 

Pero la situación de Vigodet no era tal que pudiese 
mejorar seriamente por estos medios. Las pobrezas del 
Erario, y la desmoralización que empezaba á cundir entre 
las filas, multiplÍRibun sus inquietudes. A duras penas 
conseguía ocultar entre el vulgo, adulterándolos en un Dior 
rio de las opc*raciones militares publicado bajo inspección 
oficial, los recursos de los sitiadores, quienes durante el 


r 1 ) Larmnag:! y (íuerm, ApmnlfJi -- PtgiietDa, l>iario 

'listf'rrico ; i, pág. 82. 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL ' 319 

mes de Noviembre habían aumentado de continuo sus ele- 
mentos propios, con el numero 6 de línea, algunos volunta- 
rios de campaña y bastantes^ desertores de los cuerpos de 
la guarnición. Aun cuando las fuerzas de los patriotas, con 
ese aumento, no pasasen de 2,000 hombres de pelea, esca- 
sos de municiones, según era notorio para Vigodet mismo, 
la estrechez de alimentación á que tenían reducida la 
Plaza, y la perspectiva de nuevos refuerzos que á cada ins- 
tante podían recibir, eran motivos bastantes para aconse- 
jar una pronta resolución bélica. Con ese propósito, con- 
vocó Vigodet, en 1 2 de Diciembre, una junta de guerra, 
para tratar sobre la oportunidad de hacer ó no una salida. 
Al día siguiente, 13, llegaba Vázquez al campo sitiador con 
su número 4, después de una extraordinaria marcha for- 
zada á pie, decidiéndose, á vista del nuevo refuerzo, las pocas 
opiniones vacilantes que pudiera haber entre los sitiados. 

Sabedor de lo que pasaba en la Plaza, repitió el jefe si- 
tiador sus avisos á Sarratea, imponiéndole de las intencio- 
nes manifiestas de los realistas. Al cerciorarse de ellas, 
Sarratea se dirigió á Artigas, ordenándole que marchara al 
asedio con el mayor número de fuerzas disponibles, sus- 
pendiendo otros planes en proyecto. « Este servicio es muy 
ejecutivo — le decía; — y de la celeridad con que se haga, 
depende el buen éxito de nuestras operaciones ulteriores. » 
Agregando en seguida, por vía de estímulo : « esto basta 
para esperar que V. S. hará todos los esfuerzos imagina- 
bles, á fin de que las valientes legiones orientales lleguen á 
tiempo de que puedan cubrirse de laureles, y comenzar á 
recoger el fruto de sus generosos sacrificios. » Como de cos- 
tumbre, el representante del Gobierno de Buenos Aires 
hacía caso omiso de las ofensas pendientes, cuando se pro- 



UBBO líl. IJí UGA FfiDERAl. 

ponía utilizar al caudillo para aun combinaciones inme- 
diata». 

La comunicación de Sarratea pjira Artigas debía cni- 
zarec en el tránsito con otra de éste, concebida en ténni- 
nos violentísimos. Por casualidad llevaban ambas, fecha 
25 de Diciembre, día en que á cada uno le tocó manifes^ 
tar sus bien diversas impresiones de momento. Artigas, al 
traducir las propias, acababa de saber recién lo acontecido 
en Buenos Aires por causa de las intrigas fraguadas en 
el Cuartel general, y perfeccionadas por Alveiir y los lau- 
tarinos ante el Gobierno reunido. La noticia le había lle- 
gado por Fuente», quien, según se lia dicho ya, acompañaba 
■á su testimonio de actor en el asunto, una carta secreta y 
anónima, cuyo contexto ponía de relieve las maquinacio- 
nes de los enemigos del caudillo. Destinada á surtir todos 
los efectos deseados, esa carta es digna de conocerse, en 
cuanto constituye el punto de partida de una situación 
nueva, facilita la comparación entre las afecciones y los 
odios inspirados por Artigaií, y demuestra que los conse- 
jeros del Jefe de loa Orientales no estaban solamente en 
su secretaría particular. 

Empezaba la carta afirmando que el asesinato de Arti- 
gas y sos principales tenientes, estaba resuelto como el 
medio más exjieilitivo de apoderarse de la Banda Oriental, 
único objeto de Sarratea y sus cómplices. Después se re- 
fería á las intrigas de Alvear y la conducta de Fuentes, 
poniéndolas de relieve. En seguida, mencionaba la novedad 
de que el Congreso exigido {)or el último movimiento re- 
volucionario y electo redentemente, había pasado instruc- 
ciones á Sarratea, para que á su vez hiciese elegir en la 
Banda Oriental el diputíido que debía representarla. Acón- 



IJBRO Iir. — LA LIGA FEDERAL 


321 


sejaba el autor de la carta, que Artigas se opusiese oficial- 
mente á semejante elección, negándole facultades al ejército 
auxiliar para hacerla, y entendiéndose con el Paraguay á 
fin de inducirle en idéntica actitud; todo ello sin perjuicio 
de intimar á Sarratea la salida del país con sus tropas, 
bajo amenaza de compelerle por las armas, si no accedía. 
Estos consejos iban salpicados de las apreciaciones más 
lisonjeras. « Amigo mío — decía una de ellas, — hablo á 
V. con la ingenuidad que debo hacerlo á un paisano re- 
dentor de la América; tal es V., aunque estos fracmaso- 
nes lo quieran ocultar. » También decía al concluir : « ya 
ll^ó la ocasión, ya el tiempo de que su nombre resuene 
por el mundo ; los pueblos ya saben quién es F., y en 
cuanto al pueblo sensato de Buenos Aires, iodo es de F. » 

Fechada en 4 de Diciembre, la carta fué recibida por 
Artigas en 19 del mismo, junto con las informaciones de 
Fuentes, que le impusieron de cuanto aquélla podía omitir. 
Brotó espontánea la indignación del caudillo, al contem- 
plarse víctima de manejos tan despreciables, por parte de 
los mismos hombres á quienes había ofrecido el más des- 
interesado concurso en favor de la causa pública. La opor- 
tunidad de contestar una nota á la Junta del Paraguay, le 
abrió camino para verter en frases candentes el justo enojo 
que le embargaba. Persuadido de que el mundo entero 
i< debía aturdirse ante esta intriga, que parecía un sueño, 
aún examinado el exceso á que conduce una prostitución 
habitual, » anunciaba al Gobierno paraguayo su propósito 
de expulsar por las armas á Sarratea, lisonjeándose de 
que una vez conseguido este objeto, los defensores de Mon- 
tevideo cederían de su terquedad, sabiendo que podían 
ajustar con él un arreglo decoroso, sin temor de ser enga- 


DOM. ESP. - III. 


21. 





LIBRO III. — LA LÍOA FEDERAL 


ñndos». «Yo yn estoy decidido — agrf!g«ba ; — propenderá 
siemjiro íl loa triunfoa de In verdadera libertad : la razón y 
la justicia pancionnrán mi proceder. Nada tendré jamás 
que increparme á la vista de la autoridad que lo’anta d 
cetro de fierro y se ostenta como un conquistador, pro- 
clamando sacrilegamente el derecho sagrado de los piic- 
hlos, á cuya sjjinbra fomenta su egoísmo .... Estrecbemos 
nuestra liga ccui ese pueblo grande, contribuyamos juntos 
á nuestra regeneración, y acabemos de una vez con esta 
porción indigna gitc Jinna con nucsira sangre la sanción 
de su ini(Jnidad.^^ Para que no se creyera que estas |>ala- 
bras constituían una vana amenaza de su parte, decía en 
seguida : IIc impartido hoy mismo liis órdenes bastantes, 

para que se me nainan tísloa los orientales que se hallan 
sobre Montevideo, y be tomado todas las metlidas para 
que mi i'jcrcito se en«:rosc en breve.s días prodigiosamente; 
después, sin perder instante, intimaré al ejército auxilia- 
<lor abandone las costas orientales, dejándome en ellas 
los auxilios bastantes á su defensa. 8i esta reconvención 
no fuere siiíiciente, mis oiK‘raciones sobre ellos impondrán 
su cumplimiento. 

P(jcos días pasaron, sin que se hiciese efectiva la ante- 
dicha resolución. Usando su acostumbrada táctica, Sarni- 
tea, como ya se ha diclio, proseguía corres |X)ndencia con 
Artigas .sobre los asuntos jHmdientes, en el de.íco de utili- 
zarlo para la acción militar. Al eb*cto, mientras le reco- 
mendaba operaciones de guerra, pretendía deslumbrarle 
con las pn un esas om ten idas en las ultimas comunicacio- 
nes del Gobierno, que le constaba no esUir en manos del 
caudillo, por haberlas interceptado él mismo. Engolfado 
en su intriga, vivía lejos d« j)ri‘sumir que le descubríeeen. 



LIBRO Iir. — LA LIGA FEDERAL 


323 


cuando coincidió que á raíz de haber recibido el Jefe de 
los Orientales las informaciones y noticias de Fuentes, re- 
cibiera la penúltima nota de-su desleal contendor. Artigas 
encontró adecuada la oportunidad para provocar el rompi- 
miento á que se hallaba dispuesto, contestando con fecha 
25 de Diciembre á Sarratea, en términos de una indigna- 
ción abrumadora. 

Apartándose de las nebulosidades que hasta entonces 
solían exornar el estilo de sus comunicaciones oficiales, 
esta vez, la réplica mencionada era precisa y metódica. 
Dividíase en dos partes, circunscrita la primera á exponer 
los hechos ocurridos durante la misión de Alvear, y con- 
traída la segunda á recapitular ló acontecido desde el Ar- 
misticio con los portugueses hasta el día presente. La 
manera como Artigas iba formulando sus cargos, sin inte- 
rrumpir la^ relación cronológica del . relato, daba mayor 
vivacidad á los conceptos emitidos. Refiriéndose á la con- 
ferencia de Fuentes con el Gobierno, donde se hizo caudal 
de los datos aportados por Alvear, le decía á Sarratea : 
« Cuanto allí se expuso contra mí, todo era autorizado con 
la firma de V. E., como también el papel en que los co- 
mandantes de divisiones y yo, negábamos la obediencia al 
Superior Gobierno y á V. E., proscribiendo toda compo- 
sición. » Y como comentario al hecho narrado, exclamaba: 
«Yo me escandalizo cuando examino este cúmulo de intri- 
gas, que hacen tan poco honor á la verdad, y forman un 
premio indigno de mi moderación excesiva. » Después, lla- 
mando á juicio su propia conducta, frente á las acusacio- 
nes ignominiosas de que era víctima, cerraba el incidente 
con estas palabras: «Cualquiera que quiera analizar mi 
comportamiento por principios de equidad y justicia, no 



URRO UI.-r-LA UOA KRDRnAI. 


324 

hallará en mí unía que un hombre que, decidido por el bís- 
tema de los pueblos, supo siempre prescindir de cuales- 
quiera errores que creyese tales en el modo de los gober- 
nantes por explotarlo, concíliiindo siempre su opinión oon 
el interés oomíin. » 

La segunda parte de la nota, ó sea la recapitulación de 
lo ocurrido desde que Sarnitea asumiera el mando, hasta 
el momento en que le escribía, eni de una entonaenón más 
vigorosa aún, y se elevaba en ciertos pasajes ala elocuencia. 
Parlit-ndo de su conducUi sumisa á las órtlenes del Go- 
bierno, que por medio de Sarratea le despojó en el Ayuí, 
no solamente del mando superior, sinó de las mejores tro- 
pas orientales, Artigas ponía de relieve el móvil impulsivo 
de su obeiliencia en estas fnises memorables : ^ La guerra 
no se ha presentado en nuestro suelo sobre el lugar quedió 
nacimiento á los que le habitamos. La cuestífin es sólo 
entre la libertad y el despotismo ; nuestros opresores, no 
por su patria, sólo por serlo, forman el objeto de nuestro 
odio; así, que aunque yo hubiese obrado de otro modo en 
el Ayuí, liul)iese sido siempre justo mi procedimiento. Pero 
como la opinión es susceptible de diferentes modifícaciones, 
y por una circunstancia la más desgraciada de nueetm Re- 
volución, la guerra actual ha llegado ú apoyarse en los nom- 
bres de criollo» y europeos y en la ambición inacabable 
de los mandones de la Regencia espaftola, creí de necesidad 
no se demorase el exterminio de éstos, no faltando des- 
pués tiempo para declamar delante de nuestra Asamblea 
Nacional, contra una conducta que, en mi interior, pude 
disculpar jx)r aquellos instantes, no dejando de ver que los 
hombres adoptan muchas veces metlios opuestísimos, para 
llevar al fin una o|>osieión que les es común. » Encarán- 



LIBRO líL — LA. LIGA FRDKRAL 


325 


dose luego coa sus perseguidores, les dirigía eítas preguntas 
llenas de amargura: «En vista de esto, ¿qué puede exigir 
la Patria de mí? ¿qué tiene que acriminarme? ¿ Puede ser 
un crimen haber abandonado mi fortuna, presentándome 
en Buenos Aires, y regresar á esta Banda con el corto 
auxilio de 150 hombres y 200 pesos fuertes, reunir en 
masa toda la campaña, enarbolar el estandarte de la liber- 
tad en medio de ella, y ofrecerla los laureles de San José 
y las Piedras, después de asegurar otras miles ventajas en 
el resto de los pueblos? ¿Es un crimen haber arrostrado 
el riesgo de presentarme sobre Montevideo, batir y destro- 
zar las fuerzas que me destacíiba, quitarle sus bastimentos 
y reducirlo á la ultima miseria? » 

No paraba ahí su desahogo. El recuerdo de la conducta 
observada antes y después del Armisticio por el Dr. Pé- 
rez, representante del Gobierno de Buenos Aires, le inspi- 
raba nuevas frases de condenación. « Al fin todos confiesan 
— decía — que en la constancia del pueblo oriental sobre 
las márgenes del Uruguay, se garantieron los proyectos de 
toda la América libre; pero nadie ayudó nuestros esfuer- 
zos en aquel paso afortunado. | Qué no hizo el Gobierno 
mismo por su representante para eludirlo! Se me figuraban 
en número excesivo las tropas portuguesas que cubrían 
Pay Sandú: se me acordaban los movimientos á que po- 
'dría determinarse Montevideo, y , por último, para inuti- 
lizar nuestros esfuerzos, se tocó el medio inicuo de hacer 
recoger las armas de todos los pueblos de esta Banda, y se 
circularon por todas partes las noticias más degradantes 
contra nosotros,* tratándonos de insurgentes. Nada bastó á 
arredrar nuestro ánimo resuelto, y seguimos siempre nues- 
tra marcha sobre el Uruguay, sacando recursos de la iin- 



LIBRO Iir. - LA LIÜA FEDERAL 


posibilidad misma, jxira aquel empeño. Nuestra aprorxima> 
ción sola, fue suficiente pira íjiie los p>rtuguese8 abando- 
nasen los puntos <jue ocu|);iban de Mercales, Concepción, 
Pay Bandú, Salto, Belén, Curuzucuatiá y Mandisoví, que 
habían sido <‘l teatro de sus excesos y robos : esto sin comr. 
prometer no.sotros la fe de los tratados, jx>rque siempre 
tuvimos la deliwideza de conciliario todo con nuestros 
de.seo8. > 

Por último, venía la intimación, escrita con toila la ve- 
Tiemencia con que estalla un sentimiento comprimido. 

Cese ya V. E. d(‘ impartirme órdenes — decía; — no 
cuente ya V. E. con alguno de nosotnts, pirque sabemos 
inuy bien que lUR^stro obedecimiento liará preíásamente el 
triunfo de la iutriga .... El pueblo do Buenos Aires es y 
será siempre nue-tio bennano, yicro uunra m (hbiemo 
actnaL Las tropas qiu‘ se bailan bajo las órdenes do V. E. 
serán siempre el objeto de nuestras consideraciones, pero 
de ningún modo V. E. Yo jirescindo de los males que 
pueden resultar de esta declaración hecha delante de Mon- 
tevideo; pero yo no Aoy el agreMrr, ni fampoco tlTCipon- 
mhle . . . . ¿Cjué debo hacer en vista de esta circunstancia, 
sino reunir todos mis resen timii'ii tos, entregarme á ellos, y 
ya qu(‘ la sangre ha do escribir las últimas páginas de 
nuestra historia glorio.sa, hac(‘rla servir á nuestra venganza 
delante del (*ua<lro de nuestros trabajos? Si V. E., sensi- 
ble á la justicia d<- mi irritación, quiere eludir su efecto, 
projiorcionaiulo á la Patria la ventaja de reducir á Monte- 
video, repase E. el Paraná dejándome todos los auxilios 
suficientes. Sus tropas, si V. E. gusta, pueden igualmente 
hacer esa marcha retrógrada. Si solos continuamos nuestros 
ufamos, no no.< //.<#»/< iV/i. i.. J 



LlüiíO lir. — LA LIGA FEDI3RAL 


327 


navios, pero al menoss gustaremos la ventaja de no ser ti- 
ranizados, cuando los prodigamos en odio de la opre- 
sión. » ( 1 ) 

Mientras se cruzaban por la misma posta, el oficio de 
Sarratea urgiendo la marcha de Artigas sobre Montevi- 
deo, y el de éste intimando á aquél la salida del país, 
Rondeau iba á dar muestras de sereno valor y pericia, 
arrebatando la victoria en medio de un contraste. A poco 
de recibir el refuerzo de la infantería de Vázquez, se en- 
contró sustituido en el mando por D. Francisco Javier de 
Viana, quien, como Mayor-general del ejército, debía asu- 
mirlo, llegando al campo con órdenes de Sarratea para el 
efecto. A esta circunstancia, que, en vísperas de una batalla, 
conmovía las filas por la confusión inherente al cambio de 
jefe, se juntaba la de estar los sitiadores sin municiones 
de mosquetería. Puesta en conocimiento de Viana la situa- 
ción del ejército, no daba muestras de tomar providencia 
alguna para remediarla. 

Acentuábanse, entre tanto, los preparativos hostiles de 
los realistas. Informado á diario de lo que acontecía en el 
interior de la Plaza, no le era posible á Rondeau hacer 
otra cosa que trasmitírselo á Viana, tomando por su parte 
las precauciones elementales de vigilancia impuestas por la 
situación. El día 24, un sargento europeo del batallón de 
Vázquez se pasó á, los sitiados, suministrándoles noticias 
sobre la carencia de municiones en que estaban los patrio- 
tas, y el cambio do general en jefe. Vigodet, que desde 
la incorporación de Vázquez á Rondeau temía la llegada 
de nuevos refuerzos al campo sitiador, dio toda la impor- 


( 1 ) Col Fregeiro, xlv. 





LIBRO m. LA MOA FEDERAL 


tanda requerida á Iub informadonee del sargento, y se 
propuso aprovwhar la coyuntura. Con ese fin, sefialó la 
fecha del 31 para atacara los [)atriotas. Afortunadamente, 
coincidía esta rcsuludón con el rcme<lio de la mayor difi- 
cultad sentida jx>r las tropas independientes, pues ul cerrar 
la noche del 30, les liaron municiones de fusil, conduddas 
por el alférez D. José María E^handía y el cadete D. Ra- 
fael Méndez, escoltados por un piquete de 4 dragones. 
Rondeau las liizo distribuir entre loa cuerpos de infantes, 
á nizón de 2 paquetes pcjr hombre. 

Decididos como estaban á tomar la ofensiva, pusiéronse 
en acción los sitiados. Al amanecer del 31 de Diciembre, 
salió gallardamente de la Plaza un cuerpo de tropa» de 
1,600 á 1,800 hombres, con S piezas de artillería, en di- 
rección al Cerrito ( 1 ). Iban los realistas divididos en tres 
colnmnas. 1 a del centro al cargo del coronel D. Domingo 
Loaoes (montevideano), compuesta de 3 compañías, una de 
marina, otra del cuerjx) del comercio y otra de mifiones ca- 
talanes. La de la derecha á ordenes del coronel D. Pedro 
La cuesta, y en la cual marchaba Vigodet con su estado 
mayor, se tN)iiiponía del batallón Voluntario^ de i^fadrid, l 
compañía del Fijo, 2 compañías de artillería urbana y 2 


n ) Son rni ias la.<i o/nniows que JtO}/ sotur el efeciitn de esta fuerza. 
El general Hondean en itu Auinltiografia h\ com¡fUÍa en 2,000 hom- 
bres. Vigodet, en el ¡¡arte militar que dio d la publicidad en Monieri- 
(leo, la haee ascender solamente d IJ.'ió. Figueroa, en su Diario poético 
del sitio de Montevideo, afirma que hay daios para creer que alcanzaba 
(i más de l,Sd0 hombres. I.arrañaga y (iuerra, en »us Apunte» histó- 
ricos, dicen que se t.vm ponía de l.ñOO. Todos ellos fueron iestigoi 
presenciales del suceso, por lo cual bien puede tomarse el promedio dt 
sus diversos edículos, ¡¡ara computar en l,iH)0 m' l,SOi) Itombres el to- 
tal de las tropas españolas. 



LIBRO III. - LA LIGA FEDERAL 


329 


caííones. La de la izquierda al mando del coronel D, Jeró- 
nimo Gallano, compuesta de 1 compañía de Voluntarios 
de Sevilla, 1 compañía de AJbuera, 1 compañía de milicias 
provinciales, varios destacamentos de emigrados de Buenos 
Aires, y 6 piezas de artillería de campaña. La caballería á 
órdenes de D. Benito Chain, marchaba á vanguardia. Como 
segundo jefe de todas las tropas, iba el brigadiei»D. Vicente 
María Huesas. 

Chain, con su caballería y algunas guerrillas de infantes 
montados, fué el primero que cayó sobre las avanzadas 
patriotas. Estaban éstas á la altura de las Tres Cruces, y 
se componían de 400 hombres, al mando del comandante 
P. Baltasar Vargas, con 1 cañón. Atacada firmemente y de 
sorpresa esta fuerza, apenas tuvo tiempo de formar para 
defenderse. Se trabó un combate muy rudo, en el cual se 
entreveraron unos y otros lidiadores, distinguiéndose Vargas 
por la intrepidez con que acudía á todas partes animando 
á sus soldados. Mas no le fué posible sostener el c^mpo por 
más tiempo, así es que viendo mucha de su gente en fuga 
y bastantes muertos y heridos, se rindió con 2 oficiales, el 
teniente D. Vicente Leguizamón y el alférez D. Andrés 
Amarillas, 36 soldados y el cañón que tenían. 

Entre tanto, la división de la derecha, al mando de La- 
cuesta, marchando por el camino del Cristo, arrolló las 
avanzadas de infantería de los patriotas. Desplegó 130 ti- 
radores en guerrilla, despejando todo su frente, y al sen- 
tirse apoyada por el movimiento victorioso de Chain, hizo 
alto á espera del grueso de las fuerzas realistas. Llegaron 
éstas, en efecto, juntándose para deliberar. Acordaron en- 
tonces, que la columna Gallano marchase en dirección 
recta al Cerrito, mientras que las columnas Lacuesta y 



• >ou 


l.tlilIU 111. — 1.A UUA FKOKUAI. 


Loiicejí iiniíhis, íonialmn el nimino de « La Figurita , apo- 
yando y sosteniendo á Gallnno en ku movimiento, 
tnipas se puaieron en nía reha á jiaso do trote, sin encontrar 
irapediniento que las dificultase, y llenas del máa atrevido 
ardor. 

En el campamento de los [latriotaa tmlo era con fusión. 
A los primeros tiréis Je las avanzadas, algunos cuerpos ha- 
bían tomado las armas, |>ero estahan }K*rplejoB eaperaudo 
órdrnes dol Cuartel general. Ix>s dÍH|K.T80s de Vargaa y' 
varios infantes (pie se habían salvado lí la grupa de ellos, 
lleva lian noticias desconsoladoras de la aocióii que comen- 
zaba ;í lilirarse. 1"]! sol, rompiendo de lleno en aquel ins- 
tante, alumbraba [lor un lado las azoteas de Montevideo:» 
(‘oronadas de curiosos, y |»or otro mostraba las columnas 
españolas avanzando vencedora.s entre nn número conside- 
raba* de dis[)ersos. Uoiide<ui, |)or su parte, aturdido con la 
rcspímsabilidad de m) ser ya el jefe superior, liabía despa- 
chado uii ayudante tras otro al alojamiento de D. Fran- 
cisco Javier de Viana, para prevenirle el eiüido de las 
eosns y la urg(‘ncia de que viniera á ponei-se al frente del 
ejército, pues iba a darse una batalla campal. Viana había 
contestado |>or el [uimer ayudante, «que ya iba;* y por 
los otros, «que nada tenía que hacer: que sólo Kondeau 
sería responsable de los reíulta(h>s en el supuesto choque, 
y que así tf uñase las medidas que le pareciesen bien. > 
Para i^sto los realistas estaban ya aisi sobre el Cerrito. 

Rondeau, entonirs, comenzó ó preparar su línea para 
recU)ir al enemigo. Coloeó en la fabla del Cerrito el bata- 
llón número b de infantería al mando del «>ronel Soler, 
con una fuerza de artillería, dos escuadronea de Dragones 
á sus flancos y 1 cañón ; este cuerpo de tropas miraba ha- 



LIBRO III. ~ LA r.lGA FEDERAL 


331 


cía el camino que traían las divisiones de Loaces y La- 
cuesta con Vigodet á la cabeza. Guardando el camino que 
traía Gallano, colocó el núm'ero 4 de infantería á órdenes 
de Vázquez, con 2 piezas al mando del capitán D. Bonifa- 
cio Ramos. En seguida recorrió á galope toda la línea, 
proclamando los soldados é instándoles á cumplir sus de- 
beres en aquel trance donde se jugaba el crédito de las 
armas patriotas. 

La división Gallano fué la primera que entró en fuego, 
acometiendo al número 4, cuyo jefe. mandó romper contra 
ella la artillería de Ramos, que le hizo varios tiros certe- 
ros conmoviendo sus filas. Al mismo tiempo destacó á su 
frente al capitán D. Rufino Bauza con las compañías de 
carabineros y cazadores, para oponerse á los progresos del 
enemigo. Gallano echó sobre esas compañías 300 tiradores, 
rompiendo un fu^o muy pesado. Pero Bauzá combinó de 
tal modo la fuerza que tenía á sus órdenes, y mantuvo tan 
bizarramente el puesto, que obligó á Gallano á circunscri- 
birse á la posición que ocupaba, refugiándose con una parte 
de su gente tras de los edificios de las quintas inmediatas. 
La batalla quedó paralizada por aquella parte con la in- 
movilidad de Gallano, quien se vió reducido á la defensiva 
é inhabilitado de cumplir las instiucciones. que le había 
dado Vigodet. 

La división Lacuesta, en tanto, apurando sus marchas y 
adelantándose con el brigadier Muesas á la cabeza, trepaba 
animosamente al Cerrito, cayendo sobre el batallón nú- 
mero 6. Este cuerpo, cuyo coronel vestía ese día traje de 
soldado con fornitura y fusil, opuso alguna resistencia, cau- 
sando al enemigo la pérdida de 18 hombres y 1 sargento. 
El capitán Videla, negro de heroico aliento, pereció con 





MUUU III, I A MOA PEDERAL 


casi to<l}i BU compañía al oponerse ii Lacuesta, y á pesar 
de estar lierido gniveinentr, no quiso remlirse prisionero, 
cuando, con la bayoneta al pc<'ho, le exigieron que gritara 
; viva el Rey ! : á lo que wmtestó : / viva la Patria /, iriendo 
ultimado en el acto. Pero esta heroicidad no fui parte 
contener el |vanico que se apoderó del batallón, el cual, 
dándose á la fuga, dejo en manoa del enemigo 1 aiñón, 
armamento y tmlo el e<|uipaje del cuerjx). Los españoles 
tremolaron su bandera en el ( ’errito, que filé saludada desde 
jSIon te video con un inmenso viva, salvas de artillería y 
repiques de campanas. 

Viendo Rondeau aquel descalabro, se dirigió á escape 
.hacia el batallón que huía, y echándole en cara su conducta, 
logró reanimarle, trayéndole nuevamente al combate. Por 
fortuna, los realistas habían hecho alto en el Cenito sin 
perseguir á los patriotas, así es que éstos no tuvieron 
tiemp) para desorganizarse, y la voz de su general les en- 
contró compactos, l'iia carga á la baj’oneta, llevada por el 
mismo Rondeau, lavó la mancha del número G, quien 
echándose sobre la (*olumna <le Lacuesta, la desalojó de sus 
posiciones. Al mismo tieiu|K:), los dos .escuadrones de ca- 
ballería colocados j»or el general en el Cerrito, cargaron á 
gran gabqxi sobie los re«d¡stas, desorganizándoles por 
completo. El brigadier Muesas, queriendo contener el ím- 
l>etu de la cal »a Iberia oriental, cayó muerto de un sablazo 
|>or el sargento Rarlolo Mondragón, brillante oficial más 
tarde. Una dispersión general, anunció luego la derrota 
completa de la columna do Lacuesta, cesando en Montevi- 
deo las salvas y repiques auto la vista de aquel cuadro. 

Mas Vigodet, que avanz:iba con la columna Loaces, 
llegó en este momento al Cerríto, y dejando sus cañones á 



LIBRO Iir. — LA LIGA FEDERAL 'ó'iió 

retaguardia, se lanzó impetuosamente sobre las posiciones 
patriotas. Todo lo arrolló en esta carga desesperada, plan- 
tando de nuevo la bandera española sobre la cumbre. Un 
cuarto de hora sostuvo la posición por medio de un fuego 
vivísimo; pero acosado por el número 6, la caballería y los 
tiros certeros del cañón que habían recuperado los patrio- 
tas, bajó de nuevo la altura, refugiándose á la artillería que 
dejara á retaguardia. Sólo de esta manera pudo contener á 
cañonazos las cargas repetidas que le llevábanlos sitiadores, 
y viéndose cercado y amenazado en todas direcciones, inició 
la retirada á las 10 de la mañana. Gallano,con su columna, 
cubrió ese movimiento retrógrado, soportando los fuegos 
del capitán Bauzá, quien, después de haberle paralizado en 
sus movimientos, y á pesar de estar herido de bala en una 
pierna, le persiguió con tesón, causándole fuertes bajas ( 1 ). 

A las 11 de la mañana, entraba Vigodet cabizbajo y 
triste por las puertas de Montevideo, vencido en una 
acción de guerra afrontada y decidida por la firmeza de 
las tropas orientales. Habían dejado los realistas en el 
campo de batalla, 100 muertos, entre ellos el general Hue- 
sas, el capitán D. Esteban Lifíán y D. José Costa Teje- 
dor, 146 heridos, contándose en ese número, con cinco 


(i) El general liondcau, en s« Autoblografia, declara que no pudo 
adivinar po)‘ qué 7notÍvo se puso esta división en retirada para la Plaza 
luego que vió el mal éxito de las otras. Esto^ sbi embargo, está muy bien 
explicado en las declaraciones del general D. Pedro Lenguas, uno de 
los vencedores del Cerrito, quien dice : « El ejército realista se puso en 
« abierta retirada, y el capitán Bauza, sacando partido acertadamente 
« del movimiento retrógrado y del respeto que había sabido inspirar á 
« los de Albuera ( división Gallano ), les siguió obstinadamente la pista, 

* para causarles, con las dos compañias que tenía á su mando, pér~ 

* didas de importante consideración.* ( Apuntes' para labiog de Bauzá.) 



3ÍJ4 IJBHO lU..— LA LIGA FEDERAL 

bHlHzoH y nueve legiones de buyoneta y Hable, el cadete 
D. Claudio Figueroa, que murió poco despuó», y 30 prisio- 
ncroH, entre los que figuraban los cadetes í>rtuña, Brid y 
Kaviíi, heridos también el primero y último. Los patriotas 
tuvieron 90 bajas, cutre ellas el alférez Menéndez, muerto, 
y el cajHtán D. Julián Laguna herido, y abandonaron 40 
prisioneros y 1 cañón; pero la victoria había sido de ellos. 
Aquel enemigo, orgulloso y entusiasta* que al romper el 
alba escalara las cumbres del Cenito, había sido reclia- 
za<lo dos vn‘es, jwseguido sin alce, y aiTojado de nuevo 
hacia sus murallas, de las cuales no debía saJir más que 
para rendirse. Las salva.s de artillería, los repiques de cam- 
pa na.s y los gritos de júbilo que en el primer momento 
lanzaron los realistas dcrde las azoteas de la ciudad, se 
convertían ahoiu en silenciosas imprecaciones á su mala 
suerte, al contemplar el dt^*sfile de las columnas vencidas. 
Singular contríiste, que se evidenció más por la noche, 
cuando á la desolación de Montevideo se opuso la ilumi- 
nación y salvas del campamento patriota, cuyos soldados 
festejaban, ebrios de alegría, la victoria obtenida. 

Xo estaba ociosa la caridad, entre tanto. Dos sacerdotes, 
D. Bartolomé Muñoz, y D. Juan José Ortiz, cura de Mon- 
tevideo este último, abrieron en el campo sitiador una 
suscripción para socoiTer á loa heridos de las tropas ven- 
cedoras. Inmediatamente se ajaintaron con fuertes donati- 
vos, 1). Juan y D. Andrés Duran, D. Juan Méndez Cal- 
deira, D. Ignacio Pinillo, D. Toribio Ubillus, D. Manuel 
Meléndez, 1). ( arlos Auaya, D. Vicente Rodríguez y otros 
patriotas ( l ). Los realistas, menos necesitados ó menos 


(\ 1 PÍLHifroa. hinrto hisfúritrp: i. 13IÍ-131. 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


335 


próvidos, no consta que hiciesen esfuerzos similares para 
remediar la desgracia de los suyos. En cuanto á los prisio- 
neros, Vigodet acudió á pr^oner un canje, designando 
como parlamentarios al capitán de fragata D. José Obregón 
y al mayor de caballería D. Joaquín de Navia, quienes, el 
día 2 de Enero, marcharon á entenderse con Rondeau so- 
bre este punto. Llevaban los parlamentarios españoles, 
instrucciones para mantener la importancia de las jerar- 
quías como razón del canje, así es que no hallándose pri- 
sionero ningún oficial realista de graduación superior, quedó 
retenido D. Baltasar Vargas, destinándole Vigodet á so- 
portar un largo cautiverio en los calabozos de la cindadela, 
hasta que se rindió la Plaza. 

Los demás prisioneros de una y otra parte, fueron recí- 
procamente canjeados, suspendiéndose las hostilidades el 
día de la entrega. Esto dió' ocasión para que ambos cam- 
pos fraternizasen, estableciéndose una romería de familias 
que iban y venían en procurado sus deudos y amigos. Apro- 
vechando los sentimientos nacidos de esta confraternidad, 
obtuvo Vigodet, á instancias del Cabildo, que una expedición 
de isleños españoles, llegada al puerto durante el mes de 
Enero, por el bergantín S Uve ira, fuese á desembarcar en 
Maldonado, como de tránsito para los establecimientos de 
la costa patagónica, librando á Montevideo de una aglome- 
ración propicia al desarrollo de la epidemia de escorbuto 
que afligía á sus moradores ( 1 ). Constaba la expedición de 
377 personas, y todo induce á creer fuese la primera que 
abrió la gran corriente de inmigración canaria, desenvuelta 
hacia nosotros durante el siglo actual. Siguiéronse muy 


(1)L. C. de Montevideo.^ 'PigaeToa, Diario histórico ; i, 140 y 151. 



ano 


L.IBRO IIL IJk LIGA FEDERAL 


pronto otro» <1 ob barco», Cí>n familia» de igual proce<lcnc¡a, 
para las niales ol)tuvo Vigodet idéntico deatino. 

Contrastaban estas disposiciones lienévola» entre loa 
enemigos, con la actitud airada que tomaban las disiden- 
cias entre los patriota». Rondeau, concluida la batalla del 
Cerrito, había despachado uno de sus ayudante», el capitán 
D. Miguel Planes, con pliegos para Sanratea, oomunicáu- 
dolé el triunfo. Venía el ex Presidente en camino para 
Montevideo, cuando le alcanzó el chasque, y le seguía á 
buena distancia el coronel D. Domingo French al mando 
de su retaguardia, con el parque, comisaría y bagaje». Al 
imponerse de la victoria, apresuró sus marclias, pero un 
accidente inesperado le paralizó de inmediato. Artigas, sa- 
bido el movimiento d(; Sarratea, adoptó una resolución de- 
cisiva. Al mismo tiempo que le acreditaba á D.. Tomás 
García de Zóñiga, comunicándole no existir otro obstáculo 
á la unión de to<los, que su separación del mando, empren- 
dió una operación precipitada hacia el paso del IV en el 
Durazno, interpolándose entre el grueso de las fuerzas de 
Buenos Aires y French, que de hecho qiietló cortado. Te- 
meroso de los resultados de la maniobra, Sarratea,que ha- 
bía recibido y despedido á Zúñiga con las mayores aten- 
ciones, asegurándole estar pronto á dimitir el mando en 
homenaje á la unión de todos, apeló á una nueva intriga 
para abrirse camino y salvar sus tropas comprometidas. 
Llegado que hubo á Santa Lucía, escribió al mismo Zú- 
ftigii, á D. llamón de Cáceres,D. Juan de Medina y D. Fe- 
lipe Pérez, (liciéiidoles c que era urgentísimo se pusiesen 
en camino hacia su campo, para desempeñar una intere- 
sante comisión, de cuyo buen rc'sultado dependía acaso la 
felicidad (le la Banda Oriental. ^ 



LIBRO IIL— LA UOA FEDERAL 


337 


Presentáronse los aludidos á la cita, y Sarratea les dio 
una carta para Artigas, pero no instrucciones escritas, limi- 
tándose á asegurarles de palabra, «que cuanto hiciesen para 
conseguir la unión, el lo aprobaba ; y que si su persona era 
un obstáculo, estaba pronto á retirarse á Buenos Aires. » 
Luego entró en largas explicaciones sobre la sinceridad de 
sus propósitos, dejando á los comisionados muy persuadi- 
dos de su buena fe. Marcharon estos al encuentro de Artigas 
que estaba en el Yí, el cual les recibió con el ejército for- 
mado, complaciéndose en enseñarles las bizarras, aunque 
andrajosas legiones que tenía á sus órdenes. Impuesto de 
las proposiciones cuyo resumen autorizaba la gestión de 
los comisionados, estipuló con ellos un convenio, por el 
cual Sarratea, Vázquez (D. Ventura), Viera y Figueredo, 
capellán militar del ejército, se retirarían á Buenos Aires, 
siendo exceptuado de hacerlo D. Francisco Javier de Viana, 
á instancias de Cáceres ; — que Rondeau quedaría al mando 
del ejército hasta nueva disposición del Gobierno central ; 
—y que Artigas dejaría continuar su marcha á French 
con el parque y bagajes, abandonando al mismo tiempo la 
posición estratégica que tenía, para colocarse en el paso de 
la Arena. Estas dos últimas estipulaciones que desarma- 
ban á Artigas, fueron anticipadamente cumplidas por él, 
aunque con repugnancia, y sólo por ceder á los ruegos de 
.los comisionados, que deseaban llevar á Sarratea el pacto 
escrito y cumplido, en cuanto concernía al caudillo ( 1 ). 

Muy satisfechos del éxito obtenido, volvieron los comi- 
sionados á avistarse con Sarratea, en la esperanza de que 
confirmaría sus promesas, ya que ellos habían obtenido 

{].) Memcyrias inéditas de Cáceres cít). 


Dolí. ESP.— m. 


22 . 



ó. id 


IJDRO iri. — LA IJOA FEDERAL 


de Artigna cuant4j pudiera esiKTarse. Per 9 Barratea, quien 
sólo por añagaza había ofrecido lo que ae tomara en cuenta 
de empeño formal, así que se vió á salvo y con sus tropas 
reunidas, acampado ya en el Cerrito y con Artigas desalo- 
jado de su posición amenazadora, pensó en todo menos en 
cumplir lo acordado. Comenzó por echar en cara á los co- 
misionados c que se liabíun excedido en sus instrucciones, > 
y por tanto, se negó á firmar el compromiso. Dijo que, 

€ aunque no tenía iuconveniente en separarse del ejército, no 
podía |>ermit¡r que saliesen de él, los otn>s jefes cuya se- 
paración se pedía. « Como la conferencia tuviera lugar de- 
lante de testigos, D. Francisco Javier de Viana, uno de ellos, 
feo creyó autorizado á terciar en el asunto, y a>n una ener- 
gía de que no había dado muestras ciertamente en la ba- 
talla del Cerrito, interpeló á Csíceres diciéndole; '<¿cómo 
se figuraba ustei^l, señor D. Ramón, que un Viana podía 
quedar á las órdenes de un Rondeau ó de un Artigas ? > 
Escandalizado Ciíceres de aquella falta de pudor, en que 
resultaba cómplice con sus compañeros, pulió permiso á 
Sarratea pañi escribir á Artigas, sincerándose de la leal- 
tad de sus procederes. 

Fue portador de la carta, iin hijo de Cácerw, coronel más 
tarde, y autor de las Memorias donde se cuenta el lance. 
Artigas le recibió sonriéndose, y contestó por intermedio 
del hijo al padre: rXada resta que ver ya en esos hom- 
bres pérfidos, [mes hemos visto que para ctironar sus intri- 
gas creyeron preciso mezclar en ellas á los hombres de 
probidad y honor ; todo debía ser sacrificado á su cébala 
indigna. Yo lo hice sólo por condescender, sin rebajar en 
un ápice mi desconfianza ; pero las insinuaciones de us- 
tedes, sus canas respi*tables, y todo, me obligaron á acceder 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


339 


á mi marcha hasta este punto. Riámonos de todo, mi esti- 
mado señor ; la mejor garantía, el mejor apoyo de nuestra 
existencia es la fuerza ; haga morios respetables en medio de 
ellos, y entonces ellos dejarán de atentar contra nosotros.» 
Y así quedaron eliminados por esta nueva infidencia de 
Sarratea, los negociadores que él mismo había escogido 
’para iniciar arreglos pacíficos. 

Siguiendo la marcha emprendida, Artigas hizo alto en 
el Paso de la Arena sobre Santa Lucía, donde estableció 
su campamento. En el tránsito, se incorporó todos los vo- 
luntarios y dispersos que encontraba, con lo cual levantó 
sus fuerzas á 3,700 hombres de armas y más de mil des- 
armados. Era Mayor-general de aquel improvisado ejér- 
cito, D. Manuel Vicente Pagóla, ocupando el cargo de Au- 
ditor general D. Pedro Fabián Pérez, y el de Secretario 
del general en jefe, D. Miguel Barreiro, mientras D. Pedro 
José Sierra y D. Gregorio Aguiar llenaban las funciones 
de ayudantes. Habida cuenta de su personal efectivo, com- 
ponían los principales cuerpos, prontos para entrar en lí- 
nea, el regimiento de Dragones de la Libertad, fuerte de 
850 hombres, al mando de Otorgues, « de espantoso re- 
nombre y osadía, » al decir del poeta contemporáneo, te- 
niendo por capitanes á D. Francisco Sayó, D. José de los 
Santos, D. Adrián y D. Lorenzo Medina, y como cirujano 
á D. Francisco Aleu ; — seguía á este cuerpo, la división 
de D. Manuel Francisco Artigas con 7 00 jinetes, que tenían 
respectivamente por mayor y por ayudante á D. Francisco 
y D. Felipe Vera ; por capitanes á D. Manuel Barcia, 
D. Pedro Villagi’án, I). Basilio Fernández, D. Ignacio Ba- 
rrios y D. Eulogio Pinazo, y por tenientes á D. Juan An- 
tonio Lavalleja y otros oficiales, cuyos nombres permane- 



340 


UBBO m. — LA LIGA FEDBilAL 


cen todavía en el olvido; — deepu^ »e contal>a la díviaión 
de D. Baltasar Ojeda, compuesta de 500 hombres, cuyo se- 
gundo jefe era D. José Díaz, y D. Hilario Pintos uno de sus 
capitanes; — venía en pos, la división tle D. Fructuoso Ri- 
vera, con 460 voluntarios, teniendo por capitanee á D. Ro- 
mualdo Lcdesma, D. Isidoro Méndez y D. Francisco Casco; 
— y por último, la división de I). Blas Basualdo, cuyo efec- 
tivo debía equipararla con la de Rivera, teniendo por ayu- 
dante mayor á D. Francisco Berdúo, y á D. Juan Bautista 
Santander por uno desús capitanes. Don Justino Tejera con 
1 50 hombres, entre voluntarios y blandengues, y otros oheia- 
lee al mando de diversos piquetes, componían el resto del 
personal, sobre cuya organización faltan «latos conocidos ( l ). 

Sarratea, bastante inquieto por la formación de aquel 
ejército á sus espaldas, trató <le apaciguar á Artigas, ha- 
ciéndole entender que permanecía firnu* en su anterior pro- 
pósito de abandonar el mando, y que solamente una mala 
inteligencia, nacida d('l apresuramiento de los comisioDados, 
había retardado la realización dcl hecho. Asegurábale, con 
fecha 14 de Enero, que proseguía esforzando sus recursos 
ante el Gobierno central para que admitiese la renuncia ya 
presentadla, en el bien entemlido que la eliminación de los 
demás sujetos indicados por Artigas, siendo del resorte del 
Gobierno, sería provista á voluntad de aquél. Insistía en que 
el acto de su renuncia personal era espontáneo, pues - en la 
rectitud de sus principios, en la liberalidad de sus ideas, y 
en la sanidad de su filosofía, tuvo siempre recursos abun- 
dantes para no embriagarse con el rango de su empleo, ni 


( 1 ) Memorias de Cdrores ( MS oit ). — Figueroa, Diario hisiórioo; i, 
112-ÍTá.— Memoria de Pagóla (apDe-María, Ilcnitbreg notables; lll, 126) 



LIBRO IIL — LA LIGA FEDERAL 


341 


deslumbrarse con su brillo. » Tres días después, contestó Ar- 
tigas (17 Enero), que el conv^io establecido éntrelos co- 
misionados y él, no por ser un documento extrajudicial, 
perdía su fuerza de propuesta amigable para una composi- 
ción definitiva. En tal concepto, y diferido todo arreglo por 
Sarratea hasta que contestase el Gobierno central, se veía 
obligado á reproducii* y mantener lo establecido en su ofi- 
cio de 25 de Diciembre, agregando para concluir, las siguien- 
tes frases de trasparente ironía : « En estas circunstancias, 
los hechos sólo pueden servir de garantía á las palabras : 
yo soy muy penetrado de, la sinceridad con que V. E. me 
hace las suyas : la experiencia de quince meses, que en el 
particular me acompaña, nivelará mi conducta sucesiva. » 

Renovada de este modo la conminación de 25 de Di- 
ciembre, quiso Artigas que Sarratea empezase á sentir sus 
efectos. Para ello, comisionó á D. Fructuoso Rivera, con 
órdenes de arrebatarle sus elementos de movilidad. El jo- 
ven oficial, que por primera vez aparecía abriéndose el ca- 
mino de las empresas arriesgadas, era natural del Peñarol, 
en los suburbios de Montevideo, donde había nacido por 
el año 1788, de D. Pablo Perafán déla Rivera, respetable y 
acaudalado vecino, que mientras se batían sus hijos D. Fé- 
lix, D. Fructuoso y D. Bernabé, pagaba con las amarguras 
de la cautividad, en los calabozos de las Bóvedas, el tributo 
de sus opiniones y trabajos patrióticos, reanudando así la 
historia de sus mayores, vinculados al progreso de la civili- 
zación platense por largos sacrificios ( 1 ). Heredero de un 


(1) Lozano, Hisi de la Conq; li, iv. — Figueroa, Diario histói'ico ; 
1 , 186.— De “María, Honibres Notables; l, 80-81.— Díaz, Hisí de las Rep 
del Plata; xni. 



342 


LIBRO ni. —LA LIGA FEDERA I. 


nombre iluntre, y <lel prestigio jM)pular que bu hermano 
mayor lo había ('edido, amba« cireimstaueias influían para 
que D. Fructuoso Rivera se encontniKe al mando de una 
fuerte división de voluntarios, á la edad en que aíin no 
había contraído méritos que pusiesen de relieve su per- 
sona, El tienqK) demostró, sin embíU*go, que era capaz de 
elevarse p^r sí mismo, á la altura donde p>co8 llegan y 
casi nadie se conserva <lurante el curso resbinte de la vida; 
y hasta con prescindir de los atributos nobiliarios de su 
apellido, esforzándose por simplificíirlo, denotaba propen- 
siones á excluir toda sospecha de influencias reflejas so- 
bre el brillo de sus futuros destinos. 

A la viveza natural de su inteligencia, unía Rivera un 
exterior simpático. Era de wlor moreno, ojos y cal^llos 
negros, nariz aguileña, estatura regular y eueq>o fornido. 
Suplía por entonces la falta de años erm la seriedad del 
porte, pero sabía granjearse las simpatías de sus oyentes, 
con una conversación .suelta, insinuante y no escasa de 
interés. Penetraba con facilidad las ideas de los di*- 
rnás y se las asimilaba cuando le i>a recían buenas, resul- 
tíindo de ahí que muchos, al.oirlc, le í-oncínlieran mayor 
ilustración de la que tenía. La nota «lomiuaiite de su ca- 
rácter era una ambición inquieta, de esas que no dejan 
vagar al alma mientras no se crwn satisfechas, y que no 
lo están niuica. Llevado de esa disj>osición <le ánimo, ha- 
bía dado ya algunas trazas de su temperamento íntimo, 
pugnando j>or obtener sobre sus compañeros de armas, 
casi toílos jóvenes como él, un ascendiente de superio- 
ridad que debía atraerle odiosidades crueles. Con sus 
inferiores y con la gente del puol)lo llano, se mo.straba 
muy abierto, y lc*s .spiUicía [>oi* la sencillez del trato y el 



LIBRO in. — LA LIGA FEDERAL 343 

desprendimiento con que sabía socorrerles en todos los 
casos. 

A este oficial, pues, confió -Artigas el encargo de sitiar 
por la espalda á Sarratea, arrebatándole las caballadas y 
boyadas de su parque, y secuestrándole los auxilios comes- 
tibles que pudieran llegarle de campaña. Recibida la orden, 
se aproximó Rivera de sorpresa al campamento del ejér- 
cito auxiliar, y en un momento dado, cayó sobre sus caba- 
lladas, dejándole completamente á pie. Luego se situó sobre 
los pasos que conducían á los caminos del interior, apode- 
rándose de los ganados cuyo destino era abastecer las fuer- 
zas auxiliares, con lo cual empezaron á sentirse entre 
aquéllas, todas las escaseces del hambre. Por lo pronto, la 
operación de Rivera privó á Sarratea de 700 bueyes per- 
tenecientes á su parque y 2,700 caballos, dejándole impo- 
sibilitado, no solamente de recuperar la pérdida, sinó de 
reponerla por medio alguno ( 1 ). En semejante apuro, Sa- 
rratea convocó una junta de guerra de los principales jefes 
del ejército auxiliar, prevaleciendo en ella la opinión de 
que se comisionara á D. José Rondeau y D. Domingo 
French, para entenderse con Artigas. 

El carácter de la medida, y la espectabilidad militar de 
las personas nombradas, suponían un designio formal de 
allanar inconvenientes. Artigas recibió á los comisionados 
con la mayor deferencia, concediendo todo lo que pidieron. 
Fué levantada la incomunicación entre Sarratea y el inte- 
rior del país, restablecido el giro de la correspondencia y 
devuelta aquella que estaba detenida. Por su parte, el cau- 
dillo avisó que comisionaba ante el Gobierno de Buenos 


(1) A. D. de P., Apimies ; i, 20. — Col íVegeiro, xux y lxxxii. 



344 LIBRO lir. — LA UOA PfTIlRRAL 

Aires á D. Tomán García de Zíifliga, para urgir sobre la 
admisión <le la renuncia de Sarnitea, la retira<U de Via na, 
Vázquez, Valdeiiegro, Viera y Figuoretlo, la dervolución á 
las fuerzas orientales del regimiento de Blan<lengue9, y el 
nombramiento interino de Ron<leaii para general en jrfe, 
mientras venía á sustituirle D. Nicolás Rodríguez Pefio, 
miembro del Gobierno central. Barratea aparentó Ui más 
viva 8Rt¡8fac(.‘¡ón al imponerse de estas cláusulas, replicando 
que contribuiría ante el Gobierno para inducirlo á sancio- 
narlas. 

Pero muy distintos eran sus ocultos propósitos. Libre 
de agresiones inmeíliatas, se dedicó á promover un nuevo 
desbande en las filas de Artigas, escribiendo á varios jefes 
con oferta de empleos y ascensos si abandonaban al cau- 
dillo. Paralelamente redoblaba sus exigencias con Artigas, 
|iara que cooperase al desenvolvimiento de las operaciones 
m ilita re.s. A la primera respuesta de aquól, negándose á 
salir de su abstención en tanto no se solucionase el litigio 
iastaurado, Sarratea lo puso fuera de la ley, por medio de 
un Bando expedido el 2 de Febrero, en que lo declaraba 
traidor á la Patria, incitando á todos los desertores de los 
cuerpos de línea refugiados t*n las filas del caudillo, á que 
buscasen la protección de Otorguéft, para ser reconocidos 
en su chise y empleo. Sorprendido por tau extrafia actitnd, 
Otorgues remitió originales á Artigas el Bando y oficio de 
Sarratea, que llegaron á manos del Jefe de los Orientales 
en momentos de maivbar, con destino á Buenos Aires, los 
comisionados para In transacción de las diferencias pendien- 
tes. Pocos días despuás, se interceptó una nota de Sarratea 
al Gobierno central, comunicándole que Artigas conti- 
nuaba tranquilo en el Paso déla Arena, aunque trabajando 





Brigadier General D. Fructuoso Rivera 



LIBRO III. — LA LIGA FEDERAL 


345 


por hacerse de municiones por la vía de los enemigos, 
« k pesar de ello — agregaba Sarratea — muy poca es la 
consistencia que puede adquirir: su ignorancia y ninguna 
disposición para la guerra, la fólta de oficiales de aptitud, 
de que carece absolutamente, el mal estado de su armamento, 
y un concurso de circunstancias que se rozan inmediata- 
mente cou este negocio, hacen despreciable en todos senti- 
dos á D. José Artigas; así es que no debo perder esta 
ocasión de repetir á V. E. lo que he tenido el honor de 
exponerle en mis anteriores comunicaciones : que muy pocos 
fusilazos bastarán para lanzar á este, caudillo más allá de 
las márgenes del Cuareim, si se precipitase al extremo de 
hacerse sordo á la resolución pendiente de V. E. sobre 
las pretensiones que ha sometido á su superior determi- 
nación. » 

Después de esto. Artigas no podía lisonjearse de llegar 
á ningún acuerdo con su contendor.' En consecuencia, lé 
pasó (11 Febrero ) una nueva y violenta intimación para 
que se retirase inmediatamente del país, echándole en cara 
al mismo tiempo sus procederes últimos. «V. E. — le de- 
cía - — me ha llenado de ultrajes, en los momentos mismos 
que mis resentimientos pudieran impulsarme á una varia- 
ción en medio de todos los recursos para realizarla. He 
sido el objeto del Paraguay, Portugal y Montevideo : sus 
solicitudes no han cesado jamás. Sin embargo, el mundo 
vió mi pundonor y mi delicadeza : V. E. mismo debe ha- 
ber visto originales las cartas de Elío y Vigodet para mí, 
y que tuve cuidado de dirigir al momento al Superior Go- 
bierno. » Tomado en flagrante delito, Sarratea pretendió 
excusar su conducta, dirigiéndose á Artigas por medio de 
un largo oficio (14 Febrero), en que le imputaba trabajos 



346 LIBRO III. —LA LIGA FKDKHAL 

aubversivoB para diaolver t*l ejército auxiliar, y conniven- 
cias con los realistas de Montevideo pam traicionar la causa 
pública. El enojo del Jefe de Ion Orientales fué adecuado 
á la magnitud de esta nueva agresión, y no solamente la 
replicó en términos durísiinos (17 Febrero), tratando de 
impostor á su intrincante, sino que remitió copia de todo 
á Elondeau y French, poniéndoles por jueces de su honor 
ofendido ( l ). 

El gol[>e fué decisivo. Los dos jeftw nt)nibrados, apenas 
recibieron el oficio de Artigas, se dirigieron |>or escrito á 
Sarratea, pidiéndole explicaciones sobre los fundamentos 
que habían ocurrido para aquella conducta extraordinaria. » 
Puesto que la contestación de éste no les satisficiese, pasa- 
ron á su alojamiento con ánimo de resolver de palabra el 
asunto, encontrando á Sarratea firme en su propósito de 
no ceder, aunque dejando á la voluntad de los reclaman- 
tes que se dirigiesen al Gobierno central, en demanda de 
su desagravio. » Mas como Rondeau y French insistiesen 
en que el honor de ambos se hallaba comprometido, jx>r 
su aparente complicidad en la resolución que declaraba 
traidor á Artigas, después de haber conseguido de él todo 
lo que le pidieran, Sarratea concluyó p>r manifestarles, que 
atenta la uniformnlad de las quejas contra su persona, 
transformada en único obstáculo para una conciliación, 
podían escribir á Artigas «que accedía voluntario á dejar 
el mando, y se disponía á partir á la mayor brevedad. * 

Poco seguros del cumplimiento de lo prometido, los je- 
fes reclamantes «leci dieron hacer una demostración que pu- 
siera fin it tantas intrigas. Para el efecto, convinieron exi- 



LIBRO III. — LA liga FEDERAL 


347 


gir con las armas, lo que se retardaba en conceder á las 
buenas, y penetrados de la urgencia de realizarlo, ya que 
la deserción diezmaba sus filas, •amagando disolver el ejér- 
cito, escribieron á Artigas para que cooperase con una 
parte de sus fuerzas á imponer la salida de Sarratea, de un 
modo irrevocable. Acababa el caudillo de rechazar con des- 
deñosa negativa, varias proposiciones seductoras de Vigo- 
det, que oportimjLmente se mencionarán, cuando le llegó el 
oficio deRondeauy French, pidiendo su concurso. Inmedia- 
tamente destacó al coronel D. Fernando Otorgués con la 
vanguardia, para que apoyase el movimiento proyectado, y 
el 21 de Febrero, al amanecer, los cuerpos del ejército 
auxiliar formado^ en el Cerrito y apoyados por la van- 
guardia de Artigas, hicieron saber á Sarratea que había 
concluido su autoridad sobr^ ellos. Sarratea se sometió á 
todo, abandonando la jefatura del ejército en manos de 
Eondeau, hasta nueva resolución del Gobierno central, y 
se puso en marcha para Buenos Aires, acompañado de su 
secretario Cavia, y de Viana, Vázquez, Figueredo, Valde- 
negro y Viera ( 1 ). 

El alboroto de los realistas fue grande, al contemplar 
tan inusitado movimiento de tropas en el campo sitiador. 
Vigodet mandó echar generala, y la guarnición se mantuvo 
sobre las armas hasta las once de la mañana. Después- se 


(1) Indudablemente se equivoca Vedia en su ^MetnoHa^ al señalar 
á este movimiento la feclia de 10 de Enei o de 1813^ pues su causa ini- 
cial, que fue el Bando de Sairatea declarando tiaido?' á Artigas, lleva 
fecha 2 de Febrero; y además, la correspondencia de Artigas al respecto 
( Col Fregeiro, lxxxiv ) y las anotaciones de Figueroa ( Diario histó- 
rico, j, 167 y 169) están contestes en que la deposición de Sarratea tuvo 
lugar el. 21 de Febrero. 



848 


iJBRo.nr. iji laoA rcDKRAL 


restableció el nosiego, y á la tarde, dos pasados del campo 
patriota, exjjlicíaron el suceso á su modo, manifestando que 
la proximidad de Otorguós en aire de guerra, había oca- 
sionado aquella alarma. Tenían los realistas motivos para 
aceptar la veracidad de esa noticia, pues conociendo las di- 
sidencias existentes entre Sarratea y loa orientales, no lee 
extrañaba (jue tomaran al fín una forma agresiva. Para 
explotarlas en su provecho, habían mandado á tratar con 
Artigas, en los priim‘rr>s días de Febrero, á D. José Villa- 
grán, pariente cercano del i^udillu, j á D. Luis Larrobla, 
orientales ambos, de quienes esperaban Vigo<iet y el Ca- 
bildo de Montevideo, el más Bñoujero resultado para sus 
proj>ü8Ítos. 

Olvidando los eoncvptos depresivos con que había detrac- 
tado al Jefe de los Orientales en documentos librados á la 
publicidad, llamándole, ontrje otros insultos, < individuo des- 
preciable por sus inveteradas malas costumbres Vigodet 
pretendía vendérsele ahora como su mejor amigo, á fin de 
reducirlo cwi la oferta de grandes l>eneficio9. AI efecto, Villa- 
grán y Larrobla llevaban las más amplias instrucciones, con 
las cuales |>artió el segundo de ellos en un (tequeño buque, 
llegando hasta las barrancas de San Gr^orio; pero advertido 
allí de las disposiciones hostiles que manifestaban las parti- 
das patriotas de los alrededores, Larrobla no se atrevió á 
desembarcar. Deeidido, sin embaído, á tratar el asunto, es- 
cribió al Jefe de los < )rientales, por intermetiio del Alcalde 
de San José, una carbi explicativa de su misión. ella, 
después de recalcar sobre el odio y las asechanzas de los 
gobernantes de la otra Banda, le decía : « El señor Capitán 
general D. Gaspar Vigtxlet, ftu fiel amigo, ha puesteen mi 
mano, la ancha ó fácil comisión, pues depende de V- de 



UBRO in. — LA IJGA FEDERAL 


349 


hacerle presente ser enteramente s^t amigo y que sólo de F. 
el alto Grobiemo de la Nación se acuerda, para lo cual le 
ha expedido una Real Orden, toda en su favor ; — que V. 
quedará en la campaña con el “^rado y como quiera ; — 
que podrá formar cuerpos y oficiales mandándoles despa- 
chos en blanco, o dándolos V. al modo que mejor halle; — 
y que siendo V. el único general de esta Campaña, se le 
franquearán sin demora alguna, los auxilios que necesite 
para libertarla, sea con gente, armas, municiones, vestua- 
rios y dineros; y el Excmo. Cabildo hace á V. la más so- 
lemne protesta de adherirse á cuanto V. proponga, bajo la 
justa recompensa de su unión con Montevideo, su patria, 
y de sus amigos, que son todos sus habitantes. » Para di- 
sipar dudas, ofrecía el comisionado poner en manos de Ar- 
tigas los documentos áque aludía, constituyéndose él mismo 
en rehén, mientras la negociación Se ultimaba (1). 

Artigas trató agriamente al portador de la unta, luego 
que se hubo impuesto del contenido de ella. « ¿Qué me 
importa á mí del empleo de Comandante general de Cam- 
paña, ofrecido por Yigodet — le dijo — si el voto unánime 
de sus habitantes me señala más alto destino ? Y aunque 
así no fuera — agregó — prefiero ser independiente á cual- 
quier otra cosa. » Siguiendo el impulso de esa actitud airada, 
previno al Alcalde que no permitiría de ahí más, el tráfico 
de carne y otros abastos que por consideración á la penuria 
de los sitiados había tolerado en las costas, y lo despidió 
con insinuación de que no compareciese otra vez á su pre- 
sencia, Pero cuando algunas horas después, reflexionando 


(1) Figueroa, T)iaTÍo histwico; r, 153, 169, 174 y 175.— Co/ F)'e- 
geiroy lxl 



350 


IJBBO IIL — LA LlOA FEDERAL 


sobre la» ofertas de Vigodet y el Cabildo, midió tmk) »u 
alcEDce, puso al margen del oficio <le Larrobla cetas pala- 
bra» escrita» de su mano : * Sirve para la vindicación del 
Jefe de lo» Orientales, que Alespreció el convite en la» dr- 
cunatancias má» apuradas ; » y remitió como de costumbre, 
copia del documento al Gobierno del Paraguay, pero con 
ese único comentario. 

El 24 de Febrero llegó Larrobla á Montevideo con la 
noticia del fracaso. Do» días después, un movimiento inu- 
sitado se advertía en el campo sitiador. A la» 1 1 de la ma- 
ñana del día 26, el ejército auxiliar, formado en orden de 
parada, agitaba sus bandera» y estandartes con intenso jú- 
bilo, rompiendo la artillería patriota vma salva de veintiún 
cañonazo». En ese momento mismo, aparecían las columna» 
del ejérdto de Artigas, <lesfi!ando ante »u» compañeros de 
armas, y quedaba restablecida la concordia entre lo» ven- 
ceílores de las Piedras y los venceílores del CWito, á la 
vista del enemigo común. Tanto en el CHra|>o sitiador como 
en la Plaza, la majestad del esjK^ctiículo atrajo por su propia 
influencia las multitudes, respectivamente impulsadas del 
entusiasmo ó de la angustia ; y mientras corrían jinetes y 
carniajes de los alre<ledores del asetlio á mezclarse entre 
los patriotas, se apiñaba en las azoteas y baluartes de Mon- 
tevideo el vecindario todo, dando el último adiós á sus e»- 
penmzíis de paz ( 1 ). 

Al producirse esto.» acontecimientos, estaba en potler de 
Artigas un oficio del Gobierno central, fecha 17 de Febrero, 
acusando recibo á otro en que el Jefe de los (Orientales 


(1) I^arraftagny Guerra, Apuntes — Fipieroii, Diario kin- 

fñri/>n • f 17'^ 



LTBRO III. — LA LIGA FEDERAL 351 

manifestaba haber comisionado it García de Zúfíiga para 
' transar las desavenencias existentes. El Gobierno expre- 
saba en su respuesta, que con motivo de haber resuelto la 
Soberana Asamblea el envío de uno de sus miembros ple- 
namente autorizado para transar las diferencias que agita- 
ban la Banda Oriental, estaba á la espera del resultado de 
esa misión, para entrar en arreglos con Zúñiga, quien aún 
no había comparecido á su presencia. Entre tanto, el di- 
putado argentino llegó al campo de Artigas, pidiendo el 
reconocimiento inmediato de la Asamblea, á lo cual se 
negó el Jefe de los Orientales, si antes no se le daban las 
satisfacciones convenidas. Poco tiempo después, insistía 
Rondeau sobre lo mismo, recibiendo idéntica respuesta. 

Nadie menos que Rondeau, podía sorprenderse de aque- 
lla actitud.'Desde que se incorporó al asedio, Artigas, para 
quien no era dudosa la rendición de Montevideo, había con- 
fiado al general en jefe sus miras « sobre la necesidad de 
convocar un Congreso para que representase á la Provincia 
Oriental después que la desalojasen totalmente los españo- 
les, » pidiéndole al mismo tiempo, « que no pusiese obstá- 
culos á la convocatoria de diputados para ese efecto. » Ron- 
deau se opuso abiertamente á la medida, contestando al Jefe 
de los Orientales « que su proyecto era muy desacertado, por 
cuanto no estaba facultado para llevarlo á cabo, y que él 
no podía consentirlo, sin grande responsabilidad. » ( 1 ) 
Negada la cooperación del general en jefe, es llano que 
Artigas debía acudir al Gobierno central en demanda de 
la realización de su propósito, y aun cuando el plan some- 
tido á las deliberaciones de aquél, fuese ya más vasto y de 


(1) Autobiografía de Bondeau (cit). 



UB^O Ilf. — LA LIGA FEDRBAL 

aplicación perentoria, no menos cierto era que el delate 
pendiente á ese respecto, le autorizaba á suspender el re- 
conocimiento de la Asamblea. 

Así las cosas. Artigas so dirigía al Gobierno del Para- 
guay, haciéndole sal)er los móviles de su actitud. No obe- 
decían sus resistencias á otro propósito i^ue al de asegurar 
un gobierno -propio local en el iwís, ant«*s de reconocer la 
Asamblea y someterse al imp(TÍo de sus leyes. De este 
modo creía servir, no solamente los interines uruguayos, 
sino también los del Paraguay y Tuenmán. cuya decisión 
p»r mantenerse dentro de la Liga feileml, daba una base 
positiva al triunfo constitucional del sistema. « Orieutado 
V. 8. de las miras de esta Provincia — decía Artigas en 
la comunicación referida — |K)drá concluir también su plan, 
decidiéndose á sus resoluciones consiguientes, si le parece 
bien equilibrado el fuego de los sufragios en la Asamblea 
con 6 diputiidovS nuestros, 7 de esa Provincia grande, y 2 
del Tucumán, decididos al sistema de confederación quí 
manifiesta V. 8. tan constantemente. ( 1 ) 


< 1 ) Col frrffriro, LXV, lxvi y iJtxxiV. 



LIBRO CUARTO 


2ií. 


Dox. EsP.— IlL 




LIBRO CUARTO 


CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


Oontinuación del sitio de Montevideo. — Angustias de la ciudad. — Re^ 
veses de los realistas en Maldonado y San Lorenzo. — Confisca- 
ción de los bienes de los patriotas. — El Carnaval de 1813 en 
Montevideo. — Fray Juan de Ascarza y la caridad pública. — 
Asalto y presa del puerto de la Paloma. — Reunión de electores 
en el campo oriental. — Reconocimiento de la Asamblea Constitu- 
yente. — Bases del pacto federal. — Elección de gobierno propio lo- 
cal. — Predominio inflexible de la logia Lautaro. — Rechazo de los di- 
putados orientales á la Constituyente. — Preludios de guerra civil. — 
Exposición de agravios formulada por Artigas. — Desdeñosa contes- 
tación del Gobierno central. — Refuerzos que reciben los realistas. — 
El Gobierno de Buenos Aires acuerda retirar sus tropas del asecho. 

— Rondeau se opone. “ Sus inteligencias con la Plaza. — Romarate 
ocupa Martín García. — Congreso de Maciel. — Funesta «posición de 
Artigas al mismo. — Se retira del asedio. — El Gobierno de Buenos 
Aires pone á precio su cabeza. — Don Fernando Otorgués. — Comba- 
tes entre las escuadras argentina y española. — Negociaciones. — 
Victoria naval de Brown. — Alvear reemplaza á Rondeau. — Intrigas 
de Alvear. — Tumulto en Montevideo. — Capitulación de la ciudad. 

— Fin de la dominación española. 

(1813 — 1814 ) 


Después del desastre del Cerrito, la situación de Vigo- 
det empezó á hacerse cada día más precaria. Una vislum- 
bre de esperanza sonrió al Capitán general con ocasión de 
las disidencias de Artigas y Sarratea; pero resuelta la di- 
ficultad, esa vislumbre quedó disipada. Por lo contrario, en 



ÓS>G UBRO IV. — CAÍDA DKL l>ODEB BM|*A!(0L 

el campo bitiador todaa eran alegrías. El Gobierno de Bue- 
nos Aires había wnfimiado el nombramiento de Kondeau, 
y las tropas auxiliares, ensoberbecidas con el triunfo y lle- 
nas de confianza en su general, redoblaban sus esfuerzos 
contra los realistas. Multiplicábanse loa combates parciales, 
en que cada soldado patriota hacía gala de arrojo ; y con 
esto, la guarnición de Montevideo, apocada por los desastres, 
perdía en progresión creciente el vigor de su temple moral. 

Un testigo presencial de los sucesos, avecindado en Mon- 
tevideo y partidario de la Revolución, describía en 27 de 
Enero de 1H18, las aflicciones de la Plaza á un amigo 
suyo, dicióndole: por todas partes se presenta en esta ciu- 

dad la afligen te imagen de la amargura y constemaciÓD. 
Apenas hay una familia que no se alimente con el pan de 
sus lágrimas: toílo el día y á todas horas, hiere nuestros 
oídos el fúnebre tañido de la muerte. Casi todos los he- 
ridos han fallecido, y las nocesídatles originan una fiebre 
maligna que ha conducido á muchos centenares á los ho- 
rrores del sepulcro: ósta ataca con más violencia á los pár- 
vulos, y se teme que iucrementándose despliegue el carácter 
de una peste asoladoni. I»s granos acopiado», apenas su- 
fragaron para el consumo de .‘15 días: los rei^ursosde carne 
fresca que estaban deixísitados en la falda del Cerro pro- 
tegidos de la artillería, han desaparecido, y el agua ha 
escaseado tanto, que se lian visto en la nect*sidad de adop- 
tíir el último recurso, cual es el de conducirla en buques 
de ese majestuoso río.» (1 ) Tal era en.glolK), la afligente 
situación de la Plaza, narrada por uno de sus moradores. 

Los detalles que arroja la documentación oficial y i>ar- 


(1) Hoja suella (Imp de loe N. Ezp). 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 357 

tícular de aquellos tiempos, atestiguan no haber exageración 
alguna en la referencia antecedente. Tan implacable fue el 
desarrollo de la epidemia de escorbuto, que se calculan en 
5,000 personas de todas edades, las que sucumbieron víc- 
timas de esa enfermedad durante los ocho primeros meses 
del sitio ; cifra asombrosa, si se advierte que sólo hubo 
321 muertos en acciones de guerra durante el mismo plazo. 
Atormentado por la escasez de víveres, el vecindario pobre 
andaba al acecho de los sobrantes de las casas pudientes, y 
se armaban pendencias y disputas sobre quién había de 
apropiarse un mendrugo. Las viudas y huérfanos de las 
víctimas del flagelo, importunaban por las calles y en los 
cuarteles con sus plañideras demandas á todo aquel^de 
quien podían hacerse escuchar para pedir socorros. En- 
fermos y convalecientes, inválidos y necesitados, obstruían 
el tránsito en número nunca visto, como que la población 
había crecido extraordinariamente con las familias traídas 
de campaña y la aglomeración de fuerzas militares. Vigo- 
det, por su parte, se exasperaba contra estos apuros, bus- 
cando recursos de todo género y golpeando todas las puertas 
para obtenerlos. 

Tanto el Capitán general como el Cabildo, se habían 
dirígido al Virrey de Lima y á las principales autoridades 
civiles y eclesiásticas de aquella Capital, con las cuales 
.mantenían una correspondencia muy instructiva, del punto 
de vista de las estrecheces soportadas por los realistas para 
sostener una causa, en cuyo servicio desplegaban más ab- 
negación de la que vulgarmente se les atribuía. La princesa 
Carlota del Brasil no había sido olvidada tampoco en es- 
tos reclamos; pero su situación no le permitía hacer nada 
que valiese. Urgido por necesidades perentorias, Vigodet 





UBRO ir. — CAÍDA DEL PODER ERPAHOE 


había resuelto, en de Enero, con acuerdo del Cabildo, 
echar una contribución de guerra sobre las personas acau- 
daladas de la ciudad, señalando discrecional mente laa cuo- 
tas que debía abonar cada uno según sus propios recursos. 
No obstante el buen deseo de los compelidoe, ni Ifi suma 
bastaba para restablecer el equilibrio entre los ingresos y 
los gastos, ni la cobranxa fuó tan rápida como hubiera sido 
menester. En esta situación, viviendo al día, no les que- 
daba á los realistas de Montevideo otra esperanza que los 
socorros pecuniarios de Lima y un refuerzo de 3,000 hom- 
bres, cien veces ofrecido desde la Península, á partir de los 
primeros días del asedio ( 1 ). 

El Cabildo, aunque sin mucho óxito, bacía cuanto le 
era dable por avituallar la ciudad. Escarmentado por el 
rechazo de las expediciones destinadas al acopio inmediato 
de víveres frescos, puesto que los patriotas al mando de 
D. Joaquín Suárez, las imposibilitaban en las costas de 
Santa Lucía, ideó poner en práctica íitros medios. Desde 
los comienzos del sitio había diputado á D. Antonio Lugo 
para que comprase en Río -Grande trigo y otras especies 
de abasto. Algunas de las expediciones contratadas se ha- 
bían malogrado jwr causa <le los vientos contrarios, y otras 
habían arribado tarde |X>r la difícultad en la remesa de gi- 
ros. Para remediar hasta donde fuese posible nuevos fraca- 
sos, comisionó el Cabildo á uno de sus miembros, D. Manuel 
Pérez Bal vas, proveyéndole con 10,000. pesos y carta sobre 
ciertos fondos con que la corporación contaba en Río- 


i'l) fiai,cia Miuisicrial dr fi. A. < N.” :t. Junto 1813 ). — Jn/ers- 

ienU3 Hohre la contribución de yuerra decretada en Enero de 1813 
Arch ( i«*n 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL DODER ESPAÑOL S59 

Grande á fin de activar el envío de comestibles, aun cuando 
debiera tomarlos de Santa Catalina ú otros puntos de aquella 
dirección. Balvás se esforzó en ll^ar su cometido, consi- 
guiendo algunos cargamentos de grano, que se recibieron 
en la ciudad. Pero las desinteÜgencias comunes entre por- 
tugueses y españoles, le originaron muchas desazones, y 
tuvo lances personales y demandas ante jueces por disputas 
con algunos de los vendedores que le engañaron en la 
calidad de los artículos. 

Lo cierto es que en las postrimerías de Enero, la Plaza 
sólo contaba cou 7,000 fanegas de trigo y 144 de maíz, 
470 quintales de harina y 200 de galleta, por toda reserva 
de granos y víveres en poder del Estado y los particulares. 
La escasez de comestibles se juntó con la falta de agua, 
atribuyéndose á milagro por los sitiados, que en ciertos mo- 
mentos de general escasez, la invasión de las corrientes del 
Plata, hiciese accidentalmente potable el agua salada de la 
bahía. Ocupadas por las tropas sitiadoras las proximida- 
des de los surtideros de extramuros, y agotados los rna- 
nantiales de la ciudad, el Cabildo procuró la introducción 
de agua del exterior, fijando un máximum por pipa de la 
que se trajese de los ríos, al amparo de las flotas de guerra. 
Igual medida adoptó para la venta de comestibles, circu- 
lando aranceles que fijaban la uniformidad del precio. Con 
esto vino á cons^uirse una especie de racionamiento, que 
si bien hacía más equitativo el reparto de las subc^istencias, 
muy poco las mejoraba en condición (1). 


(1) Coire$pondencia de Balvás con el Cabildo (MS en NA).— 
iado de la existencia de víveres en la Plaza, el 17 Enero 1813 ( Arch Gen). 
— Figueroa, Diario kislói'ieo; i, 82, 92 y 198. 



360 


UBBO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 

Militarea y paieanoB w esforzaban por atemperar aque- 
llos Bufrimieutos en la medMa de su^)O.HÍbiHdad, rcHÍgnán- 
dose los unos á soportar sin queja loa atra»OB que les 
mantenían en la miseria, mientras los otros se prestaban á 
deflempefiar gratuitamente diversaB oomisiones, renunciando 
en favor del Estado los proventos que «e les ofredan por 
ellas. Don Benito Chain, jefe de la caballería de la Plaza, 
animaba á todos, batiéndose á diario oon las avanzadas de 
los sitiadores, lo que acrecentó su renombre ya adquirido 
en la reconquista de Buenos Aires, y valió al cuerpo de su 
mando la categoría de veterano, con que fué premiado. Co- 
merciantes acaudalados como D. Antonio San Vicente y 
D. Justo Ortega, dieron ejemplo de abastecer de su pro- 
pio peculio al pobrerío, comprando fuertes remesas de carne 
fresca, y distribuyéndola gratuitamente, en lo cual encontra- 
ron imitadores. Muchos otros actos de este género, aunque 
no de tanta resonancia, hicieron palpable que el espíritu 
caritativo se mantenía vivo en Montevideo, á pesar del in- 
fortunio general, tan propenso á desarrollar el egoísmo. 

Pero la mala suerh^ de los realistas, era cada vez más 
acentuada. Ha.sta sus empresas marítimas empezaban á 
resultarles frustráneas, y las noticias confirmatorias se re- 
petían sin alce. La escasez de Wveres en que se hallaba 
Montevideo, había hecho que Maldonado fuera objeto de 
hostilidades. Existía en este último punto un depósito de 
trigo, al parecer considerable. Con el fin de apresarlo, des- 
tacó Vigodet sobre aquel destino 1 lanchón y C botes, que 
llegaron al puerto el día 0 de Febrero, desembarcando sus 
tripulantes. En presencia de ello, D. Francisco Antonio 
Bustamante, jefe militar de Maldonado, reunió un grupo 
de milicianos, y haciendo jugar la artillería disponible, 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 361 

obligó á los realistas á reembarcarse sin haber logrado su 
empeño ( 1 ). Por mucho que se ocultase el hecho, trascen- 
dió en Montevideo á los pocos días, perdiéndose las espe- 
ranzas basadas en aquel acopio dé^omestibles. 

La noticia de un fracaso mayor, ocurrido días antes, se 
supo algún tiemjK) después. Hasta entonces, la flotilla na- 
val española había mantenido el dominio de los ríos, ani- 
quilando todos los esfuerzos del Gobierno de Buenos Aires 
para desalojarla. Desde el año 1811, los marinos realistas 
no solamente bombardeaban la Capital cuantas veces les 
parecía oportuno, sino que habían destrozado la escuadrilla 
revolucionaria, al mando de Azopard, y sometido á crueles 
vejámenes las poblaciones ribereñas adictas al nuevo régi- 
men. Acentuando esa actitud, en Octubre de 1812, caño- 
neaban y saqueaban los pueblos de San Nicolás y San Pedro, 
sobre la margen occidental del Paraná, buscando por este 
medio distraer la atención del Gobierno central para que 
no reforzase las tropas sitiadoras de Montevideo, al mismo 
tiempo que arrebataban ganados de las costas para avitua- 
llar la Plaza sitiada. Ultimamente, el capitán D. Ignacio 
Flores, al mando de la balandra La Americana, había 
apresado frente á Martín García un buque argentino con- 
ductor de vituallas de boca y guerra, cuyo importe no ba- 
jaba de 20,000 pesos. 

La creciente necesidad de víveres, pedía, sin embargo, ma- 
yores esfuerzos cada vez. Vigodet estimulaba en ese sentido 
el celo de los corsarios particulares, expidiéndoles patentes y 
halagándoles con la perspectiva de toda clase de ganancias. 
Entre los más audaces, se contaba D. Rafael Ruiz, avezado 


(1) Of de Sarraiea (Col Fregeiro, lvi). 



IJBBO lY. — CAÍDA DEL PODER IWPA^OL 


(le tiempo atrás á Iiacer el coreo, y sobre quieji recayeror 
tas vistas del Capitán general, con el fin de confiarle el 
mando de una importante expedición, protegida por fuerzas 
de línea navales y terrestres. El proyecto era remontar el 
Paraná, destruyendo de paso las baterías argentinas del 
Rosario “ y < Punta gorda r, y continuar desde allí hasta 
el Paraguay, apresando todos los buques de tráficH) halla- 
dos en el trayecto. Aceptíida i>or Ruiz la indicación, pre- 
paró un convoy de 1 1 embarcaciones, que Vigodet hizo 
tripular j>or 250 hombres de desembarco y 2 cañones li- 
gero?, escoltándolas con 15 buques de guerra. La tropa iba 
mandada por el capitán de artillería urbana D. Antonio 
Zavala, vasc()nga<lo de gran valor; y la ex[)edición se hizo 
á la vela en los primeros días de Euero, penetrando por 
las lK)cas del Guazfi á mediados del mismo mes ( l ). 

El (íobierno de Buenos Aires, sabedor del objeto y sa- 
lida de la expedición, mandó dc*sarmar las baterías del Ro- 
sario, reforzíUído las de ^ Punta gorda ■», y ordenó á D. José 
de San Martín que protegii*se las costas occidentales del 
Paraná, con tropa del regimient<^ á sus órdenes. Al mismo 
tiempo, 1). Celedonio Escalada, antiguo Comandante mili- 
tar de Soria no, que lo iTa entonce.'? del Rosario, reunía las 
milicias de este último punto, en número de 22 ihfantes, 
;50 jinetes mal armados y un pequeño (tiflón de montaña, 
preparándose á la defensa. El 2S de Enero paaaron lo.s 
buques españoles por San Nicolás, y el amanecieron 
frente á San Lorenzo, convento de religiosos situado sobre 
la margen derecha del Paraná, echando á tierra 100 hom- 


(l) Torrente, lirr hi:t¡)anu-ant€ricana: i, xxvi. — Nílire, llíst de 
Martin: i. iv. 



I LIBRO IV. — CAIDA DEL PODER ESPAÑOL 363 

jbres de infantería para proveerse de víveres frescos. Cer- 
ciorados de la imposibilidad de obtenerlos, acababan de 
' formar frente á la portería del coiy^ento, cuando Escalada, 
que estaba en acecho por aquellas inmediaciones, apareció 
sobre los realistas, obligándolos á reembarcarse. 

La ventaja obtenida no era suficiente para impedir que 
el enemigo repitiese su operación, así es que Escalada du- 
plicó la vigilancia. Un desertor fugado de la escuadrilla en 
la noche del 31, le impuso del efectivo de las fuerzas rea- 
listas, y de los planes de un nuevo desembarco proyectado 
por sus jefes, con ánimo de apoderarse de los caudales que 
sospechaban escondidos en el convento, antes de proseguir 
remontando el río. Escalada mandó chasques en todas di- 
recciones para comunicar la noticia á los jefes patriotas de los 
alrededores, y preparó relevos de caballos para hacerles más 
fácil la marcha. Uno de esos chasques encontró* el día 2 
de Febrero á San Martín en camino, al frente de 120 gra- 
naderos de su regimiento, informándole de la actitud de los 
realistas y del relevo que le esperaba en la última posta, 
distante 5 kilómetros del convento. Llegado á ese destino, 
sorprendióse el jefe patriota de encontrar allí un coche de 
viaje, é hizo averiguar á quién pertenecía, resultando ser 
de uno de los hermanos Robertson, cuyos nonibres debían 
ligarse tan estrechamente con la historia de la época. Efec- 
tuado el reconocimiento mutuo, pues el coronel de Grana- 
deros y el futuro historiador eran amigos, San Martín 
demostró su confianza en la victoria, diciendo á Robertson: 
« los marinos tienen doble número que nosotros, mas no 
por eso creo que se lleven la mejor parte en la jomada. » ( 1 ) 


(1) Robertson, Letters on Paraguay; n, xxix. 



364 IJBHO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 

La aurora ilel íí de Febrero sorprendió á San Martín 
en el campanario del convento de San Lorenzo, deade 
donde, acomjw fiado de R4>bertaon y dos 6 tres oñciales, 
examinaba el campo (jue debía ser teatro de la lucha. Ha- 
bía dividido sus granaderos en dos escuadrone», emboscán- 
dulos tras de las tapias exteriores del etlificio, mientras que 
en el interior de ^1 ctílix-aba á Escalada y sus milicianos, 
prontos á protegerle. Todo hacía prever que la lucha iba 
á iniciarse de inmediato. El viento, hasta entonces contra- 
rio, impidiendo á la escuadrilla df^senvolver sus movimien- 
tos, había cambiado favorablemente. Apenas w* difundió 
la luz matinal, notáronse los preparativos del enemigo para 
efectuar un desembarco. Muy luego, se desprendieron en 
dirección a la orilla las primeras lanchas cargadas de sol- 
(Lulos, y á las cinco y media de la mañana trepaban la ba- 
rranca 2Ó0 realista.s bajo el comando del capitán Zavala, con 
bandera desplegada y 2 piezas de artillería al frente. San 
Martín entonces dio la señal de carga, poniéndose él mismo 
á la cabeza de uno de los escuadrones de granaderos 
emboscados, y entregando la direc*ción del otro al capitán 
1). Justo Bermúdez, 

La columna realista, desorganizada en el primer mo- 
mento, se rehizo y rompió un nutrido fuego de fusilería y ca- 
ñón. Al chocar contra ella, San Martín fué herido y derri- 
bado de su caballo, debi(*ndo la existencia á dos granaderos 
que le salvaron. En el mi.smo momento, rmbía también una 
herida el capitán /avala, mientras reanimaba á los suyos. 
La acción se hizo general inmeiliatamente, empezando á 
cejar los realistas, no obstante la serenidad de su jefe y el 
empeño C(jn que le secundaban sus oficiales Martínez y 
Maruri, heridos como el. A los pocos momentos se pro- 



LIBRO rr. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 365 

aunciaba la derrota, poniéndose los españoles en retirada. 
Al llegar al borde de la barranca, quisieron resistir toda- 
vía, protegidos de los fuegos de la^scuadrilla, pero desalo- 
jados de allí, fueron obligados á reembarcarse, con pérdida 
de su artillería, 50 fusiles, la bandera que les fué arrebatada 
en el fragor del combate por el alférez Bouchard, muchos 
muertos y 14 prisioneros, entre ellos 9 heridos, llevando 
consigo otros 30 heridos que pudieron reembarcar ( 1 ). Los 
patriotas tuvieron 27 heridos y 15 muertos, viniendo á ser 
de estos últimos el capitán Bermúdez y el teniente Díaz 
Vélez. 

El rumor del desastre circuló en Montevideo el 17 de 
Febrero, y ya el 18 se conocía la derrota en todos sus de- 
talles. A poco andar se supo también el fracaso de las ne- 
gociaciones de Larrobla para reducir á Artigas, y, por fin, 
la junción de éste con las tropas auxiliares, dió un terrible 
golpe á las esperanzas de los realistas. Como si quisieran 
desilusionarlos del todo, los sitiadores arreciaban entre 
tanto sus operaciones de guerra. Rondeau había formado 
su línea de circunvalación de S. á N., muy aproximada á 
los tiros de la artillería de la Plaza; pero como careciese 
de piezas de batir, le era imposible abrir una brecha. A 
fin de inquietar al enemigo mientras se subsanaba este in- 
conveniente, discurrió hacer bombardeos parciales sobre 
los puntos más salientes de la ciudad, con lo cual consternó 
mucho á sus habitantes. Pusieron los sitiados fundajes 
sobre los ailficios de bóveda, transformándoles así en pun- 


(1) San Martin en sii parte oficial dice que los realistas tuvieron 40 
muertos; pero Figueroa afirma que sólo fuei'on 25 ( DUxrio histó)ñcOy i, 
162-64). 



364 


IJBHO IV. — CAÍDA DEL PODEB EflPAlíOL 


La aurora ilel de Febrero sorprendió á San Martín 
en el oain pana rio del convento de San Lorenzo, desde 
donde, acompañado de R4>bertatm y dos ó tres oñciales, 
examinaba el campo que debía ser teatro de la lucha. Ha- 
bía dividido sus granaderos en dos escuadrones, emboscán- 
dolos tras de las tapias (*xteriorea del edificio, mientras que 
en el interior de ól colocaba á Escalada y sus milicianos, 
prontos á protegerle. Tod(> hacía prever que la lucha iba 
á iniciarse de inmediato. El viento, hasta entonces contra- 
rio, impidiendo á la escuadrilla desenvolver sus movimien- 
tos, había cambiado favorablemente. Ajienas se difundió 
la luz matinal, notáronse los prejíarativos del enemigo para 
efectuar un desembarco. Muy luego, se desprendieron en 
dirección á la orilla las primeras lanchas cargadas de sol- 
dados, y á las cinco y media de la mañana trepaban la ba- 
rranca 2r»0 realistas bajo el comando dcl capitán Zavala, con 
bandera desplegada y 2 piezas de artillería al frente. San 
Martín entonces dió la señal de carga, poniéndose él mismo 
á la cabeza tic uno ile los escuadrones de granaderos 
cmboscjídos, y entregando la dirección del otro al cjipitán 
I). Justo Bermúdez. 

La ( olumna realista, desorganizada en el primer mo- 
mento, se rehizo y rompió un nutrido fuego de fusilería y ca- 
ñón. Al chocar contra ella, San Martín fué herido y derri- 
bado de su caballo, debiendo la existencia á dos granaderos 
que le salvaron. Eu el mismo momento, recibía también una 
herida el capitán Zavala, mientras reanimaba á los suyos. 
La acción se liiz<^ genc‘nd inmediatamente, empezando á 
cejar los realistas, no obstante la serenidad de su jefe y el 
empeño cou que le secundaban sus oficiales Martínez y 
Maruri, heridos como él. A los pocos momentos se pro- 



LIBRO nr. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 365 

. nunciaba la derrota, poniéndose los espafioles en retirada. 
Al llegar al borde de la barranca, quisieron resistir toda- 
vía, protegidos de los fuegos de la^scuadrilla, pero desalo- 
jados de allí, fueron obligados á reembarcarse, con pérdida 
de su artillería, 50 fusiles, la bandera que les fue arrebatada 
en el fragor del combate por el alférez Bouchard, muchos 
muertos y 14 prisioneros, entre ellos 9 heridos, llevando 
consigo otros 30 heridos que pudieron reembarcar .( 1 ). Los 
patriotas tuvieron 27 heridos y 15 muertos, viniendo á ser 
de estos últimos el capitán Bermúdez y el teniente Díaz 
Vélez. 

El rumor del desastre circuló en Montevideo el 17 de 
Febrero, y ya el 18 se conocía la derrota en todos sus de- 
talles. A poco andar se supo también el fracaso de las ne- 
gociaciones de Larrobla para reducir á Artigas, y, por fin, 
la junción de éste con las tropas auxiliares, dió un terrible 
golpe á las esperanzas de los realistas. Como si quisieran 
desilusionarlos del todo, los sitiadores arreciaban entre 
tanto sus operaciones de guerra. Bondeau había formado 
su línea de circunvalación de S. á N., muy aproximada á 
los tiros de la artillería de la Plaza; pero como careciese 
de piezas de batir, le era imposible abrir una brecha. A 
fin de inquietar al enemigo mientras se subsanaba este in- 
conveniente, discurrió hacer bombardeos parciales sobre 
los puntos más salientes de la ciudad, con lo cual consternó 
mucho á sus habitantes. Pusieron los sitiados fundajes 
sobre los eelfficios de bóveda, transformándoles así en pun- 


(1) San Martin en m parle oficial dice que los realisias tuvieron 40 
muertos; pero Figueroa afirma que sólo fuefron 25 ( Diano histórico^ I, 
162-64). 



366 URBO IV. — CAIDA DEL PODER ESPAu^UL 

tos de refugio para la población, que soportó durante largo 
tiempo y en diversas ocasiones aquella agresión inesperada, 
hasta que ul fin, inutilizándose los dos morteros con que se 
hacían los bombardeos, hubo una tregua mientras loe ha- 
bilitaba nuevamente la maestranza de los sitiadores. 

No fuó ella muy larga, empero. Dos oficiales espaflolee, 
D. Francisco y D. Antonio Díaz, se presentaron al campo 
de Bondeau, insinuándole sus deseos de Ber^ír la causa re> 
volueionariu. Ambos eran instruidos y aptos, y el segundo 
llegó con el tiempo á las más elevadas jerarquías milita- 
res. Aceptados que fueron sus servicios, («misionó el ge- 
neral en jefe á D. Francisco Díaz para que construyese 4 
reductos artillados con piezas de 6 y 8, á fin de asegurar 
la línea sitiadora contra cualquier intentona del enemigo. 
Los nuevos trabajos de fortificación se llevaron adelante 
con prontitud, v apenas empezaron á sentirse al abrigo de 
toda sorpresa, las fuerzas ¡Kitriotas redoblaron sus ataques 
parciales. Todas las noches se desprendían de las avanza- 
das, oficiales sueltos, que agazapándose por éntrelas sinuo- 
sidades d(d terreno, llegaban hasta el frente de las fortifica- 
ciones de la ciudad, y rompían serenatas y canciones contra 
España al son de sus guitarras, ó provocaban al enemigo 
por otros medios. Los de adentro contestaban á balazos, y 
ellos cambiaban de sitio, para c-ontinuar sus crueles bromas 
en otros puntos de la línea. Estimuladas p>r el ejemplo, 
no faltaron mujeres patrioUis que lo siguiesen, notándose 
entre ellas á Victoria la cantora^ cuya hermosa voz y se- 
ñalado arrojo la dieron gran nombradla en ambos cam- 
jK)s. Despreciando todo jX'ligro, se hizo al fin moda, trans- 
ferir para el día lo que antes era diversión nocturna. El 
teniente D. Juan Antonio Lavalleja abrió el camino, cor- 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 367 

tándose solo á desafiar á los realistas en las avanzadas (1). 

Así iba entonándose cada vez más el espíritu de los de 
afuera, mientras que adentro se producía un movimiento 
inverso. Vigodet, siempre alcanzado de recursos, se revolvía 
en la impotencia de adquirirlos por medios regulares. Las 
rentas disponibles. habían, decrecido en dos terceras partes. 
El empréstito patriótico no podía cobrarse ya, y las demás 
entradas extraordinarias apenas excedían de 2,000 pesos. 
En tal situación, el Capitán general, de acuerdo con la 
Junta de Hacienda, determinó adoptar medidas excep- 
cionales de carácter perentorio, para habilitarse á distribuir 
entre la. oficialidad de la guarnición una paga á cuenta, y 
cubrir saldos adeudados al asentista de víveres, destinando 
el remanente de lo que se obtuviese á enjugar el déficit 
del presupuesto mensual. En previsión, sin embargo, de la 
animosidad que iban á despertar las extorsiones proyecta- 
das, resolvieron propiciarse al Cabildo antes de hacerlas 
efectivas. 

Consistía el nuevo plan financiero de Vigodet y la Junta 
de Hacienda, en gravar al vecindario con una contribución 
mensual de guerra, aplicada sin miramientos de ninguna 
clase, á cada jefe de familia ó persona independiente, se- 
gún sus medios disponibles, y bajo la acción conminatoria 
de la fuerza, en caso de resistencia. Para la mejor distri- 
bución de las cuotas, debía cometerse su cobro á los al- 
caldes de barrio, y la perspectiva del reintegro por parte 
del Estado, se establecía hipotecando algunas propiedades 
públicas. Pretendíase aumentar el rendimiento de este re- 


(1) Autobiografía de Hondean {cit). — Gazeta Ministerial de B. A. 
(Boletín N/* 5, Junio Figueroa, Diario histórico; i, 181, y ii, 16. 



368 LIBRO rv. — OAÍDA DEL PODER ESPA.tOL 

curso extraordinario, con la couíiscHción de los bienes de 
los patriotas en armas y de toda persona ausente 6 soape- 
chosa por tal concepto de estar en combinación con ellos. 
Él Cabildo aceptó la primera medida, ordenando se levan^ 
tasen padrones seccionalee por los alcaldes de barrio, para 
fíjar las cuotas correspondientes; pero alegó, en cuanto á 
las confiscaciones, que era equitativo no establecerlas sino 
sobre los bienes de las |)ersonas notoriamente afiliadas al 
movimiento revolucionario. He resolvió, por fin, atenién- 
dose á este dictamen, y á las opiniones del Fiscal y de la 
Comisión especial instituida para el caso, que la confisca- 
ción recayese sobre los bienes de los revolucionarios en 
armas, consiguiéndose de este modo una renta mensual de 
más de 3,000 pesos, que desde luego ingresó á las cajas 
publicas. Exceptuáronse de la confiscación, los bienes del 
Cura Vicario de la ciudad, D. Juan José Ortiz, y los de 
D. José Artigas, por haberlos confiscado Vigodet de 
tiempo atrás ( l ). 

Mientras las propiedades de los independientes propor- 
cionabíui este recurso al Erario, se consiguió organizar el 
reparto de cuotas que ascendieron á *20,000 pesos, con des- 
tino al pago de las tropas de la guarnición. Proyectóse al 
mismo tiempo otro reparto que ascendía al doble de la 
suma indicada, para atender las urgencias del presupuesto 
mensual y los saldos adeudados á D. José Ramírez, asen- 
tista de la marina, cuyos reclamos eran cada vez más justi- 
ficados, pues hul)o momento en que no le fue posible avi- 


(1) ContrihucióH (U ¡jiierra para proveer de viverea d Montevideo 
'Arch Gen). — Expediente sobre confiseaciún de biews (Arch Gen). — 
Of de Vigodet al AyudafUe Eodñguex: 15 Junio 1813 (Arch Gen) 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL ’ 369 

tuallar los buques de guerra, listos á darse á la vela. Pero 
la cobrauza de las cuotas marchaba con una lentitud de- 
sesperante. El numerario £ra escaso, los medios de adqui- 
rirlo difíciles, y cada vez más complicada la expedición 
de giros sobre las plazas del exterior. Los individuos del 
Tribunal Consular y los de la Junta de Hacienda, como 
que pertenecían al gremio comercial, se esforzaban por alla- 
nar estos inconvenientes en la medida de su posibilidad, 
mas el declive de aquella situación ruinosa los arrastraba 
á ellos también, nulificando sus mejores empeños. 

Vigodet comprendió claramente que al echar sobre Mon- 
tevideo la nueva carga de una fuerte contribución de gue- 
rra seguida de la confiscación de bienes de gran parte de 
los vecinos, había agotado sus recursos, y así lo hizo sa- 
ber al Virrey de Lima, escribiéndole en Febrero una larga 
y expresiva carta, reproducción de otras anteriores sobre 
el mismo tema. Advertíale en ella, que la ciudad estaba 
abrumada, no solamente por los continuados y extraordi- 
narios tributos metálicos, sinó por el alojamiento forzoso 
que el vecindario debía proporcionar á la oficialidad de 
los cuerpos de línea, con la perspectiva indefinida de se- 
guirlo haciendo al anuncio de cada refuerzo. Xo dándose 
otro giro comercial « que el saludable y á la vez ominoso 
comercio de víveres extranjeros », el Capitán general decía 
carecer de arbitrios para hacer frente al presupuesto cada 
vez más crecido y más retrasado, de los cuerpos y em- 
pleados de su dependencia. Pedía, pues, prontas reme- 
sas de fondos al Virrey, acentuando sobre la urgencia re- 
querida por semejante auxilio. Algunos meses más tarde, 
repetía y confirmaba la carta citada, sin presumir que uno 
de esos accidentes comunes de la guerra iba á llevarla á 


Dom. ESP.- III. 


24. 



.JíU 


LIBRO IV. - CAn>A DEL PODER ESPAÑOL 


manos de lo» patriotii», pir el apresamiento del barco que 
la conducía. Tan autoriiado testimonio mtiütró el juicio 
que inspiraba la situación de los reolistafl de Montevideo, 
quienes, desde la incorporación de Artigas al (ejército si- 
tiador, andaban desprovistos ya «de aquel aire de con- 
fianza y seguridad que les había hecho mirar hasta en- 
tonces con desprecio al enemigo. » ( 1 ) 

Sin embargo, un fenómeno digno de estudio se pnxlucía 
en medio de tantas contrarieiladcs. El pueblo sitiado, apro- 
vechaba cualquier o[>ort unidad jtara olvidar sus ^^enas. 
Connaturalizado ya con t<xlos los horrores de aquella situa- 
ción, la tomaba como era, dando muestras de una fortaleza 
de espíritu iio común. Mientras tronaba el caQón |)or to- 
das partes, veíanse abiertos los talleres donde trabajaba el 
miliciano exento del servicio del día, y las tertulias diur- 
nas y nocturnas de la gente desocujmtbi ó pudiente actua- 
ban con la misma actividad de los buenos tiemp<js. El 
claustro de S. Francisco, reconquistado por los realistas, era 
punto de cita de un fuerte núcleo, donde prevalecían Ponce 
de León, Mayor de la Plaza, Badía y los representantes 
más conspicuos <lel partido empt'chiado. Juntábase jw las 
tardes en el Mut ile otro grupo, generalmente compuesto 
de hombrías viejos, designados con el apodo de bando del 
Tío Vivenfe, forjadores de planes y noticias militares. En 
los cafés reinaba mayor animación que nunca, por la mu- 
cha oficialidad que concurría ¡í ellos. 

Esta disparidad de as|>ecto entre la situación colectiva y 
el ánimo de una parte de los habitantes de la ciudad, se 

(1) (iaiclu Minislrrial de B. A. (!) Mano 1S14). — Torrenie, Bfx 
jHino-autcrivuna; i, xxvi. 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOt 


371 


acentuaba cuando la escasez de víveres y los reveses de la 
guerra iban en progresión creciente. Si en el mes de Fe- 
brero habían sido grandes^los apuros, en Marzo no lo fue- 
ron menos. Ello no obstante, el último día de aquel mes, 
y los dos primeros de éste, dieron testimonio de que el 
buen humor de los montevideanos no se había agotado. El 
juego de Carnaval revistió en esos días todas las formas 
de su acostumbrada algazara. A falta de agua dulce, se 
jugó con la del mar, y las bolsas de cal y los cencerros, 
sustituyeron las cáscaras de huevo y demás pertrechos que 
la penuria de los tiempos no permitía poner en línea. Nu- 
merosas comparsas de máscaras recorrían las calles, y la 
sonriente nota de los bailes y festines populares, se mez- 
claba con el estampido de las descargas ( 1 ). 

Para que nada faltase en -aquel cuadro de tan diversos 
matices, el ángel de la caridad, vestido con el tosco sayal 
de un pobre fraile, batía sus alas sobre la multitud ham- 
brienta. Mientras peleaban ó se divertían las naturalezas 
superiores, en quienes el plomo, la miseria ó las enferme- 
dades no osaban abrir brecha, salía al encuentro de los 
extenuados en una lucha superior á sus propias fuerzas, 
fray Juan de Ascarza, religioso franciscano de los que no 
habían sido expulsos. Con laudable perseverancia, empezó 
por organizar entre el vecindario una lista de suscripción 
mensual que alcanzó á 452 pesos, y dueño de ese re- 
curso fijo, se puso á la obra de racionar á los que carecían 
del sustento diario. Para no obligarles á presentarse en 
masa á la portería del Convento, distribuía papeletas según 
el número de personas sumado por cada familia meneste- 


(1) Figueroa, Diario hisiárico; i, 135 y 177. 



LIBK<» IV. -CAÍHA DEL P(,)DP:R EMPA^OL 


nisa, liastando que un individuo de vIIom hiei(?ae acto de 
presencia, para obtener el ídimento tlel resto. 

La hora de la distribución era la de las doce de (mdn 
día. Apenas sonaba, comparecían los necí^sitados, provistos 
de platos y vasijas, para recibir la frugal ración, que se 
componía generalmente de una sopa liien condimentadla, j 
en cantidad proporcional á sustentar a ciwla uno. De esta 
manera, enipt*zó fray Ascarza j>or socorrer 7(HI [M>bres; pero 
muy luego creció el numero, paralelamente con las enfer- 
medades y la carencia genend de recursos. Pocos meses 
pasaron, y ya eran l,.7l)0 los individuos de toda e<lad y 
sexo, que diariamente apelaban al franciscano, para no[)e- 
recer de hambre. Entonces, la tarea del protector del po- 
brerío se dificultó mucho, pues sus elementos disjíonibles 
no bastaban á suplir las exigencias de la demanda. Tuvo 
que hacerse mendigo él mismo, yendo de puerta en puerta 
durante el tienqM) que robaba á la confección y reparto de 
la comida, para estimular la firmeza de los suscripto res ha- 
bituales, y pro|X)rc¡onarse otros nuevos. Mas como á pesar 
de todo, mermara en una mitad la lista de suscripción, 
mientras crecía siempre el número de [lobres, fray Ascarza 
se dirigió al Cabildo, pidiendo un supleinentc» de víveres, y 
la corporación ordenó qu(‘ el depósito fisc^d le proveyere 
de ellos. 

C'Ui todo, llegó un momento en «jue la empresa fué su- 
perior á bis fuerzas de un sohi hombre. El loiul del Con- 
vento era estreciio, y los enseres de C(K‘ina muy inferiores. 
Los pobres pasaban de ;i,n00, los suscriptores no podían 
pagar sus i*uotas, y fray Ascarza sentía el quebranto físico 
inherente á las prolongadas agitaciones de su nuevo minis- 
terio. En esta situación, .qx‘ló d la Hermandad de Caridail. 



liíBRO IV. — CAÍDA DKí, l’ODKR ESPAÑOL 


373 


dolido iniporaba ol espíritu de Maciol, otro padre de los 
jiobros, sioiiipro ligado it los recuerdos del pueblo. La Her- 
mandad s(* dejó veiu'or inmediatamente por las exhorta- 
ciones del franciscano, tomando sobre sí la obra. Al efecto, 
mientras ponía, en acción sus propios recursos, recababa 
una suscripción del Cabildo y de varios ciudadanos y se- 
ñoras, para habilitarse á cumplir aquel cometido volunta- 
rio. Resueltas así las cosas, quedalia, empero, la parte más 
difh’il, que consistía en la instalación y dirección de la 
enorme cocina, y en el reparto de las subsistencias. Fray 
Ascarza se (*ncargó de todo: liizo construir galpones apro- 
piados en el óltimo patio del Hospital, instaló en ellos 
grandes calderos, y á la cabeza, de un buen personal de 
sirvientes, asumió el cargo de cocinero mayor, al mismo 
tiempo que atendía jieí’sonal mentí* al rejiarto de las racio- 
nes, ayudado })or sus dejicndientcs de ocasión. Los po- 
bres se habían salvado: cuanto más crecía su número, más 
jiroilucía la cocina de fray Ascarza, que en un solo día 
llegó á rejiartir 3,740 raciones á otros tantos indigen- 
tes (1). 

Menudeaban, entre tanto, las malas nuevas del exterior. 
Por aquella fecha vino á saberse (0 Marzo), la derrota, 
que el 20 de Febrero habían experimentado las armas 
realistas en Salta, enti-egándose á Reigra no el general Ti'is- 
tán con todo su ejercito. Ijos sitiadores, que á su vez co- 
nocieron la noticia, parecían jiorliar por solemnizarla dig- 
namente, mostrándose más tenaces que de costumbre en 
las avanzadas. Coincidió con ese propósito, que llegara al 


(U Ofdc Asearía al Cal ti Ido, AO Xov /^7.7 ( Ariái Gen)- — l*^>5i“aoroa. 
Diario histórico; i, 210 y 318; ii, 23, 80 y 1 17. 



374 


IJBRO IV. — CAÍDA DET. PODER R8PAfiOL 


puortí), vencida y mermada de hombre» y em barca cione», 
una expe^lición re«dÍ8ta cuyo destino hal)ÍR sido procurarse 
vívere» frescos on las costas. Vigo<lt*t, sin poderse repri- 
mir, dió claríis muestras dcl disgusto que h* causal>an tan- 
tos contratiemfíos juntos. Su fínica esperanza de momento' 
que<ló reducida á una misión que dos días antes había 
confiado á Villagnín, ¡mni tentar nuevam<mte la fidelidad 
de Artiga.'^, con propuestas má.s ventajosas aún que las an- 
teriores. 

Villagrán había salido sccTctamente por el Cerro, enca- 
minándose disfrazado al campo del Jefe de los Orientales, 
su pariente y amigo antiguo. No es posible afirmar que 
alentara es|>eranzas en el <?xito de tvta nueva misión, des- 
pués <le las ] publicas y fre<mentes repulsas que había sufrido 
persiguiendo el mismo objeh); pero ello no obstante, la se- 
gunda mir*! que impulsaba á Vigodíd en mantener seme- 
jantes negociaciones, tenía una expli(.*ación bien i-ompren- 
sible. p]l hecho de negociar con Artigas, suscitaba descon- 
fianzas en el campo sitiador, y abría camino para ir sem- 
brando la anarquía en la.s filas patriotas. A la sombra de 
tales manejos, cni posiMc explotar la debilidad ó el instinto 
criminoso de muchos elementos colecticios, siempre adhe- 
ridos á las grandes aglomeraciones revolucionarias, sin 
conciencia dcl fin que se proiwneii. Y bien pronto se jus- 
tificó el acierto de Vigodet, al j»rocetler como lo hacía. No 
consiguiendo del Jefe dt* los (>riciitalc.s verntaja alguna, ni 
otra síguridad (juc la de encontrarlo irrwluctible, aprove- 
chó las excursiones cmprejididas por los agentes realistas 
d campo sitiador, para urdir los hilo.s de una trama qiu 
Icbía costar la existencia á varias personas. El objetive 
Inal pn^pucsto, fue C(uisumar el asesinato de varios jefe? 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER E.SPAÑOL 


375 


patriotas, j desde entonces tomó consistencia el plan cuyo 
fracaso veremos en oportunidad ( 1 ). 

Las hostilidades de los patriotas no se reducían á Mon- 
tevideo, sino que se dejaban sentir doquiera asomasen los 
realistas. El capitán de Dragones de la Patria D. Juan 
Josó Quesada, sorprendía el 1 0 de Marzo en Arazatí, una 
expedición compuesta de 2 lanchones y 1 bote que anda- 
ban en procura de carne fresca para la Plaza, matándoles 
4 ó 5 hombres de la tripulación, y haciéndoles 12 prisio- 
neros, incluso el bote, que fue apresado. Al día siguiente, 
D, Diego Beláustegui, teniente del mismo cuerpo, encon- 
traba en el Rincón de Solsona otro lanchón españbl cuyo 
bote estaba amarrado á la costa, y embarcándose en él 
cpn su partida, caía sobre el lanchón, apresándolo, después 
de hacerle 4 muertos y ló prisioneros. Los realistas deja- 
ron, además, en poder de Beláustegui, 70 caballos y algún 
ganado que habían adquirido con gran trabajo, costándole 
su hazaña al oficial patriota, 2 muertos y 3 heridos. 

Acción más arriesgada todavía, realizó el capitán del 
mismo cuerpo de Dragones de la Patria D. Adriano Men- 
doza, ya señalado por empresas anteriores. Era el caso, que 
los vecinos Castro y Lapido tenían en la isla de la Paloma 
un rodeo de 1,000 cabezas de ganado, con las cuales se 
proponían ir abasteciendo á Montevideo, en la seguridad de 
realizar pingües ganancias. Guarnecía la isla un piquete 
de soldados con 2 piezas de artillería, y entre éstos y los 
peones cuidadores del ganado, sumaban 100 personas. 
Algunos botes facilitaban la comunicación con la costa é 


(1) Funes, Ensayo ^ etc; m, 521.— Torrente, Rev hispano -ameri- 
cana 



.-Uf) IJKRO IV, — CAIDA DKD PODF.R ESPAÑOL 

islas veciiiuy, contribuyendu ú inantcnpr holgadamente la 
exisUmcia de aquel impron^ado ct»t*d)b^*imiento peeuarío. 
Decidido á apoderarse d(* él, Mendoza «e valió de una es- 
tratagema para conseguirlo. Al efecto, puso en la playa 
una piara de cerdos, (aiya posesión tentó á los de la ishí, 
que embarcaron un d(*stacainento de hombres con el 
projwsito de arrearla. Apenas tomó tierra el destacamento, 
Mendoza, auxiliado por un piquete de milicianos de Rocha, 
lo atacó d(* firme, haciéndole 0 muertos y tomando prisio- 
O.eros á los restantes. A 1 siguiente día, 1 S de Marzí>, se 
dirigió i1 la isla, a|Kxlerándusc de cuanto había en ella, des- 
pués de lo cual retornó victorioso á la costa, con gente, 
ganados, pertrei.-hos navales y cañones ( 1 ). 

Bajo la influencia dt‘ tan prósperos suc*esos, crecían los 
apuros de Rondeau para que Artigas reconociese la Asam- 
blea Constituyente instalada en Buenos Aires, y á la cual 
tenía orden, él mismo, de prestar acatamiento con el ejér- 
cito de su mando. Esforzábase el geuend sitiador, para que 
resultase unánime la concurrencia de todos al acto, y por 
ese motivo reiteraba al J(*fe de los Orientales las órdenes 
que le tenía impartidas con i lidio fin. Artigas contestó en 
de Marzo, que se hallaba delante del Oubiemo central 
un diputado de las divisiones orientales, cuyas solicitudes, 
tnismitidas á la Asamblea, pt.mdían aúu de la resolución 
de esta última, de modo que el reconocimiento j>edido, de- 
bía ser fíosterior á la es| Horada solución legislativa. Agre- 
gaba, además, que había circulado invitaciones á todos los 
pueblos de la Banda Oriental, pidiéndoles diputados para 
tratar sobre v\ reconocimiento en litigio, debiendo reunirse 


il) FimUTiífl. I)hn-in hishtri/-ii • i r ‘>ii4 



LIBRO IV. — CAIDA DEL PODER ESPAÑOL 377 

el 3 de Abril en su campo, aquellos delegados de los pue- 
blos. «Esto no impide — concluía Artigas — que V.S., con 
las tropas de línea, verifique el reconocimiento que le co- 
rresponde; pero para eludir cualquier inducción siniestra, 
emanada de tal caso, yo ruego á V. S. tenga la dignación 
de diferirlo también, para poder verificar juntos un acto 
que fija el gran período de nuestro anhelo común. » 

Los diputados cuya convocatoria anunciaba Artigas, se 
presentaron en su campo el 3 de Abril, y fue señalada para 
el día siguiente la reunión de una- Asamblea compuesta de 
ellos, de los vecinos emigrados de la Plaza, y de los habi- 
tantes de sus extramuros. En efecto, la Asamblea se reu- 
nió el día 4, para oir la lectura de una Exposición de Ar- 
tigas, que abría el camino á sus deliberaciones oficiales. El 
documento impresionó á todos de un modo favorable, pues 
á más de ser una profesión de fe política, esbozaba los li- 
ncamientos del sistema gubernamental ansiado por los pue- 
blos platenses. Artigas, elevándose á la altura de las cir- 
cunstancias, empezaba por someterse antes que nadie, á los 
representantes de la soberanía popular, devolviéndoles el 
mandato recibido. « Mi autoridad — decía — emana de vos- 
otros, y ella cesa por vuestra presencia soberana. Vosotros 
estáis en el pleno goce de vuestros derechos: ved ahí el 
fruto de mis ansias y desvelos, y ved ahí también todo el 
premio de mi afán. » 

Después de este acatamiento tan amplio á la personería 
y facultades de los diputados, el Jefe de los Orientales 
planteaba la cuestión candente en términos precisos. «La 
Asamblea general — continuaba — tantas veces anunciada, 
empezó ya sus funciones. Su reconocimiento nos ha sido 
ordenado. Resolver sobre ese particular ha dado motivo á 



IJBHO IV. — ('Xfl>A DKL PODKR K8I*A^OL 


esta címprcgación, porque yo ofenderín altamente vueatro 
carácter y ol mío, si pasase á resoh'cr por mi, una mate- 
ria rescn'ada sólo á vosotros. Bajo este conce}>to, yo tengo 
la honra de prop)nero8 los tres punto» que ahora deben 
hat^er el objeto de vuestra expresión »ot>emna: 1." si dt^ 
beinoa proanler }il reconocimiento de lo Asamblea General» 
antes del allanamiento de mu^tras pretensíone» encomen- 
dadas á nuestro Diputado D. Tomás (rarcía de ZtíAiga; 
— 2." proveer de mayor número de diputados que sufra- 
guen por este territorio en dicha Asamblea; — B" ins- 
talar aquí una autoridad que restablezca la economía del 
país. 

Entrando luego á examinar los motivos que aconsejaban 
la conducta indicada, dwía Artigas: c Por desgracia va á 
contar tres años nuestra Revolución, y aún falta una sal- 
vaguardia grnrral al derecho popular. Estamos aún bajo 
la fe de los hombrc.s y no aparecen las seguridades del 
contrato. Toda clase de precaución deW prodigarse, cuando 
se trata de lijar nuestro destino. Es muy veleidosji la pro- 
bidad de los hombre.s : el freno de la Consiiluci&ti 

puede afirmarla. Mientras ella no exista, es preciso adop- 
tar las medidas que equivalgan á la g-arantía preciosa que 
ella ofrece. Examinad si debéi.s rei'ouocer la Asamblea por 
obedecimiento ó por pacto. No hay un solo motivo de 
conveniencia para el jirimer caso, que no stm contestable 
en el segnndn, y al fin reportarais la ventaja de haberlo 
contÜiado todo con vuestra libertad inviolable. Esto, ni 
')Or asomo, .se acerca á una separación nacional: garantir 
as consecuencias tlcl reconocimiento, no es ííg^t el reco- 
locimicnto, y bajo todo principio, nunc;i será conqwtible 
n ri'proche á vuestra condin ta <*n tal caso, con las miraa 



IJBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 379 

liberales j fundamentales que autorizan hasta la misma 
instalación de la Asamblea. » ( 1 ) 

El día 5 de Abril volvieron á reunirse los diputados, 
con ánimo de solucionar el problema. Para ese efecto, nom- 
braron una Comisión compuesta de D. Ramón de Cáce- 
res, D. León Perez, D. Juan José Duran, D. Felipe Pérez, 
D. Pedro Vidal, D. Francisco Bustamante, D. Pedro Fa- 
bián Pérez, D. Manuel del Valle, D. José Ramírez, D. Ma- 
nuel Haedo, D. Francisco Sierra y D. Antonio Díaz, ac- 
tuando respectivamente como Presidente y Secretario, el pri- 
mero y el último. Dicha Comisión formuló en ocho artículos, 
las bases del reconocimiento exigido. Por las cinco primeras, 
exigía ella, á su vez, una pública satisfacción de los agravios 
inferidos á los orientales por Sarratea y demás expulsos, la 
continuación rigorosa del asedio, la permanencia de Ron- 
deau al frente del ejército sitiador, y la devolución al re- 
gimiento de Blandengues, de cierta cantidad de armamento 
que se le había quitado. Mas no era esto lo fundamental 
del proyecto. En las tres últimas bases, iba estipulado el 
pacto de unión y confederación, bajo cuyos auspicios de- 
bían emanciparse las Provincias Unidas. 

He aquí el contexto de esas bases, en toda su integri- 
dad: «Será reconocida y garantida la Confederación ofen- 
siva y defensiva de esta Banda con el resto de las Pro- 
vincias Unidas, renunciando cualquiera de ellas la subyu- 
gación á que se ha dado lugar por la conducta del ante- 
rior Gobierno. — En consecuencia de dicha Confederación, 
se dejará á esta Banda Oriental en la plena libertad que 
ha adquirido como Provincia compuesta de pueblos libres; 


(1) Col Fregeiro, lxvíil 



3«0 


rjBRo rv, — rAÍr>A i>kl poder español 


[>ero qucJa dee<le ahora sujeta á la ('onstitución que emane 
V resulte <lel Soberano Congreao OiMieral de hi Karión, y 
íí sus disj^)é¡eiones consiguientes, teniendo por base la li- 
bertad. — Eq virtud de que en la Banda ( )riental existen 
L*ÍDCO cabildos en veintitrés pueblos, se ha a<i)rdado deban 
reunirse en la Asamblea General cinco diputaílos, tniyo 
aonibrainiento, según la’ esj»ontánea voluntad de los pue- 
)loH, rí*cayó en D. Dámaso Ijarrañsga y D. Mateo Vidal, 
>or la ciudad de Mont<* video; 1). Dámaso Gómez Fonst«a, 
K)r la de Maldonado y su juriíRlicción; D. Felipe Cardóse, 
Canelones y su juris^licción ; D. Cláreos Salcedo, por 
í'. Juan BautisUi y S. José; y Dr. D. Francisco Bnmo de 
Fli varóla, por íSanto Domingo Soriano y pueblos de su 
urisdicción. » Debe advertirse que, si en cuanto al número 
le personas electas, n'sultaban seis en vez de cinco, era á 
ansa de que la del diputado por Mabbmado confirmaba 
o existente, pues Fonst*ca había sido ya electo por aquella 
■iudad, y el 0 de Abril prestaba juramento ante la Asam- 
dea constituida en Buenos Aires ( 1 ). 

El proyecto de la Comisión informante fué presentado 
los diputados reunidos, y aprobado por ellos. No podía 
er más incontestable desde entonces, la sanción que la 
Vovincia (.)rienüd, t*n uso de sus derechos, otorgaba al 
istema federativo. Pero como quiera que fuese, y aun 
uandu (le un modo condicional, la Asamblea Constitu- 
ente quedaba reconocida, desde que se elegían represen- 
intes de la Provincia destinados á incoqwárselc. El liti- 
io pendiente cutre Rondeau y Artigas, sobre semejante 
5pico, había, pues, concluido. Así lo sintió este último, ofi- 


H) Col Clndislao S. Frías, 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


381 


ciando al primero, que concurriría á la ceremonia del ju- 
ramento, suspendida hasta entonces por su causa. Muy sa- 
tisfecho el general en jefe, señaló el día 8 para celebrar 
ese acto, que tuvo lugar con toda pompa, en campo abierto 
y bajo una doble salva de cañón. Trasmitióse inmediata- 
mente la noticia á Buenos Aires, y pareció que la concordia 
se restablecía entre todos. 

Disipadas las nubes por aquel lado, quedaba en pers- 
pectiva la suerte que hubiese de caber al proyecto de con- 
federación. Planteado el problema con una claridad que 
desafiaba todas las dudas, no cabían transacciones sobre sus 
puntos capitales. Se estatuía la confederación de la Pro- 
\incia Oriental coa las demás del Kío de la Plata, como 
paso preliminar al establecimiento de un Gobierno común, 
emanado de fuerzas activas, con las cuales debía coexistir. 
Era la misma secuela del proceso institucional de los Esta- 
dos Unidos, cuyo primer trámite había empezado por el 
Pacto de Confederación y Unión, avanzando desde ahí 
hasta sancionar la Constitución Federal, que estableció la 
forma definitiva de Gobierno, sobre la base del respeto á 
las soberanías locales preexistentes. Se conocía que las 
ideas yankees habían hecho camino entre los improvisados 
legisladores uruguayos, quienes, teniendo á retaguardia el 
antecedente propio de la Junta de 1808, donde la sobera- 
nía local fuá levantada y prestigiada, lo perfeccionaban 
ahora, transformándolo en pieza de resistencia de un me- 
canismo mejor ideado que aquella creación revolucionaria. 

Partiendo de esta verdád. Artigas propuso la confección 
de las instrucciones con que Larrañaga y sus colegas de- 
bían presentarse en Buenos Aires, para defender dentro 
de la Asamblea Oonsdtuyente los principios institucionales 



382 LIBRO IV. — rAÍDA DKL PODER BHPA^OL 

reclamadoa por las circunstaiipias. Prcsuiuimos que la re- 
dacción del documento notabílí^iino donde dichas ¡nstruc- 
ciones se contienen, y cuyas cláusulas formulaban i>or sí 
solas un doble proyecto de Constitución federal y provin- 
cial, se debe á Larralliaga, el má.s docto dé los diputados 
presentes en aquel instante. Confirma esa presunción, la 
calidad de jefe de los demás que llevaba y mantuvo du- 
rante el üenqx) empleailo en gestionar la admisión de 
tollos á la Constituyente, y la ¡lersimería de negociador 
único con que le invistió Artigas pañi el caso. Por otra 
parte, sus vastas y nutridas lecturas de ciencia social, y la 
idoneidad que demostró en la selección de libros de ese 
ramo, al fundar poco despuós nuestra primem Bildioteca 
Publica, proyectan sol>re el todos los indicios de autor. 

Las instrucciones abrazalmn un plan ci>mpleto, en su 
doble referencia á la estnictura del gol>ierno nacional y del 
gobierno local. punto de ¡wrtida era, que los diputados 
debían pedir la declaración de la independencia absoluta 
de estas colonias, las cuales quedarían absueltas de toda 
obligjición de fidelidad á la corona de España y familia de 
los Borbones, negándose á admitiren sustitución del régimen 
abolido otro sistema que el de Confederación, para el pacto 
recíproco de las provincias que formasen el Estado nueva- 
mente constituido. Cometíase también á los diputados, 
promover la liIxTtad civil y religiosa en toda la extensión 
imaginable. Se les advertía además, que como el objeto y 
fin del golíierno debe ser conservar la igualdad, libertad y 
seguridad de los ciudadanos y los pueblos, cada provincia 
formaría su Gobierno sobre esas bases, á más del Gobierno 
supremo de la Nación, y así, éste como aquél, se dividirían 
en Poder Legislativo, Ejecutivo y JudicúJ; entendiéndose 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÍÍOL 383 

que dichos tres resortes jamás podrían estar unidos entre sí, 
y serían independientes en sus^ facultades. — El Gobierno 
supremo incumbiría solamente en los negocios generales 
del Estado: el resto sería peculiar al Gobierno de cada pro- 
vincia. — Quedarían abolidas las aduanas interprovinciales. 
— El despotismo militar sería aniquilado con trabas cons- 
titucionales que asegurasen inviolable la soberanía de los 
pueblos. — La Capital se fijaría precisa é indispensable- 
mente fuera de Buenos Aires. — La Constitución garanti- 
ría á las Provincias Unidas una forma de gobierno repu- 
blicana, que asegurase á cada una de ellas de las violen- 
cias domésticas, usurpación de sus derechos, libertad y 
seguridad de su soberanía (1). 

No eran menos explícitas las condiciones que la Provin- 
cia Oriental reclamaba para constituir su Gobierno interno. 
Gomo cuestión previa, eran advertidos los diputados que 
el perímetro territorial adjudicado á la Provincia debía 
comprenderse desde la costa oriental del Uruguay hasta 
la fortaleza de Santa Teresa, incluidos los siete pueblos de 
Misiones, los de Batoví, Santa Tecla, San Rafael y Tacua- 
rembó, injustamente ocupados por los portugueses, á quie- 
nes habían de reclamarse en oportunidad. — Que la Provin- 
cia entraba separadamente en una firme Liga de amistad 
con cada una de las otras para su defensa común, seguri- 
dad de su libertad, y para su mutua y general felicidad, 
obbgándose á asistir á cada una de las otras contra toda 
violencia ó ataques hechos sobre ellas, ó sobre alguna de 
ellas, por motivo de religión, soberanía, tráfico, ó algún otro 


(i) La exhumación de estas instnicciones se debe al Sr. PellhOj quien 
las pullwó por primera vex en su libro *Doirego^ (B. A., 1878). 



384 


UBBO IV. — .JL'AIDA DKL POHKB KMPAMII. 


pretexto cualquiera. — Que todo poder, jurisdicción y dere- 
cho no delegado expreaanianle por lu Confederación á las 
Provincias Unidas juntas en Congreso, era retenido por la 
Provincia Oriental en cuanto correspondiese á su sobera- 
nía, liliertad é independencia propias. — Que los puertea de 
Maldonado y Colonia fuesen abiertos al comercio general, 
habilitándose en ellos aduanas para el (decto, — Que sin 
previa consulta do la Provincia, no pudiera hacerse ley 
para ella, .sobro bieues do extranjeros inte.stados, multas y 
confiscaciones. — Que la Provincia tendría su Constitución 
territorial, y el <lerecho de sancionar la general de las Pro- 
vincias Unidas formada por la Asamblea Constituyente. 
— Que asimismo tendría derccdio para levantar los r^- 
miontos de tropas necesarios, nombrar sus oficiales de com- 
pañía, reglar la milicia do olla para la seguridad d(* su li- 
bertad ; no podiendo, sin <*mbargo, viohu- el derecho de los 
pueblos para guardar y tener armas. 

Artigas firmaba estas instrucciones el l‘> de Abril, y el 
15 recibía un oficio dcl Gobierno de Buenos Aires, avisán- 
dole haber facultado al general Rondeau para allanar bala 
desinteligencia (^n cuanto á los negocios internos. El 10, 
confirmaba el general en jefe lo expresado por el Gobierno, 
escribiendo al c;iudillo, que se hallaba suficientemente au- 
torizado é instruido para oir y tratar sus solicitudes y las 
del pueblo oriental. Contestó Artigas al día siguiente, ma- 
nifestando no existir nada más lisonjero, nadíi más satis- 
factorio, nada más glorioso para él, que la comunic“nción 
recibida ; » y en confirmación de esos i^nceptos, adjuntaba 
por escrito las pretensiones del ejército á sus órdenes y lafi 
de la Provincia, estipubula.s t*n el Acta del 5 dcl corriente 
«De íodo.s modos — agi-egaba — para impedir cualquiei 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 385 

traba, y para que V. S. y yo UeDemos el fin con el resultado, 
hay siempre lugar para un deslinde razonable, previo el 
conocimiento de las instrucciones de V. S. como el de la 
convención y pretensiones citadas. » Parece que las facul- 
tades de Rondeau no eran tan amplias como se suponía, 
porque después de haberse impuesto de los reclamos for- 
mulados por Artigas, los remitió al Gobierno de Buenos 
Aires para su ratificación (1). 

Sin perjuicio de ese trámite, Artigas prosiguió sus tra- 
bajos para organizar el país en la forma establecida por 
las declaraciones cuya mención se ha hecho. El 20 de 
Abril reunióse una nueva Asamblea en el alojamiento del 
caudillo, compuesta «de lo. más notable y selecto del ve- 
cindario patriota», según el testimonio de los adversarios 
mismos. Ante*ella expuso el Jefe de los Orientales «los des- 
órdenes, abusos y excesos que se notaban en la campaña, 
con grave detrimento de la tranquilidad pública y equidad 
social; » agregando, que él, de su parte, no podía contener- 
los «por estar actualmente del todo ocupado en el princi- 
pal objeto de hostilizar la Plaza enemiga. » Abierta la dis- 
cusión sobre esos tópicos, la Asamblea sancionó por ma- 
yoría de votos, que se crease un cuerpo municipal, « desti- 
nado á entender en la administración de la justicia y demás 
n^ocios de la economía interior del país, sin perjuicio de 
las ulteriores providencias que para el mismo propósito 
emanasen de la Asamblea Soberana del Estado, con acuerdo 
de los respectivos diputados de la Provincia. » 

El calificativo de Cuerpo Municipal era algo modesto, 
con relación á las facultades que se atribuían al nuevo or- 


< 1 ) Col Fregeiroy lxxi-lxxii y lxxxiv-lxxxv. 



380 


LLBBO IV. — CAÍDA DEL PODER EHPAKOL 


gauiflino. Desde luego, creábatio nn Gobernador miliUr, 
cuya elección recayó en Artigas, quien al mismo tiempo 
fué nombrado «Presidente sin ejemplar» del Cuerpo mu- 
nicipal; locución enigmática esta última, (jue así podía re- 
ferirse á la novedad del cargo, como á la imposibilidad de 
que fuese provisto en otro individuo para lo sucesivo. Eli- 
giéronse al mismo tiempo como jueces generales á D. To- 
más García do Zúñiga y D. León Pérez, á D. Santiago 
Sierra para depositario de los fondos públicos de la Pro- 
vincia, á D. Juan José Darán pera juez de economía, al 
Dr. D. José Revuelta para juez de vigilancia y asesor en los 
casos de impedimento del propietario, á 1). Juan Méndez y 
D. Francisco Plá, protectores de pobres, al Dr. D. Bruno 
Méndez, expositor general de la Provincia y asesor del 
Cuerpo municipal, á D. Miguel Barreiro, secretario del Go- 
bierno, y á D. Juan Gallegos, escribano de la corp<)ra- 
ción. El Acta donde constaba todo lo obrado, se promulgó 
por Artigas el día 21, a.sumiendo desde esa fecha, carác- 
ter de Ley orgánica del gobierno interno de la Provin- 
cia ( 1 ). 

Huyendo • del bullicio de las armas >, se estableció la 
capital del nuevo Gobierno en la villa de Guadalupe, y fué 
nombrado el Dr. D. Bmno Méndez, Vicepresidente inte- 
rino del mismo. Eji H de Mayo, se dirigía Méndez á la 
Asambleíi Constituyente, narrando lo acontecido con fra- 
ses que no dejaban duda sobre la extensión atribuida á sus 
facultades. Esta Corporación desearía reMablecer la máf 
ñna üorrespimdencia con esa Provincia y su Gobierno — 


il) FiijutTüíi. Dutritt histOrir'j; i, — Col Fregiiro, lxvui 

r.xxiv. 



LIBRO IV. — UAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 387 

-decía Méndez — y unir su fuerza d las otras, para que así 
se presentaran dobles delante--del enemigo. La Plaza de 
Montevideo — continuaba — es una colonia extraña á los 
americanos, mientras abrigue sus antiguos mandatarios: ella 
del mismo modo amenaza á orientales que á australes ; es el 
único depósito en toda la vasta extensión del Sud que tie- 
nen los enemigos para sus acopios y repuestos; y acciden- 
tes extraordinarios, que no están sujetos á la comprensión 
humana, pueden proporcionar un refuerzo de tropas en 
aquel punto, si no nos hacemos dueños de él ahora que la 
fortuna nos lo brinda .... Deseamos ser instruidos de las 
causas que, funestamente á todas las Provincias Unidas, 
pueden haber retardado la remisión de auxilios ofrecidos 
contra ese pequeño resto de refractarios encerrados en Mon- 
tevideo .... Con el motivo arriba . expuesto, felicita esta 
Corporación á esa Asamblea General Constituyente, ofrece 
en nombre de la Provincia la comunicación de los auxilios 
que estén á sus alcances, y se promete igual compensa- 
ción, » etc. 

Nunca pudo elegirse momento más inadecuado, para se- 
mejantes alardes de solidaridad común y de autonomía 
local. Imperaba entonces, con exclusivismo sin límites, la 
logia Lautaro, cuyo programa era la centralización bajo sus 
auspicios, no solamente de los resortes del Gobierno, sinó 
de la voluntad de todos los gobernados. Pertenecían á esa 
misteriosa asociación, la mayor parte de los diputados de 
la Constituyente, los generales con mando de tropa, incluso 
Belgrano, y los triunviros y ministros á cuyo cargo estaba 
la dirección aparente de los negocios públicos. La prensa 
de la Capital era también suya, costeada de los fondos del 
Estado ó del municipio de Buenos Aires, y dirigida por 



ooo 


LJBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


las hechuras de k Ix)gia^ que no sabían ni podían elwlir 
sus mandatos ( 1 ). Se c'omprende, pues, que el oficio de 
Méndez no obtuviese contestación siquiera, j hasta que 
fuese como ei grito de akrma contra la admisión de los 
dipatados orientales, cuyos designios habían empezado á 
tener un principio do ejecución en el andamiaje federal que 
organizaba la Provincia por su cuenta. 

Artigas presentía todo esto, asesorado por datos fehacien- 
tes. Entre las comunicaciones suyas al Gobierno del Pa- 
raguay, se encuentran rastros que lo atestiguan. Refirién- 
dose á la partida de los diputados para Buenos Aires, es- 
cribía en Mayo: - ellos marcharon ya; i»ero hasta ahora no 
he tenido noticia de su incorporación: varios agentes me 
as^uran que aquel Gobierno (el de Buenos Aires) persiste 
en sus maquinaciones contni la dignidad de esta Provincia; 
yo estoy vigilante para todo evento. Los informes reci- 
bidos por el Jefe de los Orientales, eran de una exactitud 
completa. Estaba decretado de antemano por la liOgia, aho- 
gar en su origen todo asomo de organización federativa, 
toda tendencia á la fundación do un Gobierno nacional 
que reposase sobre la base del acuerdo mutuo y al amparo 
de la libertad. Nacidas kijo la presidencia de Alvear, tanto 
la Asamblea como la Logia, ya se deja ver dónde preten- 
dería conducirlas un hombre cuyo ideal se concretaba á la 
j>osesión absoluta del mando, por todo el tiemjK) que pu- 
diera retenei lo. Mediando esa circunstancia, las pretensio- 
nes de los diputados orientales eran un estorlx) á los pla- 
nes del dictador disfi*azado, cuyas órdenes obededa la 
corporación donde ellos intentaban hacerse oir; así ee que 


O Miirc, llisi il St(t( yíiv'iiu ; i, iv. — IVlliza, llUt Anjentinn: ui. i. 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 389 

.para cerrarles las puertas de la Constituyente, estaba hecha 
la resolución y sólo faltaba eLpretexto. 

No era posible hallarlo, sin embargo, en los antecedentes 
de la elección, en el número de los electos, ni en el conte- 
nido de los poderes otorgados á estos últimos. El Regla- 
mento electoral de 24 de Octubre de 1812, establecía las 
formalidades con que debían ser elegidos y provistos de 
instrucciones, los diputados á la Constituyente, y ninguna 
de las cláusulas de aquella disposición gubernamental ha- 
bía sido transgredida ú omitida en' este caso. Estatuía el 
Reglamento, que todos los vecinos libres y patriotas, con- 
vocados por los alcaldes de barrio, concurrieran dentro de 
una hora señalada, á la casa de estos ó donde ellos les de- 
signaren, para nombrar en cada, cuartel un elector á plura- 
lidad de votos. Dichos electores pasarían acto continuo, si 
fuese posible, á congregarse en la sala de acuerdos del Ca- 
bildo del lugar, para proceder inmediatamente en consorcio 
del Ayuntamiento y su Presidente, á la elección de diputado 
ó diputados para la Asamblea, sirviéndose del escribano 
del Cabildo como autorizante. Todas las personas libres y 
de conocida adhesión á la causa americana, sin excepción 
de empleados civiles ó militares, podrían ser electores ó 
electos diputados, no siendo necesario que éstos fuesen na- 
turales ó residentes en los mismos pueblos que iban á re- 
presentar. Las votaciones deberían ser públicas y en voz 
alta. El número de diputados sería el de 4 por Buenos 
Aires, 2 por cada capital de Provincia, y 1 por cada ciudad 
de su dependencia, excepción hecha de Tucumán, habili- 
tado á concurrir con 2 representantes. Los poderes de los 
diputados serían concebidos sm limitación alguna, y sus 
instrucciones no conocerían otro límite que la voluntad de 



390 


UBBO rV. ~ CAÍDA DEL PODER EHPA^OL 


loB poderdantes: bajo este principio, todo ciudadano, al ex- 
tenderse los ponieres é instrucciones de los diputados, po- 
dría legitimainente indicar á loe electores, lo que creyese 
conducente al interés general, y al bien y felicidad común 
y territorial ( 1 ). 

Cumplidos como fueron totalmente aquellos trámites 
en la eleaion de lo» diputados orientales, se^ui lo acredi- 
taban el Acta de de Abril y la ratificación expresa de 
los pueblos rubricada por las justiciRs y teetigos locales y 
remitida á cada uno de lo» agraciados, holgaba cualquier 
objeción á sus poderes. Las instrucciones acompañadas á 
éstos, tampoco podían ser objetables, desde que la disposi- 
ción á cuyo amparo habían nacido, aceptaba que no sola- 
mente iodos los poderdantes juntos podían indicar cuanto 
creyesen adecuado á las necesidades del bien común, sinó 
(|ue cualquier ciudadano tenía igual derecho, y debía in- 
corporarse su {)edido en forma de cláusula, al extenderse 
los poderes de los diputados. Por su pn>pia y escrupuloea 
corrección, eran, pues, inatacables los poderes. Veamos si 
lo eran asimismo por la amplitud del mandato con que in- 
vestían á los apoderados. 

Cuatro cláusulas capitales servían de base á las instruc- 
ciones: 1.® el pedido de independencia absoluta de las co- 
lonias platenses, con la declaración paralela de su emanci- 
pación de la corona de España; — 2.® la constitución inde- 
clinable del nuevo Estado, en forma de Confederación, bajo 
un pacto recíproco de laa provincias que debían formarla; 
— 3.® promover la libertad civil y religiosa en toda su ex- 
tensión imaginable; — 4.® garantir á las Provinciaa Unidas 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


391 


una forma de Grobierno republicano. De estas cuatro cláu- 
sulas, podían descartarse dos, que estaban sancionadas de 
antemano por los directores del movimiento revolucionario 
en Buenos Aires, ó iban en camino de estarlo; á saber: la 
emancipación respecto de España, y la sanción de la liber- 
tad religiosa. Sobre el primer tópico, se leían en el preám- 
bulo del Reglamento de 24 de Octubre, estas significati- 
vas palabras: « Cuando el eterno cautiverio del Sr. D. Fer- 
nando VII, ha hecho desaparecer sus últimos derechos con 
los postreros deberes y esperanzas lás más ingenuas .... 
¿qué otro tiempo puede esperarse para reunir en un punto 
la majestad y fuerza nacional f » Si no había declaración 
tan expresa sobre la libertad religiosa, sabido era que se 
estaba en vísperas de llegar hasta la licencia en esa mate- 
ria, como lo demostró muy luego la Asamblea, decretando 
que la Iglesia Argentina quedaba separada de Roma, au- 
torizando al Poder Ejecutivo para nombrar un Comisario 
general de Regulares con jurisdicción sobre todos ellos, y 
modificando la legislación canónica sobre beneficios va- 
cantes. 

No había, pues, otra novedad en las instrucciones de los 
diputados orientales, que las cláusulas relativas á la pro- 
clamación del sistema federal bajo el régimen republicano. 
Pero como dicha novedad venía autorizada por el consenti- 
miento previo que el Reglamento de Octubre otorgaba para 
incorporar en los poderes de los electos todas las indica- 
ciones sobre materias legislables, mal podían inquietarse 
los representantes de la Provincia Oriental sobre el perjui- 
cio que esa parte del mandato recibido, pudiera originar al 
desempeño de su comisión de legisladores. Así dispuestos, 
solamente les preocupó la forma en que debían presentar 



:í«2 LIBBO IV. — CAÍDA DBL PODER EHPAÑOL 

á la Asamblea los justificativos de su personería, y apenas 
llegados á Buenos Aires consultarrm (X)n personas de con- 
cepto, cuáles eran los recaudos exigidos para el caso. Se 
les respondió, que el procedimiento habitual se contraía á 
presentar las actas de nominación, reconocidas ya por la 
Asamblea como i>oder bastante para el ingreso de varios 
de sus miembros; mas los consultanU's, á fin de no caer 
en omisión, acordaron acom]>añar á esas actas, la confit' 
mación de ellas, certificada por las justicias locales j re- 
. mitida individualmente á cada uno de loe elegidos; agre- 
gando igualmente copia legalizada del Acta matriz de 5 de 
Abril, que era el fundamento de Uxlo. Al empaquetar sus 
.paj)ele8, Larraflaga incluyó sin quererlo en los anteceden- 
tes respectivos, una carta de aviso firmada por Artigas, 
anunciándole su nombramiento. 

Los lautarinos de la Asamblea, al pasar vista por aque- 
llos papeles, los encontraron tan irreprochables en la forma, 
como subversivos de sus ideas liberticidas. Discurriendo 
sobre los medios de nulificar la personería de los portado- 
res, para que no penetrasen al recinto donde iba á deba- 
tirse la suerte de la Nación, se les ocurrió apelar á una 
superchería. Fingieron (jue la carta de aviso, inopinada- 
mente incluida por Larrañaga, era el doi'umento (inico con 
que los diputados comprobaban su elec*ción y hacían valer 
sus poderes, y jwrtiendo <le semejante supuestOj declararon 
que no procedía la admisión de los electos, pues no era 
bastante la forma adoptada para investirlos. En conse- 
cuencia, se les comunicó por Secretaría el decreto que les 
negaba su carácter representativo. Reclamada por los pos- 
tulantes aquella resolución, volvió á incumbir la Asamblea 
2 n el asunto, nbriéndose un debate en que Monteagudo y 



UBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


393 


otros, hicieron gala del sofisma llevado á sus últimos lími- 
tes. Conviene hacerse cargo de los argumentos aducidos, 
y cuya sustancia se conserva en el Diario de sesiones de 
la Constituyente. 

Aun cuando canse repetirlo, es sabido que el Regla- 
mento de 24 de Octubre, mandaba á los electores reunirse 
en la sala de acuerdos del Cabildo del lugar, y allí, en 
consorcio de éste y su Presidente, sirviéndose del escribano 
del Cabildo como autorizante, se procedería á la elección 
del diputado ó diputados respectivos. Los poderes de los 
electos, redactados de conformidad á las indicaciones de 
los poderdantes, habían, pues, de ser firmados por el Presi- 
dente del Cabildo, el escribano del mismo y los testigos de 
orden. Llenada esta formalidad, debía acompañarse á la 
remisión de los poderes, carta de aviso, firmada por el Pre- 
sidente del Cabildo, y dirigida al diputado electo. Una de 
esas cartas, firmada por Artigas como Presidente del Cuerpo 
municipal recientemente constituido, é incluida sin quererlo 
por Larrañaga entre los papeles presentados, había servido 
de pretexto para rechazarlos todos; pero el reclamo que 
los agraviados acababan de presentar en Secretaría con ese 
motivo, pidiendo la reconsideración del decreto y expli- 
cando ePmal entendido en que se basaba, restablecía el 
giro del asunto dentro de su verdadero carril. 

Monteagudo y sus amigos, empero, conservaron la acti- 
tud asumida, como si no hubieran mediado explicaciones, 
ni se tratara de antecedentes oficiales sometidos al examen 
de una Corporación que no podía prescindir de ellos, sin 
desconocer los más elementales principios del proceso par- 
lamentario en todo juicio sobre validez de poderes. Man- 
teniéndose siempre dentro de la falsa afirmación de no 



H94 


IJBRO IV. — OAÍI>A DEL PODER ESPAÑOL 


haber sido presentailos otros re<^audo» que las ííartaa de 
aviao, decbiraron que la eloednn roaultaha hecha por 
compromiso de Ioh jmeblos en una sola persona, habiémlose 
nombrado cinco compromi»mos para elegir los cinco dipu- 
tados ocurrente?, nin que habiene comtancia de la» artas 
en que ge sancionó el compromiso ; prescindiendo de si, 
en el caso, era legítima y confonne á la convocatoria de 
'24 de Octubre, ¿a elección por compromiso. > Después de 
esta burla inca liíioa ble á las leyes y los hombres, agrega- 
ban los voceros déla Logia, omitiendo siempre mencionar 
las actas y poderes presentados en C^ecrctaría, que los rc- 
feridos avÍHO.s, sólo venían firmados por un solo individuo, 
cuyo carácter se ignoraba, á excepción del ciudadano Ar- 
tigas que 8uscril)e la carta dirigida ai ciudadano Larra- 
ñaga.» 

Presidía la sesión el 1 )r. D. Vic‘ente Ijóiiez, reputado 
por sus tidentos, y era Secretario de la Asamblea el Dipu- 
tadlo D. Ilijmlito Vieytes, uno de los prohombres del nuevo 
régimen. Ambos conocían el expediente electoral de los 
reclamantes, mas no consta que hiciesen insinuación alguna 
sobre suH principales piezas. La discusión del punto abarcó 
la sesión entera, versando toda ella sobre la validez de las 
cartas de ácimo, cuya lectura se repitió, sin que Vidal, 
(iómez. Valle, Monteagudo y demás diputados que lleva- 
ron la palabra en el debate, mencionaran para nada las actas 
y poderes acompañados á dichas cartas. Con gran satisfac- 
ción convino la Asamblea en que las razones aducidaB de- 
mostraban «que los pretendidos poderes (los cartas de 
aviso) eran absolutamente nulos por incontestables princi- 
jáos. » S(* confirmó el rechazo de los diputados orientales, 
con exccjición de Fon.'<ec;\, quien, c-omo ojx)rtu na mente se 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 395 

ha dicho, ya estaba admitido; y Larrañaga, en presencia 
del injusto trámite que le dejaba al igual de sus otros 
cuatro compañeros, sin representación pública, se dirigió á 
Artigas, narrándole lo acontecido y pidiendo nuevos po- 
deres ( 1 ). 

La resolución adoptada por la Asamblea parecía obe- 
decer á un plan completo de hostilidades. Coincidiendo 
con el rechazo de los diputados orientales, recibían órdenes 
varios jefes argentinos, de vadear el río Uruguay, disol- 
viendo las reuniones de milicias del país que encontrasen 
en el tránsito. El comandante D. Hilarión de la Quintana, 
destacaba al efecto un cuerpo de tropas sobre el Salto, y 
el subdelegado Planes entrando por la frontera de Co- 
rrientes, pretendía llevárselo todo á sangre y fuego. Agre- 
siones tan inesperadas, introdujeron la confusión, no sa- 
biendo los jefes de milicias uruguayas sL disolverse ó 
resistir las órdenes con que se les compelía. Los más pró- 
ximos consultaron á Artigas, quien les mandó retirarse de 
la línea que ocupaban, concentrándose hacia el interior del 
país; pero otros no tuvieron tiempo de efectuar igual con- 
sulta, y sufrieron las consecuencias de su perplejidad. 

Semejante demostración agresiva, respondía tal vez, á 
la seguridad del predominio alcanzado por las tropas de 
Buenos Aires en todos los ámbitos del territorio uruguayo, 
donde sólo debían entenderse con Montevideo, cuya situa- 
ción de momento era deplorable. Un revés sufrido en la 
frontera de Yaguarón, había dejado la campaña libre de 
realistas, haciendo perder á Vigodet toda esperanza de en- 
contrar apoyo fuera de los muros tras de los cuales le encla- 


(1) Col Ft efjeiro, lxxv. — Coi Frías, i, 51. 





vaha su mala entrella. Don píirtidarios de la. princesa Car- 
lota, D. Joaquín de Paz, que aáii se res4*rvabti el título de 
comandímU* de laa milicias de Cerro -Largo, y 1). Felipe 
Contueci, que se desvivía por servir á la princesa, habían 
sido las víctimas del desastre militar que afligía las ar- 
mas realistas. Estos dos sujetos, reducidos á In simple con- 
dición de guerrilleros, pf)r la escasez de [Mirtiílariors que les 
seguían, determinaron atrincherarse en las orillas del río 
Yamiarón, sobre el paraje denominado Quilombo ( 1 ). Die- 
ron el nombre de «Campamento de Femando VII », á la 
reunión de hijos del país, españoles y brasileros formada 
en aquella altura, y recibió el título de fuerte de Borbón 
el atrinchenimiento donde se cobijaban. Dedicados con 
mucha actividad á aumentar sus huestes, creían haber 
fijado el punto de apoyo para una reacción monárquica en 
la campaña, C4iando la suerte de las armas aniquiló sus 
esperanzas en la forma <jue va á vers<^ 

A fines de Abril, destacaron una partirla de 44 liombre-», 
con orden de internarse en el país; pero apenas lo kuiki 
I). Francisco Antonio Delgado, comandante tle la villa de 
Meló, salió al encuentro de los realista.s disjiersándolos 
<*ompleta mente, después de matarles 10 individuos y to- 
marles 'l'l fusiles, N pistolas y lo sables, con {>énlida para 
el vencedoi- de 4 muertos y T heridos, entre ellos D. Ma- 
nuel Varóla, teniente de milicias. Trasmitida ia noticia al 
Cuartel general, hizo Hondean que marcliam con fuerza 


(l'i *Kilomho\ ¡>al(d)rn africana, ¡tojuihiriuvia m el por lo* es- 
rlarofi dr wjnella ¡nomktuda. ¡/ /¡ue siynifica reunión de gente aoleciieia. 

ha ajfl irado después, f>oi <j: tensión, tj 7 w sin arierto, á las cams de 
prostiturioa. 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 397 

respetable el coronel French, para desbaratar el acantona- 
miento enemigo, que ya tenían mediado las milicias orien- 
tales. Llegó French en 11 de Mayo á las inmediaciones 
del fuerte Borbón, intimando á sus defensores que se rin- 
diesen sin más trámite. Paz y Contucci contestaron del 
siguiente modo: «En este campamento se defienden con 
honor y sin sofismas, los sagrados derechos de S. M. C. el 
Sr. D. Fernando VII, en cuyo concepto, si Vd. pretende ju- 
gar las armas, ellas decidirán nuestra suerte, caso que Vd. 
no evacúe inmediatamente el frente que ocupa.» Conocida 
la decisión de los realistas, French resolvió emprender el 
ataque al siguiente día, como lo hizo, aunque con mal éxito. 
Lanzadas sus tropas al asalto, consiguieron llevarse por de- 
lante una fuerte vanguardia que se propuso atajarles el 
paso, perdiendo en ese empeño los realistas 30 hombres y 
mayor número de heridos ; pero al llegar al pie de la trin- 
chera, fueron rechazadas las tropas asaltantes, con pérdida 
de bastantes muertos y heridos ; entre éstos, de gravedad, 
el teniente del 3, D. Lucio Mansilla y el subteniente 
de artillería D. José María Echandía. 

French se replegó á Meló, con ánimo de reorganizar sus 
fuerzas y traer un nuevo ataque. Pero los realistas no es- 
taban en la posibilidad de sostenerse con el mismo brío 
que lo habían hecho. Desde luego, carecían de víveres; 
así es que la perspectiva de un asedio les encontraba 
derrotados de antemano. Asimismo, temían la hostilidad 
de las partidas portuguesas de frontera, para el caso de un 
desastre. En estas incertidumbres, resolvieron abandonar 
y demoler el fuerte Borbón, é incendiando el campamento, 
emigraron á territorio portugués. Sabedor del hecho, 
French mandó avanzar su vanguardia para que se apode- 



306 


UBBO rV. — CAÍDA DFf. POI>FR KKPA^OL 


vab» MU mala estrella. Don part¡<JarioM de la princesa Car- 
lota, I). Joaquín de Paz, que aún se n>*ervabíi el título de 
comandante de las milicias de CeiTo- Largo, y I). Felipe 
Contucci, que se desvivía por servir á la princesa, habían 
sido las víctimas del desastre militar que afligía la» ar- 
mas realistas. Estos dos sujetos, rtíducidos á la simple con- 
dición de guerrilleros, por la e>*t!a«4‘z de partidarios que lea 
seguían, determinaron atrincherarse en las orillas del río 
Yaguarón, sobre el paraje denominado Quilombo ( 1 ). Die- 
ron el nombre de «Campamento de Fernando VIÍ », á la 
reunión de hijos del país, espa fióles y brasileros formada 
en aquella altura, y recibió el título de Fuerte de Borlón 
el atrincheramiento donde se cobijaban. Dedicados con 
mucha actividad á aumentar sus huestes, creían haber 
fijado el punto de a|K>yn para una reacción monárquica en 
la campaña, cuando la suerte de las armas aniquiló sus 
esperanzas en la forma que va á verse. 

A fines de Abril, destacaron una partida de 44 íiombre-, 
con orden de internarse en el país; pero apenas lo supo 
D. Francisco Antonio Delgado, comandante de la villa de 
Meló, salió al encuentro de los realistas, dispersándolos 
completamenus despulí de matarles líí individuos y to- 
marles 22 fusiles, s pistolas y \\) sables, (^n p^nlida paja 
el vencedor de 4 muertos y 7 heridos, entre ellos D. Ma- 
nuel Varóla, teniente de milicias. Trasmitida la noticia al 
C’uartcl general, hizo Roudeau que marchara cou fuerza 


( 1 ) •Kilom}>o\ pnlaJirn africana, popuLiriiotla en e¡ pai^ por lo» es 
claros df n-ptella ]> rorc.de ncía. \¡ tjuc significa reunión de gente mlrctU'in 
¿ie ha aplicado después, por exicasíón, ¿/ m »in acieTtQ^ á las caaas (i 
jirosfifuciou. 



LIBRO IV, — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 397 

respetable el coronel French, para desbaratar el acantona- 
miento enemigo, que ya tenían mediado las milicias orien- 
tales. Llegó French en 1 1 de Mayo á las inmediaciones 
del fuerte Borbón, intimando á sus defensores que se rin- 
diesen sin más trámite, Paz y Contucci contestaron del 
siguiente modo: «En este campamento sé defienden con 
honor y sin sofismas, los sagrados derechos de S, M. C. el 
Sr. D, Fernando VII, en cuyo concepto, si Vd. pretende ju- 
gar las armas, ellas decidirán nuestra suerte, caso que Vd. 
no evacúe inmediatamente el frente que ocupa.» Conocida 
la decisión de los realistas, French resolvió emprender el 
ataque al siguiente día, como lo hizo, aunque con mal éxito. 
Lanzadas sus tropas al asalto, consiguieron llevarse por de- 
lante una fuerte vanguardia que se propuso atajarles el 
paso, perdiendo en ese empeño los realistas 30 hombres y 
mayor número de heridos; pero al llegar al pie de la trin- 
chera, fueron rechazadas las tropas asaltantes, con pérdida, 
de bastantes muertos y heridos; entre éstos, de gravedad, 
el teniente del N.® 3, D. Lucio Mansilla y el subteniente 
de artillería D. José María Echandía. 

French se replegó á Meló, con ánimo de reorganizar sus 
fuerzas y traer un nuevo ataque. Pero los realistas no es- 
taban en la posibilidad de sostenerse con el mismo brío 
que lo habían hecho. Desde luego, carecían de víveres; 
así es que la perspectiva de un asedio les encontraba 
derrotados de antemano. Asimismo, temían la hostilidad 
de las partidas portuguesas de frontera, para el caso de un 
desastre. En estas incertidumbres, resolvieron abandonar 
y demoler el fuerte Borbón, é incendiando el campamento, 
emigraron á territorio portugués. Sabedor del hecho, 
French mandó avanzar su vanguardia para que se apode- 



ijy8 UBBO rv. — CAÍDA DEL I'ODEK ESPAÑOL 

raae del locul abandonado y amulara laa trínchoraa qnc 
uém. hubiesen quedado en pie ( 1 ). 

En toéú el raes de Junio, llegaron estaa noticias al campo 
oriental. Can 4 un mismo tiempo su{x> Artigas los dee- 
manes de los jefes vgentiiios contra las milicias acantona- 
das sobre la línea del rfo Uruguay, la otiída del fuerte Bor- 
bón, y el rechazo de los diputados orientales efectuado y 
con&rmado por la Asamblea Constituyente en el cuno de 
dos sesionea No obstante el carácter oc^so de la primera 
y última de estas medidas, la actitud subsigwiwite de Ar- 
tigas fué tan correcta como era posible exigirse Se limitó 
á promover la remisión de nuevos poderes que confímiasen 
el mandato de loe diputados ex pulsos, y pasó á Larrañaga 
órdenes perentorias para gestionar la solución decorosa de 
los conflictos producidos. Acompañaba á su vez, una Ex- 
posición de agrarios, que Larrañaga debía entregar en 
mano propia á los individuos del Gobierno general, des- 
pués de informarse de ella, como correspondía á la mejor 
conservación de la uniformidad, entre los actos del comi- 
sionado y el sentido de los recaudos que precediesen sus 
apremiantes gestiones. 

La Exposición llevaba feclia de Junio, y constituía 
en primer término un paralelo entre la conducta de los 
orientales y la del Gobierno central, desde el día de la in- 
corporación de Artigas al asedio, hasta el momento en (jue 
formulaba sus quejas. Recapitulando los acontecimientos 
de ese j)eríodo, decía el «ludillo: « Las preteiiHionee de esta 
Provincia y su ejército, elevadas á V. K, están aún pen- 

( 1 ^ (rfurlíí Alifiisferiiíl tlf R .1. i Boletín ■ 


r • • 



UUHO IV, - - i’AlUA ntJ. PODER ESPAÑOL oUi» 

diontes; pom V. E, haoo tiomjH) que aprolió la expulsión de 
{frutea, y el íHnxaud Uundea\í íiió eouHrnmdo en el ge- 
uei’alHto de i^te eampo de asoilTó. Sin embai'go, el coman- 
dante D, Jlilarión de la Quintana, en el Arroyo de la 
China, iinptirtió sus órdenes, y un <*uerpo de sus tropas 
inandió sobre el Salto, intimando bajo iniputaeiones in- 
dignas la desorganización de la íuer/a de esta Ih’ovincia 
que cubría m|uel jmnto. > Después de tínumerar los actos 
de ])rudencia ^híu que los oHciales de las milicias urugua- 
yas evitai\)u un conflicto armado, retirándose de sus pri- 
meras jwsieiones, y más tarde, por oixlen de Artig'as, mar- 
oluux)n los unos á retorzar el astnlio del fuerte Borbón, y 
los otiHis á Tacuai'embó. continuaba el Jefe de li>s Orien- 
tales: «Bendecía yo mi provideijcia por este homenaje 
i'endido al amor de la pu, luiandó el subdelegado Planes, 
reuniendo la fuerza ilel Depai‘tamento de Yapeyü y con- 
vootuulo la del lie Cv)ncepeión, marcha y acampii en el de 
Miriñay, llevando su alarma hasta Mandisoví: imparte sus 
ónlenes y publica la disL*ordia, metiendo en el rol de reos 
á cuantos sirviesen bajo mis órdenes. En consecuencia, son 
aii'estados en su pasaje á Yapeyu un capitán y un teniente, 
y sin otro piweso, pasados al momento por las armas. Se 
imparten órdenes las más ejecutivas pañi á todo trance in- 
terceptar mis chasípies, y hasta los extremos del Uruguay, 
en su costa occidental, se sellan las pmvidencias como si 
hubiese sitio ratificada la dwlaratoria indigna del 2 de Fe- 
bivro, que ping'a el expulso D. Manuel Sarratea. » 

A este cuadix) tle las pixivocaciones armadas, seguía el 
de los agmvios políticos. Pintábalo Artigas con una exac- 
titud que hacía i-esaltar sus colores. Luego de comentar el 
desaire infligido á la Piovincia Oriental, en la persona de 



4U0 IJRRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 

SU repreBcntente D. Tomás García de Záfiiga, á quien el 
Gobierno de Buenos Aires acababa de exjiedir pasaporte 
sin dignarse proveer sobre los reclamos de que era porta- 
dor, decía el exjionente: ^ Esta Provincia, en uso de sus 
derechos inviolables y ooneecuente á su convención sagrada, 
se \ió en la necesidad de instalar un Gobierno para su 
administración económica, y sólo tarda en recibir un des- 
precio de Hu Soberanía el tiempo que estuvo para dirigirle 
sus fraternales felicitaciones. Marcha su rol de diputados, 
y exigida su incorpíjración á la Asamblea Constituyente, 
sufren el desaire de la negativa, á pretexto de unos defec- 
tos absolutamente cuestionables ... Finalmente, el esmero 
en dar importancia á cuantos emplean su mordacidad con- 
tra esta Provinciii, y el abandono á <jue se ven reducidos 
sus apologistas, perseguidos escandalosamente como delin- 
cuentes, {X)r lo mismo, todo convence de la rivalidad que 
se fomenta, y del conato que se pone en obstruir los pasos 
prt^iosos á la conservación de nuestra fraternidad. » 

Como si deseara apartar hasta la sospecha de que su 
actitud obedeciese á resentimientos particulares, Artigas, 
sin desviarse del objeto primordial de la Exposición, des- 
lindaba las ofensas propias, de las de su país, relegando al 
olvido aquéllas, para no j>ensar más que en estas últimas. 
Decía con tal motivo: Yo fui declarado traidor, y V. E. 

debía haber satisfecho á la faz de la Patria este ultraje, que 
habría comprometido mi moderación si fuese yo menos digno 
de defenderla. No, no lo dude jamás V. E.: nunca se fir- 
mará providencia alguna que fuese dirigida d una satis- 
facción particular, con jjerjuicio de los intereses generales. 
El asunto presente es uiug otro, y la Banda Oriental em- 
pieza á sentir los efectos de la provocación. MU providen- 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


401 


cias fomentan sus temores, y es preciso ya correr el velo. 
Los planes grandes de la America en su revolución glo^ 
riosa deben sellarse, y esta Provincia ha ofrecido sus 
cenizas hasta asegurar su consolidación. ¡Quó, Exemo. se- 
fíor, no son éstos los principios mismos que ha procla- 
mado V. E.? » 

Tantas verdades acumuladas, debían llevar á una conclu- 
sión alarmante para el Gobierno central, y en efecto, las úl- 
timas cláusulas del documento envolvían una amenaza. Arti- 
gas planteaba el problema de paz ó guerra en términos preci- 
sos. « Esta Provincia — decía — > penetra las miras de V.E.: 
ella está dispuesta d eludirlas; pero ella ruega á V. E. 
aparte el motivo de sus temores: ella tiene ya todas sus 
medidas tomadas, y al primer impulso de sus resortes hará 
conocer á V. E. la extensión ' de sus recursos irresistibles. 
Ellos se harán sentir á medida de las necesidades, y V. E. 
reconocerá todos los efectos de la energía, animada por 
la justicia y el honor. El ciudadano Dámaso A. Larra- 
naga está encargado de concluir esta gestión. Mis conciu- 
dadanos esperan de rodillas el resultado. La orfandad de 
sus hijos, el clamor de sus mujeres, el abandono de sus 
haciendas, sus lágrimas, el cuadro más imponente de la 
humanidad, contrasta su grandeza. — V. E. va á decidirlos. » 

Con este documento, y el plazo perentorio de tres días 
para obtener una respuesta decisiva, se presentó Larrañaga 
al Gobierno central, y pasó á ver en seguida á varios di- 
putados. Larguísimas conferencias y debates prorrogaron 
el plazo de la respuesta más allá de lo señalado, y al fin, 
en 29 de Julio, pudo comunicar el emisario las conclusio- 
nes propuestas por los hombres espectables con quienes 
había conferenciado y discutido. Se reducían ellas, á la ad- 

Dom. Esp.— III. 26, 



402 


UBBO IV. — CAÍDA DEL PODER EaPAÑOL 


mÍHÍóix de cuatro de los seis diputados orientales, inclu- 
yendo el de Maldonado, cuyos cuatro individuos serian ex- 
positores ante la Asamblea Constituyente de las razones y 
derechos que asistiesen á la Provincia, y unidos con los 
demás, 6jarían la forma de gobierno que en adelante de- 
bía regir para todos. Con respecto al Gobierno local del 
Uruguay, los hacendados propietarios podían arreglar dios 
mismos un mi^todo equitativo y económico de administra- 
ción, para cuyo efecto se oficiaba al general Rondeau, in- 
sinuándole los medios de reunirlos y consultarlos. Las mi- 
licias de la Banda Oriental serían socorridas conveniente- 
mente, lu^o (}uc se fijase su número y continuasen en 
aquella disciplina destinada á conservarles el carácter ad- 
quirido. En cuanto á las últimas disposiciones militares 
adoptadas por el Gobierno general, no encerraban mis- 
terio alguno: encargado de mantener el orden público 
y hacer la guerra á los enemigos, tenía un ejército en el 
Perú, otro delante de Montevideo, y con el mismo objeto, 
multiplicaba y aumentaba sus fuerzas en la Capital ( 1 ). 

La repulsa de las pretensiones formuladas por los orien- 
tales, no podía ser más clara. Solamente cuatro, de los seis 
diputados electos, serían admitidos en la Asamblea, reco- 
nociéndose á ellos solos, facultad para tratar con los demás 
miembros de la Constituyente sobre la suerte de las Pro- 
vincias Unidas en general, y la de su país en particular. 
El Gobierno local, recientemente creado en el Uruguay, no 
merecía ni el honor de una mención, puesto que se oficiaba 
á Rondeau para que promoviese entre los hacendados, la 
organización de autoridades propias, como si tales no exis- 

(1) Col PregeirOy Lxxvi-Lxxix y LXXXVll-LXXXVnL 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 403 

tíesen ya instituidas por sufragio popular. Sobre acantona- 
miento de tropas en las fronteras de Entre-Ríos y Co- 
rrientes, el Gobierno se reservaba mantener su actitud, ex- 
plicándola por la necesidad de conservar el orden y com- 
batir á los enemigos, á cuyo efecto aumentaba y multipli- 
caba, según declaración suya, los elementos de fuerza 
existentes. Artigas devoró esta nueva ofensa, resignándose 
á continuar por el momento con los voluntarios á sus ór- 
denes, en la condición subalterna que se le imponía. 

Nada más deplorable para los realistas de Montevideo, 
que semejante actitud por parte del Jefe de los Orientales, 
cuyo descontento era la única esperanza que les alentaba. 
Se ha visto cuántos esfuerzos habían hecho para explo- 
tarlo en favor de sí mismos, y es inútil asegurar que se- 
guían ansiosos el giro de las desávenencias entre Artigas 
y el Gobierno general, espiando la ocasión en que se pro- 
dujese una ruptura. Abandonados á su propia suerte, Vi- 
godet y el Cabildo veían en aquella eventualidad su única 
perspectiva de salvación, mucho más desde que conocieron 
los términos de la Exposición de agravios remitida á la 
otra orilla. Desvanecidas todas las probabilidades del ex- 
terior, con razón se mantenían aferrados á esta sola, que 
ahora amenazaba fallarles. De tiempo atrás, les tenía 
desahuciados la princesa Carlota, por intermedio del En- 
cargado de Negocios de España en Río Janeiro, quien les 
expresó oficialmente « que los médicos habían prohibido á 
la princesa contraerse al bufete, y de aquí el que se viera 
en la dolorosa necesidad de no poder responder, tanto á la 
correspondencia de Vigodet, como á la del Cabildo. » Si 
las autoridades de Lima no se habían pronunciado en tér- 
minos equivalentes, el silencio que guardaban era para in- 



404 


UBBO IV. — (’.VÍDA DEL PODEIl ESPAÑOL 


terpretarse <le un modo desfavorable. En roMumen, podú 
darse por eliminada la protección de 1 >ofta Carlota, y rao^ 
debilitada la esperanza en. los soí*orrí»s del Perú, mientras 
que el descontento producido entiv lo» orientales por la 
actitud absorbente del Gobierno de Buenos Aires, asu- 
miendo forma» de mera protesta, mantenía la unión de los 
sitiadores (1). 

Conforme continuaban mermando las proba! ulidades de 
auxilio exterior, más difícil se bada la situación dc^ los 
sitiados. Estrechábase progresivamente la lín«\ de asedio, 
por el avance empeñoso de los patriotas sobre las posicio- 
nes más temibles, inclu.so el castillo del Cerro, que sufría 
alternativos ataques de Otorgues, Rivera, Vedia y ()jt*da, 
cuyos soldados rivalizaban en alardes de valor. Dentro de 
la ciudad, el hambre y las enfermedades proseguían sem- 
brando estragos. Llenos los hospitales y cuarteUw tle en- 
fermos, fue necesario improvisar asilos construidos de ta- 
bla y lienzo en los huecos y plazaa, para refugio de lo» 
nuevos dolientes. A estos parajes ocurrían también iH>r la 
noche los desprovistos de techo propio, confundiéndose sa- 
nos y enfermos en aquellas mazmorras donde el contagio 
era fatal. Vigodet había conce<lido permiso para salir de 
la Plaza á las familias que lo pidiesen. Salieron muchas, 
unas de propia voluntad y otras e.xpulsadas j>or his dela- 
ciones del partido empt rinado, hasta que Rondeau, dt'- 
seando apurar los sufrimientos de la guarnición, cortó aquel 
recurso. Que<iaron, en consecuencia, centenares de infelices 


fl) Of de Vifjodet al Oibihh), Maijo b de /s/.> >’.Vrel» tíen ■. -Fijruv- 
TO&, Diario histórico: t, — '• — 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 405 

sin medios para resistir la miseria: perseguidos adentro y 
rechazados afuera, perecieron bastantes de ellos. 

Por otra parte, informes fidedignos hacían temer desde 
mediados de Junio un asalto á la Plaza, y todos los sín- 
tomas visibles, confirmaban el proyecto. Accidentes ines- 
perados, concurrieron á facilitar aquel designio. Los sitia- 
dores habían carecido hasta entonces de una fuerza sutil 
que les permitiera emprender operaciones marítimas, vién- 
dose coartados para toda combinación decisiva. Pero los 
temporales del invierno arrojaron sobre la playa gran can- 
tidad de lanchas, botes y hasta goletas, que no pudiendo 
aguantarse contra el viento, encallaban sin remedio. Su- 
cesivamente apresadas estas embarcaciones, las que podían 
utilizarse fueron compuestas y armadas en guerra, desha- 
ciéndose las inservibles para proveer de lena al ejército. 
Animados con la adquisición de su pequeña flota, pensa- 
ron los sitiadores tentar el asalto sobre la Plaza, y con ese 
propósito tuvo lugar una junta de guerra presidida por 
Rondeau, á la que asistieron Artigas, Vedia, Rivera y 
demás jefes principales. Se convino que debía hacerse un 
desembarco por varios puntos á la vez, valiéndose de las 
embarcaciones y de pelotas de cuero. Esta resolución tras- 
cendió hasta la tropa, y un pasado la puso en conocimiento 
de Vigodet, quien, de seguida, duplicó las precauciones in- 
ternas,, durmiendo sobre las armas y haciendo iluminar los 
contornos de la Plaza, durante la noche, con grandes fo- 
gatas (1). 

Juntábase á estas alarmas y contratiempos, el disgusto 


(1) Autobiografía de Rondeau (cit).— Fígueroa, Diario histórico ; íy 
194 y 262 -04. 



IJBRO IV. ~ CAÍDA DEL ^ODER EBPAlíOL 

que producía entre la guarnición, la desinteligenda de sus 
jefw principalea. A partir de la ixitalla del Cerrito, Vi- 
godet y Cíallano estaban enemistados, y la crítica de sus 
compafleros de armas ahondaba ese resentimiento. Echá- 
basele en cara al primero, la jactanciosa seguridad cop que 
había prometido vencer á los sitiadores, mientras se elo- 
giaba el valor del segundo en toda acción de guerra á que 
concurría. Vigodet se dejaba ver pocas veces, desde que le 
había sido tan adversa la suerte de las armas. EIscribia de 
continuo, supliendo jx)r ese medio las actividades de otro 
orden que no podía satisfacer su presencia. Muy dado á 
combinaciones de bufete, buscaba los medios de obtener 
¡X)r la intriga lo que no le era posible conseguir con laa 
armas. Agentes misteriosos despachados por él, traían y 
llevaban cartas, muchas veces á deshora, y mantenían in- 
teligencias en el campo sitiador, sin colegirse fijamente con 
quién ni á qué propósito inmediato. 

Su política, emptTo, no bastaba á conjurar la tempestad. 
Sin que los patriotas hubiesen obtenido después del Ce- 
rrito ventaja similar alguna, todos loe días y á cada ins- 
tante .«e producían hechos, cuyo conjunto resultaba en j>ér- 
dida para el crédito y las armas de los realistas. Consti- 
tuía un síntoma muy serio, el decrecimiento del pod« ma- 
rítimo, que hasta entónete había constituido el nervio 
de la resistencia española. La flota realista ya no podía 
contener los progresos de los inde[>endieates en las aguas 
que antes habían sido de su dominio. El teniente de Dra- 
gones D. José Caparroz, lo demostró á la evidencia, aco- 
metiendo el proyecto de asaltíir la isla de Martín García, 
fortificación de mucha importancia material y estrat^ca. 
í^abiendo que so hallaba guarnecida por sólo 10 hombres, 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 407 

Caparroz tripuló 4 botes con 22 soldados de su cuerpo, entre 
ellos el sargento Bartolo Mondragón, j cruzando el río du- 
rante la noche del 7 de Julio, d^embarcó de sorpresa en la 
isla. Sin más resistencia que la de un soldado á quien die- 
ron muerte, y un vecino que resultó herido, los asaltantes 
se hicieron dueíios del punto, debiéndose á la intervención 
del capellán de la isla que no se produjesen otras desgra- 
cias. Los patriotas se reembarcaron al día siguiente, lle- 
vándose consigo 3 lanchas, 3 cañones, 36 carabinas, 17 pis- 
tolas, 19 sables, algunas granadas y pólvora (1). 

Esta ofensiva de los patriotas, no podía ser de peor 
efecto para el enemigo. Acostumbrada la flotilla española á 
no encontrar oposición fuera de las costas, empezó á sen- 
tirla sin arrimarse á ellas. Pequeñas escaramuzas navales 
tuvieron lugar entre las embarcaciones de la marina de 
guenu y algunos de los barquichuelos recientemente arma- 
dos. Prestaban estos últimos, oportuno concurso á las par- 
tidas estacionadas en las costas, avisándoles la aproxima- 
ción de expediciones realistas y cooperando algunas veces 
á rechazarlas. Paralelamente iba acrecentándose el número 
de lanchas y botes de los revolucionarios, pues raro era el 
revés sufrido por el enemigo, que no aportase en gaje al- 
guna embarcación. A fin de cuentas, viendo el Cabildo cuán 
envalentonados andaban los flamantes marinos, resolvió sus- 
citarles trabas más enérgicas de las que Vigodet les oponía. 

Con el expresado propósito, la corporación se dirigió al 
Capitán general, ofreciéndole su concurso para armar nue- 
vas expediciones navales. Aceptado el ofrecimiento, se puso 
mano á la obra, despachando en Junio, varias, de cuyos 


(1) Núñez, Noticias (2.^^ Parte).— Figueroa, Diario Histórico; 1,283-85. 



4U« 


C AIDA I>KL PODER ESPASOL 


LIBRO IV. - 

progreHos se hablará á su tiempo. IVro mientr:i8 cumplían 
las ónl<*ncs recibi<las, nuevjis agresiones <lc los patriotas y 
la nm^sidad creciente de víveres, hicieron que el Cabildo 
ee resolviese á poner mayor numero de buques en línea. 
Invitatlo á coadyuvar dicho iutento, du<16 Vigmlet si podría 
asociarse o no á él, c*n presencia de un oficio del Tesorero 
IX Jacinto Figueroa, que con fecha 1 2 de Julio expresaba 
hallarse su repartición <r sin un real ron que suministrar la 
ración á las tropas y Marina, y aten<ler la asistencia de los 
enfermos. - Pero vencido por la.s exhortaciones del Cabihlo, 
autorizó á éste, « j)ara armar en coreo dos ó más eml»arca- 
ciones, entendiémlose con la Comandancia general de Ma- 
rina para los auxilios <lel caso y patentes de los capita- 
nes. » ( 1 ) 

Las expedií ‘iones proye<'tadas, y las que ya estaban en 
acción, trnían el doblr objeto de ajK>rtar víveres á la Plaza 
y limpiar los ríos de armamentos patriotas. Designábase- 
Ies por canqK> de oj>eraciones, todo el que se extendía al 
cabotaje desde Montevideo hasta el alto Uruguay, com- 
prendidos muy particularmente los pueblos argentinos, 
donde era práctica presentarsí* en aire de represalia. El Ca- 
bild(» y Vigodet, guiados j>>r un egoísmo explicable, pro- 
curaban que el mayor peso de las exacciones (*uyese sobre 
las lo(‘alidades directamente sujetas al dominio de Puenos 
Aires, buscando de paso adquirir elementos de manuten- 
ción con el nií'nor costo j>osible. A la altura á que habían 
llegado las cosas, mermaban los escrúpulos en razón di- 


I 1 ') ( if *}r ¡''¡iiHcytm ti ¡a .¡nlin ls¡:¡ ' Ardí Cion). — C)f >U 

Vtymlet tt¡ ('nhiMn, l<! Julio ¡s}j (An-li ( ¡en — FIguerou, Diun» 
hishkieo: I, 



MERO IV. — CAIDA DEL PODER ESPAÑOL 409 

recta de la necesidad, y comprendiéndolo así los directores 
de las fuerzas expedicionarias, estaban preparados á exce- 
derse en su poco envidiable conestido. 

Influidos por semejantes ideas, empezaron las expedicio- 
nes á darse a la vela. Había partido la más considerable 
de ellas en los primeros días de Junio, compuesta de 400 
hombres entre tropa y voluntarios. Iba esta gente embar- 
cada en 28 lanchas, bajo las órdenes de D. Juan Ramos, 
oficial muy distinguido del cuerpo de Chain, á quien acom- 
pañaban expertos corsaristas. Todo el mes de Junio y parte 
de Julio, empleó Ramos en su excursión, que se inició con 
un revés sufrido en San José, donde las milicias del distrito 
obligaron á reembarcarse á una partida exploradora, tomán- 
dole 8 prisioneros. Después de esto, hicieron los expediciona- 
rios algunas presas de escasa importancia, suscitándose en 
cambio la odiosidad de los vecindarios del tránsito. Hasta 
entre los realistas mismos tomó cuerpo esa manifestación 
repulsiva, al traslucirse la conducta observada en Soriano, 
Víboras, Gualeguaychú y otros puntos donde recaló la 
expedición. Quisieron los principales jefes ocultar su mala 
conducta con proclamas y exhortaciones á la libertad y á 
la concordia ; pero los desmanes cometidos fueron prueba 
de la hipocresía que dictaba aquellas palabras. 

No mejor suerte les cupo á las demás expediciones pre- 
paradas con tanta dificultad. En las postrimerías de Julio, 
desembarcaban por el puerto del Sauce 1.5 hombres, sali- 
dos desde Montevideo en una balandra. Con gran facilidad 
se internaron hasta el Rosario, liaciendo un buen acopio 
de reses, con las cuales volvieron para embarcarlas por la 
costa. Sabedor del caso, D. Juan Manuel García, jefe de 
las milicias del Rosario, se presentó con 22 hombres so- 



410 UBBO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 

bre loR realistas, y después de caosarlee 2 muertoe j 5 he- 
ridos, IcH obligó a rendirse, tomándoles cuanto llevaban. 
A la misma fecha, es decir, el 28 de Julio, D. Pedro J. 
Sierra, con una partida de Blandengues, batía en Cufré 10 
hombres de otra expedición, que habiéndose internada inad- 
vertidamente, tuvieron 4 muertos y 4 prisioneros en la 
refriega, salvándose á nado los dos restantes, para ganar 
una balandra que les es}>eraba en las inmediaciones. De 
este modo iban fracasando unas tras otras, las expedicio- 
nes corsarias de los realistas, para no dejar más qne eno- 
jos tras de sí, pues hasta el reparto de las pocas presas 
obtenida^, se hizo sin equidad, á tener en cuenta los recla- 
mos instaurados con tal motivo por el Cabildo ante Vi- 
godet ( 1 ). 

^las lio todas debían de ser desventuras para los sitia- 
dos. El refuerzo de tropas de la Península, esperado inú- 
tilmente tantas veces, apareció al ña. Salvas atronadons, 
repiques y cohetes, anunciaban el 12 de Agosto haber an- 
clado en el puerto la fragata particular San Pahlo^ con- 
duciendo 200 íirtilleroB y 100 hombres del regimiento de 
Lorca, vanguardia del contingente de 1,240 soldados, que 
completaban á su bordo varios otnis buques, convoyados 
por la fragata de guerra Prueba. Ko podían llegar en mo- 
mento más auspicioso aquellas tropas, pues era aniversario 
de la reconquista de Buenos Aires por los montevideanos, 
el día en que se anunciaban los bajeles. Vigodet no quiso 
diferir el desembarco de los recién llegados, que se efectuó 
esa misma noí he á las siete, entre los aplanaos de la mul- 


( 1 ) Figueroo. Diario hiatárioo: i, ¿52, 2G5, 280 y 298L— Of del Cabüdo 
á Vigodet, 2.7 Junio 181 H (Arch (jen). 



I LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 411 

I titud, y los ecos musicales mezclados con la gritería en- 
sordecedora de hoinbres, mujeres y niños. Serenatas am- 
bulantes, bailes y banquetes impr^isados, dieron á la re- 
cepción de los veteranos peninsulares un aspecto tan lucido 
como excepcional. 

Los vientos contrarios detuvieron por algunos días la 
Jl^da del resto de la expedición. La fragata Socorro, que 
conducía un batallón del regimiento de Lorca, había de- 
rribado á Río Janeiro para componerse. Los demás buques 
siguieron viaje con dificultades, pero sin contratiempo que 
lamentar. El 23 de Agosto libaron al puerto, suscitando 
igual entusiasmo que el San Pablo. El castillo del Cerro 
fué el primero en dar la señal de aviso, izando diferentes 
banderas y haciendo tronar sus cañones. Echáronse á vuelo 
las campanas de los templos, sonaron las músicas, y las 
principales damas realistas, mezcladas con el pueblo, fue- 
ron á recibir los nuevos campeones del rógimen colonial. 
Sin embargo, el desembarque no pudo efectuarse por el 
muelle de la ciudad, pues hasta alK alcanzaban las balas 
de las baterías con que los sitiadores dominaban la playa. 
Se prefirió el Baño de los Padres, local protegido por el 
fuerte de S. Josó, y amparado de un recodo que lo escu- 
daba naturalmente, para que las columnas tomaran tierra 
sin peligro. Ello no obstante, los sitiadores enfriaron la 
• alegría de la población, pasadas las diez de la noche, arro- 
jando docena y media de granadas sobre la ciudad ( 1 ). 

Los bulliciosos alardes de la Plaza, no produjeron en el 
campo sitiador desmoralización alguna. Consentidos los sol- 


(1) Larrañaga y Guerra, Apuntes históricos.~~V\g\\erc>z, Diario his- 
tórico; I, 303-H05 y — Autohiógi'afia de Rondeau ,{út). 



412 


IJHRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


dado» patriotR>í en que un contingente de 3»000 hombres 
debía aumentar líis filae enemigas, tomaron pie de no lle- 
gar á la mitad de esa cifra el (iltimo refuerzo, para mofarse 
de la Cf)operación que la Península prestaba á los defenso- 
res de su causa. Siendo tan unánime el ¡íensamiento domÍT 
liante en el ejército resi>ecto á la inferioridad <le los sitia- 
dos, esa circunstancia influía de una manera singular sobre 
el espíritu de los orientales. La ixTspectiva de verse dueños 
del suelo natal en tiemjx) no lejano, había ya empezado á 
suavizar los rencores entre los de adentro y los de afuera. 
Cierto espíritu de recíproca benevolencia, exhibido en me- 
dio <le las más crudas agresiones, parecía acusar la vuelta 
á una confraternidu<l de que no estaban distantes los con- 
tendores. Narrábanse con mal reprimido orgullo, en uno y 
otro camjK), las proezas de los hijos dt‘ la tierra, muchos de 
los cuales j>or su valor guerrero ó por su generosidad, Re- 
novaban las tradiciones de la antigua caballería. Era visi- 
ble que sólo se oponía á la fraternidad comón, el obstáculo 
de los compromisos contraídos; y una vez desapareciila esa 
barrera, con la dominación euroj>ea cuyo término presen- 
tían todos, liabía de restablecerse la conconlia entre los hi- 
jos del mismo país. 

Diversas manifestaciones confirmaban dich»> supuesto. 
Los oricntah\s no habían hecho la guerra con cnieldad, y 
basta esquivaban toda ocasión de aumentar los sufrimien- 
tos de los sitiados. Saínan los defensores de 4a Plaza, que 
cuando los voluntarios del país estaban de avanzada, no 
obstruían con mnkTÚis infecciosas los surtideros de íigua, 
dejando lil)re ese recurso á la jwblación setlitmta. El mismo 
Artigas había concedido licencias para carnearen las cos- 
tas, cuando se le pintaron las necesidades de los enfermos 



UBRO n'. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 413 

que llenaban los hospitales de la ciudad. En las guerrillas, 
y aún bajo los mismos muros, se hacían cambios frecuentes 
de provisiones, brindando los ~de afuera carne y verduras, 
por vino ó caña que proporcionaban los de adentro. Los 
combates singulares sustituían en muchos casos á los co- 
lectivos, como sucedió entre otros con el capitán D. Adriano 
Medina, del regimiento de Otorgues, y el capitán Ramos, del 
de Chain, cuyos dos oficiales, separándose cierto día de las 
fuerzas á sus órdenes, emprendieron un duelo personal, que 
interrumpió la agresión llevada contra Medina por cuatro 
soldados realistas ( 1 ). 

El Gobierno de Buenos Aires, conociera ó no estos de- 
talles, tenía su opinión formada sobre el resultado final de 
la lucha. Desde que los diputados orientales exhibieron 
las instrucciones aprobada^ por la Asamblea popular de 
Abril, hubo una modificación sensible en los rumbos de la 
política imperante. Se acordó abandonar la Provincia Orien- 
tal á sus propios destinos, retirando por lo pronto las tro- 
pas auxiliares que guerreaban dentro de su territorio. En 
23 de Mayo, el Gobierno central oficiaba reservadamente 
al general Rondeau, que levantase el sitio de Montevideo, 
á pretexto del anunciado refuerzo de 3,000 soldados penin- 
sulares. El general sitiador, según se supo más tarde, con- 
testó exponiendo razones militares que evidenciaban la 
imprudencia de aquella medida, y pudo lograr su paraliza- 
ción momentánea, no sin que se le advirtiera la necesidad 
de ejercer una gran vigilancia, pues temía el Gobierno cen- 
tral algún amago de tropas por el lado del Brasil, caso 
problemático, en cuya realización no creyó nadie. Cono- 


(1) Figueroa, Diario histórico; i, 170-171, 203, 223, 300-301 y 375, 



414 UBBO IV. CAÍDA DEL PODER ESPAtOL 

ciendo la mala voluntad del Gobierno, y como para juati- 
fícar el general en jefe 9u actitud propia, fu^ sin duda que 
convino, »1 promediar Junio, el aaalto de la Plaza, en la 
forma indicada oportunamente. Abandonado el pro jecto, se 
repitieron los anuncios del próximo arribo de la expedición 
realista, y entonces el Gobierno volvió á su Jintiguo propósito. 

Conürmando las prevenciones aducidas en Mayo, antes 
que Rondeau remitiese el parte ofícial de la llegada posi- 
tiva de los expedicionarios peninsulares, el Gobierno le 
ordenaba terminantemente que levantase el asedio, yendo 
á embarcarse por Colonia, en cuya.s agnaa, para facilitar la 
ejecución de la medida, tenía aglom^ndoe los transportes 
necesarios. Influido por las mismas ideas que habían infor- 
m«'ido su primera respuesta, el general contestó obser\'ando 
v^que la medida era poco meditada, porque si se fundaba 
en que el ejército sitiador podía ser I>atido por las tropas 
de la Plaza, era totalmente equivocada esa presunción, por 
ser el ejército patriota mayor en número que el enemigo, é 
incapaz de cederle en valor. > Por toda satisfacción, el Go- 
bierno contesto ratificando su primera orden, bajo grande 
responsabilidad para el general si no la cumplía. Replicó 
éste, como último argumento, que se enviara persona idónea 
á su campo para examinar el estado de las tropas, sus pose- 
siones, número y disposición de ánimo, asegurando que des- 
pués do este examen pericial, adheriría él á la opinión que 
resultase como la más adecuada al caso (1).. 

Vencido el Gobierno por tanta insistencia, comisionó 
tres individuos, entre ellos el barón de Hollemberg, para 
que pasasen al campo sitiador é informasen luego sobre 


( 1 ) Col Freaeiro. LXXXVii. — Auiobioarafia df Rond/tau ( citV 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


415 


el parecer que su aspecto general les sugiriese. Los comi- 
sionados llegaron á su destino, y cunaplieron con prolijidad 
su encalco. Revistaron las tropas, tomaron cuenta del ar- 
mam^to y municiones, inquirieron el espíritu que animaba 
al ejército, se asesoraron de la resistencia que aún podía 
ofrecer la Plaza, y después de pesar bien todo, se pronun- 
ciaron por la opinión de Rondeau : el Oobiemo de Bue- 
nos Aires no tuvo otro remedio que aceptar el dictamen 
de sus comisionados, ordenando que prosiguiera el sitio. 
Esta resolución fué causa de calumnias contra el general 
sitiador, á quien se atribuyeron miras ambiciosas por su 
insistencia en conservarse frente al asedio. Él mismo lo ha 
reconocido en sus Memorias, cuando dice refiriéndose 
al hecho: «fué un bien á la causa republicana, aunque á 
mí particularmente me acarreó prevenciones mi fundada 
resistencia, y me las hicieron sentir con posterioridad.» 

Nunca faltan en estos dramas de guerra, anécdotas que 
los amenicen, distrayendo el ánimo de las escenas sangrien- 
tas para dar lugar á la narración de hechos en que brilla, 
la suspicacia humana. Entran en este número, las com- 
binaciones de que empezó á valerse Rondeau para co- 
municar con individuos de la Plaza, luego que la decisión 
del Gobierno de Buenos Aires confirmó sus deseos de per- 
sistir en el asedio. Ya desde antes había emprendido una 
correspondencia con los jefes de la guarnición sitiada ; co- 
rrespondencia sin éxito, porque de una y otra parte no se 
hacían más que consideraciones relativas á los males de la 
guerra, y cada uno se halagaba al fin con las esperanzas del 
triunfo de su causa. El general sitiador buscaba otra clase 
de noticias, deparándole la suerte un medio inesperado y 
proficuo. 



416 


UBRO IV. CAIDA DEL PODER E*PA.M)L 


Estaba cierto día «n soldado píitriotn en la jdaya, cuando 
vio que flotaba una lioiella lacrada, como proveniente de un 
buque al parecer abandoiiailo que fondeaba en la bahía. La 
curiosidad y el deseo de j»oseer aquel objeto le hizo echarse 
al agua, y como el vientopica.se favorablemente, empujando 
la botella á lu costa, pudo asirla, trayéndola á tierra. Allí 
rompió el vidrio y encontró adentro una carta rotulada 
para el general en jefe, á quien inmediatamente la presentó. 
La carta provenía de un español lilieral avecindado en 
Montevideo y amigo de la revolución, quien comunicaba 
noticias importantes y hacía advertcncia.s de valer, adjun- 
tando una clave para continuar en lo futuro su correspíin- 
dencia en cifra. Satisfis-ho Hondean de aquel encuentro, y 
sabiendo qiu* el soldado lo había comunicado á .sus compa- 
ñero?, haciendo pijmlar la noticia, ofreció 3 }>esos de su 
propio bolsillo i>or cada l>otella de esa clase que le presen- 
taran. Muchas fueron las (¿ue obtuvo p>r tal meilio, durante 
cinco meses, y después suj» de boca del corresponsal, que 
sólo una se había perdido. Los soldados j)atriotas bautiza- 
ron esta forma de eoinuuicación con el nombre do Correo- 
hofcUa, y fue tan sonado el asunto, que llegó basta oídos 
de la autoridad española, quien adoptó activamente los me- 
dios para descubrir el oculto corresponsal, lo que obligó á 
éste á cesar en su einj)eño. 

Casualmente se projx)rcionó otro canal donde recoger no- 
ticias fidedignas. Había en el ejército patriota un sargento 
gallego aptdlidado Viera, <|ue acostumbniba aproximarse 
noche anoche á las murallas, á fm de escucharlo que con- 
versaban los sitiados. Romh'au tenía gran confianza en este 
individuo, y Ic instaba á que prosiguiese su escucha, para 
lo cual le relevó de todo t>tro servicio, enairgáiidole pu- 



UBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


417 


siera gran cuidado en averiguar si los sitiados intentaban 
alguna salida. Viera fué sentido varias veces por los de 
adentro, que se contentaron coiTlanzarle algunos epigra- 
mas y dicharachos sin hacerle fu^o. Estimulado por tal 
modo el celo del escucha, al fin se le aficionaron tanto, que 
le propusieron pasarse. Contestó el sargento que así lo haría 
si le conviniesen las proposiciones que se le ofertaran, y en 
el acto le emplazaron pai*a la siguiente ñocha Puesto en 
conocimiento de Rondeau el hecho, autorizó á Viera para 
que concurriese á la cita, instruyéndole del modo como de- 
bía portarse, y en la hora y sitio convenidos, tuvo lugar 
una entrevista del sargento con Ponce, Mayor de la Plaza, 
enviado por Vigodet al efecto. Resultó de la entrevista 
que Ponce dió instrucciones á Viera sobre el compor- 
tamiento que debía observar entre los patriotas, espiando 
sus acciones é inquiriendo noticias para trasmitírselas 
á él todas las noches, pues así creía estar mejor ser- 
vido por el sargento, que admitiéndole en la guarnición 
coíno pasado. Viera, bajo la dirección de Rondeau, prosi- 
guió sus entrevistas con Ponce, llevándole periódicos y no- 
ticias, que el Mayor gratificó con 4 onzas de oro; y por 
este medio el general sitiador engañó á los jefes de la Plaza 
con las novedades que le ocurrían ponerles, sabiendo en 
cambio cosas que le interesaban. 

Al tenor de estas inteligencias secretas, crecían los apu- 
ros de los sitiados. El entusiasmo producido por los últi- 
mos refuerzos, se apagó bien pronto, merced á la iniciativa 
mediocre de los oficiales peninsulares, y al peso con que 
abrumaron al vecindario para procurarse alojamiento. Al 
mismo tiempo los sitiadores, haciendo sentir su acción 
por diversas maniobras de detalle, provocaban combates 


Dou. Esp.-IU. 


37 . 



418 


LIBRO lyl'— CAÍDA DEL PODER BSPAftOL 


parciales^ de los que siempre salíau airoaos. Protegido» de 
la artilleria volante se aproximaban ¿ las fortificadonee, 
siendo contestados sus fuegos por éstas j las caftonma 
ancladas en la plaja. Los caseríos que mediaban entre am- 
bos campos, quedaron reducidos á cenizas por efecto de 
este caRoneo continuo. Cerráronse los templos principales, 
para evitar aglomeraciones que sirvieran de blanco á las 
bombas. Hubo ocasión en que los sitiadores avanzaron 
hasta el cementerio de la ciudad incendiándolo, con lo cual 
tuvieron los sitiados que proteger de allí para adelante el 
entierro de sus muertos con fuerza armada ( 1 ). 

Entre desconfianzas y ardides, decorríase la existencia de 
Vigodet, quien, sin descuidar el espionaje interno, plagaba 
de emisarios y agentes, como ya se ha dicho, el campo si- 
tiador. Bien que con esto consiguiera estar al corriente de 
todo lo que pasaba entre los patiiotas, no parecía aprove- 
charlo para el desenvolvimiento de sus propias operacio- 
nes militares, cuyo plan era un misterio. El mee de Agosto 
transcurrió para los sitiados sin más novedad de bulto que 
el desembarco de los refuerzos peninsulares, y algunaé pri- 
siones efectuadas en ia ciudad. Sorprendido un bote ame- 
ricano, se le encontraron pliegos y cartas para el campo 
sitiador, que comprometían á varías personas residentes en 
la Plaza : por consecuencia, Vigodet ordenó la prisión de 
D. Vicente Susviela, oriental; D. Fidel Rey, español, y 
D. Domingo Cullen, futuro Gobernador de Santa Fe, junto 
con otros cinco iiubviduos de menor viso. Prosiguiendo d 


í 1 ) Oficios (le Vifjodei ni Cabildo, 26 y 27 Agottio y V> Aor 1H13 
( Arch Geii\ — Figuero». Diario higtóricc: i, 267, 209, 315 y 336.— 
Autobio</rafia de ItoníUnu 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 419 

rastro de la correspondencia, dos días después, resultó 
hallarse una carta del presbítero D. Miguel Barreiro, no se 
sabe si dirigida á su hermano, -qne era secretario general 
de Artigas, ó para algún otro personaje patriota, lo cual 
determinó que fuese conducido Barreiro en arresto al con- 
vento de S. Francisco. 

Impresiones distintas causó la prisión de las personas 
indicadas. El populacho, respondiendo á sordas instigacio- 
nes, quería que las sacrificasen sin más trámite. Otros, me- 
nos crueles, presagiaban, empero, un infausto destino á los 
presos. Afortunadamente, distrajo la atención concentrada 
en ellos, el arribo de una segunda expedición peninsular, 
compuesta de 1,500 hombres, entre los cuales venían 200 
soldados de marina. Desde el 4 hasta el 6 de Septiembre, 
tomaron tierra los expediciojiarios, alojando sus enfermos 
en varias casas habilitadas al efecto, y en el convento de 
S. Francisco, donde á más de ceder la sala principal á cuan- 
tos cupiesen en ella, cada religioso instaló en su propia celda 
un enfermo, de que se hizo cargo especialmente. Tres días 
después llegó de Lima la fragata Nueva Cantabria^ con- 
duciendo fondos para el comercio, á más de 30,000 pesos, 
que el Virrey marqués de la Concordia enviaba al Cabildo, 
en satisfacción á su pedido de 28 de Febrero, y 4,000 
pesos que respectivamente remitían á la misma corpora- 
ción, el Cabildo y el Arzobispo de la Capital peruana. 
Conducía además el expresado barco, como una muestra 
de la liberalidad del Virrey, 400 quintales de pólvora, 6 
piezas de artillería con sus correspondientes montajes y 
juegos de armas, cabullería, tablazón y 5,000 fanegas de 
trigo sin costo alguno de compra ni conducción. A este 
auxilio oficial y gratuito, se siguió el que en el mismo día 



420 


LIBftO IV. CAÍDA DEL PODER ESPAÜOL 


trajo una barca portuguesa, conductora de 3,000 fanegaa 
de trigo, y gran cantidad de víveres y tasajo ( 1 ). 

estado saoitario de la guarnición no mejoró con la 
abundancia de víveres. Los soldados peninsulares, maltra- 
tados por una navegación larga é incómoda, aumentaron 
el numero de enfermos existente, y por consecuencia el de 
las defunciones en grande escala. Vigodet, que después de 
haber pedido refuerzos, los veía diezmarse bajo la acción 
de la epidemia, no atinaba á salir del apuro, soportando á 
pie fípme una situación que requería iniciativas militares 
ajenas á su temperamento. Desprovisto de toda idea para 
salvarse p3r las armas, apeló otra vez ó las negociacionee 
diplomáticas, comisionando al Dr. D. Mateo Magaríños 
ante el príncipe Regente del Brasil, mientras invitaba al 
Cabildo para que diputase tle su parte á D. Manuel Durán 
con el mismo propí'isito. Partieron ambos emisarios á su 
destino en ll) de Octubi*e, guardándose rigoroso secreto so- 
bre las instrucciones que llevaban. 

No pudo mantenerse idéntica reserva sobre los propó- 
sitos de una expedición á los ríos, que se proyectaba con- 
fiar al coronel D. Domingo Loaces, bajo la conducta del 
bravo marino D. JacinU» de Romarate, designado para jefe 
del convoy naval. Desde metliados de Octubre, había no- 
ticia entre los ¡jatriotas del apresto de aquella expedición, 
y estaban prevenidos los destacamentos de las costas para 
oponerse al desembarco de los soldados .realistas. Éstos, 


(1) Of del V irre ¡) de Lima al Cahddo, 7.» Junio 1813 (Arch G«n\ 
— O/* del Cabildo de Lima al de Monte r'uko^ lo Junio 1813 {íá). — 
Of del Ariobispo de Lima al C. de Mont, 14 Die ISIS (íd).— 
Fiffucroa, Diario hislóiico; t, 307 319-21, 325-26. 



LIBRO IV. CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 421 

públicamente invitados por Vigodet entre todos los cuer- 
pos de la guarnición para alistarse, llegaron á formar un 
contingente de más de 700 plazas, divididas así: 220 vo- 
luntarios de Madrid, 160 emigrados de López, 80 drago- 
nes y blandengues mandados por D. Rafael Frontín y 
D. Prudencio Zufriategui, 80 sevillanos, 60 orientales al 
mando de D. Juan Cruz Urquiza, D. José Azcuénaga y 
D. Martín Albín, 40 artilleros veteranos con 1 obús de á 
seis y 2 cañones, 40 emigrados de San José, 40 peones 
del campo y unos cuantos aventureros, con el objeto de 
apresar ganado. Comandaba esta fuerza, como ya se ha 
dicho, el coronel Loaces, llevando por segundo jefe al te- 
niente coronel D. José Sallent, y á D. Luis Larrobla y 
D. Juan Zufriategui por ayudantes. El convoy naval, com- 
puesto de 15 buques mercantes y 4 de guerra, tenía por 
capitana al Belén, donde Romarate había izado su insig- 
nia. La expedición se mantuvo frente á Montevideo por 
algunos días, cañoneándose con la flotilla de los sitiadores, 
á la cual causó serios estragos, y con sus baterías de tierra. 
Por fin, el 3 de Noviembre, á las 4 de la tarde, dió la vela 
Romarate hacia la isla de Martín García, donde estaba re- 
suelto que desembarcara la tropa, ocupando militarmente 
aquel punto. 

La expedición tenía un doble objeto. Desde luego, ase- 
gurar la isla de Martín García como arsenal de guerra y 
hospital militar, manteniendo libre la comunicación de los 
ríos, por la posesión de su llave maestra. En seguida, re- 
correr las costas, proveyéndose de la mayor cantidad de 
agua y víveres frescos, porque los estragos de la epidemia, 
aumentando en razón directa de la escasez de estos elemen- 
tos inapreciables, diezmaban á los sitiados. Pero si Roma- 



UnBO IV. CAfl>A DEL PODEB EflPA^OL 

rate tenía todas las condiciones del mando, Lo aces careda 
de muchas de ellas, y con especialidad del espíritu equita- 
tivo que sal>e templar, sin relajarlos, los resortes de la disci- 
plina. Arrebatado y duro, el coronel Ixtaoes riftó desde loe 
primeros momentos con la mayor parte de los oficiales á 
sus órdenes, y esto hizo más difícil el desempefio de su 
cargo. Sufrieron los expedicionarios diversos reveses al 
quererse adelantar tierra adentro, compensándolos apenas 
con el envío de algunas presas á la ciudad. Muchos oficia- 
les se volrieron á Montevideo, arrestados 6 quejosos, y 
pronto quedaron desvanecidas las esperanzas que había he- 
cho nacer la expedición ( 1 ). 

El Gobierno de Buenos Aires, entre tanto, viendo im- 
posible mantener el Uruguay .sin representantes á la 
Asamblea constituyente, y creyendo segura su influencia 
en los comicios que llegaran á efectuarse, una vez que el 
prestigio de Artigas había sido amenguado por la repulsa 
de los diputados anteriormente el^dos, entró en el plan 
de encargar á Rondeaii que procediese á nueva elección. 
El general de las tropas auxiliares á quien el Jefe de los 
Orientales hostigaba en demanda de esta medida, recibió 
con júbilo el consentimiento de llevarla á efecto, aun 
cuando en el fondo estuviera lleno de políticas reservas, 
para ajustarse al tenor de sus instrucciones especiales. 
Temía mvicho Rondeau descontentar totalmente á Artigas, 
y para evitarlo, convino con é\ en que hicieran de común 
acuerdo una convocación á los vecindarios, íávitándolee á 
enviar delegados al campo patriota, con encargo de que 


i'n (t'tnrfn }fÍHÍ!*trnal <lr R .1. (2A Nov 1813 — I^rrañaga y Gue- 
rra. Apunteii hi.itoriros. — Fij?ueroa, Diario histórico: II. 12. 33. 3Ü. 47. etc. 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


423 


nombraran los diputados que en la Asamblea constituyente 
debían representar al Uruguay. 

El 15 de Noviembre, expidieron Rbndeau y Ai’tigas 
las circulares competentes á los cabildos, cada uno por se- 
parado, marcándoles la línea de conducta que debían se- 
guir para la realización del pensamiento en proyecto. De- 
da Artigas por su parte: « Hemos convenido con el señor 
general en jefe D. José Rondeau, en convocar á los pueblos 
de esta Provincia, para que por medio de sus respectivos 
electores, concurran dentro de veinte días contados desde 
la fecha, á este mi alojamiento y seguidamente al Cuartel 
general, según las deliberaciones que anteceden. » Y luego 
concluía con esta manifestación de sus sentimientos per- 
sonales: « Yo espero que V. S., penetrado de la dignidad 
del objeto y tan particularmente interesado en el esplen- 
dor de la Provincia, hará mantener , la mejor exactitud, 
tanto en el modo de la elección como en las demás cir- 
cunstancias, procurando que la buena fe brille en todo el 
acto y que el elector merezca la confianza de su pueblo por 
sus sentimientos y probidad, para de este modo asegurar 
la dignidad y ventaja de los resultados, como corresponde 
al interés y decoro del gran pueblo Oriental. » ( 1 ) 

Los electores se reunieron en la Capilla de Maciel, dis- 
trito del Miguelete, el 8 de Diciembre de 1813. La razón 
que habían tenido para cambiar el local de la cita, fué una 
circular de Rondeau, fechada el día 6, en que decía puntual- 
mente á cada elector : « que toda deliberación destinada á 
emanar de la libre y espontánea voluntad de los pueblos, exi- 


(1) Díaz, Histde la^ Rep del Plata; xu\. — Autobiografía de Rondeau 
Doc V (bis). — Maeso, El General Artigas y su época; iii, ^-352. 



424 TJBBO IV. — CAÍDA DEL PODER EAPA^OL 

gía se apartiiaen de ella laH apariencia» de coacción; y como 
el solo ruido de las armas bastaría en el concepto del enemigo 
común para tratar de ilegítimo al Cougreeo ú que habían 
BÍdo convocados los pueblos de esta Banda para que ix>r 
medio de sus Represen tan tes concurrieran el día 8 al Cuar- 
tel general, creía conveniente se trasladan* dicho Congreao 
á la Capilla de Maciel. » El golpe no podía ser más directo 
ni más certero á la influencia de Artigas: impidiendo á loa 
electores que se reuniesen en el campo sitiador, se les im- 
posibilitaba de pasar al alojamiento del caudillo como es- 
taba convenido de antemano; y ya no era con la confor- 
midad previa de Artigas que el Congreso se reunía, sino 
bajo los auspicioH y mandatos de Rondeau, quien de cuenta 
propia, cambiaba el plan de la reunión y designaba precep- 
tivamente el local donde ella debía verificarse. 

Abrióse, ])ues, el Congreso, presidiendo el acto el general 
en jefe del ejército sitiador, no obstante sus anteriores es- 
crúpulos sobre las sospechas que levantase (malquiem in- 
fluencia militar, en las deliberaciones que iban á efectuarse. 
Procedióse como acto preliminar á elegir secretario, y re- 
cayó la elección en D. Tomás García de Zúñiga, elector por 
los pueblos de San Juan Bautista, Trinidad y San Carlos, 
quien aceptó el puesto. Luego se discutió el tratamiento 
que debía darse al Congreso, á propuesta de D. Juan 
Francisco Martínez, elector por Soriano, resolviéndose por 
mayoría «que en virtud de ser el acto presidido por el se- 
ñor General en Jefe del Estado, se le diese el tratamiento 
de V. B. (pie aipiél gozaba jxir su carácter militar. » 

Don Tomás García de Zúñiga, entonces, alxirdando la 
gi*ave cuestión que la presidencia de Rindeau traía con- 
sigo, usó de la palabra, para expresarse en un sentido ló- 



LIBRO IV. — CAIDA DEL PODER ESPAÑOL 


425 


gico y racional contra aquella actitud del general en jefe. 
Su discurso concluyó con una moción, pidiendo « que se 
separase de la Presidencia al general en jefe, por ser ira- 
compatible toda investidura militar con el carácter de ciu- 
dadano libre que debía concurrir en quien presidiese el 
acto ; y que estando el general en jefe de un Estado á la 
cabeza del Congreso, nada eludiría menos, que aquellos 
mismos recelos de coacción que indujeron á elegir un pa- 
raje para el acto, donde ni el estrépito, ni el rugido de las 
armas se escuchase. » Rondeau, como si no se tratara de su 
persona, puso la cuestión á la orden, pidiendo la discusión 
sobre ella. Se concibe las reticencias y medias palabras 
que debieron emplear los electores para no chocar con el 
presidente que dirigía el debate. Cuando éste se dió por 
agotado, retiróse el general de la sala, y la votación por 
mayoría decidió « que subsistiese él en. la presidencia, te- 
niendo en cuenta su prudencia y moderación conocidas. » 

Resuelto este punto, ocupó nuevamente Rondeau la pre- 
sidencia, y abrióse la discusión sobre la forma en que ve- 
nían los poderes de los electores. Había divergencia en las 
autorizaciones que los pueblos habían concedido. Cuatro 
electores, D. León Porcel de Peralta por Canelones, D. To- 
más García de Zúñiga por San Juan Bautista, Trinidad y 
San Carlos; D. Manuel Francisco Artigas y D. Ramón 
Cáceres por el pueblo armado del Uruguay, tenían man- 
dato especial de pasar previamente al alojamiento de Ar- 
tigas á revisar las actas de 5 y 21 de Abril, y según lo 
prevenido en ellas, concurrir al Cuartel general donde el 
Congreso debía celebrarse El elector por San José, adver- 
tida la citación que Artigas hacía para su alojamiento, y 
Rondeau para el Cuartel geneml, traía instrucciones de 



426 LIBRO IV. CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 

SUS poderdantes, parn presentarse con previa consulta de 
ambos jefes, al lugar donde la Asamblea se congregase. 
Los demíls electores, hasta el número de diez y ocho, ve- 
nían autorizados para concurrir al Congreso, con La anuen- 
cia del Cuartel general simplemente. En presencia de estas 
dificultades, ee discutió si deberían esperarse nuevas ins- 
trucciones de los pueblos para proceder, 6 ai debían los 
electores trasladarse al alojamiento de Artigas, transigiendo 
con las exigencias de la situación. Después de largo de- 
bate, acordóse que una Comisión compuesta de D. Tomás 
García <le Zóñiga y D. Manuel Francisco Artigas, pasara 
al alojamiento del Jefe de los Orientales, invitándole á 
nombre del Congreso á que concurriese personalmente ó 
mandase persona de su satisfacción con todos los docu- 
mentos. s Y acto continuo, se levantó aquella primera se- 
sión, marchando á su destino los dos comisionados. 

Al día siguiente, 9 de Diciembre, abrió el Congreso la 
segumla de sus sesiones. Con preferencia, se dió cuenta dd 
resultado obtenido por la Comisión especial. Dijeron los 
comisionatlos, que después de haber propuesto al Jefe de los 
Orientales concurrir al Congreso ó mandar apoderado que 
le representase en él, respondió Artigas negándose á la cita- 
ción y añadiendo que se le hacía un desaire por parte de 
los pueblos á quienes había citado para que concurriesen 
á su alojamiento, donde debió verificarse la reunión de los 
electores ; y que en aquel jMirajp no tenía nada que expo- 
ner, ni documento que remitir. ¥1 descomedimiento era 
risible, y lastimó profundamente á la mayoría. Eu esta 
‘inergcncia, los electores que traían instrucciones especiales 
le presentarse con antelación al campo de Artigas, inicia- 
on el debate sobre si debían suspenderse las ulteriores 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


427 


resoluciones del Congreso hasta cumplir ese requisito ; pero 
la mayoría optó por lo contrario, determinando que las 
sesiones prosiguieran donde habían comenzado y sin más 
trámite. 

Entonces el elector D. José Manuel Pérez, viendo per- 
dida la esperanza de escapar á las influencias del jefe del 
ejército de Buenos Aires, intentó dar al debate un giro 
inesperado y nuevo. Dijo constarle por un número de El 
Redactor de 20 de Noviembre, que las sesiones de la 
Constituyente estaban suspensas hasta la reunión de los 
diputados y restauración de las provincias del Alto Perú; 
y que por consecuencia se hacía innecesaria en aquel mo- 
mento la elección de diputados por la Banda Oriental, pues 
no tendrían corporación política á quien presentar sus po- 
deres. Esto era lo mismo que dejar las cosas en su primi- 
tivo estado, y así lo comprendió la mayoría. Rechazóse la 
moción Pérez después de un corto razonamiento en con- 
tra, y se procedió á la elección de diputados á la Asamblea 
Constituyente, recayendo ésta á pluralidad de votos en 
D. Marcos Salcedo, D. Dámaso Larrañaga y D. Luis Cha- 
rruarín, sacerdotes los tres. 

Seguidamente se procedió á tratar sobre la creación de 
una Junta Munidpal, según lo preveía el artículo 11 de 
las instrucciones recibidas por los electores. Hubo al res- 
pecto diversidad de pareceres, y se trajeron al debate obser- 
vaciones relativas al choque que podía producir esta nueva 
autoridad con otras de la Provincia que tenían facultades 
iguales á las que se proyectaban para ella. Convenidos en 
esto los electores, acordaron nombrar, en vez de Junta Mu- 
nicipal, « un Gobierno investido con los atributos y facul- 
tades que se le conceden á un gobernador de Provincia, » 



428 


I.IBRO IV. — CAÍDA DEI. PODER ESPAÑOL 


con duración de un afio y compuí'ííto de tres miemhroa que 
tendrían su rc.s¡dencia en las inmediaciones del Miguel ete. 
Para conijwner el nuevo Gobierno recayó á pluralidad de 
votos la elección en D. Tomás García de Zíiñiga» D. Juan 
Josó Durán y D. Francisco Remigio Castellanos, aasente 
en aquel momento. Y quedó cerrada la sesión de ese día, 
después de lo actuado. 

Al día siguiente tuvo el Congreso su tercera sesión. La 
mayoría demostró en ella, que tenía el convencimiento de 
su poder, y estaba dispuesta á mantenerse en una actitud 
firme. Se resolvió dar posesión de cargos á los miembros 
del nuevo Gobierno; discerniéndoles en cueqjo el tratamiento 
de S., con obligación de prestar el juramento de es- 
tilo ante el Congreso, y facultad de residenciar por sí ó por 
<juien creyeran conveniente á los miembros del Gobierno 
anterior. Cumpliéronse las formalidades del caso, y que<ló 
investido el nuevo (.íobierno de las prorrogativas acortladas, 
dejando de cuenta de los dos miembros presentes recibir 
el juramento á 1). Francisco Remigio Castellanos, que no 
estaba en el camjío. 

Mediando tales circunstancias, se presentó al Congreso 
un ayu<lante de Artigas y c«n oficio de éste, dirigido 
á la corporación. Mandaron los electores que se abriese 
y leyera en voz alta, como se hizo. Petlía el oficio que 
se cumplieran las estipulaciones previas acordadas para 
verificar la rcvinión del Congreso, y que f»e enviasen al 
alojamiento de Artigas las actas de las sesiones habi- 
das. Tomó la i>a labra D. Juan Francisc'o Xúfiez, elec- 
tor j)or Soriano, para oj)<uicrse á una y otra cosa, diciendo 
c que no reconocía en la Pnn incia Orieutal autoridad al- 
cruna sobre el Congreso, y que le constaba que el sefioi 



LIBRO IV. — CAIDA DEL PODER ESPAÑOL 


429 


D. José Artigas dio facultad para concurrir á él á algunos 
diputados que se le presentaron en su alojamiento, sin ha- 
ber precedido á dicho beneplácito explicación alguna de 
otras deliberaciones. » Por su parte, D. Manuel Muñoz de 
Haedo, que pensaba en diametral oposición á su colega, 
propuso que se contestase á Artigas «que las sesiones 
quedaban suspendidas hasta nueva convocatoria de los 
pueblos. » 

Entre proposiciones tan opuestas, se produjo un debate 
acalorado, eu el cual tomó parte cada uno con el caudal de 
razones que creía adecuadas á sostener su opinión. Pero 
la mayoría triunfó una vez más, resolviendo se contestara 
al Jefe de los Orientales « que no se hacía innovación al- 
gima en el acta de la sesión celebrada el día 9 del co- 
rriente por el Congreso, respecto., á hallarse ya funcio- 
nando enteramente; y respecto á que el ciudadano D. José 
Artigas pudo haber exigido oportunamente á la corpo- 
ración de electores las actas á que hace referencia en su 
oficio de la fecha arriba mencionado, él se había negado 
expresamente para ello á la Comisión del Congreso dipu- 
tada á efecto de citarlo. » Con esto se rompió toda inteli- 
gencia entre el Congreso y Artigas. 

Para que fuese insoldable esa ruptura, el Congreso clau- 
suró sus sesiones el mismo día, ratificando por una Acta 
especial, todas y cada una de las resoluciones adoptadas 
hasta entonces. Reconocía en dicha acta, que la Asamblea 
Constituyente era asimismo Gobierno 'político constitu-- 
y ente de todo el Estado de la Provincia Oriental, lo que 
importaba anular el pacto de Confederación propuesto en 
Abril, y someterse al régimen gubernamental que la Asam- 
blea instalada en Buenos Aires resolviese imponer. De- 



430 LIBBO IV. -rr- CAÍDA DEL PODER E8PAÜOL 

claraba además, que loa veintitrés pueblos orientales, con 
todos los territorios de su actual jurisdicción, formaban U 
Provincia Oriental, que desde esa fecha ierla reconocida 
por una de las del Río de la Plata, con todas las atribu- 
ciones de deníoho. Establecía que el Grobiemo de la Pro- 
viucía sería una Junta Gubernativa, compuesta de tres 
ciudadanos, nombrados por la Kepresentación provincial, 
con toda la autoridad y prerrogativas de un Gobernador 
político de Provincia; y fijaba en tres el número de dipu- 
tados que debían incorporarse á la Conetituyente, en 
\ez de los cinco estatuidos y proclamados por la Conven- 
ción de Abril, 

Examinadas las cosas sin pasión, hubo extremada mala 
fe por parte de Rondesm con respecto á Artigas, en los ac- 
tos precursores de la instalación del Congreso de Maciel ; 
y hubo de parte de Artigas una oquedad indisculpable al 
negarse á toda tninsacción con el Congreso, cuando éste 
<iUÍso subsanar las omisiones producidas, abriéndole sus 
puertas. Mas no pueile desconocerse que el causante del 
conrticto fué Rondeau, ó para mejor decirlo, el Gobierno 
de Buenos Aires, que lo había instruido. En los trámites 
prelim¡nar(*s de la convocatoria, se advertía del modo más 
serio, (jue los electore.s debían reunirse en el campo de Ar- 
tigas á revisar las actas de 5 y 21 de Abril, para pasar de 
allí al Cuartel general, y luego instalarse. Rondeau, vio- 
lando ose pacto en que estaba comprometido su propio ho- 
nor, y con pretexto do alejar toda sosj>echa de infiuencia 
sohr(' los electores, les designó arbitrariamente, dos diaa 
antes de reunirse, otro load para sus sesiones; y no tuvo 
empacho de irles á presidir él mismo, que tanto había de- 
clamado contra las influencias personales, é imponer con 



LIBRO IV. — CAIDA DEL PODER ESPAÑOL 431 

SU presencia y sus manejos las primeras resoluciones que 
se adoptaron. Conseguido por la mayoría, que se enviara 
una diputación á Artigas para convidarle á asistir á la 
instalación del Congreso, luego que la negativa de este no 
se hizo esperar, prescindióse ya por completo, no solamente 
de su persona, sinó de los compromisos contraídos en las 
actas orgánicas de 5 y 21 de Abril, que estipulaban los 
fundamentos del r^men gubernativo, provincial y na- 
cional. 

Se ve claramente cuál era la índole de la combinación. 
El Gobierno de Buenos Aires, pues suyas eran las instruc- 
ciones á que obedecía Rondeau en este caso ( 1 ), execraba 
el sistema federal, y lo perseguía en su defensor más cons- 
picuo. No habiendo podido anular á este último, ni por el 
armisticio con Elío, ni por las intrigas de Sarratea, ni por 
la posición secundaria á que le había reducido en el ejer- 
cito, intentaba hacerlo ahora, creándole autoridades civiles 
superiores á él en todas partes, gobiernos y congresos 
que le hostilizasen, para llevar á su campo la deserción y 
provocarle en todo el país el desprestigio. Pero á su turno 
Artigas había mostrado una impericia singular, en el trance 
decisivo donde toda la razón estaba de su parte. En vez 
de reconocer y estimular la buena voluntad de los congre- 
sales reunidos en la Capilla de Macíel, donde tenía aliados 
tan firmes como su propio hermano D. Manuel Francisco, 
y amigos tan decididos como D. Tomás García de Zúñiga, 
D. Ramón Cáceres y B. José Manuel Pérez, despreció los 
consejos de la prudencia, adoptando una actitud depri- 
mente para sus adeptos, y agresiva contra la autoridad del 


(1) Autohiog^'afia de HondeaUt págs 38*39. 



43U 


LIBRO IV. ^ CAÍDA DEL PODER EBPAKOL 


duraba además, que los vdntitrés pueblos orientales, con 
todos los territorios de su actual jurisdicción, fornuiban la 
Provincia Oriental, que desde esa fecha «eria reconocida 
por una de la^ del Río de la Plata, con todas las atribu> 
clones de derei’ho. Establecía que el Qobienu) de la ^Pro- 
vincia sería una Junta Gubernativa, compuerta de irea 
ciudadanos, nombrados por la Representación proríncial, 
con toda la autoridad y prerrogativas de un Gobernador 
político de Provincia; y fijaba en tres el número de dipu- 
tados que debían incorporarse á la Constituyente, en 
vez de los cinco estatuidos y proclamados i)or la Conven- 
ción <le Abril. 

Examinadas las cosas sin pasión, hubo extremada mala 
fe jK)r* parte de Rondeau con respecto á Artigas, en los ac- 
tos pr(‘Cureores de la instalación del Congreso de Madel; 
y hubo de parte de Artigas una ceguedad indisculpable al 
negarse á U>da tninsacción con el Congreso, cuando éste 
<|UÍso subsanar las omisiones producidas, abriéndole sus 
puertas. Mas no puede desconocerse que el causante del 
conrticto fué Rondeau, ó para mejor decirlo, el Gobierno 
de Buenos Airee, que lo había instruido. En los trámites 
preliminares de la convocatoria, se advertía del modo más 
serio, que los electores debían reunirse en el campo de Ar- 
tigas á revisar las actas dt* ó y 2 1 de Abril, para pasar de 
allí al C'uartel general, y luego instalarse. Rondeau, vio- 
lando ese pacto en (jue estaba comprometido su propio ho- 
nor, y con pretexto de alejar toda sosi>echa de intiuencia 
sobre los electores, les designó arbitrariamente, dos días 
antes de reunirse, otn> local para sus sesiones; y no tuvo 
empacho de irles á presidir él mismo, que tanto había de- 
clamado contra las iuflueiicias personales, é imponer con 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


431 


SU presencia y sus manejos las primeras resoluciones que 
se adoptaron. Conseguido por la mayoría, que se enviara 
una diputación á Artigas para convidarle á asistir á la 
instalación del Congreso, luego que la negativa de este no 
se hizo esperar, prescindióse ya por completo, no solamente 
de su persona, sinó de los compromisos contraídos en las 
actas orgánicas de 5 y 21 de Abril, que estipulaban los 
fundamentos del régimen gubernativo, provincial y na- 
cional. 

Se ve claramente cuál era la índole de la combinación. 
El Gobierno de Buenos Aires, pues suyas eran las instruc- 
ciones á que obedecía Rondeau en este caso ( 1 ), execraba 
el sistema federal, y lo perseguía en su defensor más cons- 
picuo. No habiendo podido anular á este último, ni por el 
armisticio con Elío, ni por las intrigas de Sarratea, ni por 
la posición secundaria á que le había reducido en el ejer- 
cito, intentaba hacerlo ahora, creándole autoridades civiles 
superiores á él en todas partes, gobiernos y congresos 
que le hostilizasen, para llevar á su campo la deserción y 
provocarle en todo el país el desprestigio. Pero á su turno 
Artigas había mostrado una impericia singular, en el trance 
decisivo donde toda la razón estaba de su parte. En vez 
de reconocer y estimular la buena voluntad de los congre- 
sales reunidos en la Capilla de Maciel, donde tenía aliados 
tan firmes como su propio hermano D. Manuel Francisco, 
y amigos tan decididos como D. Tomás García de Zúñiga, 
D. Ramón Cáceres y D. José Manuel Pérez, despreció los 
consejos de la prudencia, adoptando una actitud depri- 
mente para sus adeptos, y agresiva contra la autoridad del 


(1) Autohiogi'afia de Rondeau^ págs 38-39. 



432 UBBO rv.’— CAÍDA DEL PODES BSPAftOL 

Congreso que representaba la soberanía. Primeramente 
rechazó toda composición con él, desairando la Comisión 
es|XícÍHl enviada á su alojamiento, y despiiée ordenó que se 
le presentaran las actas de las sesiones habidas, como si 
pendiesen de su aproliación. El Congreso, heritlo en su dig- 
nidad, disimuló la primera ofensa, pero castigó irrevoca- 
blemente la segunda. 

Para colmo de males, el resentimiento de Artigas no 
se detuvo cm los preliminares enunciados. A raíz de su 
ruptura con el Congreso, empezó á trabajar por la anula- 
ción de sus providencias, concitándole protestas y enemis- 
tades en todo el país. Al efecto, dirigió una circular á los 
comandantes de los pueblos, diciéndoles en resumen: «que 
anuido el Congreso de Maciel, prohibía la publicación de 
bando alguno que no fuese remitido por su conducto perso- 
nal.» A su vez Rondeau, sabedor délo que pasaba, destacó 
piquetes armados con orden de procurar el reconocimiento 
del Congreso en los principales pueblos. Procedimientos tan 
encontrados debían producir un choque, y bien pronto em- 
pozaron las recriminaciones oficiales de una y otra parte. 
Artigas inició la polémica en son de protesta, contestándole 
Rondeau con ima dureza de que dará muestra el siguiente 
pasaje de uno de sus oficios : « Son muy dignas de V. S. — 
exclamaba — las reflexiones que me hace: ellas son de 
bulto, y han obrado siempre en mi consideración. Ojalá 
que solas bastasen á acallar pretensiones que las circuns- 
tancias gradúan, cuando no de injustas, á lo menos de in- 
temjx\stivas é inoportunas, y que ellas tuviesen poder para 
refrenar la imprudente licencia con que algunos díscolos, 
llenos del espíritu de discordia que les anima, se com/>/a- 
cen en sembrar imposturas, con la idea de fomentar la 



UBKO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 433 

desconfianza y división, teniendo el descaro de zaherir los 
respetos de un Gobierno que los llena de beneficios, del 
que dependemos, y sin el que ni áií?i respirar podemos. » 

Exageraba el general Rondeau, en sus fervorosas de- 
mostraciones de obediencia. La Provincia Oriental había 
respirado, antes que el Gobierno de Buenos Aires la auxi- 
liase, y por muy valioso que fuera ese auxilio, su concurso 
final tendía á conquistar beneficios recíprocos. No era 
á título gratuito que el Gobierno general mantenía un ejér- 
cito frente á Montevideo, baluarte de la resistencia espa- 
ñola y centinela avanzado de una reacción cuya inminen- 
cia se temía á cada instante. Por otra parte, en el fondo 
del litigio producido sobre las operaciones del Congreso de 
Maciel, había algo más que cavilosidades y pretensiones 
inadmisibles. Todo un sistema de gobierno, todo un régi- 
men institucional, acababa de ser anulado, naciendo una 
cuestión de principios, junto coa el debate sobre preemi- 
nencias involucrado en la polémica. Artigas, teniéndolo 
presente, quiso intentar una conciliación que sellara la 
controversia, y propuso á Rondeau, en contestación á 
su último oficio, la convocatoria de un nuevo Congreso, 
donde las divergencias existentes fueran transadas. Pero 
uno y otro habían ido demasiado lejos para avenirse: ni 
Rondeau podía acceder á una convocación que no estaba 
en sus facultades, ni Artigas podía responder que no pro- 
cediese con el segundo Congreso como lo había hecho con 
el primero. Una ruptura definitiva puso fin á la polé- 
mica (1). 

De hecho, empero, el Congreso quedó anulado. Sus di- 
(1) Col Fregeiro, xci-xcvi. 


Dom. Esp.-Ill. 


28 . 



434 


MBRO IV. — CAÍDA DEL DODER KBFA^OL 


putudo8 no se incorponinin nunca á lu Asamblea Consti- 
tuyente, y el Gobierno local fué arbitrariamente auatituido 
dc.sde Buenos Aires por un Gobernador intendente, oon su 
Asesor resjKíCtivo. Lns diolaraciones que abrogaban el pacto 
de Confederación y fijaban limites al territorio provincial, 
recibieron la más completa repulsa por ministerio de las 
armas, y solo permaneció subsistente el conflicto de opi- 
niones que había creado entre los orientales mismos, la 
querella oficial no resuelta jxir los dos jefes en pugna. Ar- 
tigas se acarreó enemistades que desde entonces empezaron 
á socavar su prestigio en el país. (*ontábense entre los 
miembros del Congreso, algunos cuya adhesión no podía 
ser sos|>echosa, como el Dr. D. Petlro Fabián Pérez, anti- 
guo Auditor de guerra del ejército oriental, quieu desde el 
desaire infligido jx^r Artigas á la corporación, se apartó 
del eaudillo. Más exalta<lo aíin, D. Luis de la Rosa Brito, 
volvióse enemigo implacable del Jefe de los Orientales, se- 
gún tuvo ocasión de probarlo en un futun> cercano. 

El mismo descontento que trabajaba uua parte de los 
elementos civiles, se bi/o seutir entre algunos oficiales de 
notíL Don Manuel Francisco Artigas fué el primero en no 
ocultar su desconfomiidad. Miembro del Congreso, y uno 
de los diputados elegidos jxjr el pueblo en armas, formó 
parte de la Comisión esj^ecial tan nulamente desairada 
por su hermano, y á raíz del hecho, consagró en primera 
línea con su firma el acta que rompía toda relación amis- 
tosa entre el Congreso y su volunbmoso adversario. En 
todos los trámites subsiguientes procedió de acuerdo con 
la mayoría de sus colegas, manteniendo bis prerrogativas de 
la corporación, contra aquel primer ensayo de caudillaje 
que pugnaba por no reconocer barreras al predominio del 



UBBO IV. — CAIDA DEL PODER ESPAÑOL 435 

personalismo. Cuando ya le fue imposible ir más allá, sin 
contrariar los vínculos de la Smgi*e, entregó la división qué 
mandaba al general Kondeau, separándose del servicio de 
las armas. Sobre la base de ese cuerpo, unido al que dis- 
ciplinaba Pagóla, el Gobierno de Buenos Aires creó el re- 
gimiento de infantería de línea numero 9, famoso más tarde 
en las campañas del Alto Perú ( 1 ). 

Entre tanto, las operaciones de guerra habían continuado 
sin resentirse de las desavenencias antedichas. Un nuevo 
é ingenioso medio, discurrido por los patriotas, habilitaba 
su escuadrilla para intentar toda clase de aventuras. En 
vez de exponerla á una navegación continua, que llamara 
la atención de los buques realistas, conducían los barqui- 
chuelos tierra adentro, sobre ruedas y tirados por yuntas 
de bueyes, encaminándose al punto donde sospechaban que 
fuese posible utilizarlos con éxito. Allí, botándolos al agua, 
les hacían llenar sus funciones privativas y en seguida los 
arrastraban de nuevo á la costa, para transformarlos en ro- 
dados hasta la ocasión oportuna. De ese modo, el litoral 
del Plata y sus afluentes estaban asechados por una floti- 
lla invisible, que caía de sorpresa sobre los establecimien- 
tos militares de las islas, y asaltaba y rendía buques de 
todo porte. No siempre, sin embargo, resultaban triunfantes 
•los patriotas en sus empresas, pues también los realistas 
solían desbaratarlos, tomándoles algunos botes y gente pri- 
sionera. 

Mas la ventaja final, balanceadas las utilidades recípro- 
cas, estuvo siempre de parte de los independientes. Una 


(1) Gaxeta Ministerial de B. A. (12 Marzo Autobiografía de 

Hondean (2.® Parte).— Díaz, Hist de las Hep del Plata; xm. 



436 UBBO rv. — caída del podeb eapaAol 

ojeada retrospectiva bastará para demostrarlo. El 8 de Di- 
ciembre, tres lanchas tripuladas de soldados patriotas se 
apoderaron de la isla de Plores, aprisionando 12 individuos 
que cultivaban legumbres allí para venderlas á la Plaza^j 
tomándoles también algún dinero. £1 12 del mismo mes, 

2 lanchones desprendidos del Buceo, asaltaron y tomaron 
prisionera la zuiuaca portuguesa Santa Roña, encallando 
el buíjue en la arena y ui^derándose de su carga. En los 
primeros días de Enero de 1814, el teniente coronel de 
Dragones D. Blas J. Pico, hizo avanzar desde Colonia so- 
bre la isla de Hornos, 2 lanchones armados, con ánimo de 
sorprender los faluchos de guerra San Maiiin, artillado 
con un cañón de bronce de á 8 y dos de á 4, y el San 
Luis, con uno de á 6 y dos pedreros de bronce. Acometi- 
dos los buques realistas, se defendió bizarramente el San 
Martin, muriendo su comandante el alférez de navio D. Ma- 
nuel Buñuelos y 8 ó 9 marineros, antes de rendirse el bu- 
que; pero el San Luis arrió bandera después de estar 
herido su jefe D. José Moreno ( 1 ). 

Pocos días más tarde, emprendieron los patriotas otra 
operación de aliento á vista de los sitiados. Fondeaba en 
el puerto de Montevideo el quec*he Hiena, que había per- 
tenecido á la primera flotilla naval de Buenos Aires, siendo 
apresado en Patagones por los realistas. Deseando Kon- 
deau apoderarse nuevamente de aquella embarcación, supo 
que .su idea encontraba calorosa aci^gida en el ejército, de 
cuyas filas se brindaban esjK)nláneamente oficiales y solda- 
dos |iara ejecutarla. Entre esta gente voluntaria, contábase 


(1) Figuerofl, Diaria hisíórko: li., 51, 55-56, S3-S4, 93. — Lamutag* 
y Guerra, Apuntes históricos. 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 437 

el norte -americano Telón, capitán de un buque de tráfico 
apresado por los realistas, ^ cuyo resentimiento buscaba 
ocasión para vengarse. Aceptad® por el general en jefe el 
concurso de este último, como director de la empresa, ve- 
rificóse entre los muchos voluntarios que se presentaban 
el sorteo de GO hombres, poniéndolos á órdenes del capitán 
D. José Culta, del teniente D. José Caparrós, y de Vimes, 
oficial de origen irlandés, hijo de un antiguo vecino sala- 
derista. Cuatro lanchones debían conducir la expedición, 
señalándose la noche del 20 de E^ero para dar el golpe. 

Prevenido de lo que se proyectaba, por varios prisione- 
ros fugados del campo sitiador y por sus propios emisarios 
secretos, Vigodet colocó á bordo del queche 100 infantes, 
apostándole 2 cañoneras á popa y proa respectivamente. 
Ajenos á ello, se desprendieron de la costa los expedicio- 
narios patriotas, bien adelantada la noche, bogando con toda 
cautela en dirección á la presa que creían segura. Pero, 
cuando á las 2 de la mañana, se aproximaron al queche, 
fueron recibidos con un vivo y nutrido fuego, que les obligó 
á retroceder. Algo desconcertados por el contratiempo, re- 
solvieron entonces apoderarse de un bergantín mercante, 
llamado de Trelles por el nombre de su propietario, y lo 
consiguieron sin gran trabajo. Las dos cañoneras realistas 
que escoltaban el queche, advirtiendo la operación, in- 
tentaron el abordaje del bergantín, siendo rechazadas con la 
pérdida de sus comandantes el alférez de navio D. Martín 
Azas y el alférez de fragata D. Tomás Ruiz, mortalmente 
heridos, y varios individuos de tropa fuera de combate. 

El estruendo del fuego en la bahía, aumentado por los 
disparos de las murallas, denunció á los sitiadores que la 
sorpresa se había frustrado. En vista de ello, resolvieron 



436 


UfiRO IV. — CAÍDA DEL PODES EHPAAOL 


ojeada retrospectiva bantará para demostrarlo Eil B de Di- 
ciembre, trcM lanchas tripuladas de soldados patriotas se 
apoderaron de la isla de Flores, aprisionando 1 2 individuos 
que cultivaban legumbres allí para venderlas á la Plaza, 
tomándoles también algún dinero. £1 1 2 del mismo mes, 

2 lanclionea dí^prendidos del Buceo, asaltaron y tomaron 
prisionera la zuma<*a portuguesa Santa Bma, encallando 
el buque en la arena y aj>oderándoHe de su carga. En los 
primeros días de Enero de 1814, el teniente coronel de 
Dragones D. Blas J. Pico, hizo avanzar desde Colonia so- 
bre la isla de Hornos, 2 lancliones arraadcts, con ánimo de 
sorpreikler los faluchos de guerra San Martín, artillado 
con un cañón de bronce de á 8 y dos de á 4, y el 
Luií, con uno de á 6 y dos pedreros de bronce. Acometi- 
dos los buques reiilistas, se defendió bizarramente el San 
Martín, murieudo su comandante el alférez de navio D. Ma- 
nuel Bañuelos y 8 ó y marineros, antes de rendirse el bu- 
que; pero el San Luís arrió bandera después de estar 
herido su jefe D. José Moreno ( 1 ). 

Pocos días más tarde, emprendieron los patriotas otra 
operación de aliento á vista de los sitiados. Fondeaba en 
el puerto de Montevideo el queche Hiena, que había ptT- 
tenecido á la primera flotilla naval de Buenos Aires, siendo 
apresado en Patagones por los realistas. Deseando Ron- 
deau apoderarse nuevamente de aquella t^ibarcación, supo 
que su idea encontraba calorosa acogida en el ejército, de 
cuyas filas se brindaban esponiáneamente oficiales y solda- 
dos |>ara ejecutarla. Entre esta gente voluntaria, contábase 

(1 ) Figueron, Diario histórico: ii., "il, 55-’^, 83-B4, 93. — 
y (rueiTH, Apuntes históricos. 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÍ^OL 437 

el norte •americano Telón, capitán de un buque de tráfico 
apresado por ios realistas, ^ cuyo resentimiento buscaba 
ocasión para vengarse. Aceptad® por el general en jefe el 
concurso de este último, como director de la empresa, ve- 
rificóse entre los muchos voluntarios que se presentaban 
el sorteo de 60 hombres, poniéndolos á órdenes del capitán 
D. José Culta, del teniente D. José Caparrós, y de Vimes, 
oficial de origen irlandés, hijo de un antiguo vecino sala- 
derista. Cuatro lanchones debían conducir la expedición, 
señalándose la noche del 20 de Enero para dar el golpe. 

Prevenido de lo que se proyectaba, por varios prisione- 
ros fugados del campo sitiador y por sus propios emisarios 
secretos, Vigodet colocó á bordo del queche 100 infantes, 
apostándole 2 cañoneras á popa y proa respectivamente. 
Ajenos á ello, se desprendiéron de la costa los expedicio- 
narios patriotas, bien adelantada la noche, bogando con toda 
cautela en dirección á la presa que creían segura. Pero, 
cuando á las 2 de la mañana, se aproximaron al queche, 
fueron recibidos con un vivo y nutrido fuego, que les obligó 
á retroceder. Algo desconcertados por el contratiempo, re- 
solvieron entonces apoderarse de un bergantín mercante, 
llamado de Trelles por el nombre de su propietario, y lo 
consiguieron sin gran trabajo. Las dos cañoneras realistas 
que escoltaban el queche, advirtiendo la operación, in- 
tentaron el abordaje del bergantín, siendo rechazadas con la 
pérdida de sus comandantes el alférez de navio D. Martín 
Azas y el alférez de fragata D. Tomás Ruiz, mortalmente 
heridos, y varios individuos de tropa fuera de combate. 

El estruendo del fuego en la bahía, aumentado por los 
disparos de las murallas, denunció á los sitiadores que la 
sorpresa se había frustrado. En vista de ello, resolvieron 



438 


LIBBO IV. — CAÍDA DEL PODEB ESPAÑOL 


llamar la atención de los realistas hacia la parte del campo, 
rompiendo un vivo fuego de fusilería, al mismo tiempo que 
se aproximaban con 2 cafiones y 1 obíís para simular los 
preliminares de un asalto. El ardid produjo su efecto. En 
medio de aquella confusión ensordecedora, que la oscuri- 
dad hacía más temible, los tripulantes del bergantín, no 
incf»modados ya por nadie, concluyeron de alistarlo, y al 
rayar el alba, doblaban la punta del Cerro, encaminándose 
fuera del puerto. No bien pudo darse cuenta Rondeau de 
lo que pasaba, cuando despachó un oficial en dirección á 
la barra de Santa Lucía, pira que hiciera señales al buque 
de atracar á la costa; pero los expedicionarios, prefiriendo 
las indicaciones del capitán apresado, resolvieron seguir 
viaje hasta Colonia, donde }>ensaban anclar con seguridad. 
Ésta fué su j>erdición. 

Los de la Plaza, apenas se despejó el horizonte, vieron 
cómo se alejaba el bergantín á toda vela, seguido de tres 
lanchones que semejaban puntos negros sobre la superficie 
undosa. Tnmeiliata mente destacaron en persecución de los 
fugitivos á las cañonenis Lugre, al mando del piloto de la 
Real armada Uriarte: la GdlveZy á órdenes del teniente de 
fragata D. Pascual Cañizo, y 4 laucJias tripuladas con 
gente escogida. La flotilla realista se lanzó resueltamente 
á la caza de los buques expeilicionarios, llegando hasta la 
altura de las barrancas de San Gregorio. Allí el bergan- 
tín de Trelles quiso burlar la persecución por una manio- 
bra atrevida, jxíro encalló en un banco de arena. El capitán 
Telón, al verse j>erdido. se metió con pocos hombres en 
una lancha, dejando al bergantín y sus tripulantes sin pi- 
loto ni dirección idónea. Las otras lanchas embicaron á 
la costa, huyendo sus escasos tripulantes á tierra. Enton- 



LIBRO IV. — CAÍDA DEI. PODER ESPAÑOL 


439 


ces los buques realistas, despicando frente al bergantín, 
le intimaron una rendición, que ya parecía fatal. Cayeron 
prisioneros Culta, Caparros y Virnes, con S sargentos, 6 
cabos y 37 soldados, yendo á parar todos ellos á los cala- 
bozos de las Bóvedas, donde les recluyó Vigodet ( 1 ). 

La misma noche del 20 de Enero, mientras se prepara- 
ban los acontecimientos cuya relación queda hecha, Arti- 
gas abandonaba sigilosamente el campo sitiador, disfrazado 
de gaucho, y con acompañamiento tan exiguo, que des- 
mentía la importancia del personaje escoltado. Al decir de 
sus adversarios, las causales pretextadas por el para justi- 
ficar ese paso, fueron las de su propia seguridad compro- 
metida con motivo de las asechanzas de Rondeau, quien, 
de orden del Gobierno de Buenos Aires, se proponía apo- 
derarse de su persona. Documentos del mismo Artigas, 
interceptados de allí á poco, aseguraban, sin embargo, que 
su actitud respondía « á las contestaciones habidas con 
Rondeau, después de la reunión del Congreso de Maciel. » 
Todos los hechos narrados de^^nen sobre la exactitud de 
esto último. Que existiese orden de secuestrar la persona 
de Artigas, no era de admirarse, pues ya se había dado 
varias veces, aun cuando es difícil suponer que Rondeau 
la cumpliera; pero tampoco ofrece duda que el puuto de la 
disidencia entre el caudillo y el general sitiador, estaba en 
los acontecimientos supervinientes á la reunión del Con- 
greso de Maciel. 


( 1 ) Debe notarse que el general Dondeau^ en su Atdobiografía, no ha- 
bla una sola vex de Culta, ni siquiera al referir el episodio narrado, donde 
menciona ú Capatrós y defiende ú Telón enérgicamente. Éstas y otras 
omisiones de los jefes argentinos, han contribuido á dejar en la oscuridad 
nombres y hechos gloriosos de los orientales. 



440 


LlBaO IV. — CAÍDA DEL PODER E8PAÍÍOL 


El primero de loe jefen oriéntale? que siguió laa huellsB 
(le Artigas, fue Otorguós, marchándose del asedio con su 
división. Tras de él siguió el regimiento de Blandengues y 
un pi<iuete de caballería. Solamente los cuerpos de D. Ma- 
nuel Francigoíi Artigas y D. Manuel Vicente Pagóla resis- 
tieron el movimiento, permaneciendo firmes en los puntos 
de la línea sometidos á su cuidado. Imposible describir la 
confusión y desánimo del ejército sitiador, al imponerse de 
un suceso que dejaba indefenso el costado izquierdo de 
su líuea. El general en jefe retiró inmediatamente sus 
avanzadas, reconcentrándose para ponerse al abrigo de cual- 
quier soqiresa. Los realistas, al hacer la descubierta, se 
enteraron de lo que pasaba, atribuyéndolo en el primer mo- 
mento á un ardid; pero el pueblo, sabida la noticia, se lanzó 
fuera de las murallas, á respirar el aire puro. Bien pronto 
amargó el coronel French aquella alegría, descargando de 
improviso sobre los incautos un cañonazo á metralla, que 
les hizo encerrarse do nuevo tras de lo.s muros (1). 

Un Rcontecin liento tan extraordinario como la separa- 
ción de Artigas, no podía estar oculto mucho tiempo. Vi- 
godet lo supo circunstanciadamente el 21 i>or varios pri- 
sioneros realistas, que aprovechando la confusión, habían 
fugado ese día del campo sitiador. La oj)ortunidml para 
caer sobre el (ejército pUriota, eni tentadora, si los realistas 
hubieran tenido un general de empresa, pero Vigodet no 
alentaba miras belicosas. Confiado en allanarlo todo pu 
las artes de la política, nada quería aventurar en el tt‘rreno 
de la guerra. Así fué que su iniciativa se redujo á expedir 


M ) Funcfi. Kiisni/o. ol/'; lil. 521 -‘22. — Aufnhinnrníin »/»• Rnnti^nu 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


441 


una proclama con fecha 28 de Enero, invitando á los orien- 
tales disidentes á unírsele como hermanos, y ofreciéndoles 
premios. Dos días después, reunió una Junta de Notables, 
compuesta del Cabildo, el Tribunal del Consulado, los prin- 
cipales jefes militares, civiles y eclesiásticos y IG particu- 
lares de representación, la cual resolvió que se hicieran 
proposiciones escritas á Artigas y Otorgues, prometiéndoles 
ventajas personales y políticas. Resuelto el punto, fue en- 
comendada la entrega de las comunicaciones á D. Luis La- 
rrobla, quien las recibió fechadas el 3 de Febrero, y se 
puso en marcha para su destino el 6 del mismo mes. 

El Gobierno de Buenos Aires se había anticipado á 
adoptar un temperamento análogo, enviando emisarios al 
campo de Artigas, para traerlo á. partido. Es difícil decir 
si esta negociación, que tenía por base, el más refinado en- 
gaño, hubiera conseguido en cualquier otro momento res- 
tablecer una concordia pasajera; pero en presencia, de la 
exaltación que impelía á Artigas, y la sospecha de lo que 
se tramaba contra su persona, no es de extrañar el fracaso 
subsiguiente. En efecto, mientras los emisarios argentinos 
conferenciaban con el Jefe de los Orientales, otro negocia- 
dor más experto, Sarratea, firmaba en Río Janeiro un pro- 
tocolo, poniendo fuera de la ley al caudillo. Desde el mes 
de Diciembre de 1813, estaba Sarratea en aquellos tra- 
bajos, de acuerdo con Strangford, habiendo conseguido for- 
mular las bases de un Armisticio que establecía el retiro 
de las tropas argentinas sitiadoras de Montevideo y el re- 
conocimiento de la jurisdicción española en el Uruguay, 
mientras se llegaba á un tratado definitivo con España, es- 
tipulando, por cláusulas aditivas y secretas, « que si algún 
jefe militar se atreviese á no obedecer las órdenes de su 



44^2 tJBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 

respectivo (íolúemo, relativHmentí? á las dísposicionea del 
Arniirtiiciu. los dos Gobiernos (intratantes se obligaban á 
hacer raam mmáii, para sujetarlo por meilio déla fuerza, 
tratándolo d cute efecto como enemigo de la tranquilidad 
pública. ( I ) 

Conocidas las ideas de Artigas, dicho se está que las 
cláusulas secretas se referííin á su persona. Ahora bien, el 
Gobierno de íjuenos Aires, al enviarh* eni ¡sanos en son de 
paz, ó quería adormecerle á la espera de los resultados del 
nuevo Amiistieio, ó (juería justificarse de las medidas que 
inaduniba contra él, en (aso de recibir una negativa abierta. 
Esta segunda eventualidad se produjo muy luego, con mo- 
tivo do los sucesos que van á exi>onerse. Los hombres que 
constituían el (iobierno de Buenos Aires, advertidos de 
su propia imj>opularidad, se propusieron fortificar los re- 
sortes d(' la autoridad ejecutiva, concentrándola en una 
sola persona, i)jjo el nombre de Director Supremo, á quien 
debía auxiliar un Cons(*jo de Esfctdo, compuesto de nueve 
miembros. Ehnado el [>royeeto u la Asamblea Constitu- 
yente ])or D. Gervasio Posadas, D. Nicolás Rcalríguez Peña 
y D. Juan Ijarrwi, miembros del Triunvirato gobernante, 
encontró la más fervorosa acogida, sosteniéndolo Valle, Gó- 
nu‘Z, Vidal. Monteagudo y demás voceros habituales de la 
logia Lautaro, en cuyas secretas sesiones había elaborado 
y convenido. El 'l'l di‘ Enero de 1814 fué sancionado el 
[proyecto, r(H*ayendo la designación de Director Supremo 
en Posadas, y el 2 (i se reformó el Estatuto vigente, y se 
eligió Presidente del Consejo di* Estado á D. Nicolás Ro 


n ) h'IíriK-rua, Ifiarh hislúriro; li, 12^. — Mneso, Artigas y su L))ora 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


443 


dríguez Peña, quien debía sustituir al Director en los casos 
de grave enfermedad. _ 

La influencia de Alvear sobre la Logia, y la de ésta so- 
bre las deliberaciones oficiales, se patentizó de un modo 
evidente en la elección del mandatario. Don Gervasio Po- 
sadas (desde que fue Director Supremo empezó á firmarse 
Gervasio Antonio de Posadas), era tío de Alvear, y esa 
circunstancia constituía el secreto de su vertiginosa carrera. 
Simple Notario Mayor de la Curia Eclesiástica, había sido 
electo diputado á la Constituyente, y 'á los seis meses ya 
era Presidente de la Corporación (30 Junio 1813), al mes 
siguiente Vocal del Poder Ejecutivo (29 Agosto), y á los 
cinco meses Director Supremo del Estado, recibiéndose del 
cargo en 31 de Enero de 1814 (1).,. Monarquista acérrimo, 
hacía gala de sus opiniones con singular descaro, y ninguno 
de los que le dió su voto podía alegar ignorancia de sa- 
berlo. Enemigo natural de Artigas, bajo sus auspicios, como 
miembro del Triunvirato cesante, habían empezado las ges- 
tiones en Río Janeiro que ponían al caudillo fuera de la 
ley, y las negociaciones de avenimiento personal que le 
preparaban una celada. Pero como fracasasen estas últi- 
mas, por no haberse entendido Artigas con los comisiona- 
dos de Buenos Aires, el flamante Director Supremo y su 
Ministro D. Nicolás Herrera se estrenaron dictando en 1 1 
de Febrero un Decreto feroz, que revelaba el estallido de 
malquerencias largo tiempo comprimidas. 

Comenzaba el preámbulo del Decreto, invocando la jus- 
ticia, como último recurso después de agotados los me- 


(1) Recopilación de Leyes y Decixtos in'omulyados en B, A. (ISIO' 
1840); I, XII,- Co/ Frías, i, 57. 68 y 83-87. 



441 


UnBO IV. — CAIDA DEI. PODER FMPAÍtOL 


dios de In modernción y la pnidi^ncia. En t<eguida añmiaba 
« que ningún ciudadam» había aido más generosamente tra- 
tado por el Gobierno de Buenos Aires qne Artigas, :í quien 
se habían dispensado toda clase de auxilios con creciente y 
señaladla favor.. le pintaba /humilde y prófugo -te- 
niente, viniendo á implorar el socorro de Buenos Aires en 
los comienzos de la R4.*volución; » cuando era notoriamente 
sabido que tenía el grado de capitán, equivalente bajo la 
dominación española en el Plata al de general, y que á no ha- 
berse pronunciado « ontra el antiguo régimen, sin más auxi- 
lios por parte de la Capital que lóO hombres y 200 pesos, 
Buenos Aires bubiersi caído en manos de Elío, según lo 
atestiguaban documentos cuya tinta no si* liabía se<*ado aún. 
8e le celia ba en «ira « haber (*om prometido la situación del 
(lubierno después del armistieio ron Elío, batiéndose sin 
objeto contra las tropas portuguesas; ,» cuando era conocido 
de jmblieo que su actitud ante la invasión lusitana, no tuvo 
otra mira qu(‘ defender las poblaeiom*s del Norte del río 
Negro, devastadas y ensangrentadas [Kjr las partidas suel- 
tas de Kío-ÍTrande; proteger los pueblos de Misiones, atroz- 
mente saqueados por el enemigo y hostilizar sus ejércitos 
victoriosos que v<*uían aj^>deníndosc del país. 8e le acu- 
saba de 1 labor escrito al Paraguay ofrcidcndo pasarse con 
sus tropas á la «lependeneia de aquel (robierno para haeer 
la guerra ;í Buenos Aires; » cuando los mismos comisiona- 
dos de Buenos Aires habían atestiginub» lo contnirio, de- 
clarando que Artigas estaba pronto á acejdar de acuerdo 
con ellos cualquier combinación qiu' arrojase á los ¡lortu- 
gueses <lc las Mi si oí ks dcl Paraná, y el Gobierno argentino 
lo había mandado entrar en aquellas negociaciones. 8e le 
h:M*ía lili crimen di* la dcsobi*dien<*ia á Sarratoa. ?» l uiindu 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 445 

hasta el mismo Rondeau había encontrado fundada aque- 
lla desobediencia contra el más~fulaz y corrompido de los 
hombres políticos de su tiempo. Se le acusaba de « haber 
mantenido relaciones sospechosas con Elío y Vigodet, y de 
querer entregar actualmente el país á España,» cuando 
nadie ignoraba que por tres veces había rehusado las bri- 
llantes ofertas emanadas de esos personajes, y que su pro- 
pósito de sacudir la tutela del Gobierno español, era deci- 
dido y evidente ( 1 ). 

Después de tal preámbulo, venía el Decreto en esta forma: 
1.® Se declara á D. José Artigas infame, privado de sus 
empleos, fuera de la ley y enemigo de la Patria. — 2 ° Como 
traidor á la Patria será perseguido y muerto en caso de 
resistencia. — 3.® Es un deber.de todos los pueblos y las 
justicias, de los comandantes militares y los ciudadanos de 
las Provincias Unidas perseguir al traidor por todos los 
medios posibles. Cualquier auxilio que se le dé volun- 
tariamente, será considerado como crimen de alta trai- 
ción. Se recompensará con 6000 pesos al que entregue la 
persona de D. José Artigas vivo ó muerto. — .4.® Los co- 
mandantes, oficiales, sargentos y soldados que sigan al trai- 
dor Artigas conservarán sus empleos y optarán á los as- 
censos y sueldos vencidos, toda vez que se presenten al 
general del ejército sitiador, ó á los comandantes y justicias 
de la dependencia de mi mando, en el término de 40 días 
contados desde la publicación del presente Decreto. — 
5.® Los que continúen en su obstinación y rebeldía después 
del término prefijado, son declarados traidores y enemigos 
de la Patria. De consiguiente, los que sean aprehendidos 


(1) Reg O f déla Eep Argent, Doc 642. 



44G 


LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER EHPAtOL 


con armas, serán juzgados [wr una Comisión mili&r y fu- 
silados dentro de las 24 horas. 

Este Decreto, que respira sangre por todoa bub p<jro8, y 
mmicha la mano que lo firmó, en vez de infamar la permma 
contra quien fuó dirigido, ¡wrece que ordenara la captura 
de un facinemso antes que la persecución de un general, 
jefe de un Estado, comandante de un, ejército, caudillo de 
un pueblo en armas y venccílor en diversas acciones de 
guemi. El extravío de las pasiones humana.s, el rencor, la 
envidia, el odio, el desdén por la vida ajena, todo eso junto 
fué necesario para dictar semejante disjjosición contra un 
hombre y contra un pueblo, poniendo á precio la cabeza 
del primero, y dando al segundo 40 días de plazo para 
presentarse desarmado, so i»ena de ser aprehendido, juzgado 
sumariamente y fusilado á las 24 horas en cada uno de 
sus individuos. Sean cuales fueren las apreciaciones que 
pudieran hacerse ante la conducta de Artigas separándose 
del asedio de Montevideo, al ver agredida la influencia de 
su país, es evidente (jue sólo un extravío inaudito por parte 
del (Tobierno <le Buenos Aires podía explicar el acto de 
barbarie, reglamentado y sancionado en 11 de Febrero ofi- 
cialmente. Sus consei'uencias inmediatas fueron una con- 
donación unánime doquiera se publicó por bando (1). 

El Decreto de Posadas desj)ejó la incógniti del pro- 
blema. Artigas, que basta entonces estaba á la espK*ctativa 
en la CaltTa de García, tomó una actitud hostil. Movióse 
eu direcí*ión al río Negro con el grueso de sus fuerzas, que 
excedía de 0 , 0(10 lumibres, dejando á ndaguardia la divi- 


I 1 I RolxTttün, Ldtera on Varaguau; n, xlt. — Funes, Ensayo^ etc 
III. .'rJ; t. — Mar 1 í noz. Aunn Irs Mthrr Entre- Iííom .• ii . v n r. 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 447 

sión Rivera para interceptar las comunicaciones y recursos 
de Rondeau, y destacando á Otorgues sobre las costas del 
bajo Uruguay, á fin de que impidiera el pasaje de refuerzos 
de la otra orilla. Su plan era seguir á marchas rápidas 
hasta Belén, como lo hizo, y desde allí conflagrar las co- 
marcas de Misiones, Entre-Ríos y Corrientes, abandonán- 
dose á la suerte de las armas. El espíritu dominante en 
todas esas comarcas, que ya le era favorable, se había en- 
fervorizado con motivo del último Decreto, así es que sus 
emisarios encontraban el camino llano y los ánimos pro- 
picios. 

Para estimular el pronunciamiento general. Artigas con- 
testó el Decreto de Posadas con un Manifiesto, en que ex- 
ponía sus agravios personales, y aceptaba la guerra á que 
era provocado. Los realistas de Montevideo, impuestos su- 
cesivamente de todo, creyeron que al calor de estas disen- 
siones podían sacar grandes ventajas. Vigodet, que, como 
ya se ha dicho, había despachado á Larrobla para que se 
entendiera con Artigas y Otorgues, reputó conveniente 
agregarle otro comisionado, y al efecto nombró á D. Anto- 
nino Domingo Costa, asociándolo á la negociación. Pero 
mientras así procedía con respecto á los orientales disiden- 
tes, apuraba los últimos trámites de una conjuración reac- 
cionaria, urdida bajo sus auspicios en el campo sitiador, 
y cuyo objetivo final no abonaba la nobleza de sus proce- 
deres. 

Oportunamente se indicó la iniciación de esos trabajos 
por parte del Capitán general, y ahora es el, momento de 
íclatar sus progresos y-su fin. Desde mediados del año an- 
terior, veníase notando en Vigodet mayor reserva y con- 
centi^ición que de costumbre. Multiplicaba los agentes se- 



LIHKO IV. — CAÍI>A DEL 1‘ODEB E8FA.>ui. 


.-IS 

TCtos fiKTíi (lu la ciudail, y mantenía una corren j)Ondeiicia 
letivínima. En Octubre, se advirtió íjue llegaba por don 
veces liasta (1 j)ie de los muros, amj>arado de la oscuridad 
nocturiíH, un olida I del camjX) patriota, dando pliegos cuya 
respuesta escrita le alcanzalía Vigodt*t mismo desde el gla- 
cis. Todos estos manejos respondían á un plan tramado 
<*ntre \'igodet y I). Francisco Calvo, vecino del Miguclete, 
con el prop<jsito de ultimar á los principales jefes del ejér- 
cito sitiador. Eran cómplices cu aquella aventura sangrienta, 
1). Manuel (laido, de quien se sosj>echó más tarde fuese 
el misterioso oticial <jue traía y llevaba pliegos á desliera, 
y 1). Manuel Siiárez, aniljos europeos, y oficiales al servi- 
cio de las fuerzas patriotas. 

La conjuración s(* descubrió á raíz ile haberse separado 
Artigas del asedio. El general en jefe sometió los conjura- 
dos á un consejo (le guerra, y este dictó sentencia, conde- 
namlo á (¡aldo y Calvo lí la última [)ena, mientras que 
Suárez debía preseiidar la ejecución, marchamlo seguida- 
niejitc á presidio. El '-‘0 de Febrero de 1814, á las 8 de 
una mañana neblinosa y triste, formó el ejército sitiador 
para asistir al acto. Venía uno de los reos amortajado, y 
el otru en su traje bala t nal, escoltados amlnis por un pi- 
quete* que les emulueía lentamente en dirección á los ban- 
quillos donde dclíían recibir la muerte. Don Manuel Suá- 
rez, ileslionorado ya, ¡lia sin insignias entre el grupo. C’om- 
teinj >1:1 base eon claridad <1 espectáculo desde las azoteas 
de la Liaza, donde haln'a acudido un numeroso vecindario, 
provisto de cuantos instrumentos ópticos e.xistían disponi- 
bles. Kepentina mente vieron los es|H'Ctadores humear una 
descarga, cuyo estruendo si* tragó el (*spacio, y á t‘sa señal 
incfiuívoca, siguió muy luego la retirada de las tropas, 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 449 

anunciando que los reos habían sido ejecutados. Dos no- 
ches después, una patrulla de los sitiadores confirmó el 
hecho, cantando al pie de las murallas, determinados ver- 
sos alusivos, compuestos por el teniente oriental de Dra- 
gones D. Domingo Sáenz ( 1 ). 

Frustradas las esperanzas de éxito por aquel lado, no 
quedaba otra perspectiva á los realistas, que las negocia- 
ciones emprendidas con los orientales. La ansiedad pública 
se concentró en ellas, dando origen de paso á un cambio de 
criterio sobre las condiciones morales de Artigas, á quien 
sus detractores del día anterior, alababan j hasta glorifi- 
caban en aquel momento. Pronto se supo que ‘los emisa- 
rios de la Plaza habían libado á su destino, quedando 
Larrobla en el campo de Otorgués y marchando Costa á 
Belén, donde ya se encontraba Artigas, urgido por las ne- 
cesidades de su plan de guerra. Halagó las expectativas de 
la multitud el paso de Larrobla, pues se tenía confianza en 
la docilidad de Otorgués para convenir un arreglo. Los 
instintos localistas de este caudillo, sus anteriores conver- 
saciones con emisarios realistas, y la circunstancia de ser 
orientales los negociadores encargados de transar las di- 
vergencias existentes, inclinaban el ánimo de los sitiados á 
predecir una solución amigable. No parecerá inoportuno, 
pues, que antes de expresar los resultados obtenidos en esta 
materia, se haga mención especial del hombre, cuya perso- 
nalidad era centro de tantas expectativas. 


(1) CdlvOj Gáldo y Manuel Suárez, — Ingratos sin reflexión,^ Qui- 
sieron en su traición,— A la Patria dar pesares, — El tirano pretendió — 
Degollar al inocente, — Pero el Dios omnipotente, — El hraxo le suspen- 
dió.— (Pigneroíi, Diario; ii, 153.) 


Dom, Esp.-III. 


29 . 



450 


LIBRO rv, — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


Don Fernando Otoi^ué< (á quien vulgarmente llamaban 
ToTguée» á pesar de no firmarse así) había nacido en el Pan- 
tanoso, de padre español y madre uruguaya, según lo acredita 
la fe de óbito del primero. Hijo de un soldado inválido de 
Dragones, se dedicó á la labranza en loe primeros años de 
su mocedad. Aprendió á leer y escribir medianamente, con 
algo de contabilidad como se enseñaba en aquellos tiempos. 
Sirvió de soldado en las invasiones inglesas, con la caba- 
llería reunida por el marqués de Sobremonte, asistiendo á 
las acciona de guerra que se libraron en aquellos días. La 
buena reputación de valor adquirida, su agilidad para domar 
y la honradez de que había dado muestras entre sus con- 
vecinos, le granjearon cierta benevolencia oficial, y por in- 
termedio de Artigas, de quien era primo, obtuvo el empleo 
de capataz de una de las Estancias del Rey, establecimien- 
tos pastoriles donde se criaban los ganados para el abasto 
de las guarniciones militares y el socorro de loe colonos 
pobres. Atendió bien su empleo y á satisfacción plena de 
sus superiores, hasta que empezaron á sentirse los movi- 
mientos preliminares de la Revolución, con los cuales sim- 
patizó desde luego. No pudiendo demostrar su adhesión 
por otros medios, señaló con apodos significativos á loe 
animales más apreciados que estaban bajo su. custodia, dia- 
cerniéndoles los nombres de «patriota», «independiente», 
etc. Esto le atrajo desconfianzas por parte de la autoridad, 
muy celosa entonces á causa de las cavilosidades que abru- 
maban al brigadier Soria, Gobernador interino del Uruguay. 

lumediatamente de saberse el pronunciamiento de Asen- 
cio, Otorgues so alzó en armas, sublevando el distrito del 
Pantanoso, residencia de las i)eonadas de los saladeros 
montevideanos y de la Estancia á su cargo; lo que, 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 451 

atenta la calidad del personal acaudillado, le atrajo entre 
los realistas nombradla de osado y feroz, aun cuando no 
faltara entre ellos mismos quien le reputase generoso y dó- 
cil. Fué, de todos los jefes, el que más golpe de gentes reu- 
nió en el primer momento, incorporándose á Artigas con una 
fuerza de 800 hombree^ organizada en buena forma, y á la 
cual dió éste el nombre de Regimiento de Dragones de la 
Libertad, que de allí para adelante tuvo. El Gobierno de 
Buenos Aires expidió á Otorgues despachos de teniente co- 
ronel, haciéndole figurar en las listas de revista desde 1811, 
y en 1814 le inscribió en ellas como coronel de caballería 
de línea. Durante las acciones de guerra que sostuvo por 
orden de Artigas contra los portugueses en Misiones, con- 
firmó su fama de animoso, aun cuando no saliera ven- 
cedor. Completamente adicto á Artigas, por el doble vín- 
culo de las opiniones políticas y de la sangre, seguía sus 
banderas sin importarle la suerte que le pudiera caber ( 1 ). 

El carácter de Otorgues era firme ; su inteligencia tosca, 
pero astuta ; sus escrúpulos escasos, y por lo mismo muy 
apropiados á conducirle á todos los extremos, si por ese 
camino veía el triunfo de sus intereses ó el de su causa. 
Alto, rubio, de ojos azules, delgado de cuerpo, tenía ele- 
gante posición en el caballo, y sacaba partido de esa apti- 
tud entre los gauchos, siempre pasionistas del jinete atre- 
vido y gallardo. Trataba á sus subordinados con afabili- 
dad, les toleraba algunas veces cosas indebidas, y solía con- 
sultarles sobre los ascensos que discernía. Se cuenta que 


(1) Carlos M. Ramírez, Artigas; págs 62-63.— ifeí? Of de la R Ar- 
gentina, i (Apénd).— Díaz, Hist de las Repúblicas del Plata; xiii.— 
Figueroa, Diario Histórico; i, 173. — Larrañaga y Guerra, Apuntes his- 
tóricos. 



452 


LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÍ(OL 


cuando hizo cabo de Dragonea al que más tarde fuá g^e- 
ral Metlina, pi^untó á un viejo «argento ei le parecía bien 
el ascenso, y como el interrogado contestara que le desagra^ 
daba, satisiizo sus escrúpulos dicíéndole : c ya estoy compro- 
metido, y además hoy es día de mi santo. » La base de su 
prestigio estribaba en estas concesiones, y su astucia consis- 
tía en aparentar que hubiera deferido á la voluntad de cual- 
quiera de los suyos, si previamente se lo hubiese pedido. 

En el momento en que le retratamos, estaba Otoigués 
guardando las costas del bajo Uruguay, como ya se ha di- 
cho. Había .tenido poco tiempo antes algunas inteligencias 
con los espafioles, por la siguiente causa: apenas separado 
Artigas del asedio de Montevideo, supieron el hecho Eoma- 
rate y Loaces, que estaban en Martin Garda, y despacharon 
un emisario á Soriano, cometiéndole entenderse con Otor- 
gues sobre un futuro avenimiento. El caudillo recibió afan 
blemente al comisionado espafiol, y después de oirle sobre 
todos los puntos en que deseo extenderse, le replicó que co- 
municaría con Artigas sobre el particular, esperando sus ór- 
denes. Esto era lo que había alentado á los realistas de Mon- 
tevideo, hasta creer que los caudillos uruguayos se mostra- 
rían accesibles á sus proposiciones. Y mayor fuerza adquirió 
esa creencia, luego que el decreto de Posadas poniendo á 
Artigas fuera de la ley, vino á establecer el rompimiento 
foniial entre aquel gobernante y el Jefe de los Orientales. 

Bajo semejantes impresiones, el itinerario de viaje de La- 
rrobla y Costa era calculado con ansiedad, entre los que 
contaban desde Montevideo los ilías transcurridos. Por fin 
entró al puerto en 9 de Marzo el falucho Fama^ condu- 
ciendo á Larrobla con oficios de Otorgués y Artigas para 
la corporación capitular. Datado el oficio de Otorgues á 4 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 453 

de Marzo, responda al de 3 del mes anterior que el Ca- 
bildo le había dirigido con Larrobla mismo. Su contenido 
era breve, y la intención dominante, muy significativa en 
cada una de sus palabras. Manifestando la satisfacción ex- 
perimentada por la lectura del aludido oficio de 3 de Fe- 
brero, advertía, sin embargo. Otorgues, « que la base de la 
comunicación escrita no la consideraba montada sobre los 
principios de la primera estipulación verbal; » lo que argüía 
haberle prometido de palabra los emisarios de Komarate 
y Loaces, algo no mencionado por el Cabildo oficialmente 
después. «No hay duda — ^.agregaba — que la unión ha 
conservado siempre la integridad de las Naciones; ^ero 
bajo ciertas garantías firmes, permanentes, y de conocida 
conveniencia pública. Éstas (las garantías), que no abre 
V. E., resienten la causa común de estas Provincias^ y frus- 
tran sensiblemente la pretendida reconciliación.^ Des- 
pués de apreciaciones tan claras sobre el fundamento de 
cualquier arreglo posible, concluía diciendo: «yo me inte- 
resaré cuanto soy, por dar á este obra su más perfecto 
equilibrio; pero toca á V. E. suministrar los materiales 
que han de llevarla á su última perfección. » ( 1 ) 

Como se ve, Otorgués estaba muy lejos de tratar por su 
sola cuenta y á beneficio de su circunscripción local, las 
bases de un arreglo pacífico. La causa común de las Pro- 
vincias de la Liga, era cuando menos el punto de mira de 
sus pretensiones, y la unión bajo ciertas garantías firmes, per- 
manentes y de conocida conveniencia pública, constituía el 
objeto final de todo acuerdo posible. No existiendo esas 
garantías, se resentía á su juicio la causa común de las 

(1) Of de Otorgués al Cabildo^ 4 Marzo 1814 (Arch Gen). 



454 LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER E8PAtÍ0(L 

Provimiaa, y quedaba frustrada la pretendida reconoilia- 
ción. Conviene tener presentes estas cláusulas, porque los 
representantes y partidarios del Gobierno de Buenos Ai- 
res, mientras pactaban en Río Janeiro un nuevo Armisticio 
destinado á entregar otra vez el Uruguay ú EspaRn, acu- 
saban á loe orientales disidentes de maquinar una traición 
á la causa pública, entendiéndose por cuenta propia con 
las autoridades de Montevideo, para favorecer el predo- 
minio del r^men colonial. 

Si la respuesta de Otorgués fué un desencanto para los 
realistas, no les suscito la de Artigas mayores esperanzas. Ya 
se ha dicho que el encargado de negociar con el Jefe de los 
Orientales fué D. Antonino Domingo Costa, quien se tras- 
ladó á Belén, procurando hablarle. Conseguido el objeto, me- 
diaron varias conferencias entre el emisario de la Plaza y 
Artigas, debatiéndose largamente los puntos en litigio. Al 
decir de muchos, el resultado de las conferencias concluyó 
por un Convenio, en que Artigas entraba á partido, mas 
con tantas condiciones y graves reticencias, que era como 
darlo iodo y no dar nada ( 1 ). Tal fué el resultado práctico 
de la iniciativa adoptada en 30 de Enero por la Junta de 
Notables, con más precipitación que prudencia, y buscando 
explotar el interés indindual de los caudillos uruguayos, 
sin tener en cuenta los móviles políticos que determinaban 
su actitud. Como de costumbre, los realistas habían creído 
que eran simples rivalidades de mando, apaciguables con 
grados y empleos, lo que originaba la causa de la disputa, y 
al ofrecerlos en abundancia, se lisonjearon c'on la seguridad 
de un éxito inmediatamente desmentido por los hechos. 


Cl) Fiiueroa. Díano hiatóriro: ii. 163-161 



LIBRO IV. — CAÍDA DBlr PODER ESPAÑOL 455 

Junto con las comunicaciones de Artigas y Otorgués, 
llegaron noticias de la victoria obtenida por este último, 
sobre una división de Buenos Aires que avanzaba á 
reforzar á Rondeau en la línea del asedio. Dicha fuerza, 
compuesta de 500 hombres de las tres armas, venía al 
mando del coronel barón de Holemberg, oficial de la es- 
cuela alemana, que militaba con crédito en el ejército ar- 
gentino por sus aptitudes técnicas, y del coronel D. Hila- 
rión de la Quintana, comandante de armas de Entre- Ríos, 
cuyo nombre había sonado más de una vez. Los pedidos 
urgentes de Rondeau al Gobierno de Buenos Aires, para 
que le reforzase con 500 hombres, á fin de llenar los cla- 
ros producidos por la separación de Artigas, motivaban el 
avance de aquella fuerza, que había vadeado el Uruguay, 
y se proponía burlar la vigilancia de los orientales, llegando 
hasta el Cerrito sin ser sentida. 

Por sus partidas exploradoras supo Otorgués el desem- 
barco de Holemberg, é inmediatamente movió su campo 
de las inmediaciones de Soriano, encaminándose á marchas 
forzadas sobre la división invasora. Esta, que no había te- 
nido tiempo de internarse mucho, se encontraba á la altura 
del arroyo del Espinillo, entre el cerro del mismo nombre 
y la cuchilla de San Salvador, cuando apareció Otorgués 
con 800 Dragones, á disputarle el paso. La posición de 
Holemberg era mala, y embarazaban sus movimientos los 
carros de su parque, la artillería y las escabrosidades del 
camino, en cuyos secretos carecía de pericia. No obstante 
estar á pie^ el barón intentó librarse de su enemigo, bus- 
cando salida de aquel atolladero, pero acosado por todas par- 
tes, hambrientas sus tropas y desmoralizadas al fin, tuvie- 
ron que rendirse á discreción, con dinero, artillería, bagajes 



4^0 UBBO IV. — CAÍDA DEL PODER SPAÍ^OL 

y cuanto llevaban. Otorgués remitió los prisioneros á Arti- 
gas, el aial los trató decorosamente, aun cuando no pn- 
dieni ahorrarles las bromas de la soldadesca sobre la con- 
cordancia entre el título y el sexo de Holembeig; quien 
poco di^pués, al igual de Quintana, recobró su libertad, 
volviendo ambos á cmpuflar las armas contra la causa fe- 
deral (1). 

En presencia de lo acontecido, Vigodet comprendió que 
nada podía esperar del Jefe de los Orientales ni de Otor- 
gues, por lo cual hubo de prestar atención nuevamente á 
las iniciativas de guerra. Después de haber creído que el 
Gobierno de Buenos Aires retrocedería en sus empresas 
sobre Montevideo, lo encontraba ahora, no solamente dis- 
puesto á continuar el ase<lio. Binó preparado á disputar el 
último reciu'so á los realistas, arrebatándoles el dominio 
marítimo. Para ese eh'Cto, y con el concurso pecuniario 
d('l norte- americano D. Guillermo Pío White, organizaba 
el Gol>ierno aigentino una flota naval, que en los primeros 
días de Marzo fue puesta á órdenes de D. Guillermo Brown, 
irlandés, y antiguo maestre de la goleta InduéirícL Des<le 
el mes anterior, al inieiarsi^ aquellos preparativos, Vigodet 
había publicado un edicto, invitando lí la gente de mar y 
cuantos quisiesen alistarse, para hacer parte de una expe- 
dición naval destinada á combatir la naciente escuadra 
patriota. Con estos propósitos, la expedición se organizó, 


(1) Kl general Rondmu üf qufjft injuBiamenie^ en au Atúchiografia, 
<Ir quee.l Directorio no Ir cnrinac los ÓOO homhrcs solicitados }>or él, para 
subsanar la falta de Artigas en la Imca de asedio, micnlras que tí su 
recmplaiantr lo refirió con l’titO; siendo inexacta la primera a^irmaerión 
pues Ilolembcrij llevaba ti lirnnleau el wntinfjentc itedtdo, cuyo mahgrt 
no ¡inede incal par se al Directorio. 



UBRO rv. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 457 

componiéndose de 6 ó 7 velas, á órdenes de D. Jacinto 
Eomarate, vuelto ya de su excursión con Loaces, y pronto, 
como de costumbre, á acudir donde le llamasen sus debe- 
res. La flota realista levó anclas de Montevideo, navegando 
con rumbos á Martín García, donde quedó estacionada á 
la espera de refuerzos. ^ 

Según el plan de Vigodet, dichos refuerzos debían par- 
tir de Colonia y Montevideo, á medida que fuesen apres- 
tándose en uno y otro puerto, los barcos destinados á 
engrosar la flota. Entre ellos, los había de gran porte, 
como la corbeta española Mercurio, procedente de Lima, 
y la fragata americana Neptuno, recién adquirida por com- 
pra. La Mercurio acababa de llegar á puerto con un so- 
corro importante de numerario y pertrechos bélicos, desti- 
nados á constituir para Vigodet motivos de alegría y 
tristeza á la vez*. El Virrey, marqués de la Concordia, ex- 
tremando siis recursos disponibles, remitía á Montevideo 
200,000 pesos en plata acuñada, 1,000 arrobas de pólvora, 
4 culebrinas de bronce y diversos objetos de guerra; pero 
la comunicación escrita en que daba cuenta de tan valioso 
donativo, prevenía « ser ésta la última rpmesa que podía 
hacer. » ( 1 ) Bien se guardaron las autoridades realistas de 
revelar al público semejante confidencia, y por lo pronto 
emplearon los caudales recibidos en adquirir nuevos bu- 
ques y satisfacer una parte de los atrasos de la guar- 
nición. 

Entre tanto, Romarate, estacionado frente á Martín Gar- 
cía, destacó en observación sobre las valizas exteriores de 

(1) Of (kl Virrey de Lima al Cabildo^ 23 Diciembre 1813 (Arch 
Gen). 



158 


UBBO IV. — CAÍDA DEL P09EB ESPAÑOL 


Buenos Aires, uno de sus buques más veleros, obt/eniendo l 
informes exactos del aumento en que iba la escuadra ar- \ 
gentina. Con estos datos, se dirigió á Vigodet, haciéndole 
saber la inferioridad de la flota á sus órdenes, y la urgen- ’ ' 
cia en que estaba de ser reforzado, si no se le quería ei- 
pí)iier á un fracaso seguro. Las comunicaciones llegaron el 
0 de Marzo, inspirando á Vigodet el designio de apremiar 
la salida de su reserva naval en protección de La flota com- 
prometida, Pero, mientras los preparativos se efectuaban, 
apareció Brown sobre Martín García, el 10 de Marzo, con 
una escuadra compuesta de la fragata H(*rcules, de 36 ca- 
ñones; corbeta Céfiro, 18 cafiones; bergantín Nancy, 15 
c-añoncs; goletas JiiUrfa y Fortuna, y balandra Carmen, 
Para hacer frente á tan poderoso armamento, Romarate 
sólo disponía de 3 bergantines -goletas, el Bdir\,\íi Aran- 
zaza y la Carmen, y 5 lanchas cafioneras. 

Acoderada frente á Martín García, la escuadrilla rea- 
lista esix*ró el atatjue. Brown, que montaba la Hérculei, 
80 lanzó impetuoso á romper la línea, iniciando el abor- 
daje sobre la Belén. Detenida en su marcha por un bajío, 
varó la Hércules, siendo acribillada á balazos y perdiendo 
mas do lOO hombres entre muertos y heridos. Los otroe 
buques argentinos, acosados |)or los fuegos de la escuatlri- 
11a n*alista y de la playa, tuvieron (^ue batirse* á la defen- 
siva, sufriendo graves descalabros la corbeta Céfiro. El 
combate se decidió ¡>or los españoles, pero la exigüidad 
de sus rtM.*ursos no les }>ermitió sacar todo el fruto de la 
victoria. Brown, después de haber puesto á flote la Hér- 
cules, se retiró á Colonia, y Romarate se estacionó en 
el canal del Infierno, falto de municiones, dejando una 
pequeña guarnición y un falucho en Martin García, al 



UBRO IV. — CAÍDA DEITPODER ESPAÑOL 


459 


majido del teniente Azcuénaga, natural de Buenos Aires ( 1 ). 

Bien pronto debía resarcirse Brown del golpe recibido. 
Con las tripulaciones de los buques, y CO dragones prove- 
nientes de Colonia, organizó una expedición para asaltar 
Martín García en 8 lanchas preparadas al efecto. Durante la 
madrugada del 15, emprendió el asalto con toda decisión. 
Keducido Azcuénaga a un pelotón de soldados y algunos 
marineros y vecinos, sin que Eomarate pudiera prestarle 
ayuda, por ser desfavorable el viento, se batió denodada- 
mente, sin embargo. Después de quemar el último cartucho, 
aquel animoso oficial, seguido de su gente y varias familias, 
consiguió embarcarse y llegar hasta la escuadrilla, dejando 
á Brown dueño de la isla. Los buques españoles, apenas 
cambió el viento, levaron anclas con rumbo á Soriano, en 
cuyas costas fueron socorridas las familias prófugas con 
víveres que les proporcionaron las fuerzas de Otorgués. 

Contrariado Vigodet por los descalabros de Romarate, 
echó mano de D. José Primo de Rivera, antiguo ayudante 
suyo, que había desempeñado algunas comisiones diplomá- 
ticas ante el Gobierno de Buenos Aires, para confiarle el 
mando de la nueva división naval que ya estaba organi- 
zada, con el designio de oponerse á los barcos argentinos. 
Componíanla 7 buques, dos de ellos de guerra, que eran las 
corbetas Ifercurio y Paloma, y cinco mercantes de pe- 
queño porte. Pero no era Primo de Rivera oficial apro- 
piado para batirse con Brown, y mejor se desempeñaba 
como correo de gabinete, según ya lo había hecho, que como 
jefe de escuadra, según lo demostró en seguida. Partió el 


(1) Figueroa, Diaiio histórico; ir, 171-172. — Ángel J. Carranza, 
El Laurel naval de 1814, cap ii:. 



460 


LIBBO IV. — CAÍDA DEL PODER EBPAlTOL 


18 de Marzo eu busca del almirante de Buenos Aíres, y el < 
25 n^resó diciendo haber hablado con una fragata mer- 
cante inglesa, por la cual tuvo noticias de estar muy au- 
mentadas las fuerzas enemigas, lo que le indujo á esquivar 
toda acción, viniendo á refugiarse ¿ puerto sin haber cru- 
zado un tiro con su contrario. 

El Gobierno de Buenos Aires, animado por el próspero 
éxito que coronaba sus empresas de mar, entró en el plan 
de hacer proposiciones pacíficas á los realistas. La actitud 
de Artigas y el levantamiento de las Provincias del litoral 
ai^éntino que se iba realizando, inducían, por otra parte, al 
Gobierno á desembarazarse de todo obstáculo, á fin de po- 
der entrar en lucha con el caudillo de un modo eficaz y 
concluyente. Por estas razones, comisionó al canónigo 
D. Valentín Gómez y al abogado Echavarría, para que vi- 
nieran á concertar un armisticio en MonteWdeo, basándose 
sobre la negociación concluida recientemente en Río Ja- 
neiro por Sarratea, D. Juan del Castillo y Carroz, susti- 
tuto del marqués de Casa Irujo, Ministro de Espafia, y 
Lord Strangford, Embajador inglés. Los comisionados de 
Buenos Aires tenían orden, según se dijo entonces, pora 
proponer que se levantara el asedio, si en cambio Pezuela 
se retiraba con su ejército del Perú al Desaguadero, abrién- 
dose de común acuerdo una tregua para tratar definitiva- 
mente la paz ( 1 ). Llegaron loe comisionados el día 30 de 
Marzo á Montevideo, escoltados por la fragata inglesa 
Aquilón, ¡lasando el 1.'’ de Abril á la corbeta Mercurio, 
donde les dieron cita los que Vigodet nombró para enten- 


( 1 ) Larrañaga y Guerra, Apuntts hiniáricofí. — Figueroa, Diaño ; n, 

lOíLOI V 1ÍW 



LIBRO IV. — CAÍDA DELJ>ODER ESPAÑOL 461 

derse con ellos, y que eran los coroneles Lacuesta y del 
Bío y D. Cristóbal Salvañach. 

Los preliminares de la negociación se redujeron al cam- 
bio de ideas generales y á la suspensión de hostilidades, 
conviniéndose en s^uida que todos pasaran al campo si- 
tiador. El día 3 desembarcaron y el 5 tuvieron una larga 
conferencia en el Arroyo de Seco (casa de Pérez). No fue 
posible avenirse á nada, y así se comunicó á Vigodet por 
los suyos. El Cabildo de Montevideo, instruido de lo que 
pasaba, avocó los antecedentes del asunto, sometiéndolos 
al dictamen de una Comisión especial. El día 8 se expidió 
la Comisión, negando su consentiíniento á tratar sobre las 
bases que proponían los de Buenos Aires, y el Cabildo 
pasó á Vigodet ese dictamen haciéndolo suyo. El Gober- 
nador entonces provocó una reunión de notables, á la que 
asistieron 80 personas, resolviéndose en ella proponer á los 
negociadores una tregua accidental, hasta que viniesen di- 
putados de Pezuela y Artigas, y entre todos se tratara de 
la paz. Sometida esta proposición á los comisionados ar- 
gentinos, la rechazaron de plano, reembarcándose el día 
11, con lo cual volvieron á romperse las hostilidades. 

De una y otra parte comenzó á ponerse el mayor es- 
fuerzo en llevar adelante la lucha. Vigodet aumentó su 
escuadra con las fragatas mercantes Neptuno y Mercedes^ 
á las cuales armó en guerra, haciendo una rigorosa leva de 
gentes de mar. Luego expidió un bando, llamando á las 
armas todo individuo de 16 á 50 años, sin excepción. Para 
el mejor acierto de los planes que perseguía, convocó una 
junta de guerra, en la cual se discutieron las resoluciones 
que habían de adoptarse para salvar á cualquier precio la 
ciudad. Se resolvió dar la preferencia á una batalla naval, 



LIBRO IV. — CAIDA DEL. i'UDEK 

que concluyese con la (*scua(lra de Buenos Aires, ante» de 
intentar una salida wjbrc el ejénáto sitiador. La Junta 
designó hasta las p(?rson;is que debían niandíir los buques, 
siendo nombrado jefe de la esi'uadru D. Miguel 8iemi, 
comandante general do la marina, y segundo jefe el capitán 
de fragata D. José Posadas, que había sido vencido en las 
Pieílras. Se embarcaron compañías de los r^mientos de 
Albuera y Sevilla, los Miñones y idgunos destacamentos de 
López' y Chain; con lo cual quedó la escuadra compuesta 
de 11 barws de j>elea, con 1 .“ir) cañones y 1,1 SO hombres 
de tripulación, además de 1 goleta, 1 balandra y 1 lugre 
haciendo oficio de correos, y varins grandc*s lanchónos. 

En el inteTTcgno de estos [irejiarativos, había aparecido 
sobre Montevideo la escuadra de Buenos Aires, bloqueando 
el puerto. Con)]n»níanla S barco.s con 147 cañones y 1,27)2 
tripulante.?, mandados ca.si todos j)or capitanes ingleses de 
experiencia probada. El bloqueo duraba ya, c*on alternati- 
vas diversas, desde el 2U de Abril, y quedó roto el 14 de 
Mayo, din en (jue la escuadra e.spañola se reputó apta para 
el combate, haciéndose á la vela en dirección á la blo- 
queadora. Acometido de firme, Brown se puso en retirada 
hasta In altura del Buceo, domle cumbió los primeros cti- 
fionazos izando la bandera española, bajo cuya sombni 
prosiguió batiéndose do ala en adi lante, sin que le arredra- 
sen escrúpulos jx>r un proceder tan injustificado ( 1 ). 


(1) Kn ItJU rojuo ir< ihlr —íWi\' Carnmxji — Rrotrn 

inirió d cvfnhair i\ondv lüfojK fns culun s r.<¡iúñnicji : hecho tpu fue fuuy 
comettladü rutonres: rumo es iijutihio ute histórico, ijue a! dur la vrln, st 
di.stril'uycrou li his diduriaurs rra/isfus, formidables y tdosos euchiilüs 
para qur dcyollaran sin misrrUordia a cuajito agringo ó nircatnan 
areniitrcru- rayese i»>r sus bandas, f Laurel Xaral, pág 78, nota.) 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


463 


En aquel estrenó del día 14, sufrió ún descalabro la es- 
cuadra patriota. Al cesar el fuego, y mientras fondeaban 
ambas escuadras, se desprendió del convoy español Pepe 
el malioncsy aventurero conocido por su audacia, quien 
echándose inopinadamente sobre el falucho San Luis y 
otros dos pequeños barcos que anclaban en el Buceo, los 
apresó, salvándose á nado sus tripulaciones, con excepción 
de Clark, comandante del San Luis, que pereció en las 
ondas.. Restablecido el combate á las 8 de la noche, pro- 
siguieron los contendores con rumbo al Este, batiéndose á 
tiro de cañón, hasta que Brown embistiendo al queche 
Hiena, donde llevaba Sierra su bandera, le obligó á reti- 
rarse bajo un recio y certero fuego. En seguida las dos 
escuadras desaparecieron, sintiéndose al siguiente día el 
fuerte cañoneo que anunciaba estarse librando una batalla. 
Grande ansiedad pasaban los habitantes de la Plaza, entre 
tanto, convencidos de que la suerte de todos se estaba de- 
cidiendo en aquel lance de guerra. 

A las 8 de la mañana del día 1 7, entraba al puerto la 
corbeta Mercurio, perseguida por la Hérctdes, buque al- 
mirante de los patiiotas. La escuadra de Brown, hábil- 
mente dirigida por éste, había batido por completo el día 
anterior á la española, capturándola 1 bergantín y 2 cor- 
betas, y poniendo en fuga al resto. Aunque herido en una 
pierna el almirante de Buenos Aires, mandó serenamente 
el combate, mientras que su contrincante Sierra se mantuvo 
alejado de la lucha, mirando desde la cubierta del Hiena 
cómo eran destruidas sus fuerzas. Al romper el día 17, 
emprendió el vencedor la persecución, apresando todavía 
una goleta, y obligando á otros dos barcos españoles á 
encallar en la costa del Cerro ; pero como á estos últimos 



4&4 


LIBBO IV. — CAÍDA DKL PODKR ESPA.^OL 


loB abandonasen bus tripulantes en a)ndición de (pie se in> 
cendiaran, cuando una fuerza del ejército sitiador al mamlo 
de I). Rafael Méndez vino á ocuparlos, volaron junto con 
loB buques 20 hombres de los primeros que subieron á 
bordo, y quedó Méndez mal herido. Pocas horas después, 
apareció toda la escuadra de Buenos Aires en la bahía, 
siendo saludada estrepitosamente por las baterías del ejér- 
cito sitiador. 

Esta victoria de los patriotas extremaba la situación de 
la Plaza, dejándola imposibilitada de adquirir recursos oo- 
meBtibles, puesto que había perdido el dominio de los ríos. 
Como si no fuera bastante lo acontecido, ese mismo día 1 7 
vino á tomar el mando de las fuerzas del asedio, el coro- 
nel I). CarloB María de Alvear, con un refuerzo de 1,500 
hombres, quitando á Kondeau los laureles de un triunfo 
seguro. Al propio tiein|K), infundió dicha seguridad tales 
bríos á los patriotas, <jue iniciada por Vigodet una nego- 
ciación conciliatoria, Bro^^u le contestó, en nombre del 
Gobierno de Buenos jVires, < que hasta no ser entregadas 
a las armas de aíjuél, Montevideo, sus fortalezas, arsenales, 
buques de guerra, y toda propiedad pública, no se admiti- 
rían condiciones algunas. « ( 1 ) 

Vigodet, reputándose perdido desde el último desastre 
naval, y á pesar de que había jurado sepultarse bajo las 
minas do la Plaza antes que rendirla, envió el día 24 á 
Buenos Aires al coronel D. Feliciano del Río y al teniente 
de navio D. Juan de Latre, para tratar un armistido. El 
Gobierno los rechazó sin oirlcs, expidiendo con fecha 28 
amplias facultades á Alvear para que se entendiese con los 


(1) Calvo, Analeé: n. 174- 17G. 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ÉSPAÑOL 465 

españoles. Apenas tuvo la autorización, hizo Alvear un 
parlamento á la Plaza el 5 de Junio, avisando las faculta- 
des de que estaba premunido. Vigodet, en consecuencia, 
volvió á despachar al coronel del Río, pero ahora para el 
campo sitiador, acompañado de D. Juan de Vargas, é 
instruidos ambos de entenderse con Alvear, haciéndole pro- 
posición, al mismo tiempo, de que admitiera representantes 
de Artigas y Otorgues en las negociaciones. Esto último 
sobresaltó al jefe sitiador, quien, afectando concederlo, co- 
menzó á madurar el plan de hacer frustránea toda tentativa 
de inteligencia entre los realistas y los jefes uruguayos. 

Que esa inteligencia existía desde algún tiempo atrás, 
resulta innegable, teniendo en cuenta las diversas diputa- 
ciones mandadas por los españoles ante Artigas y Otor- 
gués; como también se ha podido valorar su ineficacia, por 
las réplicas que éstos dieron á lo que Vigodet les propuso. 
Alvear, empero, temía que interponiéndose la influencia de 
los orientales, no pudiera llegarse á un acuerdo tan venta- 
joso para Buenos Aires como él lo deseaba; así es que 
mientras aparentaba acceder á que se les consultase, hacía 
esfuerzos en sentido opuesto. Además, no se le ocultaba la 
mala fe de Vigodet, cuyo propósito final era burlarse de 
todos, para ganar tiempo. Por estas razones, después 
de dar paso franco á D. Juan de Vargas para que lle- 
gase al campo de Otorgués, situado en Porongos, le hizo 
conducir con guías que extraviaron de caso pensado el 
camino, no podiendo el comisionado español abocarse con 
el jefe que buscaba. Regresó Vargas quejándose de la con- 
trariedad que se le había originado, y Alvear, que tenía 
previsto el caso, le recibió con tono áspero, echándole en 
cara unos socorros de artillería y municiones que bajo el 


Dom. Esp.-m. 


30 . 



4tí« UBBO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 

amparo de Otorgiiés se habían enviado desde la Plaia á 
Romarate; por lo cual declaró que suspendía todo trato, 
rompiendo las hostilidades. 

Muy desconsolador efecto produjo esta noticia entre los 
sitiados. Vigodet, esforzándose para reponer los ánimos, 
convocó una nueva reunión de notables á fin de oir con- 
sejo, 8e acordó por opinión unánime establecer una junta 
mixta permanente del Cabildo, algunos miembros de la de 
Hacienda y el Gobernador para deliberar en todo. Se con- 
vino en reclutar un nuevo cuerpo de tropas entre los es- 
clavos de la ciudad, con título de libertos; proceder á un 
recuento de todos los víveres de particulares existentes 
en la Plaza, recogiéndolos para repartirlos por ración ; des- 
armar al queche Hiena, que había escatiado del descala- 
bro de la escuadra gracias á la triste actitud de su jefe, y 
enviarlo á Río Janeiro en procura urgente de yuveres; y 
en fin, algunas otras resoluciones desesperadas. El par- 
tido empecinado, con el propósito de levantar el espíritu 
publico, dió en fingir un grande entusiasmo, lanzándose 
á la.s calles con músicas y algazaras, apaleando de paso 
á los habitantes que se le antojaban tibies en sus esperan- 
zas, y provocando tumultos en que se vivaba al Rey y se 
desafiaba á sus enemigos. Medios falaces, de todas las cau- 
sas perdidas. 

Entre tanto, se hacía por Vigodet la última tentativa 
ante Otorguós; creyendo en esta ocasión los déla Plaza con- 
seguir algo, jiorque el caudillo había tenido algunas defe- 
rencias con ellos. Recordaban que á una requisición de Ro- 
marate avisándole la añicción de las familias embarcadas 
en sus buques, había contestado ordenando á los destaca- 
mentos del bajo Uruguay que las proveyeran de carnea 



LIBRO lY. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 467 

Acababa de consentir en que dos dragones suyos trajeran 
á la Plaza piídos del mismo .Romarate, dando cuenta á 
Vigodet del itinerario que pensaba tomar con sus barcos, 
casi aislados y perdidos. Todo esto, juntándose á la opinión 
de Larrobla, que había conferenciado con Otorgues por 
distintas ocasiones y decía ser . el caudillo un hombre trata- 
ble y humano, predispuso al Gobernador de Montevideo á 
hacerle nuevas ofertas, con el fin de traerle á partido en fa- 
vor de su causa. 

Otorgues estaba instruido por Artigas, y procedía según 
esas instrucciones. Había recibido bien á todos los comi- 
sionados que se le enviaron, y hasta se alargó á contestar 
por escrito en 26 de Mayo una comunicación del Cabildo 
de Montevideo, diciéndole en términos enfáticos: «Hable 
V. E. por medio de sus representantes, déseles á éstos la 
investidura absoluta de poderes, que usando ellos el majes- 
tuoso idioma de la libertad y felicidad de los Orientales, 
los vivas y aclamaciones sucederán al ruido de las armas, 
y la oliva de la paz será la única divisa con que nos pre- 
sentaremos al frente de las naciones tan vecinas y confe- 
deradas, como émulas de nuestra gloria. » De toda esta 
oscura y anfibológica jerga, se desprendía que Otorgués so- 
licitaba plenos poderes para los comisionados que le en- 
viaban los realistas. Con tal motivo, y entendiéndolo bien 
los aludidos, despacharon á D. Luis Larrohla nuevamente, 
con poderes más extensos, para que recabase de Otorgués 
una resolución formal. El comisionado estrechó al caudillo 
en dicho sentido, y Otorgués propuso á nombre de Arti- 
gas, y en el suyo propio, como medio decisivo de arregló, 
« renunciar la sumisión al Rey, y formar un Congreso in- 
dependiente separado de España y Buenos Aires, » pro- 



468 UBKO IV. — r.AÍVA del poder BBPA.^OL 

metiendo que una vez aceptado el proyecto, Artigas ae 
movería de Entre-Ríos, donde estaba á la sazón, para 
apoyarlo. Larrobla se puso en marcha hacia Montevideo 
con esta propuesta, en que t>or primera vez se ensayaba 
de frente la fundación de la independenda, sobre la base 
de una hegemonía rioplatense ( 1 ). 

La proposición escandalizó, como era de suponerse, á las 
autoridades realistas. El Cabildo de Montevideo, seguido 
del oomercio y la guarnición de la ciudad, rechazaron el 
proyecto, manifestando « (]ue preferían descender sin re- 
proche al precipicio, antes de traicionar su» jummen- 
tos. > Por más apurados que los españoles estuviesen, 
nunca perdieron la esperanza de una reivindicación de sus 
dominios americanos, y ai se negaban á jmetar en general 
el reconocimiento de la independencia de los >'irreina- 
tos, menos querían consentir su de.smembración. Pero 
Artigas no estaba en el mismo cas<j. Llamadlo á deciilirse 
en una ní^ociación propuesta por el enemigo común, no 
podía pa(‘tar nada que no emj>ezase por el rechazo de la 
sumisión á España, siendo el modo más obvio de c«)n- 
s^uir ese objeto, adelantarse á plantear el problema con 
toda claridad. Act^ptado el punto capital de h\ negocia- 
ción, quedaría en manos del C'ongreso el resto de la obra, 
cuyos detalle.s no habían de ofrecer entonces dificultades 
insuperables. 

Mientras Larrobla llegaba á Montevideo con la estre- 
pitosa misión de Otorguó?, 1>. Francisco Morón, miembro 
del Cabildo y comisionado por éste para entenderse con el 
caudillo, salía en los primeros días de Junio á verificarlo. 


(1) Kigueroa, Diario histórico; ll. 2S1 y 1115-lC. 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 


469 


Alvear, que lo supo, se le anticipa, escribiendo á Otorgues 
la más artera de las cartas. Le decía en ella, que estando 
Montevideo en sus últimos apuros, él (Alvear) no admitía 
otra base de negociación que la entrega de la Plaza á 
Otorgués; « pues quiero verla — añadía — en poder de mis 
paisanos, j no de los godos, á quienes haré eternamente 
la guerra. » Pedíale, asimismo, que sin perder instante, y 
prescindiendo de consultar á Artigas, con cuya aprobación 
podía contarse de antemano, enviase al campo sitiador dos 
diputados plenamente autorizados para tratar la entrega 
de la Plaza; y se obligaba solemnemente á cumplir lo' que 
ellos convinieran con los realistas, protestando la sinceridad 
con que adelantaba este paso «por lo más sagrado que 
había en el cielo y en la tierra. » ( 1 ) Ante declaracio- 
nes tan categóricas, reforzadas por un juramento espontá- 
neo, Otorgués no tuvo dudas, y nombrando por diputados á 
su yerno el capitán D. Antonio Sáenz y al Dr. Revuelta, 
les dió las instrucciones requeridas. 

Cuando Moran llegó al campo de Otorgués para nego- 
ciar de cuenta propia, éste, lo primero que hizo fué ense- 
ñarle la carta de Alvear, diciéndole que, atento el nuevo 
aspecto asumido por los eucésos, toda negociación indirecta 
contribuiría á perjudicar las estipulaciones recientes; y 
para no caer en acusación de veleidad, permitió á Morán 
que tomara copia de la carta del general argentino y la 
remitiese á sus poderdantes. Lo que efectuó el comisio- 
nado del Cabildo, en la forma predicha. Así, pues, el Ca- 
bildo y Vigodet supieron casi á un tiempo, la proposición 
de Otorgués á Larrobla, y la negativa posterior del mismo 


íl) JV.® 0 en loa D. de P. 



47U 


LIBRO IV. — CAIDA DKL PODEK 


Otorgues á abrir tratos, mistificado por La carta de Alvear. *^| 

El jefe del ejercito auxiliar había conseguido por estos 
meílios, todo lo que deseaba. Ni Artigas, ni Otorgué» in- 
tervendrían en las negociaciones, y sólo él trataría de po- 
tencia á potencia con Vigodet, para engañarle mejor. Por 
su parte los sitiados, habiendo rechazado en junta de go- 
bierno la propuesta de Otorgués á Larrobla, no tenían 
cabe para iniciar nuevas gestiones con loa jefes uruguayos, 
de modo que determinaron entenderse con Alvear sin más 
trámite. El día 19 de Junio partieron con un proyecto de 
capitulación, parlamentarios de Vigodet, quienes fueron re- 
cibidos por Alvear en la capilla de Pérez. Allí cambiaron 
ideas, conviniendo los emi.sarios de la Plaza en que se for- 
malizase el ajuste, y manifestándose dispuesto Alvcíir á 
acceder á todo lo (jue fuera conciliable con los derechos 
de la guerra. 

Entre tanto, el partido empecinado, que no querhi oir 
hablar de capitulación con los sitiadores, puso por obra 
oponerse á la entrega de la ciudad. Creían sus miembros, 
que no se habían hecho aún todos los esfuerzos requeridos 
para salvarla, y así lo hicieron sentir con -anterioridad en 
las juntas de guemi provocadas por Vigodet, donde siem- 
pre pugnaron por una nueva salida contra los patriotas. Y 
en verdad que no les faltó razón en los primeros momen- 
tos de su empeño, puesto que reforzados como lo estuvie- 
ron después (le la batalla del Cerrito, muy fácil habría sido 
tentar con éxito la salida, luego que Artigas abandonó el 
asedio y tuvo E^mdeau que circunscribir su línea. Mae 
ahora que las escaseces y la desmoralización habían llegado 
al colmo, no era prudente lo que se projKjnía. Sea de ello 
lo (jue fuere, los empecinados ('oncibieron el plan de su- 




LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÑOL 471 

blevarse, oponiéndose á todo convenio. Durante la noche 
del 20 de Junio estalló un movimiento en la iglesia Ma- 
triz, donde estaba acuartelado el coronel Loaces con 900 
hombres, y se oyeron allí, y en otras partes de la ciudad, 
voces de ¡mueran los traidores! Loaces y el Mayor de 
Pl'aza, auxiliados por 600 veteranos, se presentaron en la 
iglesia, desarmaron la guardia, y apoderándose del arma- 
mento, intimaron rendición á los amotinados. Los grupos 
de las calles fueron disueltos luego, evitándose así una su- 
blevación que pudo haber castado la pérdida de millares 
de vidas ( 1 ). 

Siguieron, pues, sin nueva interrupción, las negociacio- 
nes pendientes. A la misma fecha que los empecinados 
tentaban el último esfuerzo para no rendirse, D. Miguel 
Vilardebó, Alcalde de 1.®*^ voto, D. Juan de Vargas, capi- 
tán de navio, don José Gestal, miembro del Consulado, 
y el oidor D. José de Acevedo, ultimaban los trámites 
del ajuste. La capitulación de Montevideo, extendida por 
Vargas y aprobada por el jefe sitiador, quedó concluida 
en los siguientes términos: Se aceptaba como artículo 
sustancial, preliminar á todo acuerdo y base de la ne- 
gociación, «que el Gobierno de Buenos Aires recibía 
la Plaza de Montevideo en depósito, bajo la expresa con- 
dición de reconocer la integridad de la Monarquía Es- 
pañola y su legítimo Key el Señor D. Fernando VII, 
siendo parte de ella las provincias del Kío de la Plata, 
en cuya virtud había de hacer Alvear ese reconoci- 
miento á nombre del Bey al firmar el Convenio, obli- 


(1) Larrañaga y Guerra, Apuntes co«. —Figueroa, Diario 

histórico; ii, 328-29. 



472 


UBRO rV. — CAÍDA DEL PODER EBPA^OL 


gándoee bajo su fe y palabra de honor, por sí y por las 
tropas de su mando, á cumplir religiosamente tan solemne 
y sagrada promesa. > Que el Gobierno de Buenos Airea 
enriaría á EspnQa diputados para que hicieran un ajuste 
definitivo, de acuerdo con el armisticio acordado en Río 
Janeiro anteriormente. Que los intereses religiosos, soc?a- 
lee y económicos de los habitantes de Montevideo serían 
eficazmente protegidos. Que la guarnición de la ciudad se 
retiraría á Maldonado, para emprender de ahí viaje á la 
Península, debiendo proporcionársele tnuisportes y víveres, 
y un plazo de 30 días para prepararse á partir. Que se de- 
jaría libre la corbeta Mercurio para escoltar el convoy y 
conducir á Vigodet y demás jefes. Que se darían rehenes 
IK)r una y otra jinrte, al firmarse la capitulación, ocupán- 
dose la Plaza por los de Buenos Aires dos días después de 
firmada aquélla. Que no |X)drían sacarse de la Plaza armas, 
municiones, ni pertrechos de guerra ; y que la guarnición que 
la ocupara sería de 1,.300 hombres, no pudiendo entregarse 
u otra, hasta que el Gobierno terminase sus asuntos en la 
Península : todo ello bajo la garantía del Representante de 
la Gran Bretaña en Río Janeiro. Que los prisioneros y pro- 
jiiedades secuestradas se devolverían recíprocamente. Que 
la división naval de Romarate, el establecimiento de la 
costa Patagónicíi y los emigrados y milicianos reunidos en 
Cerro -Largo, quedaban incluidos en el convenio. Que no 
se levantaría en la Plaza otra bandera que la esjmfiola, y 
desde el momento de firmarse el convenio se permitiría la 
entrada de comestibles á la ciudad ( 1 ). 

Esta capitulación fué ratificada el de Junio por Vi- 


m Col T^tnns 111.141 



LIBRO IV. — CAÍDA DEL PODER ESPAÍtOL 


473 


godet, quien expidió un decreto el día 21, anunciando á la 
población la entrega de la Plaza en virtud de lo pactado. 
Á las 11 de la maSana del 22, remitió Alvear, por rehe- 
nes suyos, al coronel D. Francisco Moldes y á D. Pedro 
Fabián Pérez, correspondiéndole Vigodet con el coronel 
D. Pedro Lacuesta y el regidor D. Félix Sáenz como re- 
henes de los sitiados. Poco después, y al mismo tiempo de 
entregarse la fortaleza del Cerro, entraron provisiones de 
abasto para la Plaza, que ^bien las necesitaba, pues tenía 
4,900 enfermos, amenazados de morir de hambre. El que- 
che Hiena, que Vigodet había desarmado con el fin de en- 
viarle á Río Janeiro en procura de víveres, sirvió esa no- 
che para dar escape á algunos de los más comprometidos 
del partido empecinado, entre ellos fray Cirilo Alameda, 
redactor de La Gazeta, á quien .esperaban en España los 
más grandes honores eclesiásticos. El día 23 se efectuó la 
entrega formal de la Plaza, recibiéndose de ella el coronel 
D. Nicolás de Vedia, comisionado por Alvear para reco- 
ger las llaves y relevar las guardias existentes. 

Las tropas españolas evacuaron seguidamente la ciudad 
con todos' los honores dé la guerra;, saliendo con banderas 
desplegadas y 4 piezas de artillería por el portón de San 
Juan, en dirección al Caserío de los Negros» Alvear, en- 
tre tanto, verificaba su entrada á la Plaza, y una vez en 
ella, eludía todos los compromisos pactados, desmintién- 
dose á sí mismo con el mayor descaro. Al firmar la capitu- 
lación había comunicado de oficio el hecho al Gobierno de 
Buenos Aires, pero cuando estuvieron en su poder las for- 
talezas de Montevideo, no tuvo empacho en manifestar al 
mismo Gobierno lo siguiente: « Aunque por mis anteriores 
« comunicaciones participé á V. E. que esta Plaza se había 



4/4 


UBRO IV. — CAÍDA DEL I*ODEB ESDAIÍOL 


« entregado al ejercito de mi mando por capitulación, no 

h ah le n fío míiIo rafijlcados ha arfículoM propucstot para 
« ella (!), resulto rjue día 2d del cc)iTÍente, tomando to- 
« das ju|ue!las nirdúlas de precaución que debió sugerirme 
€ la frecuente experiencia de la mala fe de sn Gobierno, 

■i inc posesioné de todas sus fortalezas, parques y demás 
« útil(*s concernientes al fondo público. / ( 1 ) 

Consecuente con esta violación de la fe pública fuó 
izado- en la ciudadela de Montevideo el paliellón de Bue- 
nos Aires, tratados como prisioneres de guerra los sol- 
dados españoles á quienes se quitó sus armas j banderas, 
enrolándoleí^ en los cueqxís de Alvear, y á los jefes y ofi- 
ciales de la guarnición se les orlenó presentarse en la ca- 
pilla do la Caridad, desdo donde fueron enviados á Buenos 
Aires para que se los confinara á un punto lejano. Se 
arrestó á Vigodot á bordo de un buque de guerra, despa- 
chándole después para Río Janeiro sin más explicaciones. 
Alvear en seguida comunicó al Directorio el triunfo obte- 
nid(», adjuntando por trofeos las banderas quitadas á los 
cuerpos realistas, y Posadas en cambio le discernió el em- 
pleo <le Brigadier lí él, promoviendo a los- demás jefes y 
oficiales según sus ciitogoría.s, y premiando al ejército con 
una medalla conmenmrativa de la rendición de Montevideo 
y el título de hrnvmrrifo á la patria en <jrado hcroieo 
para cada uno de sus individuos. La capitulación de Mon- 
te\ ideo trajo como consecuencia la de Romarate, que se 
entregó con sus bu/|ues á las fuerzas de Buenos Aires, 
bajo honrosas condiciones. 

Vigodet reclamó en vano de la violación de la fe jurada. 



I 


LIBRO IV. — CAfDA DEL PODER ESPAÑOL 


475 


I Desde Río Janeiro publicó un manifiesto en forma de oficio 
el Director Posadas, en el cual dejaba traslucir su indigna- 
ción por estos conceptos: < Yo no quiero redargüir á Alvear 
de su impostura por los conocidos principios del derecho sa- 
grado de gentes, del de la guerra y aún de la educación indi- 
vidual, porque, atropellados éstos maliciosa j estudiada- 
mente, invertiría sin fruto el tiempo y daría mayor impor- 
tancia á la calumnia con que piensa denigrar mi reputación. 
Ésta no puede mancillarla el crimen que ha cometido Al- 
vear, tal vez desconocido hasta ahora en todos los pueblos 
civilizados. Los hombres de honor siempre son fieles en su 
palabra, y los hombres públicos no pueden quebrantarla 
sin atraerse la odiosidad de todos sus semejantes. » El Go- 
bierno de Buenos Aires dió traslado á Alvear de este do- 
cumento, pidiéndole que se justificara de los cargos que en 
él se le hacían, y el general argentino replicó con una expo- 
sición bombástica que comenzaba en estos términos teatra- 
les: « Al leer la vehemente acusación que el Mariscal de 
Campo D. Gaspar Vigodet hace á mi conducta en la rendi- 
ción de Montevideo, y juntamente la orden suprema de V. E. 
para que le informe y satisfaga á los cargos que me resultan, 
apoderándose de mí una sorpresa que no es fácil explicar, 
quedó por largo tiempo adormecida la voluntad y sin ejer- 
cicio la obediencia. Sorprendióme la enormidad del crimen, 
la novedad de la causa y la majestad del tribunal. » Y des- 
pués de toda esta hojarasca, el argumento capital que Al- 
vear oponía á su contrario era, que la capitulación no se 
había firmado y que Vigodet no presentaba otra cosa que 
un borrador. 

Tal fué la forma en que por última vez se oyó la voz 
délos gobernantes españoles en el Uruguay. Su dominación, 



47H UUK» IV. CAÍt>A tica, pijttca MrAftot. 

a>m«tmtla can Uotu win^ta, randavó mn uní 
emilMÍ« <kvMÍp tá«*nniii |«nr un |df‘ cvtfpdkttdo y 

CTÍ}Ho,á qiüi*Q U actual mnU«ucrt« bu akauualM á iiten—T 
Jr |>rtKv^l<<mei dr otmv dka. Y miantiBa wtt 

))fe|MrHlian á alinme bu |Ju<Ttan da U raa^iuaU fuim wat* 
Ur á abrUiwr taaVa^ la« pocrtaa dr bu €bIbI«>- 

juw <le la C1tNÍa«bda <i«> HoDU*ndvo |«ra dar madiaá I> ibU 
taMur VargH v ¡utnotan ttmfioatioii alH \uw «1 fcr- 

tidii t mp* rina^fn, y á U fortuna oo habbt údo taa 

traidora ívudo hI avudantr mayor 1>. Jtué Ona Kíadjc, 
«|Ui‘ fallecía el día antVM dr la mírc^ da la PUaa 1 1 i 


\ KiffWrai ÍUrrwo II 



I IHK** «ít IN r*» 




LIBRO QUINTO 

MONARQUÍA Y REPÚBLICA 


Conducta de Alvear en Montevideo.— Sus procederes con Otorgués.— 
Exacciones y atropellos.— Dictadura de. Rodríguez Peña.— Artigas 
y el Virrey de Lima. — Pronunciamiento de Entre -Ríos y Corrien- 
tes. —Perfidia de Alyear con Artigas. — Elección de Diputados á la 
Constituyente.— Misión de Rivadavia y Belgrano á Europa. — El 
Director Posadas manda exterminar los orientales en armas. — Don 
.Rufino Bauzá.— Campaña y victoria de Guayabos. — Alvear reem- 
plaza á Posadas y propone la entrega de las Provincias Unidas á 
Inglaterra.— D. Blas Basualdo en Corrientes. — Fusilamiento de 
Perogurría.- Protesta de Bauzá y sus consecuencias.— Comisiona- 
dos de Buenos Aires para tratar la paz.— Evacuación de Monte- 
video por las tropas argentinas.— Entrada de Otorgues. — Pronun- 
ciamiento de Santa Fe y Córdoba.— Caída de Alvear.— Artigas y 
el Cabildo de Montevideo.— Purificación.— Convenio fracasado en 
Paysandó.— Prosecución de las negociaciones monárquicas.— Pri- 
meras noticias públicas de la invasión portuguesa. — Pueyrredón. 

(1814 — 1816 ) 


A raíz de haber alzado su pendón en las fortalezas de 
Montevideo, comenzó el general argentino á tratar al Uru- 
guay como provincia conquistada. No se limitó á violar la 
capitulación en cuanto á las personas garantidas por ella, 
sinó que atacó los intereses públicos y los bienes particu- 
lares. Ayudábale y aún le incitaba en esta empresa, el Di- 
rector Posadas, quien, de acuerdo con su Ministro D. Nir 



480 UBBO V. — MONABQUfA Y BBPÚBLICA 

oolás Herrera, parecían haberse impuesto la reaoludón de 
concluir con el país, dejándole humillado é inerme á dis- 
posición de su triste suerte. Eil yecindario de Montevideo 
y los habitantes de campaña, agobiados por lafi exacdonee 
y los malos tratamientos, sometidos por la fuerza á una 
autoridad dictatorial y sin medios de oposición á sus des- 
manes, cayeron en el estu}X)r de los pueblos que han per- 
dido la noción de sí mismos ante catástrofes inexplicables. 

El primer acto de Alvear, respecto á loa orientales, re- 
vistió formas idénticas á la violación de la fe pública con 
los reálistas. Se recordará que en 7 de Junio había escrito 
á Otorguéc), avisándole los preliminares de la capitulación 
de Montevideo, con cuyo motivo le invitaba á nombrar di- 
puUidos para intenenir en ella y recibirse de la ciudad, 
pues no permitiría que los realistas la entregasen á otras 
manos, y le protestaba por lo md¿ saturado que hay en el 
cielo y en la tierra, la sinceridad de sus sentimientos. In- 
fluido por declamciones tan solemnes, Otorgués se mo- 
vió del pueblo de Trinidad con rumbo á las Piedras, ha- 
ciendo alto en este último punto al frente de una división 
(le 1 ,UO0 lioinbres. Desde allí comunicó al geieral argen- 
tino su aproximación, quedando á la espera de la promesa 
establecida y jurada. 

Las tropas sitiadoras tomaron posesión de Montevideo 
el 23 de Junio, y al día siguiente disponía Alvear quedos 
divisiones, respectivamente mandadas por Valdenegro y 
Hortiguera, combinándose con otra que debía marchar á 
órdenes de él mismo, cayeran sobre Otorgués con toda ce- 
leridad. Los expedicionarios se pusieron en movimiento el 
25, por distintas direcciones, llegando Alvear autes que 
nadie á las Piedras, donde Otorgues campaba sin precau- 



LIBRO V.— MONARQUÍA Y REPÚBLICA 481 

ción alguna. Oigamos al general argentino contar su propia 
hazaña, en el parte o6cial dirigido al coronel Moldes, co- 
mandante de armas de Monte\ideo : « Cuando llegué al 
campo de la acción — dice el documento — yo tenía sólo 
200 hombres: con parlamentos estuve entreteniendo d 
OtorguéSy hasta que á las 7 de la noche me llegó infantería 
y el teniente coronel Zapiola; y sin perder instantes y 
entonces á los contrarios, no obstante la oscuridad de aquel 
momento. Ellos han sido destrozados completamente, y yo 
he conseguido un número muy considerable de caballadas, 
boyadas y prisioneros. Como es de noche, no podemos sa- 
ber los muertos que haya habido. Quiero que con respecto 
á la importancia de este suceso y á las circunstancias, 
mande Vd. hacer salva enla Plaza por esta acción . » (1 ) 
Consumada aquella alevosía, se restituyó Alvear á Mon- 
tevideo, donde le llamaban otros intereses. Desde luego, 
empezó por apoderarse de cuanto existía en la Plaza, arre- 
batando á los particulares, bajo pena de la viday sus ar- 
mas finas para repartirlas entre los oficiales vencedores, y 
enviando para Buenos Aires 8,200 fusiles, 335 cañones de 
bronce y hierro, las cañoneras de guerra de la flotilla naval, 
y varios otros elementos bélicos, avaluados por suma total 
en 5:500,000 pesos. Una nueva requisición de los bienes 
públicos, demostró que aún quedaban otros á la ciudad, y 
se procedió á tomarlos, entre ellos la imprenta, que fue en- 
cajonada y quedó pronta para embarcarse, junto con mu- 
chísimos efectos. Don Juan José Durán, presidente del 
Ayuntamiento, en nombre de la corporación hizo algunas 
gestiones para oponerse á aquel despojo, pero no obtuvo 


(1) Calvo, Anales; ii, 195-196. 


dom. esp.— m. 


31 , 



4«:í libro V. — MONARQUIA Y REPUBLICA 

más resultado que retener momentáneainenU* el embarque 
de la imprenta, alegando que era un regalo de La princesa 
Carlota, segííu todos lo subían. Por más que Durán no 
hiciese una resistencia muy activa á los desmanes del ven- 
cedor, ni el C’abildo estuviera en condidones de oponerla 
tampoc-o, creyó el Gobierno de Buenos Aires que necesi- 
taba agentes más dóciles para el logro de sus fines, y al 
punto se preparó á destituir las autoridades de la ciudad, 
nombrando otras que fueran de su pleno agrado. 

Con fecha 0 de Julio, escribió Posadas un oficio áDurán, 
avisándole que cesaba en su puesto de Gol>ernador inten- 
dente do Montevideo, pues había resuelto subrogarle por 
D. Xicolás Rodríguez Peña, presidente de su C’onsejo de 
Estado, quien pasaba al Truguay en calidad de Delegado 
extraordinario. El Delegado se recibió de su empleo el 14, 
y ya el Ib, remitió oficio al Cabildo, anunciándole que por 
voluntad dcl I lircetor Supremo eesaban todos los miembros 
que lo componían de presente, debiendo elegirse en su lu- 
gar, al siguiente <lía, lo^ individuos cuyos nombres acom- 
pañal)a en una lista. Había shlo tan minucioso Peña en 
los nombramientos, que hasta los j»ortero3. eran reemplaza- 
dos ( t ). Como pulía esperarse, la orden fue cumplida, 
aun cuando se apartaba de las formas rt^ilares de la ley 
y de la independencia acostumbrada en la elección. Vn 
nuevo Cabildo, presidido por los señores Pérez, D. Manuel 
y 1). Pedro Gervasio, se instaló el 20 de Julio, para lega- 
lizar los atentados que siguieron cometiéndose, y cuya 
magnitud superaba <‘uanto se había hecho. 

Nueve días más tarde, os decir, el 20 de Julio, se abría 


( 1 ) L. C. de Montevideo, 



LIBRO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 483 

la campaña contra los bienes de todo el mundo. Como el 
plan había sido premeditado desde antes de la caída de 
Montevideo, la ejecución fue sencilla y sumaria. Para formar 
criterio respecto á su eficacia, conviene entrar en algunos 
detalles. Abarcaba el proyecto,. cuanto pudiera acapararse 
en mar y tierra; siendo con el primer propósito que se 
había creado en Buenos Aires, á 20 de Junio, un Tribunal 
de presas, compuesto del consejero de Estado más anti- 
guo y el auditor general de guerra, bajo la presidencia del 
Ministro de Guerra y Marina, cometiéndosele conocer, juz- 
gar y sentenciar, breve y privativamente, de acuerdo con 
las ordenanzas generales y particulares, sobre los apresa- 
mientos y detenciones de embarcaciones enemigas ó neu^ 
trates, que hiciesen las fuerzas bloqueadoras de Montevideo, 
ó los corsarios particulares. Las apelaciones de las senten- 
cias del Tribunal, deberían hacerse á la persona del Di- 
rector Supremo, quien se asesoraría del Ministro de Gobierno 
para resolverlas. Los interesados tendrían derecho á inter- 
poner un recurso de súplica de la primera sentencia, que 
se sustanciaría con un solo escrito de cada parte. Hasta 
tanto que la Asamblea General — entonces inhibida de 
ocuparse espontáneamente del asunto, por estar en sesio- 
nes extraordinarias — no estableciera las formas y reglas 
que fueran de su soberano beneplácito, regiría como única 
norma en la materia, el procedimiento designado (1). 

Á partir del 20 de Junio, pues, estaban ya á disposición 
del Director Supremo y sus amigos, los caudales y efectos 
que el comercio uruguayo tenía en tráfico. Pero si esto 
era mucho, no bastaba, sin embargo, para aplacar la codi- 


(1) Calvo, Anales; ii, 193-91 — Co/ íVm, i, 92r 



484 LIBRO V. — MONARQUÍA Y BEPÚBUCA 

cía del oonquiritador. Faltábale echarne sobre las fincafl 
urbanas y rústicas de los habitantes del país, confiscar 
empresas y nef?ocius productivos, hacerse dueño, en suma, 
de todo lo existente. Prestábase á facilitarlo, el rico mate- 
rial contenido en los archivos públicos, donde los cova- 
chuelistas de la colonia conservaban con esmero papeles 
hasta de la más remota utilidad. Toílos los propietarios del 
país, grandes 6 pequeños, todos los comerciantes é indus- 
triales, tenían la documentación originaria de sus propie- 
dades, ó la comprobación inicial de sus empresas y giros, 
en aquellos archivos custodiados con una escrupulosidad 
honrosa. Apoderarse de ellos, era como disponer de la 
fortuna públioa, y minea más propicia la ocasión para lo- 
grar ese intento. 

Convenía, emjiero, colorear con cierto tinte de interés 
administrativo, los preliminares del atentado, dándoles un 
fundamento excusable. Ya que se había creado el Tribu- 
nal de presas para legalizar el saqueo marítimo, era neoe- 
Piirio crear el Juztjadv de propiedades eifraliaSt como 
antecedente indisj>en8able de las empresíis terrestres. Para 
ese efecto, el Director Posadas, ¡xir intermedio de su Mi- 
nistro do Gobierno, expidió á Rodríguez Peña un oficio en 
que le decía; Necesitando el Consejo de Estado en al- 
gunas ocasiones, tener á la vista, para la ilustración de las 
maUrias y asiint<»s que se pasan á su dictamen, algunos 
documentos que existen en las oficinas del Estado, ha re- 
suelto S. E. mandar se le franquee en todas, aquellos do- 
cumentos tjue pidiere por medio de su Secretario; > en cuya 
virtud, y de « orden Suprema , se le comunicaba esta reso- 
lución al Delegado extraordinario, « para que tuviera de su 
parte el debido cumplimiento, y la circulase en el distrito 



UBRO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 485 

de SU mando á quien correspondiese. » Eodríguez Peña se 
apresuró en 29 de Julio á transcribir la resolución dictada, 
ordenando se cumpliese en la forma que lo requería su ca- 
rácter ( 1 ). 

Precedido de este salvoconducto, apareció 'el canónigo 
D. Pedro Pablo Vidal, con autorización del Gobierno de 
Buenos Aires, para hacer ciertas investigaciones sobre las 
propiedades que los vecinos poseyesen con título litigioso, 
ó sobre las cuales hubiera duda respecto de la procedencia. 
Traía el buen canónigo una regular escolta de procuradores 
y leguleyos, quienes juntándose al núcleo que ya existía 
en la ciudad, se pusieron de acuerdo para caer sobre los 
habitantes del país. Amtojóseles que toda propiedad era 
litigiosa y que todo título arrancaba de procedencia indebida, 
y con esto emprendieron una excursión en forma, para 
apoderarse de los bienes ajenos. Vecinos de la ciudad que 
poseían de tiempo inmemorial casas edificadas por sus 
abuelos, y propietarios de campaña que habitaban tierras 
adquiridas por título inmejorable, se encontraron con in- 
terdicciones en sus bienes, ó desalojados, ó llevados ante la 
justicia para pleitear. Menos afortunados los que estaban 
ausentes con Artigas, no tuvieron ni ocasión de presen- 
tarse eu juicio, porque se les despojó sencillamente de lo 
que tenían, mandando ocupantes á sus tierras. Con esto se 
produjo en todo el país el descontento y las zozobras que 
pueden inferirse, no contándose nadie seguro de lo que po- 
seía, y temblando de verse despojados los que ya no lo 
estaban. 

Hicieron alguna gestión los cabildos del interior en pro 
(1) Of de Eodriguez Peña al Cabildo (Arch Gen). 



486 UBRO V. — MONARQUÍA Y BEP(^'BLICA 

de los intereses de sus representados, |>ero sin ^xito; por 
lo cual se acarrearon todavía mayor animadversión de la 
que ya se les profesaba. Los secuacw de Vidal y demás 
empresarios, se valían de la fuerza para sus exacciones, y 
como contaban con ella en to<la plenitud, se mostraban 
sordos á los reclamos de las víctimas. Éstas, esquilmadas 
al fin, concluyeron por llamarse á silt*ncio en la ciudad, 
pues aquel desjíojo no era su último castigo. Una contri- 
bución extraordinaria fui* impuesta á los habitantes de 
Montevideo, y en seguida otra ordinaria, que debía ser pa- 
gada inensualniente. Á ]>esar de tales desmanes, los unos 
incitados, los otros tolerados ])or el general vencedor, el 
nuevo Cabildo otorgó ó Alvear el título de Regidor perjxv 
tuo,que aquól aceptó complacido desdo Buenos Aires, donde 
había pasado á conferenciar con el OobitTm». 

Llegadas las i*osas á esta altura, RcKlríguez Peña nom- 
bró el Juez iJt' propiedades extrañas, que debía residir en 
el Cabildo, y ante quien esUdian obligados á presenUirse to- 
dos aquellos cuyas propi(*i lacles se dei'larasen litigiosas. 
Los españoles, cuyos bienes acababan de ser confiscados 
por un decreto, fuei'on los más jx'rseguidos por la nueva 
autoridad. No contento el Delegado de Bueni»s Aires wn 
haberles extraído cuanto tenían en sus casas de negocio y 
barcos mercantes, les obligó, bajo [K*na de prisión, á que 
ileclarasen el monto exacto de sus capitales exliibiendo sus 
libros de contabilidad. El Juez de propiedades extrancu^. 
cobijado j>or mandamiento tan piTen torio, desplegó con tal 
motivo un lujo de severidad. Fueron sometidos á prisión 
los resistentes, se les puso ;i algunos barras de grillos, y 
¡X)r medios de este genero se consiguió sal>er lo que tenían 
y echarse sobre ello. A.sí se completó el despojo imiversaJ 



LIBRO V. — MONARQUIA Y REPÚBLICA 487 

de los ciudadanos, no obstante el pacto solemne que les ga- 
rantía en una capitulación formal ; despojo en que inter- 
venía con escándalo el Director Posadas por medio de sus 
ministros, sus generales y sus delegados, y que legalizaba 
el Presidente del Consejo de Estado, D. Nicolás Rodrí- 
guez Peña, nombrando autoridades para llevarlo á efecto 
con todo rigor ( 1 ), 

Un incidente final, culminó la estupefacción de los expo- 
liados. El Dr. D. Nicolás Herrera, Ministro de Gobierno, 
se presentó reclamando del comercio do Montevideo 22,000 
pesos, por gestiones hechas en España á nombre de aquel 
gremio, durante la misión política que le fuera conferida 
en 1800. Constaba, sin embargo, que dichas gestiones ha- 
bían sido remuneradas á satisfacción del mismo Herrera, 
en el debido tiempo y oportunidad. El Cabildo había cu- 
bierto en 1808, la suma de 11,000 pesos, importe de giros 
hechos por Herrera y Bal vas desde España, durante su 
permanencia allí. Además, Herrera había recibido en Cá- 
diz, de manos de D. José Raimundo Guerra, fondos sobre 
los cuales dió cuenta de haber gastado 1,500 pesos, no po- 
diendo rendirla de otras cantidades anteriores, « porque 
su precipitada y peligrosa fuga de Madrid, le puso en la 
necesidad de abandonar, junto con su equipaje, los libros y 
documentos de cuentas que quedaron en poder del Sr. Bal- 
vás. » Por último, el Cabildo, durante la ausencia del re- 
clamante, había suplido á su familia con una mensualidad 
de 50 pesos, para ayudarla á subvenir los gastos más ne- 
cesarios. 

(1) Figueroa, Diario histái'ico; ir, 341-342.— Larrañaga y Guerra, 
Apuntes. 



488 LIBRO V. — MONARQUÍA T BEPI^DLICA 

Cuando Hembra volvió á Montevideo, lo primero que' 
liizo fué relacionar por escrito al Cabildo las circunstanciaa 
do su misión d España, acompañando bimbión la cuenta 
de la distribución de fondos n^cábidos, hasta donde se lo 
j>oriiiitían los documentos <jue había podido salvar. YA 
exj)ediente siguió una tramitación complicada, pasando en 
vista al Vin*ey Gsneros, quien mandó se eatisfíciese el 
ultimo giro de Herrera, j>endiente to<lavía. Así lo Verificó 
el Cabildo en 18 de Mayo de 1810, entregando á D. Ma- 
nuel Vicente Gutiérrez ol imj)orte dcl giro y sus intereses; 
con lo cual, según Herrera, quedó conrluído el asunto. No 
era de admirar, pues, la estupefacción del comercio mon- 
tevideano ante el renacimiento de una reclamación, satis- 
factoriamente chancelada por ambas partes desde cuatro 
años atrás. Su iniciador la revivía, retasando á placer, emo- 
lumentos que lialiían sido fijados de común acuerdo, y 
cubiertos hasta con intereses. Pen), ello no obstante, y 
prescindiendo de las pruebas que obraban en los archivos 
cajátularcs, el Dr. Herrera consiguió imponer al fin el 
pago de sus 2l^,0i)0 pesos al comercio de Montevideo (1). 

8e comprende la repugnancia' que t(xlo esto debía cau- 
sar á los hombres sensatos y patriotas. Artigas, cuyo cró- 
tlito estaba cu baja desde las disidencias supervinientes á 
la reunión d(‘l Congreso de Maciel, se encontró repentina- 
mente prestigiado y rodeado f>or los princi|>ales personajes 
que le habían vuelto la espalda. Fue de los primeros en 
allegársele, su propio hermano D. Manuel Francisco, quien 


•’ I I L. C. ilr MotUn ideo: Arta 27 Xor ()fkÍ4)i< Je Ifertrra ai 

OfbUJo, 27 Knn\>, ti Frhtrtti // Moyo i Arch Cien). — Auto de 
Ck-neros, !I Abril /s/e (Arch Cien ). — Larrañara v (íuenna. ÁBimití. 



LIBRO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 489 

aceptó. pasar á Entre -Bíos como Delegado del Jefe de los 
Orientales, para representarle allí. Asimismo, D. Tomás 
García de Zúñiga, y algunos otros ciudadanos de igual 
respetabilidad, se pusieron á disposición del caudillo, para 
conjurar por los medios que fuera posible, aquella irrupción 
de famélicos, cuyas ansias aumentaban en progresión sin 
límites. Dicho se está que el clamor de los expoliados y 
perseguidos, no teniendo en campaña iguales razones de 
abstención que en Montevideo, se alzó incontrastable, con- 
denando y maldiciendo el régimen oprobioso introducido 
por los lautarinos. 

Artigas escuchaba aquellas demostraciones beneficiosas 
para su prestigio, á la misma fecha en que acababa de 
practicar un acto de honesta sinceridad. El Virrey de Lima, 
interpretando erróneamente la actitud levantisca del cau- 
dillo, creyó fácil atraérselo á un plan de restauración del 
antiguo régimen, é hizo que el general Pezuela le escri- 
biese desde Jujuy, incitándole á unirse con los realistas. 
Para ese efecto, Pezuela comisionó un emisario de su ma- 
yor confianza, quien, munido de las credenciales correspon- 
dientes, á fin « de convenir en el modo más honroso de la 
unión, » se dirigió al campo de Artigas, entregándole un 
oficio en que decía el mismo Pezuela: «Estoy impuesto de 
que V. S., fiel á su Monarca, ha sostenido sus derechos 
combatiendo contra la facción: por lo mismo, cuenten V. S. 
y sus oficiales y tropa con los premios d que se han he- 
cho acreedores, y por lo pronto, con los auxilios y cuanto 
puedan necesitar: para todo acompaño las instrucciones, 
á que se servirá contestar. » 

La respuesta desconcertó al emisario, y castigó la osadía 
del proponente. Con íecha 28 de Julio, contestó Artigas á 



4UU 


LIBRO Y. — MONARQUÍA V REPÚBLICA 


Pezuela: - Han engañado á V, S. y ofendido mi carácter, 
cuando le han informado que detiendo á su rey ... Yo 
no ffo}/ rendí hh\ ni quiero más premio por mi empeño, que 
ver libre mi Nacáün del ix)derío español; y cuando mis 
día.í5 terminen al estruendo del cañón, dejarán mis brazos 
la espada que empuñaron para defender su Patria. . . . 
Vuelve el enviado do S., prevenido de no cometer otro 
atentado como el que ha proporcionado nuestra vista. » ( 1 ) 
Así pulverizalia el caudillo republicano, las calumnias de 
sus enemigos y detractores, que le acusaban en documen* 
tos píiblicos de (‘star vendido á Españsu 

Entre tanto, los ómulos de Artigas se conducían de muy 
distinto mudo con Pezuela y el Virrey de Lima, á quienes 
pugnaban i>or atraerse*, )»ara restablecerla dominación mo- 
nárquica. El Director Posadas y su Ministro Herrera, 
aprovechando la conclusión del cautiverio de Fernando VII, 
iniciaban negociaciones destinadas á cpnsolidar la vuelta 
del antiguo rúgimen, sobre bases nn |ioco más amplias de 
las que hasta entonces había tenido. Con ese designio, aca- 
baban de ( iiviar un emisario á Pezuela, «expresándole ha- 
ber ee.sado ]<>s motivos de continuar la guerra entre el Go- 
bierno de Lima y el de las Provincitus Unidas,- después de 
ocupado el trono pc^r d Sr. I). Fernando VIL Le mani- 
festaban también, que ellos ."t* enfrndcrían con S, á 
quien dirigirían o{M»rtunamente sus diputados, pan\ c*onci- 
liar los derechos de las Provincias Lbiidas con los que el 
Pey tenía al reconorimienío de ^Uit '> Encarando 

en seguida la cuestión j>or el lado de las res|)onsabiUdade8 
de Pezuela, h* decían: «que anuladas las Cortes por S, M., 



LIBRO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 491 

no existían los principios en qlie el general podía fundar 
la agresión al territorio de las Provincias Unidas, reencar- 
gando la responsabilidad ante el trono, hasta de la sangre 
que se derramase por su oposición á retirarse hasta el Des- 
aguadero, dejando libres los pueblos que correspondían 
á este Virreinato; y que en caso de no hallarse facultado 
Pezuela para este procedimiento, lo consultase al Virrey 
de Lima, haciendo cesar hasta, su respuesta las hostili- 
dades. » 

Explicando reservadamente la tendencia de este plan. 
Herrera escribía, con fecha 24 de Agosto, al Dr. Passo, 
Ministro Argentino acreditado en Chile: «Todo esto es con 
el objeto de retardar las operaciones de Pezuela, paralizar 
sus movimientos, y adelantar nosotros las medidas que 
tomamos para despedirlo con la fuerza de nuestro territo- 
rio, y en todo caso, para justificar con un reconocimiento 
indirecto, los derechos del Sr. D. Fernando VIL» Des- 
pués agregaba: « S. E. me ha ordenado se lo comunique á 
V., como lo verifico, para que se insinúe con ese Gobierno, 
á efecto de que de el mismo paso con el general Gainza 
(comandante de las fuerzas realistas en Chile), y logre 
por este medio, los mismos fines que nosotros nos hemos 
'propuesto. y> (1) Estos fines, como muy luego se verá, no 
eran otros que la coronación en el Plata de un príncipe 
europeo, y todos los demás requisitos que encubrían dicho 
propósito, estaban destinados á decorarlo con cierto aspecto 
de habilidad maquiavélica, por si acaso fracasaba. 

Conocidas las dos tendencias monárquicas que dividían 
la atención del Jefe de los Orientales, veamos cuál era la 


(1) Mitre, Hist de Belgrano; n, 35 (Apénd). 



492 UBBO V. — MONARQUÍA Y REPL'BLICA 

actitud inmediata de ^te. Campado en Bel^, desde donde 
dirigía las operaciones de la Liga Feieral, Artigas llevaba 
á la práctica en aquellos momentos, su programa de reaia- 
tencia armada á los lautarinos. El coronel D. Josá Eusebio 
Hereñá, de acuerdo con ál, había levantado en Entre- Ríos 
la bandera de la federación, y el coronel D. Juan Bautista 
Móodez, bajo iguales auspicios, trabajaba por conseguir en 
Corrientes, como al fin lo consiguió, idánticoB resultados. 
Sorprcndidg el (Jobierno de Buenos Aires ante el éxito de 
sus adversarios, destacó s»)bre Entre- Ríos al barón de 
Hülcml>erg, con una división cuya bast» era la compañía 
de Blantlengues de Santa Fe, al mando del capitán D, Pe- 
dro Pablo Morcillo, y algunos centenares de soldados j»or- 
teñus. Artigas, á su turno, sabedor del movimiento, ofició 
á Otorgues, ya reorganizado, que marchase con toda cele- 
ridad en protección de Hereflíi. 

La orden fuó cumplida con promunt. Otorgués se movió 
u marclias forzadas en busca del (‘audillo entrerriano, hasta 
conseguir avistarle dentro de su propio territorio. Refor- 
zado Hereñíí jx)r los orientales, marchó sobre Holeml)erg, 
quien campaba en las inmediaciones de la villa de Paraná, 
á la espera de caballadas, segón parei*e. Allí, sorprendido y 
cargado imiK^tuosaniente, fue derrotado, cayendo prisionero, 
con pérdida de algunos lumbres, entre ellos el capitán 
Morcillo, y disjx*rsión de los que pudieron escapar (1). 
Notable caso el de Holeniberg, cuya instrucción y fama fue- 
ron siempre inferiores á sus actos cuando mandaba en jefe. 

El desastre de Holemberg, la reorganización de Otor- 
gnés y el levantamiento de las provincias del litoral ar- 


(1) Zinny, ¡liai dr los gobernadores ; i, 44S y 524-25. 



LIBRO V, — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 493 

gen tino, Hicieron sentir á Alvear que pronto iba á verse 
circundado de enemigos. Dando suelta á sus instintos des- 
leales, ideó vencer por el engaño, ya que era peligroso lan- 
zarse á afrontar abiertamente la contienda armada. Contaba 
para sus designios con la credulidad incurable de los cau- 
dillos uruguayos, siempre dispuestos á aceptar sin beneficio 
de inventario los halagos y promesas del Gobierno de 
Buenos Aires, deslumbrados por la pompa de la publicidad 
que les precedía, y por el palabreo insinuante de los emi- 
sarios interventores. Persuadido de lograr una vez más, 
lo que había conseguido otras tantas, Alvear se propuso 
envolver á Artigas entre las redes de una negociación que 
le distrajera de las operaciones militares, permitiéndole á 
él todas las ventajas de una iniciativa por sorpresa. Al 
efecto, combinó su plan con el Gobierno mismo, para que 
la negociación asumiera el carácter de solemnidad apro- 
piado á adormecer las víctimas. 

Desde luego, apareció con fecha 17 de Agosto, un De- 
creto del Director Supremo, derogando el de 11 de Fe- 
brero, en que Artigas era vilipendiado y se ponía á precio 
su cabeza. El nuevo Decreto, al declarar al Jefe de los 
Orientales buen servidor de la Patria, reponiéndolo en su 
empleo de coronel del cuerpo de Blandengues, explicaba la 
disposición derogada, como un error lamentable é injusto, 
de los que muchas veces ocurren en el conflicto de los par- 
tidos. Con este anzuelo, y la promesa de auxiliarle pecu- 
niariamente, Alvear escribió á Artigas proponiéndole que 
nombrase comisionados para formalizar un ajuste amistoso. 
Mientras tanto, reforzaba la guarnición de Montevideo con 
tropas venidas de Buenos Aires, enviaba una división al 
mando dé Valdenegro para oponerse á Basualdo, que ope- 



4»4 


LIBRO V. — monarquía Y REPÚBLICA 


raba por las iiime<liaciones <k*l Arroyo (le la Cliina» y' el 
oaroiu‘1 Soler, nombrado 0(»b<Tnador TntoiuUmte de la Pro- 
vincia Oriental en lío <le Agosto, recibía orden de moverse 
de Montevideo en <lirección al centro de la campaña ( 1 ). 

La división de Valden(*gi*o, (iuc había deseinban-ado en 
el Arroyo de la China para oponerse á Basualdo, (ronai- 
guió decisivas ventajas sobre este jefe. Estaba Basualdo en 
las alturas del Palmar de Entre -Ríos, con toda su caba- 
llería y '2 piezas de cañón, <les<le donde fomentaba el al- 
zami('nto de la Provincia, desviando las operaciones que 
pudieran emprenderse contra ella. Valdenegro, con mucha 
habilidad, se situó á retaguardia de Ras ua Ido, y embistién- 
dole de firme, logró desbaratar su división y ponerla en 
abierta retirada. Luego la jxTr iguió hasta Yema, en la 
margen occidental del río l'^ruguay, domle la volvió á ata- 
car, toma mióle una pieza de artillería y varios prisioneros. 
Est(‘ golpe, qu(“ dejaba en descu biíTto á Artigas, contrarió 
mucho el ánimn de todos sus jefes, |K)r(pie los oldigó á 
perder gran parte de las ventajas y terrenos conquistados 
en el teatro de la guerra. 

Afortunadamente, I). Fructuoso Rivera, en los primeros 
días de Septiembre, obtuvo una ventaja dé cierta trascen- 
dencia. Alvear liabía destacado entre las fuerzas que teuía 
en campaña, al capitán D. José del Pilar Martíuez so- 
lire el Yí, con una división de caballería. Campaba Martínez 
en la azotea llamada de Gunzáb^z, cuando Rivera se propuso 
atacarle, poniéndose en marcha contra él. Arab<^s oficiales 
tenían fuerzas balanceadas, aunque las de Martínez conta- 


(1 ) Núñez. Kolirias (2.“ parteé — L^l^oz, íliftt <¡€ la liep Arg: v, IV. 
— L. C. de Monfendeo: actn Annstn /<;/ 



LIBRO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 495 

ban con armamento mejor y local más apropiado para 
resistir. Sin embargo, Kivera atacó con firmeza, trabándose 
en un combate muy reñido. El resultado final fue, que 
Martínez quedara prisionero con 5 oficiales y 2G soldados, 
después de haber dejado en la acción 6 oficiales y o4 sol- 
dados muertos ( 1 ), Este suceso reanimó á los uruguayos, 
cuyas armas habían estado en descenso hacía algún tiempo. 

. Mediando tales circunstancias, llegaban los comisionados 
de Alvear al campo de Artigas, proponiendo la paz en 
nombre del general de Buenos Aires, que afirmaba estar 
plenamente facultado por su gobierno para entrar á un 
arríalo, y pedía al Jefe de los Orientales el nombramiento 
de una Comisión con quien entenderse. Artigas defirió á lo 
propuesto, nombrando por sus diputados á D. Tomás García 
de Zúñiga, D. Miguel Barreiro y D. Manuel Calleros, que 
salieron en dirección á Canelones, donde Alvear se en- 
contraba. Luego de cambiarse las primeras palabras, el ge- 
neral argentino dijo á los comisionados que estaba dispuesto 
á aceptar cuanto le propusiesen, inculcó mucho sobre la ne- 
cesidad de la paz entre hermanos, y como muestra de sus 
intenciones á este respecto, les entregó una suma de dinero 
para que la enviaran de socorro á los soldados de Artigas. 
En disposición tan amigable, les rogó luego que se trasla- 
dasen con él á Montevideo, por parecerle más adecuado 
que se ajustase allí el pacto de paz, y por entender que ante 
las pruebas que iba á darles, no quedaría la menor duda 
con respecto á sus fraternales intenciones. Los comisiona- 
dos se pusieron en marcha con Alvear para la ciudad, lle- 
nos del mayor contento. 


( 1 ) Memoria sobre los sucesos de la Independencia de los Ch ieniale^^ 



496 UBRO V.— MONARQUÍA Y BEPtJBUCA 

Una vez en Montevideo, dispuso Alvear que las tropaá 
á. sus órdenes comenzaran á embarcarse;, diciéndoles á los 
comisionados que las enviaba ú Buenos Aires porque tenia 
resolución formal de abandonar el pnís, cumpliendo en eso 
los deseos del Directorio y los suyos propios. Mientras el 
embarque se veri ficta Iki, comenzó lí urgir para que se lleva- 
Mil adelante los arreglos del convenio en proyecto, asegu- 
rando á los emisarios que las bases que ellos presentasen, 
las ratificaría sin más óbicv, de acuerdo con Artigas, al 
cual deseaba complacer en todo. Con tales seguridades, 
presentaren! los uniguayos sus proposiciones, y Alvear las 
aprobó de plano, diciéndoles que volviesen al campo de 
su mandante para la ratificación, á fin de tener el gusto de 
firmarlas antes de ausentarse definitivamente. En seguida 
hizo ¡mblicar noticias oficiales de que todo estaba arreglado, 
y circuló una proclama confirmando esa seguridad (1). 

Mas, todo esto se reducía á una comedia, de las que 
Alvear sabía fingir para mofarse de hombres y pueblos. 
Ni quería la j>az, ni tenía idea de abandonar el país, ni bus- 
caba otra cosa (jue aniquilar por ía traición a los que no 
podía dominar i>or las armas. En vez de dirigir sus tropas 
á Buenos Aires, aj>ena.s había des{>edid(! á los comisiona- 
dos de Artigas, ordenó, en últimos de Septiembre, que zar- 
pasen para Colonia los buques donde ya tenía embarcados 
3,000 hombres, mientras que dcspreiuliendo desde Monte- 
video al coronel Borrego con una división de 1,000 sol- 
dados, le destinaba á marchar al centro de la campaña con 
propósito de combinar operaciones decisivas. Puestos de 
acuerdo los dos jefes, Alvear desembarco en Colonia, po- 


(1) López, Ilüt de la lieu Arg: v, iv. 



UBBO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 


497 


Riéndose desde allí á marchas forzadas sobre el actual 
Departamento de San José, mientras queDorrego con igual 
celeridad venía á encontrarle por la misma altura. El de- 
signio de ambos era batir á Otorgués, quien, fiado en las 
n^ociaciones pacíficas que se llevaban entre manos, y cre- 
yendo de buena fe en el embarque de las tropas de Alvear 
para Buenos Aires, tenía su campo en Marmarajá, sin gasto 
de grandes precauciones. 

Alvear, prosiguiendo sus marchas, se situó eu 3 de Oc- 
tubre en la Calera de García, y desde allí desprendió 100 
hombres montados de su vanguardia á órdenes del capitán 
D. Manuel Mármol, para que avanzasen el campo de Otor- 
gués, acompañándoles él á corta distancia con el grueso de 
sus fuerzas. Al mismo tiempo, Dorrego, viniendo por el 
lado opuesto, buscaba caer sobre Otorgués igualmente. En 
la noche del 4, sorprendió Mármol la vanguardia del cau- 
dillo, tomándole 4 oficiales prisioneros, más de 80 soldados, 
y apoderándose de bastante caballada y armamento. El día 
5, al amanecer, avanzó Dorrego el campamento de Mar- 
marajá, batiéndose con uno de los cuerpos de Otorgués, y 
poniendo en dispersión el resto de la fuerza, á la cual tomó 
toda su artillería y bagajes, bastantes prisioneros y fami- 
lias, entre ellas la de Otorgués, á la cual trató de un modo 
cruel é indecoroso. Descalabrada la división uruguaya, sin 
más pérdida para el vencedor, que 1 oficial y 13 soldados 
muertos, y varios heridos, fué perseguida vivamente, arro- 
jadas sus reliquias al otro lado del Chuy, por el istmo de 
Santa Teresa, y obligado Otorgués á refugiarse en territo- 
rio del Brasil con, los pocos que le acompañaban. Dorrego, 
obtenido este triunfo, se retiró á la Colonia, donde festejó 
la victoria con un baile oficial, en el cual sirvió él mismo 


doh. esp.— m. 


32 . 



498 UBRO MONARQUÍA Y REPÚBLICA 

á las señoras concurrentes, bebidas mezcladas de cantá- 
ridas ( 1 ). 

Bajo los auspicios de tal situación, se dictaban órdenes 
para elegir diputados á la Constituyente. El Cabildo de 
Montevideo, cediendo u los lautarinos, se prestó deferente 
á circular aviso para que los pueblos nombrasen un cuerpo 
electoral con ese fin. Á pesar de que el Cabildo había sido 
castigado en su servilismo por los mandatarios de Buenos 
Airee, que le prohibieron usar el título de Excelencia ad- 
quirido bajo la dominación española, y n^ádose á aten- 
der varios reclamos suyos, se esforzaba, sin embargo, por 
aparentar que gozaba indei>endencia y prestigio, accediendo 
solícito á todo acto en que pudiera exhibir personería. Así 
es que se dirigió á los pueblos exhortándoles, de orden de 
Soler, ú que despachasen a la mayor brevedad los electores 
que debían nombrar diputados. SiSlo concurrieron al lla- 
mado los tlistritos de Piedras, Miguelete y PeBarol, y con 
sus electores agregados á los de los cuarteles de Montevideo 
y miembros del Cabildo, se abrió la Asamblea electoral el 
día 24 de Octubre de 1814. 

Fueron electos diputados D. Pedro Feliciano de Cavia 
y D. Pedro Fabián Pérez. Las instrucdoned que se les 
dieron en cuanto á lo general de su cometido, eran vagas, 
contentándose con expresar que ellas so reducían « á cuanto 
tuviera relación con el bien genera] de la América en todos 
BUS respectos. > En lo que decía relación con los negocios 
internos del Uniguay, se les prescribía pedir: I.** el man- 
tenimiento de una fuerza armada en la campaña, para la 

(1) Of de Álvear al Cabildo, 7 Oehtbre 1824 ( Arch Gen ). -Lam- 
fiaga 7 Guem, Apunte». 



LIBRO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 


499 


continuación del orden: 2.® la indemnización en lo posible 
á los vecinos, de las grandes pérdidas sufridas en la gue-- 
rra: 3° el reparto, previo justo reintegro, de algunos terre- 
nos de particulares entre muchos brazos industriosos ac- 
tualmente desocupados : 4.® que las estancias antes perte- 
necientes al Eey, y hoy absorbidas por el Estado, se 
conservaran para, los fines interesantes del servicio público 
d que siempre estuvieron dedicadas; y caso de conside- 
rarse superfinas algunas de ' ellas, se repartiesen entre los 
vecinos necesitados é industriosos gratuitamente: 5.® que 
se estableciesen tenencias de gobierno en relación á lo ex- 
tenso del país; que se fundasen nuevas poblaciones donde 
fueran reclamadas por el interés del comercio y abasteci- 
miento de las tropas; que se fomentase la marina mer- 
cante y se habilitaran todos los puertos aptos á serlo; 
que se fijaran los limites definitivos de la Provincia, y 
se tratara especialmente sobre la conservación y aumento 
de los montes públicos. Con estas instrucciones marcha- 
ron los nuevos diputados, quienes fueron recibidos por la 
Asamblea Constituyente en los primeros días del siguiente 
afio (1). 

Las instrucciones transcriptas, eran el proceso indirecto 
de la dominación lautarina. En ellas se pretendía estimu- 
lar el celo de la Asamblea Constituyente para que volviera 
por los fueros de la justicia, resarciendo hasta donde lo 
entendiese posible á los vecinos del Uruguay, de las gran- 
des pérdidas sufridas, con motivo de las exacciones De- 
vadas á efecto por Alvear y sus secuaces. Se pedía la de- 

(1) L, C. de Montevideo: actas de 24 de Oetttbre y 5 deNaviem- 
bre de 1814.^ Col Frías; i, 96. 



500 LIBRO y. — MONARQUÍA T REPÚBLICA 

volucíÓD de loa Estancias del Rey á su primitivo dcstíno^ 
del cuiU las había apartado el Juez de propiedades extror 
ñas, repartiéndolas á placer, junto con otros bienes cuyos 
dueños eran víctimas del más arbitrario despojo. Se incul- 
caba sobre la necesidad de contrapesar la autoridad dicta- 
torial del Gobernador Intendente, con la creación de Te- 
nencias dé Gobierno, que supliesen la influencia anulada 
de los cabildos de campaña. Se pretendía, por último, fijar 
definitivamente los límites de la Provincia, cercenados en 
el reciente decreto con que Posadas los había establecido á 
su modo. La Asamblea Constituyente, barrida de allí á 
poco de la escena, no se ocupó de los reclamos de los di- 
putados orientales, si es que los formularon; pero Artigas, 
reproduciendo la iniciativa del Cabildo en unas proposi- 
ciones de arralo proyectadas algunos meses después, ob- 
tuvo, como se verá á su tiempo, la más rotunda negativa 
de los hombres de Buenos Aires á entrar en semejante sis- 
tema (le compensaciones. 

Cuando Alvear hubo realizado el plan de someter el 
Uruguay á sus caprichos, resolvió trasladarse á Buenos 
Aires, donde le llamaban asuntos de interés individual y 
político. Por el momento, la preocupación privativa de loe 
lauturinos consistía en establecer una forma monárquica 
de gobierno, á cuya sombra conservasen de un modo per- 
manente las ix)sicionos adquiridas. Era tan imperioao este 
deseo, que daban de barato la persona en quien debiera re- 
caer la elección, y sus condiciones propias, con tal que pro- 
viniese de estirj)e regia. El Director Posadas encabesaba 
este movimiento reaccionario, justificándolo en carta suya 
al general Hondean, jefe entonces del ejército del Alto Perú, 
con los siguientes términos: «¿Qué importa que el que 



UBBO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 501 

nos haya de mandar se llame Key, Emperador, mesa, banco 
ó taburete? Lo que nos conviene es que vivamos en orden 
y que disfrutemos de tranquilidad, y esto no lo consegui- 
remos mientras que fuésemos gobernados por persona con 
la que nos familiaricemos. » ( 1 ) Si éste era el modo de 
pensar del Jefe del Estado, ya se comprende cuál sería el 
de sus cooperadores inmediatos, miembros todos de la Lo- 
gia, y conminados por ella á difundir y realizar los propó- 
sitos planeados en sus conciliábulos. 

Alvear era del número, pero no le preocupó el caso en 
aquel instante. Sus designios, completamente personales, le 
llevaban á Buenos Aires para asumir el mando de un 
fuwte ejército, con el que se proponía invadir el Perú y 
atacar la dominación española en aquel centro de poderío 
y opulencia. La victoria decidiría su suerte, abriéndole una 
carrera nueva, cuyo término no vislumbraba todavía en 
las perspectivas ilimitadas de su ambición. Conociendo 
por experiencia las cortes y los príncipes, sabedor del 
egoísmo de aquéllas y la poltronería de éstos, poco debían 
inquietarle los afanes monárquicos de sus amigos, en busca 
de un candidato, cuyo primer obstáculo habían de oponér- 
selo las rivalidades gremiales que se suscitase á sí mismo, 
viniendo tras de ellas, si conseguía vencerlas, sus exigen- 
cias particulares y las de sus íntimos, todos preparados á 
mejorar de posición. En tal supuesto, es de creerse que 
Alvear atribuiría escasa importancia práctica á la cqmbi- 


(l) En la segunda Parte de su Autobiogi-afía, el general Pandean 
se queja y protesta contra la conducta de Posadas^ sin recordar que al- 
gunos años más tarde, él mismo debía imitarla, recomendando, en su 
carácter de Directo)' Supremo, al Congreso Nacional, el p)'0)jecio de 
monarquixar las Provincias Unidas. 



502 LIBRO V. — MOIf ABQUIA Y REPUBLICA 

nación que acababan de urdir Posadas y Herrera, pera 
coronar un príncipe europeo en el Río de la Plata, poniendo 
al servicio de semejante plan á Belgrano y Rivadavia, nom- 
brados negociadores en Europa. 

Don Nicolás Herrera, Ministro de Gobierno y Ríclacio- 
nes Exteriores del Directorio, y cabeza pensante de aque- 
lla situación sin ideales confesables, se encargó de redactar 
las instrucciones, llenándolas de rodeos que abrían una 
puerta de escape ú las responsabilidades futuras. Eln su 
parte ostensible, las instrucciones recomendaban á loe co- 
misionados, presentar á Femando VH las quejas de Amé- 
rica contra la opresión de los virreyes, oyendo las propo- 
siciones que les hiciese el monarca, con cargo de someter- 
las « al examen de las Provincias en Asamblea de bus re- 
presentantes, y dejar en los americanos, la garantía de lo 
que se estipulase. » Más explícitas las instrucciones reser- 
vadas, al mismo tienqx) de prevenir (jue el primordial ob- 
jeto de la misión era « asegurar la independencia de Amé- 
rica, » instando á tener muy presente que las miras del 
Gobierno, fuera cual fuese el estado de España, sólo lleva- 
ban por objeto la independencia política del Continente, ó 
á lo menos la libertad civil de las Provincias, autorizaban, 
empero, á los comisionados « á negociar el establecimiento 
de monarquías constitucionales en América, ya fuese co- 
ronando un príncij^e español, ya uno inglés ó de otra casa 
IXKlcrosa, si España insistía en la dependencia servil de las 
Provincias. > Debían los negociadores, al encaminarse á 
su destino, procurar el acuerdo con lord Strangford en Río 
Janeiro, para captarse i>or su intermedio la l>enevolencia 
del Gabinete inglés, que se consideraba indispensable al 
éxito, y después tmbajíir de mancomún con Sarratea en 



LIBRO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 


503 


Londres, donde le estaba mandado permanecer á Belgrano, 
pasando Bivadavia á Madrid ( 1 ). 

Todo se hizo como queda advertido, mientras Sarratea 
no tomó parte en el asunto, El 18 de Diciembre, Rivada- 
via y Belgrano se embarcaron en Buenos Aires con direc- 
ción al Janeiro, donde cumplieron la parte de sus instruc- 
ciones que debía retenerles allí. Luego de convencerse que 
no podían contar con el apoyo de Strangford, pasaron á 
Londres, residencia de Sarratea y lugar designado para las 
conferencias preliminares que debían tener entre sí los tres 
negociadores argentinos. Vivía Sarratea en la capital bri- 
tánica, enfriado á combinar planes fantásticos que justifi- 
casen su permanencia y el carácter oficial de que estaba in- 
vestido. Relacionado con gente de su mismo valer, no tenía 
otro caudal político que una masa de informaciones de se- 
gunda mano, y el arte de presentarlas como secretos de 
Estado á la gente desprevenida ó candorosa. Conociendo 
de cerca á Rivadavia y Belgrano, cayó en cuenta que ha- 
bía tropezado con lo que buscaba, en el momento más pro- 
picio para hacerse de fondos y burlarse de todos. 

Apenas le mandaron llamar sus colegas, apareció presu- 
roso y decidor. Instruido de lo que pasaba, se opuso for- 
malmente á toda separación, insistiendo en que los tres 
debían quedarse en Londres, por exigirlo así las circuns- 
tancias. Manifestó tener un plan acertadísimo, el cual con- 
sistía en llevarse consigo para coronarlo en América, al 
Infante D. Francisco de Paula, y que sólo esperaba el con- 
sentimiento definitivo de Carlos IV, ante quien gestionaba 
por intermedio del Conde de Cabarrús, la ultimación del 

(1) Mitre, Btsi efe Belgrano; ii, xxiv y N.® 37 (Apénd). 



504 LIBRO V. — H01TAB<)UÍA T REPÚBLICA 

asunto. Rivadavia y Belgrano, mareados por la charla ján- 
toresca de Sarratea, se le entregaron con un candor pueril, 
echándose tras de él, <jue los condujo ese mismo día por 
las calles de Londres, siempre refiriéndose á su plan polí- 
tico, hasta dar en una casa de comercio, donde, no sin re- 
sistencia de Belgrano, les obligó á depositar sus letras de 
crédito, quejban dirigidas á casa de más alta reputación y 
nombre. 

A los diez días se presentó el Conde de Cabarrós, intri- 
gante, quien, de antiguo partidario del príncipe de la Paz, se 
había transformado en gentilhombre de José Bonaparte, y 
ahora andaba proscripto j>or ese motivo. Instruyó á loe co- 
misionados de sus conversaciones en Roma con Carlos IV, 
María Luisa y Godoy, afirmándoles que había hallado en 
los dos últimos las dL^posicionee más favorables; y en el 
Rey, « aimque no una decisión, al menos una predisposi- 
ción á consentir, deteniéndole su conciencia para dar con- 
sentimiento, y que para convencerse debía consultar la ma- 
teria. » Habiendo quetlado el asunto en tales términos, con 
motivo del cambio de residencia efectuado por los reyes, 
Cabarrús decía que el arribo de los comisionados argenti- 
nos daba nuevo ajxiyo al i^ensamiento, y en consecuencia 
debía forzarse la resolución del príncipe de la Paz, adelan- 
tándole fondos que le aspirasen una subsistencia decorosa 
en Inglaterra, pue.s dicho magnate sospechaba que, una vez 
sabida la fuga del Infante D. Francisco de Paula para 
América, lo perseguirían á él, por influjo de la corte de 
Madrid, como instigador del plan. 

No obstante la evidencia de esta embrolla, donde se 
transparentaba un interés sórdido de los más descarados, 
Rivadavia y Belgrano acreditaron los díceres de Cabarrús, 



LIBRO V. — MONARQUÍA Y REPÚBLICA 505 

j se pusieron á trabajar un plan completo de organización 
política y administrativa, sobre la base de la coronación 
del Infante D. Francisco de Paula, quien probablemente 
estaba ajeno á cuanto se tramaba en su nombra Redacta- 
ron un Proyecto de Constitución, vaciado en los moldes de 
la inglesa, escribieron largas y minuciosas instrucciones 
para Cabarrús, y firmaron á nombre del Gobierno del Río 
de la Plata dos pro